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Fate/Issei Order - Capítulo 26

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Capítulo 26: Capitulo25: Fin de Orleans

El campo de batalla que rodeaba Orleans era un cementerio de cenizas y ambiciones rotas. Los wyverns que habían surcado los cielos como una plaga viviente yacían ahora esparcidos por la tierra calcinada, sus cuerpos escamosos inmóviles, sus ojos rojos apagados para siempre. El cielo anillado, aquel fenómeno antinatural que había marcado la Singularidad desde el primer momento, comenzaba a mostrar grietas, fisuras de luz normal que se filtraban a través de la corrupción como promesas de un amanecer que muchos no vivirían para ver.

En medio de aquel páramo de desolación, dos figuras se mantenían en pie por pura fuerza de voluntad. Sigfrido, el héroe de la Canción de los Nibelungos, el hombre que había matado a un dragón y se había bañado en su sangre, respiraba con dificultad. Su armadura plateada, otrora inmaculada, estaba ahora cubierta de hollín, abolladuras y la sangre oscura de Fafnir. Balmung, su espada legendaria, colgaba de su mano derecha, su hoja aún humeante por el uso reciente de su Noble Phantasm. A su lado, Georgios, el santo mata-dragones, no estaba en mejores condiciones. Su túnica blanca estaba hecha jirones, manchada de ceniza y de su propia sangre. Ascalon brillaba débilmente en su mano, su luz divina atenuada por el agotamiento de su portador, pero aún así presente, aún así desafiante.

Frente a ellos, a menos de cien metros, Fafnir agonizaba.

El gran dragón, el terror de los cielos, el hermano de leyenda del Dragón Emperador Rojo, ya no era la criatura imponente que había sembrado el terror en los corazones de los hombres durante siglos. Sus heridas eran demasiado profundas, demasiado numerosas. El primer Balmung de Sigfrido lo había dejado maltrecho, incapaz de volar, forzándolo a arrastrarse por el suelo como una serpiente herida. Pero había seguido luchando. Había seguido escupiendo fuego, atacando con sus garras, barriendo con su cola, negándose a aceptar la derrota con la obstinación de una criatura que no conocía otro modo de existencia que la supervivencia.

Ahora, sin embargo, incluso esa obstinación estaba llegando a su fin. Los movimientos del dragón se habían vuelto lentos, torpes. Su aliento de fuego, antes un torrente capaz de derretir acero, era ahora un chorro errático que apenas alcanzaba unos metros. Sus ojos violetas, aquellos pozos de furia y corrupción, parpadeaban débilmente, como velas a punto de extinguirse.

Georgios fue el primero en notarlo. Su experiencia como mata-dragones, forjada en incontables batallas contra criaturas similares, le permitía leer los signos de un enemigo que estaba llegando al final de sus fuerzas. La forma en que Fafnir jadeaba, el modo en que su pecho se elevaba y descendía con dificultad, la manera en que sus garras arañaban débilmente el suelo sin la fuerza suficiente para levantarlo.

«Está muriendo», dijo el santo, y su voz era una mezcla de alivio y algo que podría haber sido respeto. Incluso un enemigo como Fafnir, una bestia corrompida por el Grial y esclavizada por la Bruja Dragón, merecía un cierto reconocimiento por su resistencia. Había luchado hasta el final. Había luchado incluso cuando sabía que no podía ganar. Y eso, en la filosofía de Georgios, era digno de admiración.

Sigfrido asintió, sus ojos azules fijos en la criatura que había sido su némesis durante siglos. «Sí. Pero no lo suficientemente rápido. Si le damos tiempo, podría recuperarse. O podría decidir llevarnos con él en un último ataque desesperado.» Apretó el puño alrededor de la empuñadura de Balmung. «No podemos permitirnos eso. La batalla en la catedral aún continúa. El Maestro nos necesita.»

«Entonces, ¿qué propones?», preguntó Georgios, aunque ya sospechaba la respuesta.

Sigfrido lo miró, y en sus ojos había una determinación que no admitía discusión. «Un ataque conjunto. Tú y yo. Ascalon y Balmung. Los dos Noble Phantasm más poderosos contra dragones que existen, liberados al mismo tiempo sobre el mismo objetivo. Fafnir es fuerte, pero ni siquiera él puede sobrevivir a eso.»

Georgios consideró la propuesta. Era arriesgada. Muy arriesgada. Usar su Noble Phantasm requería una concentración y una energía considerables, y ambos estaban agotados. Además, Fafnir, incluso moribundo, seguía siendo peligroso. Si el dragón lograba reaccionar a tiempo, si conseguía esquivar o contraatacar, podrían morir antes de completar sus ataques.

Pero también era su mejor opción. Quizás su única opción.

«De acuerdo», dijo finalmente, y su voz era tranquila, la de un hombre que había hecho las paces con su destino. «Hagámoslo. Pero necesitaremos coordinarnos perfectamente. Si uno de nosotros ataca antes que el otro, Fafnir podría tener tiempo de reaccionar.»

Sigfrido asintió. «Cuando yo cuente tres. Los dos a la vez. No antes, no después.»

Ambos héroes se colocaron en posición, uno a cada lado del dragón moribundo. Fafnir, sintiendo quizás el cambio en el aire, la anticipación de sus enemigos, levantó débilmente la cabeza. Sus ojos violetas, nublados por el dolor y la corrupción, se movieron lentamente de Sigfrido a Georgios, de Georgios a Sigfrido. Un gruñido bajo, más un estertor que un rugido, escapó de su garganta.

«Parece que sabe lo que vamos a hacer», murmuró Georgios, mientras Ascalon comenzaba a brillar con una luz blanca y pura.

«Que lo sepa», respondió Sigfrido, y Balmung comenzó a emitir un resplandor azulado, el eco de la primera muerte de un dragón manifestándose en la hoja. «No cambiará nada.»

«Uno.»

El aire a su alrededor comenzó a vibrar. La energía de dos Noble Phantasm de nivel A+, ambos específicamente diseñados para matar dragones, se acumulaba en el campo de batalla como una tormenta a punto de estallar. Las cenizas del suelo se elevaron en remolinos, y el cielo anillado pareció oscurecerse aún más, como si la Singularidad misma sintiera que algo monumental estaba a punto de ocurrir.

Fafnir intentó levantarse. Sus patas traseras temblaron, sus garras delanteras se clavaron en la tierra calcinada, y por un momento, pareció que lo lograría. Pero sus heridas eran demasiado graves. Sus músculos, desgarrados por el primer Balmung, no respondían. Con un gruñido de frustración, volvió a desplomarse.

«Dos.»

Sigfrido y Georgios alzaron sus espadas al mismo tiempo. Ascalon brillaba como un faro de luz divina, su hoja envuelta en un resplandor que hablaba de milagros y bendiciones, de la fe que movía montañas y derrotaba a las bestias más terribles. Balmung, por el contrario, emitía una luz más sombría, un azul profundo que recordaba al crepúsculo, al momento en que el día muere y la noche reclama el mundo. Dos espadas legendarias. Dos héroes legendarios. Un dragón legendario.

El destino de los tres estaba a punto de decidirse.

«TRES.»

El mundo estalló en luz y sonido.

«¡ASCALON!», gritó Georgios, y su espada trazó un arco perfecto en el aire. La energía divina acumulada en la hoja se liberó en un torrente de luz blanca que se precipitó hacia Fafnir como un rayo de juicio celestial. No era solo un ataque físico. Era una manifestación de la fe del santo, de su creencia inquebrantable en que el bien siempre triunfaba sobre el mal, en que los dragones, por muy poderosos que fueran, siempre caerían ante la rectitud divina.

«¡BALMUNG!», rugió Sigfrido al mismo tiempo, y su espada descendió liberando una onda de energía azul que destrozaba todo a su paso. Era el eco de la muerte original de Fafnir, la memoria de aquella primera batalla en la que el héroe había vencido al dragón y se había bañado en su sangre. Era la afirmación de que la historia se repetía, de que el destino de Fafnir siempre había sido caer ante esta espada, ante este hombre.

Fafnir, viendo la muerte acercarse desde dos direcciones, hizo lo único que podía hacer. Luchó.

Su aliento de fuego, aquel último vestigio de su poder, surgió de sus fauces en un torrente desesperado. No era el fuego negro y violeta corrompido por el Grial. Era fuego puro, rojo y naranja, el fuego primordial de los dragones, la esencia misma de lo que Fafnir había sido antes de ser esclavizado. El dragón, en su último momento, había recuperado un fragmento de su verdadera naturaleza.

El fuego se encontró con la luz de Ascalon y la energía de Balmung en el centro del campo de batalla. Por un instante, las tres fuerzas parecieron equilibrarse, luchando por la supremacía en un choque titánico que hizo temblar la tierra y agrietar el cielo. Fuego contra fe contra destino. Dragón contra santo contra héroe.

Y entonces, el equilibrio se rompió.

Ascalon y Balmung, dos Noble Phantasm diseñados específicamente para matar dragones, demostraron ser superiores incluso al fuego primordial de Fafnir. La luz blanca y la energía azul atravesaron el torrente de llamas como cuchillos a través de mantequilla, convergiendo en el cuerpo del dragón con una fuerza devastadora.

El rugido de Fafnir, cuando los ataques impactaron, no fue de furia. Fue de agonía. Un sonido tan profundo, tan primigenio, que hizo que incluso Sigfrido y Georgios, veteranos de mil batallas, sintieran un escalofrío recorrer sus espinas dorsales. Era el sonido de una criatura que había vivido durante milenios, que había sembrado el terror en los corazones de innumerables mortales, y que ahora, finalmente, encontraba su fin.

Pero Fafnir no cayó solo.

Incluso mientras los Noble Phantasm lo destrozaban, incluso mientras su cuerpo comenzaba a desintegrarse en motas de luz, el dragón lanzó un último ataque. Sus garras, aquellas garras que habían desgarrado acero y hueso por igual, se extendieron hacia sus verdugos con una velocidad que desmentía su estado moribundo.

Georgios recibió el impacto en el pecho. Su armadura, ya debilitada por la batalla, se hizo añicos bajo la fuerza del golpe. El santo salió despedido hacia atrás, su cuerpo golpeando contra el suelo calcinado con un crujido que hablaba de huesos rotos y órganos dañados. Ascalon cayó de su mano, su luz desvaneciéndose lentamente.

Sigfrido corrió la misma suerte. La cola de Fafnir, en un último espasmo de furia, lo golpeó en el costado con la fuerza de un ariete. El héroe germánico voló por los aires, su armadura abollada, su cuerpo retorciéndose de dolor. Balmung se clavó en la tierra a varios metros de distancia, su hoja aún humeante.

Ambos héroes yacían en el suelo, gravemente heridos, incapaces de moverse. Pero sus ojos seguían fijos en Fafnir.

El dragón, por su parte, estaba inmóvil. Los ataques combinados de Ascalon y Balmung lo habían atravesado de lado a lado, dejando heridas que ni siquiera su legendaria resistencia podía soportar. Su cuerpo, aquel cuerpo que había sido el terror de los cielos, comenzó a desvanecerse lentamente. Primero las alas, desintegrándose en motas de luz dorada que se elevaban hacia el cielo anillado. Luego las garras, la cola, el torso. Finalmente, la cabeza.

Antes de desaparecer por completo, los ojos violetas de Fafnir se encontraron con los de Sigfrido. Y en ese último instante, el héroe pudo ver algo en ellos que no había visto antes. No era furia. No era odio. Era… reconocimiento. Y quizás, solo quizás, un atisbo de paz.

El dragón había sido derrotado por segunda vez por el mismo hombre. Y esta vez, no habría resurrección. No habría invocación corrupta. No habría más batallas.

Fafnir, el dragón legendario, desapareció en un último destello de luz, y el campo de batalla quedó en silencio.

Sigfrido dejó escapar un suspiro tembloroso. Lo había logrado. Después de siglos, después de toda una vida de ser conocido como el mata-dragones, finalmente había vuelto a matar al dragón que había definido su leyenda. Pero no sentía triunfo. Solo cansancio. Un cansancio profundo, antiguo, que parecía calar hasta los huesos.

Miró hacia Georgios, que yacía a pocos metros de distancia. El santo también estaba mirando el lugar donde Fafnir había desaparecido, sus ojos reflejando una mezcla de alivio y algo que podría haber sido tristeza.

«Lo logramos», dijo Georgios, y su voz era apenas un susurro.

«Sí», respondió Sigfrido. «Lo logramos.»

Un silencio cómodo se instaló entre ellos. Ambos sabían lo que venía a continuación. Podían sentirlo. La energía que los mantenía en este mundo, la conexión con el Maestro que los había invocado, se estaba desvaneciendo lentamente. Sus cuerpos, aquellos cuerpos que habían luchado con tanta ferocidad, comenzaban a volverse translúcidos.

«Parece que nuestro tiempo se acaba», dijo Georgios, y en su voz no había miedo. Solo aceptación.

Sigfrido asintió. «Sí. Regresamos al Trono de los Héroes. Es… extraño. He pasado siglos allí, entre batalla y batalla, y sin embargo, esta vez siento que me voy demasiado pronto.»

Georgios esbozó una sonrisa cansada. «Quizás porque esta vez teníamos algo por lo que luchar. Algo más que nuestra propia gloria.»

«El Maestro», dijo Sigfrido, y su voz tenía un tono de respeto que rara vez usaba. «Issei Hyoudou. Un joven extraño. Pervertido, inmaduro, a veces ridículo. Pero también… sincero. Valiente. Alguien por quien vale la pena luchar.»

«Sí», coincidió Georgios. «Alguien por quien vale la pena morir.»

Ambos guardaron silencio mientras sus cuerpos se volvían cada vez más transparentes. A su alrededor, el campo de batalla comenzaba a desvanecerse, las cenizas elevándose en el aire como si la Singularidad misma estuviera despidiéndose de ellos.

«Georgios», dijo Sigfrido de repente.

«¿Sí?»

«Gracias. Por luchar a mi lado. Por confiar en mí cuando ni yo mismo lo hacía.»

El santo sonrió, y su sonrisa era cálida a pesar del dolor. «No hay de qué. Ha sido un honor, Sigfrido. El héroe que mató a Fafnir. El hombre que se bañó en sangre de dragón. Pocos pueden decir que han luchado a tu lado.»

«Y pocos pueden decir que han luchado junto a San Jorge», respondió Sigfrido. «El santo que domó al dragón. El hombre cuya fe movió montañas.»

Se miraron el uno al otro, dos héroes de épocas diferentes, de culturas diferentes, unidos por un enemigo común y un propósito común. Y entonces, al mismo tiempo, extendieron sus manos. No para un apretón formal, sino para un gesto de camaradería, de respeto mutuo, de reconocimiento de que, en otra vida, en otras circunstancias, podrían haber sido amigos.

Sus manos se encontraron en el aire, y aunque ya eran casi completamente transparentes, el contacto fue real. Sólido. Significativo.

«Hasta la próxima batalla», dijo Sigfrido.

«Hasta la próxima batalla», respondió Georgios.

Y entonces, con la misma sincronización con la que habían luchado, ambos héroes se desvanecieron en motas de luz dorada que se elevaron hacia el cielo, dejando atrás solo sus espadas clavadas en la tierra calcinada como monumentos silenciosos a su sacrificio.

El campo de batalla quedó en silencio. La batalla contra Fafnir había terminado.

En otro rincón de aquel páramo de desolación, donde los árboles calcinados se alzaban como esqueletos retorcidos contra el cielo moribundo, Kiyohime contemplaba a su oponente caída con una expresión de fría satisfacción.

Atalanta yacía en el suelo, su cuerpo cubierto de quemaduras, su ropa hecha jirones, su arco roto a varios metros de distancia. La gran cazadora de Arcadia, la mujer que había desafiado a los dioses del Olimpo, estaba derrotada. Sus ojos verdes, aquellos ojos que habían recuperado su color original cuando la mejora de locura comenzó a fallar, miraban a Kiyohime con una mezcla de resignación y algo que podría haber sido gratitud.

«Termina de una vez», susurró Atalanta, y su voz era apenas un hilo de sonido. «Lo has ganado. Acaba con esto.»

Kiyohime la observó durante un largo momento. Sus ojos dorados, normalmente tan expresivos cuando miraban a su Anchin-sama, estaban ahora vacíos de toda emoción que no fuera una fría determinación. No sentía odio por Atalanta. No sentía compasión. No sentía nada en absoluto. La cazadora era simplemente un obstáculo que se interponía entre ella y su amado, un enemigo que debía ser eliminado para que ella pudiera regresar al lado de Issei.

Así funcionaba la mente de Kiyohime. Para Issei, su Anchin-sama, su amor era absoluto, incondicional, una llama que ardía con la intensidad de mil soles y que lo consumía todo a su paso. Para los demás, especialmente para aquellos que se interponían en su camino, no sentía más que una indiferencia gélida. No era crueldad consciente. Era simplemente la naturaleza de una Berserker cuyo único anclaje a la cordura era su obsesión por un hombre que la había aceptado a pesar de saber lo que era.

«Lo haré», dijo Kiyohime, y su voz era tan fría como sus ojos. «No porque te odie. No porque quiera verte sufrir. Sino porque Anchin-sama me espera. Y nada, nadie, me mantendrá alejada de él por más tiempo del necesario.»

Atalanta parpadeó, y en sus ojos hubo un destello de comprensión. «Ese hombre… Issei… ¿de verdad significa tanto para ti?»

«Significa todo», respondió Kiyohime sin dudar. «Es mi pasado, mi presente y mi futuro. Es la reencarnación del monje Anchin, el hombre al que amé en vida y al que perseguí hasta la muerte. Pero también es más que eso. Es alguien que me acepta tal como soy. Que no me juzga por lo que hice. Que me prometió no mentirme nunca.» Sus ojos brillaron con una luz peligrosa. «Y yo le prometí que nunca le perdonaría una mentira. Que lo perseguiría hasta el infierno si me engañaba. Él lo sabe. Y aun así, me aceptó.»

Atalanta guardó silencio por un momento. Luego, lentamente, una sonrisa triste curvó sus labios. «Qué extraño. Yo también amé una vez. No a un hombre, sino a una causa. Los niños. Los inocentes. Quería protegerlos. Salvar a tantos como pudiera.» Su voz se quebró. «Pero fallé. La Bruja tenía razón en eso. Por cada niño que salvé, diez murieron. Por cada vida que protegí, cien se perdieron. Mi lucha fue en vano.»

Kiyohime negó con la cabeza. «No lo fue. Ya te lo dije antes. La Bruja miente. Toma tus peores miedos y te los repite hasta que crees que son verdad. Pero lo que hiciste importó. Los niños que salvaste vivieron gracias a ti. Y ahora, cuando regreses al Trono de los Héroes, podrás recordarlo. Podrás recordar que alguien te ayudó a ver la verdad.»

Atalanta la miró, y por primera vez, sus ojos se llenaron de lágrimas. «Gracias», susurró. «Gracias por… por recordármelo.»

Kiyohime no respondió. No había nada más que decir. En su lugar, levantó las manos, y las llamas azules que eran su marca registrada comenzaron a arder en sus palmas. No eran llamas furiosas, destructivas. Eran llamas contenidas, controladas, el instrumento de una ejecución limpia y rápida.

«Descansa», dijo Kiyohime, y su voz era casi suave. «Has luchado bien. Has luchado con honor. Ahora, descansa.»

Las llamas azules se precipitaron hacia Atalanta como un río de fuego líquido. La cazadora arcadia cerró los ojos, y en sus labios se dibujó una sonrisa de paz. Un grito escapó de su garganta cuando las llamas la envolvieron, no un grito de agonía, sino de liberación. La mejora de locura que la había estado atormentando, aquella voz insidiosa que le susurraba mentiras y la llenaba de odio, se desvaneció en el fuego como una pesadilla al amanecer.

Y entonces, Atalanta comenzó a desaparecer.

Su cuerpo, consumido por las llamas azules, se desintegró lentamente en motas de luz dorada que se elevaron hacia el cielo anillado. Sus ojos, aquellos ojos verdes que finalmente habían recuperado su color original, se encontraron con los de Kiyohime una última vez. Y en ellos, la doncella dragón pudo ver algo que no esperaba: gratitud.

«Gracias», susurró Atalanta una vez más, antes de que su voz se perdiera en el viento.

Y luego, se fue.

Kiyohime permaneció inmóvil durante un largo momento, contemplando el lugar donde su oponente había desaparecido. No sentía nada. Ni satisfacción por la victoria, ni pesar por la muerte de una enemiga digna. Solo el vacío de una tarea completada, y la urgencia creciente de regresar junto a su Anchin-sama.

Se volvió hacia la catedral, donde los sonidos de la batalla aún resonaban, y sus ojos brillaron con una luz posesiva.

«Voy, Anchin-sama», murmuró para sí misma, y sus pies ya se estaban moviendo antes de que terminara de hablar. «Voy a reunirme contigo. Y esta vez, nada ni nadie nos separará.»

En las calles devastadas que rodeaban la catedral, otra batalla estaba llegando a su fin.

Elizabeth Bathory jadeaba, su pecho subiendo y bajando con cada respiración dificultosa. Su vestido, aquel atuendo de idol que tanto le gustaba, estaba hecho jirones, manchado de polvo, ceniza y su propia sangre. Su lanza-micrófono, su Noble Phantasm improvisado, colgaba de su mano derecha, la hoja mellada por los repetidos choques con las garras de metal de su oponente.

Frente a ella, Carmilla no estaba en mejores condiciones. La condesa Bathory, la versión adulta y corrupta de Elizabeth, se tambaleaba sobre sus pies, sus elegantes ropas negras y rojas hechas jirones, sus garras de metal abolladas y melladas. La mejora de locura que Jeanne Alter le había impuesto brillaba en sus ojos como un fuego enfermizo, pero incluso esa corrupción no podía ocultar el agotamiento que la consumía.

Habían estado luchando durante lo que parecía una eternidad. Dos versiones de la misma mujer, separadas por siglos de historia y por elecciones radicalmente diferentes, enfrentándose en un duelo que era tanto físico como existencial.

«Ríndete», jadeó Elizabeth, apuntando con su lanza hacia su yo futuro. «Estás acabada. No puedes ganar.»

Carmilla rió, una risa amarga y quebrada. «¿Ganar? ¿Crees que esto va de ganar o perder? Ingenua. Esto va de aceptar la verdad. La verdad de que tú y yo somos la misma persona. La verdad de que tu futuro está escrito. La verdad de que, por mucho que lo intentes, terminarás exactamente como yo.»

«¡No!», gritó Elizabeth, y su voz resonó en las calles vacías. «¡Yo no soy tú! ¡Nunca lo seré! ¡Yo voy a ser una idol! ¡Voy a ser amada por el público, alabada por mis fans, recordada por mi música! ¡No voy a convertirme en un monstruo que asesina doncellas para mantenerse joven!»

Carmilla la miró, y en sus ojos rojos, por un momento, hubo algo que podría haber sido tristeza. «¿De verdad crees que yo quería convertirme en esto? ¿De verdad crees que elegí ser un monstruo?» Negó con la cabeza lentamente. «No lo entiendes. Nadie elige convertirse en un monstruo. Simplemente… ocurre. Un día te miras al espejo y ya no reconoces a la persona que te devuelve la mirada. Un día te das cuenta de que has hecho cosas terribles, cosas que nunca pensaste que serías capaz de hacer. Y para entonces, ya es demasiado tarde para volver atrás.»

Elizabeth vaciló. Las palabras de Carmilla, cargadas de un dolor que solo podía venir de la experiencia personal, la golpearon con más fuerza de lo que esperaba. ¿Era eso lo que le esperaba? ¿Un descenso gradual hacia la monstruosidad, tan lento que ni siquiera se daría cuenta hasta que fuera demasiado tarde?

Pero entonces, una imagen cruzó su mente. Issei, sonriéndole a pesar de sus quejas sobre su canto. Mash, ofreciéndole una mano amiga cuando tropezó. Tamamo y Nero, compitiendo con ella por la atención del Maestro, pero también riendo juntas en los momentos de calma. Jeanne, la santa, tratándola con un respeto que Elizabeth no sentía que mereciera.

Todos ellos la habían aceptado. No a pesar de quién era, sino por quién era. Una chica que soñaba con ser idol, que cantaba desafinadamente pero con todo su corazón, que quería ser amada no por su belleza o su nobleza, sino por su música.

«No», dijo Elizabeth, y su voz era firme. «No voy a convertirme en ti. Porque yo tengo algo que tú nunca tuviste.»

Carmilla frunció el ceño. «¿Y qué es eso?»

«Personas que creen en mí», respondió Elizabeth. «Mi manager. Mis compañeras. Incluso esa santa mojigata y esas dos locas que no dejan de pelearse por el Maestro. Todos ellos creen que puedo ser mejor. Creen que puedo cambiar mi destino. Y yo… yo no voy a defraudarlos.»

Carmilla guardó silencio por un largo momento. Luego, lentamente, una sonrisa triste curvó sus labios. «Qué suerte tienes», dijo, y su voz era apenas un susurro. «Ojalá yo hubiera tenido eso. Ojalá alguien hubiera creído en mí cuando aún había esperanza.»

Elizabeth sintió una punzada de algo que podría haber sido compasión. Pero la reprimió. No podía permitirse sentir lástima por su yo futuro. Carmilla era un monstruo. Había asesinado a cientos de doncellas inocentes, bañándose en su sangre para mantener una juventud que ya había perdido. No merecía compasión. Merecía justicia.

«Lo siento», dijo Elizabeth, y realmente lo sentía. «Siento que tuvieras que convertirte en esto. Siento que nadie estuviera allí para ayudarte. Pero eso no cambia lo que hiciste. Y no cambia lo que tengo que hacer.»

Carmilla asintió lentamente. «Lo sé. Haz lo que debas. Pero recuerda esto, Elizabeth Bathory. Recuerda mi rostro. Recuerda en lo que me convertí. Y cuando sientas la tentación de tomar el camino fácil, cuando el miedo a envejecer te susurre al oído, cuando la desesperación te haga considerar hacer cosas terribles… recuérdame. Y elige de nuevo. Elige ser mejor.»

Elizabeth apretó los dientes para contener las lágrimas que amenazaban con brotar. «Lo haré», prometió. «Te lo prometo.»

Y entonces, se lanzó al ataque.

No fue un ataque frontal. Elizabeth había aprendido, a lo largo de esta batalla, que Carmilla era más rápida y más letal en el combate cuerpo a cuerpo. Sus garras de metal, su Iron Maiden, eran armas temibles que podían desgarrarla en segundos si no tenía cuidado. Pero Elizabeth tenía algo que Carmilla no tenía: la naturaleza de un dragón.

Porque Elizabeth Bathory, además de ser una condesa y una aspirante a idol, era también descendiente de dragones. Su sangre llevaba el eco de aquellas criaturas legendarias, y con él, una velocidad y una ferocidad que desmentían su apariencia juvenil.

Se movió como un rayo, sus pies apenas tocando el suelo mientras zigzagueaba hacia Carmilla. La condesa, sorprendida por la repentina ráfaga de velocidad, apenas tuvo tiempo de levantar sus garras para defenderse. Pero Elizabeth no atacó de frente. En el último momento, giró sobre sí misma, usando su impulso para rodear a su oponente y atacar desde un ángulo inesperado.

Su lanza-micrófono brilló en el aire, trazando un arco que apuntaba directamente al costado desprotegido de Carmilla. La condesa, con reflejos que solo la experiencia de siglos podía otorgar, logró girar a tiempo para bloquear el ataque con su Iron Maiden. El choque del metal contra metal resonó en la calle como una campanada funeraria.

Pero Elizabeth ya se había movido de nuevo. Sus pies danzaban sobre los escombros con una gracia que solo una idol en ciernes podía tener, cada paso una nota en una coreografía de muerte. Atacaba, se retiraba, volvía a atacar, siempre cambiando de ángulo, siempre manteniendo a Carmilla a la defensiva.

La condesa, afectada por la mejora de locura, luchaba por seguir el ritmo. Sus movimientos, normalmente tan precisos y letales, eran ahora erráticos, impredecibles incluso para ella misma. Atacaba cuando debería defenderse, se defendía cuando debería atacar, y cada error le costaba una nueva herida.

«¿Por qué no te rindes?», jadeó Elizabeth, mientras su lanza abría un nuevo corte en el brazo de Carmilla. «¡Estás acabada! ¡No puedes ganar!»

«¡Porque no tengo nada más!», gritó Carmilla, y en su voz había una desesperación que heló la sangre de Elizabeth. «¡Tú tienes un futuro! ¡Tú tienes personas que creen en ti! ¡Tú tienes esperanza! ¡Yo no tengo nada de eso! ¡Lo único que tengo es esto! ¡Esta batalla! ¡Esta locura! ¡Es lo único que me queda!»

Elizabeth vaciló. Las palabras de su yo futuro la golpearon con la fuerza de un martillo, haciéndole ver, por primera vez, la verdad detrás de la máscara de monstruosidad de Carmilla. No era solo una asesina despiadada. Era una mujer rota, consumida por siglos de soledad y desesperación, que se aferraba a la única identidad que le quedaba porque no tenía nada más.

Y en ese momento de vacilación, Carmilla atacó.

Su Iron Maiden se abrió, revelando el interior erizado de púas que era su verdadera naturaleza como Noble Phantasm. La doncella de hierro, el instrumento de tortura que Carmilla había usado para matar a sus víctimas, se abalanzó sobre Elizabeth con una velocidad que no debería haber sido posible en su estado.

Pero Elizabeth estaba lista.

Había previsto este momento. Sabía que Carmilla, acorralada y desesperada, intentaría un último ataque desesperado. Y había preparado su contraataque.

En el instante en que el Iron Maiden se abrió, Elizabeth ya se estaba moviendo. No hacia atrás, como Carmilla esperaba, sino hacia adelante. Hacia el interior de la doncella de hierro.

Carmilla solo tuvo un segundo para registrar el movimiento. Sus ojos se abrieron de par en par, sorprendidos, mientras Elizabeth se lanzaba directamente hacia ella, esquivando las púas del Iron Maiden por centímetros. La lanza-micrófono de Elizabeth brilló en el aire, apuntando no al pecho de Carmilla, donde su corazón corrupto latía débilmente, sino a su garganta.

El punto ciego. El único lugar que Carmilla, en su estado de locura y desesperación, había dejado desprotegido.

La lanza encontró su objetivo.

Carmilla se quedó inmóvil, su Iron Maiden congelada en el aire. Sus ojos rojos, aquellos ojos que habían visto tantas muertes, se encontraron con los de Elizabeth. Y en ellos, por primera vez, no había odio ni desesperación. Solo… paz.

«Bien hecho», susurró, y su voz era apenas un hilo de sonido. «Has… has sido mejor que yo. Has elegido… un camino diferente.»

Elizabeth sintió que las lágrimas finalmente escapaban de sus ojos. «Lo siento», dijo, y su voz se quebró. «Lo siento mucho. Ojalá… ojalá las cosas hubieran sido diferentes.»

Carmilla sonrió, una sonrisa triste pero genuina. «No lo sientas. Has hecho lo correcto. Ahora… ve. Conviértete en la idol que siempre quisiste ser. Haz que tu música… llegue a todos. Y recuerda… recuérdame. Para que no cometas… mis mismos errores.»

«Lo haré», prometió Elizabeth entre lágrimas. «Te lo prometo. Te recordaré. Siempre.»

Carmilla asintió débilmente. Sus ojos comenzaron a cerrarse, y su cuerpo empezó a desvanecerse en motas de luz dorada.

«Gracias», susurró. «Gracias por… liberarme.»

Y entonces, se fue.

Elizabeth retiró su lanza lentamente, contemplando el espacio vacío donde su yo futuro había estado. Sus piernas temblaron, y antes de que pudiera evitarlo, se desplomó en el suelo, sus rodillas golpeando contra los adoquines rotos.

Había ganado. Había derrotado a Carmilla. Había demostrado, al menos a sí misma, que podía cambiar su destino, que no estaba condenada a convertirse en el monstruo que su yo futuro había sido.

Pero no se sentía victoriosa. Solo se sentía cansada. Y extrañamente… agradecida.

«Lo logré», murmuró para sí misma, mirando hacia el cielo anillado que comenzaba a resquebrajarse. «Lo logré, manager. Di el primer paso. Ahora… ahora solo queda el resto del camino.»

Una sonrisa cansada curvó sus labios. El resto del camino. Convertirse en una idol de verdad. Hacer que su música, por muy desafinada que fuera, llegara a los corazones de las personas. Ser amada no por su belleza o su nobleza, sino por quién era realmente.

Sería difícil. Probablemente imposible. Pero después de esto, después de haber enfrentado y derrotado a su peor yo, Elizabeth sentía que podía hacer cualquier cosa.

Solo necesitaba que su manager estuviera a su lado.

«Más te vale sobrevivir, Issei», murmuró, usando el nombre de su Maestro por primera vez. «Porque si mueres, te perseguiré hasta el inframundo para traerte de vuelta. Lo prometo.»

Y con esa promesa en sus labios, Elizabeth Bathory se permitió descansar, esperando el momento en que la Singularidad colapsara y pudiera regresar a Chaldea. A su nuevo hogar. A su nueva familia. A su nuevo comienzo.

En el interior de la catedral de Orleans, la batalla final había alcanzado su clímax.

Jeanne d’Arc Alter, la Bruja Dragón, la sombra vengativa de la santa más venerada de Francia, retrocedía bajo el asalto combinado de tres Servants de élite. Su estandarte corrupto, aquella parodia blasfema del que empuñaba su contraparte pura, se movía en un arco defensivo, desviando los ataques de Nero y Tamamo por los pelos. Pero incluso su habilidad, aumentada por el poder del Santo Grial, estaba llegando a su límite.

Tamamo-no-Mae atacaba desde la distancia, sus llamas kitsune trazando arcos de fuego azul que obligaban a Jeanne Alter a mantenerse en movimiento constante. Cada vez que la Bruja Dragón intentaba concentrarse en un oponente, una ráfaga de fuego la obligaba a esquivar, rompiendo su ritmo y dejándola vulnerable.

Nero Claudius, por su parte, era una tormenta de acero y determinación. Su espada, envuelta en el resplandor dorado de su Noble Phantasm, atacaba una y otra vez, cada golpe más rápido y más furioso que el anterior. La emperatriz romana luchaba con una sonrisa feroz en los labios, sus ojos verdes brillando con la certeza absoluta de la victoria.

«¡Ríndete, villana!», gritó Nero, mientras su espada describía un arco que habría decapitado a Jeanne Alter si no hubiera retrocedido a tiempo. «¡Tu ejército ha sido derrotado! ¡Tus sirvientes han caído! ¡Tu dragón ha muerto! ¡No te queda nada!»

Jeanne Alter gruñó, su estandarte bloqueando otro ataque de Tamamo. «¡Aún tengo el Grial!», rugió. «¡Aún tengo el poder! ¡Y mientras lo tenga, puedo seguir luchando!»

«Entonces luchemos», dijo una voz tranquila.

Jeanne d’Arc, la verdadera, dio un paso adelante. Su estandarte blanco e inmaculado brillaba con una luz que parecía venir de otro mundo, una luz que hablaba de fe inquebrantable y de un amor tan puro que trascendía el odio y la venganza. Sus ojos azules, tan similares y sin embargo tan diferentes a los de su contraparte corrupta, miraban a Jeanne Alter con una mezcla de compasión y determinación.

«No quiero luchar contra ti», continuó la santa. «Eres yo. Una parte de mí que sufre, que está herida, que no ha podido encontrar la paz. Quiero ayudarte. Quiero que encuentres la redención. Pero si no me dejas otra opción… lucharé. Por Francia. Por la humanidad. Por todo aquello en lo que creo.»

Jeanne Alter la miró, y por un momento, algo en su expresión se suavizó. Sus ojos dorados parpadearon, y en ellos, Issei pudo ver un destello de la mujer que había sido, de la santa que había creído en algo más grande que ella misma.

Pero entonces el Grial brilló a su lado, y la corrupción volvió a apoderarse de ella. Su rostro se torció en una mueca de furia, y su estandarte se alzó de nuevo.

«¡No necesito tu compasión!», escupió. «¡No necesito tu redención! ¡Lo único que necesito es verte arder, como yo ardí, como todos los que me traicionaron deberían arder!»

Se lanzó al ataque, su estandarte descendiendo en un golpe que habría partido una roca. Pero Jeanne d’Arc estaba lista. Su propio estandarte se alzó para bloquear el ataque, y el choque de los dos estandartes, uno blanco y puro, el otro negro y corrupto, resonó en la catedral como el tañido de una campana.

Las dos Jeannes lucharon en el centro de la nave, sus estandartes entrechocando una y otra vez en una danza de luz y oscuridad. Eran iguales en habilidad, iguales en fuerza, iguales en determinación. Pero Jeanne Alter tenía el poder del Grial. Y eso le daba una ventaja que su contraparte pura no podía igualar.

O eso habría sido cierto, si Jeanne d’Arc hubiera estado luchando sola.

Pero no lo estaba.

Tamamo vio su oportunidad cuando Jeanne Alter, concentrada en su duelo con su contraparte, dejó su flanco desprotegido por un instante. La kitsune no dudó. Sus manos se alzaron, y un torrente de fuego kitsune, azul y brillante, se precipitó hacia la Bruja Dragón como un río de destrucción.

Jeanne Alter lo sintió venir. Giró sobre sí misma, su estandarte moviéndose para bloquear el ataque. Pero al hacerlo, dejó su espalda expuesta a Nero.

La emperatriz romana no desaprovechó la oportunidad. Su espada, envuelta en el resplandor dorado de su Noble Phantasm, se clavó en la espalda de Jeanne Alter con un sonido que era a la vez metálico y orgánico. La Bruja Dragón gritó, un grito de dolor y furia, y se tambaleó hacia adelante.

Y entonces, Jeanne d’Arc asestó el golpe final.

Su estandarte, blanco e inmaculado, atravesó el pecho de su contraparte corrupta como si fuera de papel. La luz del estandarte, aquella luz que hablaba de fe y redención, se encontró con la oscuridad del Grial que ardía en el interior de Jeanne Alter. Por un momento, las dos fuerzas lucharon por la supremacía, luz contra oscuridad, esperanza contra desesperación.

Y entonces, la luz ganó.

Jeanne Alter cayó de rodillas, su estandarte corrupto escapándose de sus manos y golpeando el suelo de piedra con un sonido hueco. Sus ojos dorados, aquellos ojos que habían estado llenos de furia y venganza, se apagaron lentamente, recuperando por un instante el azul de la santa que había sido.

El Santo Grial, liberado de su control, rodó por el suelo de la catedral. Antes de que pudiera desaparecer o ser reclamado por alguna otra fuerza, Mash se abalanzó sobre él, sus manos enguantadas cerrándose alrededor del artefacto con una firmeza que no admitía discusión.

«¡Lo tengo, Sempai!», gritó, y su voz estaba llena de alivio y triunfo.

Con un movimiento rápido, guardó el Grial en el espacio seguro de su escudo, Lord Camelot. El artefacto brilló una vez, como si protestara por ser encerrado, y luego se apagó, su energía contenida por el poder del Noble Phantasm de Mash.

La Singularidad había sido asegurada. El Grial había sido recuperado. La batalla había terminado.

Issei dejó escapar un suspiro de alivio tan profundo que sintió que sus pulmones se vaciaban por completo. Lo habían logrado. Contra todo pronóstico, contra todas las probabilidades, lo habían logrado. Jeanne Alter había sido derrotada. El Grial estaba en su poder. Orleans, y con ella la historia de la humanidad, había sido salvada.

Pero mientras miraba a la Bruja Dragón caída, Issei no pudo evitar sentir una punzada de algo que podría haber sido tristeza.

Jeanne Alter yacía en el suelo de la catedral, su cuerpo ya comenzando a desvanecerse en motas de luz dorada. Su respiración era débil, entrecortada, y sus ojos, aquellos ojos que habían recuperado por un momento su color original, miraban fijamente al techo de la catedral como si estuvieran viendo algo que nadie más podía ver.

Jeanne d’Arc, la verdadera, se arrodilló a su lado. Su rostro, normalmente tan sereno, estaba surcado por lágrimas silenciosas.

«No llores por mí», susurró Jeanne Alter, y su voz era apenas un hilo de sonido. «No merezco tus lágrimas. Hice cosas terribles. Maté a inocentes. Destruí ciudades. Causé tanto sufrimiento…»

«Eras yo», respondió Jeanne d’Arc, y su voz era suave, llena de una compasión que solo podía venir de alguien que realmente entendía. «Una parte de mí que estaba herida, que estaba rota, que no pudo encontrar otra manera de lidiar con el dolor. No te culpo por lo que hiciste. Te perdono.»

Jeanne Alter parpadeó, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla. «¿Perdonarme? ¿Después de todo lo que hice?»

«Sí», dijo Jeanne d’Arc simplemente. «Porque eso es lo que hace el amor. Perdona. Incluso lo imperdonable.»

La Bruja Dragón guardó silencio por un largo momento. Luego, lentamente, una sonrisa triste curvó sus labios. «Qué tonta eres», dijo, pero no había veneno en sus palabras. Solo un afecto cansado. «Siempre fuiste demasiado buena para este mundo. Demasiado pura. Por eso te quemaron. Por eso te traicionaron. Porque no podían soportar tu luz.»

«Quizás», admitió Jeanne d’Arc. «Pero también es por eso que regresé. Por eso luché. Porque creo que el mundo, a pesar de todo, merece esa luz. Merece una oportunidad de ser mejor.»

Jeanne Alter la miró, y en sus ojos, por primera vez, no había odio ni envidia. Solo una admiración cansada.

«Ojalá… ojalá yo pudiera haber sido como tú», susurró. «Ojalá pudiera haber creído como tú crees. Ojalá pudiera haber perdonado como tú perdonas. Pero no pude. El dolor… era demasiado. La traición… era demasiado. No pude soportarlo.»

«Lo sé», dijo Jeanne d’Arc, y tomó la mano de su contraparte entre las suyas. «Lo sé. Y lo siento. Siento que tuvieras que cargar con ese dolor sola. Siento que no pudiera estar allí para ayudarte. Pero ahora… ahora puedes descansar. Puedes dejar ir el dolor. Puedes encontrar la paz.»

Jeanne Alter cerró los ojos, y más lágrimas rodaron por sus mejillas. «¿Crees… crees que Dios me perdonará? ¿Después de todo lo que hice?»

Jeanne d’Arc sonrió, una sonrisa llena de una certeza que solo la fe podía otorgar. «Dios perdona a todos los que se arrepienten de corazón. Y yo sé, porque soy tú, que en el fondo de tu ser, te arrepientes. Te arrepientes de cada vida que tomaste, de cada ciudad que destruiste, de cada momento de odio que alimentaste. Eso es suficiente. Eso es más que suficiente.»

Jeanne Alter dejó escapar un suspiro tembloroso, y por primera vez desde que había sido invocada, su expresión se relajó. La tensión, la furia, el dolor que habían definido su existencia, se desvanecieron lentamente, dejando solo a una mujer cansada que finalmente había encontrado la paz.

«Gracias», susurró. «Gracias por… por no rendirte conmigo.»

«Nunca lo haría», respondió Jeanne d’Arc. «Eres yo. Y yo nunca me rindo.»

Fue en ese momento, en ese instante de profunda emoción y despedida silenciosa, cuando Issei Hyoudou decidió intervenir.

No era su intención arruinar el momento. Realmente no lo era. Pero algo en su interior, algo profundamente arraigado en su ser, le impulsó a hablar. Quizás era su naturaleza de pervertido incorregible. Quizás era su incapacidad para leer el ambiente. O quizás, solo quizás, era su manera extraña y retorcida de mostrar respeto.

El caso es que, mientras Jeanne Alter comenzaba a desvanecerse, sus motas de luz dorada elevándose hacia el techo de la catedral, Issei juntó las manos frente a su pecho, inclinó ligeramente la cabeza, y murmuró en un tono que pretendía ser solemne:

«Que descanses en paz, Jeanne Alter de los oppai maravillosos.»

El silencio que siguió fue absoluto.

Jeanne d’Arc se quedó inmóvil, sus manos aún sosteniendo el vacío donde su contraparte había estado. Sus ojos azules, aquellos ojos que momentos antes habían estado llenos de lágrimas de compasión, se abrieron de par en par. Su rostro, normalmente tan sereno, pasó por una rápida sucesión de emociones: confusión, incredulidad, comprensión, y finalmente, una furia femenina tan intensa que el aire a su alrededor pareció calentarse varios grados.

Tamamo-no-Mae se llevó una mano a la boca, sus orejas de zorro aplastadas contra su cabeza en un gesto que podría haber sido de exasperación o de divertida resignación. Nero Claudius, por su parte, soltó una carcajada que resonó en la catedral vacía, sus ojos verdes brillando con una mezcla de incredulidad y admiración por la absoluta falta de sentido de la oportunidad de su Praefectus.

Mash, la pobre Mash, se sonrojó hasta la raíz de su cabello violeta, su boca abriéndose y cerrándose como la de un pez fuera del agua mientras intentaba procesar lo que acababa de escuchar. «S-Sempai…», balbuceó, pero no pudo terminar la frase.

Dentro del Boosted Gear, Olga Marie Animusphere se cubrió el rostro con las manos, un gemido de pura exasperación escapando de sus labios. «Idiota», murmuró. «Idiota, idiota, idiota. El mayor idiota de la historia de la humanidad. Y es nuestro único Maestro. Estamos condenados.»

Ddraig, el gran Dragón Emperador Rojo, el terror de los cielos, el ser que había enfrentado a dioses y demonios por igual, guardó un silencio sepulcral. No porque no tuviera nada que decir. Sino porque, por primera vez en milenios, estaba experimentando una emoción que no había sentido desde sus días más jóvenes: vergüenza ajena. Una vergüenza tan profunda, tan absoluta, que deseó poder enterrarse en el suelo. Si es que dentro del Boosted Gear había suelo.

Pero la reacción más intensa fue, sin duda, la de Jeanne d’Arc.

La santa se puso de pie lentamente, sus movimientos rígidos, controlados, como los de un autómata a punto de explotar. Su rostro, normalmente tan pálido, estaba ahora teñido de un rojo intenso que se extendía desde sus mejillas hasta la punta de sus orejas. Sus ojos azules, fijos en Issei, brillaban con una luz que no era divina ni sagrada. Era la luz de una mujer que acababa de ser profundamente ofendida y que planeaba una venganza terrible.

«Issei Hyoudou», dijo, y su voz era tan fría que incluso los wyverns muertos parecieron estremecerse. «¿Acabas de… rezar por los pechos de mi contraparte corrupta? ¿En mi presencia? ¿Después de todo lo que ha pasado?»

Issei, que había estado contemplando sus propias manos con una expresión de profunda satisfacción (eran las mismas manos que, en su mente, habían sido testigos silenciosos de la grandeza de los oppai de Jeanne Alter), tardó un momento en registrar el peligro. Cuando lo hizo, ya era demasiado tarde.

«Eh… ¿técnicamente era una oración por su descanso eterno?», intentó, retrocediendo un paso. «Quiero decir, sus pechos eran increíbles, pero eso no quita que…»

«¿INCREÍBLES?», rugió Jeanne d’Arc, y su estandarte, aquel estandarte que momentos antes había sido un instrumento de redención y compasión, se alzó en el aire como un arma de justa retribución. «¿Te atreves a decir que sus pechos… que MIS pechos… son INCREÍBLES? ¡En mi cara! ¡Después de todo lo que hemos pasado!»

Issei palideció. Sus instintos de supervivencia, aquellos instintos que había desarrollado a lo largo de incontables situaciones peligrosas, le gritaron que corriera. Que corriera como nunca había corrido en su vida. Y por una vez, les hizo caso.

Salió disparado hacia la puerta de la catedral, sus pies apenas tocando el suelo. Detrás de él, Jeanne d’Arc se lanzó en su persecución, su estandarte brillando con una luz que prometía una purificación dolorosa y probablemente humillante.

Sin embargo, mientras lo hacia, Jeanne D’arc tropezo e Issei siendo Issei la trato de ayudar aun cuando sus instintos le decian que corriera, se levanto para detener su caida, Jeanne habia cerrado sus ojos esperando la caida y el golpe con el suelo, solo para ser detenida de manera… peculiar, las manos de Issei, de alguna manera habian acabado en los grandes pechos de Jeanne, causando que el sangrara por la nariz, pero lo que termino por cementar su destino, fue cuando de manera inconciente los apreto y la unica palabra que surgio en la mente de Issei fue “Suave…” y mas sangre salio de su nariz, pero Jeanne, ahora estaba tan furiosa e indignada que lo siguiente que dijo bien podria haber roto los timpanos de Issei.

«¡DEVUÉLVEME MI PUREZA!», gritó la santa, y en su voz había una mezcla de furia y algo que podría haber sido un sollozo. «¡ME HAS MANCHADO CON TUS PENSAMIENTOS Y TUS MANOS IMPURAS! ¡DEVUÉLVEME MI PUREZA O JAMÁS PODRÉ CASARME!»

Issei corrió como si su vida dependiera de ello. Porque, muy probablemente, así era.

«¡Fue un cumplido!», gritó por encima del hombro, esquivando por centímetros un golpe del estandarte que partió una columna de piedra como si fuera mantequilla. «¡Un cumplido sincero! ¡Tus pechos son increíbles, Jeanne! ¡Dignos de una santa! ¡Dignos de adoración!»

«¡NO QUIERO TUS CUMPLIDOS!», rugió Jeanne d’Arc, y su siguiente ataque fue tan rápido que Issei tuvo que lanzarse al suelo para esquivarlo. «¡QUIERO MI PUREZA! ¡LA PUREZA QUE ME HAS ROBADO CON TUS OJOS PECAMINOSOS, TUS PENSAMIENTOS IMPUROS Y TU TACTO HEREJE!»

Tamamo, Nero y Mash observaban la persecución desde la entrada de la catedral. La kitsune se había sentado en los escalones de piedra, sus orejas de zorro erguidas con interés mientras seguía la carrera de Issei con la mirada. Nero reía a carcajadas, señalando a su Praefectus mientras esquivaba otro ataque de la furiosa santa. Y Mash… Mash no sabía si reír o llorar.

«¿Deberíamos… ayudarlo?», preguntó la Shielder, su voz llena de incertidumbre.

«¿Ayudarlo?», respondió Tamamo, y su tono era de divertida resignación. «Querida Mash, mi goshujin-sama se ha metido él solito en este lío. Que él solito salga. Además…» Sus ojos dorados brillaron con una luz traviesa. «…es bastante entretenido verlo correr por una vez. Normalmente soy yo la que tiene que perseguirlo cuando mira a otras mujeres.»

Nero asintió vigorosamente. «¡Ciertamente! ¡Un emperador debe aprender a aceptar las consecuencias de sus acciones! ¡Y si esas consecuencias incluyen ser perseguido por una santa furiosa, que así sea! ¡Es un entrenamiento excelente para sus reflejos!»

Mash suspiró, pero una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. A pesar de todo, a pesar del peligro, a pesar de la absoluta inapropiación de la situación, no podía evitar sentirse aliviada. Habían sobrevivido. Habían ganado. Y su Sempai, su maravilloso, exasperante, incorregible Sempai, seguía siendo el mismo de siempre.

Y eso, pensó mientras observaba a Issei esquivar otro ataque de Jeanne d’Arc por los pelos, era todo lo que importaba.

Dentro del Boosted Gear, Ddraig estaba experimentando una crisis existencial.

No era la primera vez que uno de sus portadores hacía algo vergonzoso. A lo largo de los siglos, había tenido usuarios de todo tipo: héroes nobles, villanos despiadados, guerreros estoicos, y sí, también algún que otro pervertido. Pero ninguno, ni uno solo, había logrado lo que Issei Hyoudou acababa de lograr.

Había desbloqueado el Balance Breaker. El estado definitivo del Boosted Gear, la forma en que el poder del Dragón Emperador Rojo alcanzaba su máxima expresión. La técnica que había permitido a sus anteriores portadores enfrentarse a dioses, demonios y dragones ancestrales. La culminación de siglos de historia y leyenda.

Y lo había desbloqueado… agarrando unos pechos.

No en medio de una batalla épica contra un enemigo formidable. No en un momento de desesperación donde su vida pendía de un hilo. No como resultado de un entrenamiento arduo y una disciplina férrea.

No. Lo había desbloqueado porque, en su infinita sabiduría de pervertido, había decidido que el mejor momento para rezar por los pechos de una santa corrupta era durante su funeral improvisado. Y luego, huyendo de la santa original, había tropezado (¿tropezado? Ddraig estaba casi seguro de que no había sido un accidente) y sus manos habían aterrizado exactamente donde siempre habían querido aterrizar.

En los pechos de Jeanne d’Arc.

Y en ese preciso instante, como si el universo mismo estuviera gastándole una broma cósmica, el Balance Breaker se había activado.

Ddraig quería llorar. Quería gritar. Quería salir del Boosted Gear y exigirle explicaciones al destino, al universo, a cualquier deidad que estuviera escuchando. ¿Por qué? ¿Por qué su portador más poderoso en siglos, el que finalmente había logrado desbloquear el verdadero potencial del Boosted Gear, tenía que ser… esto?

«Ddraig», la voz de Olga Marie resonó en el espacio compartido del Boosted Gear, cargada de una confusión genuina. «¿Qué acaba de pasar? Sentí… algo. Una oleada de poder. Como si el Gear hubiera… evolucionado.»

Ddraig tardó un momento en responder. Necesitaba reunir fuerzas. Necesitaba encontrar las palabras adecuadas para explicar la magnitud de la tragedia que acababa de presenciar.

«El Balance Breaker», dijo finalmente, y su voz era la de un hombre que acababa de ver cómo el legado de su vida era arrastrado por el barro. «Issei ha desbloqueado el Balance Breaker.»

Olga guardó silencio por un momento, procesando la información. Luego, con una incredulidad creciente, preguntó: «¿El Balance Breaker? ¿La forma definitiva del Boosted Gear? ¿El poder que según las leyendas puede enfrentarse a dioses? ¿ESE Balance Breaker?»

«El mismo.»

«¿Y lo ha desbloqueado… agarrando unos pechos?»

Ddraig asintió, aunque Olga no podía verlo. «Agarrando unos pechos.»

Otro silencio. Luego, Olga hizo la única pregunta que tenía sentido en esa situación: «¿Es esto… normal? ¿Entre los portadores del Boosted Gear, quiero decir?»

Ddraig soltó una risa amarga. «Normal. Normal, dice. Olga Marie Animusphere, déjame decirte algo. He tenido docenas de portadores a lo largo de los siglos. Algunos fueron grandes héroes. Otros fueron terribles villanos. Todos ellos, sin excepción, desbloquearon el Balance Breaker en momentos de crisis existencial, de batalla desesperada, de determinación inquebrantable. Momentos que pasarían a la historia, que serían recordados en canciones y leyendas.»

Hizo una pausa, y cuando continuó, su voz estaba teñida de una desesperación tan profunda que Olga casi sintió lástima por él.

«Issei Hyoudou, mi portador actual, el hombre que tiene el potencial de convertirse en el usuario más poderoso del Boosted Gear en toda la historia… ha desbloqueado el Balance Breaker agarrando unos pechos. Unos pechos grandes, sí, unos pechos de santa, de acuerdo, pero… ¡PECHOS! ¡SOLO PECHOS! ¡Ni siquiera estaba en peligro real! ¡Estaba huyendo de una mujer enfadada porque no podía controlar su boca! ¡Y LO HA DESBLOQUEADO ASÍ, COMO SI NADA!»

Olga no supo qué responder. Por un lado, entendía la frustración de Ddraig. Como maga, como académica, como alguien que valoraba el conocimiento y la tradición, podía apreciar lo absurdo de la situación. El poder definitivo de un Sacred Gear legendario, desbloqueado por… por un acto de perversión accidental.

Pero por otro lado… una pequeña parte de ella, la parte que había estado observando a Issei desde el primer día, la parte que había aprendido a apreciar su honestidad, su valentía, su determinación de proteger a los que amaba… esa parte no pudo evitar sentir algo que podría haber sido orgullo.

Porque al final del día, Issei Hyoudou era así. Encontraba el poder no en la desesperación o en la furia, sino en las cosas que amaba. Y si lo que amaba eran los pechos… bueno, al menos era consistente.

«Supongo», dijo Olga finalmente, eligiendo sus palabras con cuidado, «que eso significa que es… especial.»

Ddraig emitió un sonido que podría haber sido un sollozo. «Especial. Sí. Especial. Eso es una forma de decirlo. Yo iba a decir ‘una vergüenza para el legado de todos los dragones’, pero ‘especial’ también funciona.»

Olga no pudo evitar una pequeña sonrisa. A pesar de todo, a pesar del peligro constante, a pesar de la incertidumbre del futuro, a pesar de estar atrapada en un Sacred Gear dependiendo de un pervertido para sobrevivir… no podía negar que la vida con Issei Hyoudou era cualquier cosa menos aburrida.

Mientras tanto, en el exterior del Boosted Gear, Issei seguía corriendo. Jeanne d’Arc seguía persiguiéndolo. Tamamo, Nero y Mash seguían observando. Y en algún lugar, en el Trono de los Héroes, Marie Antoinette probablemente estaba riéndose.

La Singularidad de Orleans comenzó a colapsar a su alrededor. Las grietas en el cielo anillado se ensancharon, dejando pasar una luz dorada que lo envolvía todo. Los edificios, las calles, los cadáveres de los wyverns, todo comenzó a desvanecerse lentamente, como un sueño al amanecer.

Issei sintió el tirón familiar del rayshift, la sensación de ser arrastrado a través del tiempo y el espacio de vuelta a Chaldea. A su alrededor, sus Servants también comenzaron a desvanecerse. Tamamo le lanzó un beso antes de desaparecer. Nero le dedicó un saludo teatral. Mash le sonrió, sus ojos violetas llenos de promesas silenciosas.

Y Jeanne d’Arc… Jeanne d’Arc se detuvo en seco, su estandarte bajando lentamente. La furia en su rostro se desvaneció, reemplazada por una expresión compleja que Issei no pudo descifrar del todo.

«Nos veremos en Chaldea», dijo la santa, y su voz era extrañamente suave. «Y cuando lo hagamos, continuaremos esta conversación. Te lo prometo.»

Issei tragó saliva. «Eh… ¿puedo elegir no continuarla?»

Jeanne sonrió, y era una sonrisa que no presagiaba nada bueno. «No.»

Y entonces, el mundo se desvaneció en una explosión de luz dorada.

Cuando Issei abrió los ojos, estaba de vuelta en Chaldea.

El techo familiar de la sala de rayshift lo recibió, junto con el pitido constante de los monitores médicos y el olor a desinfectante que impregnaba todo el complejo. A su alrededor, las cápsulas de rayshift se abrían lentamente, liberando a Mash, Tamamo y Nero. Los tres parecían agotados pero ilesos, sus heridas sanando gradualmente gracias al flujo de maná de Chaldea.

Romani Archaman apareció en la puerta de la sala, su rostro una mezcla de alivio y preocupación. «¡Lo lograron!», exclamó, corriendo hacia ellos. «¡La Singularidad de Orleans ha sido completamente resuelta! ¡El Grial está asegurado! ¡Lo hicieron!»

Issei se incorporó lentamente, sintiendo cada músculo de su cuerpo protestar por el esfuerzo. Pero a pesar del agotamiento, una sonrisa se dibujó en sus labios. Lo habían logrado. Habían sobrevivido a Orleans. Habían derrotado a Jeanne Alter. Habían recuperado el Grial.

Y él, sin siquiera proponérselo, había desbloqueado un nuevo poder.

El Balance Breaker.

Miró su mano derecha, la misma mano que había agarrado los pechos de Jeanne d’Arc, y sintió el eco del poder que Ddraig le había mostrado fugazmente. Aún no podía controlarlo. Aún no entendía completamente lo que significaba. Pero estaba allí. Latente. Esperando el momento adecuado para despertar.

«Ddraig», llamó mentalmente. «¿Qué es exactamente el Balance Breaker?»

Hubo un largo silencio. Luego, la voz del dragón resonó en su mente, cargada de una mezcla de resignación y algo que podría haber sido orgullo a regañadientes.

«Es el poder definitivo del Boosted Gear, compañero. La forma en que el Dragón Emperador Rojo alcanza su verdadero potencial. Con él, podrás enfrentarte a enemigos que ahora te parecen imposibles. Servants de alto nivel. Dioses. Demonios. Dragones ancestrales.»

Issei parpadeó. «¿En serio? ¿Todo eso?»

«Todo eso y más. El Balance Breaker no es solo un aumento de poder. Es una transformación completa. Una nueva forma de existir. Cuando lo domines, serás más que humano. Serás… un dragón.»

Issei guardó silencio, procesando la información. Luego, una sonrisa pervertida se dibujó en sus labios. «Entonces… ¿si me convierto en dragón, podré tener un harén de dragones? ¿Dragones hembra con pechos grandes?»

Ddraig suspiró. Era un suspiro profundo, ancestral, el suspiro de un ser que había vivido demasiado y visto demasiado. «Compañero, a veces deseo que el Boosted Gear hubiera elegido a otro. A cualquiera. Incluso a ese idiota de Albion. Al menos él tenía clase.»

«¿Albion? ¿Quién es Albion?»

«Olvídalo. Concéntrate en dominar el Balance Breaker. Y por el amor de todo lo que es sagrado, intenta desbloquear el siguiente nivel de una manera un poco más… digna.»

Issei se rió. «No puedo prometer nada.»

Ddraig no respondió. Simplemente se retiró a un rincón de la mente de Issei, donde podía fingir que no estaba asociado con el pervertido más poderoso de la historia.

Mientras tanto, en la sala de rayshift, Tamamo y Nero ya estaban discutiendo sobre quién dormiría en la habitación de Issei esa noche. Mash intentaba mediar, pero sus esfuerzos eran en vano. Romani suspiraba, revisando los datos médicos en su tableta. Y en algún lugar de Chaldea, Da Vinci probablemente estaba preparando un nuevo invento ridículo.

La vida en Chaldea continuaba. La siguiente Singularidad esperaba. Nuevos enemigos, nuevos aliados, nuevos desafíos.

Pero por ahora, Issei Hyoudou, el Rey del Harem de Chaldea, el Maestro pervertido que había salvado la historia de la humanidad agarrando unos pechos, se permitió un momento de descanso.

Se lo había ganado.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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