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Fate/Grand Persona - Capítulo 62

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Capítulo 62: Capitulo 62: Lanza Sagrada

La aldea, que apenas minutos antes era un remanso de paz frágil, se había transformado en un infierno de gritos, polvo y luz cegadora. Para Leonel Herrera, el tiempo parecía haberse fracturado en una serie de imágenes fijas, cada una de ellas un puñal de responsabilidad clavándose en su conciencia. Veía a un niño tropezar mientras su madre lo arrastraba hacia una grieta entre las rocas. Veía a un anciano, el mismo que siempre tejía junto al fuego, levantarse con una lanza improvisada, con la determinación inútil y conmovedora de quien defiende lo único que le queda. Veía a Hassan del Brazo Maldito y a Cien Caras multiplicarse en un frenesí de sombras, intentando crear un corredor seguro a través del caos. Y en el centro de todo, sintiendo el martilleo de su propio corazón contra las costillas, Leonel estaba paralizado. No por el miedo, aunque este era un nudo frío en su estómago, sino por la abrumadora presión de calcular cada variable en un tablero que cambiaba a una velocidad infernal. Mordred, la enemiga, ya era un torbellino de acero rojo y furia asesina. Ahora, con Tristán añadido a la mezcla, aquello había escalado de una batalla desesperada a un desastre de proporciones épicas. El tañido de su arco-arpa no era un sonido musical, sino una sentencia de muerte que se materializaba en forma de flechas de luz capaces de atravesar la piedra como si fuera papel.

«No puedo detenerme. Si me detengo, mueren», se dijo Leonel, cerrando los ojos por una fracción de segundo. Esa parálisis era un lujo que no podía permitirse. La voz de Tezcatlipoca resonó en su mente, un ancla de calma en la tormenta.

«El miedo es una herramienta, Maestro. Te advierte del peligro. Pero si le dejas tomar el control, te convertirá en un espectador de tu propia derrota. Analiza, decide, actúa. Yo te ayudo.»

Leonel exhaló. Su mano se alzó, y sus Circuitos Mágicos se encendieron con una luz interna que lo recorrió como un relámpago. No era la primera vez que se enfrentaba a lo imposible. Había caído en Londres. Se había levantado en América. No iba a permitir que este desierto se convirtiera en su tumba, ni en la de aquellos a quienes había jurado proteger. La energía fluyó desde su núcleo, y junto a él, la figura de Tezcatlipoca se manifestó por completo. Ya no era una presencia etérea y difusa, sino un guerrero imponente, sus placas doradas captando el resplandor de las llamas y los reflejos de la magia. Los glifos de “espejo humeante” y “noche viento” brillaban en su cuerpo como tatuajes de un poder ancestral. Su presencia irradiaba una autoridad silenciosa que pareció, por un instante, contener el caos a su alrededor.

Justo entonces, una figura de cabello plateado se colocó a su lado. Bedivere, con su brazo oculto bajo la armadura brillando con una tenue luz propia, se plantó firme. Sus ojos, normalmente llenos de una duda existencial, estaban ahora templados por una determinación férrea. La conversación de la noche anterior, los duros reproches de Artoria Lancer Alter, habían obrado en él un cambio profundo. Ya no era un caballero perdido en el pasado; era un guerrero que había encontrado un nuevo propósito.

“Maestro”, dijo Bedivere, su voz firme a pesar de la conmoción. “Concédeme permiso para participar en esta batalla. He pasado demasiado tiempo dudando, mirando al pasado. Es hora de que mi espada actúe en el presente. Permíteme enfrentarlos.”

Leonel lo miró. Vio en sus ojos la sombra del dolor, pero también una chispa de redención. No necesitaba decir nada. Asintió, una orden silenciosa y absoluta. “Adelante, Bedivere. Mantén a raya a quien puedas. No estás solo.”

La batalla no podía librarse en otro lugar. Esa era la verdad más cruel. Mientras Cursed Arm y Hundred Faces trabajaban para evacuar la villa lo más rápido posible, guiando a las familias hacia senderos ocultos en las montañas, la velocidad de los Caballeros de la Mesa Redonda era implacable. No había tiempo para un repliegue limpio. Sacar a los civiles sin causar daños colaterales masivos era una quimera. La pelea iba a ser inevitablemente en ese preciso lugar, un campo de batalla improvisado entre cabañas de piedra que hasta hace unas horas eran hogares. Un aroma a pan cocido aún se mezclaba con el hedor acre de la magia y el humo de las vigas ardiendo. Leonel sintió una punzada de culpabilidad. Familias enteras se apiñaban en improvisados refugios, sus miradas aterrorizadas fijas en él, depositando en ese joven Maestro una esperanza que le pesaba como una losa. Se sentía mal por ellos, profundamente mal. Pero no había otra opción. La única manera de salvar a la mayoría era librar una batalla campal allí mismo, usando sus cuerpos y sus poderes como un dique contra la marea de destrucción.

Fue entonces cuando decidió dividir sus fuerzas, trazando un mapa mental del campo de batalla con la ayuda de Tezcatlipoca. El frente más directo era el de Mordred. La Caballero de la Traición, con su armadura carmesí y su sed de venganza, cargaba directamente hacia el corazón de la aldea. Su objetivo era claro: capturar a Leonel y aniquilar a cualquiera que se interpusiera. La mejor forma de detener a una Mordred desbocada era con otra igual de obstinada. La Mordred de Leonel, la Saber aliada, rugió de anticipación, con Clarent ya desenvainada y sus ojos brillando con un entusiasmo feroz. “¡Esa impostora es mía, Maestro! ¡Déjamela a mí!”

“Ve”, Ordenó Leonel mentalmente. “Pero no vayas sola. Artoria, apóyala. Vuestra prioridad es impedir que active su Noble Phantasm.”

Artoria Lancer Alter, que ya se había puesto su atuendo de batalla, asintió una sola vez. Su Rhongomyniad oscura era un augurio de tormenta a su lado. La relación entre ambas era compleja, una mezcla de rivalidad, respeto a regañadientes y una dinámica casi familiar distorsionada, pero en el combate funcionaban como un engranaje perfecto. La fuerza bruta de Mordred y la precisión letal de Artoria eran una combinación devastadora.

“No podemos permitir que esa Mordred active su Noble Phantasm bajo ninguna circunstancia”, dijo Leonel, procesando la información de sus recuerdos del juego. “El Rey León les ha otorgado bendiciones. La de Mordred le permite activar Clarent Blood Arthur en cualquier momento, sin necesidad de carga ni preparación. Es instantáneo.”

Los ojos de Artoria se entrecerraron. “Eso la convierte en una amenaza de primer orden. ¿Cuál es el defecto de esa bendición?”

” Es autodestructivo”, respondió Leonel. “Cada vez que usa su Noble Phantasm de esa manera, consume una porción de su Saint Graph. Es como quemar su propia existencia para obtener poder. Pero por su forma de luchar, dudo que le importe en lo más mínimo. No lo racionará. Lo usará sin pensar en las consecuencias.”

“Maldita loca”, murmuró Mordred. “Eso la hace aún más peligrosa.”

“Precisamente por eso necesito que la mantengáis a la defensiva. Ataques constantes, combinados, sin darle un respiro.” Leonel entonces giró la cabeza. “Serenity.”

Una sombra se materializó a su lado. La asesina de la piel venenosa no se había ido. Había estado allí, agazapada, esperando el momento. Sus grandes ojos miraban a Leonel con una devoción inquebrantable. No había regresado a su aldea, o quizás había vuelto en el instante en que sintió el peligro. No importaba. Su presencia era un recurso invaluable.

“Ve con ellos”, le ordenó Leonel. “Tu veneno y tus bombas de humo no matarán a Mordred, pero la confundirán. Necesito que la ceguéis, que la hagáis dudar. Nuestra Mordred y Artoria la mantendrán ocupada en el combate directo. Tú ataca desde la sombra en los momentos clave. Haz que se tambalee.”

“Lo que desees, mi Maestro”, susurró Serenity. Por una fracción de segundo, su mirada se cruzó con la de Leonel; había en ella una calidez aterradora, la promesa de una obediencia ciega y una gratitud infinita. Al instante siguiente, se desvaneció en una nube de polvo oscuro. Leonel sintió su avance como una caricia fría en su consciencia. Tres frentes de ataque sobre un solo objetivo. Rezaba para que fuera suficiente.

Ahora, el verdadero problema. Leonel alzó la vista hacia la figura que dominaba las alturas. Tristán. Su silueta recortada contra el humo era fantasmal. Sus dedos se movían sobre las cuerdas del arpa-arco Failnaught como un virtuoso interpretando una sonata, pero la melodía que producía no era arte, era aniquilación. Flechas que no fallaban, que buscaban los puntos más débiles, que atravesaban barreras y dejaban tras de sí un reguero de cuerpos desintegrados. Era, sin duda, el más peligroso de los dos.

Leonel llamó a sus Servants restantes. Mash, Tamamo, Jeanne d’Arc Alter y Xuanzang Sanzang se materializaron junto a él y Bedivere, formando un muro entre los civiles en retirada y el arquero imparable. La prioridad de los Hassan era la evacuación. La de ellos, detener a Tristán.

“Si mis recuerdos del juego son correctos”, comenzó Leonel, mientras Tezcatlipoca proyectaba datos en su mente, “Tristán es un Archer. Su punto débil natural serían los Lancers. Pero esta es la primera vez que nos enfrentamos a él en esta singularidad, y si las bendiciones divinas son consistentes… su ‘regalo’ será una defensa adaptativa.”

Bedivere frunció el ceño. “¿Qué significa eso?”

“Significa que probablemente sea resistente a los ataques de la clase Lancer”, explicó Leonel. “El Rey León le habrá otorgado una bendición que anula la ventaja natural de sus enemigos. Los Lancers no le harán un daño especial; se vuelven tan ineficaces como cualquier otra clase frente a él.”

Tamamo no Mae, con sus colas erizadas en un estado de alerta felina, procesó la información. “Eso es una locura. ¿Entonces cómo se le hace daño?”

“Aquí está la trampa”, continuó Leonel. “Según la lógica de estas bendiciones, siempre hay un precio o una inversión. Si mi teoría es correcta, la bendición de Tristán no solo neutraliza la debilidad a Lancer, sino que invierte su tabla de afinidades. Los Sabers, que normalmente resistirían sus ataques de Archer, ahora le harán el doble de daño… Pero a cambio, él, como Archer, también les infligirá el doble de daño a los Sabers.”

Un silencio tenso se instaló en el grupo. Bedivere apretó los labios, comprendiendo la gravedad de la situación. Era una espada de doble filo. Los Sabers podían herirle mortalmente, pero la más mínima flecha de Tristán, que ya era letal de por sí, los destruiría con el doble de facilidad. Era una maldición estratégica que convertía el enfrentamiento en una danza de muerte donde el más mínimo error sería el último.

“Eso lo hace aún más peligroso de lo que creía”, murmuró Bedivere, su brazo plateado brillando con una intensidad renovada. “Pero no me importa. Seré yo quien le plante cara. Debo hacerlo.”

Leonel lo miró, evaluando su determinación. “De acuerdo, Bedivere. Serás nuestra punta de lanza. Pero no te confíes. Todos lo atacaremos en conjunto. Mash, tu escudo es lo único que puede detener sus flechas. Eres nuestra barrera principal. Tamamo, necesito tus hechizos de apoyo y ralentización. Jeanne Alter, tu fuego negro no será tan efectivo por la resistencia que le otorga su clase natural como Archer, pero tu presión ofensiva puede obligarlo a moverse, a romper su postura. Xuanzang, tus artes marciales y tu magia espiritual serán nuestro as bajo la manga. Tienes la clase Caster, así que no entras en sus ventajas ni en sus debilidades. Eres un comodín.”

La monja asintió, su rostro habitualmente risueño ahora tenso y concentrado. “Protegeré a mi discípulo y a esta gente. Que el Buda me ilumine en esta prueba.”

En ese instante, Tezcatlipoca intervino. Su voz resonó no solo en la mente de Leonel, sino en la conciencia de todos sus Servants, una novedad que les permitió sincronizarse aún más rápido. «Conexión mental a máximo ancho de banda. Transmitiendo datos de posicionamiento enemigo en tiempo real. Y Maestro, mira esto.»

Un fragmento de obsidiana pareció desprenderse del hombro de Tezcatlipoca. Flotó en el aire, girando sobre sí mismo, y de repente, su superficie se volvió tan lisa y reflectante como un espejo perfecto. En él, Leonel no vio su propio rostro. Vio a Artoria Lancer Alter esquivando por centímetros un tajo de la Mordred enemiga, mientras la Mordred aliada la castigaba con una estocada en el costado. El sonido llegó amortiguado, como si escuchara a través de una pared, pero la imagen era cristalina. Vio a Serenity lanzando una bomba de veneno que estalló en la cara de la caballera roja. Era una ventana a otro frente de batalla.

«Esto es nuevo», pensó Leonel, asombrado.

«He expandido mi capacidad de ‘observación’. Antes debías preguntar por un estado y yo te informaba verbalmente. Ahora, a través de estos espejos que puedo generar en el campo de batalla, te proporciono una imagen visual en tiempo real de cualquier punto que desees. Esta habilidad puede expandirse a más espejos, lo que te permitiría supervisar simultáneamente todos los campos de batalla donde tus aliados participen. Es una evolución lógica de mi función como navegador táctico.»

«Eso es… increíblemente roto», admitió Leonel para sus adentros, sin poder evitar un escalofrío de pura admiración estratégica. La capacidad de un comandante de estar en todas partes al mismo tiempo, de ver todos los frentes sin tener que dividir su atención, era un sueño imposible para cualquier general en la historia de la humanidad. Y él lo tenía ahora, en la palma de su mano. Se sintió abrumado por un momento por el potencial de aquello, pero la urgencia de la batalla lo devolvió al presente. Un presente donde las flechas de Tristán barrían la plaza.

La batalla comenzó con una sinfonía de caos.

En el frente secundario, visible a través del espejo de obsidiana que flotaba junto a la cabeza de Leonel, la pelea contra la Mordred enemiga era un torbellino. La caballera traidora lanzaba tajos salvajes contra su contraparte aliada, el choque de las dos Clarents generando ondas de choque carmesíes que resquebrajaban la tierra. “¡Eres una patética imitación!”, rugió la Mordred enemiga, sus ojos inyectados en una furia que parecía alimentada por la propia bendición de su rey. “¡Yo soy la que se ganó su lugar en la Mesa Redonda! ¡Tú no eres nada más que una débil copia de un recuerdo!”

“¡Dime algo que no sepa, idiota!”, replicó la Mordred aliada, usando su fuerza para desviar un golpe mortal y responder con un cabezazo directo al casco de su enemiga. “¡Pero al menos yo no soy una mascota esclavizada por un falso rey! ¡Yo elijo a quien sigo, y no es a un cadáver ambulante!”

Artoria Lancer Alter no malgastaba saliva en provocaciones. Su papel era el de un depredador paciente. Mientras las dos Mordreds chocaban en un duelo de poder, ella retrocedía unos metros, empuñando su Rhongomyniad oscura. De la punta de la lanza, una espiral de energía negra y dorada comenzó a emanar. La presión mágica en el ambiente se volvió opresiva. Artoria no lanzó su Noble Phantasm, no lo necesitaba todavía, sino que liberó una versión concentrada del mismo. Un aura oscura, como garras de dragón hechas de pura luz maldita, se proyectó desde su lanza, impactando en el flanco de la Mordred enemiga. El lanzazo de energía no la atravesó limpiamente; su armadura absorbió gran parte del golpe, pero la fuerza fue suficiente para lanzarla hacia atrás varios metros, haciéndola chocar contra una pared de piedra que se derrumbó sobre ella.

“¡Agh! ¡Maldita seas, ‘padre’!”, escupió la Mordred enemiga, usando ese término con un veneno más corrosivo que el de la propia Serenity.

Fue entonces cuando la asesina entró en acción. En el momento exacto en que Mordred se zafaba de los escombros, cuatro cuchillos envenenados surcaron el aire desde dos direcciones distintas. La caballera logró desviar dos con su espada, pero los otros dos se clavaron en las fisuras de su armadura, en la articulación del codo y el hueco poplíteo. El veneno no era letal para un Servant, especialmente uno con una resistencia tan alta, pero sus efectos secundarios fueron inmediatos: un espasmo muscular que la hizo perder el equilibrio por un segundo. Una bomba de humo estalló a sus pies, envolviéndola en una nube negra y acre que le cegaba los sentidos. Serenity, invisible, danzaba a su alrededor como un fantasma, aplicando una presión quirúrgica en los momentos precisos.

La Mordred de Leonel no perdió la oportunidad. Con un grito de batalla, cargó Clarent con energía carmesí y asestó un tajo ascendente que pilló a la enemiga en el torso, levantándola del suelo. La armadura de Mordred resistió, pero el impacto la dejó sin aire. Estaba siendo superada, no por pura fuerza, sino por una combinación táctica impecable. Tres estilos de combate completamente diferentes, sincronizados a la perfección por las órdenes mentales de Leonel, canalizadas a través de Tezcatlipoca. La Mordred enemiga rugió de frustración. Intentó tres veces activar su Noble Phantasm, su Clarent Blood Arthur, para barrerlos a todos de un solo golpe. Pero cada vez que la espada empezaba a emitir el característico brillo carmesí de su ataque definitivo, algo la interrumpía. Un disparo de energía de Artoria, una estocada directa de la otra Mordred a su brazo, o una lluvia de cuchillos de Serenity. Mantenerla a la defensiva era agotador, pero estaba funcionando. La batalla en ese frente estaba, por ahora, férreamente controlada.

Lo que no estaba controlado en absoluto era el frente principal. El frente donde se encontraba Tristán.

Bedivere fue el primero en lanzarse al ataque. Su cuerpo, potenciado por la magia de Tamamo y la determinación de redimirse, se movía con una velocidad y una gracia que no se le había visto antes. Su brazo plateado se convirtió en un escudo y su espada en un aguijón, embistiendo contra la posición elevada de Tristán. El Caballero de la Lamentación, sin embargo, no se inmutó. Con una calma aterradora, sus dedos pulsaron una sola cuerda. Una flecha de luz, fina como un cabello, atravesó el aire hacia el corazón de Bedivere. El caballero logró desviarla con su brazo de plata, pero la fuerza del impacto lo hizo tambalearse.

“Tú”, dijo Tristán, su voz una melodía triste y distante que resonó por encima del fragor del combate. Sus dedos acariciaron Failnaught con suavidad. Su mirada, al posarse en Bedivere, no mostró sorpresa, sino una profunda, infinita decepción. Una tristeza tan densa que parecía empañar el aire a su alrededor. “Bedivere. El caballero del brazo de plata. El que no devolvió la espada.”

Bedivere se tensó. Esas palabras eran un eco de su propia culpa. “Tristán… yo…”

“No hay nada que decir”, le interrumpió Tristán, pulsando tres cuerdas a la vez. Las tres flechas describieron parábolas imposibles, esquivando la barrera de Mash y buscando a los civiles que aún corrían a lo lejos. “Tu error condenó a nuestro rey. Por tu debilidad, la Arturia que conocimos se aferró a la existencia, y en su agonía, tomó la lanza. Eras su amigo más cercano. Eras el más leal. Y fuiste tú quien la destruyó. Lo que ves ahora, este monstruo divino que juzga sin piedad… es tu creación. Tú forjaste al Rey León con tu desobediencia.”

Las palabras de Tristán eran un ataque más devastador que sus flechas. Leonel, que observaba la escena con el corazón en un puño, lo sabía. Conocía la historia de la Singularidad de Camelot. Bedivere no había desobedecido por malicia. Artoria Pendragon, agonizante tras la batalla de Camlann, le había ordenado devolver Excalibur a la Dama del Lago para poder finalmente morir y descansar en paz. Pero Bedivere, viendo a su rey, su mejor amiga, desangrándose, incapaz de aceptar su muerte, huyó con la espada en lugar de entregarla. Esa decisión, nacida del más puro y egoísta amor, la condenó a una no-vida, a un purgatorio de siglos vagando como el Rey de las Tormentas Salvajes. En las líneas temporales normales, Arturia se convertía en un Heroic Spirit, pero en esta, en esta distorsión, esa negativa a morir la había llevado a tomar Rhongomyniad por completo, perdiendo su humanidad en el proceso. Bedivere llevaba 1500 años vagando, esperando redimir su error. Y ahora, su pecado le era arrojado al rostro por su antiguo compañero.

“¿Qué, no tienes nada que decir?”, preguntó Mordred, la enemiga, quien desde su frente de batalla también había visto a Bedivere y sumó su voz a la condena. Su tono, a diferencia del de Tristán, no era triste, sino cruel. “¡Siempre fuiste un inútil, Bedivere! ¡El favorito de padre! ¡El perfecto! ¡Y mírate ahora! ¡El responsable de todo este desastre! ¡Al menos yo siempre fui honesta con mi odio! ¡Tú destruiste a Arturia con tu amor!”

El ataque psicológico era perfecto. Leonel, a través del vínculo, podía sentir cómo la determinación de Bedivere se tambaleaba. Sus movimientos se volvieron más erráticos, sus defensas menos precisas. Una flecha de Tristán pasó rozando su mejilla, dejando un corte fino del que manó sangre. Otra le impactó en el hombro, y aunque la armadura detuvo la penetración total, el impacto dislocó la articulación con un crujido audible.

“¡Bedivere, mantén la concentración!”, gritó Leonel, pero sus palabras eran lentas comparadas con la velocidad del combate. Tristán, viendo la vacilación de su oponente, cambió su atención. Sus dedos volaron sobre las cuerdas, enviando una ráfaga de flechas múltiples contra el resto del grupo.

Mash se interpuso, su Lord Camelot brillando con un fulgor blanco. “¡No pasarán!” Las flechas de Tristán impactaron contra la barrera, y por primera vez, Leonel vio a Mash doblar una rodilla. Cada flecha contra su escudo era como el martillazo de un gigante. No la atravesaban, pero la energía cinética se transfería a su cuerpo, haciéndola temblar de pies a cabeza. “¡Son… tan pesadas!”, gimió.

“Sus flechas no solo son luz”, analizó Tezcatlipoca en la mente de Leonel. “Transfiere su dolor, su culpa y su tristeza a cada proyectil. Es un ataque espiritual y físico al mismo tiempo. Por eso el escudo de Mash está sufriendo. No solo bloquea magia, está bloqueando la maldición de su leyenda.”

Tamamo, viendo a Mash en apuros, desplegó sus colas en todo su esplendor. “¡Hechizo de las Ocho Plegarias: Barrera de Eternidad Efímera!” Un campo de fuerza de zafiro, adornado con talismanes sintoístas, se superpuso al escudo de Mash, creando una doble defensa. Sus dedos trazaron sellos en el aire. “¡También le lanzo un ralentizador!” De sus talismanes, una neblina viscosa se proyectó hacia Tristán, buscando entumecer sus músculos.

Pero Tristán era un maestro de su arte. Tocó una melodía rápida, una escala ascendente en su arpa, y las flechas que emitió crearon un vórtice de viento a su alrededor que dispersó la neblina. Era como si su música pudiera dictar la realidad. “Bonito intento, hechicera”, murmuró con desdén, girando sobre sí mismo para esquivar un pilar de fuego negro que Jeanne Alter había lanzado desde su flanco.

“¡Maldición! ¡Es demasiado rápido!”, rugió la Avenger, empuñando su espada y lanzándose ella misma al ataque. Su estilo de lucha era la antítesis de la elegancia de Tristán: salvaje, abrasivo y brutal. Lanzaba estocada tras estocada, cada una envuelta en las llamas del odio que consumían su Saint Graph. Pero Tristán, sin siquiera mirarla, se movía entre sus ataques como un bailarín espectral, pulsando su arpa para lanzar contraataques a sus puntos ciegos. Jeanne Alter bloqueó una flecha con su espada, pero la onda expansiva la empujó varios metros hacia atrás, sus botas dejando surcos en la tierra.

“Es inútil. No podemos acercarnos lo suficiente”, dijo la Avenger, rechinando los dientes. “Sabe exactamente dónde atacar.”

Fue entonces cuando Xuanzang Sanzang entró en acción. La monja, que había estado canalizando su energía en un mantra, abrió los ojos. Sus palmas, juntas en un saludo, se tiñeron de un color dorado. “¡Técnica Secreta: Palma de la Iluminación!” Lanzó un golpe de palma al aire, y de sus manos emergió una réplica gigante de su propio brazo, hecha de luz dorada, que se proyectó hacia Tristán como un proyectil guiado. El Caballero de la Lamentación, por primera vez, pareció sorprendido. La palma de luz era un ataque que no entraba en ninguna de las categorías que su bendición afectaba; era energía pura imbuida de la fe de una santa, un ataque conceptual más que físico. Tristán se vio obligado a interrumpir su melodía y saltar hacia atrás para esquivarlo, y la palma de luz impactó contra la formación rocosa donde se encontraba, pulverizándola. El caballero aterrizó a varios metros de distancia, su capa blanca manchada de polvo.

“¡Bien hecho, monja!”, gritó Jeanne Alter, con una sonrisa feroz. “¡Al menos sirves para algo además de para distraer a nuestro Maestro!”

“¡No me distraigo! ¡Lo instruyo!”, replicó Xuanzang, un leve rubor en sus mejillas que no venía del esfuerzo del combate. Pero no había tiempo para discusiones. Tristán se levantó, impasible, y su mirada se fijó en Leonel. Un escalofrío recorrió la espalda del Maestro.

“El último Maestro de la humanidad”, dijo Tristán, sus dedos posándose sobre la cuerda más larga de su arpa, la que producía el tono más grave. “Tu empatía es tu debilidad. Te preocupas tanto por tus aliados, por esos civiles patéticos, que te olvidas de la escala real de esta guerra. Deja que te libere de esa carga.” Tensó la cuerda hasta el límite, apuntando directamente al puesto de mando de Leonel. Sabía que matar al Maestro desharía todos los contratos y haría desaparecer a los Servants. Era la estrategia más lógica.

“¡Senpai!”, gritó Mash, intentando mover su barrera para cubrirlo.

Pero era demasiado tarde. La flecha partió con un tañido fúnebre.

El tiempo pareció ralentizarse para Leonel. Vio la flecha acercarse, una saeta de luz pura que contenía tanta energía como para vaporizarlo. Tezcatlipoca, sin necesidad de una orden verbal, se manifestó frente a él, sus placas doradas brillando con máxima intensidad. «No pasará.»

El impacto fue cataclísmico. La flecha chocó contra el pecho de Tezcatlipoca y explotó en un estallido de luz cegadora. La onda expansiva lanzó a Leonel al suelo, raspándole la espalda contra la grava. Sus oídos zumbaron, pero estaba vivo. Tezcatlipoca había absorbido el ataque, pero el Persona se había vuelto translúcido, parpadeando como una vela a punto de apagarse. El costo de mana había sido brutal.

“Maestro, ¿estás bien?”, preguntó Tezcatlipoca, su voz por primera vez sonando débil.

“Sí… tú… descansa un segundo”, jadeó Leonel, sintiendo que sus Circuitos Mágicos ardían como cables sobrecargados. Se puso de rodillas, buscando desesperadamente una solución, un resquicio que explotar. Observó a Tristán, que ya se preparaba para lanzar otra ráfaga. Observó a Bedivere, que se había levantado a pesar de su brazo dislocado, su rostro una máscara de culpa y furia.

Y entonces, todo se detuvo.

No porque alguien lo ordenara, sino porque el mundo mismo enmudeció. Leonel sintió un cambio en la presión atmosférica, como si una mano gigantesca estuviera presionando el paisaje. El viento dejó de soplar. Las llamas parecieron encogerse. Y una luz, una luz fría y blanca, comenzó a crecer en el cielo sobre la lejana silueta de la ciudad de Camelot. No era grande al principio, solo un punto brillante como una estrella artificial, pero en cuestión de segundos creció de manera exponencial, alimentándose de la magia del ambiente, hasta convertirse en una esfera de luz del tamaño de una luna, rodeada de anillos concéntricos de partículas doradas. La esfera se alargó, tomando una forma cilíndrica y letal, girando lentamente en el cielo mientras su punta se orientaba, con una precisión divina y monstruosa, hacia ellos. Hacia la aldea.

Era la magia de la lanza. La verdadera Rhongomyniad. El poder absoluto del Rey León, la diosa que sostenía el ancla del mundo. No era un Noble Phantasm lanzado por un Servant cualquiera. Era la manifestación de un pilar de la realidad mismo, una lanza que en el juego podía barrer una ciudad entera del mapa en un solo ataque. Su tamaño era descomunal, eclipsando el sol matutino, y la energía que emanaba era tan pura y aterradora que los refugiados dejaron de correr y simplemente cayeron de rodillas, incapaces de procesar lo que veían.

Hassan del Brazo Maldito fue el primero en reaccionar desde la distancia. “¡La Lanza Sagrada! ¡El Juicio Final del Rey León! ¡Está apuntando a este lugar! ¡Va a erradicarnos de la faz de la tierra!”

Mordred, la enemiga, soltó una carcajada a pesar de estar acorralada. “¡Demasiado tarde, impostores! ¡El rey ha decidido que esta plaga de insectos debe ser eliminada! ¡No hay escapatoria!”

Tristán, por su parte, simplemente cerró los ojos. “Una canción final para esos corazones que laten. Una bendición. Una muerte hermosa bajo la luz del rey.”

Leonel sintió que el corazón se le salía del pecho. El pánico, un pánico crudo y primitivo, amenazó con paralizarlo de nuevo. Había olvidado esto. En la tensión de la batalla, en su concentración en las estrategias contra Mordred y Tristán, en la emoción del rescate, había olvidado que el Rey León no dudaba en utilizar su arma más poderosa para eliminar amenazas a distancia. La Rhongomyniad en el cielo no era una advertencia, era una ejecución programada. En cuestión de segundos, ese pilar de luz caería y todo en kilómetros a la redonda, la aldea, los refugiados, sus Servants, él mismo, se convertiría en átomos dispersos. Todo su viaje, sus planes, sus promesas de boda… terminarían aquí, borrados por la indiferencia de una deidad.

Pero la desesperación era un lujo, y él no podía permitírselo. Su mente estratégica, impulsada por la adrenalina, se puso en marcha a una velocidad vertiginosa. No podían huir. El radio era demasiado grande. No podían bloquearlo. Ni siquiera Lord Camelot, con todo su poder conceptual, podría detener por completo un ataque de esa magnitud sin que Mash se desvaneciera. Solo había una opción, tan descabellada como la situación misma. Contrarrestar la lanza sagrada con otra lanza.

«¡Artoria!», gritó mentalmente a través del vínculo, su orden resonando en la mente de la Lancer Alter con la fuerza de un sello de comando sin necesidad de activarlo. «¡Regresa ahora mismo! ¡Ya!»

En el espejo de obsidiana, vio a Artoria Lancer Alter dudar por una milésima de segundo. Su mirada se apartó de la Mordred enemiga y se alzó hacia el cielo, hacia el poder divino que crecía sobre ellos. Su expresión no mostró miedo, sino un reconocimiento frío y absoluto. Vio la Rhongomyniad divina y, en sus ojos dorados, se encendió una llama de orgullo y desafío. Sin decir una palabra, abandonó el combate; su figura se convirtió en una estela de energía negra que cruzó el campo de batalla en un instante.

Aterrizó junto a Leonel, su montura espectral materializándose bajo ella con un relincho fantasmagórico. “Maestro.”

“No hay tiempo”, dijo Leonel, clavando sus ojos en los de ella. El viento de la compresión de la lanza en el cielo ya empezaba a agitar sus ropas, a levantar polvo y escombros a su alrededor. “Con tu propia Rhongomyniad, ¿puedes eliminar eso? ¿Puedes igualar ese poder destructivo?”

Artoria Lancer Alter evaluó la masa de energía en el cielo. Era un cálculo de potencia. Su Rhongomyniad, la de ella, era una versión oscura, maldita, de la lanza. Era increíblemente poderosa, capaz de arrasar fortalezas. Pero la del Rey León… era una aguja hilada con la esencia del fin del mundo, una de las anclas que sujetaban la textura de la realidad. La diferencia de escala era monstruosa, como comparar un cañón de fragata con el cañón orbital de una fortaleza espacial. Artoria lo sabía. Y aun así, su respuesta fue inmediata, sin una pizca de duda.

“Normalmente, no”, dijo, desmontando de su corcel y plantando sus pies firmemente en la tierra, empuñando su lanza oscura. La armadura negra pareció absorber la luz a su alrededor. “Ella es una diosa en su trono, y su lanza es el pilar del mundo. Yo soy un rey tirano de las tormentas. Nuestras existencias están en diferentes ligas de poder.” Hizo una pausa, y su siguiente frase resonó con la autoridad de un monarca que nunca ha aceptado sus limitaciones. “Pero puedo hacerlo si cuento con el poder suficiente para sobrecargar mi lanza más allá de sus límites naturales. Para llevar mi Saint Graph al borde del colapso.”

“¿Qué necesitas?”, preguntó Leonel, su mente ya un paso por delante de sus palabras.

“Al menos dos Sellos de Comando”, respondió Artoria, sin apartar la mirada del cielo. “La magia de un Sello de Comando puede obrar milagros, puede permitir a un Servant trascender sus límites conceptuales una sola vez. Un sello me daría el poder para disparar mi Rhongomyniad a su máxima potencia. Dos sellos… me permitirían crear un contraataque con la misma energía conceptual que la de ella. No sería una Rhongomyniad oscura, sino una negación directa de la suya. Luz contra oscuridad. Ancla contra tormenta.” Sus ojos dorados buscaron los de Leonel. “Pero sé consciente de lo que sacrificas. Estos sellos son finitos.”

Leonel no lo dudó ni por un instante. La mancha de luz en el cielo ya empezaba su descenso, un pilar de aniquilación que silbaba al desgarrar la atmósfera. Se puso en pie y alzó su mano derecha, donde los tres sellos de comando, de un rojo carmesí intenso, brillaban en el dorso de su mano como tatuajes de poder absoluto. Eran un regalo de Chaldea, la prueba de su pacto con el destino de la humanidad. Utilizar uno era una decisión táctica mayor. Utilizar dos a la vez era un acto de fe.

“Por el poder de mis Sellos de Comando”, pronunció Leonel, y su voz retumbó con una fuerza que no era del todo humana. El primer sello en su mano empezó a arder con una luz escarlata, y el dolor fue inmediato, como si le arrancaran una parte del alma a través de la piel. “Te ordeno, Artoria Pendragon: ¡Libera todo tu poder!”

La energía del sello fluyó desde la mano de Leonel hasta el cuerpo de Artoria como una cascada de fuego líquido. La Lancer Alter se tensó, su armadura negra brillando con grietas de energía roja. Su Saint Graph se expandió forzadamente, su capacidad de contenedor espiritual llevada al límite por una orden absoluta. Rhongomyniad oscura rugió en sus manos, liberando un aura negra que se elevó en un pilar gemelo al que caía del cielo.

Leonel no se detuvo. El segundo sello empezó a brillar. “¡Te ordeno por segunda vez! ¡Destruye la lanza sagrada! ¡Supera tus límites y haz que tu ataque iguale el de esa diosa impostora!”

El segundo sello de comando se desvaneció, consumido en una llamarada carmesí. Artoria soltó un grito. No era de dolor, sino de puro y concentrado poder. El pilar de energía oscura que emanaba de su lanza se comprimió, se afiló y estabilizó. Dejó de ser una liberación de energía bruta para convertirse en una lanza oscura imposiblemente densa y larga, del mismo patrón que la lanza divina pero opuesta en su naturaleza. Donde la luz del Rey León representaba el juicio, la pureza y la esterilidad divina, la oscuridad de Artoria Lancer Alter representaba la tormenta, la rebelión y el desafío de un alma humana que se niega a desaparecer. El cielo se partió en dos hemisferios: uno de un blanco cegador, otro de un negro absoluto que absorbía la luz de las estrellas.

“Vamos, padre… demuéstrales quién manda”, murmuró Mordred, la aliada, observando la escena desde su posición, incluso la Mordred enemiga se había quedado en silencio, contemplando el choque de poderes que iba a tener lugar. Tristán había dejado de tocar su arpa. Bedivere, con su brazo dislocado colgando, se quedó de rodillas, sus ojos llenos de lágrimas fijados en la Artoria oscura, viendo en ella un reflejo lejano y terrible de su rey. “Arturo…”

“¡Ahora! ¡Dispara!”, ordenó Leonel, con la última gota de aire en sus pulmones.

Artoria Lancer Alter plantó su lanza hacia el cielo y gritó el nombre de su Noble Phantasm con una voz que resonó en las montañas como un trueno: “¡RHONGOMYNIAD… STORM KING!”

La lanza oscura partió hacia arriba, una columna de obsidiana imposible. Simultáneamente, la lanza sagrada del Rey León aceleró su descenso. Ambas, la divina y la oscura, se encontraron en un punto entre el cielo y la tierra, sobre las montañas huecas. El choque no fue un sonido, fue un cataclismo sensorial. Primero, el silencio más absoluto que Leonel había experimentado jamás, y luego, un estallido apocalíptico. Un parpadeo blanco y negro que quemó la retina de todos los presentes, seguido de una onda de choque que barrió el paisaje con la furia de mil huracanes. La tierra se tambaleó como una balsa en el mar. Grietas enormes serpenteaban por la roca de las montañas. Rocas del tamaño de cabañas fueron arrancadas y lanzadas como guijarros. El aire se convirtió en un látigo de polvo y energía que arrastró todo a su paso: animales pequeños, tiendas de campaña, plantas, ropa tendida. Los refugiados que estaban más lejos se arrojaron al suelo, agarrándose a lo que podían, mientras un viento huracanado aullaba sobre sus cabezas. Las ondas de choque secundarias sacudían el terreno en intervalos regulares, como los latidos de un corazón furioso. En el cielo, los dos pilares gemelos, uno blanco y otro negro, luchaban por aniquilarse mutuamente en un vórtice de energía que desgarraba la tela del espacio. Los anillos concéntricos de la lanza divina intentaban aplastar el núcleo oscuro, pero este se expandía como una supernova negra, negando la luz.

Leonel, protegiéndose los ojos con el brazo, sintió que su mana se drenaba hasta la última gota. Era como si le succionaran la médula de los huesos. Artoria, con los dientes apretados, mantenía su lanza alzada, canalizando cada onza de los dos sellos de comando, su cuerpo convertido en un mero conducto para una fuerza que amenazaba con desintegrarla. Sus pies se hundieron medio metro en la roca, creando un cráter a su alrededor.

“¡No… cederé… ante un dios falso!”, rugió Artoria, y con un último empujón de voluntad, la oscuridad engulló la luz.

La lanza sagrada del Rey León implosionó. La energía divina no fue destruida, sino absorbida y anulada por la tormenta oscura de Artoria, que se expandió en una cúpula de sombras sobre la cordillera antes de disiparse lentamente, como si nunca hubiera existido. Ambas lanzas desaparecieron del firmamento, dejando tras de sí un cielo extrañamente limpio, despejado de nubes y polvo, de un azul que resultaba ofensivo por su tranquilidad. El repentino silencio era tan abrumador como el ruido lo había sido antes. Solo se escuchaba el crujir de la tierra asentándose, el rodar de piedras colina abajo y, si uno afinaba el oído, el lamento del viento entre las grietas recién formadas.

Artoria Lancer Alter dejó caer su lanza un segundo antes de caer ella misma sobre una rodilla. Su respiración era pesada, rasposa. Su armadura humeaba. Pero, increíblemente, estaba viva. Leonel también cayó al suelo, sobre sus manos y rodillas, jadeando como un animal moribundo. Su visión se volvió borrosa por el agotamiento; apenas podía sentir sus extremidades. Su magia estaba casi agotada, una reserva vacía que dolía como un músculo desgarrado. Tezcatlipoca se había replegado por completo, reducido a una presencia mínima en su conciencia para no drenar ni una pizca más de energía.

“Lo… logramos”, susurró Mash, su propia barrera se desvaneció y cayó sentada al suelo, agotada por el esfuerzo psíquico de mantenerse firme bajo la presión.

Pero la victoria, aunque real, tenía un sabor amargo. No habían derrotado a los Caballeros. Lejos del asentamiento de las montañas, ocultos por la penumbra de un barranco, Tristán y la Mordred enemiga observaban con expresiones sombrías el cielo despejado. Estaban heridos, sus armaduras abolladas y sus Saint Graphs resentidos, pero seguían siendo una amenaza letal. La Mordred enemiga escupió sangre al suelo y soltó una maldición. Había estado tan cerca de capturar a su presa.

“Imposible”, dijo Mordred, su voz vibrando con incredulidad y rabia. “Padre… el Rey León… su lanza ha sido detenida. Nadie puede detener la lanza.”

Tristán, por el contrario, sonrió de una manera que no llegó a sus ojos. Era una sonrisa triste, melancólica, tan llena de pesar como sus flechas. “Sin embargo, ahí está. Una Artoria que abraza la oscuridad. Un eco de lo que pudo haber sido nuestro rey. Es… conmovedor. Y aterrador. Hemos cumplido el cometido de nuestro rey: probar al enemigo. Ahora sabemos que son más peligrosos de lo que creíamos.” Guardó silencio, acariciando las cuerdas de su arpa, que aún vibraban débilmente. “Volvamos a Camelot. Informaremos de esto. La próxima vez, no seremos solo nosotros dos.”

Se desvanecieron en partículas de luz dorada, dejando atrás solo muerte y destrucción.

De vuelta en lo que quedaba de la aldea, Leonel, aún de rodillas y con el pecho agitado por una respiración irregular, alzó la mirada. Habían sobrevivido. Pero mientras veía a los refugiados salir de sus escondites, con los rostros marcados por el terror absoluto, mientras veía a los Hassan contar a sus muertos, mientras veía a Artoria Lancer Alter intentar ponerse en pie con un estoicismo que solo la caracterizaba a ella, una verdad fría y dura como el acero se asentó en su estómago.

Este evento, este ataque que apenas habían logrado repeler gastando dos de sus recursos más preciados, no había sido más que un aviso. Una sonda. El Rey León había querido probar su fuerza, y ahora sabía que ellos tenían poder para defenderse. El próximo ataque no sería con dos caballeros. Sería con todo Camelot. La lanza en el cielo había sido un mensaje, y la respuesta de Artoria, un faro que revelaba su posición y su potencial de amenaza.

No podían esperar más. No podían esconderse más. La estrategia de una guerra de desgaste contra un enemigo con recursos infinitos era una sentencia de muerte. Si querían tener alguna posibilidad de ganar, necesitaban poder, y lo necesitaban ya. La opción de alianza con Ozymandias, que hasta entonces era una preferencia en su plan de guerra, se convirtió en ese preciso instante en una necesidad absoluta e inaplazable. Tenían que tener a la facción del Faraón Divino de su lado, a toda costa. No era una opción. Era la única línea entre la supervivencia y la aniquilación total.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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