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Fate/Issei Order - Capítulo 21

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Capítulo 21: Capitulo 20: Sentencia

El sol se elevaba sobre el horizonte, tiñendo el cielo anillado de tonos cobrizos y naranjas. Un día completo había pasado desde la separación del grupo de Chaldea. Un día en el que Issei Hyoudou había caminado hacia el norte sin descanso, siguiendo el rumor de un posible aliado, mientras su mente era un torbellino de preocupación y dudas existenciales.

El paisaje a su alrededor era hermoso de una manera trágica. Colinas verdes salpicadas de flores silvestres que deberían haber sido un símbolo de vida, pero que bajo la luz enfermiza del anillo parecían una burla. Arroyos de agua cristalina que, al ser analizados por Tamamo, contenían trazas de la corrupción mágica que emanaba del Grial. Un mundo que luchaba por vivir mientras una fuerza sobrenatural lo empujaba hacia la destrucción.

Issei caminaba al frente, pero su mente no estaba en el camino. Sus ojos se desviaban constantemente hacia el sur, hacia donde Jeanne, Marie y Elizabeth habían partido. No podía evitarlo. Era un impulso, una necesidad casi física de mirar en esa dirección, como si su alma intentara establecer un puente invisible a través de la distancia.

«Sempai, ¿estás bien?», preguntó Mash, que caminaba a su lado como siempre. Su voz era suave, pero sus ojos lila escudriñaban su rostro con preocupación. «Has estado muy callado desde esta mañana. Y… has mirado hacia atrás al menos treinta veces en la última hora.»

Issei parpadeó, como si despertara de un sueño. «¿Tanto así? Lo siento, Mash. Es solo que… no puedo quitármelo de la cabeza. Jeanne, Marie, Elizabeth… están solas allá. Y yo tengo este presentimiento, esta sensación en el pecho… como si algo malo fuera a pasar.»

Tamamo, que caminaba a su derecha, enroscó su cola alrededor de su brazo en un gesto reconfortante. «Goshujin-sama, entiendo tu preocupación. Pero Jeanne es una Ruler, una santa con un propósito divino. Marie es una reina que ha sobrevivido a revoluciones. Elizabeth… bueno, Elizabeth es ruidosa y molesta, pero también es una Servant con sangre de dragón. No están indefensas.»

«Lo sé», suspiró Issei. «Pero no es algo racional. Es… un sentimiento. Como si una parte de mí supiera algo que mi cerebro aún no ha procesado.»

Kiyohime, que caminaba detrás, escuchó esto y sus ojos se estrecharon. «Anchin-sama está preocupado por otras mujeres. Eso no me gusta. Debería preocuparse solo por mí.»

«No empieces», gruñó Nero desde atrás. «El emperador tiene derecho a preocuparse por todos sus súbditos. Es su deber. Y Jeanne, aunque no es romana, es parte de nuestra compañía. Su seguridad nos importa a todos.»

«Umu no significa que tengas razón», replicó Kiyohime, pero su tono era más de resignación que de furia. Incluso ella, en el fondo, reconocía que la desaparición de Jeanne sería una pérdida táctica. Aunque nunca lo admitiría en voz alta.

Mozart, que cerraba la marcha, observaba a Issei con una expresión inusualmente seria. El compositor, siempre bromista, había estado inusualmente callado desde la separación. Ahora, se acercó al frente y caminó junto a Issei.

«Maestro Issei», dijo en voz baja, para que los demás no oyeran. «Permítame una pregunta. Ese sentimiento que describe… ¿es como un fuego interno? ¿Una certeza irracional que no puede explicar pero que no puede ignorar?»

Issei lo miró, sorprendido por la seriedad del compositor. «Sí… algo así. ¿Cómo lo sabes?»

Mozart no respondió inmediatamente. Miró al cielo anillado, luego a Issei, y finalmente asintió como si hubiera llegado a una conclusión. «He leído sobre esto. En textos antiguos, en crónicas de héroes y bestias legendarias. Lo que describes no es simple intuición humana. Es algo más… primitivo. Más animal.»

Antes de que pudiera explicarse, la voz de Ddraig resonó en la mente de Issei, grave y pensativa.

«Socio. Necesitamos hablar. Ahora.»

Issei se detuvo en seco, haciendo que todo el grupo se detuviera con él. «¿Ddraig? ¿Qué pasa?»

«No en voz alta. Mentalmente. Esto es… delicado.»

Issei frunció el ceño, pero obedeció. Se concentró en su conexión con el Dragón Emperador Rojo, creando un espacio de comunicación privado en su mente, algo que había aprendido a hacer en las últimas semanas.

«Está bien. Habla.»

Hubo una pausa. Cuando Ddraig habló de nuevo, su voz tenía un matiz de… ¿sorpresa? ¿Incredulidad? Algo que Issei nunca había escuchado en el antiguo dragón.

«Lo que sientes, socio. Esa preocupación, esa certeza de que algo malo va a pasarles a esas chicas… no es casualidad. Es instinto. Pero no instinto humano. Instinto de dragón.»

Issei se quedó helado. Literalmente sintió que la sangre se detenía en sus venas por un segundo. «¿Instinto de… dragón? Pero yo soy humano. Cien por ciento humano. Bueno, ahora con algo de magia y un Sacred Gear, pero humano.»

«Sí y no.», respondió Ddraig. «Déjame explicarte. Los portadores del Boosted Gear, a lo largo de la historia, han tenido una tendencia… particular. Aquellos que logran despertar el verdadero poder del Gear, aquellos que establecen una conexión profunda conmigo, a menudo experimentan un cambio. No inmediato, no siempre completo, pero un cambio al fin. Sus cuerpos, sus almas, comienzan a adquirir características draconianas. Es un proceso gradual. Primero, pequeños cambios: sentidos más agudos, mayor resistencia, una conexión más fuerte con sus instintos. Luego, cambios más profundos: la capacidad de transformar partes de su cuerpo en las de un dragón a cambio de un poder inmenso. Y finalmente, si el proceso se completa… se convierten en dragones. Dragones humanos. Dragones con alma humana y cuerpo de bestia. O algo intermedio.»

Issei procesó la información. Su mente, acostumbrada a los videojuegos y las historias de fantasía, entendía el concepto. Pero aplicarlo a sí mismo… era abrumador.

«¿Me estás diciendo que… me estoy convirtiendo en dragón?»

«No lo sé con certeza. Pero los síntomas están ahí. Ese instinto que te dice que tus… ‘familiares’, por llamarlos de alguna manera, están en peligro… es algo que los dragones experimentan. Es una conexión de manada, de clan. Los dragones protegen lo que consideran suyo con una ferocidad que los humanos apenas pueden comprender. Y tú, sin darte cuenta, has estado acumulando un ‘clan’. Esas chicas, tus Servants, son tuyas. Las consideras tuyas, aunque no seas consciente de ello. Y tu instinto draconico incipiente te está gritando que una de ellas está en peligro.»

Issei sintió que las piernas le flaqueaban. Se apoyó en una roca cercana, ignorando las miradas preocupadas de sus compañeras. En su mente, la conversación continuaba.

«Pero… yo no he cambiado nada. No he intercambiado partes de mi cuerpo por poder. No he hecho ningún pacto. ¿Cómo puedo estar… transformándome?»

«Esa es la parte que me desconcierta», admitió Ddraig. «Normalmente, el proceso requiere un intercambio consciente. El portador ofrece una parte de su humanidad a cambio del poder del dragón. Pero tú… tú has estado usando el Gear, has estado acumulando Boost, has estado conectando conmigo a un nivel profundo, y todo sin pedir nada a cambio. Quizás… quizás el Gear te está aceptando de una manera que no había visto antes. O quizás es algo en ti, algo en tu naturaleza, que resuena con la mía. Tu honestidad, tu falta de malicia, tu deseo de proteger… son cualidades que los dragones, en el fondo, respetan.»

Otra voz se unió a la conversación. Olga Marie, desde su refugio dentro del Gear, no podía evitar escuchar.

«Espera, espera, espera. ¿Me estás diciendo que este pervertido se está convirtiendo en dragón? ¿Eso es posible? Porque en la Torra del Reloj, en toda la tradición de la magia occidental, no hay nada que permita un cambio de raza tan radical. La thaumaturgia trabaja con lo que es, no con lo que podría ser. Cambiar la esencia de un ser humano a la de una bestia mítica… eso es…»

«¿Imposible?», la interrumpió Ddraig con un tono que mezclaba paciencia y diversión. «Señorita Animusphere, con todo respeto, sus conocimientos de magia son impresionantes para un humano. Pero están limitados a su mundo, a su sistema. Yo vengo de un universo diferente, con reglas diferentes. Los Sacred Gears no son simples artefactos mágicos; son manifestaciones del deseo, de la voluntad, de la historia. Han habido precedentes. Portadores que se han convertido en algo más que humanos. No es común, pero tampoco es imposible. Y además…» Hizo una pausa significativa. «…usted misma es prueba de que las reglas de su mundo pueden romperse. Un alma preservada dentro de un artefacto, esperando un cuerpo nuevo. ¿Eso es ‘thaumaturgia convencional’?»

Olga se quedó en silencio. Ddraig tenía razón, y eso le molestaba profundamente. Desde que Issei la había salvado, desde que su alma había sido atrapada dentro del Boosted Gear, todo lo que creía saber sobre la magia, sobre las leyes del mundo, se había desmoronado pieza por pieza. La Torra del Reloj, sus años de estudio, su orgullo como maga… todo había sido puesto en tela de juicio por un adolescente pervertido y un dragón legendario.

Y había algo más. Algo que Olga no se atrevía a admitir ni siquiera en sus pensamientos más privados.

Cada vez que Issei miraba a Tamamo con adoración, cada vez que Nero lo abrazaba con posesividad, cada vez que Kiyohime reclamaba su atención con esa obsesión ardiente… Olga sentía un dolor en el pecho. Un dolor que no podía explicar, que no quería explicar. Era envidia, lo sabía. Pero también era algo más. Algo que la hacía retirarse a leer en los momentos de tranquilidad, buscando distraerse con textos antiguos y fórmulas mágicas, pero que siempre volvía, como un imán, a la presencia de Issei.

‘No puede ser’, pensaba, cerrando los ojos con fuerza. ‘No puede ser que yo, Olga Marie Animusphere, directora de Chaldea, maga de élite, sienta algo por… por un error dimensional pervertido que solo piensa en pechos.’

Pero lo sentía. Y cuanto más tiempo pasaba dentro de su alma, observando sus interacciones, su torpeza, su honestidad desarmante, su valor innegable… más crecía ese sentimiento.

Ahora, escuchando a Ddraig hablar de la transformación de Issei, Olga se encontró con una nueva capa de complejidad en sus emociones. Si Issei se convertía en dragón… ¿qué significaba eso para ella? ¿Para su alma, atrapada dentro de él? ¿Para ese sentimiento que no podía nombrar?

«Olga», la voz de Issei en su mente la sacó de sus pensamientos. «¿Estás bien? Te has quedado callada.»

«Estoy… procesando», respondió, intentando mantener su tono habitual de frialdad. «La idea de que te conviertas en dragón es… mucho. Pero si Ddraig dice que es posible, supongo que debo aceptarlo. No es como si mis años de estudio sirvieran de algo aquí.»

Hubo un dejo de amargura en su voz que Issei notó. «Oye… no te sientas mal. Tus conocimientos nos han salvado más de una vez. Eres parte importante del equipo. Sin ti, no habría podido usar el Gear tan eficientemente en las batallas.»

Olga sintió que el calor subía a sus mejillas. Maldijo internamente. ‘¿Por qué tiene que ser tan… genuino? Sería más fácil si fuera un idiota rematado, pero no, tiene que decir cosas así en el momento justo.’

«Guarda tus cumplidos para tus novias, Hyoudou», respondió, pero su voz había perdido filo. «Concéntrate en lo importante. Si tu instinto te dice que Jeanne está en peligro, y Ddraig cree que es un instinto draconico, entonces debemos confiar en él. Pero también tenemos una misión. Encontrar a ese posible aliado lo antes posible para luego ir al sur.»

Issei asintió mentalmente. Volvió a la realidad, abriendo los ojos. Sus compañeras lo miraban con preocupación.

«¿Todo bien, Sempai?», preguntó Mash.

«Sí… sí. Solo estaba… hablando con Ddraig y Olga.» Se enderezó, sacudiendo la cabeza. «Vamos. Tenemos que seguir. Pero en cuanto encontremos a ese aliado, sea quien sea, nos dirigimos al sur a máxima velocidad. ¿Entendido?»

Hubo un coro de asentimientos. Incluso Kiyohime, que normalmente habría protestado por priorizar a otras mujeres, asintió con seriedad. Algo en la expresión de Issei les decía que esto no era negociable.

Reanudaron la marcha. Pero Issei, antes de continuar, miró una vez más hacia el sur. Sus ojos, por un momento, parecieron brillar con un destello rojo apenas perceptible.

‘Aguantad, chicas. Voy lo más rápido que puedo.’

Al sur, el sol también brillaba, aunque su luz era igualmente mortecina bajo el anillo de nubes. Jeanne d’Arc caminaba al frente de su pequeño grupo, su estandarte en alto, su armadura brillando con un fulgor tenue pero constante. A su lado, Marie Antoinette montaba su caballo de cristal, su expresión serena pero alerta. Detrás, Elizabeth Bathory caminaba con paso ligero, observando el paisaje con el interés de quien busca un escenario para su próximo concierto.

«¡Mira ese pueblo!», exclamó Elizabeth, señalando un grupo de casas que comenzaban a vislumbrarse a lo lejos. «¡Las murallas son perfectas para un escenario! ¡Imagina: yo en lo alto, con mi voz resonando por todo el valle, cautivando a las masas!»

«Elizabeth», dijo Jeanne con paciencia, «recuerda por qué estamos aquí. No es para un concierto. Es para encontrar a Georgios y convencerlo de que se una a nuestra causa.»

«Sí, sí, lo sé», respondió la idol con un gesto de desdén. «Pero un poco de promoción no viene mal. ¿Quién dice que no podemos reclutar fans y aliados al mismo tiempo?»

Marie sonrió, su carácter alegre brillando incluso en la adversidad. «Tiene un punto, Jeanne. Si logramos que la gente nos apoye, será más fácil que Georgios confíe en nosotros. Después de todo, venimos a ayudar.»

Jeanne suspiró, pero no pudo evitar una pequeña sonrisa. A pesar de todo, la compañía de Marie y Elizabeth, aunque caótica, aligeraba la carga de su misión. No estaba sola. Y eso, en estos tiempos oscuros, significaba mucho.

Mientras caminaban, Jeanne no podía dejar de pensar en Issei. El pervertido Maestro de Chaldea, el hombre que había hecho de su obsesión por los pechos una filosofía de vida. Lo había juzgado duramente al principio, y aún lo hacía en muchos aspectos. Pero cuanto más tiempo pasaba con él, más se daba cuenta de que su juicio inicial era incompleto.

Sí, Issei era un pecador. Sí, sus ojos vagaban sin control hacia los atributos femeninos de cualquier mujer que se cruzara en su camino. Pero también era valiente. También era honesto. También era, de una manera extraña y torpe, un buen líder. Sus órdenes en combate eran sólidas, su preocupación por sus Servants era genuina, y su capacidad para inspirar lealtad era innegable.

Y había algo más. Algo que Jeanne apenas se atrevía a admitirse a sí misma.

Cuando Issei la miraba, incluso cuando sus ojos se desviaban hacia su pecho, no había malicia en su mirada. No era el deseo lascivo y depredador de otros hombres que había conocido. Era… admiración. Adoración, casi. Como si para él, sus pechos fueran una obra de arte divina, no un objeto de consumo. Era extraño, y desconcertante, y de alguna manera, profundamente desarmante.

‘Señor, perdona mis pensamientos’, rezó en silencio. ‘Pero… ¿por qué has puesto a este hombre en mi camino? ¿Y por qué, a pesar de todo, no puedo odiarlo?’

«¿Jeanne?», la voz de Marie la sacó de sus reflexiones. La reina había detenido su caballo y señalaba hacia adelante. «Mira. Ya casi llegamos.»

Jeanne enfocó la mirada. El pueblo estaba a menos de un kilómetro. Podía ver las murallas de piedra, las torres de vigilancia, y… movimiento. Gente. Supervivientes. Una chispa de esperanza se encendió en su pecho.

«Sí. Vamos. Pero con cuidado. No sabemos si Georgios sigue ahí, o si hay trampas.»

Avanzaron con cautela. Al acercarse a las puertas, un par de guardias las vieron y, como en el pueblo anterior, no atacaron de inmediato. La confusión en sus rostros era evidente: mujeres hermosas, una con armadura y estandarte, otra montada en un caballo de cristal, una tercera con un extravagante traje de idol… no era algo que vieran todos los días.

«¡Alto!», gritó uno de ellos, un hombre joven con una ballesta temblorosa. «¿Quiénes sois?»

Jeanne dio un paso al frente, pero manteniendo cierta distancia. «Somos viajeras. Buscamos a un hombre. Un santo guerrero. ¿Está aquí?»

Los guardias intercambiaron miradas. El más viejo, un hombre de barba cana y ojos cansados, asintió lentamente. «¿Georgios? Sí, está aquí. Llegó ayer. Está en la iglesia, rezando. Pero…» Dudó. «¿Por qué lo buscáis?»

«Necesitamos su ayuda», respondió Jeanne con sinceridad. «Hay una fuerza oscura devastando Francia. Dragones, muerte, destrucción. Nosotros… estamos intentando detenerlo. Y creemos que Georgios puede ser clave para la victoria.»

El guardia la estudió por un largo momento. Luego, su mirada se posó en su rostro, en su estandarte, en la flor de lis bordada. Su expresión cambió. El reconocimiento, y el miedo, brillaron en sus ojos.

«Tú… tú eres… la Doncella. Jeanne de Arc.»

Jeanne sintió que el corazón se le encogía. «Sí. Pero no soy la que está causando todo esto. Hay otra… una versión de mí, corrompida. Yo vine a ayudar, a detenerla.»

El guardia dudó. Su mano temblaba sobre la ballesta. Pero el otro guardia, el más joven, puso una mano en su hombro. «Tío… si quisiera matarnos, no estaría hablando. Ya habría atacado. Y mira…» Señaló a Marie y Elizabeth. «La reina María Antonieta. Y la otra… no sé quién es, pero no parece una asesina.»

Elizabeth puso los ojos en blanco. «Claro que no soy una asesina. Soy una artista. Una estrella. Un icono.»

Marie desmontó de su caballo y se acercó con una sonrisa cálida. «Por favor, confiad en nosotras. Solo queremos hablar con Georgios. Luego nos iremos. No causaremos problemas.»

Los guardias, abrumados por la presencia de una reina (aunque fuera una reina de otra época), asintieron y abrieron las puertas. Jeanne, Marie y Elizabeth entraron al pueblo.

El lugar era modesto pero vivo. Gentes trabajaban en la reconstrucción, niños jugaban en las calles (aunque sus juegos eran más serios de lo que deberían), y había un aire de resistencia, de negativa a rendirse. Jeanne sintió una punzada de orgullo por estos franceses. Eran su gente, de alguna manera. Y luchaban.

La iglesia estaba en el centro, una construcción de piedra gris con un campanario que se elevaba hacia el cielo anillado. Empujaron la puerta de madera y entraron.

El interior era austero. Bancos de madera, un altar simple, velas parpadeantes. Y arrodillado frente al altar, con la cabeza inclinada en oración, había un hombre.

Era alto, de complexión robusta pero no voluminosa. Vestía una armadura de placas brillante, con una capa blanca sobre los hombros. Su cabello, castaño claro, caía sobre su frente. A su lado, apoyada contra el banco, había una espada. No una lanza, como Issei había mencionado en sus teorías, sino una espada larga y elegante, con una empuñadura decorada con motivos religiosos y una hoja que parecía brillar con luz propia incluso en la penumbra de la iglesia.

Esa era Ascalon. La espada que había matado dragones. El arma legendaria de San Jorge.

El hombre levantó la cabeza y se volvió hacia ellas. Su rostro era sereno, de facciones nobles pero no arrogantes. Sus ojos, de un azul profundo, escudriñaron a las recién llegadas con una calma que rayaba en lo sobrenatural.

«Jeanne d’Arc», dijo. Su voz era grave, pero no amenazante. «Marie Antoinette. Y…» Sus ojos se posaron en Elizabeth, y por un momento, una chispa de curiosidad cruzó su rostro. «Una doncella dragón. Qué compañía tan inusual para una santa y una reina.»

Jeanne dio un paso al frente, su corazón latiendo con fuerza. «Georgios. Gracias por recibirnos. Necesitamos hablar contigo. La situación en Francia es…»

«Lo sé», la interrumpió Georgios con suavidad. Se puso de pie y tomó su espada, Ascalon, colocándola en su cinto. «He visto la destrucción. He luchado contra los wyverns. He sentido la presencia de esa… otra tú. La Bruja Dragón.» La miró directamente a los ojos. «Y sé que tú no eres ella. Tu aura es diferente. Pura. No corrompida.»

Jeanne sintió que un peso se levantaba de sus hombros. Él lo entendía. No necesitaba convencerlo.

«Entonces… ¿nos ayudarás?», preguntó Marie, dando un paso adelante con su sonrisa característica. «Necesitamos toda la ayuda posible. Hay un grupo, liderado por un Maestro de otra organización, que está luchando contra la Bruja. Issei Hyoudou. Es… peculiar, pero efectivo. Y cree que tu espada puede ser la clave para derrotar a Fafnir.»

Georgios asintió lentamente. «Ascalon fue forjada para matar dragones. Su poder es más efectivo contra esas bestias que contra cualquier otro enemigo. Si Fafnir está de parte de la Bruja, entonces sí, puedo ser de ayuda.» Hizo una pausa. «Pero antes de aceptar, debo preguntar: ¿este Maestro, Issei Hyoudou, es digno de mi lealtad? ¿Su causa es justa?»

Jeanne dudó por un segundo. ¿Era Issei digno? Era un pervertido, sí. Pero también era un héroe, a su manera. «Es… complicado», admitió. «Tiene defectos. Muchos. Pero su corazón es puro. Quiere salvar a la gente. Proteger a los suyos. Y ha arriesgado su vida una y otra vez por nosotros, sus Servants. Si eso no es dignidad, no sé qué lo es.»

Georgios la estudió por un largo momento. Luego, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. «Hablas de él con… afecto. Eso es revelador.» Asintió. «Está bien. Acepto. Iré con vosotras y me uniré a vuestra causa contra la Bruja Dragón.»

El alivio inundó a Jeanne. Marie soltó un pequeño grito de alegría. Elizabeth aplaudió, aunque más por el espectáculo que por entender la gravedad del momento.

Pero antes de que pudieran celebrar, una sombra se movió en el exterior de la iglesia. Un susurro, apenas audible. Y luego, una voz. Fría, cortante, como el filo de una guillotina.

«Qué conmovedor. Una santa, una reina y una lagartija ruidosa, reclutando a un santo guerrero para su pequeña rebelión. Lástima que no vivirán para ver los frutos de su trabajo.»

Todos se giraron. En la puerta de la iglesia, recortado contra la luz mortecina, había un hombre. Vestía ropas oscuras, casi de verdugo, con una capa negra y una máscara que ocultaba parte de su rostro. En sus manos sostenía no un arma convencional, sino una espada corta y curva, y un extraño dispositivo de madera y metal que, para quien conocía la historia de Francia, era inconfundible: una guillotina en miniatura, un símbolo de su obsesión.

Charles Henri Sanson. El verdugo de la Revolución Francesa. El hombre que había ejecutado a miles, incluyendo, en su vida anterior, a la propia Marie Antoinette.

Sus ojos, visibles a través de los agujeros de la máscara, brillaban con un rojo inyectado por la corrupción de Jeanne Alter. Pero cuando su mirada se posó en Marie, ese brillo cambió. Se volvió más intenso, más obsesivo. Era la mirada de un artista ante su obra maestra incompleta, de un coleccionista ante la pieza que siempre había anhelado.

«Marie», susurró, y su voz era una caricia enfermiza. «Al fin. Al fin te encuentro. Desde que te corté la cabeza en aquel entonces, algo me faltó. El corte no fue perfecto. Hubo demasiada prisa, demasiado ruido, demasiado odio. Esta vez… esta vez será diferente. Esta vez, tu ejecución será una obra de arte. Perfecta. Serena. Digna de una reina.»

Marie palideció. Sus piernas flaquearon, y tuvo que apoyarse en su caballo de cristal, que relinchó nervioso. El recuerdo de su muerte, de la cuchilla cayendo, del momento de oscuridad eterna… era una marca en su alma que nunca sanaría del todo. Y ver a su verdugo, aquí, ahora, con esa mirada de obsesión enfermiza…

«Sanson», logró articular, su voz temblorosa. «Tú… también estás aquí.»

«Por supuesto», respondió Sanson, dando un paso adelante. La puerta de la iglesia se cerró detrás de él con un golpe seco, como el de una cuchilla cayendo. «La Bruja me ha dado un propósito. Me ha liberado de las cadenas de la moral, del deber. Ahora puedo dedicarme a lo que realmente amo: la ejecución perfecta. Y tú, Marie, serás mi obra maestra. La reina que murió una vez volverá a morir, pero esta vez, de mis manos, con mi guillotina, en el momento exacto, con el corte perfecto.»

Jeanne se interpuso entre Sanson y Marie, su estandarte en alto. «No permitiré que le hagas daño. Vete ahora, o te arrepentirás.»

Sanson la miró con indiferencia. «Jeanne d’Arc. La santa. Tu poder está debilitado aquí, lejos de tu Grial, lejos de tu fuente. Lo sé. La Bruja me lo dijo. Eres una sombra de lo que deberías ser. No puedes detenerme.»

Georgios desenvainó Ascalon, la espada brillando con una luz dorada. «Tal vez ella no pueda. Pero yo sí. Aléjate, verdugo. No mancilles este lugar sagrado con tu presencia.»

Sanson observó la espada, y por un momento, una chispa de respeto cruzó sus ojos. «Ascalon. La espada que mató al dragón. Impresionante. Pero no estás aquí para matar dragones, ¿verdad? Estás aquí para proteger a una reina. Y contra mí, contra mi obsesión, tu espada no es suficiente.»

No hubo más palabras. Sanson atacó.

Fue rápido, letal, un bailarín de la muerte. Su espada corta danzaba en el aire, buscando los puntos débiles de la armadura de Georgios. El santo respondió con Ascalon, cada golpe un rugido de luz dorada, pero Sanson esquivaba con una gracia macabra, como si su cuerpo no estuviera sujeto a las leyes de la física.

Jeanne intervino, su estandarte golpeando contra la espada de Sanson, creando una abertura para Georgios. Pero su poder, como Sanson había dicho, estaba debilitado. La corrupción de la Singularidad, la distancia de su fuente de poder, la hacían más lenta, más frágil.

Marie, recuperándose del shock inicial, montó en su caballo de cristal. «¡Vamos! ¡Ayudémosles!» El caballo cargó contra Sanson, sus cascos de cristal levantando chispas, pero el verdugo saltó sobre él, aterrizando detrás de Marie con una sonrisa.

«¿Huyes, reina? No puedes huir de mí. Soy tu destino. Soy tu final.»

Elizabeth, la única que no había entrado en pánico, lanzó un grito (literalmente, un grito sónico) que desorientó a Sanson por un momento. «¡Nadie interrumpe mi debut! ¡Y menos para matar a mi público potencial!»

Pero Sanson se recuperó rápido. Demasiado rápido. Su mirada se posó en Elizabeth, y una sonrisa cruel curvó sus labios. «Tú. La lagartija ruidosa. También morirás. Pero después. Primero, la reina.»

La batalla fue feroz, pero desigual. Georgios luchaba con valor, Ascalon brillando en cada golpe, pero Sanson conocía el arte de la muerte mejor que nadie. Jeanne daba todo lo que tenía, pero su debilidad la hacía tropezar, fallar. Elizabeth lanzaba ataques sónicos que solo servían para retrasar lo inevitable. Y Marie… Marie luchaba con la desesperación de quien sabe que su verdugo ha vuelto por ella.

Finalmente, Sanson encontró una abertura. Un golpe de su espada desarmó a Georgios, enviando Ascalon a rodar por el suelo de la iglesia. Un empujón hizo caer a Jeanne, que golpeó su cabeza contra un banco y quedó aturdida. Un grito sónico de Elizabeth fue desviado por un movimiento de capa. Y entonces, Sanson estuvo frente a Marie.

La reina había desmontado de su caballo, que yacía herido en el suelo, sus cristales rotos. Estaba de rodillas, mirando a su verdugo con una mezcla de miedo y, extrañamente, una dignidad inquebrantable.

«Sanson», dijo, su voz clara a pesar del terror. «Si vas a matarme, hazlo. Pero recuerda: una reina no suplica.»

Sanson la miró, y por un momento, algo brilló en sus ojos. No era compasión, sino admiración. «Siempre fuiste así, Marie. Digna hasta el final. Por eso tu ejecución debe ser perfecta. Por eso debo hacerlo bien.»

Levantó su espada, no para cortar, sino para sostenerla como un director sostendría una batuta. De las sombras, su Noble Phantasm comenzó a materializarse: una guillotina fantasmal, enorme, que llenaba el espacio de la iglesia con su presencia aterradora. La cuchilla, afilada como un suspiro de muerte, brillaba con una luz roja y negra.

«Este es mi arte», susurró Sanson. «La ejecución. Y tú, Marie, serás mi obra maestra.»

Jeanne, desde el suelo, intentó levantarse. «¡No! ¡Marie!»

Georgios buscó Ascalon a ciegas. Elizabeth lanzó un grito desesperado. Pero era demasiado tarde.

La cuchilla cayó.

Pero no sobre Marie.

En el último instante, el caballo de cristal, herido pero no muerto, se interpuso. Su cuerpo translúcido recibió el golpe de la guillotina, rompiéndose en mil fragmentos que brillaron como estrellas fugaces. El sacrificio fue instantáneo, silencioso, absoluto.

«¡NO!», gritó Marie, lágrimas brotando de sus ojos mientras los fragmentos de su Noble Phantasm, su compañero, su amigo, se desvanecían en el aire.

Sanson frunció el ceño, molesto. «Qué fastidio. Un obstáculo. Pero no importa.» La guillotina se recompuso, la cuchilla volviendo a su posición inicial. «Ahora no hay nada que te proteja.»

Jeanne logró ponerse de pie, tambaleándose. «¡Maldito seas, Sanson!»

Pero antes de que pudiera hacer nada, antes de que Georgios pudiera alcanzar su espada, antes de que Elizabeth pudiera gritar de nuevo, Sanson movió la mano.

La guillotina cayó por segunda vez.

Y esta vez, no hubo interposición.

Marie Antoinette, la reina de Francia, la última reina antes de la revolución, la mujer de la sonrisa radiante y el corazón alegre, dejó de existir.

Su cuerpo se desvaneció en motas de luz dorada, como todos los Servants cuando mueren. Pero su rostro, en el último momento, no mostró odio ni miedo. Mostró una tristeza profunda, y algo parecido a la paz. Miró a Jeanne, y sus labios formaron una palabra silenciosa: «Perdón.»

Y luego no quedó nada.

El silencio en la iglesia fue absoluto. Sanson observó las motas de luz desvaneciéndose con una expresión de satisfacción artística. «Perfecto», murmuró. «Absolutamente perfecto. Gracias, Marie. Tu ejecución ha sido mi obra maestra.»

Jeanne cayó de rodillas, lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas. Marie se había ido. La reina que había viajado con ellas, que había soportado las groserías de Issei con dignidad, que había luchado a su lado a pesar del miedo… ya no estaba.

Georgios apretó los puños, una furia santa ardiendo en sus ojos. Ascalon, en su mano, brilló con una luz más intensa que nunca. «Sanson… pagarás por esto.»

El verdugo se encogió de hombros. «Tal vez. Pero no hoy. Mi misión está cumplida. Dile a tu Maestro, santa, que la Bruja lo espera. Y que la próxima vez, no será una reina la que caiga. Será alguien más importante.»

Y con esas palabras, Sanson se desvaneció en las sombras, su risa macabra resonando en la iglesia vacía.

Jeanne, arrodillada en el suelo, apretó su estandarte contra su pecho. Marie se había ido. Y era su culpa. Ella había insistido en venir. Ella había querido demostrar su valía. Y ahora, una vida se había perdido por su orgullo.

«Lo siento», susurró, las lágrimas cayendo sin control. «Lo siento, Marie. Lo siento, Issei. Debí… debí ser más fuerte.»

Elizabeth, por una vez sin palabras, se acercó y puso una mano en el hombro de Jeanne. No dijo nada. No había nada que decir.

Georgios las observó, su expresión sombría. «Debemos irnos», dijo finalmente. «Ese verdugo puede volver. Y tenemos que informar a vuestro Maestro de lo sucedido. La batalla final se acerca, y ahora sabemos que la Bruja no se detendrá ante nada.»

Jeanne asintió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Se puso de pie, tambaleándose, pero firme. El dolor era inmenso, pero no podía rendirse. No podía. Por Marie. Por Francia. Por todos los que habían caído.

«Vamos», dijo, su voz quebrada pero decidida. «Encontremos a Issei. Y luego… luego haremos que paguen. Todos ellos.»

El grupo, ahora reducido, abandonó la iglesia y se adentró en el camino de regreso. Detrás de ellos, el pueblo seguía su curso, ajeno a la tragedia que había ocurrido en su pequeño templo. Pero en el aire, algo había cambiado. Un presagio de tormenta. Un anuncio de que la guerra verdadera estaba a punto de comenzar.

Y en el norte, Issei Hyoudou sintió un dolor punzante en el pecho, tan agudo que se dobló sobre sí mismo, jadeando. Sus compañeras corrieron a su lado, preguntando qué pasaba, pero él no podía responder. Solo sabía, con una certeza absoluta y aterradora, que algo terrible había ocurrido. Algo que no podría perdonar.

Sus ojos, por un momento, brillaron con un rojo intenso, casi bestial. Y en lo más profundo de su ser, el dragón que comenzaba a despertar rugió con furia.

La cacería había comenzado.

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La conciencia regresó a Issei Hyoudou como una ola lenta y pesada, arrastrando consigo fragmentos de un sueño febril. Había sido arrastrado por una corriente de fuego rojo, rodeado de sombras con formas de mujeres que se desvanecían cuando intentaba alcanzarlas. Una de ellas, la más brillante, la de la sonrisa radiante y el cabello rubio recogido, se había roto en pedazos de cristal ante sus ojos. Había querido gritar, pero de su garganta solo había salido un rugido. Un rugido que no era humano.

Abrió los ojos y lo primero que vio fue el techo de una tienda de campaña. La lona, de un color grisáceo, estaba iluminada por una luz tenue que se filtraba desde el exterior. Su cuerpo le dolía. No como después de una batalla, sino como si hubiera corrido una maratón mientras cargaba un elefante. Cada músculo protestaba, y su cabeza palpitaba con un ritmo insistente y molesto.

«¿Goshujin-sama?» La voz de Tamamo, suave pero cargada de alivio, llegó a sus oídos. Un momento después, su rostro apareció en su campo de visión, sus ojos dorados brillando con preocupación. «¡Estás despierto! Gracias a los cielos.»

Issei intentó incorporarse, pero un brazo firme pero suave lo contuvo. Era Mash, que estaba sentada a su lado, su expresión una mezcla de alivio y angustia. «Sempai, por favor, no te muevas tan rápido. Tamamo dice que necesitas descansar un poco más.»

«¿Qué… qué pasó?», logró articular Issei, su voz ronca y extraña. «Lo último que recuerdo es…» Hizo una pausa, intentando ordenar los recuerdos fragmentados. «Había un dolor. En el pecho. Como si algo… como si alguien…» No pudo terminar la frase. La imagen de Marie rompiéndose en cristales cruzó su mente, y un escalofrío recorrió su espalda.

«Tuviste un ataque», dijo Nero, apareciendo también en su campo de visión. Su expresión, normalmente teatral y exagerada, era inusualmente seria. «De repente, comenzaste a gritar. No con tu voz, Praefectus. Con algo más… profundo. Más antiguo. Y tu cuerpo empezó a cambiar. Tus ojos…» Hizo una pausa, como si el recuerdo la perturbara. «Tus ojos se volvieron rojos. Rojos como la sangre, con pupilas verticales. Como las de un dragón.»

Issei sintió que el estómago se le encogía. «¿Mis ojos?»

«El instinto, socio», la voz de Ddraig resonó en su mente, más grave de lo habitual. «Sentiste la pérdida. Tu cuerpo reaccionó antes que tu mente. El dragón en ti despertó, aunque sea por un instante. Querías proteger. Querías destruir. Querías volar hacia el sur y devorar a quienquiera que hubiera causado ese dolor. Pero tu cuerpo aún no está preparado para albergar ese poder. Por eso caíste.»

«¿Perder?», repitió Issei, el miedo creciendo en su pecho. «¿Quién… quién se perdió?»

Tamamo y Nero intercambiaron una mirada. Fue Mash quien respondió, con su voz suave pero firme. «No lo sabemos, Sempai. No tenemos comunicación con Jeanne y las demás desde ayer. Romani intenta restablecer el enlace, pero hay demasiada interferencia. Pero…» Dudó. «Algo pasó. Lo sentimos todas a través de nuestro vínculo contigo. Fue como si una parte de ti se hubiera roto.»

Issei cerró los ojos, apretando los puños. Las imágenes fragmentadas del sueño volvieron: Marie, sonriendo, y luego rompiéndose en mil pedazos. ¿Era real? ¿O solo una pesadilla provocada por su incipiente transformación?

«Tuvimos que dormirte», intervino Tamamo, su tono mezclando culpa y justificación. «No podíamos controlarte. Tu fuerza… era superior a la nuestra. Si no te hubiera puesto bajo un hechizo de sueño, habrías…» Tragó saliva. «Habrías hecho algo terrible. O te habrías destruido a ti mismo intentándolo.»

Issei la miró, procesando la información. Él, Issei Hyoudou, el humano débil con circuitos mágicos mediocres, había sido más fuerte que sus Servants. Por un momento. Gracias al dragón que dormía en su interior.

«¿Cuánto tiempo he estado dormido?», preguntó.

«Varias horas», respondió Nero. «Desde entonces hemos estado viajando. Tamamo te cargó la mayor parte del camino. Estamos cerca del pueblo donde se suponía que estaba el posible aliado.»

Issei asintió lentamente. Aún sentía el dolor en el pecho, ese vacío que no podía explicar, pero había algo más importante ahora: la misión. Tenían que encontrar a ese Servant, fuera quien fuera, y luego ir al sur. Tenía que saber qué había pasado con Jeanne, Marie y Elizabeth.

«Ayúdenme a levantarme», dijo, con más firmeza de la que sentía.

Mash y Tamamo lo ayudaron a incorporarse. La tienda era pequeña, apenas lo suficientemente grande para que cupieran unos cuantos sacos de dormir. A través de la abertura, vio el cielo anaranjado del atardecer y, más allá, las siluetas de Kiyohime y Mozart montando guardia.

Salió de la tienda, tambaleándose ligeramente. El aire fresco le ayudó a despejar la mente, aunque el dolor de cabeza persistía. Kiyohime se volvió al verlo, y por un momento, su expresión habitual de obsesión posesiva se suavizó en algo parecido a la preocupación.

«Anchin-sama», dijo, acercándose. «Estás despierto. Menos mal. Estaba a punto de quemar algo para celebrarlo.»

«Gracias… creo», respondió Issei con una sonrisa débil.

Mozart, sentado en una roca, lo observaba con una expresión inusualmente seria. «Maestro Issei, me alegra verlo de vuelta en el mundo de los conscientes. Permítame una pregunta: ¿recuerda algo de lo que sintió durante su… episodio?»

Issei frunció el ceño, intentando recordar. «No mucho. Solo… dolor. Y furia. Y la necesidad de ir al sur. De proteger a…» La imagen de Marie volvió a aparecer, y esta vez fue más vívida. Vio su sonrisa, escuchó su voz diciendo «Perdón», y luego… nada.

«Marie», susurró, sin darse cuenta. «Algo le pasó a Marie.»

Los demás intercambiaron miradas. Tamamo se acercó y puso una mano en su hombro. «Goshujin-sama, no lo sabes con certeza. Puede que solo sean sueños, producto de tu estado.»

«No», dijo Issei, sacudiendo la cabeza. «No eran sueños. Ddraig dijo que mi instinto de dragón me avisa de peligros. Y sentí… sentí que algo terrible pasaba. Y Marie…» Se llevó una mano al pecho, donde el dolor aún resonaba. «Sé que le pasó algo. No sé qué, pero sé que le pasó.»

Nero, siempre práctica, intervino. «Entonces debemos darnos prisa. Encontremos a ese aliado y marchemos al sur. Pero primero, tenemos que llegar al pueblo. Está a menos de una hora de camino.»

Issei asintió, agradecido por tener un objetivo claro. «Vamos. No perdamos más tiempo.»

El grupo recogió el campamento en silencio y reanudó la marcha. Issei caminaba apoyándose ligeramente en Mash, que no protestó. Su cuerpo aún se sentía débil, como si hubiera estado enfermo durante días, pero su mente estaba más clara que nunca. El dolor en el pecho seguía ahí, un recordatorio constante de que algo había salido mal en el sur. Pero no podía detenerse. No podía.

El camino era accidentado, una senda de cabras que serpenteaba entre colinas cubiertas de vegetación quemada. El cielo anillado seguía siendo su compañero, un testigo silencioso de su viaje. Y a lo lejos, comenzó a vislumbrarse algo.

Humo.

Columnas de humo negro se elevaban hacia el cielo, mezclándose con las nubes del anillo. No era el humo de unas pocas casas quemadas; era el humo de una catástrofe, de un incendio masivo e incontrolado. Issei sintió que el estómago se le encogía aún más.

«Maldición», murmuró Tamamo, sus orejas gachas. «Llegamos tarde.»

«Todavía no lo sabemos», dijo Nero, aunque su tono carecía de su habitual confianza. «Puede que haya supervivientes.»

Aceleraron el paso. Mientras se acercaban, los signos de destrucción se volvían más evidentes. Árboles calcinados, restos de animales, y aquí y allá, fragmentos de lo que alguna vez fueron casas o graneros. El olor a quemado era abrumador, y con él, otro olor, más sutil pero más aterrador: el de carne chamuscada.

Cuando finalmente llegaron a las afueras del pueblo, la visión era apocalíptica.

Las murallas, que debían ser de piedra y madera, eran poco más que montones de escombros carbonizados. Las casas dentro eran esqueletos de vigas negras, algunas aún ardiendo con llamas de un color verde enfermizo. Las calles estaban cubiertas de ceniza y, aquí y allá, yacían cuerpos. No muchos, porque el fuego lo había consumido casi todo, pero los suficientes para pintar una imagen de horror absoluto.

Y en el centro de todo, una marca. Una huella gigantesca, como de una bestia colosal, estaba estampada en la plaza principal. La tierra alrededor estaba fundida, convertida en una especie de vidrio negro por el calor extremo.

«Fafnir», susurró Kiyohime, sus ojos fijos en la huella. «Ese maldito dragón estuvo aquí.»

Mozart, que había dejado de lado su habitual ironía, observaba la escena con una expresión sombría. «La cantidad de magia residual es abrumadora. Esto no fue un ataque; fue una ejecución. La Bruja quería asegurarse de que no quedara nada ni nadie.»

Romani, a través del comunicador de Mash, confirmó los peores temores. «No hay lecturas de vida en el pueblo. Ninguna. Lo siento, chicos… esto fue una masacre.»

Issei sintió que las piernas le flaqueaban. Mash lo sostuvo, evitando que cayera. Habían caminado tanto, habían esperado tanto, y ahora… nada. El posible aliado había muerto, o nunca había estado allí, o había huido. Y ellos habían perdido un tiempo precioso mientras en el sur…

«No», dijo Nero, con una firmeza inesperada. «No nos rendiremos. Si ese Servant estaba aquí, puede que haya sobrevivido. Los Servants no mueren tan fácilmente. Busquemos entre los escombros. Algo, cualquier cosa.»

Tamamo asintió. «Nero tiene razón. La energía residual es caótica, pero podría haber restos de un Noble Phantasm o algo que nos indique qué pasó.»

Issei, agarrando la esperanza con uñas y dientes, asintió. «Busquemos. No podemos irnos con las manos vacías.»

Durante las siguientes horas, el grupo se dispersó por las ruinas, moviendo escombros, examinando cadáveres (todos irreconocibles, todos carbonizados), buscando cualquier indicio de que el Servant que habían venido a buscar aún pudiera estar allí. Issei, aún débil, se limitaba a remover piedras pequeñas mientras Mash vigilaba que no se esforzara demasiado.

El sol comenzó a descender, tiñendo el cielo de tonos rojos y púrpuras que, bajo el anillo, parecían aún más siniestros. La desesperanza comenzaba a apoderarse de ellos cuando, de repente, Tamamo se detuvo en seco.

«Esperad», dijo, sus orejas de zorro erguidas como antenas. «Siento algo. Muy débil, casi imperceptible… pero está ahí. Una presencia. Vida.»

Issei sintió que el corazón le daba un vuelco. «¿Dónde?»

Tamamo cerró los ojos, concentrándose. Luego señaló hacia un montículo de escombros cerca de lo que había sido la iglesia del pueblo, reconocible solo por un fragmento de campanario aún en pie. «Ahí. Debajo. Es tenue, pero definitivamente hay alguien vivo ahí abajo.»

Sin pensarlo dos veces, Issei corrió hacia el lugar, seguido por sus Servants. El montículo era grande, una pila de piedras, vigas carbonizadas y restos de lo que parecían bancos de madera. Comenzaron a cavar con una urgencia frenética, usando manos, magia, y en el caso de Nero, su espada para apartar los trozos más grandes.

«¡Date prisa!», gritó Issei, aunque todos ya se estaban moviendo a toda velocidad. «¡No podemos dejar que muera!»

Cavaron durante lo que pareció una eternidad, aunque probablemente fueron solo veinte minutos. El sudor corría por sus rostros, mezclándose con el hollín. Kiyohime usaba su fuego azul para fundir los metales retorcidos que bloqueaban el paso, mientras Tamamo creaba campos de fuerza para sostener las piedras sueltas y evitar un derrumbe. Nero y Mash movían los escombros más grandes con una fuerza sobrehumana. Mozart, por su parte, usaba su música para estabilizar las vibraciones del suelo, evitando que todo colapsara.

Finalmente, cuando la luz del sol ya casi se había extinguido, sus manos tocaron algo que no era piedra ni madera. Era tela. Y debajo de la tela, algo duro. Armadura.

«¡Aquí!», gritó Issei, y todos redoblaron sus esfuerzos.

Poco a poco, fueron apartando los últimos escombros que cubrían la figura. Cuando por fin la vieron completa, un silencio de asombro cayó sobre ellos.

Era un hombre. Alto, de complexión robusta, con una armadura de placas plateada y negra, intrincadamente decorada con motivos que parecían escamas de dragón. Su cabello, corto y de un rubio claro, estaba sucio de sangre y ceniza. Su rostro, de facciones nobles y severas, estaba pálido, casi cadavérico. Tenía los ojos cerrados, y su pecho apenas se movía con una respiración superficial y entrecortada.

Pero lo más impresionante no era su aspecto, sino lo que yacía a su lado, medio enterrado entre los escombros: una espada. Una espada larga y elegante, de hoja ancha y empuñadura decorada con motivos religiosos y dragones entrelazados. Incluso en la penumbra, la hoja parecía brillar con una luz propia, un resplandor dorado y plateado que desafiaba la oscuridad.

«Es un Servant», murmuró Mash, incrédula. «Está vivo. Apenas, pero está vivo.»

Tamamo se arrodilló inmediatamente a su lado, colocando las manos sobre su pecho. Un brillo rosado y dorado emanó de sus palmas, y comenzó a inspeccionar sus heridas. «Está muy mal», dijo, su tono grave. «Tiene múltiples fracturas, quemaduras internas, y su núcleo espiritual está al borde del colapso. Si no lo curamos ahora, se desvanecerá en cuestión de horas.»

«Entonces cúralo», dijo Issei, con una urgencia que no admitía discusión. «Haz lo que sea necesario. No podemos perderlo. No después de todo esto.»

Tamamo asintió y se puso a trabajar. Sus manos se movían con una precisión y una gracia hipnóticas, trazando sigilos en el aire, aplicando energía curativa directamente sobre las heridas más graves. El hombre, inconsciente, gimió ligeramente, pero no despertó.

Nero, Mash y Kiyohime formaron un círculo protector alrededor, vigilando por si acaso el ataque había sido una trampa y el enemigo aún estaba cerca. Mozart, con una seriedad inusual, tocaba una melodía suave y relajante que parecía ayudar a estabilizar la energía del herido.

Issei, arrodillado al lado de Tamamo, observaba el proceso con una mezcla de esperanza y ansiedad. Este hombre, este Servant, era su última oportunidad. Si lograban salvarlo, si lograban que se uniera a ellos, tal vez… tal vez aún podrían ganar.

Mientras Tamamo trabajaba, Issei no pudo evitar fijarse en los detalles del hombre. Su armadura, aunque dañada, era de una calidad excepcional. Las escamas de dragón grabadas en el metal no eran meramente decorativas; parecían tener un propósito, como si fueran un recordatorio de su leyenda. Y la espada… esa espada era inconfundible para alguien que había escuchado la historia.

«Ascalon», susurró Issei, sin darse cuenta. «Esa es Ascalon, ¿verdad? La espada que mata dragones.»

Mozart, que había dejado de tocar por un momento, asintió. «Así es. Y si Ascalon está aquí, entonces este hombre solo puede ser uno: Sigfrido. O Siegfried, como lo llaman en algunas leyendas. El héroe de la Canción de los Nibelungos. El matador de dragones. El que se bañó en la sangre de Fafnir y se volvió invulnerable.»

Issei sintió que un escalofrío recorría su espalda. Fafnir. El mismo dragón que servía a Jeanne Alter. El mismo que había dejado esa huella gigante en la plaza. Este hombre, Sigfrido, tenía una conexión directa con la bestia. Si alguien podía enfrentarse a Fafnir, era él.

«Pero… ¿invulnerable?», preguntó Mash, señalando las heridas del hombre. «Entonces, ¿cómo…?»

«Su invulnerabilidad tiene un punto débil», explicó Mozart. «Cuando se bañó en la sangre del dragón, una hoja de tilo cayó sobre su espalda, justo entre los omóplatos. Esa pequeña zona nunca tocó la sangre, y por tanto, es vulnerable. Si Fafnir, o quienquiera que lo atacó, conocía ese punto…» No terminó la frase. No era necesario.

Tamamo, sin levantar la vista de su trabajo, intervino. «Sus heridas son generalizadas, no solo en la espalda. Esto no fue un ataque preciso a su punto débil. Fue una paliza. Algo lo golpeó una y otra vez con una fuerza bruta increíble. Probablemente, el mismo Fafnir.»

Issei apretó los puños. La imagen del dragón masacrando el pueblo, buscando a este héroe, lo llenó de una furia fría y calculadora. Pero se contuvo. Ahora no era el momento. Ahora había que salvar a Sigfrido.

Pasó otra hora. El sol se había ocultado por completo, y la única luz provenía de las llamas residuales del incendio y de la magia de Tamamo. Finalmente, la Caster se recostó hacia atrás, exhalando un suspiro de agotamiento.

«Ya está», dijo, limpiándose el sudor de la frente. «Hice lo que pude. Su núcleo espiritual está estabilizado, y sus heridas físicas están cerradas. Pero perdió mucha energía. Necesitará tiempo para recuperarse. Tal vez días.»

Issei asintió, agradecido. «Gracias, Tamamo. De verdad.»

Ella le sonrió, una sonrisa cansada pero genuina. «Es mi deber como esposa, goshujin-sama. Y como miembro de este equipo.»

Ahora que la urgencia había pasado, Issei se permitió un momento para sentarse y descansar. El dolor en su pecho, que había disminuido durante la búsqueda y el rescate, volvió con fuerza. La imagen de Marie, rompiéndose en cristales, cruzó su mente una vez más.

«Jeanne», murmuró, casi sin darse cuenta. «Elizabeth. Marie. ¿Cómo estarán?»

Nero, que había estado observando a Sigfrido, se acercó y puso una mano en su hombro. «Praefectus, debemos confiar en ellas. Son fuertes. Jeanne es una santa, Marie es una reina, Elizabeth… bueno, Elizabeth es ruidosa, pero eso también es una forma de fuerza. Volverán. Y cuando lo hagan, tendremos a Sigfrido de nuestro lado. Y entonces…» Su sonrisa se volvió feroz. «…entonces les haremos pagar a la Bruja y a su dragón.»

Issei asintió, aunque la preocupación no desapareció de sus ojos. Algo le decía que no debía confiar tanto. Algo le decía que cuando llegara el momento de reunirse, no todos los que se habían ido estarían allí para saludarlos.

Pero por ahora, no podía hacer nada más que esperar. Esperar a que Sigfrido despertara. Esperar a que Jeanne y las demás regresaran. Esperar a que el destino se revelara.

La noche cayó sobre el pueblo quemado, y el grupo de Chaldea estableció un campamento improvisado entre las ruinas. Tamamo creó una barrera para ocultarlos de posibles enemigos. Mash montó guardia con Kiyohime. Nero y Mozart se turnaron para vigilar a Sigfrido. E Issei, agotado más allá de las palabras, se sentó contra una pared derruida y miró al cielo anillado.

‘Marie’, pensó, y por un momento, casi pudo ver su sonrisa burlona, escuchar su voz diciendo «No te preocupes, pervertido». ‘Por favor, vuelve. Todos ustedes. No puedo perder a nadie más.’

El sueño lo venció antes de que pudiera terminar el pensamiento.

Pasaron varias horas. La noche avanzaba lentamente, y el campamento estaba en silencio, roto solo por el crepitar ocasional de las brasas y el susurro del viento entre las ruinas.

Fue entonces cuando Sigfried se movió.

Fue un movimiento leve, casi imperceptible: un dedo que se contrajo, un párpado que tembló. Pero Nero, que estaba sentada a su lado, lo notó de inmediato.

«Eh», dijo en voz baja, tocando el hombro de Mozart, que dormitaba cerca. «Creo que está despertando.»

Mozart abrió los ojos y se incorporó, observando al héroe caído. Efectivamente, los signos de vida eran cada vez más evidentes. La respiración de Sigfrido se volvió más profunda, sus párpados se agitaron, y finalmente, con un suspiro ronco, abrió los ojos.

Eran de un azul profundo, casi eléctrico, y por un momento reflejaron confusión y dolor. Luego, el instinto de guerrero se impuso, y su mirada se volvió alerta, escaneando el entorno, evaluando a las figuras que lo rodeaban.

«Tranquilo», dijo Nero, levantando las manos en un gesto pacífico. «Estás entre amigos. Te encontramos entre los escombros y te curamos. Estás a salvo.»

Sigfrido la miró fijamente, luego a Mozart, luego al resto del grupo que comenzaba a despertar ante el movimiento. Su mano buscó instintivamente a su lado, y cuando sus dedos tocaron la empuñadura de Ascalon, una chispa de alivio cruzó su rostro.

«¿Quiénes sois?», preguntó, su voz grave y áspera por el uso. «¿Qué ha pasado? Lo último que recuerdo… Fafnir. El dragón. Atacó el pueblo. Luché contra él, pero…» Hizo una pausa, cerrando los ojos. «Era demasiado fuerte. La Bruja lo estaba potenciando. Me golpeó una y otra vez, y luego… oscuridad.»

Issei, que se había levantado al oír la conmoción, se acercó lentamente. «Soy Issei Hyoudou», dijo, su tono lo más calmado posible. «Maestro de Chaldea. Estos son mis Servants. Vinimos a buscarte. Necesitamos tu ayuda para derrotar a la Bruja Dragón y a Fafnir.»

Sigfrido lo estudió con atención. Sus ojos, entrenados para ver la verdad, escudriñaron el rostro del joven. Buscaban mentiras, engaños, segundas intenciones. Pero no encontraron nada. Solo honestidad, preocupación, y una determinación que resonaba con la suya propia.

«Chaldea», repitió. «He oído ese nombre. En mis sueños, o en fragmentos de conocimiento que el Grial me otorgó. Una organización que protege la historia. ¿Así que vosotros sois los que lucháis contra la corrupción?»

Issei asintió. «Sí. Y hemos estado reuniendo aliados. Jeanne d’Arc, la verdadera, está con nosotros. Bueno, ahora está en el sur, buscando a otro aliado. Y…» Hizo una pausa, el dolor en el pecho intensificándose. «Y Marie Antoinette. Una reina. Ella también estaba con nosotros.»

El nombre de Marie provocó una reacción inesperada en Sigfrido. Sus ojos se suavizaron ligeramente. «La reina de Francia. La escuché, en el poco tiempo que estuve despierto antes del ataque. Los aldeanos hablaban de ella. Decían que era bondadosa, que los ayudaba. Lamento no haber podido conocerla.»

Issei sintió que un nudo se formaba en su garganta. «Sí. Es… especial.»

Un silencio incómodo cayó sobre el grupo. Todos pensaban lo mismo, pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta.

Finalmente, Sigfrido rompió el silencio. Se incorporó lentamente, apoyándose en Ascalon como si fuera un bastón. Sus piernas temblaban, pero logró ponerse de pie. Su mirada, cuando se posó en Issei, era la de un guerrero que ha aceptado su destino.

«Acepto», dijo. «Me uniré a vuestra causa. Fafnir es mi responsabilidad, de alguna manera. Su sangre corre por mis venas, y su leyenda está ligada a la mía. Si está siendo usado para el mal, debo ser yo quien lo detenga.»

Issei sintió que una oleada de alivio, mezclada con esperanza, lo invadía. «Gracias, Sigfrido. De verdad. No sabes lo mucho que esto significa.»

El héroe asintió. «Pero antes de partir, debo preguntar: ¿qué ha sido de los otros? Los que fueron al sur. ¿Tenéis noticias?»

La pregunta cayó como una losa. Issei negó con la cabeza, su expresión sombría. «No. Hemos perdido la comunicación. Romani, el médico de Chaldea, está intentando restablecerla, pero… hay demasiada interferencia. No sabemos nada de ellas desde hace más de un día.»

Sigfrido frunció el ceño. «Eso no es buena señal. Si la Bruja puede bloquear vuestras comunicaciones, significa que sabe que estáis aquí. Y si sabe que estáis aquí…» No terminó la frase, pero todos entendieron.

«Iremos al sur», dijo Issei con firmeza. «En cuanto amanezca, partiremos. Tenemos que encontrarlas. Tenemos que saber qué pasó.»

Nero asintió, su expresión feroz. «Umu! ¡Iremos y rescataremos a nuestras compañeras! ¡Y luego, todos juntos, enfrentaremos a esa Bruja maldita!»

Tamamo, Kiyohime, Mash y Mozart asintieron, sus determinaciones renovadas. Ahora tenían un objetivo claro, un plan, y un nuevo y poderoso aliado. La batalla final se acercaba, y estaban listos para librarla.

Issei miró hacia el sur, hacia donde sus amigas habían partido. El dolor en su pecho seguía ahí, una herida abierta que no sanaría hasta que las viera de nuevo, hasta que confirmara que estaban a salvo. Pero por ahora, tenía que confiar. Tenía que creer que, de alguna manera, sobrevivirían.

‘Aguantad, chicas’, pensó, apretando los puños. ‘Ya voy. Espérenme.’

La noche avanzaba, y con ella, la certeza de que el amanecer traería no solo un nuevo día, sino también el principio del fin. La batalla por Francia, por la historia, por todos ellos, estaba a punto de comenzar.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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