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Fate/Issei Order - Capítulo 25

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Capítulo 25: Capitulo 24: Combate

El interior de la catedral de Orleans era un monumento a la contradicción. Las vidrieras, que en otro tiempo habían representado escenas de santidad y redención, ahora proyectaban sombras distorsionadas sobre el suelo de piedra, sus colores originales corrompidos por una pátina violácea que parecía palpitar con vida propia. Las velas que aún ardían en los candelabros de hierro forjado no emitían una luz cálida y acogedora, sino un resplandor enfermizo que hacía que las estatuas de los santos parecieran observarlos con ojos acusadores. El aire mismo estaba cargado de una electricidad estática que erizaba los vellos de la nuca, una presión mágica tan densa que se podía saborear en la lengua como cobre derretido.

Y en el centro de todo aquello, sobre lo que había sido el altar mayor de la catedral, se alzaba Jeanne d’Arc Alter. La Bruja Dragón. La sombra vengativa de la santa más venerada de Francia.

Issei Hyoudou la observaba con una intensidad que habría sorprendido a cualquiera que solo conociera su fachada de pervertido incorregible. Sus ojos, normalmente distraídos por cualquier curva femenina que cruzara su campo de visión, estaban ahora fijos en la figura que se recortaba contra el resplandor del Santo Grial. No podía permitirse distracciones. No aquí. No ahora. No cuando el destino de esta Singularidad, y por extensión el de la humanidad misma, pendía de un hilo tan fino como la hoja de una guillotina.

A su izquierda, Mash Kyrielight mantenía su escudo en alto, la superficie de Lord Camelot brillando con una luz azulada que parecía desafiar la oscuridad reinante. Su respiración era controlada, medida, el ritmo de alguien que había aprendido a dominar el miedo en lugar de dejar que el miedo la dominara a ella. Sus ojos violetas, normalmente tan amables cuando miraban a su Sempai, eran ahora dos pozos de determinación inquebrantable. Había recorrido un largo camino desde aquella chica asustada que apenas podía sostener su escudo sin que le temblaran las manos. Ahora era una guerrera. Una protectora. La primera línea de defensa de quien se había convertido en mucho más que un simple maestro para ella.

A su derecha, Nero Claudius sostenía su espada con la elegancia innata de quien había nacido para empuñar un arma. Su vestido, aún chamuscado por el fuego de Kiyohime y reducido a poco más que un bikini glorificado, no parecía incomodarla en lo más mínimo. Al contrario, la emperatriz romana se movía con una confianza que solo podía venir de alguien que se sabía hermosa y poderosa en igual medida. Sus ojos verdes, normalmente chispeantes de alegría teatral, estaban ahora serios, concentrados, evaluando cada movimiento de su enemiga con la precisión de quien había librado más batallas de las que podía recordar.

Detrás de ellos, Tamamo-no-Mae mantenía una posición ligeramente retrasada, sus manos brillando con el fuego kitsune que era su marca registrada. Sus orejas de zorro se movían nerviosamente, captando cada sonido, cada susurro, cada crujido de la antigua estructura que los rodeaba. Sus ojos dorados, normalmente tan juguetones cuando miraban a su goshujin-sama, estaban ahora teñidos de una preocupación que no podía ocultar del todo. Había visto muchas batallas en sus múltiples vidas, había enfrentado enemigos que habrían hecho temblar a guerreros menores, pero algo en esta situación la inquietaba de una manera que no podía explicar del todo.

Y en el centro de la formación, flanqueada por sus compañeros pero de pie por derecho propio, se encontraba Jeanne d’Arc. La verdadera. La santa. La mujer que había sido quemada viva por el mismo pueblo al que había salvado, y que aun así había regresado para protegerlo. Su estandarte, blanco e inmaculado, brillaba con una luz que parecía venir de otro mundo, una luz que hablaba de fe inquebrantable y de un amor tan puro que trascendía el odio y la venganza. Sus ojos azules, tan similares y sin embargo tan diferentes a los de su contraparte corrupta, miraban a Jeanne Alter con una mezcla de compasión y determinación que habría desarmado a cualquiera que no estuviera consumido por la furia.

Frente a ellos, sola en apariencia pero irradiando un poder que llenaba cada rincón de la catedral, Jeanne d’Arc Alter sonreía. Y era una sonrisa que a Issei le heló la sangre en las venas.

No era la sonrisa de alguien acorralado. No era la sonrisa de alguien que se sabía en desventaja. Era la sonrisa de alguien que conocía algo que sus oponentes ignoraban, alguien que había visto el tablero de ajedrez completo mientras los demás solo veían las piezas frente a ellos. Era una sonrisa de confianza absoluta, de certeza inquebrantable, de alguien que no contemplaba siquiera la posibilidad de la derrota.

Y eso, pensó Issei mientras sentía un escalofrío recorrer su espina dorsal, era profundamente inquietante.

«Algo no va bien», murmuró Ddraig dentro de su mente, y su voz, normalmente tan segura y burlona, estaba teñida de una cautela que Issei rara vez había escuchado en el dragón. «Mírala bien, compañero. Está rodeada por tres Servants de alto nivel, más un Maestro con el Boosted Gear. Sabe que sus fuerzas exteriores están siendo diezmadas. Sabe que Fafnir está siendo enfrentado por dos de los más grandes mata-dragones de la historia. Cualquier estratega en su posición estaría, como mínimo, preocupada. Pero mírala. No hay rastro de preocupación en ella. Solo… anticipación.»

«Lo sé», respondió Issei mentalmente, sin apartar los ojos de la Bruja Dragón. «Lo sé, y no me gusta nada.»

«Bien. No debería gustarte. En mi experiencia, cuando un enemigo sonríe así, es porque tiene un as bajo la manga que no has visto venir. Mantén los sentidos alerta. Algo va a pasar.»

Issei no necesitaba que se lo dijeran. Cada instinto que poseía, tanto los humanos como los que estaban despertando gradualmente con su transformación en dragón, le gritaban que se preparara para lo peor. El aire mismo parecía cargado de una tensión que presagiaba tormenta, como esos momentos de silencio absoluto que preceden al estallido del trueno.

Jeanne Alter dio un paso adelante, y el sonido de sus botas contra la piedra resonó en la nave vacía como un latido funerario. Su armadura negra, cubierta de púas y decorada con motivos que parecían burlarse de la iconografía sagrada de su contraparte, brillaba con un fulgor siniestro. Su cabello, blanco como la nieve recién caída, contrastaba violentamente con el negro de su atuendo, creando una imagen que era a la vez hermosa y aterradora. Sus ojos, dorados como el metal fundido, recorrían al grupo con una mezcla de desprecio y diversión, como si todo aquello no fuera más que un entretenimiento pasajero para ella.

«Qué conmovedor», dijo, y su voz resonó en el silencio de la catedral como una campana agrietada. «El pervertido y su colección de muñecas rotas, viniendo a desafiarme en mi propio santuario. Debo admitir que tenéis valor. O quizás solo estupidez. A veces es difícil distinguir una de la otra.»

Mash apretó el escudo, sus nudillos blancos por la tensión. «No somos muñecas rotas», respondió, y su voz, aunque firme, traicionaba una chispa de indignación. «Somos los Servants de Chaldea, y hemos venido a detenerte.»

«¿Detenerme?» Jeanne Alter rió, una risa cortante como vidrios rotos. «Querida niña, no tenéis el poder para detenerme. Habéis tenido suerte hasta ahora, lo admito. Habéis derrotado a algunos de mis sirvientes, habéis sobrevivido a mis trampas, incluso habéis conseguido llegar hasta aquí. Pero eso termina ahora. Porque ahora estáis en mi territorio. En mi mundo. Y en mi mundo…» Su mano izquierda se alzó, sosteniendo un estandarte que era una parodia corrupta del que empuñaba Jeanne. «…yo pongo las reglas.»

Fue entonces cuando sucedió.

La mano derecha de Jeanne Alter se movió, y de la nada, como si siempre hubiera estado allí esperando el momento adecuado para manifestarse, apareció el Santo Grial. No era una réplica, no era una imitación. Era el objeto real, el artefacto de poder infinito que mantenía esta Singularidad con vida, que corrompía la tierra misma de Francia y que había permitido a la Bruja Dragón reunir un ejército de sombras y pesadillas. Brillaba con una luz dorada que debería haber sido hermosa, pero que estaba teñida de vetas negras y violáceas que hablaban de la corrupción que lo había infectado.

El corazón de Issei dio un vuelco. «¡El Grial!»

Jeanne Alter sonrió, y esta vez su sonrisa era triunfal. «¿Creíais que iba a luchar sola? ¿Creíais que iba a dejar que me rodearais sin más? Qué inocentes sois.» El Grial brilló con más intensidad, y el aire a su alrededor comenzó a distorsionarse como si el calor de un horno lo estuviera deformando. «El Grial me da poder para hacer realidad mis deseos. Y mi deseo, en este momento, es muy simple.»

La luz se intensificó hasta volverse cegadora, obligando a Issei y a sus compañeros a protegerse los ojos. Un rugido múltiple, una cacofonía de chillidos y gruñidos que helaba la sangre, llenó la catedral. Y cuando la luz se desvaneció, el espacio que antes había estado vacío alrededor de Jeanne Alter ya no lo estaba.

Wyverns. Docenas de ellos. Sus cuerpos escamosos, que variaban en tonos desde el verde oscuro hasta el negro más absoluto, se apiñaban en la nave de la catedral como una marea de muerte alada. Sus ojos, rojos como brasas, brillaban con una inteligencia malévola que no era natural, corrompida por la misma energía que alimentaba a su ama. Sus fauces se abrían y cerraban, dejando escapar gruñidos de anticipación, y sus garras arañaban el suelo de piedra como si estuvieran ansiosas por desgarrar carne.

Issei sintió que su estómago se hundía. «Invocó más…»

«Por supuesto que lo hizo», gruñó Ddraig mentalmente. «Tiene el Santo Grial. Puede invocar tantos wyverns como quiera mientras le quede energía. Y a juzgar por la facilidad con la que lo ha hecho, no parece que vaya a quedarse sin ella pronto.»

Tamamo fue la primera en reaccionar, sus manos ya en posición de lanzamiento mientras el fuego kitsune ardía en sus palmas. «¡Goshujin-sama, esto cambia las cosas!»

Nero asintió, su espada describiendo un arco en el aire mientras adoptaba una postura defensiva. «¡Ciertamente! ¡La villana ha decidido jugar sucio! ¡Pero no importa! ¡Un emperador no se deja amedrentar por trucos baratos!»

Mash se movió para cubrir a Issei, su escudo desplegado en toda su extensión. «Sempai, manténgase detrás de mí. No dejaré que nada le toque.»

Pero fue Jeanne quien habló a continuación, y sus palabras tenían un peso que hizo que incluso los wyverns parecieran vacilar por un momento. «No os preocupéis por los wyverns», dijo, y su voz era tranquila, serena, la voz de alguien que había enfrentado cosas peores y había sobrevivido. «Son solo distracciones. Nuestro verdadero objetivo sigue siendo ella.» Su estandarte se alzó, brillando con una luz que parecía purificar el aire a su alrededor. «Tamamo, Nero, ocupaos de mantenerlos a raya. Mash, protege al Maestro. Y tú…» Sus ojos se encontraron con los de su contraparte corrupta. «Tú eres mía.»

Jeanne Alter rió, y el sonido era como el crepitar de llamas hambrientas. «¿Tuya? Querida santa, siempre has sido mía. Desde el momento en que te quemaron, desde el momento en que tu fe no te salvó, desde el momento en que Dios te abandonó… has sido mía. Solo que aún no lo sabías.»

«Estás equivocada», respondió Jeanne, y en su voz no había ira, solo una tristeza profunda y antigua. «Dios nunca me abandonó. Y yo nunca abandoné mi fe. El fuego que me consumió no fue el fin. Fue solo… una transición.»

«Bonitas palabras para alguien que murió gritando.»

«Todos gritamos al morir. Eso no significa que perdiéramos la fe. Significa que éramos humanos.»

El intercambio de palabras se cortó abruptamente cuando los wyverns se lanzaron al ataque. La batalla por la catedral de Orleans había comenzado en serio.

Mientras tanto, a varios cientos de metros de distancia, en lo que una vez habían sido los campos de cultivo que rodeaban la ciudad y ahora no era más que un páramo calcinado y cubierto de ceniza, Sigfrido y Georgios libraban su propia batalla. Y era una batalla que, a ojos de cualquier observador, no estaban ganando.

Fafnir rugió, y el sonido fue tan profundo y resonante que hizo vibrar los huesos de ambos héroes. El dragón, herido por el ataque anterior de Balmung, ya no surcaba los cielos con la majestuosidad aterradora que había mostrado al principio. Una de sus alas membranosas colgaba inútil a un costado, desgarrada por la energía de la espada legendaria, y su cuerpo estaba cubierto de heridas que supuraban un icor oscuro y humeante. Pero lejos de debilitarlo, las heridas parecían haberlo vuelto más peligroso. Más agresivo. Más… desesperado.

Y un dragón desesperado, pensó Sigfrido mientras rodaba para esquivar una columna de fuego que derritió la tierra donde había estado un segundo antes, era lo más peligroso que existía.

«¡No podemos seguir así!», gritó Georgios, mientras Ascalon trazaba un arco plateado que desviaba una garra del tamaño de un carruaje. El santo retrocedió, sus pies resbalando en el suelo calcinado, y apenas logró mantener el equilibrio cuando la cola de Fafnir barrió el espacio que acababa de ocupar. «¡Cada vez que nos acercamos, nos ataca con todo lo que tiene! ¡No podemos encontrar una apertura!»

Sigfrido lo sabía. Maldita sea, lo sabía. Había matado a Fafnir una vez, hacía siglos, en circunstancias muy diferentes. Entonces, el dragón había sido arrogante, confiado en su superioridad, y eso le había costado la vida. Pero este Fafnir, el que había sido invocado por la Bruja Dragón y corrompido por el poder del Grial, había aprendido de su derrota. No se exponía. No ofrecía aperturas. Atacaba desde la distancia con su aliento de fuego, y cuando se veía obligado a luchar cuerpo a cuerpo, lo hacía con una furia salvaje que no dejaba espacio para la estrategia.

Era, pensó Sigfrido con una ironía amarga, como luchar contra una fuerza de la naturaleza. Y las fuerzas de la naturaleza no se derrotaban con habilidad. Se derrotaban con poder abrumador.

«Necesito recargar Balmung», dijo, mientras esquivaba otra ráfaga de fuego que chamuscó el borde de su capa. «El ataque anterior drenó la mayor parte de su energía. Sin el Maestro cerca, mi recuperación de maná es más lenta de lo normal.»

Georgios asintió, su rostro surcado por el sudor y la ceniza. «¿Cuánto tiempo necesitas?»

«No lo sé. Demasiado, probablemente. A este ritmo, nos matará antes de que pueda volver a usar mi Noble Phantasm.»

El santo apretó los dientes, su mente trabajando a toda velocidad. Ascalon, su espada bendita, era un arma poderosa contra dragones. Podía herir a Fafnir, sin duda. Pero matarlo… matarlo era otra cuestión. El Noble Phantasm de Georgios, Ascalon: La Bendita Espada de la Fuerza Invencible, era capaz de infligir un daño terrible a cualquier criatura draconiana. Pero algo en su interior, quizás la intuición que venía de siglos de experiencia como mata-dragones, le decía que no sería suficiente. Fafnir era demasiado poderoso, estaba demasiado corrompido por el Grial, para caer ante un solo ataque que no fuera de la magnitud de Balmung.

«Entonces tendremos que ganar tiempo», dijo finalmente, y su voz era la de un hombre que había aceptado una verdad desagradable pero inevitable. «No podemos matarlo ahora. Pero podemos mantenerlo ocupado. Podemos sobrevivir hasta que estés listo, o hasta que el Maestro termine su batalla y pueda venir a ayudarnos.»

Sigfrido lo miró, y en sus ojos azules había algo que podría haber sido respeto. «Eso significa jugar al gato y al ratón con el dragón más peligroso de la historia. Y nosotros seríamos los ratones.»

«Sí.»

«¿Y crees que podemos hacerlo?»

Georgios esbozó una sonrisa cansada. «Francamente, no. Pero no tenemos otra opción.»

Fafnir rugió de nuevo, y esta vez el sonido estaba teñido de una furia que iba más allá de lo animal. Había inteligencia en esos ojos violetas, una inteligencia retorcida y corrompida, pero inteligencia al fin y al cabo. El dragón sabía que sus oponentes estaban heridos y agotados. Sabía que no podían matarlo, no en ese momento. Y sabía que todo lo que tenía que hacer era esperar a que cometieran un error.

El dragón se abalanzó, no volando sino arrastrándose sobre sus patas traseras y sus garras delanteras, moviéndose con una velocidad que desmentía su tamaño colosal. Su boca se abrió, y un torrente de fuego negro y violeta, corrompido por el poder del Grial, se precipitó hacia los dos héroes.

Sigfrido y Georgios se separaron, cada uno corriendo en una dirección diferente. El fuego impactó en el punto donde habían estado, creando un cráter humeante que brillaba con una luz enfermiza. No se detuvieron a mirar. Corrieron, esquivando, rodando, usando cada truco que habían aprendido en siglos de batalla para mantenerse con vida.

Fafnir los persiguió. Su cola barrió el suelo, derribando lo que quedaba de un árbol calcinado y obligando a Georgios a saltar para evitar ser golpeado. Sus garras arañaron la tierra, levantando nubes de polvo y ceniza que dificultaban la visión. Y su aliento de fuego, ese maldito aliento de fuego, seguía llegando en ráfagas erráticas pero mortales, cada una de ellas capaz de matarlos si los alcanzaba de lleno.

Era, pensó Sigfrido mientras corría con todo el aire que sus pulmones podían contener, exactamente como había dicho Georgios. Un juego de gato y ratón. Solo que el gato pesaba varias toneladas, escupía fuego, y estaba muy, muy enfadado.

Y ellos eran los ratones.

En otro rincón del campo de batalla, donde los árboles calcinados se alzaban como esqueletos retorcidos contra el cielo anillado, Kiyohime estaba ganando.

No era una victoria rápida ni espectacular. Era una victoria lenta, metódica, construida sobre la acumulación de pequeñas ventajas que, sumadas, se convertían en una ventaja insalvable. Atalanta, la gran cazadora de Arcadia, la mujer que había desafiado a los dioses del Olimpo con su arco y sus flechas, estaba siendo superada por una doncella dragón obsesiva con fuego azul y un juramento del meñique.

La ironía no se le escapaba a Kiyohime. Pero tampoco le importaba. Lo único que le importaba era ganar. Ganar y volver con su Anchin-sama. Su querido, adorado, perfecto Anchin-sama, que la había aceptado a pesar de saber lo que era, que le había prometido no mentirle nunca, que era suyo y solo suyo. Bueno, suyo y de esas otras mujeres molestas que se pegaban a él como lapas. Pero eso era un problema para después. Ahora, el problema era la gata montés que no dejaba de dispararle flechas.

Atalanta lanzó otra flecha, y Kiyohime la esquivó con un movimiento fluido de su cuerpo serpentino. La flecha pasó tan cerca que sintió el viento en su mejilla, pero no se inmutó. Había estado esquivando flechas durante lo que parecía una eternidad, y ya empezaba a reconocer los patrones de su oponente. Atalanta era rápida, increíblemente rápida, y su puntería era legendaria. Pero la mejora de locura que Jeanne Alter le había impuesto estaba pasando factura.

Los movimientos de la cazadora arcadia, antes tan precisos y calculados, ahora eran ligeramente erráticos. Sus disparos, que al principio habían estado peligrosamente cerca de acertar, ahora se desviaban por centímetros, a veces por metros. Y sus reflejos, aquellos reflejos felinos que la habían hecho famosa en las leyendas, se estaban volviendo lentos. Muy lentos.

Kiyohime lo notó en la forma en que Atalanta vacilaba antes de disparar, en cómo sus ojos rojos parpadeaban momentáneamente recuperando su color verde original antes de volver a teñirse de furia corrupta. La doncella dragón había visto eso antes. Lo había visto en ella misma, cuando Georgios la encontró y la ayudó a liberarse de la influencia de la Bruja. Era la lucha interna entre el sirviente original y la corrupción impuesta, una batalla que se libraba en lo más profundo del espíritu heroico y que, en la mayoría de los casos, solo podía terminar de dos maneras: con la liberación o con la muerte.

Kiyohime prefería la primera opción. Pero si Atalanta no le daba otra alternativa, aceptaría la segunda sin pestañear.

«¿No te cansas?», preguntó Kiyohime, mientras una columna de fuego azul se elevaba frente a Atalanta, obligándola a retroceder. «Tus movimientos son más lentos. Tus flechas ya no me rozan. Estás perdiendo.»

Atalanta gruñó, un sonido más animal que humano, y disparó tres flechas en rápida sucesión. Kiyohime las esquivó con facilidad, su cuerpo moviéndose como una llama danzante, y respondió con otra ráfaga de fuego que obligó a la cazadora a saltar hacia un lado.

Pero esta vez, Atalanta no aterrizó con la gracia habitual. Su pie resbaló en un montón de ceniza, y aunque se recuperó casi al instante, ese casi fue suficiente. Una lengua de fuego azul la alcanzó en el hombro, chamuscando su ropa y arrancándole un grito de dolor.

Kiyohime sonrió. No era una sonrisa cruel, exactamente. Era más bien la sonrisa de alguien que ve el final del camino y sabe que está más cerca de lo que su oponente cree.

«La mejora de locura te está fallando», dijo, y su voz era casi compasiva. «Puedo verlo en tus ojos. A veces son verdes. A veces son rojos. Estás luchando contra ti misma tanto como contra mí.»

Atalanta se llevó una mano al hombro herido, y cuando la retiró, estaba manchada de sangre. Sus ojos, por un momento, recuperaron su color verde esmeralda, y en ellos había algo que podría haber sido gratitud. O quizás solo cansancio.

«No… puedo… parar», jadeó, y su voz era la de alguien que llevaba demasiado tiempo luchando contra una corriente imposible. «Ella… no me deja…»

«Lo sé», respondió Kiyohime, y sus llamas azules se calmaron ligeramente, creando un círculo alrededor de ambas que las aislaba del resto del campo de batalla. «Yo también estuve bajo su control. Sé lo que se siente. Sé cómo te susurra en la mente, cómo tuerce tus pensamientos, cómo hace que odies cosas que antes amabas. Pero también sé que se puede romper. Se puede elegir no obedecer.»

Atalanta la miró, y en sus ojos verdes había una súplica silenciosa. «¿Cómo…?»

Kiyohime se acercó, sus pasos silenciosos sobre la ceniza. El fuego azul que la rodeaba se atenuó hasta convertirse en un tenue resplandor, apenas suficiente para iluminar su rostro. «Encontrando algo en lo que creer más que en el odio que ella te ofrece. En mi caso, fue Anchin-sama. Mi amado. Mi todo. Él me mostró que había algo más que venganza. Me mostró que podía ser… feliz.»

Atalanta parpadeó, y por un momento, su expresión se suavizó. «Yo… yo solía creer en algo. En los niños. En proteger a los inocentes. En…» Su voz se quebró, y sus ojos volvieron a teñirse de rojo, aunque esta vez el cambio fue más lento, más dubitativo. «Pero ella… ella me dice que todo eso fue en vano. Que los niños que salvé murieron de todas formas. Que mi lucha no sirvió para nada…»

«Miente», dijo Kiyohime con una certeza absoluta. «La Bruja miente. Es lo que hace. Toma tus peores miedos, tus dudas más profundas, y te las repite una y otra vez hasta que crees que son verdad. Pero no lo son. Lo que hiciste importó. Los niños que salvaste vivieron gracias a ti. Y si pudieras verlos ahora, si pudieras ver en lo que se convirtieron, sabrías que valió la pena.»

Atalanta vaciló. Su arco, que había mantenido tenso durante todo el combate, bajó ligeramente. Sus ojos cambiaron de nuevo, rojo a verde, verde a rojo, como una batalla librada en el iris mismo. Y entonces, con un esfuerzo visible, se estabilizaron en un verde brillante y claro.

«Ayúdame», susurró. «Por favor. No quiero… no quiero ser esto.»

Kiyohime asintió, y sus llamas azules se elevaron una vez más, pero esta vez no para atacar. Se enrollaron alrededor de Atalanta como un capullo, no quemándola, sino envolviéndola, aislándola de la influencia corruptora que emanaba del Grial. La cazadora se estremeció, un grito silencioso escapando de sus labios, y luego se desplomó, inconsciente pero viva.

Kiyohime la sostuvo antes de que cayera al suelo, y con un suspiro de alivio, la depositó suavemente sobre la ceniza. La batalla había terminado. Atalanta estaba fuera de combate, pero no muerta. Y cuando todo esto acabara, cuando la Bruja fuera derrotada y la Singularidad colapsara, quizás, solo quizás, podría regresar al Trono de los Héroes con un recuerdo diferente. Un recuerdo de que alguien, alguna vez, la había ayudado a recordar quién era realmente.

Kiyohime se incorporó y miró hacia la catedral, donde los sonidos de la batalla aún resonaban. Su parte en esta lucha había terminado. Ahora, todo dependía de los demás.

«Anchin-sama», murmuró para sí misma, y sus ojos brillaron con una luz posesiva. «Más te vale volver a salvo. O te seguiré hasta el infierno para traerte de vuelta.»

No muy lejos de allí, en una calle lateral que había sido reducida a escombros por el paso de los wyverns, Mozart enfrentaba a su demonio personal.

Charles-Henri Sanson se tambaleaba, su guillotina en miniatura colgando inerte de su mano. El ataque musical de Mozart lo había golpeado con más fuerza de la que esperaba, y ahora luchaba por mantenerse en pie mientras la melodía del compositor resonaba en el aire como un réquiem interminable.

Pero no era solo el ataque físico lo que lo afectaba. Mozart podía verlo en sus ojos, en la forma en que parpadeaban erráticamente, en cómo su expresión cambiaba de la furia asesina a la confusión, y de la confusión a algo que se parecía peligrosamente a la angustia. La mejora de locura de Jeanne Alter lo estaba destrozando por dentro, igual que había destrozado a Atalanta y a todos los demás sirvientes que había corrompido.

La diferencia, pensó Mozart con una frialdad que no sentía a menudo, era que Sanson merecía sufrir.

«¿Por qué… por qué no me matas?», jadeó Sanson, su voz un susurro rasposo. «Tienes el poder. Tu música… tu maldita música… podría acabar conmigo ahora mismo. ¿Por qué esperas?»

Mozart afinó una cuerda de su violín con un movimiento lento y deliberado, ignorando la pregunta por un momento. Cuando finalmente habló, su voz era tranquila, casi conversacional.

«¿Sabes lo que es amar a alguien que nunca te corresponderá?», preguntó. «Amar a alguien tan pura, tan brillante, tan… inalcanzable, que lo único que puedes hacer es admirarla desde lejos y esperar que, al menos, te recuerde cuando ya no estés?»

Sanson parpadeó, confundido por el cambio de tema. «¿Qué…?»

«Marie Antoinette», continuó Mozart, y su voz se quebró ligeramente al pronunciar el nombre. «La amé. No como un hombre ama a una mujer, exactamente. Era más… complejo. Ella era la reina, y yo era solo un músico. Un músico brillante, sí, pero un músico al fin y al cabo. Ella me escuchaba tocar, a veces. Sonreía. Decía que mi música la hacía feliz. Y eso… eso era suficiente para mí. Más que suficiente.»

Sanson guardó silencio. Sus ojos, por un momento, perdieron su tono rojizo y recuperaron un gris apagado y cansado.

«Yo también la amé», dijo finalmente, y su voz era apenas un susurro. «No como tú. No de la misma manera. Pero… ella era mi reina. La serví. Creí en ella. Y cuando llegó el momento… fui yo quien puso su cabeza en el cesto. Yo. Charles-Henri Sanson, el verdugo de París. El hombre que ejecutó a su propia reina.»

Mozart lo miró, y en sus ojos había algo que podría haber sido compasión, o quizás solo el reflejo de su propio dolor. «¿Y cómo te sentiste?»

Sanson rió, una risa hueca y amarga. «¿Sentir? Los verdugos no sentimos. Esa es la regla. Hacemos nuestro trabajo. Limpio. Rápido. Eficiente. La hoja cae, y el alma se libera. No hay lugar para sentimientos en el cadalso.»

«Mientes.»

La palabra golpeó a Sanson como un latigazo. Levantó la vista, sorprendido, y se encontró con la mirada firme de Mozart.

«Mientes», repitió el compositor. «Sentiste algo. Lo sé porque yo también lo sentí. Cuando supe que había muerto, cuando supe cómo había muerto, sentí… un vacío. Un agujero en el pecho que nada podía llenar. Toqué durante días sin parar, componiendo réquiems que nadie me había pedido, porque era la única manera de sacar el dolor. Y tú… tú que estuviste allí, tú que pusiste tu mano en la palanca, tú que viste caer la hoja… ¿de verdad esperas que crea que no sentiste nada?»

Sanson bajó la cabeza. Sus hombros temblaron ligeramente, y cuando habló de nuevo, su voz estaba rota.

«Sentí… que moría con ella», confesó. «Cada vez que la hoja caía, sentía que algo en mí se rompía. Ejecuté a cientos, a miles, y nunca… nunca sentí nada. Eran solo cuerpos. Solo trabajo. Pero ella… ella era diferente. Ella era…» Su voz se ahogó, y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. «Ella era mi reina. Y yo la maté. La maté dos veces. Y ahora… ahora esta locura en mi cabeza me dice que debería estar orgulloso. Que hice lo correcto. Que ella merecía morir. Pero no puedo… no puedo creerlo…»

Mozart observó el colapso de su enemigo con una mezcla de satisfacción amarga y una piedad que no esperaba sentir. Había venido aquí a vengar a Marie, a hacer pagar a Sanson por arrebatársela dos veces. Pero ahora, viendo al verdugo reducido a un guiñapo tembloroso, luchando contra la corrupción que le habían impuesto, solo sentía… cansancio.

«La mejora de locura te está matando», dijo finalmente, y su voz era suave. «Te está destrozando por dentro, igual que hizo con los demás. Incluso si te dejara vivir, no durarías mucho. La corrupción terminaría por consumirte, y te convertirías en un monstruo sin mente, sin recuerdos, sin nada de lo que fuiste.»

Sanson levantó la vista, y en sus ojos grises, ahora libres del tinte rojo, había una súplica silenciosa. «Entonces… mátame. Por favor. Déjame descansar. Déjame… volver a verla. Aunque sea por un momento. Aunque sea para pedirle perdón.»

Mozart lo miró durante un largo momento. Luego, lentamente, levantó su violín.

«No puedo perdonarte», dijo, y su voz era firme. «No tengo ese derecho. Solo Marie podría perdonarte, y ella… ella ya no está. Pero puedo hacer esto. Puedo darte el descanso que pides. Puedo liberarte de la locura que te han impuesto. Y quizás, solo quizás, cuando regreses al Trono de los Héroes, puedas encontrarla allí. Y pedirle perdón tú mismo.»

Sanson cerró los ojos. Una sonrisa triste, la primera sonrisa genuina que Mozart había visto en su rostro, curvó sus labios.

«Eso… sería más de lo que merezco», susurró. «Gracias.»

Mozart no respondió. Sus dedos se movieron sobre las cuerdas, y la melodía que surgió no era de furia ni de venganza. Era un réquiem. Una despedida. Una canción de cuna para un alma atormentada que finalmente encontraba la paz.

Las notas llenaron el aire, envolviendo a Sanson en un abrazo de sonido. El verdugo se estremeció una vez, dos veces, y luego su cuerpo comenzó a desvanecerse, disolviéndose en partículas de luz dorada que se elevaron hacia el cielo anillado.

Antes de desaparecer por completo, Sanson abrió los ojos una última vez. Y en ellos, Mozart vio algo que no esperaba: gratitud.

«Cuídala», susurró el verdugo. «Cuando la invoques de nuevo. Cuídala por mí.»

Y luego se fue.

Mozart bajó su violín y se quedó solo en la calle devastada, el eco de su réquiem desvaneciéndose lentamente en el silencio. No se sentía victorioso. No se sentía vengado. Solo se sentía… vacío.

«Lo haré», murmuró para sí mismo, mirando hacia la catedral donde la batalla final aún rugía. «Te lo prometo.»

De vuelta en la catedral, la batalla se había convertido en un torbellino de caos y acero.

Los wyverns invocados por Jeanne Alter llenaban la nave como una marea de escamas y colmillos, sus chillidos perforando el aire mientras se lanzaban contra el grupo de Issei desde todos los ángulos posibles. Eran rápidos, feroces, y aunque individualmente no representaban una amenaza letal para Servants del calibre de Nero o Tamamo, su número los convertía en un problema grave. Por cada wyvern que caía, otro ocupaba su lugar, y por cada segundo que pasaban luchando contra ellos, Jeanne Alter permanecía intocable en su altar, observando la carnicería con una sonrisa de satisfacción.

Pero Issei no se había quedado de brazos cruzados. El Boosted Gear brillaba en su brazo izquierdo con una luz carmesí que pulsaba al ritmo de su corazón, y cada pocos segundos, una oleada de energía recorría su cuerpo mientras acumulaba Boost tras Boost. Había aprendido a gestionar su poder de manera más eficiente desde sus primeros días en Chaldea. Ya no era el novato que se agotaba después de tres o cuatro usos. Ahora podía mantener hasta siete Boost acumulados, y lo que era más importante, podía transferirlos estratégicamente a sus Servants en lugar de usarlos todos él mismo.

«¡Mash, refuerzo!», gritó, y una onda de energía roja fluyó desde el Boosted Gear hacia el escudo de la Shielder. Lord Camelot brilló con una intensidad renovada, su superficie azulada teñida ahora de un carmesí que hablaba del poder del Dragón Emperador Rojo.

Mash sintió el impulso recorrer sus brazos, fortaleciendo sus músculos, agudizando sus reflejos. Un wyvern se lanzó contra ella desde la izquierda, y sin siquiera mirar, levantó el escudo y lo golpeó con el borde. El impacto, multiplicado por el Boost, partió al wyvern en dos como si fuera de papel.

«¡Gracias, Sempai!», gritó por encima del hombro, antes de volver a centrarse en la marea de enemigos que seguía llegando.

Issei asintió, pero no tuvo tiempo de responder. Otro wyvern se abalanzó sobre él desde la derecha, sus garras extendidas hacia su garganta. Antes de que pudiera reaccionar, una columna de fuego kitsune lo incineró en el aire, reduciéndolo a cenizas antes de que tocara el suelo.

«¡Goshujin-sama, no se distraiga!», reprendió Tamamo, sus orejas de zorro aplastadas contra su cabeza en un gesto de preocupación. «¡Usted es el objetivo principal! ¡Si cae, todo esto habrá sido en vano!»

«¡Lo sé, lo sé!», respondió Issei, retrocediendo para ponerse a cubierto detrás de Mash. «¡Pero no puedo quedarme aquí sin hacer nada!»

«¡Entonces haga algo útil!», intervino Nero, mientras su espada describía un arco que decapitó a dos wyverns de un solo golpe. «¡Transfiera sus Boost donde más se necesiten! ¡Nosotras nos encargaremos de estos bichos voladores!»

Issei apretó los dientes, pero sabía que tenían razón. No era un luchador de primera línea. Nunca lo había sido. Su papel en esta batalla no era enfrentarse cuerpo a cuerpo con los enemigos, sino potenciar a quienes sí podían hacerlo. Era el Maestro. El soporte. El que hacía posible que sus Servants brillaran con todo su potencial.

Otro Boost se acumuló en el Gear, el cuarto desde que había comenzado la batalla. Issei evaluó rápidamente la situación. Tamamo estaba lidiando con la mayoría de los wyverns que venían del flanco izquierdo, sus llamas manteniéndolos a raya pero consumiendo una cantidad considerable de su maná. Nero cubría el flanco derecho, su espada moviéndose en una danza mortal que dejaba un reguero de cadáveres a su paso, pero incluso ella empezaba a mostrar signos de fatiga. Mash protegía el frente, su escudo impenetrable, pero cada impacto de los wyverns más grandes la hacía retroceder un paso, desgastando su resistencia.

Y Jeanne… Jeanne estaba en el centro de todo, su estandarte brillando como un faro de esperanza en medio de la oscuridad, pero sus ojos no estaban en los wyverns. Estaban fijos en su contraparte corrupta, que seguía observando desde el altar con esa maldita sonrisa de superioridad.

Issei tomó una decisión. El cuarto Boost fluyó hacia Tamamo, revitalizando sus reservas de maná y haciendo que sus llamas ardieran con un azul más intenso. La kitsune le lanzó una mirada de agradecimiento antes de redoblar sus ataques, incinerando a tres wyverns de una sola vez.

El quinto Boost fue para Nero, y la emperatriz lo recibió con una exclamación de júbilo. «¡Magnífico, Praefectus! ¡Con este poder, ni cien dragones podrían detenerme!» Su espada brilló con una luz dorada, y su siguiente golpe no solo partió a un wyvern, sino que la onda expansiva alcanzó a otros dos que volaban detrás.

El sexto Boost, Issei lo reservó para sí mismo. No para luchar, sino para mantenerse con vida. Su cuerpo, ya de por sí más resistente gracias a la transformación gradual en dragón, se fortaleció aún más. Sus sentidos se agudizaron, permitiéndole anticipar los movimientos de los wyverns que lograban sortear a sus defensoras.

Y el séptimo Boost… el séptimo Boost lo guardó. Su límite actual era de siete acumulaciones antes de agotarse por completo, y necesitaba ese último impulso para una emergencia. O para el momento adecuado.

Mientras tanto, en el centro de la nave, Jeanne d’Arc y Jeanne d’Arc Alter finalmente se encontraron cara a cara.

No hubo palabras al principio. Solo el choque de dos estandartes, uno blanco e inmaculado, el otro negro y corrupto, que se encontraron en el aire con una fuerza que hizo temblar las vidrieras de la catedral. La luz y la oscuridad se entrelazaron, luchando por la supremacía, y por un momento, pareció que ninguna de las dos cedía terreno.

Pero Jeanne Alter era más fuerte. El poder del Grial fluía a través de ella, alimentando cada uno de sus golpes con una energía que su contraparte pura no podía igualar. Jeanne d’Arc retrocedió un paso, luego otro, sus brazos temblando por el esfuerzo de contener los ataques de su yo corrupto.

«¿Esto es todo lo que tienes?», se burló Jeanne Alter, mientras su estandarte descendía en un golpe que habría partido una roca. Jeanne lo bloqueó por los pelos, pero el impacto la hizo arrodillarse. «¿Dónde está tu Dios ahora, santa? ¿Dónde está la fe que te sostenía? ¿Te ha abandonado, como me abandonó a mí?»

Jeanne apretó los dientes y se levantó, su estandarte brillando con una luz renovada. «Dios nunca me abandonó», respondió, y su voz era firme a pesar del agotamiento. «Ni siquiera cuando las llamas me consumieron. Él estaba allí. En el dolor. En el miedo. En la certeza de que mi muerte serviría a un propósito mayor.»

«¿Un propósito mayor?» Jeanne Alter rió, y el sonido era amargo como la hiel. «¿Qué propósito puede tener morir quemada viva por el mismo pueblo al que salvaste? ¿Qué propósito puede tener ser declarada hereje por la misma Iglesia a la que serviste? ¿Qué propósito puede tener ser olvidada, vilipendiada, reducida a una nota al pie en los libros de historia?»

Jeanne d’Arc la miró, y en sus ojos había una tristeza tan profunda que incluso su contraparte corrupta vaciló por un momento. «El propósito no era para mí», dijo suavemente. «Era para Francia. Para su gente. Para que pudieran seguir luchando, seguir viviendo, seguir siendo libres. Mi muerte les dio algo en lo que creer. Algo por lo que luchar. Y eso… eso hizo que valiera la pena.»

«¡Mentira!» El grito de Jeanne Alter resonó en la catedral como un trueno. Su estandarte se alzó de nuevo, envuelto en llamas negras que devoraban la luz a su alrededor. «¡Tú no crees eso! ¡Yo no creo eso! ¡Nos quemaron, nos traicionaron, nos abandonaron! ¡Y aun así, aquí estás, defendiendo el mundo que nos hizo eso! ¿Por qué? ¿POR QUÉ?»

El golpe que siguió fue devastador. Jeanne Alter puso toda su furia, todo su dolor, toda su amargura en ese ataque, y cuando su estandarte golpeó el de su contraparte, la luz de Jeanne d’Arc parpadeó peligrosamente. La santa fue lanzada hacia atrás, su cuerpo golpeando contra una columna de piedra con un crujido que hizo que Issei sintiera un nudo en el estómago.

«¡Jeanne!», gritó, dando un paso hacia ella instintivamente.

Pero Jeanne ya se estaba levantando. Su estandarte, aunque debilitado, aún brillaba. Su rostro, aunque magullado, aún mostraba una determinación inquebrantable. Y sus ojos, aunque llenos de lágrimas, aún miraban a su contraparte con algo que no era odio.

Compasión.

«Porque creo en la humanidad», dijo, y su voz, aunque débil, resonó con una claridad que silenció incluso a los wyverns. «Creo que las personas pueden cambiar. Creo que pueden aprender de sus errores. Creo que el fuego que me quemó no fue el final de nada, sino el principio de algo mejor. Francia sobrevivió. El mundo siguió adelante. Y aunque yo ya no estaba, lo que hice, lo que fui, inspiró a otros a ser mejores. Eso es suficiente para mí. Eso siempre ha sido suficiente.»

Jeanne Alter la miró fijamente, y por un momento, algo en su expresión se suavizó. Sus ojos dorados parpadearon, y por un instante, Issei pudo ver en ellos el reflejo de la santa que había sido, de la mujer que había creído en algo más grande que ella misma.

Pero entonces el Grial brilló a su lado, y la corrupción volvió a apoderarse de ella. Su rostro se torció en una mueca de furia, y su estandarte se alzó de nuevo.

«Bonitas palabras», escupió. «Pero las palabras no detienen el fuego. Las palabras no salvan a los inocentes. Las palabras no cambian el hecho de que este mundo está podrido, y lo único que merece es arder.»

Mientras el intercambio entre las dos Jeannes continuaba, Issei no pudo evitar que sus pensamientos derivaran hacia territorios que, en cualquier otra circunstancia, habrían sido completamente inapropiados para la gravedad de la situación.

Observó a Jeanne d’Arc mientras se ponía de pie, su figura recortada contra la luz de su propio estandarte, y su mente de pervertido profesional hizo una observación que, en su opinión, era de vital importancia teológica.

Jeanne tiene unos pechos increíbles, pensó, y el pensamiento era tan genuino, tan puro en su perversión, que casi resultaba conmovedor. Quiero decir, son grandes. Muy grandes. Y firmes. Y perfectamente proporcionados. Y ella es una santa. Una santa de verdad, canonizada y todo.

Su mirada se desvió momentáneamente hacia el altar, donde el recuerdo de Santa Marta aún estaba fresco en su memoria. Ella también había sido una santa. Y también había tenido unos pechos espectaculares. Tanto que incluso ahora, a pesar del peligro mortal que lo rodeaba, Issei podía recordar con claridad cristalina la visión de aquellos pechos luchando por liberarse de su vestido durante la batalla.

Dos santas, continuó su tren de pensamiento, completamente ajeno a la batalla que se libraba a su alrededor. Dos santas con pechos increíbles. ¿Coincidencia? ¡No lo creo! Esto es una señal. Una señal de que Dios, el Dios verdadero, el del cielo y la tierra y todo eso, es un hombre de cultura. Un amante de los pechos grandes. ¡Un hermano en la fe del Oppai!

«¿Qué demonios estás pensando?», la voz de Olga Marie resonó en su mente, cargada de una incredulidad que solo puede nacer de conocer a Issei Hyoudou. «Estamos en medio de una batalla a vida o muerte contra una santa corrupta con un Grial todopoderoso, y tú… ¿tú estás pensando en PECHOS?»

Issei no se inmutó. Al contrario, su convicción pareció fortalecerse. «Olga, no lo entiendes», respondió mentalmente, y su tono era el de un profeta compartiendo una revelación divina. «Esto es importante. Esto cambia todo lo que creía saber sobre la religión. Durante años, pensé que Dios era un aguafiestas que odiaba todo lo divertido. Pero ahora… ahora veo la verdad. ¡Dios creó los pechos grandes! ¡Los creó y los puso en sus santas más queridas! ¡Martha, Jeanne, probablemente muchas más que no conozco! ¡Esto no es una coincidencia, es un mensaje! ¡Un mensaje de que los pechos grandes son sagrados!»

Del interior del Boosted Gear llegó un sonido que podría haber sido un suspiro o una risa ahogada. Ddraig, el gran Dragón Emperador Rojo, el terror de los cielos, el ser que había enfrentado a dioses y demonios por igual, se encontró por una vez sin palabras. Finalmente, después de un largo silencio, habló.

«Compañero», dijo, y su voz tenía una cualidad extraña, como si estuviera luchando por mantener la compostura. «He vivido milenios. He visto civilizaciones alzarse y caer. He presenciado milagros y horrores más allá de la comprensión humana. Pero esto… esto es nuevo. Acabas de reconciliar tu perversión con la teología cristiana en medio de una batalla apocalíptica. No sé si estar impresionado u horrorizado.»

«¡Impresionado, obviamente!», respondió Issei con entusiasmo mental. «¡Esto es un avance filosófico! ¡Un nuevo paradigma en la comprensión de lo divino! ¡La Teología del Oppai!»

Olga Marie, atrapada en el espacio liminal del Boosted Gear, solo pudo dejar escapar un suspiro de pura exasperación. Había sido la directora de Chaldea. Una maga de linaje impecable. Una mujer que había dedicado su vida al estudio de los misterios más profundos del universo. Y ahora, su existencia después de la muerte dependía de un adolescente pervertido que acababa de decidir que Dios era un amante de los pechos grandes.

La humanidad está condenada, pensó, pero en el fondo de su ser, donde guardaba los sentimientos que no se atrevía a examinar, sintió una punzada de algo que podría haber sido cariño. Definitivamente condenada.

«Basta de tonterías», intervino Ddraig, recuperando su tono habitual de mentor sarcástico. «Tienes siete Boost acumulados y una batalla que ganar. Concéntrate en eso. Los pechos pueden esperar.»

«Los pechos nunca pueden esperar», murmuró Issei en voz alta, pero obedientemente volvió su atención a la batalla.

Justo a tiempo para ver a Mash interceptar un wyvern particularmente grande que se había lanzado directamente hacia él. El escudo de la Shielder brilló con la luz residual del Boost que Issei le había transferido, y el impacto lanzó a la criatura contra una vidriera, haciéndola añicos en una lluvia de cristales coloreados.

«¡Sempai, preste atención!», gritó Mash, y en su voz había una mezcla de preocupación genuina y esa exasperación cariñosa que solo ella podía transmitir.

«¡Lo siento, lo siento!», respondió Issei, sacudiendo la cabeza para aclarar sus pensamientos. «¡Ya estoy concentrado!»

El séptimo Boost palpitaba en el Gear, esperando ser usado. Issei evaluó la situación rápidamente. Tamamo estaba resistiendo bien, pero sus llamas comenzaban a perder intensidad. Nero seguía luchando con su habitual exuberancia, pero incluso ella mostraba signos de fatiga, sus movimientos un poco más lentos que al principio. Mash era un muro impenetrable, pero cada golpe que bloqueaba la desgastaba un poco más. Y Jeanne… Jeanne estaba perdiendo su duelo contra su contraparte corrupta.

Necesitaban cambiar el rumbo de la batalla. Necesitaban un golpe decisivo. Pero Jeanne Alter estaba demasiado bien protegida por sus wyverns, y mientras tuviera el Grial, podía seguir invocando más indefinidamente.

Issei miró el altar, donde el Santo Grial brillaba con su luz corrupta junto a la Bruja Dragón. El objeto de todo aquello. La fuente de su poder. Si pudieran arrebatárselo…

«Es demasiado arriesgado», advirtió Ddraig, leyendo sus pensamientos. «Incluso si llegas hasta allí, ella te mataría antes de que pudieras tocarlo. Y sin el Grial, la Singularidad colapsaría, pero eso no te servirá de nada si estás muerto.»

«Lo sé», respondió Issei. «Pero tenemos que hacer algo. No podemos seguir así para siempre.»

Mientras pensaba, su mirada se cruzó con la de Jeanne d’Arc. La santa acababa de bloquear otro ataque de su contraparte, y aunque su rostro mostraba determinación, sus ojos… sus ojos pedían ayuda. No para ella. Para Francia. Para la humanidad. Para todo aquello por lo que había muerto y por lo que estaba dispuesta a morir de nuevo.

Y en ese momento, Issei supo lo que tenía que hacer.

«Tamamo, Nero, Mash», dijo, y su voz tenía una autoridad que rara vez mostraba. «Voy a darle el séptimo Boost a Jeanne. Cuando lo haga, quiero que ataquen a Jeanne Alter con todo lo que tengan. Todos a la vez. No le den tiempo a reaccionar.»

«¿Y los wyverns?», preguntó Tamamo, mientras incineraba a otro de los reptiles alados.

«Los wyverns no importan», respondió Issei. «Si derrotamos a Jeanne Alter, el Grial dejará de funcionar. Los wyverns desaparecerán. Todo esto terminará.»

«¡Una estrategia arriesgada!», exclamó Nero, pero su sonrisa era feroz. «¡Me gusta! ¡Un emperador debe ser audaz!»

Mash asintió, su escudo brillando con determinación. «Estoy lista, Sempai. Haré lo que sea necesario.»

Issei respiró hondo y se concentró. El séptimo Boost palpitaba en el Gear como un segundo corazón, ansioso por ser liberado. Cerró los ojos por un momento, sintiendo la energía recorrer su cuerpo, la conexión con Ddraig, con sus Servants, con todos aquellos que confiaban en él.

«Jeanne», llamó, y su voz resonó en el vínculo que compartían como Maestro y Servant. «Confía en mí.»

Jeanne d’Arc, en medio de su duelo con su contraparte, sintió las palabras de Issei como un calor repentino en su pecho. No era magia. No era un Boost, todavía. Era algo más simple y más poderoso. Era fe. Fe en ella. Fe de que podía ganar. Fe de que todo aquello por lo que había luchado valía la pena.

Y cuando el séptimo Boost fluyó hacia ella, cuando sintió el poder del Dragón Emperador Rojo recorrer sus venas como fuego líquido, Jeanne d’Arc supo que no podía fallar. No por ella. Por Issei. Por Mash, Tamamo, Nero. Por Marie, que había dado su vida por ellos. Por todos aquellos que creían en un mundo mejor.

Su estandarte brilló con una luz tan intensa que Jeanne Alter tuvo que protegerse los ojos. La luz blanca y pura de la fe se mezcló con el carmesí del Boosted Gear, creando un resplandor que iluminó cada rincón de la catedral, que hizo retroceder a los wyverns, que por un momento, solo un momento, hizo que incluso la Bruja Dragón sintiera algo que no había sentido en mucho tiempo.

Miedo.

«¿Qué… qué es esto?», balbuceó Jeanne Alter, retrocediendo un paso. «¿Qué me estás haciendo?»

Jeanne d’Arc no respondió con palabras. Respondió con acción. Su estandarte se alzó, y con él, toda la fuerza de su fe, multiplicada por el poder del Boosted Gear, se precipitó hacia su contraparte corrupta como un maremoto de luz y esperanza.

«¡AHORA!», gritó Issei.

Y el mundo estalló en una cacofonía de luz, sonido y poder.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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