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Fate of Magic - Capítulo 42

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Capítulo 42: Quidditch

Los días que siguieron al ataque de Sirius Black a la torre de Gryffindor transcurrieron bajo una capa de tensión que envolvía Hogwarts como una manta demasiado pesada. Los pasillos, antes llenos de risas y conversaciones animadas, ahora resonaban con susurros cautelosos y miradas furtivas. Los estudiantes caminaban en grupos más numerosos, evitaban las zonas apartadas, y ninguno se atrevía a desafiar el toque de queda impuesto por Dumbledore.

Gudao, sin embargo, tenía una ventaja que el resto del castillo desconocía.

Edmond Dantès, el Conde de Montecristo, el Avenger que habitaba en los rincones más profundos de su mente, se había convertido en sus ojos y oídos en la noche. Desde el mismo día del ataque, Gudao lo había desplegado como un centinela espiritual, recorriendo los pasillos de Hogwarts en su forma incorpórea, atravesando paredes y puertas con la facilidad de un fantasma, pero con la agudeza de un depredador.

«Nada, Maestro», reportó Edmond al amanecer del tercer día, su voz resonando en la mente de Gudao como un eco lejano. «He recorrido cada rincón del castillo. Las mazmorras, las torres, los pasadizos secretos que los estudiantes creen ocultos. No hay rastro de Sirius Black.»

Gudao, sentado en su cama en el dormitorio de Slytherin, fingió seguir durmiendo mientras procesaba la información. Theodore Nott, en la cama de al lado, ya se había levantado y estaba vistiéndose en silencio, sus movimientos precisos y silenciosos como los de un gato. Los demás compañeros de dormitorio —Blaise Zabini, que nunca hablaba con nadie excepto para hacer comentarios sarcásticos, y los dos chicos de primer año cuyos nombres Gudao aún no había memorizado— seguían roncando suavemente.

«¿Ningún pasadizo oculto?», preguntó mentalmente. «¿Ni siquiera los que los fundadores dejaron?»

«He revisado todos los que pude encontrar. Algunos están sellados con magia que ni siquiera yo puedo atravesar sin manifestarme físicamente, y hacerlo consumiría demasiada energía. Pero en los que pude entrar, no había señales de ocupación reciente.»

Gudao frunció el ceño. Era desconcertante. Sirius Black había entrado en Hogwarts, había llegado hasta el séptimo piso, había atacado el retrato de la Dama Gorda, y luego… se había desvanecido. Sin dejar rastro. Sin que los profesores, los fantasmas, los retratos o los propios dementores que patrullaban los terrenos lo hubieran detectado.

«¿Y los terrenos?», preguntó. «¿Has podido salir?»

«He intentado cruzar los límites del castillo, pero hay barreras. No son físicas, sino mágicas. Protecciones que Dumbledore ha reforzado después del ataque. Puedo atravesarlas, pero me debilitaría. No sería prudente.»

Gudao asintió para sí mismo. Era comprensible. Dumbledore no era tonto. Había reforzado las defensas del castillo después de que Sirius demostrara que podía vulnerarlas. Y aunque esas defensas no estaban diseñadas para detener a un espíritu como Edmond, el Avenger era, después de todo, un Servant invocado por un Grial de otro mundo. Las reglas mágicas de este mundo podían no aplicarse completamente a él, pero tampoco podía ignorarlas.

«Sigue patrullando», ordenó. «Pero concéntrate en los pasillos cerca de Gryffindor y en las entradas principales. Si Sirius Black vuelve a intentarlo, quiero saberlo antes de que llegue a las escaleras.»

«Entendido, Maestro.»

La conexión se desvaneció, y Gudao abrió los ojos. La luz gris del amanecer se filtraba por las ventanas del dormitorio, iluminando las siluetas de las camas con una claridad mortecina. Se levantó, se vistió con su uniforme de Slytherin, y se dirigió al baño con pasos silenciosos.

Mientras el agua caía sobre su rostro en el lavabo, se miró en el espejo. Sus ojos oscuros, cansados pero alertas, le devolvieron la mirada. Las marcas de comando en el dorso de su mano izquierda, camufladas con magia rúnica, brillaban tenuemente bajo la luz, un recordatorio constante de la guerra que se avecinaba.

Sirius Black, pensó, mientras se secaba la cara con la toalla. ¿Dónde te escondes? ¿Y qué buscas realmente?

No tenía respuestas. Pero las tendría. Solo necesitaba tiempo.

El jueves transcurrió sin incidentes. Las clases siguieron su curso normal, aunque con una vigilancia reforzada. Snape, en particular, parecía más irritable de lo habitual, descontando puntos a Gryffindor por cualquier infracción real o imaginaria. Harry, que aún no se había recuperado del todo del susto del domingo, recibió la peor parte.

—Potter —siseó Snape durante la clase de Pociones, mientras Harry añadía ingredientes a su caldero—. ¿Podría saber por qué su poción tiene el color de la orina de un troll?

—No lo sé, profesor —respondió Harry con voz tensa—. He seguido las instrucciones al pie de la letra.

—Las instrucciones, dice —Snape se inclinó sobre el caldero, su nariz ganchuda casi tocando la superficie del líquido verdoso—. Las instrucciones son para estudiantes con al menos dos neuronas funcionales. Usted, Potter, parece estar operando con una sola.

Hermione, que estaba en la mesa de al lado, abrió la boca para intervenir, pero Ron le pisó el pie antes de que pudiera hablar. Gudao, desde su lugar en la fila de atrás, observó la escena con una mezcla de lástima y frustración.

Snape odiaba a Harry. Eso era evidente. Pero lo que Gudao no podía entender era por qué. ¿Qué había hecho Harry, aparte de existir, para merecer ese nivel de animosidad? ¿Era solo porque era el hijo de James Potter, o había algo más profundo, más personal?

«Los odios irracionales suelen tener raíces en heridas del pasado», comentó Edmond, que aunque estaba patrullando, siempre podía escuchar los pensamientos superficiales de Gudao. «El profesor Snape es un hombre atormentado. Sus acciones, aunque injustas, no nacen de la maldad, sino del dolor.»

«Eso no justifica que trate así a un niño», respondió Gudao con firmeza.

«No. Pero entenderlo puede ayudarte a predecir sus movimientos. Y en una guerra, la predicción es una de las armas más valiosas.»

Gudao no respondió. Sabía que Edmond tenía razón, pero eso no hacía que fuera más fácil ver a Harry sufrir.

El viernes, la tensión comenzó a disiparse ligeramente gracias a la noticia de que el fin de semana traería el primer partido de Quidditch de la temporada. Gryffindor se enfrentaría a Slytherin, y los ánimos estaban tan caldeados como siempre.

—¡Vamos a aplastarlos! —gritó Ron en el desayuno, con la boca llena de salchichas—. ¡Harry va a atrapar la snitch en menos de cinco minutos!

—No seas ridículo, Ron —respondió Hermione, aunque con una sonrisa—. Los Slytherin tienen una buena escoba este año. Y Draco Malfoy…

—¡Malfoy es un inútil! —la interrumpió Ron—. ¡Se pasa todo el tiempo quejándose y haciéndose el herido! ¡No creo que juegue!

Resultó que Ron tenía razón. Draco Malfoy, que había estado fingiendo una lesión en el brazo desde el incidente con Buckbeak, había sido descartado por el capitán de Slytherin, Marcus Flint. Según los rumores que circulaban por la sala común, Flint estaba furioso, pero no podía hacer nada porque la enfermería de Pomfrey había confirmado que Draco aún no estaba en condiciones de volar.

—Es una vergüenza —se quejó Draco en voz alta durante la cena del viernes, con Crabbe y Goyle asintiendo como autómatas—. Yo soy el mejor buscador que ha tenido Slytherin en décadas. Sin mí, no tienen ninguna posibilidad.

—Quizás deberías haber pensado en eso antes de fingir una lesión —dijo Daphne, con un tono que pretendía ser comprensivo pero que sonaba más a satisfacción apenas disimulada.

Draco la fulminó con la mirada, pero no respondió. La tensión entre los dos Slytherin de sangre pura era palpable, y Gudao, desde su rincón habitual, la observaba con interés.

¿Competencia por el liderazgo?, se preguntó. ¿O algo más?

No lo sabía, pero anotó el dato en su archivo mental. Las grietas en el bando Negro podían ser útiles en el futuro.

El sábado amaneció gris y frío, con nubes bajas que amenazaban lluvia. Gudao se despertó temprano, antes que la mayoría de sus compañeros, y se dirigió a la Sala de los Menesteres.

Había descubierto el lugar unas semanas atrás, casi por casualidad, mientras exploraba los pasillos del séptimo piso en busca de un lugar tranquilo donde pensar. La primera vez que había pasado frente al tapiz de Barnabas el Bárbaro, había sentido una extraña pulsación mágica, un eco de algo que no podía identificar. Y entonces, la pared se había transformado en una puerta.

Dentro, la sala se había materializado como una biblioteca silenciosa, con estanterías que llegaban hasta el techo y un gran ventanal que daba a un jardín japonés inexistente en el mundo real. Gudao había sonreído. La sala le ofrecía lo que necesitaba: un lugar donde su mente podía divagar sin distracciones.

Esa mañana, sin embargo, algo andaba mal. Mientras caminaba por el séptimo piso, sintió un cosquilleo en la nuca, esa sensación incómoda de ser observado. Se detuvo, fingiendo atarse el cordón de la bota, y lanzó una mirada rápida por encima del hombro.

A lo lejos, al final del pasillo, una figura femenina se escondía detrás de una armadura.

Daphne Greengrass.

Gudao suspiró interiormente. La chica había estado siguiéndolo durante días. No de manera agresiva, no como Draco, que buscaba confrontación. Daphne era más sutil. Aparecía en los lugares donde él estaba, se sentaba en mesas cercanas en la biblioteca, coincidía con él en los pasillos con una frecuencia que no podía ser casual.

Y siempre con su séquito. Pansy Parkinson, con su sonrisa falsa y sus comentarios venenosos. Millicent Bulstrode, con su silencio cómplice y sus ojos tristes. Las tres formaban una pequeña procesión que seguía a Gudao dondequiera que fuera.

¿Qué quieres, Daphne?, se preguntó mientras entraba en la Sala de los Menesteres. ¿Validación? ¿Atención? ¿O simplemente te divierte molestarme?

No lo sabía. Pero no tenía intención de averiguarlo. Al menos no hasta que la guerra estuviera más cerca. Por ahora, Daphne era una molestia, no una amenaza.

La Sala de los Menesteres lo recibió con su habitual silencio. El jardín japonés había sido reemplazado por una terraza al atardecer, con vistas a un mar infinito. Gudao se sentó en el borde de la terraza, dejando que sus piernas colgaran sobre el vacío, y cerró los ojos.

La pregunta que lo atormentaba desde el domingo seguía sin respuesta: ¿cómo había entrado Sirius Black en Hogwarts?

Los profesores habían revisado cada rincón. Los dementores patrullaban los terrenos. Los retratos informaban de cualquier movimiento sospechoso. Y sin embargo, Black había llegado hasta el séptimo piso sin que nadie lo viera.

¿Un pasadizo secreto?, pensó. ¿Un mapa? ¿Algún objeto mágico que le permitiera pasar desapercibido?

Había oído rumores sobre un mapa de los merodeadores, un pergamino mágico que mostraba todos los pasillos y personas del castillo. Pero según las historias, el mapa había sido confiscado por Filch años atrás, y nadie sabía dónde estaba.

O quizás, pensó, Sirius Black no está solo. Quizás tiene un cómplice dentro del castillo.

Esa posibilidad era más aterradora que cualquier otra. Si alguien dentro de Hogwarts estaba ayudando a Black, entonces las defensas del castillo no eran solo débiles, sino directamente inútiles.

«Maestro», la voz de Edmond interrumpió sus pensamientos. «La chica Greengrass está fuera. Ha intentado abrir la puerta, pero no puede. La sala se lo impide.»

«Mejor para ella», respondió Gudao. «No tengo ganas de lidiar con su séquito hoy.»

«No está con su séquito. Está sola.»

Gudao abrió los ojos. Eso era nuevo. Daphne siempre iba acompañada. Siempre. La única excepción era cuando estaba en su dormitorio, y aun así, Pansy solía estar cerca.

«¿Sola?», preguntó.

«Completamente sola. Parece… inquieta. Camina de un lado a otro frente a la puerta. Como si esperara.»

Gudao reflexionó un momento. Podía ignorarla. Podía quedarse en la sala hasta que ella se cansara y se fuera. Pero parte de él, esa parte que necesitaba entender a sus posibles enemigos, sentía curiosidad.

¿Qué quieres, Daphne?, se preguntó de nuevo. ¿Por qué insistes?

No tenía respuesta. Pero quizás, algún día, la tendría.

Decidió quedarse en la sala. No era el momento de enfrentarse a Daphne. No aún.

El mediodía llegó con el cielo cubierto de nubes grises y una llovizna persistente que mojaba los campos de Quidditch. Las gradas estaban llenas de estudiantes con bufandas de sus casas, agitando banderas y coreando cánticos de ánimo. El ambiente era eléctrico, una mezcla de emoción y rivalidad que hacía vibrar el aire.

Gudao se sentó en las gradas de Slytherin, que estaban notablemente vacías. La mayoría de los Slytherin habían decidido no asistir al partido, resentidos por la ausencia de Draco y convencidos de que su equipo perdería sin él. Solo unos pocos habían tenido la “dignidad”, como pensaba Gudao, de venir a apoyar a su casa.

Entre ellos estaban Tracey Davis, que hojeaba una revista en lugar de mirar el campo; los gemelos Derrick, que discutían sobre la estrategia del equipo; Theodore Nott, sentado en silencio con un libro en las manos; y algunos otros estudiantes de cursos superiores que Gudao conocía solo de vista.

—¿No tienes nada mejor que hacer, Roberts? —preguntó Tracey, sin levantar la vista de su revista—. Podrías estar en la sala común, calentito.

—Podría —respondió Gudao—. Pero el Quidditch es interesante. Y además, es buena idea mostrar apoyo al equipo, aunque no tengamos muchas esperanzas.

Los gemelos Derrick rieron. —¿Esperanzas? ¡No tenemos ninguna! Sin Malfoy, los buscadores de Hufflepuff nos van a comer vivos.

—Cedric Diggory es bueno —admitió Theodore, cerrando su libro—. Pero nuestro equipo tiene buena defensa. Quizás no ganemos, pero podemos dar pelea.

Gudao asintió, aunque en realidad no le importaba quién ganara. Para él, el Quidditch era un deporte extraño, lleno de reglas que aún no terminaba de entender. Pero asistir al partido le permitía observar a los estudiantes, a los profesores, a todos los que se movían en el castillo. Y en estos tiempos de incertidumbre, cualquier información era valiosa.

El partido comenzó al mediodía en punto. El árbitro, Madame Hooch, lanzó la snitch, la quaffle y las bludgers al aire, y el juego comenzó.

Los primeros minutos fueron intensos. Gryffindor, con su capitán Oliver Wood en la portería, demostró una defensa sólida. Hufflepuff, por su parte, atacaba con rapidez, moviendo la quaffle entre sus jugadores con una coordinación envidiable.

—¡Wood la atrapó! —gritó un estudiante de Gryffindor en las gradas—. ¡Buena parada!

Gudao observó a Harry, que volaba alto sobre el campo, sus ojos verdes recorriendo el terreno en busca de la snitch. Cedric Diggory, el buscador de Hufflepuff, volaba cerca, también atento. Ambos jóvenes parecían concentrados, profesionales, ajenos a la llovizna que comenzaba a intensificarse.

—Va a llover más fuerte —comentó Tracey, mirando al cielo—. ¿No deberían suspender el partido?

—Con Madame Hooch, ni lo sueñes —respondió uno de los gemelos—. Esa mujer es más terca que un troll.

La lluvia, efectivamente, comenzó a caer con más fuerza. Las gotas golpeaban las capuchas de los estudiantes, empapando bufandas y túnicas. Los profesores, previendo la situación, levantaron sus varitas y conjuraron un techo mágico sobre las gradas, un escudo translúcido que desviaba el agua hacia los lados.

—Al menos no nos mojaremos —suspiró Tracey, guardando su revista antes de que se estropeara.

Pero la lluvia seguía cayendo sobre el campo, y los jugadores volaban entre cortinas de agua que dificultaban la visibilidad. Las bludgers, los balones encantados que atacaban a los jugadores, se movían con una ferocidad aumentada por el mal tiempo, golpeando a unos y otros sin distinción.

—¡Cuidado, Alicia! —gritó Wood, mientras una bludger pasaba rozando la cabeza de la cazadora de Gryffindor.

El partido continuó. Gryffindor anotó, Hufflepuff respondió. La diferencia de puntos se mantenía ajustada, y la tensión en las gradas crecía con cada minuto.

Y entonces, el clima empeoró.

Los truenos comenzaron a sonar, retumbando en el cielo como tambores de guerra. Los relámpagos iluminaban las nubes grises, creando sombras danzantes en el campo. La lluvia, antes persistente, se convirtió en un diluvio, y el viento comenzó a soplar con fuerza, haciendo que las escobas de los jugadores se balancearan peligrosamente.

—¡Esto es una locura! —gritó Wood, aterrizando momentáneamente junto al poste de la portería—. ¡Madame Hooch, deberíamos suspender!

Madame Hooch, con su característico silbato en la boca, ignoró el comentario. Sus ojos amarillos de halcón recorrían el campo, evaluando la situación. El reglamento decía que el partido solo se suspendía si había rayos, y aunque los había, aún no estaban lo suficientemente cerca.

—¡Continúen! —gritó, y su voz se escuchó por encima de la tormenta gracias a un hechizo de amplificación.

Los jugadores obedecieron, aunque con visible dificultad. Las escobas se movían erráticamente, los pases fallaban, y las anotaciones se volvían cada vez más raras.

Gudao, desde las gradas, observaba con atención. Algo andaba mal. No era solo la tormenta. Había una sensación en el aire, una frialdad que no provenía de la lluvia ni del viento.

«Maestro», dijo Edmond, su voz tensa. «Siento algo. Algo que no debería estar aquí.»

Gudao se tensó. «¿Dementores?»

«No lo sé. Pero es parecido. Una presencia fría, devoradora.»

En el campo, Harry también lo había sentido. Gudao lo vio estremecerse en su escoba, su cabeza girando hacia las nubes como si buscara algo invisible. Cedric Diggory, cerca de él, también parecía incómodo, pero no al mismo nivel.

Y entonces, las sombras comenzaron a moverse.

Primero fue un punto oscuro entre las nubes. Luego otro. Luego una docena. Las figuras, vestidas con capuchas negras andrajosas, flotaban en el aire como espectros, sus manos descarnadas extendidas hacia el campo.

—¡Dementores! —gritó alguien en las gradas, y el pánico comenzó a extenderse.

—¡No pueden estar aquí! —exclamó otro—. ¡Están en los terrenos, no dentro del campo!

Pero allí estaban, una docena de ellos, quizás más, descendiendo lentamente hacia los jugadores. El frío se intensificó, y las luces de las antorchas alrededor del campo comenzaron a parpadear, algunas apagándose por completo.

Harry, en el centro de la tormenta, sintió el impacto antes que nadie. Su peor recuerdo, el que había visto en el boggart, el que los dementores habían evocado en el tren, volvió a él con una claridad aterradora. Los gritos de su madre, la luz verde, la sensación de vacío…

Su mano tembló en la escoba. Sus ojos se nublaron. Ya no veía el campo, ni a Cedric, ni a los dementores. Solo veía el pasillo de Godric’s Hollow, solo escuchaba la voz de Voldemort, solo sentía el frío de la muerte.

—¡Harry! —gritó Hermione desde las gradas, pero su voz se perdió en el viento.

Gudao se puso de pie de un salto. Vio a Harry tambalearse en su escoba, vio a Cedric acercarse a él con preocupación, vio a los dementores rodearlos como buitres.

Y entonces, Harry cayó.

No fue un movimiento lento, ni controlado. Fue un desplome, un cuerpo que deja de resistirse a la gravedad y se entrega al vacío. La escoba de Harry, descontrolada, cayó con él, y ambos comenzaron a descender hacia el suelo mojado, sesenta metros abajo.

El tiempo pareció detenerse.

Gudao sintió que su corazón se paraba. Vio el cuerpo de Harry, pequeño y frágil contra el cielo gris, cayendo, cayendo, cayendo…

Y entonces, Dumbledore actuó.

El director, que había estado sentado en la tribuna principal junto a McGonagall, se puso de pie con una rapidez que desmentía su edad. Su varita, de madera negra y nudosa, se alzó hacia el cielo, y su voz, amplificada por la magia, resonó en todo el campo:

—Arresto Momentum.

Un rayo de luz dorada surgió de la varita de Dumbledore y alcanzó a Harry a la mitad de su caída. De repente, el cuerpo del niño comenzó a descender lentamente, como si flotara en el agua, como si el aire se hubiera vuelto sólido bajo él.

Los dementores, al ver la magia de Dumbledore, retrocedieron, chillando con sonidos que helaban la sangre. Algunos huyeron hacia las nubes, otros se desvanecieron en el aire, y en cuestión de segundos, el campo quedó vacío de sus presencias.

Harry tocó el suelo. Suavemente. Como una pluma que se posa sobre un lago.

Y entonces, el silencio.

El campo de Quidditch estaba en caos. Los estudiantes gritaban, algunos lloraban, otros se abrazaban sin saber muy bien por qué. Los profesores corrían hacia donde Harry yacía, sus varitas en alto, conjurando hechizos de diagnóstico y protección.

Gudao no se movió. Permaneció en las gradas de Slytherin, su cuerpo rígido, su mente trabajando a toda velocidad. Había visto a Harry caer. Había visto a Dumbledore reaccionar. Había visto a los dementores huir.

Y en medio de todo eso, había notado algo que quizás otros no habían visto.

«Edmond», llamó mentalmente. «¿Viste lo que hicieron los dementores?»

«Sí, Maestro. No atacaron a nadie más. Solo a Potter. Y no físicamente. Fue un ataque psicológico, una inmersión en sus peores recuerdos.»

«¿Por qué? ¿Por qué solo a él?»

«Porque es quien más sufre con su presencia. Porque tiene un trauma profundo, una herida abierta que los dementores pueden oler como los tiburones huelen la sangre.»

Gudao apretó la mandíbula. Harry necesitaba aprender a defenderse de los dementores. El hechizo Patronus era la única defensa efectiva, pero era avanzado, difícil de dominar. Lupin había mencionado algo sobre enseñarlo, pero aún no lo había hecho.

En el campo, Harry había sido rodeado por los profesores. Dumbledore estaba arrodillado a su lado, sus manos largas y huesudas examinando al niño con una suavidad que contrastaba con su mirada feroz. McGonagall, detrás de él, tenía la varita apuntando al cielo, como si esperara que los dementores regresaran.

—Está vivo —anunció Dumbledore, y un suspiro colectivo recorrió las gradas—. Inconsciente, pero vivo. Llévenlo a la enfermería.

Madam Pomfrey, que había llegado corriendo desde el castillo, conjuró una camilla y entre varias manos subieron a Harry. Hermione iba detrás, su rostro pálido, sus manos temblorosas. Ron, que había bajado del campo después de que el partido se detuviera, la seguía con los puños apretados.

El partido, por supuesto, no podía continuar. Los jugadores de Gryffindor y Hufflepuff aterrizaron, algunos llorando, otros simplemente aturdidos. Oliver Wood, el capitán de Gryffindor, tenía el rostro desencajado, no por la derrota, sino por la preocupación por su amigo.

Y entonces, Cedric Diggory hizo algo que nadie esperaba.

El buscador de Hufflepuff, un chico alto y guapo de cabello castaño, se acercó a la mesa de los profesores con la snitch dorada en la mano. La había atrapado mientras Harry caía, sin que nadie lo viera, en un acto reflejo que hablaba de su habilidad como jugador.

—Profesora McGonagall —dijo Cedric, con voz firme pero temblorosa—. He atrapado la snitch. Pero no es justo. Harry estaba… estaba en problemas. Los dementores no deberían haber estado aquí. Propongo que repitamos el partido. O que lo declaremos nulo. Algo que no le dé la victoria a Hufflepuff por… por esto.

McGonagall lo miró con una expresión que era mitad sorpresa, mitad orgullo.

—Señor Diggory —dijo—. Eso es muy honorable por su parte. Pero las reglas del Quidditch son claras. Si la snitch es atrapada, el partido termina. Y su equipo ha ganado.

—Pero no es justo —insistió Cedric—. No hemos ganado. Hemos ganado porque Harry no podía defenderse. Eso no es una victoria.

Oliver Wood, que había escuchado la conversación, se acercó. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos brillaban con una gratitud que apenas podía expresar.

—Cedric —dijo, extendiendo la mano—. Gracias. De verdad. Pero McGonagall tiene razón. Las reglas son las reglas. Has atrapado la snitch. Habéis ganado. No queremos que nos den nada que no nos merezcamos.

Cedric lo miró un momento, luego asintió lentamente.

—Está bien —dijo—. Pero si Harry quiere revancha, en el próximo partido… nos vemos.

Wood sonrió, una sonrisa triste pero genuina. —Nos vemos.

El público, que había estado en silencio durante el intercambio, estalló en aplausos. No por el resultado del partido, sino por el gesto de Cedric, por la deportividad en medio de la tragedia.

Gudao, desde las gradas, observó la escena con una nueva perspectiva. Cedric Diggory era más que un buen jugador de Quidditch. Era un hombre de principios. Y en una guerra que se avecinaba, los hombres de principios podían ser los aliados más valiosos o los enemigos más peligrosos.

Habrá que vigilarlo, pensó.

Mientras los estudiantes se retiraban del campo, Dumbledore se quedó en el centro, solo, mirando el cielo gris. Los profesores se habían llevado a Harry, los equipos se habían dispersado, las gradas se vaciaban lentamente.

Pero Gudao no se movió. Permaneció en su asiento, observando al director con una intensidad que no pasó desapercibida para los pocos Slytherin que aún estaban cerca.

—Roberts, ¿vienes? —preguntó Tracey, recogiendo sus cosas.

—En un momento —respondió—. Ve tú.

Tracey lo miró extrañada, pero no insistió. Se fue con los gemelos Derrick, dejando a Gudao solo en las gradas.

Y entonces, Dumbledore se volvió.

No hacia Gudao, sino hacia las nubes, hacia el lugar donde los dementores habían desaparecido. Su rostro, normalmente sereno y bondadoso, estaba transformado por una furia que Gudao nunca había visto en él.

No gritó. No hizo aspavientos. Simplemente alzó su varita, y un rayo de luz dorada, más brillante que cualquier cosa que Gudao hubiera visto en este mundo, se disparó hacia el cielo.

El impacto fue invisible, pero las nubes se rasgaron, y por un instante, el sol se filtró a través de la abertura, iluminando el campo con una luz cegadora.

—¡Escuchadme, criaturas de las sombras! —la voz de Dumbledore no era alta, pero resonó en todo el campo, en todo el castillo, quizás en todo Hogwarts—. ¡Estos niños están bajo mi protección! ¡Y cualquier dementor que vuelva a acercarse a uno de ellos se enfrentará a mí!

El eco de sus palabras se desvaneció lentamente, y el silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito.

Gudao sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Dumbledore era más poderoso de lo que había imaginado. Y su furia, contenida durante tanto tiempo, era un recordatorio de por qué Voldemort mismo temía enfrentarse a él.

«Maestro», dijo Edmond, y su voz tenía un respeto que rara vez mostraba. «Ese hombre… no es un mago común.»

«No», respondió Gudao. «No lo es.»

Dumbledore bajó la varita y se quedó mirando el cielo un momento más. Luego, como si sintiera la mirada de Gudao, se volvió hacia las gradas de Slytherin.

Sus ojos azules se encontraron con los oscuros de Gudao. No hubo palabras, no hubo gestos. Solo una mirada, cargada de preguntas y respuestas que ninguno de los dos estaba listo para formular.

Luego, Dumbledore se dio la vuelta y caminó hacia el castillo, sus túnicas plateadas ondulando tras él como alas de un ángel caído.

Gudao se quedó en las gradas, solo, bajo el cielo que comenzaba a despejarse. La tormenta había pasado. Pero la que se avecinaba, la que Dumbledore había invocado con sus palabras, esa apenas comenzaba.

Cuando Gudao llegó a la enfermería, Harry ya había despertado. Estaba sentado en una cama, pálido pero consciente, con Hermione a su izquierda y Ron a su derecha. Madam Pomfrey revoloteaba a su alrededor, administrando pociones y comprobando signos vitales.

—¿Cómo está? —preguntó Gudao, acercándose a la cama.

Harry levantó la vista y sonrió débilmente. —Vivo. Eso es algo.

—Podría haber sido peor —dijo Hermione, con voz ronca—. Si Dumbledore no hubiera actuado tan rápido…

—Pero lo hizo —interrumpió Ron—. Y ahora estamos todos bien. Bueno, más o menos.

Gudao se sentó en una silla junto a la cama. Por un momento, ninguno habló. El silencio era cómodo, casi terapéutico, después del caos de la tarde.

—Fueron los dementores —dijo Harry al fin—. Los sentí. Fue como… como si quisieran quitarme todo lo bueno. Todo lo que me hace feliz. Y solo quedó… lo malo.

—El miedo —dijo Gudao—. La desesperanza. Eso es lo que hacen. Se alimentan de las emociones positivas y dejan solo el vacío.

—Lupin dijo que me enseñaría el hechizo Patronus —dijo Harry—. Pero con lo de Sirius Black y ahora esto… no sé cuándo podremos.

—Lo harás —dijo Hermione con firmeza—. Eres el más obstinado que conozco, Harry Potter. Si alguien puede aprenderlo, eres tú.

Harry sonrió, y por un momento, la sombra de los dementores pareció alejarse.

Gudao se quedó un rato más, luego se despidió. Tenía que pensar. Tenía que planificar. La situación en Hogwarts se había vuelto mucho más complicada de lo que había anticipado. Sirius Black, los dementores, la guerra del Santo Grial… todo se estaba acelerando.

Cuando salió de la enfermería, el pasillo estaba vacío. La luz de la tarde se filtraba por las ventanas, creando patrones dorados en el suelo de piedra.

«Edmond», llamó mentalmente mientras caminaba. «Quiero que patrulles con más frecuencia. No solo por Sirius Black. También por los dementores. Necesito saber si están siendo controlados por alguien.»

«¿Cree que los dementores tienen un amo?»

«Siempre lo tienen. En Chaldea aprendí que las criaturas de la oscuridad rara vez actúan por cuenta propia. Alguien los envió. Alguien quería que Harry sufriera. O quizás… alguien quería probar algo.»

«¿Probar qué?»

Gudao llegó a la entrada de la sala común de Slytherin. Pronunció la contraseña —”Nigrum Corvus”— y la pared se deslizó hacia un lado.

«Probar si Dumbledore reaccionaría. Probar los límites de su protección. Probar… el terreno para algo más grande.»

Entró en la sala común. El fuego crepitaba en la chimenea, y algunos estudiantes estaban sentados en los sillones, discutiendo en voz baja sobre el partido. Draco no estaba, afortunadamente. Daphne tampoco.

«Vigila, Edmond», ordenó Gudao mientras se sentaba en su rincón habitual. «Vigila todo. Porque algo me dice que esto solo es el principio.»

El Avenger no respondió, pero Gudao sintió su presencia, alerta, atenta, recorriendo los pasillos del castillo en busca de respuestas.

La guerra por el Santo Grial aún no había comenzado. Pero las batallas, las pequeñas batallas, ya estaban en curso.

Y Gudao Roberts, el último Master de la Humanidad, no tenía intención de perder ninguna de ellas.

Regresamos despues de una semana de descanso por enfermedad, vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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