Fate/Grand Persona - Capítulo 60
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Capítulo 60: Capitulo 60: Huida
El eco del golpe de Mordred contra el escudo de Mash resonó en el corredor de piedra como una campana fúnebre. La Servant rebelde, la Mordred que servía al Rey León, no había perdido ni un ápice de la ferocidad que caracterizaba a todas las versiones del Caballero de la Traición. Su espada, Clarent, brillaba con una luz carmesí que parecía absorber la poca iluminación de la fortaleza, y sus ojos, amarillos como los de un felino salvaje, escaneaban al grupo con una mezcla de desprecio y curiosidad sanguinaria.
“¿Así que este es el famoso Maestro de Chaldea?”, dijo, su voz un gruñido ronco. “No me impresiona. Parece más un conejito asustado que un guerrero.”
Leonel ignoró el insulto. Su mente ya estaba trabajando a toda velocidad, conectada a Tezcatlipoca en un flujo constante de datos y análisis. El Persona, en su forma guerrera, se había materializado a su lado, sus placas armónicas brillando con un tono dorado que contrastaba con la penumbra.
«Análisis en curso», informó Tezcatlipoca, su voz resonando en la conciencia de Leonel. «La Servant enemiga presenta parámetros atípicos. Su Saint Graph ha sido modificado. La bendición del Rey León le confiere una ventaja significativa.»
“¿Qué tipo de ventaja?”, preguntó Leonel mentalmente, mientras Mordred atacaba de nuevo y Mash apenas lograba bloquear el golpe.
«Aparentemente, su capacidad para cargar su Noble Phantasm se ha visto… acelerada. No parece necesitar acumulación de energía. Puede liberarlo a voluntad, en cualquier momento.»
Leonel sintió que el estómago se le encogía. Un Noble Phantasm que podía ser activado instantáneamente, sin preparación, era una pesadilla táctica. Normalmente, los Servants necesitaban tiempo para cargar sus ataques definitivos, tiempo que podía ser aprovechado para interrumpirlos o esquivarlos. Pero si Mordred podía lanzar Clarent Blood Arthur cuando quisiera, sin previo aviso…
«Eso no es todo», continuó Tezcatlipoca, y su voz tenía un matiz de preocupación que Leonel rara vez escuchaba. «Su resistencia a los daños es atípica. No presenta debilidades significativas a ninguna clase. Los ataques de tus Servants están causando daño, sí, pero todo es daño neutral. No hay multiplicadores. No hay puntos débiles.»
Leonel observó la batalla que se desarrollaba frente a él. Tamamo lanzaba proyectiles de energía mágica que impactaban contra la armadura de Mordred. La Servant enemiga ni siquiera se inmutaba. El fuego negro de Jeanne Alter, que normalmente habría causado estragos en un oponente de ciertas clases, parecía simplemente resbalar sobre su armadura como agua sobre una piedra. Mordred, con una sonrisa feroz, contraatacaba con su espada, y solo la combinación de la defensa de Mash y la velocidad de Artoria Lancer Alter evitaba que alguien resultara gravemente herido.
“¡No pueden hacerme nada!”, gritó Mordred, riendo mientras su espada chocaba contra la lanza de Artoria. “¡El Rey León me ha bendecido! ¡Soy perfecta! ¡No tengo debilidades!”
Leonel apretó los puños. Era cierto. Mordred era, en este momento, el enemigo más peligroso al que se habían enfrentado desde Londres. No por su poder bruto, aunque también era impresionante, sino por su imprevisibilidad y su resistencia. Podían golpearla una y otra vez, pero mientras ella pudiera activar su Noble Phantasm en cualquier momento, la batalla pendía de un hilo.
«¿Qué hacemos?», preguntó Leonel a Tezcatlipoca. «No podemos ganar esto.»
«No, no podemos», confirmó el Persona. «No en una lucha directa. La única opción viable es la retirada.»
«Pero si intentamos huir, usará su Noble Phantasm. Nos aniquilará a todos.»
«Correcto. Por lo tanto, necesitamos una distracción. Algo que la mantenga ocupada el tiempo suficiente para que podamos poner distancia de por medio.»
Leonel miró a su alrededor. Vio a Hassan of the Hundred Faces, en una de sus personalidades, la joven que los había guiado, luchando contra los soldados que intentaban flanquearlos. Vio a Serenity, débil y encadenada, apoyada contra la pared de la celda, sus ojos llenos de frustración y miedo. Vio a sus propios Servants, dando lo mejor de sí, pero claramente en desventaja.
Y entonces, Tezcatlipoca le mostró el plan.
Las imágenes aparecieron en su mente: una simulación táctica, ejecutada a la velocidad del pensamiento. Mostraba a Hassan of the Hundred Faces desplegando múltiples personalidades, creando un enjambre de asesinos que acosarían a Mordred desde todos los ángulos. No para dañarla, porque no podían, sino para confundirla, para distraerla, para hacerle perder la noción del tiempo y el espacio. Mientras tanto, Serenity lanzaría bombas de humo y veneno, nubes que desorientarían aún más a la Caballero y proporcionarían cobertura para la huida. El resto del grupo aprovecharía esos preciosos segundos para escapar por el pasadizo secreto que Hundred Faces había utilizado para entrar.
El problema era el costo.
Las personalidades de Hundred Faces que participaran en la distracción… no regresarían. Mordred las aniquilaría. Cada una de esas personalidades era una vida, una conciencia, una parte de la identidad fragmentada de la asesina. Perderlas no la mataría, pero la debilitaría. La haría menos. Y Leonel sabía que Hundred Faces ya había perdido muchas de sus personalidades en los años de lucha contra Camelot.
“No puedo pedirle eso”, murmuró Leonel, casi sin querer.
«No tienes otra opción», respondió Tezcatlipoca, con una frialdad que Leonel reconocía como la de un estratega que ve el tablero sin dejarse llevar por las emociones. «Si no lo haces, todos morirán aquí. Ella incluida. Y Serenity volverá a ser prisionera. Y la siguiente vez, quizás los Caballeros encuentren la manera de usar su veneno contra nosotros.»
Leonel cerró los ojos por un instante. El peso de la decisión era abrumador. Pero Tezcatlipoca tenía razón. No había otra salida.
Abrió los ojos y buscó a Hundred Faces. La encontró luchando cerca de la entrada del corredor, su espada corta brillando en la penumbra.
“Hundred Faces”, llamó, con voz baja pero firme. “Necesito hablar contigo.”
La asesina se giró, sus ojos tras la máscara encontrando los de Leonel. Vio algo en ellos, algo que la hizo asentir sin preguntar. Despachó al soldado con el que estaba peleando con un movimiento rápido y se acercó a él.
“¿Qué pasa?”, preguntó, su voz tensa.
Leonel le explicó el plan. Rápido, sin adornos, sin disculpas. Le mostró la simulación de Tezcatlipoca, proyectada en su mente y compartida a través del vínculo que tenían como aliados temporales. Hundred Faces observó en silencio, sus expresiones cambiantes (porque aunque era una sola personalidad, llevaba consigo los ecos de todas las demás) reflejando un torbellino de emociones.
Cuando terminó, hubo un silencio.
“Lo sé”, dijo finalmente Hundred Faces. “Ya lo había pensado. Era la única manera.”
“No quiero que sacrifiques a tus personalidades”, dijo Leonel, con sinceridad. “Si hay otra forma…”
“No la hay”, lo interrumpió ella. “Y lo sabes.” Sus ojos se suavizaron, solo un poco. “He perdido muchas de mis caras en esta guerra. Cada una duele. Pero si no luchamos, si no arriesgamos, ¿qué somos? ¿Cobardes que se esconden mientras otros mueren?” Negó con la cabeza. “No. No soy así. Y tú tampoco.”
Leonel quiso decir algo más, pero Hundred Faces ya se había dado la vuelta. Sus manos se movieron en un gesto que Leonel reconoció como la activación de su Noble Phantasm, o al menos, de una parte de él.
“Cien Caras de la Obediencia”, murmuró, y el mundo se llenó de sombras.
De repente, el corredor estaba abarrotado de figuras. Docenas de Hassan of the Hundred Faces, cada una ligeramente diferente, cada una con su propia postura, su propia arma, su propia personalidad. Hombres, mujeres, jóvenes, viejos, altos, bajos, delgados, robustos. Un ejército de asesinos nacido de una sola alma.
“¡¿Qué?!”, exclamó Mordred, sorprendida por la repentina avalancha de enemigos. “¿De dónde han salido todos estos?”
No tuvo tiempo de procesarlo. Las personalidades de Hundred Faces se abalanzaron sobre ella como una marea humana. No intentaban matarla, no podían. Pero la acosaban, la distraían, la obligaban a girar en todas direcciones, a bloquear golpes que venían de ángulos imposibles. Era una danza de la muerte, coreografiada por la desesperación.
“¡Ahora!”, gritó Leonel. “¡Serenity, las bombas!”
Serenity, aunque débil, asintió. Con un esfuerzo visible, sacó de sus ropas unas pequeñas esferas oscuras y las lanzó hacia Mordred. Las esferas estallaron en nubes de humo espeso y venenoso, envolviendo a la Caballero en una niebla irrespirable.
Mordred tosió, maldiciendo. “¡Malditos! ¡Cobardes! ¡No pueden vencerme, así que huyen como ratas!”
“¡Ratas o no, vivas!”, gritó Mordred (la de Leonel) mientras ayudaba a Serenity a levantarse. “¡Ahora muévete!”
El grupo corrió. Leonel, con Mash protegiendo su espalda, Tamamo a su lado lanzando hechizos de apoyo, Artoria Lancer Alter cubriendo la retaguardia, Jeanne Alter creando una barrera de fuego detrás de ellos para retrasar a los soldados. Xuanzang, que había estado en un rincón todo este tiempo (en parte por confusión, en parte porque no quería estorbar), se unió a la huida con una agilidad sorprendente.
“¡Vamos, vamos, vamos!”, gritaba, mientras corría. “¡El camino a la iluminación es rápido, pero no tanto!”
Detrás de ellos, los gritos de Mordred se mezclaban con los sonidos de la batalla. Las personalidades de Hundred Faces caían una tras otra, pero cada caída ganaba un segundo precioso.
Llegaron al pasadizo secreto. Era angosto, apenas suficiente para que pasara una persona a la vez. Leonel hizo pasar a los demás primero: Serenity, que necesitaba ayuda, luego Xuanzang, luego Tamamo, luego Jeanne Alter. Mordred (la suya) insistió en ir detrás de él, para protegerlo. Artoria Lancer Alter se quedó en la entrada, su lanza brillando, lista para enfrentar a cualquiera que intentara seguirlos.
“¡Vamos, padre!”, gritó Mordred. “¡No te quedes ahí!”
Artoria no respondió. Sus ojos estaban fijos en el corredor, donde la última de las personalidades de Hundred Faces caía bajo la espada de Mordred (la otra). La asesina, herida, se desvaneció en motas de luz.
“¡Artoria!”, gritó Leonel. “¡Ahora!”
Finalmente, ella se giró. Corrió hacia el pasadizo, su figura llena de gracia incluso en la huida. Mordred (la suya) entró detrás de ella, y Leonel fue el último, cerrando la entrada con una roca que Tamamo había preparado con un hechizo de refuerzo.
Corrieron. Corrieron por el pasadizo oscuro, tropezando con las piedras, chocando contra las paredes, pero sin detenerse. Detrás de ellos, escucharon el rugido de la furia de Mordred (la otra), y luego, un sonido que hizo que la sangre se les helara.
“CLARENT… BLOOD ARTHUR!”
La explosión sacudió el suelo. El pasadizo tembló, las piedras crujieron. Por un momento, Leonel temió que se derrumbara sobre ellos. Pero aguantó. Los hechizos de refuerzo de Tamamo, sumados a la solidez de la roca, habían hecho su trabajo.
Siguieron corriendo.
Salieron al exterior cuando la luna ya estaba alta en el cielo. El aire fresco de la montaña era un bálsamo después del ambiente enrarecido de la fortaleza. Leonel, jadeando, se apoyó contra una roca, sintiendo cómo sus piernas temblaban por el esfuerzo.
“¿Estamos… a salvo?”, preguntó Xuanzang, mirando hacia atrás.
“Por ahora”, respondió Artoria Lancer Alter, sus ojos escudriñando la oscuridad. “Pero no nos detengamos. Pueden enviar patrullas.”
“Espera”, dijo Leonel, recuperando el aliento. “Necesitamos… un momento. Serenity está herida.”
La asesina, que había sido ayudada por Tamamo durante la huida, estaba pálida y temblorosa. Las marcas de las torturas eran visibles en sus muñecas, y sus ojos tenían un brillo vidrioso que indicaba un agotamiento extremo.
“Lo siento”, susurró, su voz apenas audible. “Soy una carga.”
“No eres una carga”, dijo Leonel, con firmeza. “Eres una aliada. Y te hemos rescatado. Ahora, tenemos que llevarte a un lugar seguro.”
Tamamo se acercó a Serenity, examinando sus heridas con ojo crítico. “Nada grave, superficial. Pero necesita descanso y comida. Y sus guantes… perdió sus guantes en la fortaleza.”
Serenity miró sus manos desnudas, y Leonel vio cómo sus dedos temblaban. Sin los guantes especiales que contenían su veneno, cada contacto era potencialmente mortal. No podía tocar a nadie sin matarlo.
“Pondremos a salvo a Serenity”, dijo Leonel. “Hassan… ¿Hassan of the Hundred Faces? ¿Estás bien?”
Hubo un momento de silencio. Luego, una figura emergió de entre las rocas. Era una de las personalidades de Hundred Faces, la joven que los había guiado. Pero parecía… disminuida. Más pálida. Más frágil.
“Estoy… bien”, dijo, aunque su voz temblaba. “He perdido muchas de mis caras. Pero las que quedan… siguen aquí.”
Leonel sintió un nudo en la garganta. “Lo siento. Te pedí algo terrible.”
“No me lo pediste tú”, respondió Hundred Faces, con una sonrisa cansada. “Me lo pidió la guerra. Y yo acepté. No te culpes.” Hizo una pausa. “Ahora, debemos movernos. La otra Mordred está furiosa. No descansará hasta encontrarnos.”
Asintieron y reanudaron la marcha. El camino de regreso a la aldea de Hassan del Brazo Maldito era largo, pero lo recorrieron en silencio, ahorrando energías. Leonel caminaba al frente, con Mash a su lado, mientras los demás seguían en formación.
Fue entonces cuando ocurrió.
Serenity, débil y desorientada, tropezó con una raíz que sobresalía del suelo. Emitió un pequeño grito y cayó hacia adelante. Leonel, que estaba cerca, actuó por instinto. Se giró, extendió los brazos para atraparla…
Y cayó con ella.
El impacto fue suave, amortiguado por la hierba, pero la posición era… comprometida. Leonel estaba boca arriba, y Serenity había caído directamente sobre él, su rostro apenas a centímetros del suyo. Sus manos, desnudas, habían aterrizado sobre sus hombros.
Y sus labios… sus labios se habían encontrado en el proceso.
Fue un beso accidental, breve, apenas un roce. Pero fue un beso. Y Serenity, al darse cuenta de lo que había sucedido, se sobresaltó como si la hubieran electrocutado.
“¡No!”, gritó, apartándose de él como si quemara. Retrocedió varios pasos, sus ojos abiertos de par en par, llenos de horror. “¡Te he tocado! ¡Te he besado! ¡Mi veneno…!”
Se llevó las manos a la boca, temblando. “Lo siento, lo siento, lo siento… no quería… ¡te he matado!”
Las otras Servants se habían detenido, mirando la escena con expresiones variadas. Tamamo dio un paso adelante, su rostro pálido. “¿Leonel-sama? ¿Estás bien?”
Leonel parpadeó. Se sentía… normal. No había dolor, no había ardor, no había entumecimiento. Se incorporó lentamente, tocándose los labios con los dedos.
“No siento nada”, dijo, con voz de asombro.
“¿Qué?”, preguntó Serenity, entre lágrimas. “¿Cómo que no sientes nada? Mi veneno es mortal. Un solo roce… un solo beso… y la mayoría de los Servants morirían. Los humanos… los humanos mueren al instante.”
“Pues yo no”, dijo Leonel, poniéndose de pie. Se examinó las manos, los brazos, el pecho. Todo funcionaba. No había signos de envenenamiento. “Estoy perfectamente bien.”
Serenity lo miraba con una mezcla de incredulidad y esperanza. “¿Eres… inmune? ¿Alguien puede ser inmune a mi veneno?”
“Parece que sí”, dijo Leonel, y entonces recordó. En la historia original del juego, Fujimaru Ritsuka era inmune al veneno de Serenity gracias a su vínculo con Mash. El escudo de la Shielder, Lord Camelot, purificaba cualquier toxina, cualquier maldición, cualquier daño que pudiera afectar a su Maestro. Si él, como reemplazo de Ritsuka en esta línea de tiempo, tenía el mismo vínculo con Mash…
“Es por ti, Mash”, dijo, volviéndose hacia ella. “Tu escudo. Tu protección. Me has hecho inmune a los venenos.”
Mash parpadeó, sorprendida. “¿Yo? ¿Pero cómo…?”
“El vínculo entre un Maestro y su Servant”, explicó Tezcatlipoca, materializándose a su lado. “Es más profundo de lo que la mayoría cree. La protección de Mash no solo se manifiesta en el campo de batalla. También impregna a Leonel, lo purifica, lo fortalece. El veneno de Serenity, por mortal que sea, no puede penetrar esa defensa.”
Serenity cayó de rodillas, llorando. No de tristeza, sino de alivio. “Entonces… no maté a nadie. No lo maté.”
Leonel se acercó a ella con cuidado, consciente de que aún era peligrosa para los demás. “Estoy bien, Serenity. De verdad. Y ahora sabemos que puedo tocarte sin peligro. Eso significa que puedo ayudarte.”
Ella levantó la mirada, sus ojos empañados por las lágrimas. “¿Por qué? ¿Por qué eres tan amable conmigo? Soy un monstruo. Todo lo que toco muere.”
“No eres un monstruo”, dijo Leonel, con firmeza. “Eres una persona con una maldición. Y las maldiciones se pueden romper. O al menos, se pueden sobrellevar.” Le tendió la mano. “Ven. Te llevaremos a casa.”
Serenity dudó por un momento. Luego, lentamente, extendió su mano y la colocó sobre la de Leonel. Sus dedos temblaban, esperando lo peor. Pero nada sucedió. Solo el calor de un contacto humano, algo que ella no había experimentado en… ¿cuánto tiempo?
“Gracias”, susurró, mientras él la ayudaba a levantarse.
A su alrededor, las otras Servants observaban la escena con emociones encontradas. Tamamo, aunque celosa, no pudo evitar sentir compasión por la asesina. Jeanne Alter frunció el ceño, pero no dijo nada. Mash sonrió, orgullosa de su Senpai. Mordred resopló, pero había una luz de aprobación en sus ojos. Artoria Lancer Alter observó en silencio, su expresión impenetrable.
Xuanzang, que había estado en un segundo plano, dio un paso adelante. “¡Qué hermoso!”, exclamó, con los ojos brillando. “¡El poder del amor y la compasión venciendo incluso al veneno más mortal! ¡Esto es digno de un sutra!”
“Por favor, no hagas un sutra de esto”, dijo Mordred, con una mueca.
“¡Demasiado tarde! ¡Ya estoy tomando notas mentales!”
Leonel suspiró, pero había una sonrisa en sus labios. Habían escapado. Habían rescatado a Serenity. Y habían descubierto algo importante: era inmune a su veneno. Eso cambiaría las reglas del juego en el futuro.
Pero eso era para otro día. Ahora, necesitaban volver a la aldea, descansar, y planear los siguientes pasos.
“Vámonos”, dijo, y el grupo reanudó la marcha.
El regreso a la aldea de Hassan del Brazo Maldito tomó el resto de la noche. Cuando finalmente llegaron, el sol comenzaba a teñir el horizonte de tonos naranja y rosa. Los refugiados, que habían estado preocupados por la ausencia de Leonel y sus compañeros, salieron a recibirlos con alegría.
Serenity fue llevada a una cabaña apartada, donde Tamamo y Mash se encargaron de curar sus heridas. Leonel, agotado, se sentó en la plaza central, con una taza de té caliente que alguien le había ofrecido.
Hassan del Brazo Maldito se sentó a su lado. “Lo hiciste. La rescataste.”
“Con ayuda”, dijo Leonel. “Y con un costo. Hundred Faces perdió muchas de sus personalidades.”
Hassan asintió, con pesar. “Lo sé. Ya me lo ha dicho. Pero está orgullosa de lo que hizo. Dijo que fue un honor luchar a tu lado.”
Leonel bajó la mirada. “No quería que sacrificara a los suyos.”
“Esa es la guerra”, dijo Hassan. “Nadie quiere sacrificar a nadie. Pero a veces, es necesario. Lo importante es que los sacrificios no sean en vano. Y los tuyos… no lo fueron.”
Leonel guardó silencio, bebiendo su té. La imagen de las personalidades de Hundred Faces cayendo una tras otra seguía en su mente. Pero también estaba la imagen de Serenity, viva y libre, gracias a ellas.
“Mañana”, dijo finalmente, “hablaremos de los siguientes pasos. Tenemos que aliarnos con Ozymandias. Y tenemos que encontrar una manera de derrotar a los Caballeros.”
Hassan asintió. “Mañana. Pero ahora, descansa. Te lo has ganado.”
Leonel asintió, y se quedó allí, sentado, viendo cómo el sol se elevaba sobre las montañas. La guerra continuaba. Pero hoy, al menos, habían ganado una batalla.
Y a veces, eso era suficiente.
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