Fate/Grand Persona - Capítulo 59
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Capítulo 59: Capitulo 59: Aliados
Los días en la aldea de los Hassan adquirieron una rutina que, para Leonel, resultaba casi extrañamente pacífica. Después del horror de la Selección Santa, después de la huida desesperada a través del desierto, el ritmo pausado de la vida en las montañas era un bálsamo para sus nervios desgastados.
Se levantaba con el sol, como todos en el campamento. Desayunaba con sus Servants en la cabaña que compartían, Tamamo preparando comidas simples pero reconfortantes con los escasos ingredientes que tenían. Luego, pasaba las mañanas con Hassan del Brazo Maldito, discutiendo estrategias, conociendo el terreno, aprendiendo los movimientos de los Caballeros y del ejército del Faraón. Por las tardes, ayudaba en lo que podía: cargando agua, reparando estructuras, jugando con los niños que habían perdido a sus padres en la Selección. Los pequeños, al principio, lo miraban con desconfianza, pero pronto aprendieron que el joven de cabello oscuro y sonrisa cansada era amable, y se acercaban a él con risas y preguntas interminables.
“¿De verdad peleaste contra el caballero malo?”, preguntó un niño, tirando de su manga.
“Sí”, respondió Leonel, agachándose para estar a su altura. “Pero no pude salvarlos a todos. Lo siento.”
El niño lo miró con ojos grandes. “Pero lo intentaste. Eso es lo que dice mi mamá. Que lo importante es intentarlo.”
Leonel sonrió, con un nudo en la garganta. “Tu mamá tiene razón.”
Mash lo observaba desde lejos, con una expresión suave. Verlo interactuar con los niños, ver cómo su dolor por los que no pudo salvar se transformaba en cuidado por los que sí, era algo que la llenaba de un orgullo silencioso. Tamamo, por su parte, se había convertido en una figura materna para los más pequeños, cocinando para ellos, contándoles historias de su tierra lejana. Jeanne Alter, con su habitual reticencia, se había encontrado a sí misma protegiendo a un grupo de niños huérfanos que la seguían como patitos, para su consternación y, en secreto, su deleite.
“¿Por qué me siguen?”, gruñó un día, mientras un niño tiraba de su capa. “¡Váyanse! ¡No soy una niñera!”
Pero no los ahuyentó, y Leonel la vio más tarde compartiendo su ración con una niña pequeña que no había comido.
Jeanne Ruler pasaba las tardes en la pequeña capilla que los refugiados habían improvisado, rezando con los ancianos, ofreciendo consuelo donde podía. Su presencia, serena y santa, era un ancla para aquellos cuya fe había sido sacudida por la violencia de la Selección.
Mordred, la que menos se adaptaba a la vida pacífica, había encontrado un propósito en entrenar a los jóvenes que querían aprender a defenderse. “Si algún día los Caballeros vienen”, les decía, blandiendo una espada de madera, “tienen que saber cómo protegerse. No voy a dejar que los masacren como ovejas.” Su método era brusco, pero efectivo, y los jóvenes la respetaban por ello.
Artoria Lancer Alter mantenía las distancias. Su presencia seguía siendo una fuente de tensión para los refugiados, muchos de los cuales aún la miraban con miedo. Ella lo entendía, y se mantenía en los márgenes, patrullando los perímetros, velando por la seguridad del campamento desde las sombras. Leonel la veía a veces, de pie en los acantilados, mirando hacia el horizonte donde Camelot se alzaba como una mancha blanca, y se preguntaba qué pensaba. Qué sentía, si es que sentía algo.
Bedivere se había convertido en una especie de consejero no oficial. Los refugiados lo respetaban, sabían de sus intentos por detener la Selección, por salvar a quien pudiera. Pasaba horas con Leonel y Hassan, compartiendo lo que sabía de los Caballeros, de sus fortalezas y debilidades, de la disposición del terreno.
Y en las noches, cuando el campamento se calmaba y las estrellas brillaban sobre las montañas, Leonel se sentaba con sus Servants alrededor del fuego, y por unos instantes, el mundo parecía no estar en llamas.
“Esto es extraño”, dijo Mordred una noche, mirando las llamas. “Paz. No sabía que todavía existía.”
“Existe”, respondió Tamamo, acurrucada junto a Leonel. “Solo que a veces hay que buscarla.”
“O defenderla”, añadió Mash.
Leonel no dijo nada. Solo observó las caras de sus compañeros, iluminadas por el fuego, y sintió una gratitud inmensa.
Pero sabía que la paz no duraría.
El día que todo cambió comenzó como cualquier otro. Leonel estaba en la plaza central, ayudando a reparar un tejado que las últimas lluvias habían dañado, cuando Hassan del Brazo Maldito apareció a su lado con una urgencia que cortó la tranquilidad de la mañana.
“Leonel. Debes venir. Hay noticias.”
Su voz, normalmente pausada, tenía un filo que hizo que Leonel dejara las herramientas de inmediato. Lo siguió hasta la sala comunal, donde los otros Hassan ya estaban reunidos. En el centro, un mensajero, jadeante, informaba.
“La aldea de Serenity… fue atacada. Por los Caballeros del Rey León.”
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito.
Hassan del Brazo Maldito explicó la situación con la economía de palabras de un hombre que ha aprendido a no desperdiciar nada. “La aldea de Hassan of Serenity está en las montañas del norte. Es un refugio pequeño, pero importante para nosotros. Fue atacada por Mordred… no la tuya”, aclaró, mirando a la Mordred de Leonel, que acababa de entrar. “La Mordred que sirve al Rey León. Han capturado a Serenity. La tienen prisionera en una fortaleza al norte.”
“¿Serenity?”, preguntó Tamamo, con el ceño fruncido. “¿La asesina cuyo cuerpo es veneno?”
“Sí”, confirmó Hassan. “Si los Caballeros descubren cómo usarla, si la obligan a actuar contra nosotros…” No necesitó terminar la frase.
Leonel recordaba bien a Hassan of Serenity. En el juego, era una de las asesinas más letales de la Orden, una mujer cuyo cuerpo producía un veneno tan potente que bastaba un toque para matar. Pero también era una figura trágica: condenada a una soledad perpetua, incapaz de tocar a nadie sin matarlo, anhelando un contacto que nunca podría tener.
“Tenemos que rescatarla”, dijo Leonel, sin dudar.
Hassan asintió, con gratitud en sus ojos tras la máscara. “Lo sé. Pero no podemos hacerlo solos. Los Caballeros han fortificado la fortaleza. Necesitamos información, necesitamos saber cuántos son, cómo está dispuesta la defensa. Por eso…”
“Por eso necesitamos a Hassan of the Hundred Faces”, completó Leonel.
“Exactamente. Su dominio está en el camino hacia la fortaleza. Ella conoce el terreno mejor que nadie. Si podemos contar con su ayuda…”
“Entonces iremos a hablar con ella”, dijo Leonel. “Prepárate para partir.”
El viaje hacia el territorio de Hassan of the Hundred Faces tomó el resto del día. El grupo que Leonel llevó era reducido pero efectivo: él mismo, Mash para protección, Tamamo para apoyo, Mordred para fuerza bruta (la suya, no la otra), y Artoria Lancer Alter, cuya presencia, aunque incómoda para algunos, era innegablemente poderosa. Jeanne Alter y Jeanne Ruler se quedaron en el campamento para protegerlo, y Bedivere se ofreció a vigilar los movimientos de los Caballeros desde las alturas.
El camino serpenteaba entre cañones y desfiladeros, el terreno volviéndose más accidentado a medida que se adentraban en las montañas. El sol estaba alto cuando finalmente llegaron a un valle escondido, donde las paredes rocosas formaban un anfiteatro natural. En su interior, una aldea pequeña, similar a la de Hassan del Brazo Maldito, pero con una atmósfera diferente. Más silenciosa. Más… vigilante.
No habían dado tres pasos cuando las sombras se movieron.
De repente, estaban rodeados. Figuras emergían de entre las rocas, de detrás de las casas, de la misma tierra, como si el valle mismo hubiera decidido expulsarlos. Y todas esas figuras eran la misma, pero diferente.
Hassan of the Hundred Faces no era un solo Servant, sino muchos. Cientos, en teoría, aunque en la práctica se manifestaban como un número limitado de cuerpos, cada uno con su propia personalidad, su propio género, su propia forma de ser. Ahora, una docena de ellos rodeaban al grupo, con armas desenvainadas y posturas amenazantes.
“Quién eres tú y qué haces en mi territorio”, dijo una de las figuras, una mujer de mirada afilada y postura desafiante. “Habla rápido, o no saldrás de aquí.”
Leonel levantó las manos en señal de paz. “Somos aliados de Hassan del Brazo Maldito. Venimos a pedir ayuda.”
La figura femenina lo observó con desconfianza. Luego, su expresión cambió. “Tú… te reconozco. Eres el Maestro que interfirió en el desierto. El que me impidió llevar a Nitocris ante el Faraón.”
Leonel parpadeó. Y entonces, el recuerdo lo golpeó. Las figuras con máscaras de calavera, la bolsa que se retorcía, Nitocris emergiendo furiosa. Esos eran los Hassan que habían secuestrado a la faraona. Esta Hassan, la de los Cien Rostros, estaba detrás de ese secuestro.
“Ah… sí”, dijo Leonel, con una sonrisa incómoda. “Eso… fue un malentendido. No sabíamos que eras aliada de…”
“¿Aliada?”, escupió la Hassan, sus ojos brillando con furia. “¡Tú me arruinaste un trabajo perfectamente planeado! ¡Nitocris iba a ser nuestra puerta de entrada al reino del Faraón, y tú la liberaste! ¡Ahora Ozymandias nos vigila, sus esfinges patrullan sus fronteras, y todo por tu culpa!”
Las otras figuras, los otros rostros de Hassan, comenzaron a murmurar entre ellas, algunas con tonos de acuerdo, otras con curiosidad. Era desconcertante ver a tantas personas idénticas y diferentes al mismo tiempo.
“Bueno, quizás deberías haber pensado en un plan que no implicara meter a una faraona en un saco”, intervino Mordred, con una sonrisa burlona. “Solo digo.”
La Hassan femenina se volvió hacia Mordred, su mirada asesina. “¿Y tú quién te crees que eres para…”
Se detuvo. Reconoció la armadura. Reconoció la espada.
“Tú… eres Mordred. La Mordred de Camelot.”
Mordred sonrió, mostrando los dientes. “La Mordred de Chaldea, en realidad. Diferente versión. Esta no mata a su padre, aunque lo haya pensado un par de veces.”
La tensión aumentó. Las otras Hassan apretaron sus armas. Mash levantó su escudo instintivamente. Tamamo se preparó para lanzar un hechizo.
“Espera”, dijo Leonel, dando un paso adelante, interponiéndose entre las Hassan y Mordred. “Mordred está con nosotros. Es aliada. No tiene nada que ver con la Mordred que atacó la aldea de Serenity.”
La Hassan femenina lo miró, sus ojos escudriñándolo. “¿Y cómo sé que no es un truco? ¿Cómo sé que no eres un agente del Rey León, enviado a infiltrarte en nuestras filas?”
“Porque si fuera un agente del Rey León, no habría salvado a Bedivere en la Selección Santa”, respondió Leonel. “No habría enfrentado a Gawain. No habría traído a estos refugiados a la aldea de Hassan del Brazo Maldito.”
Las Hassan intercambiaron miradas. Había duda en sus ojos, pero también, quizás, una pizca de consideración.
“Además”, añadió Leonel, “si quisiera hacerles daño, no vendría solo con un grupo tan pequeño. Y no pediría ayuda.”
La Hassan femenina lo observó por un largo momento. Luego, una de las otras figuras, una Hassan masculina de aspecto más joven, se acercó a ella y susurró algo al oído. Leonel no pudo escuchar lo que dijo, pero vio cómo la expresión de la líder cambiaba de sospecha a… ¿sorpresa?
“¿Es verdad?”, preguntó la Hassan femenina, mirando al joven.
“Lo vi con mis propios ojos”, respondió él. “En la Selección. Él y los suyos se interpusieron entre Gawain y los inocentes. Salvaron a quien pudieron.”
La Hassan femenina volvió a mirar a Leonel, y esta vez, su actitud era diferente. No amistosa, todavía, pero menos hostil.
“Parece que te debo una disculpa”, dijo, con reticencia. “Mis espías me informaron de lo ocurrido en la Selección, pero no conecté los puntos. No sabía que eras tú.”
“Las apariencias engañan”, dijo Leonel, con una sonrisa conciliadora. “Como la tuya, por ejemplo.”
Ella arqueó una ceja. “¿Mi apariencia?”
“Bueno… cuando te vi en el desierto, estabas con máscara. No sabía que eras… tan…” Leonel se detuvo, buscando la palabra adecuada. “Bonita.”
El silencio que siguió fue absoluto.
Mordred abrió la boca. Tamamo dejó escapar un sonido ahogado. Mash se sonrojó intensamente. Artoria Lancer Alter, por primera vez en días, mostró una expresión que no era indiferencia, sino genuina sorpresa.
La Hassan femenina, la líder de los Cien Rostros, se quedó inmóvil. Su rostro, antes tenso por la desconfianza, ahora estaba… ¿sonrojado? Era difícil decirlo bajo la luz del sol, pero definitivamente había un cambio en su color.
“¿Qué… qué dijiste?”, balbuceó.
Leonel, de repente consciente de lo que acababa de decir, sintió que su propia cara se incendiaba. “Yo… quiero decir… no en el sentido de… solo que, sin la máscara, te ves… bueno… no es que me fije en esas cosas, pero…” Se estaba hundiendo. Se estaba hundiendo terriblemente.
“¡Leonel-sama!” Tamamo se interpuso entre él y la Hassan, sus colas erizadas. “¡¿Qué crees que estás haciendo?! ¡Ya tenemos suficientes competidoras!”
“¡No es lo que parece!”, protestó Leonel.
“¿Ah, no?”, Mordred estaba disfrutando cada segundo. “Porque sonó exactamente a lo que parece.”
La Hassan femenina, recuperando su compostura con un esfuerzo visible, cruzó los brazos y alzó la barbilla. “Bueno… al menos tienes buen gusto. Pero eso no cambia el hecho de que me debes una por lo de Nitocris.”
“¿Me debes una?”, repitió Leonel, confundido.
“Tú me arruinaste un trabajo. Ahora, vienes a pedirme ayuda. Parece justo que hagas algo por mí a cambio.”
Leonel sospechó que estaba siendo manipulado, pero no tenía muchas opciones. “¿Qué quieres?”
La Hassan sonrió, una sonrisa que era puro cálculo. “Cuando liberes a Serenity, quiero que hables con Ozymandias. Eres el Maestro de Chaldea, el que está luchando contra la incineración de la humanidad. Quizás él te escuche. Y si lo hace, quizás podamos tener una alianza real con el Faraón.”
“¿Ozymandias?”, preguntó Leonel, recordando lo que sabía del Faraón Divino. “¿Crees que aceptaría?”
“Ozymandias respeta la fuerza y la determinación”, respondió la Hassan. “Has demostrado ambas. Y si además le devuelves a Nitocris el favor que le hiciste al rescatarla…” Se encogió de hombros. “Es una posibilidad.”
Leonel pensó por un momento. Ozymandias era una pieza clave en esta Singularidad. En el juego, su alianza era crucial para enfrentar a Camelot. Si podía ganárselo…
“De acuerdo”, dijo. “Hablaré con él. Pero primero, necesito tu ayuda para rescatar a Serenity.”
La Hassan asintió. “Te daré lo que necesitas. Mapas, rutas, información sobre las defensas. Y algunos de mis rostros te acompañarán, para guiarte a través del terreno.” Hizo una pausa. “Pero no puedo prometerte más. Mis recursos son limitados, y no puedo arriesgar a todos por una misión de rescate, por importante que sea.”
“Entendido”, dijo Leonel. “Gracias.”
La Hassan femenina se volvió para irse, pero se detuvo en el último momento. Lanzó una mirada por encima del hombro, sus ojos encontrando los de Leonel.
“Y… por cierto. Lo de ‘bonita’… te lo perdono. Esta vez.” Su tono era seco, pero había un deje de algo más. Quizás una sonrisa.
Desapareció entre las sombras, llevándose consigo a la mayoría de sus rostros. Solo quedó una figura, una Hassan masculina de aspecto joven, que los guiaría a través del territorio.
Tamamo se volvió hacia Leonel con los brazos cruzados y una expresión que prometía una conversación larga. “¿’Bonita’, Leonel-sama?”
“No fue mi intención”, se disculpó, levantando las manos. “Salió solo.”
“Salió solo”, repitió Tamamo, con incredulidad. “Claro. Como cuando ‘salió solo’ que Scáthach te mordió el labio. O como cuando ‘salió solo’ que te pasaste dos días pegado a Artoria.”
“Eso no fue mi intención tampoco”, protestó Leonel, con una mueca.
Artoria Lancer Alter, que había observado toda la escena con su habitual impasibilidad, habló por fin. “Las palabras tienen poder, Maestro. Si no las controlas, ellas te controlarán a ti.”
“Gracias, muy útil”, murmuró Leonel, mientras Mordred se reía a carcajadas y Mash intentaba ocultar su sonrisa detrás de su mano.
El grupo continuó su camino, guiado por el joven Hassan. El terreno se volvía más escarpado, los caminos más angostos, pero avanzaban con rapidez. El sol comenzaba a descender cuando alcanzaron un mirador desde el cual podían ver la fortaleza donde tenían prisionera a Serenity.
Era una construcción imponente, de piedra oscura, enclavada en un saliente rocoso que la hacía casi inaccesible. Torres de vigilancia se alzaban en sus esquinas, y en sus murallas, Leonel pudo distinguir las siluetas de soldados patrullando.
“No va a ser fácil entrar”, comentó Mordred, evaluando las defensas. “Está bien fortificada. Y con Mordred al mando…”
“La otra Mordred”, aclaró Leonel. “La que sirve al Rey León.”
“Me cuesta pensar en mí misma sirviendo a ese monstruo”, murmuró Mordred, con una mueca de disgusto. “Pero bueno. Supongo que en otro universo, otra versión de mí tomó decisiones diferentes.”
“No diferentes”, dijo Artoria Lancer Alter, con su voz grave. “La misma lealtad, dirigida a un señor diferente. La Mordred de Camelot no es mala. Simplemente… no cuestiona. No como tú.”
Mordred la miró, sorprendida por el tono, casi de aprobación, en su voz. “Eso… fue casi un cumplido, padre.”
Artoria no respondió. Sus ojos estaban fijos en la fortaleza.
Fue entonces cuando, de la nada, algo —o alguien— cayó del cielo.
Literalmente.
Una figura envuelta en túnicas coloridas y un halo de energía espiritual cayó desde lo alto de una de las torres, girando en el aire como una hoja en el viento, y aterrizó frente a ellos con una gracia que desmentía la violencia de su llegada.
“¡Ah!”, exclamó la figura, incorporándose y sacudiéndose el polvo de las ropas. “¡Qué susto! Creí que me iba a estrellar, pero el destino me ha traído hasta aquí. ¡Qué suerte!”
Leonel parpadeó. La mujer que tenía delante era… difícil de describir. Vestía túnicas de monje, pero eran cortas, dejando ver sus piernas, y el escote era generoso. Un velo transparente cubría parte de su cabello, pero no ocultaba sus facciones hermosas, ni la expresión de inocencia absoluta en sus ojos.
“¿Xuanzang Sanzang?”, preguntó Leonel, reconociéndola al instante. En el juego, era una monja guerrera, una viajera que había recorrido miles de kilómetros en busca de las escrituras sagradas. Y sí, su vestimenta era… controvertida.
“¡Oh, me conoces!”, exclamó la monja, con los ojos brillando de alegría. Dio un salto y se aferró al brazo de Leonel, apretándose contra él con una familiaridad que hizo que sus otras Servants reaccionaran de inmediato. “¡Qué maravilla! ¡Un discípulo! ¿Verdad que eres mi discípulo? El destino te ha puesto en mi camino, seguro que sí, seguro que sí.”
“Yo… no soy tu discípulo”, intentó decir Leonel, pero Xuanzang no parecía escuchar.
“¡Pero tienes el aura de alguien que busca la iluminación!”, insistió ella, apretándose aún más. “¡O quizás la salvación! ¡O quizás las dos! ¡Viajaremos juntos, leeremos los sutras, alcanzaremos la verdad!” Sus ojos brillaban con una fe inquebrantable.
“¡Suéltalo!” Tamamo apareció a su lado, intentando despegar a la monja de Leonel. “¡Esa no es forma de tratar a un Maestro!”
“¡Pero si es mi discípulo!”, protestó Xuanzang, sin soltar. “¡Y los discípulos necesitan guía! ¡Y yo soy muy buena guía! ¡He viajado por todo el mundo, he enfrentado demonios, he…”
“¡Senpai no es tu discípulo!” Mash se sumó al intento, tirando del otro brazo.
“¿Y entonces qué es?”, preguntó Xuanzang, con genuina confusión. “¿Por qué me suena tan familiar? ¿Por qué mi corazón late tan fuerte cuando lo veo? ¡Seguro que es un karma de vidas pasadas! ¡O de vidas futuras! ¡O de esta vida!”
Jeanne Alter, que había venido como refuerzo (y que en secreto no quería perderse la misión), observaba la escena con los brazos cruzados y una expresión que alternaba entre la exasperación y algo que se parecía a… ¿celos? “Dios santo. Otra. Otra más. ¿De dónde salen todas?”
“Las montañas”, respondió Artoria Lancer Alter, con su habitual sequedad. “Parece que son un imán para mujeres problemáticas.”
Mordred soltó una carcajada. “¡Dice la que pasó dos días pegada a él en una montura!”
Artoria la fulminó con la mirada, pero no respondió.
Finalmente, con la ayuda de Tamamo y Mash, Leonel logró liberarse del abrazo de Xuanzang, aunque la monja seguía a su lado, sonriente y pegajosa.
“Bueno, si no eres mi discípulo, ¿qué haces aquí?”, preguntó, inclinando la cabeza con curiosidad.
“Vamos a rescatar a una prisionera de esa fortaleza”, explicó Leonel, señalando la construcción en la distancia. “Una Hassan que los Caballeros capturaron.”
Los ojos de Xuanzang se abrieron de par en par. “¡Oh, no! ¡Pobrecita! ¡Hay que salvarla!” Se golpeó el puño contra la palma. “¡Yo ayudo! ¡Soy muy buena peleando! ¡Y tengo mucha experiencia rescatando prisioneros! ¡Una vez rescaté a un rey de un demonio, y otra vez rescaté a un monje de una princesa, o fue al revés? No importa. ¡Yo ayudo!”
“¿Por qué quieres ayudar?”, preguntó Mordred, con desconfianza.
Xuanzang la miró con una expresión de absoluta inocencia. “Porque es lo correcto. Porque esa persona está sufriendo. Porque si no ayudamos a los que sufren, ¿qué sentido tiene todo esto?” Hizo una pausa, y su voz se suavizó. “Yo viajé muy lejos en busca de la verdad. Y lo que aprendí es que la verdad no está en los sutras. Está en las personas. En ayudar a los demás. En compartir el camino.”
Hubo un silencio. Hasta Mordred pareció conmovida, aunque no lo admitiría nunca.
“Bien”, dijo Leonel, tomando una decisión. “Aceptamos tu ayuda. Pero tienes que seguir nuestras órdenes. Esto es una misión de rescate, no una peregrinación.”
Xuanzang asintió con entusiasmo. “¡Sí, maestro! Quiero decir, ¡discípulo! Quiero decir… ¡como digas!”
Leonel suspiró. Esto iba a ser interesante.
Con la ayuda de Hassan of the Hundred Faces, que les había proporcionado mapas detallados y rutas alternativas, y con Xuanzang Sanzang ahora parte del grupo, Leonel y sus compañeros se prepararon para el rescate. La noche era su aliada: bajo la luna nueva, las sombras eran profundas, y los centinelas de la fortaleza tenían dificultades para ver más allá de las murallas.
“Entraré primero”, dijo Hassan of the Hundred Faces, la versión joven que los había guiado. “Conozco los pasadizos secretos. Marcaré el camino.”
“Yo voy detrás”, dijo Leonel. “Mash, Mordred, Artoria, Tamamo, Xuanzang… prepárense. En el momento en que se active la alarma, tendremos que movernos rápido.”
“¿Y yo?”, preguntó Jeanne Alter, que había insistido en venir.
“Tú cubres la retirada”, dijo Leonel. “Si algo sale mal, nos das cobertura para escapar.”
Jeanne Alter frunció el ceño, pero asintió. Era una posición importante, aunque no lo admitiera.
El grupo se deslizó hacia la fortaleza. Los pasadizos que Hassan había mencionado eran estrechos, apenas visibles, pero él los recorría con la seguridad de quien los ha andado mil veces. Pronto, estaban dentro.
La fortaleza era un laberinto de corredores y cámaras. Hassan los guió con sigilo, evitando las patrullas, deteniéndose en cada esquina para escuchar, para sentir. Hasta que finalmente, llegaron a una puerta de hierro.
“Está aquí”, susurró Hassan. “La prisión. Pero hay guardias. Dos. Y dentro de la celda, Serenity.”
Leonel asintió. “Mordred, ¿puedes con los guardias?”
Mordred sonrió, mostrando los dientes. “En un abrir y cerrar de ojos.”
Lo cumplió. Dos golpes secos, y los guardias cayeron sin hacer ruido. Leonel abrió la puerta de la celda.
En su interior, encadenada a la pared, estaba Hassan of Serenity.
Era hermosa, de una belleza frágil y peligrosa. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros, y su rostro, aunque pálido por el cautiverio, tenía una delicadeza que contrastaba con la máscara de calavera que colgaba de su cintura. Llevaba un traje oscuro, ajustado, que dejaba al descubierto sus brazos y piernas. Y en sus manos, unos guantes especiales que, Leonel sabía, evitaban que su veneno matara a quien la tocara.
“Serenity”, susurró Hassan. “Hemos venido a rescatarte.”
Los ojos de Serenity se abrieron, y en ellos, Leonel vio algo que no esperaba: miedo. No a los guardias, no a los Caballeros. Miedo a sí misma.
“No me toquen”, susurró, su voz ronca por el silencio. “Mi veneno… si me tocan…”
“No te tocaremos”, dijo Leonel, con suavidad. Se arrodilló frente a ella, a una distancia segura. “Pero vamos a sacarte de aquí. ¿Puedes caminar?”
Serenity asintió débilmente. Leonel se puso de pie y se volvió hacia sus compañeros. “Vamos. Rápido.”
Pero en ese momento, una voz resonó en el corredor.
“¿Y adónde creen que van?”
Mordred. No la suya. La otra. La que servía al Rey León.
Apareció al final del pasillo, con su armadura roja y su espada desenvainada. A su alrededor, soldados con lanzas formaban una línea.
“El Maestro de Chaldea”, dijo, con una sonrisa feroz. “Mi ‘yo’ de Chaldea. Y…” Sus ojos se posaron en Artoria Lancer Alter, y por un instante, algo cruzó su mirada. ¿Sorpresa? ¿Confusión? “¿Padre? ¿Qué haces con ellos?”
Artoria Lancer Alter no respondió. Su lanza ya estaba en sus manos.
“No hay tiempo para explicaciones”, dijo Leonel, activando sus Circuitos Mágicos. “Vamos a salir de aquí. ¡Ahora!”
La batalla estalló.
Regresamos despues de una semana de descanso por enfermedad, vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mad de estas historias.
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