Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Fate of Magic - Capítulo 43

  1. Inicio
  2. Fate of Magic
  3. Capítulo 43 - Capítulo 43: Informacion
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 43: Informacion

Las semanas que siguieron al ataque de los dementores en el campo de Quidditch transcurrieron con una calma que, para Gudao, resultaba casi inquietante. No hubo más intentos de intrusión por parte de Sirius Black. No hubo más dementores acechando en los alrededores. Las clases continuaron con su ritmo habitual, los estudiantes recuperaron poco a poco la sensación de normalidad, y el castillo, aunque aún herido por la violación de su seguridad, comenzó a respirar con menos tensión.

Pero Gudao no era de esos que se dejan engañar por la calma superficial. Había aprendido, en las batallas de Chaldea, que los momentos de paz solían preceder a las tormentas más devastadoras. Y había algo que lo confirmaba, algo que observaba cada día con creciente atención: las marcas.

Los sellos de comando.

Lo que antes eran simples lunares, pequeñas manchas que podían confundirse con marcas de nacimiento, estaban comenzando a transformarse. En Harry, los tres puntos que formaban un triángulo en el dorso de su mano derecha se habían vuelto más nítidos, más definidos, como si alguien estuviera repasando el dibujo con tinta invisible. En Hermione, las líneas finas en espiral de su muñeca izquierda habían comenzado a entrelazarse formando patrones más complejos, casi como escritura en un idioma desconocido. En Ron, las motas de su tobillo derecho se estaban agrupando, conectándose entre sí como las piezas de un rompecabezas que lentamente revelaba su forma.

Y no solo los Rojos. Los Negros también estaban cambiando. Draco, aunque Gudao no podía ver sus marcas con facilidad —ocultas bajo su ropa, en el cuello, el pecho y el brazo derecho—, había notado que el rubio Slytherin se tocaba el cuello con más frecuencia, como si algo le picara o le molestara. Daphne, por su parte, había dejado de usar mangas largas en la sala común, y la filigrana negra de su muñeca izquierda se había vuelto más oscura, más intrincada, como hiedra trepando por su piel.

«Se están activando», pensó Gudao una noche, sentado en su cama en el dormitorio de Slytherin, mientras observaba sus propias marcas. Las suyas, a diferencia de las de los demás, ya estaban completamente formadas: un escudo en el dorso de su mano izquierda, integrado con las marcas plateadas de Chaldea, todo ello teñido de un rojo oscuro que palpitaba suavemente bajo la luz de las velas.

Recordó las palabras de Da Vinci, pronunciadas en una de esas largas conversaciones en su taller, cuando ella explicaba los entresijos de las Guerras del Santo Grial.

“Los sellos de comando no son solo un símbolo de estatus, Ritsuka. Son un termómetro de la guerra. Cuando comienzan a formarse, significa que el Grial está reuniendo energía. Cuando se completan, significa que la invocación es inminente. Y cuando los patrones adquieren su forma definitiva… bueno, entonces es hora de empuñar las armas.”

Gudao había preguntado cuánto tiempo solía pasar entre la formación y la invocación. Da Vinci había encogido los hombros con su elegancia característica.

“Depende del Grial. Días, semanas, meses… a veces años. Pero hay una constante: cuanto más rápido se forman, más poderosa será la guerra. Las marcas que estáis viendo ahora, Ritsuka… se están formando muy rápido.”

Y era cierto. Gudao había empezado a notar los cambios a principios de noviembre, justo después de la clase de Lupin. Pero desde el ataque de los dementores, el proceso se había acelerado. Como si el Grial estuviera reaccionando a algo, alimentándose de la tensión, del miedo, de la magia que impregnaba el ambiente.

¿Qué está pasando en este mundo?, se preguntó mientras apagaba la vela y se recostaba en la cama. ¿Por qué ahora? ¿Por qué tan rápido?

No tenía respuestas. Pero las buscaría. Como siempre.

El seis de diciembre llegó con una nevada ligera que cubrió los terrenos de Hogwarts con un manto blanco y brillante. Los estudiantes, emocionados por la proximidad de las vacaciones, hablaban sin parar de sus planes: quién se iba a casa, quién se quedaba, quién había recibido ya los primeros regalos de sus familias.

Gudao, sentado en la mesa de Slytherin durante el desayuno, observaba el ajetreo con la calma de quien ha aprendido a no aferrarse a las expectativas. Él no tenía una familia esperándolo. No tenía un hogar al que regresar, al menos no en este mundo. El orfanato muggle del que había salido era solo un lugar de paso, una dirección en un papel que usaba para trámites oficiales. Nadie lo extrañaría allí. Nadie notaría su ausencia.

—Roberts —la voz de Snape, fría y cortante, lo sacó de sus pensamientos.

Gudao levantó la vista. El profesor de Pociones estaba de pie junto a la mesa de Slytherin, un pergamino en la mano y una pluma que flotaba a su lado, lista para anotar.

—Estoy tomando la lista de los alumnos que se quedarán en Hogwarts durante las vacaciones de Navidad —dijo Snape, sus ojos negros clavados en Gudao con esa mezcla de desdén y sospecha que siempre lo acompañaba—. ¿Tiene planes de regresar a su… hogar?

La pausa antes de “hogar” fue apenas perceptible, pero Gudao la notó. Snape sabía que era hijo de muggles. Sabía que provenía de un orfanato. Y aunque no podía probarlo, Gudao sospechaba que Snape también sabía, o al menos intuía, que había algo extraño en él.

—Me quedaré —respondió Gudao, con voz neutra—. Prefiero aprovechar las vacaciones para estudiar.

Snape frunció el ceño. —¿Estudiar? ¿No tiene familia que lo espere?

—No, profesor.

El silencio que siguió fue incómodo. Algunos Slytherin cercanos dejaron de comer para observar la interacción, sus ojos moviéndose de Gudao a Snape como si presenciaran un duelo de miradas.

—Muy bien —dijo Snape al fin, anotando algo en el pergamino—. Quédese. Pero recuerde que durante las vacaciones las normas siguen vigentes. No habrá excusas para… comportamientos inapropiados.

—Por supuesto, profesor.

Snape se alejó, continuando con su lista por la mesa. Gudao volvió a su desayuno, pero su mente ya estaba en otra parte.

«Ese hombre no le tiene cariño», comentó Edmond desde las profundidades de su conciencia. «Pero tampoco le odia como odia al niño Potter. Es una antipatía más… calculada.»

«Snape es un hombre de secretos», respondió Gudao mentalmente. «Y los hombres de secretos desconfían de aquellos que también los tienen. Me ve como un espejo, y no le gusta lo que reflejo.»

«Quizás. O quizás simplemente es un amargado.»

Gudao casi sonrió. Edmond, a pesar de su naturaleza vengativa, tenía un sentido del humor seco que a veces lograba sacarlo de sus pensamientos más oscuros.

—¿Te quedas, Roberts? —preguntó Tracey Davis desde el otro lado de la mesa—. Yo también. Mi madre está de viaje y mi padre… bueno, mejor no hablar de mi padre.

—Compañeros de reclusión, entonces —dijo Gudao, y Tracey rió.

Theodore Nott, sentado un par de lugares más allá, también asintió. —Yo también me quedo. No tengo ganas de ver a mi familia este año.

Gudao lo miró con interés. Theodore nunca hablaba de su familia, pero se sabía que su padre era un mortífago, uno de los seguidores de Voldemort que había logrado evitar Azkaban. La decisión de quedarse en Hogwarts durante las vacaciones probablemente tenía más que ver con evitar a su padre que con cualquier otra cosa.

«Otro aliado potencial», pensó. «Otra pieza en el tablero.»

Cuando Snape terminó de tomar la lista y salió del Gran Comedor, Gudao se permitió un momento de tranquilidad. Los “engreídos”, como los llamaba para sus adentros —Draco, Daphne, Pansy, Crabbe, Goyle y el resto del séquito de sangre pura— se irían todos a sus mansiones y propiedades. La sala común de Slytherin sería un lugar más pacífico durante las vacaciones. Podría estudiar, planificar, y quizás incluso utilizar la Sala de los Menesteres con más libertad.

Pero primero, tenía que sobrevivir a las dos semanas que quedaban antes de las vacaciones.

Esa noche, mientras los demás estudiantes dormían, Gudao se quedó despierto, mirando el techo de piedra del dormitorio. La luz de la luna se filtraba por las ventanas, proyectando sombras azuladas en las paredes.

Pensaba en Chaldea. Como tantas otras noches.

Pero esta vez, no pensaba en Mash, ni en Romani, ni en Da Vinci. Pensaba en Gilgamesh. El Rey Héroe. El Arquetipo más antiguo. El que lo había tratado como basura y plebeyo durante semanas hasta que, poco a poco, había comenzado a respetarlo.

Recordaba el día en que Gilgamesh había sido invocado por primera vez. Había sido durante el singularidad de Babilonia, cuando Chaldea necesitaba desesperadamente aliados poderosos. El Rey Héroe había aparecido en la sala de invocación con su característica arrogancia, sus ojos rojos recorriendo el lugar como si todo le perteneciera.

“¿Así que tú eres el Master de Chaldea?”, había dicho, con un tono que bordeaba el desprecio. “Pareces débil. Frágil. ¿Cómo pretendes salvar la humanidad con esas manos temblorosas?”

Gudao no había respondido. No había necesidad. Sabía que las acciones hablaban más que las palabras.

Y así fue. Durante las batallas, durante las estrategias, durante los momentos de crisis, Gudao había demostrado una y otra vez que su fuerza no residía en sus músculos o en su magia, sino en su voluntad. En su capacidad para seguir adelante incluso cuando todo parecía perdido.

Gilgamesh lo había observado. Evaluado. Y finalmente, había reconocido su valor.

“Eres un plebeyo insufrible”, le había dicho un día, después de una batalla particularmente dura. “Pero eres mi plebeyo. Y eso, al menos, te da cierto mérito.”

Para Gilgamesh, ese había sido un cumplido enorme.

Y luego, el regalo de cumpleaños.

Había sido un collar. No uno cualquiera, sino un tesoro de su colección personal, un amuleto de protección que había pertenecido a un rey olvidado de la antigua Mesopotamia. Gilgamesh lo había dejado en la habitación de Gudao sin ninguna nota, sin ninguna explicación, pero Gudao había sabido de quién era.

“Es para que no mueras como un idiota”, le había dicho el Rey Héroe cuando Gudao le dio las gracias. “No es que me importe. Solo que me molestaría tener que entrenar a otro Master.”

Gudao había sonreído. Y había llevado el collar todos los días, bajo la ropa, cerca del corazón.

Pero ahora, después de caer en el vacío tras la batalla contra Goetia, después de despertar en este mundo extraño y distante, el collar había desaparecido. Como todo lo demás. Su ropa de Chaldea, sus objetos personales, las fotos de sus amigos… todo se había perdido en el abismo.

Solo Edmond había sobrevivido. Solo el Conde de Montecristo, el Avenger que habitaba en su mente, lo había acompañado a través del vacío.

«Maestro», dijo Edmond, emergiendo de las sombras de su conciencia como un eco lejano. «Está recordando.»

«Siempre recuerdo, Edmond. Es lo único que me queda.»

«No es lo único. Le queda su determinación. Su propósito. Y a mí.»

Gudao sonrió en la oscuridad. Edmond era un buen compañero. Quizás el mejor que podía tener en estas circunstancias.

«El collar de Gilgamesh», dijo Gudao, cambiando de tema. «¿Crees que exista alguna posibilidad de que haya sobrevivido? ¿De que esté en algún lugar de este mundo?»

«Lo dudo, Maestro. La caída a través del vacío fue… absoluta. Los objetos materiales no suelen sobrevivir a ese tipo de tránsito. Los Servants como yo, que estamos anclados a su alma, somos una excepción.»

Gudao asintió para sí mismo. Lo sabía. Pero necesitaba escucharlo.

«Algún día volveré, Edmond. A Chaldea. A recuperar lo que perdí.»

«Lo sé, Maestro. Y mientras tanto, estaré aquí. Vigilando. Protegiendo.»

El silencio volvió a instalarse en el dormitorio, y Gudao cerró los ojos. No durmió, no realmente. Pero descansó. Y en el descanso, encontró la fuerza para seguir adelante.

Los días pasaron, y la nieve cayó sobre Hogwarts con una persistencia que transformó el paisaje en una estampa navideña. Los lagos se congelaron, los tejados se cubrieron de blanco, y los elfos domésticos decoraron el Gran Comedor con guirnaldas y árboles de Navidad encantados que parpadeaban con luces de colores.

Los estudiantes, inmunes al frío gracias a los hechizos de calefacción y a las bufandas de sus casas, hablaban sin parar del próximo viaje a Hogsmeade, programado para el dieciocho de diciembre. Sería la última oportunidad de comprar regalos antes de las vacaciones, y todos estaban emocionados.

Todos excepto Harry.

Gudao lo notó durante el desayuno del día quince, cuando el chico de Gryffindor apenas tocó su comida y respondió a las preguntas de Ron y Hermione con monosílabos.

—¿Qué le pasa a Potter? —preguntó Draco en voz alta, desde la mesa de Slytherin—. ¿Todavía llorando por lo del partido?

Gudao no respondió, pero observó a Harry con atención. El Niño que Vivía tenía ojeras, como si no hubiera dormido bien, y sus manos se movían nerviosas sobre la mesa, tocando la cicatriz de su frente de vez en cuando.

«Algo le preocupa», pensó. «Y no son los dementores. Es algo más.»

No tuvo oportunidad de preguntar. Las clases llamaban, y cada uno se fue a sus obligaciones.

Pero esa noche, en la sala común de Slytherin, Gudao se enteró de algo interesante. Draco, que estaba presumiendo de sus planes para las vacaciones —”Mi padre me ha comprado una nueva escoba, la Nimbus 2001, la mejor del mercado”—, dejó escapar un comentario que hizo que Gudao aguzara el oído.

—…y además, mi padre dice que el Ministro Fudge estará en Hogsmeade esta semana. Para una inspección de seguridad. Como si alguien pudiera encontrar a Sirius Black en un pueblo lleno de estudiantes.

—¿El Ministro viene a Hogsmeade? —preguntó Pansy, con interés—. ¿Por qué?

—Porque mi padre lo sugirió —respondió Draco, hinchando el pecho—. Para asegurarse de que los estudiantes están a salvo. Y también para hablar con Dumbledore sobre los dementores. Después de lo que pasó en el partido…

Draco no terminó la frase, pero Gudao entendió. El Ministerio había cedido a la presión de Dumbledore y había retirado a los dementores de Hogwarts, pero eso no significaba que estuvieran contentos. La visita de Fudge era probablemente un intento de calmar las aguas, de asegurarse de que no hubiera más incidentes.

«O de investigar», pensó Gudao. «El Ministerio no confía del todo en Dumbledore. Eso es evidente.»

«Los políticos nunca confían en los poderosos», comentó Edmond. «Es su naturaleza.»

Gudao no respondió. Su mente ya estaba en Hogsmeade, en la posibilidad de que algo ocurriera durante la visita. Pero no era su problema. No aún.

El día del viaje a Hogsmeade amaneció brillante y frío, con un sol pálido que se reflejaba en la nieve recién caída. Los estudiantes se agolpaban en la entrada del castillo, abrigados con bufandas, guantes y gorros, esperando a que los profesores dieran la señal para partir.

Gudao, sin embargo, no estaba entre ellos.

Había decidido no ir.

Su permiso firmado por la encargada del orfanato, la Sra. Hargrave, estaba en su mochila, válido y listo para usar. Ya lo había utilizado en octubre, cuando había ido a Hogsmeade por primera vez. Podría usarlo de nuevo. Nadie le impediría ir.

Pero no quería.

La investigación sobre el Santo Grial estaba estancada. Había leído todos los libros de la biblioteca principal que mencionaban el tema, y ninguno ofrecía información útil. La mayoría hablaba del Grial como una leyenda, un mito religioso sin base mágica real. Algunos mencionaban rituales de purificación, pero nada que se pareciera a una Guerra del Santo Grial.

Necesitaba más. Necesitaba la Sección Prohibida. Pero para acceder a ella, necesitaba un permiso especial de un profesor, y ninguno de los que confiaban en él —Lupin, quizás, o Dumbledore— estaba disponible para dárselo.

La Sala de los Menesteres, pensó. Quizás allí encontrara lo que buscaba.

Así que mientras los demás estudiantes se dirigían a Hogsmeade, Gudao se encaminó al séptimo piso, hacia el tapiz de Barnabas el Bárbaro y la pared vacía que escondía la sala más misteriosa del castillo.

—Roberts —la voz de Snape lo detuvo en seco.

Gudao se volvió. El profesor de Pociones estaba de pie al final del pasillo, sus túnicas negras ondeando suavemente a pesar de que no había viento. Su expresión era la de siempre: desconfianza mezclada con desdén.

—¿No va a Hogsmeade? —preguntó Snape, acercándose.

—No, profesor. Prefiero quedarme a estudiar.

—¿Estudiar? —Snape alzó una ceja—. ¿El día antes de las vacaciones? Qué… dedicación.

La palabra “dedicación” sonó como un insulto.

—Sí, profesor. Hay algunos temas que me interesan y que requieren más tiempo del que tengo durante las clases.

Snape lo miró un largo momento, como si intentara leerle la mente. Luego, sin decir palabra, se dio la vuelta y se alejó.

Gudao esperó hasta que el eco de sus pasos se desvaneció. Luego, continuó hacia la Sala de los Menesteres.

Cuando Gudao entró en la Sala de los Menesteres, se quedó paralizado en el umbral.

No era la misma sala.

La última vez que había estado allí, la habitación se había manifestado como una biblioteca moderna, con estanterías de roble claro y grandes ventanales que daban a un jardín japonés. Pero ahora…

Ahora la sala era un archivo.

Estanterías de madera oscura, casi negra, se alzaban hasta el techo, perdidas en una penumbra que las velas flotantes apenas conseguían iluminar. Los libros no eran nuevos ni estaban en buen estado. Al contrario, estaban viejos, desgastados, con lomos rotos y páginas amarillentas. El polvo cubría los estantes como una capa de nieve gris, y el aire olía a pergamino seco y a siglos de olvido.

Gudao avanzó lentamente, sus pasos resonando en el suelo de piedra. El lugar era enorme, mucho más grande que cualquier versión anterior de la sala. Se extendía en todas direcciones, con pasillos que se bifurcaban y se perdían en la oscuridad.

«Impresionante», dijo Edmond, y su voz tenía un deje de admiración. «La sala ha respondido a su necesidad de información antigua. Esto no es una biblioteca normal. Esto es un depósito de conocimientos perdidos.»

Gudao asintió, maravillado. Se acercó a la estantería más cercana y tomó un libro al azar. El lomo decía, en letras doradas desvaídas: “Rituales de la Antigua Caledonia: Ofrendas y Sacrificios”.

Lo abrió con cuidado, las páginas crujiendo bajo sus dedos. El contenido era denso, lleno de referencias a dioses olvidados y prácticas paganas que los magos modernos considerarían bárbaras. Pero nada sobre el Santo Grial.

Dejó el libro en su lugar y siguió caminando.

Pasó junto a secciones enteras dedicadas a la historia de las familias mágicas, a la evolución de los hechizos, a las criaturas extinguidas. Todo era fascinante, pero no era lo que buscaba.

Y entonces, en un rincón apartado, casi escondido detrás de una columna de piedra, encontró lo que necesitaba.

La sección no tenía nombre. Los libros que la componían no tenían lomos identificables, solo números escritos a mano en un idioma que Gudao no reconocía. Pero algo en ellos, una pulsación mágica casi imperceptible, le decía que estaba en el lugar correcto.

Tomó el primero.

El libro era pequeño, del tamaño de una mano, encuadernado en cuero oscuro que se desmoronaba en los bordes. Al abrirlo, una nube de polvo se elevó en el aire, y Gudao tosió ligeramente.

La letra era manuscrita, temblorosa, como la de alguien que escribe con prisa o con miedo. Gudao comenzó a leer, y lo que encontró lo dejó sin aliento.

“Hoy hemos llegado a las tierras altas de Escocia, siguiendo las pistas que nos llevaron desde Londres. El calor del verano es sofocante, pero no más que la emoción que siento al pensar que estamos a punto de encontrar lo que tantos han buscado sin éxito.”

Un diario. Gudao hojeó rápidamente las primeras páginas, buscando el nombre del autor. Lo encontró en la tercera página, escrito con una caligrafía más cuidada:

“Corvinus Gaunt, Año 1723 después de la fundación del Estatuto de Secreto.”

Gaunt. El apellido le sonaba vagamente, pero no lograba ubicarlo. Continuó leyendo.

El diario narraba la historia de un grupo de magos —siete, según especificaba Gaunt— que se habían unido para buscar el Santo Grial. No el Grial de las leyendas muggle, sino una versión mágica, un artefacto de poder inimaginable que, según las tradiciones orales de una tribu indígena extinta, podía conceder cualquier deseo.

La tribu, llamada los Caledonii, había habitado las montañas de Escocia siglos atrás, antes de la llegada de los romanos. Adoraban a una copa dorada que, según sus leyendas, había sido un regalo de los dioses. La copa tenía el poder de sanar, de proteger, de conceder deseos. Pero también tenía un precio.

“Los Caledonii desaparecieron hace más de ochocientos años”, escribió Gaunt. “Algunos dicen que fueron exterminados por otras tribus. Otros, que la copa misma los consumió, devorando sus almas a cambio de los deseos concedidos. Nadie lo sabe con certeza. Pero los pocos registros que sobreviven hablan de un ritual, de un sacrificio, de una guerra entre elegidos.”

Gudao sintió un escalofrío. Guerra entre elegidos. Exactamente como una Guerra del Santo Grial.

Continuó leyendo, saltándose los pasajes más extensos sobre el viaje y las dificultades del terreno. Llegó a la parte donde el grupo finalmente encontraba la copa.

“La cueva estaba en lo más profundo de las montañas, oculta tras una cascada que solo se revelaba en la luna llena. Dentro, el aire olía a sangre y a hierro, y las paredes estaban cubiertas de runas que brillaban con una luz propia. Y allí, en el centro, sobre un altar de piedra negra, estaba la copa.”

“Era hermosa. Dorada, como decían las leyendas, pero también… hambrienta. Podía sentirla mirándome, evaluándome, como si fuera un ser vivo. Mis compañeros también lo sintieron. Algunos querían huir. Otros, tomar la copa y usarla inmediatamente. Discutimos durante horas.”

“Al final, decidimos que el ritual debía realizarse. Siete magos. Siete deseos. O eso creíamos.”

Las páginas siguientes estaban rotas, manchadas, apenas legibles. Gudao pudo distinguir fragmentos: “la copa nos eligió”, “las marcas aparecieron en nuestras manos”, “no sabíamos lo que hacíamos”.

Y luego, un pasaje más claro:

“El primero en caer fue Macnair. Su deseo era el poder, y la copa se lo concedió. Pero el poder lo consumió. Se volvió loco, atacó a los demás, y tuvimos que matarlo. Luego fue Avery, que deseaba la inmortalidad. La copa se la dio, pero lo transformó en algo que no era humano. Algo que no podía morir, pero tampoco vivir.”

“Yo deseaba el conocimiento. Quería entender la copa, saber cómo funcionaba, cómo controlarla. La copa me dio el conocimiento, pero no el que yo esperaba. Vi cosas que ningún humano debería ver. Vi el origen de la magia, el fin de los tiempos, el vacío entre los mundos. Y supe, en ese momento, que la copa no era un regalo de los dioses. Era una trampa.”

Las últimas páginas del diario eran las más confusas. La escritura se volvía errática, casi incomprensible, como si Gaunt estuviera perdiendo la cordura mientras escribía.

“Solo yo sobreviví. Los otros seis murieron, o peor. La copa se quedó dormida, creo. O quizás solo espera. No lo sé. No puedo recordar. Cada vez que intento pensar en lo que pasó, mi mente se nubla, y siento que algo me observa desde dentro.”

“He vuelto a Inglaterra. He cambiado mi nombre. Soy… no, no puedo escribir mi nuevo nombre. Si alguien lee esto, que sepa que la copa sigue ahí, en la cueva, esperando. Que nadie la busque. Que nadie la encuentre. Porque si la encuentran, el ciclo comenzará de nuevo. Y esta vez, quizás, no habrá supervivientes.”

El diario terminaba ahí. No había más páginas.

Gudao cerró el libro lentamente, su mente trabajando a toda velocidad. Gaunt había sobrevivido. Había cambiado su nombre. Y si no recordaba mal, Draco había mencionado una vez que los Malfoy tenían antepasados que se habían casado con los Gaunt…

«Eso explicaría por qué el diario está aquí», añadió Edmond. «La sala de los menesteres ha reunido lo que una vez perteneció a esa familia. Lo que se perdió, lo que se olvidó.»

Gudao asintió. Era una posibilidad sólida. También explicaba por qué el santo grial de este mundo había evolucionado a un Gran Santo Grial. El ritual de siete magos no se había completado correctamente. La energía se había quedado atrapada, acumulándose durante siglos, hasta que ahora…

«Hasta que ahora está lista para liberarse», completó Edmond. «Y lo hará a través de una nueva guerra. Una guerra más grande, más poderosa, que la que Gaunt y sus compañeros nunca pudieron terminar.»

Gudao guardó el diario en su mochila. No sabía si la sala le permitiría sacarlo, pero valía la pena intentarlo. Luego, revisó otros libros de la misma sección. Encontró más registros, más fragmentos, más pistas. Pero nada tan completo como el diario de Gaunt.

Cuando salió de la Sala de los Menesteres, la tarde ya había caído. La luz del sol se filtraba por las ventanas del séptimo piso, teñida de naranja y rojo. Gudao se quedó un momento en el pasillo, mirando la pared que había sido una puerta, y luego se dirigió a la sala común de Slytherin.

Tenía mucho que pensar.

Mientras Gudao investigaba en la Sala de los Menesteres, Harry Potter vivía su propia aventura en Hogsmeade.

No debería haber estado allí. Su tío Vernon no había firmado el permiso, y la lista de autorizados no incluía su nombre. Pero Harry había encontrado una manera.

Todo había empezado unos días antes, cuando los gemelos Weasley —Fred y George, los bromistas oficiales de Gryffindor— lo habían detenido en un pasillo vacío.

—Harry, amigo —había dicho Fred, con una sonrisa pícara—. Nos hemos enterado de que no puedes ir a Hogsmeade.

—Es una verdadera lástima —había añadido George—. Especialmente porque nosotros tenemos algo que podría interesarte.

Y entonces, le habían mostrado el mapa.

Era un pergamino viejo y arrugado, pero cuando uno de los gemelos lo tocaba con su varita y decía “Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas”, el pergamino se transformaba en un mapa detallado de Hogwarts, con cada pasillo, cada aula, cada rincón del castillo. Y lo más impresionante: mostraba a todas las personas dentro del castillo, representadas por pequeños puntos con nombres que se movían en tiempo real.

—Esto es el Mapa del Merodeador —había explicado Fred—. Lo encontramos en el despacho de Filch hace años. Fue creado por… bueno, por unos amigos de tu padre, en realidad.

Harry había sentido un nudo en la garganta. ¿Su padre? ¿Había conocido a los creadores del mapa?

—No te preocupes por los detalles ahora —había dicho George—. Lo importante es que el mapa te muestra cómo salir de Hogwarts sin que nadie te vea. Hay un pasadizo secreto detrás de la estatua de Gregory el Gregario, en el tercer piso. Te llevará directamente a la bodega de las Tres Escobas.

—Eso sí —había añadido Fred—. Tienes que volver antes del toque de queda. Y no te dejes atrapar. Si Snape te ve…

No hacía falta terminar la frase.

Harry había usado el mapa esa misma mañana, antes de que nadie se diera cuenta. Bajo su capa de invisibilidad, había recorrido los pasillos vacíos, había llegado a la estatua de Gregory el Gregario, y había pronunciado la contraseña que los gemelos le habían enseñado: “Dissendium”.

La estatua se había deslizado hacia un lado, revelando un pasadizo oscuro que descendía en espiral. Harry había caminado durante unos diez minutos, hasta que finalmente había emergido por una trampilla en el suelo de una bodega oscura.

Cuando subió las escaleras, se encontró en las Tres Escobas, el bar más famoso de Hogsmeade.

Ron y Hermione lo estaban esperando en una mesa apartada, con tres jarras de cerveza de mantequilla humeantes.

—¡Funcionó! —susurró Ron, emocionado—. ¡Eres un genio, Harry!

—No soy un genio —respondió Harry, quitándose la capa—. Solo tengo suerte.

Pasaron la tarde recorriendo las tiendas, comprando regalos de Navidad y riéndose de los chistes de Ron. Incluso se encontraron con Draco Malfoy, que estaba con Crabbe y Goyle en una tienda de dulces, y lograron darle un susto lanzándole una bola de nieve con un hechizo de invisibilidad.

Pero la tarde cambió cuando Harry decidió volver a las Tres Escobas para comprar más cerveza de mantequilla. Ron y Hermione se quedaron fuera —eran menores de edad, y aunque las Tres Escobas no solía pedir identificación, no querían arriesgarse—, y Harry entró solo, bajo su capa de invisibilidad.

Dentro, el ambiente era cálido y acogedor. Las mesas de madera estaban llenas de estudiantes y aldeanos, y el fuego crepitaba en la chimenea. Harry se dirigió a la barra, pero antes de llegar, vio algo que lo hizo detenerse en seco.

En un rincón apartado, sentados alrededor de una mesa pequeña, estaban el Ministro de Magia, Cornelius Fudge; la profesora McGonagall; y la dueña de las Tres Escobas, Rosmerta, una mujer guapa de cabello castaño.

Harry se acercó sigilosamente, su capa de invisibilidad pegada al cuerpo, y se escondió detrás de una columna cercana.

—…no puedo creer que Dumbledore los haya echado —decía Rosmerta, con un tono de indignación—. Los dementores son terroríficos, pero son necesarios. Con Sirius Black suelto…

—Dumbledore tenía razones —respondió McGonagall, su voz aguda pero medida—. Después de lo que pasó en el partido de Quidditch… un niño de trece años casi muere.

—Pero Sirius Black es peligroso —insistió Rosmerta—. Ya mató a trece personas de una sola vez, ¿recuerdan? A Peter Pettigrew y a otros doce muggles.

Harry sintió que el corazón se le encogía. Sabía la historia. La había oído cien veces. Pero escucharla en boca de Rosmerta, en ese tono de horror, le hacía un daño especial.

—Eso es lo que dicen los periódicos —dijo Fudge, con un suspiro—. Pero la verdad es un poco más… complicada.

—¿Complicada? —preguntó McGonagall, alzando una ceja—. ¿Qué quiere decir, Ministro?

Fudge se removió en su asiento, incómodo.

—Verán… la razón por la que Sirius Black escapó de Azkaban es porque quería algo. O a alguien. Y ese alguien, me temo, es Harry Potter.

Harry contuvo el aliento.

—Pero no es solo eso —continuó Fudge, bajando la voz—. Sirius Black era… es… el padrino de Harry. Fue elegido por los propios Potter para que se hiciera cargo de Harry si algo les pasaba.

El mundo se detuvo para Harry.

Padrino. Sirius Black era su padrino. El hombre que había traicionado a sus padres, que los había entregado a Voldemort, que había asesinado a trece personas… era su padrino.

—¿Cómo es posible? —preguntó Rosmerta, con los ojos muy abiertos—. ¿Por qué los Potter elegirían a un mortífago como padrino de su hijo?

—Porque en ese momento no sabían que era un mortífago —respondió Fudge, con amargura—. Sirius Black era el mejor amigo de James Potter. Iban juntos a todas partes. Nadie sospechaba nada hasta que… bueno, hasta que pasó lo que pasó.

La conversación continuó, pero Harry ya no podía escuchar más. Salió de las Tres Escobas tambaleándose, su capa de invisibilidad apenas cubriéndolo, y se encontró con Ron y Hermione en la calle.

—¿Harry? —preguntó Hermione, al ver su expresión—. ¿Qué pasa? Estás blanco como la nieve.

Harry no respondió. Solo caminó, con pasos rápidos y decididos, hacia el pasadizo que lo llevaría de vuelta a Hogwarts.

En su mente, una sola idea se repetía una y otra vez: Sirius Black es mi padrino. Y lo voy a encontrar. Lo voy a capturar yo mismo.

Cuando Gudao llegó a la sala común de Slytherin esa noche, los estudiantes que habían ido a Hogsmeade ya habían regresado. Draco estaba presumiendo de sus compras, Daphne estaba mostrando un nuevo collar de oro a Pansy, y los demás Slytherin se agrupaban en conversaciones animadas.

Gudao se sentó en su rincón habitual y sacó el diario de Gaunt de su mochila. Lo había conseguido. La sala se lo había permitido. Ahora tenía que leerlo con más cuidado, tomar notas, buscar conexiones.

Pero algo le distraía.

En la mesa de Gryffindor, durante la cena, había visto a Harry. El chico estaba sentado en silencio, sin comer, con una expresión de determinación feroz en el rostro. Hermione y Ron lo miraban preocupados, pero ninguno de los dos parecía saber qué decir.

«Algo pasó en Hogsmeade», pensó Gudao.

«¿Cree que el niño Potter está en peligro?», preguntó Edmond.

«No lo sé. Pero si Harry decide hacer algo imprudente… podría desencadenar una cadena de eventos que ninguno de nosotros puede controlar.»

Gudao guardó el diario y se recostó en el sillón. La guerra del Santo Grial se acercaba. Los sellos de comando se formaban. Y ahora, Sirius Black estaba en el centro de todo, conectado con Harry de una manera que nadie había revelado.

«Necesito más información», decidió. «Y necesito estar preparado para cuando la guerra comience.»

Porque, pensó mientras el fuego crepitaba en la chimenea, la guerra no esperaba a nadie. Y cuando llegara, solo los preparados sobrevivirían.

Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo