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FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 44

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  3. Capítulo 44 - Capítulo 44: CAPITULO #12 PARTE 1: El Último Refugio de Joktldar
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Capítulo 44: CAPITULO #12 PARTE 1: El Último Refugio de Joktldar

La noche sobre Joktldar no era una simple oscuridad; era un presagio, un velo que anunciaba la caída de un reino. El eco de los truenos, los gritos de dolor y el estruendo de los escombros eran la sinfonía de un campo de batalla condenado. Astaroth, imponente y desatado, avanzaba como una tormenta viviente, mientras los hijos de Odin, desgarrados y sangrantes, se alzaban una y otra vez contra lo imposible. Ninguno de ellos ignoraba la verdad: aquel no era un combate por la victoria, sino por el tiempo… y el tiempo era lo único que podía salvar a Jottunheim del exterminio.

Astaroth alzó su puño envuelto en energía oscura, listo para hundirlo en el pecho de Balder y arrancarle la vida de un solo golpe. Thor, atrapado por aquellas manos colosales que lo inmovilizaban, reunió lo poco que le quedaba de fuerza. Con un rugido desesperado, extendió su brazo y lanzó a Mjolnir. No tenía la potencia devastadora de otros lanzamientos, pero su intención no era herir, sino desviar.

El martillo no impactó en Astaroth, sino que se interpuso en la trayectoria de su puño, convirtiéndose en el escudo de su hermano. El choque fue brutal, una onda de fuerza sacudió el aire. El golpe mitigado no fue suficiente para salvar a Balder del todo: su cuerpo recibió parte del impacto, y un dolor desgarrador recorrió cada fibra de su ser. Sus costillas se quebraron como ramas secas, y un hilo de sangre escapó de su boca mientras era lanzado hacia una pila de escombros.

El dios de la luz quedó tendido entre ruinas, su cuerpo rojo intenso por las heridas, respirando con dificultad, cada jadeo un tormento. Thor apretó los dientes al verlo, su furia creciendo contra las cadenas de sombra que lo mantenían preso.

Y aun así, aunque su hermano parecía destrozado, Thor había logrado lo imposible: había reducido un golpe que, de otro modo, lo habría matado al instante. Thor lo sabía. Había visto la naturaleza del ataque, había sentido en el aire la magnitud de la fuerza que Astaroth iba a emplear. Ese golpe estaba destinado a perforar el cuerpo de Balder, a aniquilarlo sin remedio.

Astaroth, en cambio, se detuvo un instante, observando con desdén la escena. Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro mientras giraba lentamente la cabeza hacia Thor.

—¿Eso fue todo, dios del trueno? —bufó con sorna, sus ojos brillando de deleite macabro—. Un esfuerzo patético… apenas lograste retrasar lo inevitable.

Thor, jadeando, con la rabia clavada en su garganta, apretó los dientes al ver a Balder sangrar entre los escombros. Sabía que su hermano aún respiraba, pero apenas.

Thor gruñó con furia, y las cadenas sombrías que lo mantenían atado comenzaron a crujir como hierro al rojo vivo. La energía del trueno recorrió su cuerpo, envolviéndolo en relámpagos, hasta que con un estallido ensordecedor las manos colosales se hicieron añicos. El dios del trueno cayó de rodillas por un instante, exhausto, pero enseguida se incorporó, con la mirada fija en Astaroth.

Alzó su mano derecha, temblorosa pero firme, y Mjolnir, que aún vibraba en el aire tras el choque anterior, regresó a su dueño como un rayo que corta el cielo. El martillo encajó en su palma con un estruendo eléctrico, haciendo temblar los escombros bajo sus pies.

Astaroth lo observó en silencio unos segundos, con esa sonrisa torcida que revelaba tanto burla como interés.

—Admiro tu voluntad, Thor… —dijo, con una voz que resonó como un eco sepulcral—. Cualquier otro ya habría aceptado su muerte. Pero tú sigues levantándote… una y otra vez.

Su expresión cambió en un instante, oscureciéndose con un destello de impaciencia.

—Pero tu persistencia no es más que una molestia. Me haces perder un tiempo que no tengo.

Astaroth giró apenas la cabeza, como si pudiera sentir la presencia de Loki alejándose cada vez más en la distancia. Su mirada se afiló con urgencia: si dejaba que pasara más tiempo, el hijo del engaño cruzaría hacia otro reino, y el objetivo que había jurado alcanzar se escaparía de sus manos.

—Si no te destruyo ahora, tu obstinación seguirá retrasándome —rugió Astaroth, alzando su guadaña que crujió como si el aire mismo se desgarrara—.

Thor apretó con fuerza el mango de Mjolnir, la electricidad recorriendo su brazo hasta envolverlo por completo.

—¡Si quieres ir por el, tendrás que pasar sobre mí! —bramó el dios del trueno, su voz tronando como una tormenta desatada.

El choque parecía inevitable: la furia de un dios contra la abrumadora impaciencia de un demonio colosal.

Mientras tanto, Loki cabalgaba sobre el lomo de Fenrir a toda velocidad, pero su mente estaba en otra parte. Cada golpe que escuchaba a lo lejos, cada rugido del monstruo que desafiaba a los dioses, le recordaba lo que estaba en juego. Angrboda, Eirik, su madre Lauffey y todo su pueblo… todos podían perderse en un abrir y cerrar de ojos.

Su angustia lo consumía, pero no permitió que lo frenara. Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, divisó las murallas improvisadas del refugio, una estructura levantada con desesperación y esperanza en las afueras de Joktldar.

—¡Ahí está! —gritó, apretando con fuerza las riendas sobre Fenrir, que rugió con fiereza al reconocer que habían llegado.

En cuanto cruzaron las puertas, Angrboda lo vio. Sus ojos, llenos de lágrimas contenidas, se iluminaron al instante. No dudó ni un segundo: corrió hacia él con el corazón desbordando alivio.

Loki descendió del lomo de Fenrir de un salto, olvidando por un momento la guerra, el monstruo, y el caos que devoraba Jotunheim. Sus piernas lo impulsaron hacia ella con desesperación, y cuando al fin se encontraron, se abrazaron con fuerza, como si temieran que el uno desapareciera en cuanto soltaran al otro.

—Temí no volver a verte… —susurró Angrboda, hundiendo su rostro en su hombro.

—Jamás dejaría que eso pasara —respondió Loki, apretándola contra sí, con una mezcla de dulzura y furia contenida—. Ni los dioses, ni los monstruos… nada me apartará de ti.

El abrazo fue un instante de paz en medio del infierno, pero ambos sabían que no duraría mucho. Aún podían escuchar los truenos lejanos de Thor, los rugidos de Tyr, los destellos de la luz de Balder… y los pasos titánicos de Astaroth que retumbaban en la distancia.

Fue el primer momento de calma en toda la noche. Pero aquello ya no se sentía como una simple noche… era como si hubieran librado una guerra que llevaba siglos devorándolos, aunque apenas hubieran pasado unas horas. El cansancio en sus rostros, las heridas que marcaban sus cuerpos y la desesperación en cada mirada del pueblo lo confirmaban.

Angrboda acarició suavemente el rostro de Loki, como queriendo asegurarse de que estaba realmente allí y no era otra ilusión más en medio del caos.

—Estamos juntos… aunque sea por ahora.

Loki cerró los ojos un instante, dejándose envolver por esa sensación de refugio que ella le daba, aunque dentro de él ardiera la tormenta.

—Y juntos saldremos de esto. Lo juro.

A lo lejos, el viento trajo el eco de un rugido profundo, tan monstruoso que las murallas del refugio vibraron como si fueran de papel. Loki y Angrboda intercambiaron una mirada silenciosa, comprendiendo lo que significaba: la guerra no había terminado, solo se había detenido un instante para permitirles recordar lo que estaban protegiendo.

Todo por una simple runa.

Una sola marca antigua que cargaba sobre sus hombros el destino de los nueve reinos.

Loki se había apartado unos pasos del refugio, el aire helado de Jotunheim golpeaba su rostro, pero su mente ardía con angustia. El eco de los gritos, las muertes y los sacrificios se mezclaba en su cabeza como un veneno imposible de ignorar.

“Si entrego la runa… todo terminará. No más sangre, no más bajas. Podría salvarlos a todos.”

Por un momento, la idea tentadora casi lo quiebra. Pero de inmediato recordó la promesa: el rostro severo de su padre, y la voz de Odin, casi como un mandato grabado en su alma:

—Protege la runa, Loki. Aunque tu vida se apague, aunque el mundo entero se desplome.

Su respiración se volvió agitada, sus puños se cerraron con furia.

—“¿Qué clase de rey sería si salvo a mi pueblo ahora… para condenar a todos los reinos después? ¿De qué sirvió la muerte de mi padre? ¿De qué sirvió el sacrificio de tantos?”

Una lágrima helada recorrió su mejilla, pero entonces escuchó pasos detrás de él. Era Angrboda.

Ella en silencio, puso una mano sobre su hombro. Su mirada estaba llena de cansancio, pero también de firmeza.

—No puedo más, Angrboda… —murmuró con amargura—. Si me entrego, terminan las muertes. Pero si no lo hago… quizás condene a todos a algo mucho peor.

Ella lo obligó a mirarla, tomando su rostro con ambas manos.

—No eres el único que carga con este peso. No estás solo. —sus palabras fueron un golpe directo a su corazón—. Si mueres con esa runa, si renuncias a tu promesa, ¿qué quedará de nosotros? ¿De tu pueblo? ¿De mí?

Loki tragó saliva, su voz temblaba entre rabia y dolor.

—¡No lo entiendes! ¡La promesa que hice no es solo mía! ¡Es el legado de mi padre, el esfuerzo de quienes encerraron a Nictofer! ¡Si cedo ahora, todo habrá sido en vano!

Angrboda no apartó la vista, incluso cuando los ojos de Loki ardían de angustia.

—Entonces cumple tu promesa, pero no cargues solo con ella. —le susurró, apoyando su frente contra la suya—. Si el destino quiere arrebatarnos todo, pelearemos juntos. Yo estaré contigo hasta el último aliento.

En ese instante, Loki cerró los ojos. El dolor no desapareció, pero la angustia se transformó en determinación. Apretó los dientes y respondió en un susurro:

—No entregaré la runa. Que me arranquen la vida si lo desean… pero no mi promesa.

Y con Angrboda a su lado, ese juramento se sintió menos como una condena y más como una llama que, por fin, no estaba obligado a mantener solo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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