Fate/Issei Order - Capítulo 22
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Capítulo 22: Capitulo 21: Siegfried
La conciencia regresó a Issei Hyoudou como una ola lenta y pesada, arrastrando consigo fragmentos de un sueño febril. Había sido arrastrado por una corriente de fuego rojo, rodeado de sombras con formas de mujeres que se desvanecían cuando intentaba alcanzarlas. Una de ellas, la más brillante, la de la sonrisa radiante y el cabello rubio recogido, se había roto en pedazos de cristal ante sus ojos. Había querido gritar, pero de su garganta solo había salido un rugido. Un rugido que no era humano.
Abrió los ojos y lo primero que vio fue el techo de una tienda de campaña. La lona, de un color grisáceo, estaba iluminada por una luz tenue que se filtraba desde el exterior. Su cuerpo le dolía. No como después de una batalla, sino como si hubiera corrido una maratón mientras cargaba un elefante. Cada músculo protestaba, y su cabeza palpitaba con un ritmo insistente y molesto.
«¿Goshujin-sama?» La voz de Tamamo, suave pero cargada de alivio, llegó a sus oídos. Un momento después, su rostro apareció en su campo de visión, sus ojos dorados brillando con preocupación. «¡Estás despierto! Gracias a los cielos.»
Issei intentó incorporarse, pero un brazo firme pero suave lo contuvo. Era Mash, que estaba sentada a su lado, su expresión una mezcla de alivio y angustia. «Sempai, por favor, no te muevas tan rápido. Tamamo dice que necesitas descansar un poco más.»
«¿Qué… qué pasó?», logró articular Issei, su voz ronca y extraña. «Lo último que recuerdo es…» Hizo una pausa, intentando ordenar los recuerdos fragmentados. «Había un dolor. En el pecho. Como si algo… como si alguien…» No pudo terminar la frase. La imagen de Marie rompiéndose en cristales cruzó su mente, y un escalofrío recorrió su espalda.
«Tuviste un ataque», dijo Nero, apareciendo también en su campo de visión. Su expresión, normalmente teatral y exagerada, era inusualmente seria. «De repente, comenzaste a gritar. No con tu voz, Praefectus. Con algo más… profundo. Más antiguo. Y tu cuerpo empezó a cambiar. Tus ojos…» Hizo una pausa, como si el recuerdo la perturbara. «Tus ojos se volvieron rojos. Rojos como la sangre, con pupilas verticales. Como las de un dragón.»
Issei sintió que el estómago se le encogía. «¿Mis ojos?»
«El instinto, socio», la voz de Ddraig resonó en su mente, más grave de lo habitual. «Sentiste la pérdida. Tu cuerpo reaccionó antes que tu mente. El dragón en ti despertó, aunque sea por un instante. Querías proteger. Querías destruir. Querías volar hacia el sur y devorar a quienquiera que hubiera causado ese dolor. Pero tu cuerpo aún no está preparado para albergar ese poder. Por eso caíste.»
«¿Perder?», repitió Issei, el miedo creciendo en su pecho. «¿Quién… quién se perdió?»
Tamamo y Nero intercambiaron una mirada. Fue Mash quien respondió, con su voz suave pero firme. «No lo sabemos, Sempai. No tenemos comunicación con Jeanne y las demás desde ayer. Romani intenta restablecer el enlace, pero hay demasiada interferencia. Pero…» Dudó. «Algo pasó. Lo sentimos todas a través de nuestro vínculo contigo. Fue como si una parte de ti se hubiera roto.»
Issei cerró los ojos, apretando los puños. Las imágenes fragmentadas del sueño volvieron: Marie, sonriendo, y luego rompiéndose en mil pedazos. ¿Era real? ¿O solo una pesadilla provocada por su incipiente transformación?
«Tuvimos que dormirte», intervino Tamamo, su tono mezclando culpa y justificación. «No podíamos controlarte. Tu fuerza… era superior a la nuestra. Si no te hubiera puesto bajo un hechizo de sueño, habrías…» Tragó saliva. «Habrías hecho algo terrible. O te habrías destruido a ti mismo intentándolo.»
Issei la miró, procesando la información. Él, Issei Hyoudou, el humano débil con circuitos mágicos mediocres, había sido más fuerte que sus Servants. Por un momento. Gracias al dragón que dormía en su interior.
«¿Cuánto tiempo he estado dormido?», preguntó.
«Varias horas», respondió Nero. «Desde entonces hemos estado viajando. Tamamo te cargó la mayor parte del camino. Estamos cerca del pueblo donde se suponía que estaba el posible aliado.»
Issei asintió lentamente. Aún sentía el dolor en el pecho, ese vacío que no podía explicar, pero había algo más importante ahora: la misión. Tenían que encontrar a ese Servant, fuera quien fuera, y luego ir al sur. Tenía que saber qué había pasado con Jeanne, Marie y Elizabeth.
«Ayúdenme a levantarme», dijo, con más firmeza de la que sentía.
Mash y Tamamo lo ayudaron a incorporarse. La tienda era pequeña, apenas lo suficientemente grande para que cupieran unos cuantos sacos de dormir. A través de la abertura, vio el cielo anaranjado del atardecer y, más allá, las siluetas de Kiyohime y Mozart montando guardia.
Salió de la tienda, tambaleándose ligeramente. El aire fresco le ayudó a despejar la mente, aunque el dolor de cabeza persistía. Kiyohime se volvió al verlo, y por un momento, su expresión habitual de obsesión posesiva se suavizó en algo parecido a la preocupación.
«Anchin-sama», dijo, acercándose. «Estás despierto. Menos mal. Estaba a punto de quemar algo para celebrarlo.»
«Gracias… creo», respondió Issei con una sonrisa débil.
Mozart, sentado en una roca, lo observaba con una expresión inusualmente seria. «Maestro Issei, me alegra verlo de vuelta en el mundo de los conscientes. Permítame una pregunta: ¿recuerda algo de lo que sintió durante su… episodio?»
Issei frunció el ceño, intentando recordar. «No mucho. Solo… dolor. Y furia. Y la necesidad de ir al sur. De proteger a…» La imagen de Marie volvió a aparecer, y esta vez fue más vívida. Vio su sonrisa, escuchó su voz diciendo «Perdón», y luego… nada.
«Marie», susurró, sin darse cuenta. «Algo le pasó a Marie.»
Los demás intercambiaron miradas. Tamamo se acercó y puso una mano en su hombro. «Goshujin-sama, no lo sabes con certeza. Puede que solo sean sueños, producto de tu estado.»
«No», dijo Issei, sacudiendo la cabeza. «No eran sueños. Ddraig dijo que mi instinto de dragón me avisa de peligros. Y sentí… sentí que algo terrible pasaba. Y Marie…» Se llevó una mano al pecho, donde el dolor aún resonaba. «Sé que le pasó algo. No sé qué, pero sé que le pasó.»
Nero, siempre práctica, intervino. «Entonces debemos darnos prisa. Encontremos a ese aliado y marchemos al sur. Pero primero, tenemos que llegar al pueblo. Está a menos de una hora de camino.»
Issei asintió, agradecido por tener un objetivo claro. «Vamos. No perdamos más tiempo.»
El grupo recogió el campamento en silencio y reanudó la marcha. Issei caminaba apoyándose ligeramente en Mash, que no protestó. Su cuerpo aún se sentía débil, como si hubiera estado enfermo durante días, pero su mente estaba más clara que nunca. El dolor en el pecho seguía ahí, un recordatorio constante de que algo había salido mal en el sur. Pero no podía detenerse. No podía.
El camino era accidentado, una senda de cabras que serpenteaba entre colinas cubiertas de vegetación quemada. El cielo anillado seguía siendo su compañero, un testigo silencioso de su viaje. Y a lo lejos, comenzó a vislumbrarse algo.
Humo.
Columnas de humo negro se elevaban hacia el cielo, mezclándose con las nubes del anillo. No era el humo de unas pocas casas quemadas; era el humo de una catástrofe, de un incendio masivo e incontrolado. Issei sintió que el estómago se le encogía aún más.
«Maldición», murmuró Tamamo, sus orejas gachas. «Llegamos tarde.»
«Todavía no lo sabemos», dijo Nero, aunque su tono carecía de su habitual confianza. «Puede que haya supervivientes.»
Aceleraron el paso. Mientras se acercaban, los signos de destrucción se volvían más evidentes. Árboles calcinados, restos de animales, y aquí y allá, fragmentos de lo que alguna vez fueron casas o graneros. El olor a quemado era abrumador, y con él, otro olor, más sutil pero más aterrador: el de carne chamuscada.
Cuando finalmente llegaron a las afueras del pueblo, la visión era apocalíptica.
Las murallas, que debían ser de piedra y madera, eran poco más que montones de escombros carbonizados. Las casas dentro eran esqueletos de vigas negras, algunas aún ardiendo con llamas de un color verde enfermizo. Las calles estaban cubiertas de ceniza y, aquí y allá, yacían cuerpos. No muchos, porque el fuego lo había consumido casi todo, pero los suficientes para pintar una imagen de horror absoluto.
Y en el centro de todo, una marca. Una huella gigantesca, como de una bestia colosal, estaba estampada en la plaza principal. La tierra alrededor estaba fundida, convertida en una especie de vidrio negro por el calor extremo.
«Fafnir», susurró Kiyohime, sus ojos fijos en la huella. «Ese maldito dragón estuvo aquí.»
Mozart, que había dejado de lado su habitual ironía, observaba la escena con una expresión sombría. «La cantidad de magia residual es abrumadora. Esto no fue un ataque; fue una ejecución. La Bruja quería asegurarse de que no quedara nada ni nadie.»
Romani, a través del comunicador de Mash, confirmó los peores temores. «No hay lecturas de vida en el pueblo. Ninguna. Lo siento, chicos… esto fue una masacre.»
Issei sintió que las piernas le flaqueaban. Mash lo sostuvo, evitando que cayera. Habían caminado tanto, habían esperado tanto, y ahora… nada. El posible aliado había muerto, o nunca había estado allí, o había huido. Y ellos habían perdido un tiempo precioso mientras en el sur…
«No», dijo Nero, con una firmeza inesperada. «No nos rendiremos. Si ese Servant estaba aquí, puede que haya sobrevivido. Los Servants no mueren tan fácilmente. Busquemos entre los escombros. Algo, cualquier cosa.»
Tamamo asintió. «Nero tiene razón. La energía residual es caótica, pero podría haber restos de un Noble Phantasm o algo que nos indique qué pasó.»
Issei, agarrando la esperanza con uñas y dientes, asintió. «Busquemos. No podemos irnos con las manos vacías.»
Durante las siguientes horas, el grupo se dispersó por las ruinas, moviendo escombros, examinando cadáveres (todos irreconocibles, todos carbonizados), buscando cualquier indicio de que el Servant que habían venido a buscar aún pudiera estar allí. Issei, aún débil, se limitaba a remover piedras pequeñas mientras Mash vigilaba que no se esforzara demasiado.
El sol comenzó a descender, tiñendo el cielo de tonos rojos y púrpuras que, bajo el anillo, parecían aún más siniestros. La desesperanza comenzaba a apoderarse de ellos cuando, de repente, Tamamo se detuvo en seco.
«Esperad», dijo, sus orejas de zorro erguidas como antenas. «Siento algo. Muy débil, casi imperceptible… pero está ahí. Una presencia. Vida.»
Issei sintió que el corazón le daba un vuelco. «¿Dónde?»
Tamamo cerró los ojos, concentrándose. Luego señaló hacia un montículo de escombros cerca de lo que había sido la iglesia del pueblo, reconocible solo por un fragmento de campanario aún en pie. «Ahí. Debajo. Es tenue, pero definitivamente hay alguien vivo ahí abajo.»
Sin pensarlo dos veces, Issei corrió hacia el lugar, seguido por sus Servants. El montículo era grande, una pila de piedras, vigas carbonizadas y restos de lo que parecían bancos de madera. Comenzaron a cavar con una urgencia frenética, usando manos, magia, y en el caso de Nero, su espada para apartar los trozos más grandes.
«¡Date prisa!», gritó Issei, aunque todos ya se estaban moviendo a toda velocidad. «¡No podemos dejar que muera!»
Cavaron durante lo que pareció una eternidad, aunque probablemente fueron solo veinte minutos. El sudor corría por sus rostros, mezclándose con el hollín. Kiyohime usaba su fuego azul para fundir los metales retorcidos que bloqueaban el paso, mientras Tamamo creaba campos de fuerza para sostener las piedras sueltas y evitar un derrumbe. Nero y Mash movían los escombros más grandes con una fuerza sobrehumana. Mozart, por su parte, usaba su música para estabilizar las vibraciones del suelo, evitando que todo colapsara.
Finalmente, cuando la luz del sol ya casi se había extinguido, sus manos tocaron algo que no era piedra ni madera. Era tela. Y debajo de la tela, algo duro. Armadura.
«¡Aquí!», gritó Issei, y todos redoblaron sus esfuerzos.
Poco a poco, fueron apartando los últimos escombros que cubrían la figura. Cuando por fin la vieron completa, un silencio de asombro cayó sobre ellos.
Era un hombre. Alto, de complexión robusta, con una armadura de placas plateada y negra, intrincadamente decorada con motivos que parecían escamas de dragón. Su cabello, corto y de un rubio claro, estaba sucio de sangre y ceniza. Su rostro, de facciones nobles y severas, estaba pálido, casi cadavérico. Tenía los ojos cerrados, y su pecho apenas se movía con una respiración superficial y entrecortada.
Pero lo más impresionante no era su aspecto, sino lo que yacía a su lado, medio enterrado entre los escombros: una espada. Una espada larga y elegante, de hoja ancha y empuñadura decorada con motivos religiosos y dragones entrelazados. Incluso en la penumbra, la hoja parecía brillar con una luz propia, un resplandor dorado y plateado que desafiaba la oscuridad.
«Es un Servant», murmuró Mash, incrédula. «Está vivo. Apenas, pero está vivo.»
Tamamo se arrodilló inmediatamente a su lado, colocando las manos sobre su pecho. Un brillo rosado y dorado emanó de sus palmas, y comenzó a inspeccionar sus heridas. «Está muy mal», dijo, su tono grave. «Tiene múltiples fracturas, quemaduras internas, y su núcleo espiritual está al borde del colapso. Si no lo curamos ahora, se desvanecerá en cuestión de horas.»
«Entonces cúralo», dijo Issei, con una urgencia que no admitía discusión. «Haz lo que sea necesario. No podemos perderlo. No después de todo esto.»
Tamamo asintió y se puso a trabajar. Sus manos se movían con una precisión y una gracia hipnóticas, trazando sigilos en el aire, aplicando energía curativa directamente sobre las heridas más graves. El hombre, inconsciente, gimió ligeramente, pero no despertó.
Nero, Mash y Kiyohime formaron un círculo protector alrededor, vigilando por si acaso el ataque había sido una trampa y el enemigo aún estaba cerca. Mozart, con una seriedad inusual, tocaba una melodía suave y relajante que parecía ayudar a estabilizar la energía del herido.
Issei, arrodillado al lado de Tamamo, observaba el proceso con una mezcla de esperanza y ansiedad. Este hombre, este Servant, era su última oportunidad. Si lograban salvarlo, si lograban que se uniera a ellos, tal vez… tal vez aún podrían ganar.
Mientras Tamamo trabajaba, Issei no pudo evitar fijarse en los detalles del hombre. Su armadura, aunque dañada, era de una calidad excepcional. Las escamas de dragón grabadas en el metal no eran meramente decorativas; parecían tener un propósito, como si fueran un recordatorio de su leyenda. Y la espada… esa espada era inconfundible para alguien que había escuchado la historia.
«Ascalon», susurró Issei, sin darse cuenta. «Esa es Ascalon, ¿verdad? La espada que mata dragones.»
Mozart, que había dejado de tocar por un momento, asintió. «Así es. Y si Ascalon está aquí, entonces este hombre solo puede ser uno: Sigfrido. O Siegfried, como lo llaman en algunas leyendas. El héroe de la Canción de los Nibelungos. El matador de dragones. El que se bañó en la sangre de Fafnir y se volvió invulnerable.»
Issei sintió que un escalofrío recorría su espalda. Fafnir. El mismo dragón que servía a Jeanne Alter. El mismo que había dejado esa huella gigante en la plaza. Este hombre, Sigfrido, tenía una conexión directa con la bestia. Si alguien podía enfrentarse a Fafnir, era él.
«Pero… ¿invulnerable?», preguntó Mash, señalando las heridas del hombre. «Entonces, ¿cómo…?»
«Su invulnerabilidad tiene un punto débil», explicó Mozart. «Cuando se bañó en la sangre del dragón, una hoja de tilo cayó sobre su espalda, justo entre los omóplatos. Esa pequeña zona nunca tocó la sangre, y por tanto, es vulnerable. Si Fafnir, o quienquiera que lo atacó, conocía ese punto…» No terminó la frase. No era necesario.
Tamamo, sin levantar la vista de su trabajo, intervino. «Sus heridas son generalizadas, no solo en la espalda. Esto no fue un ataque preciso a su punto débil. Fue una paliza. Algo lo golpeó una y otra vez con una fuerza bruta increíble. Probablemente, el mismo Fafnir.»
Issei apretó los puños. La imagen del dragón masacrando el pueblo, buscando a este héroe, lo llenó de una furia fría y calculadora. Pero se contuvo. Ahora no era el momento. Ahora había que salvar a Sigfrido.
Pasó otra hora. El sol se había ocultado por completo, y la única luz provenía de las llamas residuales del incendio y de la magia de Tamamo. Finalmente, la Caster se recostó hacia atrás, exhalando un suspiro de agotamiento.
«Ya está», dijo, limpiándose el sudor de la frente. «Hice lo que pude. Su núcleo espiritual está estabilizado, y sus heridas físicas están cerradas. Pero perdió mucha energía. Necesitará tiempo para recuperarse. Tal vez días.»
Issei asintió, agradecido. «Gracias, Tamamo. De verdad.»
Ella le sonrió, una sonrisa cansada pero genuina. «Es mi deber como esposa, goshujin-sama. Y como miembro de este equipo.»
Ahora que la urgencia había pasado, Issei se permitió un momento para sentarse y descansar. El dolor en su pecho, que había disminuido durante la búsqueda y el rescate, volvió con fuerza. La imagen de Marie, rompiéndose en cristales, cruzó su mente una vez más.
«Jeanne», murmuró, casi sin darse cuenta. «Elizabeth. Marie. ¿Cómo estarán?»
Nero, que había estado observando a Sigfrido, se acercó y puso una mano en su hombro. «Praefectus, debemos confiar en ellas. Son fuertes. Jeanne es una santa, Marie es una reina, Elizabeth… bueno, Elizabeth es ruidosa, pero eso también es una forma de fuerza. Volverán. Y cuando lo hagan, tendremos a Sigfrido de nuestro lado. Y entonces…» Su sonrisa se volvió feroz. «…entonces les haremos pagar a la Bruja y a su dragón.»
Issei asintió, aunque la preocupación no desapareció de sus ojos. Algo le decía que no debía confiar tanto. Algo le decía que cuando llegara el momento de reunirse, no todos los que se habían ido estarían allí para saludarlos.
Pero por ahora, no podía hacer nada más que esperar. Esperar a que Sigfrido despertara. Esperar a que Jeanne y las demás regresaran. Esperar a que el destino se revelara.
La noche cayó sobre el pueblo quemado, y el grupo de Chaldea estableció un campamento improvisado entre las ruinas. Tamamo creó una barrera para ocultarlos de posibles enemigos. Mash montó guardia con Kiyohime. Nero y Mozart se turnaron para vigilar a Sigfrido. E Issei, agotado más allá de las palabras, se sentó contra una pared derruida y miró al cielo anillado.
‘Marie’, pensó, y por un momento, casi pudo ver su sonrisa burlona, escuchar su voz diciendo «No te preocupes, pervertido». ‘Por favor, vuelve. Todos ustedes. No puedo perder a nadie más.’
El sueño lo venció antes de que pudiera terminar el pensamiento.
Pasaron varias horas. La noche avanzaba lentamente, y el campamento estaba en silencio, roto solo por el crepitar ocasional de las brasas y el susurro del viento entre las ruinas.
Fue entonces cuando Sigfried se movió.
Fue un movimiento leve, casi imperceptible: un dedo que se contrajo, un párpado que tembló. Pero Nero, que estaba sentada a su lado, lo notó de inmediato.
«Eh», dijo en voz baja, tocando el hombro de Mozart, que dormitaba cerca. «Creo que está despertando.»
Mozart abrió los ojos y se incorporó, observando al héroe caído. Efectivamente, los signos de vida eran cada vez más evidentes. La respiración de Sigfrido se volvió más profunda, sus párpados se agitaron, y finalmente, con un suspiro ronco, abrió los ojos.
Eran de un azul profundo, casi eléctrico, y por un momento reflejaron confusión y dolor. Luego, el instinto de guerrero se impuso, y su mirada se volvió alerta, escaneando el entorno, evaluando a las figuras que lo rodeaban.
«Tranquilo», dijo Nero, levantando las manos en un gesto pacífico. «Estás entre amigos. Te encontramos entre los escombros y te curamos. Estás a salvo.»
Sigfrido la miró fijamente, luego a Mozart, luego al resto del grupo que comenzaba a despertar ante el movimiento. Su mano buscó instintivamente a su lado, y cuando sus dedos tocaron la empuñadura de Ascalon, una chispa de alivio cruzó su rostro.
«¿Quiénes sois?», preguntó, su voz grave y áspera por el uso. «¿Qué ha pasado? Lo último que recuerdo… Fafnir. El dragón. Atacó el pueblo. Luché contra él, pero…» Hizo una pausa, cerrando los ojos. «Era demasiado fuerte. La Bruja lo estaba potenciando. Me golpeó una y otra vez, y luego… oscuridad.»
Issei, que se había levantado al oír la conmoción, se acercó lentamente. «Soy Issei Hyoudou», dijo, su tono lo más calmado posible. «Maestro de Chaldea. Estos son mis Servants. Vinimos a buscarte. Necesitamos tu ayuda para derrotar a la Bruja Dragón y a Fafnir.»
Sigfrido lo estudió con atención. Sus ojos, entrenados para ver la verdad, escudriñaron el rostro del joven. Buscaban mentiras, engaños, segundas intenciones. Pero no encontraron nada. Solo honestidad, preocupación, y una determinación que resonaba con la suya propia.
«Chaldea», repitió. «He oído ese nombre. En mis sueños, o en fragmentos de conocimiento que el Grial me otorgó. Una organización que protege la historia. ¿Así que vosotros sois los que lucháis contra la corrupción?»
Issei asintió. «Sí. Y hemos estado reuniendo aliados. Jeanne d’Arc, la verdadera, está con nosotros. Bueno, ahora está en el sur, buscando a otro aliado. Y…» Hizo una pausa, el dolor en el pecho intensificándose. «Y Marie Antoinette. Una reina. Ella también estaba con nosotros.»
El nombre de Marie provocó una reacción inesperada en Sigfrido. Sus ojos se suavizaron ligeramente. «La reina de Francia. La escuché, en el poco tiempo que estuve despierto antes del ataque. Los aldeanos hablaban de ella. Decían que era bondadosa, que los ayudaba. Lamento no haber podido conocerla.»
Issei sintió que un nudo se formaba en su garganta. «Sí. Es… especial.»
Un silencio incómodo cayó sobre el grupo. Todos pensaban lo mismo, pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta.
Finalmente, Sigfrido rompió el silencio. Se incorporó lentamente, apoyándose en Ascalon como si fuera un bastón. Sus piernas temblaban, pero logró ponerse de pie. Su mirada, cuando se posó en Issei, era la de un guerrero que ha aceptado su destino.
«Acepto», dijo. «Me uniré a vuestra causa. Fafnir es mi responsabilidad, de alguna manera. Su sangre corre por mis venas, y su leyenda está ligada a la mía. Si está siendo usado para el mal, debo ser yo quien lo detenga.»
Issei sintió que una oleada de alivio, mezclada con esperanza, lo invadía. «Gracias, Sigfrido. De verdad. No sabes lo mucho que esto significa.»
El héroe asintió. «Pero antes de partir, debo preguntar: ¿qué ha sido de los otros? Los que fueron al sur. ¿Tenéis noticias?»
La pregunta cayó como una losa. Issei negó con la cabeza, su expresión sombría. «No. Hemos perdido la comunicación. Romani, el médico de Chaldea, está intentando restablecerla, pero… hay demasiada interferencia. No sabemos nada de ellas desde hace más de un día.»
Sigfrido frunció el ceño. «Eso no es buena señal. Si la Bruja puede bloquear vuestras comunicaciones, significa que sabe que estáis aquí. Y si sabe que estáis aquí…» No terminó la frase, pero todos entendieron.
«Iremos al sur», dijo Issei con firmeza. «En cuanto amanezca, partiremos. Tenemos que encontrarlas. Tenemos que saber qué pasó.»
Nero asintió, su expresión feroz. «Umu! ¡Iremos y rescataremos a nuestras compañeras! ¡Y luego, todos juntos, enfrentaremos a esa Bruja maldita!»
Tamamo, Kiyohime, Mash y Mozart asintieron, sus determinaciones renovadas. Ahora tenían un objetivo claro, un plan, y un nuevo y poderoso aliado. La batalla final se acercaba, y estaban listos para librarla.
Issei miró hacia el sur, hacia donde sus amigas habían partido. El dolor en su pecho seguía ahí, una herida abierta que no sanaría hasta que las viera de nuevo, hasta que confirmara que estaban a salvo. Pero por ahora, tenía que confiar. Tenía que creer que, de alguna manera, sobrevivirían.
‘Aguantad, chicas’, pensó, apretando los puños. ‘Ya voy. Espérenme.’
La noche avanzaba, y con ella, la certeza de que el amanecer traería no solo un nuevo día, sino también el principio del fin. La batalla por Francia, por la historia, por todos ellos, estaba a punto de comenzar.
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