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Fate/Issei Order - Capítulo 27

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Capítulo 27: Capitulo 26: Ups

El resplandor del rayshift se desvaneció lentamente, dejando tras de sí el familiar zumbido de los sistemas de Chaldea y el olor esterilizado del aire reciclado que caracterizaba al complejo de preservación de la humanidad. Las cápsulas de transferencia se abrieron con un silbido hidráulico, liberando a sus ocupantes al mundo moderno después de lo que había parecido una eternidad en la Francia del siglo XV.

Issei Hyoudou emergió de su cápsula con la gracia de un recién nacido, sus piernas temblorosas y su mente aún procesando todo lo que había ocurrido. La batalla final contra Jeanne Alter, la muerte de Fafnir, los sacrificios de Sigfrido y Georgios, el combate de Elizabeth contra Carmilla, la victoria de Kiyohime sobre Atalanta… y luego, por supuesto, el incidente con los pechos de Jeanne d’Arc que había culminado en una persecución que, estaba seguro, pasaría a los anales de la historia de Chaldea como uno de los momentos más absurdos jamás registrados.

A su lado, Mash Kyrielight se incorporó con una facilidad que hablaba de su naturaleza como Demi-Servant. Su rostro, normalmente tan compuesto, mostraba signos de agotamiento, pero también una sonrisa de alivio que iluminaba sus facciones. Lo habían logrado. Habían sobrevivido a la Singularidad de Orleans. Habían recuperado el Santo Grial. Y lo más importante, habían regresado a casa.

«Sempai», dijo Mash, y su voz era un bálsamo para los oídos de Issei después de tantos días de gritos de batalla y rugidos de dragones. «Bienvenido de vuelta a Chaldea.»

Issei le devolvió la sonrisa, aunque la suya era más cansada. «Gracias, Mash. Aunque técnicamente, nunca me fui. El rayshift es raro así.»

Tamamo-no-Mae fue la siguiente en salir de su cápsula, sus orejas de zorro temblorosas y su cola esponjosa agitándose detrás de ella mientras se estiraba como un felino después de una larga siesta. Sus ojos dorados recorrieron la sala de control con una mezcla de curiosidad y desdén. «Qué lugar tan… funcional», comentó, y su tono dejaba claro que “funcional” no era precisamente un cumplido viniendo de ella. «Goshujin-sama, cuando todo esto termine, tendremos que redecorar. Un hogar debe ser acogedor, no parecer un hospital.»

Nero Claudius salió de su cápsula con un floreo teatral, como si estuviera haciendo una entrada triunfal en el Coliseo Romano. «¡La emperatriz ha regresado!», anunció, sus brazos extendidos como si esperara el aplauso de una multitud invisible. «¡Y vaya regreso! ¡Hemos conquistado Orleans, hemos derrotado a una santa corrupta, y hemos recuperado el Santo Grial! ¡Que los bardos compongan canciones sobre nuestras hazañas!»

Issei suspiró, pero no pudo evitar una sonrisa. A pesar de todo, a pesar del agotamiento y del peligro constante, no podía negar que se había encariñado con estas mujeres increíbles que el destino había puesto en su camino. Eran ruidosas, demandantes, celosas, y a veces completamente irracionales. Pero también eran leales, valientes, y estaban dispuestas a seguirlo hasta el fin del mundo.

Y hablando de mujeres que lo seguirían hasta el fin del mundo…

El pensamiento apenas había cruzado su mente cuando las puertas de la sala de control se abrieron de golpe, y una figura familiar irrumpió en la estancia como un torbellino de fuego azul y obsesión desbordante.

«¡ANCHIN-SAMA!»

Kiyohime se materializó frente a Issei antes de que nadie pudiera reaccionar, sus brazos rodeando su cuello con una fuerza que habría estrangulado a un hombre normal. Sus ojos dorados brillaban con una luz posesiva y adoradora, y su sonrisa era la de alguien que acababa de encontrar el tesoro más preciado del mundo.

«¡Sabía que regresarías!», exclamó, su voz cargada de una emoción que rozaba lo religioso. «¡Sabía que nuestro vínculo era demasiado fuerte para que algo tan insignificante como una Singularidad nos separara! ¡El destino mismo ha conspirado para reunirnos de nuevo, Anchin-sama! ¡Nuestra unión es divina!»

Issei parpadeó, completamente desconcertado. «K-Kiyohime? ¿Cómo…? Se suponía que los Servants que encontramos en la Singularidad…»

«¡Forcé la invocación!», declaró Kiyohime con un orgullo que no admitía discusión. «Cuando sentí que la Singularidad colapsaba y que nuestro vínculo se desvanecía, me negué a aceptarlo. Me negué a ser separada de ti de nuevo, Anchin-sama. Así que usé cada fibra de mi ser, cada chispa de mi amor por ti, para seguir el rastro de tu maná hasta este lugar. ¡Y aquí estoy! ¡Nada, ni el tiempo, ni el espacio, ni las leyes de la invocación de Servants, puede mantenernos separados!»

Los ojos de Tamamo se entrecerraron peligrosamente. Sus orejas de zorro se aplastaron contra su cabeza en un gesto de clara hostilidad. «¿Forzaste la invocación? ¿Sin permiso? ¿Sin pasar por los protocolos adecuados?» Su cola se agitó de un lado a otro como la de un felino a punto de atacar. «Eso es… eso es hacer trampa, doncella dragón. Mi goshujin-sama ya tiene una esposa oficial. Y esa esposa soy YO.»

Nero, por su parte, cruzó los brazos sobre su pecho, su expresión una mezcla de indignación imperial y competitividad mal disimulada. «¡Ciertamente! ¡El Praefectus ya tiene una emperatriz! ¡Una emperatriz romana, nada menos! ¡No necesita más adiciones a su harén sin antes consultar con las miembros existentes!»

Kiyohime ignoró olímpicamente a ambas. Sus brazos seguían firmemente alrededor del cuello de Issei, y su rostro estaba tan cerca del suyo que podía sentir su aliento en la mejilla. «Anchin-sama», susurró, y su voz era un ronroneo peligroso. «Diles que se vayan. Diles que solo me necesitas a mí. Diles que nuestro amor es el único que importa.»

Issei tragó saliva. Podía sentir las miradas de Tamamo y Nero perforando su espalda como dagas, y la expresión de Mash, aunque más contenida, también tenía un matiz de algo que podría haber sido celos. Estaba atrapado entre la espada y la pared. O más exactamente, entre una yandere obsesiva, una kitsune posesiva, una emperatriz teatral, y una kouhai leal que, aunque no lo expresaba abiertamente, claramente no estaba contenta con la situación.

«E-esto… Kiyohime…», comenzó, intentando encontrar las palabras adecuadas. «Me alegra verte. De verdad. Pero… eh… ¿podrías soltarme un momento? Necesito… respirar.»

«¡No!», respondió Kiyohime sin dudar. «¡Si te suelto, esas… esas mujeres intentarán separarnos! ¡Lo sé! ¡Puedo verlo en sus ojos! ¡Quieren robarte de mí, Anchin-sama! ¡Pero no dejaré que lo hagan! ¡Eres mío! ¡Mío!»

«¡Él es mío!», rugió Tamamo, dando un paso al frente y agarrando el brazo izquierdo de Issei.

«¡No, es mío!», contraatacó Nero, agarrando el brazo derecho.

«¡MÍO!», gritó Kiyohime, apretando aún más su abrazo alrededor del cuello de Issei.

Y así comenzó el tira y afloja más absurdo en la historia de Chaldea.

Issei se encontró de repente en el centro de una guerra de tres frentes, su cuerpo siendo estirado en direcciones opuestas por tres Servants de élite que, en cualquier otra circunstancia, habrían sido capaces de destruir ejércitos enteros. Su brazo izquierdo estaba atrapado en el agarre de Tamamo, quien tiraba de él con una fuerza que desmentía su apariencia delicada. Su brazo derecho estaba en poder de Nero, quien lo jalaba hacia sí con la determinación de una emperatriz que no aceptaba un “no” por respuesta. Y su cuello… su pobre cuello estaba siendo estrangulado por el abrazo posesivo de Kiyohime, quien se negaba a soltarlo por nada del mundo.

«¡Suéltenlo, zorras!», gritó Kiyohime, sus ojos brillando con un fuego azul que prometía violencia.

«¡La única zorra aquí eres tú, doncella dragón!», respondió Tamamo, sus propias llamas kitsune comenzando a arder en sus manos. «¡Yo soy su esposa legítima! ¡Fui la primera en ser invocada! ¡La primera en ser amada!»

«¡El orden de invocación no determina el afecto!», declaró Nero, su espada materializándose en su mano libre. «¡Un emperador elige a sus favoritas basándose en el mérito, no en la antigüedad! ¡Y yo, Nero Claudius, soy la más meritoria de todas!»

«¡ANCHIN-SAMA ES MÍO Y DE NADIE MÁS!»

«¡ESPOSA KITSUNE!»

«¡EMPERATRIZ ROMANA!»

«¡YANDERE OBSESIVA!»

Mash observaba la escena desde un rincón seguro, su expresión una mezcla de preocupación genuina por el bienestar de su Sempai y una exasperación creciente ante la absoluta ridiculez de la situación. «Sempai», llamó, su voz apenas audible por encima de los gritos de las tres Servants. «¿Debería… debería intervenir?»

«¡NO!», gritó Issei, su voz distorsionada por el hecho de que su cuello estaba siendo comprimido. «¡MANTENTE ALEJADA, MASH! ¡ESTO ES DEMASIADO PELIGROSO!»

«Pero Sempai…»

«¡ES UNA ORDEN!»

En ese momento, las puertas de la sala de control se abrieron de nuevo, y Romani Archaman entró corriendo, su tableta en la mano y su expresión una de pánico absoluto. «¡He detectado una fluctuación masiva de maná en la sala de rayshift! ¿Qué está pasando…?»

Se detuvo en seco al ver la escena. Tres de las Servants más poderosas de Chaldea, enzarzadas en un tira y afloja literal por el afecto del único Maestro activo de la organización. Issei Hyoudou, suspendido en el aire como un muñeco de trapo, su rostro enrojecido por la falta de oxígeno y sus extremidades estiradas en direcciones imposibles. Mash, de pie en un rincón, mirando la escena con una mezcla de horror y fascinación.

Romani parpadeó una vez. Dos veces. Luego, lentamente, dio media vuelta y salió de la sala.

«Nope», murmuró para sí mismo mientras las puertas se cerraban detrás de él. «No vi nada. No escuché nada. Solo soy un médico. Esto está por encima de mi nivel salarial.»

De vuelta en la sala de control, la situación continuó escalando. Las llamas de Tamamo comenzaron a chamuscar la manga de Issei. La espada de Nero describió un arco peligrosamente cerca de su oreja. Y el fuego azul de Kiyohime empezó a calentar el cuello de su camisa de una manera que prometía quemaduras de tercer grado en un futuro muy cercano.

Fue en ese momento, justo cuando Issei estaba considerando seriamente si la muerte por descuartizamiento entre tres mujeres hermosas pero locas era una forma digna de morir, cuando una voz resonó en la sala de control.

Una voz fría, autoritaria, y cargada de una exasperación que solo podía venir de alguien que había estado observando la escena durante demasiado tiempo.

«BASTA.»

La palabra no fue gritada. Fue pronunciada con una calma helada que, de alguna manera, era mucho más aterradora que cualquier grito. Las tres Servants se detuvieron en seco, sus agarres sobre Issei aflojándose ligeramente mientras se giraban hacia la fuente de la voz.

En la pantalla principal de la sala de control, el rostro de Olga Marie Animusphere brillaba con una intensidad que no presagiaba nada bueno. Sus ojos dorados, normalmente tan compuestos y analíticos, estaban ahora teñidos de una furia fría que hizo que incluso Kiyohime, la Berserker obsesiva que no temía a nada, tragara saliva.

«Tamamo-no-Mae. Nero Claudius. Kiyohime.» La voz de Olga pronunció cada nombre como si fuera una sentencia. «Suéltenlo. Ahora.»

Las tres Servants obedecieron al instante. Issei cayó al suelo con un golpe sordo, jadeando por aire y frotándose el cuello dolorido. Nunca, en toda su vida, había estado tan agradecido de escuchar la voz de la directora de Chaldea.

«Ahora», continuó Olga, y su tono no admitía réplica. «Voy a explicar esto una sola vez. Issei Hyoudou es el único Maestro activo de Chaldea. Es el pilar sobre el que descansa la supervivencia de la humanidad. Si ustedes tres lo matan en una ridícula pelea de celos, no solo habrán condenado a la humanidad, sino que también se habrán quedado sin el hombre que supuestamente aman. ¿Me he explicado con claridad?»

Tamamo bajó las orejas, su cola escondiéndose entre sus piernas. «S-sí, directora.»

Nero guardó su espada, su expresión inusualmente contrita. «C-completamente, directora.»

Kiyohime fue la única que se atrevió a responder con algo más que sumisión. «Pero directora, Anchin-sama es mío. Ellas no tienen derecho a…»

«KYOHIME.» La voz de Olga cortó el aire como un látigo. «Una palabra más y haré que Da Vinci te encierre en una jaula de supresión mágica durante una semana. ¿Está claro?»

Kiyohime apretó los labios, sus ojos brillando con una furia contenida, pero finalmente asintió. «Está claro.»

Olga asintió, satisfecha. Luego, su mirada se suavizó ligeramente al posarse en Issei, que aún estaba en el suelo recuperando el aliento. «Issei. Levántate. Tenemos asuntos que discutir.»

Issei obedeció, poniéndose de pie con dificultad. Su cuerpo dolía en lugares que ni siquiera sabía que existían, y su cuello probablemente tendría moretones durante días. Pero estaba vivo. Y considerando las circunstancias, eso ya era una victoria.

«Gracias, Olga», dijo, y realmente lo sentía. «Me has salvado la vida.»

Olga resopló, pero en sus ojos había un brillo que podría haber sido diversión. «No te acostumbres. Solo lo hice porque eres el único Maestro que tenemos. Si hubiera otro, te habría dejado que te descuartizaran. Probablemente.»

Issei sonrió. «Te quiero igual, directora.»

El rostro de Olga se tiñó de un ligero rubor, pero se apresuró a ocultarlo con un gesto de exasperación. «Cállate, pervertido. Y reúnete conmigo en la sala de briefing en diez minutos. Tenemos mucho de qué hablar.»

La pantalla se apagó, dejando la sala de control en un silencio incómodo. Tamamo, Nero y Kiyohime se miraron las unas a las otras, luego a Issei, y finalmente al suelo, como niñas regañadas.

Issei suspiró. «Chicas… hablaremos de esto más tarde. Pero ahora, necesito ir a esa reunión. Y vosotras… por favor, intentad no mataros las unas a las otras mientras no estoy. ¿De acuerdo?»

Las tres asintieron a regañadientes. Issei salió de la sala de control, seguido de cerca por Mash, que le lanzó una mirada de disculpa silenciosa.

La vida en Chaldea, pensó Issei mientras caminaba por los pasillos familiares del complejo, definitivamente no iba a ser aburrida.

La sala de briefing de Chaldea era un espacio funcional, diseñado para la eficiencia más que para la comodidad. Una mesa ovalada de metal ocupaba el centro de la estancia, rodeada de sillas ergonómicas que habían visto mejores días. En una de las paredes, una pantalla holográfica mostraba datos en tiempo real sobre el estado de las Singularidades y los sistemas de Chaldea. El aire olía a café recalentado y a la desesperación silenciosa de los pocos miembros del personal que aún quedaban con vida.

Cuando Issei entró, acompañado de Mash, se encontró con que Romani y Da Vinci ya estaban allí. El médico de Chaldea parecía haber envejecido diez años desde la última vez que lo había visto, sus ojeras más pronunciadas y su expresión más cansada. Da Vinci, por el contrario, irradiaba su habitual energía creativa, sus ojos brillando con ideas e invenciones que probablemente causarían dolores de cabeza a todos los presentes.

En la pantalla principal, el rostro de Olga Marie Animusphere observaba la sala con su habitual expresión de autoridad contenida. Su imagen parpadeaba ligeramente, un recordatorio de que su alma seguía atrapada en el Boosted Gear, y que su presencia aquí era solo una proyección.

«Bien, ya estamos todos», dijo Olga, y su voz resonó en los altavoces de la sala. «Empecemos con el informe de la Singularidad de Orleans. Romani, ¿los datos?»

Romani se aclaró la garganta, consultando su tableta. «La Singularidad ha sido completamente resuelta. El Santo Grial ha sido recuperado y está actualmente almacenado en un contenedor de supresión mágica bajo la custodia de Mash. Los niveles de distorsión temporal en la Francia del siglo XV han vuelto a la normalidad, y la historia ha sido restaurada a su curso original.» Hizo una pausa, y su expresión se volvió más sombría. «Sin embargo, las lecturas de energía indican que esta Singularidad era solo la segunda de varias. Hemos detectado al menos cinco puntos más de distorsión temporal en diferentes épocas y ubicaciones. La humanidad aún está en peligro.»

Olga asintió, su expresión impasible. «Eso ya lo sabíamos. La pregunta es: ¿cuánto tiempo tenemos hasta que la próxima Singularidad se active por completo?»

«Difícil de decir», admitió Romani. «Los patrones de distorsión son… erráticos. Podrían ser días. Podrían ser semanas. Pero casi con certeza, no más de un mes.»

«Entonces tenemos algo de tiempo», dijo Da Vinci, y su voz era sorprendentemente optimista. «Tiempo para descansar, recuperarnos, y prepararnos para lo que viene. Y hablando de prepararnos…» Sus ojos brillaron con una luz traviesa. «Tengo buenas noticias sobre el proyecto especial en el que he estado trabajando.»

Issei se enderezó en su asiento, su interés repentinamente avivado. Sabía exactamente a qué proyecto se refería Da Vinci. Lo había estado esperando desde el momento en que Olga fue absorbida por el Boosted Gear.

«¿El cuerpo homúnculo?», preguntó, y su voz traicionaba una esperanza que no podía ocultar.

Da Vinci asintió, su sonrisa ensanchándose. «Exactamente. El cuerpo homúnculo para nuestra querida directora. He estado trabajando en él sin descanso desde que regresasteis de Fuyuki, y me complace informar que está casi terminado. Los circuitos mágicos están completamente integrados, la estructura física es estable, y lo más importante…» Hizo una pausa dramática. «…es compatible con el alma de Olga Marie Animusphere. En teoría, cuando el cuerpo esté listo, podremos transferir su alma desde el Boosted Gear al homúnculo sin problemas.»

El corazón de Issei dio un vuelco. Olga, de pie junto a él, en carne y hueso. No solo como una voz en su mente o una proyección en una pantalla, sino como una persona real, tangible, con la que podría hablar cara a cara sin necesidad de intermediarios.

En la pantalla, la imagen de Olga parpadeó ligeramente, y por un momento, Issei pudo ver una emoción genuina cruzar su rostro. Esperanza. Vulnerabilidad. Algo que rara vez mostraba, y que solo lo hacía en momentos como este.

«¿Cuánto tiempo?», preguntó Olga, y su voz era más suave de lo habitual. «¿Cuánto tiempo hasta que esté completamente terminado?»

Da Vinci consultó unos datos en su propia tableta. «Si todo va según lo planeado… tres días. Quizás cuatro. Antes de que encontremos la próxima Singularidad, en cualquier caso.»

Olga guardó silencio por un momento. Luego, lentamente, una sonrisa se dibujó en sus labios. No era su sonrisa habitual de superioridad o exasperación. Era una sonrisa genuina, cálida, la sonrisa de alguien que acababa de recibir la mejor noticia en mucho tiempo.

«Bien», dijo, y su voz era firme a pesar de la emoción que traicionaba. «Bien hecho, Da Vinci. Continúa con el buen trabajo.»

«Por supuesto, directora», respondió Da Vinci, y su tono era el de alguien que disfrutaba enormemente de su trabajo. «No descansaré hasta que pueda caminar por estos pasillos con sus propios pies. Y entonces…» Sus ojos brillaron con picardía. «…podremos tener conversaciones mucho más interesantes sobre ciertos comentarios que he escuchado desde el interior del Boosted Gear.»

El rostro de Olga se tiñó de un rojo intenso. «¡Eso no es asunto tuyo, Da Vinci!»

Issei parpadeó, confundido. «¿Comentarios? ¿Qué comentarios?»

«¡NADA!», gritó Olga, su voz sonando casi histérica. «¡No he dicho nada! ¡Da Vinci está mintiendo! ¡Siguiente punto de la agenda!»

Romani, que había estado observando el intercambio con una expresión de divertida resignación, carraspeó para llamar la atención. «Bien, si me permiten… el siguiente punto es precisamente lo que haremos durante estos días de descanso. Issei, como único Maestro activo, necesitas estar en plena forma para la próxima Singularidad. Eso significa descanso adecuado, nutrición apropiada, y entrenamiento para mejorar tus habilidades.»

«También significa refuerzos», intervino Da Vinci. «Has demostrado ser capaz de invocar y mantener múltiples Servants simultáneamente, Issei. Eso es… inusual. La mayoría de los Maestros apenas pueden manejar uno o dos. Tú ya tienes cuatro: Mash, Tamamo, Nero, y ahora Kiyohime. Y todas ellas parecen funcionar a plena capacidad sin drenar tu maná de manera significativa.»

Issei se encogió de hombros. «Supongo que tengo mucho maná. Ddraig dice que es por el Boosted Gear. Algo sobre dragones y reservas de energía o algo así.»

«Sea cual sea la razón», continuó Da Vinci, «es una ventaja que debemos explotar. Mi recomendación es que, en unos días, cuando hayas descansado lo suficiente, realicemos otra invocación. Necesitas más aliados, Issei. La próxima Singularidad podría ser aún más peligrosa que Orleans, y cuantos más Servants tengas a tu disposición, mayores serán nuestras probabilidades de éxito.»

Issei asintió lentamente. La idea de invocar a más Servants era… complicada. Por un lado, ciertamente necesitaba toda la ayuda posible. Orleans había sido una pesadilla, y solo habían sobrevivido gracias a una combinación de suerte, determinación, y el sacrificio de aliados como Marie Antoinette, Sigfrido y Georgios. Más Servants significaban más opciones tácticas, más poder de fuego, y más posibilidades de mantener a todos con vida.

Pero por otro lado… más Servants también significaban más personalidades fuertes compitiendo por su atención. Ya tenía que lidiar con una kitsune posesiva, una emperatriz teatral, y una yandere obsesiva. Añadir más mujeres a esa mezcla era una receta para el caos. Y eso sin mencionar que, si la tendencia continuaba, todos los Servants que invocara probablemente serían mujeres hermosas con pechos grandes.

No es que se quejara de eso, por supuesto. Pero su supervivencia diaria ya era bastante precaria sin añadir más variables a la ecuación.

«Entendido», dijo finalmente. «Dame unos días para descansar y recuperarme, y luego haremos la invocación.»

Olga asintió desde la pantalla. «Bien. Entonces, si no hay nada más que discutir, esta reunión ha terminado. Issei, te sugiero que aproveches estos días sabiamente. Descansa. Entrena. Y por el amor de todo lo que es sagrado…» Su mirada se volvió peligrosa. «…intenta no causar más incidentes internacionales con tus tendencias pervertidas. Una Singularidad es suficiente.»

Issei sonrió inocentemente. «No puedo prometer nada, directora.»

Olga suspiró, pero en sus ojos había un brillo que podría haber sido cariño. «Lo sé. Maldita sea, lo sé.»

La pantalla se apagó, y la reunión terminó.

Los días que siguieron fueron, para Issei Hyoudou, los más extraños y maravillosos de su vida.

Por primera vez desde que había llegado a Chaldea, no había una crisis inmediata que atender. No había Singularidades que resolver, ni enemigos que derrotar, ni dragones que esquivar. Solo tiempo. Tiempo para descansar, para recuperarse, y para disfrutar de la compañía de las mujeres que, contra todo pronóstico, habían decidido que él era digno de su afecto.

Y vaya si lo disfrutó.

Las mañanas solían comenzar con Tamamo-no-Mae despertándolo con un beso suave y una taza de té verde preparada exactamente a la temperatura perfecta. La kitsune había asumido el papel de “esposa oficial” con una dedicación que era a partes iguales conmovedora y aterradora. Se aseguraba de que Issei comiera adecuadamente, de que su ropa estuviera limpia y planchada, y de que su habitación estuviera siempre ordenada. También se aseguraba de recordarle, al menos tres veces al día, que ella era su esposa legítima y que cualquier otra mujer era solo una “concubina temporal”.

«Goshujin-sama», le decía mientras le servía el desayuno, sus orejas de zorro erguidas con atención. «Espero que haya dormido bien. He preparado sus platos favoritos. Y también he puesto una barrera mágica alrededor de su habitación para evitar que ciertas… intrusas… intenten colarse durante la noche.»

Issei suspiraba, pero no podía evitar sonreír. «Tamamo, Kiyohime no es una intrusa. Es una de mis Servants, igual que tú.»

Los ojos de Tamamo brillaban peligrosamente. «Esa mujer es una amenaza para la estabilidad de nuestro matrimonio, goshujin-sama. La tolero porque usted se lo pide. Pero no confío en ella. Y no confiaré en ella hasta que demuestre que puede compartir sin intentar quemar a las demás.»

Considerando que Kiyohime ya había quemado la cola de Tamamo una vez, Issei no podía discutir ese punto.

Las tardes solían estar divididas entre las otras dos mujeres que competían por su atención. Nero Claudius insistía en sesiones de entrenamiento con espada, argumentando que un emperador debía ser capaz de defenderse por sí mismo además de confiar en sus súbditos. Estas sesiones solían desarrollarse en la sala de entrenamiento de Chaldea, un espacio amplio y reforzado mágicamente que podía soportar los estragos de Servants de alto nivel.

«¡Praefectus!», exclamaba Nero, su espada de entrenamiento brillando en el aire mientras adoptaba una postura de combate. «¡Hoy aprenderás la técnica de estocada imperial! ¡Una maniobra que yo misma perfeccioné en los campos de batalla de Roma! ¡Observa!»

Y entonces procedía a demostrar la técnica, sus movimientos fluidos y elegantes, su cuerpo moviéndose con una gracia que solo una emperatriz nacida para el combate podía tener. Issei intentaba imitarla, pero sus intentos solían terminar con él en el suelo, jadeando y cubierto de moretones.

Pero Nero nunca se burlaba de él. Al contrario, lo animaba con un entusiasmo contagioso. «¡Excelente progreso, Praefectus! ¡Cada día estás más cerca de ser digno de luchar a mi lado como un igual! ¡Pronto, los bardos compondrán canciones sobre el emperador Issei y su valiente lucha contra la incompetencia con la espada!»

Issei no estaba seguro de si eso era un cumplido o un insulto, pero lo aceptaba de todos modos.

Las tardes con Kiyohime eran… diferentes.

La doncella dragón no tenía interés en entrenar habilidades de combate. Su concepto de “pasar tiempo juntos” involucraba paseos por los jardines hidropónicos de Chaldea (el único lugar con algo parecido a vegetación), durante los cuales le contaba a Issei historias sobre su vida anterior, sobre el monje Anchin al que había amado y perseguido hasta la muerte, y sobre cómo Issei era su reencarnación destinada.

«Anchin-sama», decía Kiyohime, sus dedos entrelazados con los de Issei mientras caminaban entre las plantas cultivadas artificialmente. «¿Recuerdas la promesa que me hiciste? La promesa de no mentirme nunca.»

Issei asentía, recordando el juramento del meñique que habían hecho en Orleans. Un juramento que, según Kiyohime, estaba respaldado por la amenaza de “tragar mil agujas” si se rompía.

«Nunca te mentiré, Kiyohime», decía Issei, y realmente lo sentía. A pesar de su naturaleza obsesiva y sus tendencias yandere, había algo en Kiyohime que le llegaba al corazón. Quizás era su honestidad absoluta. Quizás era la vulnerabilidad que ocultaba bajo su fachada de frialdad. O quizás, solo quizás, era el hecho de que ella lo amaba de una manera tan completa, tan absoluta, que no dejaba espacio para dudas o medias tintas.

Kiyohime sonreía, y su sonrisa era genuinamente cálida. «Lo sé, Anchin-sama. Por eso te amo. Por eso siempre te amaré. Y por eso…» Sus ojos brillaban con una luz peligrosa. «…nunca dejaré que nadie te aleje de mí. Nunca.»

Issei tragaba saliva, recordando que detrás de esa sonrisa cálida se escondía una Berserker capaz de incinerar a cualquiera que se interpusiera en su camino. Pero extrañamente, no le importaba. Kiyohime era parte de su vida ahora. Una parte peligrosa, sí, pero también una parte que lo amaba con una intensidad que pocos podrían igualar.

Y luego estaban las noches.

Las noches eran… complicadas.

Tamamo, Nero y Kiyohime habían establecido un sistema de rotación tácito para pasar tiempo a solas con Issei. Una noche era para Tamamo, que solía acurrucarse a su lado en el sofá de la sala común, viendo películas antiguas del archivo de Chaldea y comentando sobre lo extrañas que eran las costumbres del mundo moderno. Otra noche era para Nero, que insistía en cenas a la luz de las velas con comida que ella misma había “preparado” (en realidad, había convencido al personal de cocina de Chaldea para que lo hicieran por ella), durante las cuales recitaba poemas épicos sobre las hazañas de Issei en Orleans. Y otra noche era para Kiyohime, que simplemente se sentaba a su lado en silencio, su cabeza apoyada en su hombro, disfrutando de su presencia sin necesidad de palabras.

Mash, por su parte, no participaba en este sistema de rotación. La Shielder era demasiado tímida para expresar abiertamente sus sentimientos, y se conformaba con pasar tiempo con Issei durante el día, ayudándolo con su entrenamiento mágico o simplemente acompañándolo en sus paseos por Chaldea. Pero en sus ojos violetas, Issei podía ver un afecto que iba más allá de la simple amistad. Un afecto que, estaba seguro, eventualmente encontraría su momento para florecer.

Y luego estaban los momentos… más íntimos.

Issei había descubierto, para su deleite y ocasional terror, que sus novias eran mucho más permisivas de lo que jamás había soñado. Tamamo no tenía problema en que la abrazara durante sus sesiones de cine, e incluso le permitía ciertas libertades con sus orejas y su cola (siempre que pidiera permiso primero). Nero disfrutaba de los cumplidos sobre su apariencia y no se molestaba en absoluto si la miraba de manera apreciativa; al contrario, parecía deleitarse en la atención. Y Kiyohime… Kiyohime era la más intensa de todas. Sus sesiones de “cita” a menudo terminaban con ella sentada en su regazo, sus brazos alrededor de su cuello, susurrándole promesas de amor eterno y advertencias veladas sobre lo que pasaría si alguna vez la traicionaba.

Era aterrador. Era maravilloso. Era todo lo que Issei siempre había soñado y más.

Excepto, por supuesto, por el pequeño detalle de que el destino de la humanidad descansaba sobre sus hombros.

Era una ironía que no pasaba desapercibida para Issei. Él, un pervertido autoproclamado cuyo mayor logro antes de llegar a Chaldea había sido espiar a las chicas del club de kendo, era ahora la última esperanza de la humanidad. El único Maestro capaz de viajar a las Singularidades y corregir la historia. El pilar sobre el que descansaba la supervivencia de cada hombre, mujer y niño en el planeta.

Y lo más extraño de todo era que… no le importaba.

Oh, ciertamente sentía el peso de la responsabilidad. Había noches en las que se despertaba sudando frío, recordando el momento en que Marie Antoinette había muerto en sus brazos, o el sonido de los wyverns desgarrando a los soldados franceses, o la mirada de desesperación en los ojos de Jeanne Alter antes de desaparecer. La muerte y la destrucción que había presenciado en Orleans lo perseguirían durante mucho tiempo.

Pero a pesar de todo, no se había acobardado. No había considerado rendirse. Porque en el fondo de su ser, Issei Hyoudou sabía que esta era su oportunidad. Su oportunidad de ser algo más que un pervertido de instituto. Su oportunidad de convertirse en un héroe. Su oportunidad de demostrar, al mundo y a sí mismo, que era capaz de grandes cosas.

Y además, pensó mientras observaba a Tamamo, Nero y Kiyohime discutiendo acaloradamente sobre quién dormiría en su habitación esa noche, había ciertas… ventajas… en ser el salvador de la humanidad.

«Goshujin-sama», llamó Tamamo, sus orejas de zorro erguidas con indignación. «¡Esta intrusa insiste en que tiene derecho a pasar la noche con usted! ¡Pero ya lo hizo anoche! ¡Es mi turno!»

«¡El turno no importa!», respondió Kiyohime, sus ojos brillando con fuego azul. «¡Anchin-sama me pertenece! ¡Siempre me ha pertenecido! ¡Y siempre me pertenecerá!»

«¡Ambas estáis equivocadas!», declaró Nero, su espada materializándose en su mano. «¡Un emperador no sigue turnos! ¡Un emperador elige a su favorita del momento! ¡Y esta noche, yo soy la favorita!»

Issei suspiró, pero una sonrisa se dibujó en sus labios. Sí, la vida en Chaldea era caótica, peligrosa, y completamente impredecible. Pero también era, de alguna manera extraña y retorcida, exactamente donde quería estar.

Dentro del Boosted Gear, Olga Marie Animusphere escuchaba los pensamientos de Issei con una mezcla de exasperación y algo que no quería nombrar. El pervertido estaba feliz. Rodeado de mujeres hermosas que lo adoraban, viviendo el sueño que siempre había perseguido, y aparentemente sin ninguna preocupación por el hecho de que el destino del mundo dependía de él.

Idiota, pensó Olga, pero no había veneno en la palabra. Idiota incorregible. Ojalá mi cuerpo estuviera listo ya. No sé cuánto tiempo más puedo soportar escuchar sus pensamientos sobre pechos y traseros sin perder la cordura.

Pero en el fondo, en un lugar que no se permitía examinar demasiado, Olga sabía que no era solo exasperación lo que sentía. Era algo más. Algo más cálido. Algo que se parecía peligrosamente a…

No, se dijo a sí misma, cerrando esa línea de pensamiento con firmeza. No voy a ir por ahí. Soy la directora de Chaldea. Una maga de linaje impecable. No voy a caer en los encantos de un pervertido que mide el valor de una mujer por el tamaño de sus pechos.

Pero incluso mientras lo pensaba, sabía que era una batalla perdida.

El día de la invocación llegó más rápido de lo que Issei esperaba.

Habían pasado cuatro días desde su regreso de Orleans. Cuatro días de descanso, entrenamiento, y momentos robados con sus novias. Cuatro días en los que el peso de la responsabilidad se había aligerado un poco, reemplazado por la calidez de la compañía y la promesa de un futuro por el que valía la pena luchar.

Pero ahora, de pie frente al círculo de invocación en la sala de rituales de Chaldea, Issei sentía que el peso regresaba con toda su fuerza.

El círculo de invocación era una obra de arte mágica, un complejo entramado de runas y símbolos que brillaban con una luz tenue bajo la iluminación artificial de la sala. A su alrededor, Mash, Tamamo, Nero y Kiyohime observaban en silencio, sus expresiones una mezcla de curiosidad y anticipación. Romani y Da Vinci estaban en una sala de control adyacente, monitoreando los niveles de maná y asegurándose de que todo saliera según lo planeado.

Y en la mente de Issei, Olga Marie Animusphere observaba con una intensidad que rayaba en lo obsesivo.

«Recuerda el cántico», le recordó Olga, su voz resonando en su mente. «Y por el amor de todo lo que es sagrado, no improvises. La última vez que lo hiciste, terminaste invocando a Kiyohime y Elizabeth al mismo tiempo. No necesitamos más caos del que ya tenemos.»

«Lo sé, lo sé», respondió Issei mentalmente. «Haré el cántico correctamente. Lo prometo.»

«Más te vale. Estoy sobre hielo muy fino con la directora, y no quiero agregar más peso a su ya considerable carga.»

Olga resopló, pero no dijo nada más. Issei respiró hondo y extendió su mano hacia el círculo de invocación.

«Plata y hierro», comenzó, su voz resonando en la sala silenciosa. «Piedra fundamental y el Archiduque de los Pactos. El ancestro es mi gran maestro Schweinorg. Alzad un muro contra el viento que ha de caer. Cerrad las puertas de los cuatro puntos cardinales. Emerged de la Corona, y seguid el camino bifurcado hacia el Reino.»

El círculo de invocación comenzó a brillar con una luz más intensa. Las runas y símbolos se iluminaron una tras otra, formando un patrón complejo que parecía palpitar con vida propia.

«Llenad, llenad, llenad, llenad, llenad. Repetid cinco veces. Pero romped el cascarón cuando se haya llenado. Os lo ordeno. Servid bajo mi mandato, y responded a mi llamado. El juramento aquí establecido será mi bien y vuestro destino. Aceptad mi voluntad y responded a mi llamado. ¡VEN, SERVANT!»

La luz estalló en la sala, tan intensa que Issei tuvo que protegerse los ojos. El aire se cargó de una energía mágica tan densa que podía saborearse en la lengua, y el sonido de campanas lejanas resonó en sus oídos como un eco de otro mundo.

Y cuando la luz se desvaneció, una figura estaba de pie en el centro del círculo.

Issei parpadeó para aclarar su visión, y cuando sus ojos se adaptaron a la tenue iluminación de la sala, su corazón dio un vuelco.

Era una mujer. Alta, esbelta, con una armadura blanca e inmaculada que brillaba con una luz propia. Su cabello rubio estaba recogido en una trenza que caía sobre su hombro, y sus ojos azules, profundos como el cielo de verano, recorrían la sala con una mezcla de curiosidad y reconocimiento.

Jeanne d’Arc.

La santa de Orleans. La mujer que los había ayudado a derrotar a su contraparte corrupta. La mujer cuyos pechos Issei había agarrado accidentalmente durante una persecución que aún le causaba pesadillas.

La mujer que ahora lo estaba mirando directamente a él.

«Yo soy Jeanne d’Arc», dijo la santa, y su voz era tranquila, serena, como si estuviera recitando una oración. «He sido invocada como Servant de la clase Ruler. Mi misión es proteger la historia de la humanidad y garantizar que el Santo Grial sea utilizado correctamente. Maestro…» Sus ojos se encontraron con los de Issei, y su expresión, que hasta ese momento había sido neutral, cambió sutilmente. «…¿nos conocemos?»

Issei tragó saliva. Su mente era un torbellino de pánico. ¿Lo recordaba? ¿Recordaba lo que había pasado en Orleans? ¿Recordaba que él había…?

Y entonces, los ojos de Jeanne d’Arc se abrieron de par en par. Su rostro, normalmente tan sereno, pasó por una rápida sucesión de emociones: confusión, incredulidad, reconocimiento, y finalmente, una furia fría que hizo que Issei diera un paso atrás instintivamente.

«Tú», dijo Jeanne, y su voz ya no era tranquila. «Tú eres… el pervertido de Orleans. El hombre que… el hombre que…»

No pudo terminar la frase. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso, y sus manos se cerraron en puños a los costados de su cuerpo. Su estandarte, aquel estandarte blanco e inmaculado que había sido un símbolo de esperanza en Orleans, se materializó en su mano derecha con un brillo amenazador.

«Issei Hyoudou», dijo Jeanne, y su voz era peligrosamente suave. «Cuánto tiempo sin verte.»

Issei palideció. «J-Jeanne… esto… puedo explicarlo…»

«¿Explicarlo?» Jeanne dio un paso adelante, y su sonrisa era la de un depredador acorralando a su presa. «¿Explicar el hecho de que profanaste mi pureza con tus ojos pecaminosos? ¿Explicar el hecho de que tus manos… tus manos… tocaron lo que ninguna mano impura debería tocar? ¿Explicar el hecho de que, debido a ti, jamás podré casarme?»

«¡Fue un accidente!», gritó Issei, retrocediendo mientras Jeanne avanzaba. «¡Te tropezaste y yo intenté atraparte! ¡Mis manos… simplemente terminaron donde no debían!»

«¡No me importa!», rugió Jeanne, y su estandarte se alzó en el aire. «¡Me robaste mi pureza! ¡La pureza que había guardado durante toda mi vida! ¡La pureza que era mi orgullo como santa! ¡Y ahora… ahora tendrás que devolvérmela!»

Issei no necesitó más incentivos. Sus instintos de supervivencia, perfeccionados a lo largo de años de escapar de situaciones peligrosas, se activaron al máximo. Salió disparado hacia la puerta de la sala de rituales, sus pies apenas tocando el suelo.

«¡Ddraig, ayuda!», gritó mentalmente mientras corría.

«Lo siento, compañero», respondió Ddraig, y su voz estaba teñida de una satisfacción mal disimulada. «Esto te lo has buscado tú solito. Te dije que tus tendencias pervertidas te traerían problemas. Ahora lidia con las consecuencias.»

«¡Traidor!»

«Dragón. Y sí, lo soy. Ahora corre.»

Issei corrió. Corrió como nunca había corrido en su vida, esquivando los golpes del estandarte de Jeanne que partían el aire a centímetros de su cabeza. La santa lo perseguía con una determinación que solo podía venir de una mujer que sentía que su honor había sido mancillado, y sus gritos de “¡DEVUÉLVEME MI PUREZA!” resonaban en los pasillos de Chaldea como un mantra de venganza divina.

Mash, Tamamo, Nero y Kiyohime observaban la persecución desde la puerta de la sala de rituales. Sus expresiones eran una mezcla de sorpresa, diversión y, en el caso de Tamamo y Kiyohime, una cierta satisfacción al ver a una potencial rival persiguiendo a Issei en lugar de cortejarlo.

«¿Deberíamos… intervenir?», preguntó Mash, su voz llena de incertidumbre.

«De ninguna manera», respondió Tamamo, sus orejas de zorro erguidas con interés. «Esto es demasiado entretenido. Además, goshujin-sama necesita aprender que sus acciones tienen consecuencias.»

«¡Ciertamente!», coincidió Nero. «¡Un emperador debe enfrentar las consecuencias de sus actos! ¡Y si esas consecuencias incluyen ser perseguido por una santa furiosa, que así sea!»

Kiyohime fue la única que mostró una reacción diferente. Sus ojos dorados siguieron a Jeanne con una intensidad peligrosa, y sus manos se cerraron en puños a los costados de su cuerpo. «Esa mujer… está tocando lo que es mío. Anchin-sama me pertenece. Si ella le hace daño…»

«No le hará daño», la interrumpió Mash rápidamente. «Jeanne d’Arc es una santa. No mataría a su propio Maestro. Probablemente.»

«Más le vale», murmuró Kiyohime, y sus llamas azules parpadearon en sus palmas.

Mientras tanto, Issei seguía corriendo en círculos por la sala de rituales, Jeanne pisándole los talones. La persecución se había convertido en una escena cómica, con Issei esquivando los golpes del estandarte por centímetros y Jeanne gritándole exigencias de devolución de pureza que resonaban en todo Chaldea.

Y entonces, en medio del caos, algo inesperado sucedió.

El círculo de invocación, que había permanecido inactivo desde la llegada de Jeanne, volvió a brillar con una luz intensa. Las runas y símbolos se iluminaron una vez más, y el aire se cargó de una energía mágica tan densa que incluso Jeanne se detuvo en seco, su estandarte bajando lentamente mientras miraba hacia el círculo con incredulidad.

«¿Qué…?», comenzó Issei, pero no pudo terminar la frase.

Una segunda figura emergió del círculo de invocación. Era idéntica a Jeanne en estatura y complexión, pero ahí terminaban las similitudes. Su armadura no era blanca e inmaculada, sino negra como la noche, cubierta de púas y decorada con motivos que parecían burlarse de la iconografía sagrada de su contraparte. Su cabello no era del rubio clásico de Jeanne, sino de un tono más pálido, casi blanco, que contrastaba violentamente con el negro de su atuendo. Y sus ojos… sus ojos no eran azules como el cielo de verano, sino dorados como el metal fundido, brillando con una mezcla de furia, confusión y algo que podría haber sido diversión.

Jeanne d’Arc Alter.

La Bruja Dragón. La sombra vengativa de la santa de Orleans. La mujer que había sido derrotada en la Singularidad y que, contra todo pronóstico, ahora estaba de pie frente a ellos como un Servant recién invocado.

«Yo soy Jeanne d’Arc Alter», dijo la recién llegada, y su voz era un eco oscuro de la de su contraparte. «He sido invocada como Servant de la clase Avenger. Mi misión es…» Hizo una pausa, y sus ojos dorados recorrieron la sala hasta posarse en Issei. Una sonrisa lenta, peligrosa, se dibujó en sus labios. «…bueno, eso aún está por decidir. Maestro.»

Issei sintió que el mundo se detenía a su alrededor. Dos Jeannes. Una santa y una vengativa. Una que quería recuperar su pureza y otra que… bueno, no tenía idea de lo que quería, pero estaba seguro de que no era nada bueno.

La vida en Chaldea, pensó Issei mientras observaba a las dos versiones de la misma mujer mirándose la una a la otra con una mezcla de hostilidad y desconcierto, acababa de volverse mucho más complicada.

Y eso era decir mucho, considerando cómo había sido hasta ahora.

Jeanne d’Arc fue la primera en reaccionar. Su estandarte, que había estado a punto de golpear a Issei momentos antes, bajó lentamente mientras sus ojos azules se encontraban con los dorados de su contraparte. «Tú…», dijo, y su voz estaba llena de una mezcla de emociones que Issei no pudo descifrar. «Tú eres… yo. La parte de mí que se perdió en la oscuridad. La parte que no pudo encontrar el camino de vuelta.»

Jeanne Alter resopló, pero en sus ojos dorados había algo que podría haber sido vulnerabilidad. «No soy tú», respondió, y su voz era desafiante. «Soy lo que tú nunca tuviste el valor de ser. Soy la verdad que escondiste bajo tu fe y tu devoción. Soy el odio que nunca te permitiste sentir.»

«Eres yo», repitió Jeanne d’Arc, y su voz era suave, casi tierna. «Una parte de mí que sufrió, que fue herida, que no pudo sanar. Te recuerdo. Recuerdo el dolor que sentí cuando las llamas me consumieron. Recuerdo la traición de aquellos a los que había salvado. Recuerdo…» Hizo una pausa, y sus ojos se llenaron de lágrimas. «…recuerdo todo. Pero elegí perdonar. Elegí seguir creyendo. Elegí no dejar que el odio me consumiera.»

«Y yo elegí lo contrario», respondió Jeanne Alter, y su voz era fría. «Elegí recordar. Elegí odiar. Elegí hacer que aquellos que me traicionaron pagaran por lo que hicieron. Y no me arrepiento. No me arrepiento de nada.»

Las dos Jeannes se miraron fijamente, la luz y la oscuridad enfrentadas una vez más. Pero esta vez, no había batalla. No había choque de estandartes ni intercambio de golpes. Solo dos versiones de la misma mujer, reconociéndose la una a la otra por lo que realmente eran.

Issei, que había estado observando el intercambio con el corazón en un puño, decidió que era el momento de intervenir. O más bien, su boca decidió intervenir antes de que su cerebro pudiera detenerla.

«Bueno», dijo, y su voz resonó en el silencio de la sala. «Supongo que ahora tengo dos Jeannes. Una que quiere matarme y otra que probablemente también quiere matarme pero por razones diferentes. Genial. Justo lo que necesitaba.»

Ambas Jeannes se giraron hacia él al mismo tiempo. Sus expresiones eran idénticas en su indignación.

«¡Cállate, pervertido!», gritaron al unísono.

Y por primera vez desde que habían llegado a Chaldea, las dos Jeannes estuvieron de acuerdo en algo.

Issei suspiró. Sí, la vida en Chaldea definitivamente se había vuelto más complicada.

Pero mientras observaba a las dos versiones de Jeanne d’Arc discutiendo acaloradamente sobre cuál de ellas tenía más derecho a estar enojada con él, no pudo evitar sonreír. Porque a pesar de todo, a pesar del caos y el peligro y la absoluta locura de su situación, no podía imaginar estar en ningún otro lugar.

Este era su hogar ahora. Estas mujeres, con todas sus complejidades y contradicciones, eran su familia. Y él, Issei Hyoudou, el pervertido que se había convertido en el salvador de la humanidad, haría todo lo que estuviera en su poder para protegerlas.

Incluso si eso significaba ser perseguido por pasillos durante el resto de su vida.

«Compañero», dijo Ddraig de repente, y su voz estaba teñida de una resignación profunda. «Solo para que lo sepas, acabas de invocar a dos versiones de la misma santa legendaria. Una de ellas quiere recuperar su pureza. La otra probablemente quiere vengarse de ti por derrotarla. Y ambas están actualmente en la misma habitación que tus otras cuatro novias, que no son conocidas precisamente por su capacidad de compartir.»

Issei parpadeó. «¿Y?»

«Y que esto va a ser un desastre. Un desastre épico, catastrófico, de proporciones bíblicas. Y quiero que quede registrado que yo te lo advertí.»

Issei sonrió. «Registrado queda, Ddraig. Registrado queda.»

Y mientras las dos Jeannes continuaban su discusión, y Tamamo, Nero y Kiyohime se unían a la conversación con sus propias opiniones (ninguna de ellas favorable a las recién llegadas), y Mash intentaba desesperadamente mantener la paz, Issei Hyoudou se recostó contra la pared de la sala de rituales y se permitió un momento de tranquila satisfacción.

La siguiente Singularidad podía esperar. Por ahora, tenía un harén que gestionar. Y eso, pensó con una sonrisa pervertida, era exactamente donde quería estar.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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