Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

Fate/Grand Persona - Capítulo 61

  1. Inicio
  2. Fate/Grand Persona
  3. Capítulo 61 - Capítulo 61: Capitulo 61: Asedio
Anterior
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 61: Capitulo 61: Asedio

Los días que siguieron al rescate de Hassan of Serenity trajeron a la aldea de las montañas una calma tensa, como la quietud que precede a una tormenta. Leonel caminaba entre las cabañas de piedra, observando a los refugiados que habían encontrado un hogar temporal en ese refugio de asesinos. Niños que reían y corrían entre los adultos, ancianos que tejían o contaban historias al calor del fuego, mujeres que cocinaban y hombres que reparaban las defensas. Era una imagen de paz frágil, una burbuja de humanidad en medio del desierto hostil y la amenaza constante de Camelot.

Pero Serenity no quería irse.

Habían pasado tres días desde que la asesina había sido liberada de la fortaleza de Mordred. Durante ese tiempo, Leonel había intentado convencerla de que regresara a su propia aldea, donde otros refugiados la necesitaban. Hassan del Brazo Maldito y Hassan of the Hundred Faces habían apoyado la idea, argumentando que Serenity era la protectora de su gente, que su lugar estaba con ellos.

Pero Serenity se aferraba a Leonel como una planta trepadora a un muro.

“No quiero irme”, había dicho el primer día, sentada en un rincón de la cabaña que Leonel compartía con sus Servants. Sus ojos grandes y oscuros miraban al Maestro con una mezcla de gratitud y algo más, algo que Leonel no quería identificar. “Tú eres el primero que puede tocarme sin morir. El primero que me ha mostrado amabilidad sin miedo. ¿Cómo puedo alejarme de eso?”

“Serenity”, había respondido Leonel con paciencia, “entiendo cómo te sientes. Pero tu gente te necesita. Eres su protectora. Sin ti, estarían indefensos.”

“Los otros Hassan pueden protegerlos”, había insistido ella, moviendo la cabeza. “Tú me necesitas más. Tu misión es más importante. Puedo ayudarte.”

La discusión se había repetido varias veces, en diferentes tonos y con diferentes argumentos, pero siempre con el mismo resultado: Serenity se negaba a irse. Y sus apariciones no se limitaban a las conversaciones.

Por la noche, Leonel se acostaba según el estricto calendario que sus novias habían establecido para turnarse a su lado. Una noche le tocaba a Tamamo, que se acurrucaba contra él con sus colas envueltas alrededor de su cuerpo como una manta viva. Otra noche era Mash, que dormía a su lado con una mano apoyada en su pecho, como si necesitara sentir su latido para asegurarse de que seguía vivo. Otra era Jeanne Alter, que fingía desinterés pero terminaba acurrucada contra su espalda, su fuego interior manteniéndolo caliente. Incluso Artoria Lancer Alter, aunque no participaba en el calendario, a veces se sentaba cerca de la entrada de la cabaña durante la noche, vigilando, su presencia silenciosa una forma de protección que Leonel había aprendido a apreciar.

Pero cada mañana, sin falta, Leonel despertaba y encontraba a Serenity a su lado.

No importaba con quién hubiera dormido. No importaba qué tan bien custodiada estuviera la cabaña. Serenity siempre encontraba la manera de deslizarse a su lado durante la noche, acurrucándose contra su espalda o apoyando la cabeza en su hombro. Y cada mañana, el caos estallaba.

“¡¿OTRA VEZ?!”, gritaba Tamamo, saltando de la cama con sus colas erizadas como las de un gato enfurecido. “¡Serenity! ¡Te hemos dicho cien veces que no puedes hacer esto!”

“Lo siento”, murmuraba la asesina, con sus grandes ojos llenos de lágrimas fingidas (o quizás reales). “Pero es que no puedo dormir si no estoy cerca de él. Es el único que no me da miedo tocar.”

“¡Eso no es una excusa!”, intervenía Jeanne Alter, que a menudo se materializaba en la puerta con los brazos cruzados y una expresión furiosa. “¡Tienes tu propia cabaña! ¡Y tu propio pueblo! ¡Vete a él!”

“Pero me siento más segura aquí”, respondía Serenity, aferrándose al brazo de Leonel. “Y Leonel-sama no se queja, ¿verdad?”

Leonel, atrapado entre el cuerpo de Serenity y las miradas asesinas de sus novias, solo podía suspirar y levantar las manos en un gesto de rendición. “No es que no me queje, es que no me da tiempo. Siempre me despierto con vosotras gritando.”

“¡Porque ella se cuela!”, exclamaba Mash, que a menudo también estaba presente, aunque normalmente se levantaba antes para sus ejercicios matutinos. “Senpai, tienes que poner límites.”

“Lo intento”, decía Leonel. “Pero ella es muy… persistente.”

La situación se había vuelto tan cómica como exasperante. Los refugiados ya se habían acostumbrado a los gritos matutinos, y algunos incluso apostaban sobre quién terminaría ganando la discusión cada día. Los niños se reían al ver a las Servants persiguiendo a Serenity por la aldea, y los ancianos movían la cabeza con sonrisas cómplices.

“Es como una telenovela”, comentó Mordred un día, mientras observaba la escena desde una roca. “Solo que con más probabilidades de muerte violenta.”

“El amor es un campo de batalla”, respondió Xuanzang, que se había quedado en la aldea después del rescate, insistiendo en que su “discípulo” necesitaba guía espiritual. “Y en todo campo de batalla, hay bajas.”

“¿Tú eres una baja?”, preguntó Mordred, con una ceja arqueada.

“¡Yo soy una observadora neutral!”, exclamó la monja, aunque sus ojos seguían a Leonel con una intensidad que contradecía sus palabras.

Finalmente, después de varios días de este tira y afloja, Hassan del Brazo Maldito intervino. Con la autoridad que le confería su posición como líder de la alianza, convocó a Serenity a una reunión privada. No se sabe qué palabras intercambiaron, pero cuando Serenity salió de la cabaña de Hassan, sus ojos estaban rojos por haber llorado, pero su expresión era más serena.

“Me voy”, dijo, mirando a Leonel. “Pero volveré. Cuando me necesites, volveré.”

Leonel asintió, con una mezcla de alivio y pesar. “Cuídate, Serenity. Y gracias por todo.”

La asesina se acercó a él y, por un momento, todos contuvieron la respiración. Pero Serenity solo tomó su mano entre las suyas, un gesto simple que para ella era un lujo inmenso. Sus dedos, fríos y suaves, acariciaron su palma.

“Eres la primera persona que puede tocarme sin sufrir”, susurró. “Eso significa más para mí de lo que puedes imaginar. No lo olvidaré.”

Y entonces, se fue. Desapareció entre las rocas como una sombra más, llevándose consigo la tensión que había mantenido en vilo a la aldea durante días.

Las novias de Leonel respiraron aliviadas. Tamamo incluso organizó una pequeña celebración con la comida que tenía guardada. “¡Por fin! ¡Paz! ¡Tranquilidad! ¡Podremos dormir sin interrupciones!”

“Lo dudo”, murmuró Jeanne Alter, mirando a Xuanzang, que había empezado a acercarse sospechosamente a Leonel. “Siempre hay otra.”

Pero la monja, al menos por ahora, se mantuvo a distancia respetuosa, limitándose a observar y a ofrecer “consejos espirituales” cada vez que Leonel se sentaba a descansar.

Con Serenity de vuelta en su aldea y la vida en el campamento recuperando un ritmo más pausado, Leonel pudo concentrarse en lo que realmente importaba: derrotar al Rey León.

Las reuniones estratégicas se habían vuelto diarias. Hassan del Brazo Maldito, Leonel, y los representantes de cada facción (Mash por los Shielder, Tamamo por los Caster, Mordred por los Saber, Artoria Lancer Alter como asesora, Bedivere como conocedor de Camelot, y ocasionalmente Hundred Faces cuando podía enviar una de sus personalidades) se sentaban alrededor de una mesa de piedra en la sala comunal y discutían durante horas.

“El problema principal sigue siendo la falta de poder ofensivo”, dijo Mordred un día, golpeando la mesa con el puño. “Gawain es invencible bajo el sol. Lancelot es una máquina de matar en combate cercano. Tristán puede aniquilar a distancia. Y la propia Artoria… la otra Artoria… es una fuerza de la naturaleza.”

“Y eso sin mencionar a los otros Caballeros”, añadió Bedivere. “Agravain, Gareth, Gaheris… aunque no los hemos visto, sé que están en Camelot. Todos ellos han sido bendecidos por el Rey León. Todos ellos son formidables.”

“Necesitamos aliados”, dijo Tamamo. “Más de los que tenemos. Los Hassan son hábiles, pero no pueden enfrentarse a los Caballeros en batalla abierta. Xuanzang es poderosa, pero es una sola. Nosotros somos… limitados.”

“¿Y Ozymandias?”, preguntó Mash. “¿No podría ser un aliado?”

El silencio que siguió fue significativo.

Hassan del Brazo Maldito fue el primero en hablar. “Ozymandias es… complicado. Es un rey divino, como el Rey León. No reconoce autoridad superior a la suya. Pedirle ayuda no es como pedirle a un aliado común. Es como rendirle pleitesía.”

“Pero si pudiéramos convencerlo de que sus intereses están alineados con los nuestros”, dijo Leonel, “quizás accedería a una alianza temporal.”

“¿Y cómo planeas convencerlo?”, preguntó Mordred, con escepticismo. “¿Llevándole flores? ¿Cantándole una canción? El tipo es un ególatra, como ese idiota dorado de Chaldea.”

“Gilgamesh”, aclaró Mash, con una sonrisa tímida.

“Ese mismo. Arrogante, prepotente, y con poder para respaldarlo. Ozymandias es igual, según lo que he oído.”

“Es peor”, dijo Artoria Lancer Alter, hablando por primera vez en la reunión. Su voz grave captó la atención de todos. “Gilgamesh es arrogante, pero reconoce el valor en los demás cuando lo demuestran. Ozymandias… exige sumisión. Al menos al principio. Si quieres su ayuda, debes presentarte ante él como un suplicante, no como un igual.”

“¿Y si no quiero hacer eso?”, preguntó Leonel.

“Entonces tendrás que demostrarle que eres digno de ser tratado como un igual. Que posees algo que él valora. O que puedes ofrecerle algo que no pueda obtener por sí mismo.”

Leonel pensó en Nitocris. La faraona les había ofrecido su hospitalidad, y ellos la habían rechazado. Pero quizás, si la convencían de que intercediera por ellos ante Ozymandias…

“Tenemos una carta”, dijo Leonel. “Nitocris. La rescatamos de un secuestro. Le debemos un favor, o ella nos debe uno a nosotros. Si le pedimos que nos presente ante Ozymandias, quizás acceda.”

“Es una posibilidad”, admitió Hassan. “Pero no es segura. Ozymandias no es alguien que se deje influenciar fácilmente, ni siquiera por sus propios súbditos.”

“Entonces tendremos que arriesgarnos”, dijo Leonel. “No podemos quedarnos aquí esperando a que Camelot nos ataque. Necesitamos actuar.”

La discusión continuó durante horas, delineando los términos de un posible acuerdo con Ozymandias. Leonel sabía, por sus recuerdos del juego, que el Faraón Divino no era un enemigo, al menos no al final. Pero también sabía que llegar a ese punto requería diplomacia, paciencia, y quizás un poco de suerte.

Fue en medio de una de estas reuniones cuando Hassan del Brazo Maldito planteó una idea que hizo que todos se quedaran en silencio.

“Si necesitamos poder… hay otra opción. Una que hemos estado evitando.”

“¿Cuál?”, preguntó Mordred.

“El Primer Hassan. El Viejo de la Montaña. El que fundó nuestra orden.”

El silencio se volvió más pesado. Incluso Artoria Lancer Alter, normalmente impasible, tensó ligeramente los hombros.

“¿El Primer Hassan?”, repitió Tamamo, con voz cautelosa. “El que corta cabezas y habla con la muerte.”

“Ese mismo”, confirmó Hassan. “Se encuentra en lo más alto de la montaña, en una cueva donde medita desde hace siglos. No interviene en los asuntos de la orden a menos que sea estrictamente necesario. Pero si le pedimos ayuda… quizás acceda.”

“¿Y por qué no lo hemos hecho antes?”, preguntó Mash.

“Porque el Primer Hassan es… aterrador”, respondió Hundred Faces, que estaba presente en una de sus personalidades. “No es un Servant común. Es la personificación de la muerte. De la inevitabilidad del fin. Cuando aparece, algo muere. Y no siempre es el enemigo.”

Leonel recordaba al Primer Hassan del juego. Un anciano imponente, con una máscara de calavera que parecía mirar a través del alma. En la historia original, se había enfrentado a la propia Tiamat, había cortado sus alas, había demostrado un poder que desafiaba toda lógica. Pero también era… ¿cómo describirlo? Un abuelo, en cierto sentido. Cuidaba de los Hassan más jóvenes, los protegía, los guiaba. En el juego, su relación con el protagonista era casi paternal.

Pero él no era el protagonista original. Él era un reemplazo, un transmigrado que había tomado el lugar de Ritsuka. No sabía si el Primer Hassan lo vería con los mismos ojos.

“¿Crees que accedería a ayudarnos?”, preguntó Leonel.

Hassan del Brazo Maldito dudó. “No lo sé. El Primer Hassan actúa por razones que solo él comprende. No podemos predecir sus decisiones.”

“Entonces, por ahora, lo dejamos como última opción”, decidió Leonel. “Primero intentaremos con Ozymandias. Si fracasamos… ya veremos.”

Los asintieron, aliviados de no tener que enfrentarse al Viejo de la Montaña todavía.

Las reuniones estratégicas se prolongaban a menudo hasta bien entrada la noche, pero había momentos de respiro. En uno de esos momentos, Leonel encontró a Bedivere solo, sentado en una roca que sobresalía del acantilado, mirando hacia el horizonte donde Camelot se alzaba como una mancha blanca.

El caballero plateado llevaba días meditabundo, ausente en las conversaciones, perdido en sus propios pensamientos. Leonel había notado su estado de ánimo, pero había respetado su espacio. Ahora, sintió que era momento de hablar.

“¿Puedo sentarme?”, preguntó, acercándose.

Bedivere asintió sin mirarlo. Leonel se sentó a su lado, dejando sus piernas colgando sobre el vacío. El viento de la montaña era frío, pero refrescante.

“Hace días que no te veo sonreír”, dijo Leonel. “¿Qué te preocupa?”

Bedivere guardó silencio por un momento. Luego, habló, su voz apenas un susurro.

“Mi rey… el Rey León… no es mi rey. Lo sé. Lo he sabido desde el primer momento que la vi. Pero… una parte de mí sigue queriendo creer que sí. Que hay algo de Arturo en ella. Que no todo está perdido.”

“¿Y si no lo hay?”, preguntó Leonel. “¿Y si el Rey León es solo un monstruo con su rostro?”

“Entonces… no sé qué haré”, admitió Bedivere. “Le juré lealtad. Le prometí servirla hasta el final. Pero ese juramento fue a una persona que ya no existe. ¿Me libera eso de mi deber? ¿O el deber es eterno, independientemente de lo que mi rey se haya convertido?”

Leonel pensó en su respuesta. No era fácil. No había respuestas fáciles para preguntas como esa.

“Creo que el deber es hacia los ideales, no hacia las personas”, dijo finalmente. “Juraste lealtad a Arturo porque representaba justicia, compasión, honor. Si el Rey León ya no representa eso, entonces tu juramento está roto. No por tu culpa, sino por la suya.”

Bedivere lo miró, sus ojos llenos de una duda dolorosa. “¿Y si me equivoco? ¿Y si ella aún puede ser salvada? ¿Y si mi deber es ayudarla a recordar lo que era, no destruirla?”

“Esa es una posibilidad”, admitió Leonel. “Pero para eso, tienes que estar dispuesto a enfrentarte a ella. A decirle que está equivocada. A hacerle daño, si es necesario. A veces, la lealtad verdadera no es obedecer, sino corregir.”

Bedivere bajó la mirada a su brazo plateado, el que ocultaba Excalibur. “Este brazo… esta espada… son mi pecado. Mi error. Si no hubiera desobedecido, si hubiera devuelto Excalibur al lago como me ordenaron, quizás esto nunca habría pasado. El Rey León no existiría. Camelot no sería esta pesadilla.”

“O quizás sí”, dijo Leonel. “El destino es complejo, Bedivere. No podemos saber qué habría pasado si hubieras hecho algo diferente. Lo único que podemos controlar es lo que hacemos ahora. Y ahora, tienes la oportunidad de usar esa espada para el bien. Para salvar a quienes aún pueden ser salvados.”

Bedivere guardó silencio, procesando sus palabras. Leonel se quedó a su lado, compartiendo el silencio, la brisa, la inmensidad del cielo estrellado.

Fue entonces cuando escucharon pasos detrás de ellos.

Artoria Lancer Alter emergió de las sombras como un espectro, su armadura negra apenas visible en la penumbra. Sus ojos dorados se posaron en Bedivere con una intensidad que hizo que el caballero se tensara.

“¿Dudas todavía?”, preguntó Artoria, su voz grave y cortante. “Después de todo lo que has visto. Después de la masacre. Después de la crueldad. ¿Todavía dudas de que el Rey León debe ser detenida?”

Bedivere se puso de pie, enfrentándola. “No es duda sobre ella. Es duda sobre mí. Sobre si tengo el derecho de alzar mi espada contra mi rey.”

“El derecho”, repitió Artoria, con desdén. “¿Y quién te da ese derecho? ¿Un código escrito por hombres muertos? ¿Un juramento hecho a una persona que ya no existe?” Dio un paso hacia él. “Yo también fui rey, Bedivere. Goberné Britania con mano de hierro. Tomé decisiones que mataron a miles. Y sé que, si hubiera seguido ese camino, si hubiera dejado que la divinidad me consumiera, habría terminado como ella. Como el Rey León.”

Bedivere la miró, sorprendido por su honestidad.

“Pero no terminé así”, continuó Artoria. “¿Sabes por qué? Porque tuve personas a mi lado que me dijeron cuándo me equivocaba. Que se enfrentaron a mí. Que me recordaron lo que significaba ser humana.” Sus ojos se clavaron en él. “Tú no hiciste eso. No devolviste la espada. La guardaste. Y al hacerlo, permitiste que esta línea de tiempo existiera. Que el Rey León se convirtiera en lo que es.”

El golpe fue bajo, y Bedivere sintió cómo las palabras le atravesaban el pecho como una lanza. “Lo sé”, susurró. “Lo sé. Es mi culpa.”

“La culpa no sirve de nada si no la usas para actuar”, dijo Artoria, implacable. “Puedes quedarte aquí, lamentándote, dudando, mientras el Rey León sigue matando. O puedes levantarte, empuñar esa espada, y hacer lo que debes hacer. No por deber. No por venganza. Porque es lo correcto.”

Bedivere apretó los puños. Su brazo plateado brilló débilmente bajo la luz de las estrellas.

“¿Y tú?”, preguntó, mirando a Artoria. “¿Por qué luchas contra ella? También eres una versión de Arturo. ¿Qué te diferencia?”

Artoria se quedó en silencio por un momento. Luego, su respuesta fue simple, pero contundente.

“Yo elegí ser humana. Ella eligió ser diosa. Esa es la diferencia.”

Se dio la vuelta y se alejó, desapareciendo en la oscuridad. Bedivere se quedó allí, mirando el lugar donde había estado, procesando sus palabras.

Leonel se puso de pie, colocando una mano en su hombro. “No estás solo, Bedivere. Pase lo que pase, estaremos a tu lado.”

Bedivere asintió lentamente. Aún no tenía todas las respuestas. Pero quizás, por primera vez en mil quinientos años, comenzaba a vislumbrar un camino.

La mañana siguiente amaneció clara y fría. El sol, aún bajo en el horizonte, teñía las montañas de tonos dorados y rojizos. Leonel estaba en la plaza central, repasando los planes con Hassan y los demás, cuando los primeros gritos rompieron la tranquilidad.

“¡SON LOS CABALLEROS! ¡NOS ATACAN!”

El pánico se extendió como un reguero de pólvora. Los refugiados corrían en todas direcciones, algunos buscando a sus hijos, otros armándose como podían. Los Hassan aparecieron de las sombras, sus máscaras de calavera brillando bajo el sol matutino.

Leonel activó sus Circuitos Mágicos al instante. “¡Todos a sus posiciones! ¡Proteged a los civiles!”

Las explosiones comenzaron a sonar. No eran ataques mágicos convencionales, sino algo más preciso, más letal. Flechas de luz que atravesaban paredes de piedra como si fueran mantequilla, impactando en los refugiados y desintegrándolos al instante.

“¡Maldición!”, gritó Mordred, desenvainando Clarent. “¡Es Tristán! ¡Su arco puede atravesar cualquier cosa!”

Y entonces, lo vieron.

Sobre una formación rocosa que dominaba la aldea, una figura se recortaba contra el cielo. Su cabello, largo y pálido, ondeaba al viento. Su armadura, de un blanco azulado, brillaba con un fulgor fantasmal. En sus manos, sostenía un arco que no era un arco común: era un arpa, cuyas cuerdas, al ser pulsadas, disparaban flechas de luz con una precisión letal.

Tristán. El Caballero de la Lamentación. El arquero de la Mesa Redonda.

Pero no estaba solo.

Desde el otro extremo de la aldea, una figura emergió entre las llamas de una cabaña en llamas. Su armadura roja, su espada carmesí, su postura desafiante. Mordred. La misma que los había atacado en la fortaleza. La misma que había jurado cazarlos hasta el fin.

“¡Os tengo!”, gritó, con una sonrisa feroz. “¡Esta vez no escaparéis!”

Leonel sintió que el corazón se le encogía. Dos Caballeros de la Mesa Redonda, dos enemigos de primera línea, atacando la aldea. Y en medio, civiles inocentes que no podían defenderse.

“¡Mash!”, gritó. “¡Escudo! ¡Protege a los refugiados!”

Mash asintió y levantó Lord Camelot, creando una barrera de luz que cubrió a un grupo de personas que huían hacia las montañas. Las flechas de Tristán rebotaron en el escudo, pero el impacto hacía temblar la barrera.

“¡No podrá aguantar mucho!”, advirtió Mash. “¡Sus ataques son demasiado precisos!”

“¡Tamamo, apoyo! ¡Jeanne Alter, fuego sobre Mordred! ¡Xuanzang, Tristán!” Las órdenes salían de la boca de Leonel con la rapidez de un estratega experimentado. Su mente, conectada a Tezcatlipoca, procesaba el campo de batalla, analizando posiciones, ángulos de ataque, puntos débiles.

Pero los puntos débiles eran escasos.

“Ambos Caballeros están bendecidos por el Rey León”, informó Tezcatlipoca. “Mordred mantiene su resistencia neutral. Tristán parece tener una capacidad de disparo continua. No necesita recargar. Cada pulso de su arco es una flecha.”

“¿Alguna debilidad?”, preguntó Leonel.

“Tristán… es melancólico. Su maldición es su propia emoción. Si pudiéramos romper su concentración, quizás sus disparos se volverían erráticos.”

“¿Y Mordred?”

“Sigue siendo impredecible. Pero está más centrada en la venganza que en la estrategia. Podemos usar eso en nuestra contra.”

Leonel asintió. No era mucho, pero era algo.

“¡Plan de distracción!”, ordenó. “¡Hassan, necesito que tus personalidades creen caos! ¡Que Mordred no sepa a quién atacar! ¡Serenity, si estás escuchando, necesitamos bombas de humo!”

Desde algún lugar de las sombras, una voz susurró: “Estoy aquí. Siempre.”

Serenity no se había ido del todo, o había regresado al escuchar el peligro. Leonel no tuvo tiempo de sentirse aliviado o irritado. Solo de actuar.

“¡Entonces, a moverse! ¡Quiero a esos caballeros fuera de la aldea, lejos de los civiles!”

La batalla comenzaba. Y Leonel sabía que esta sería la más dura hasta ahora.

Pero eso, como había dicho, era para el siguiente episodio.

Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo