Fate of Magic - Capítulo 44
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 44: Vigilancia
Los días posteriores al viaje a Hogsmeade estuvieron marcados por una tensión que Gudao no tardó en detectar. Harry Potter, normalmente accesible aunque reservado, se había vuelto aún más hermético. En los pasillos, durante las comidas, en los escasos momentos en que las clases los reunían, el Niño que Vivía caminaba con una determinación que rayaba en la obsesión, sus ojos verdes fijos en algún punto del horizonte que solo él parecía ver.
Gudao lo observó durante varios días. Vio cómo Hermione y Ron intercambiaban miradas preocupadas, cómo intentaban hablar con Harry sin éxito, cómo el grupo de Gryffindor se fragmentaba lentamente en silencios incómodos y conversaciones truncadas.
Finalmente, una tarde, cuando la nieve caía suavemente sobre el patio cubierto y los estudiantes se agrupaban en el interior para escapar del frío, Gudao decidió actuar.
—Harry —lo llamó, encontrándolo solo en un pasillo del tercer piso, cerca de la biblioteca—. ¿Puedo hablar contigo un momento?
Harry se detuvo, sus hombros tensos bajo la túnica de Gryffindor. Por un instante, Gudao pensó que iba a ignorarlo y seguir caminando. Pero luego, el chico se volvió, y sus ojos se encontraron con los suyos.
—¿Qué quieres, Gudao? —preguntó Harry, y aunque no había hostilidad en su voz, sí había cansancio. Un cansancio que no era físico, sino emocional.
—Quiero saber qué te pasa —respondió Gudao, sin rodeos—. Desde que volviste de Hogsmeade, estás diferente. Más… intenso. Y no es solo por lo de los dementores, ¿verdad?
Harry lo miró un largo momento. La luz de las antorchas crepitaba detrás de él, proyectando sombras danzantes en las paredes de piedra. Por un instante, Gudao vio algo en sus ojos —duda, miedo, pero también una furia contenida— que le recordó a sí mismo en los días posteriores a la pérdida de Mash.
—No puedo hablarlo —dijo Harry al fin—. No es que no confíe en ti, es solo que… esto es algo que tengo que resolver yo mismo.
—¿Algo relacionado con Sirius Black?
El nombre cayó entre ellos como una piedra en un estanque. Harry se tensó aún más, sus manos apretándose en puños a los costados.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé —admitió Gudao—. Pero hay rumores. Y vi tu cara cuando volviste de Hogsmeade. No era la cara de alguien que ha tenido un mal día. Era la cara de alguien que ha descubierto algo que le ha cambiado la vida.
Harry se quedó callado, mordiéndose el labio inferior. Por un momento, Gudao pensó que iba a contárselo todo. Pero luego, el chico de Gryffindor negó con la cabeza.
—Lo siento, Gudao. De verdad. Pero esto… tengo que hacerlo solo. Ron y Hermione ya están metidos hasta el cuello. No quiero arrastrar a nadie más.
—No me estarías arrastrando —dijo Gudao, con calma—. Estoy ofreciéndome voluntario.
—Lo sé. Y te lo agradezco. Pero no puedo.
Harry se dio la vuelta y caminó hacia las escaleras, sus pasos resonando en la piedra como un eco de su determinación. Gudao se quedó donde estaba, observándolo hasta que desapareció en el descansillo.
«No quiere ayuda», comentó Edmond desde las profundidades de su mente. «O quizás no cree que la necesite. Los jóvenes suelen confundir el orgullo con la fuerza.»
«No es orgullo», respondió Gudao. «Es miedo. Miedo a que si involucra a otros, algo malo les pase. Lo he visto antes. En Chaldea, muchos soldados hacían lo mismo. Preferían cargar solos con el peso antes que ver a sus compañeros caer.»
«¿Y qué hará, Maestro? ¿Lo dejará solo?»
Gudao suspiró. —No. Pero tampoco lo presionaré. Por ahora, observaré. Y cuando el momento llegue, estaré allí.
Volvió a caminar hacia la sala común de Slytherin, su mente dividida entre la preocupación por Harry y la necesidad de seguir investigando el Santo Grial. El diario de Gaunt, escondido bajo su colchón en el dormitorio, contenía pistas que aún no había terminado de analizar. Pero eso podía esperar. Por ahora, lo importante era asegurarse de que Harry no hiciera algo imprudente.
«Los Gryffindor y su valentía», pensó con una mezcla de exasperación y cariño. «Siempre al borde de la estupidez.»
El último día de clases antes de las vacaciones de Navidad llegó envuelto en una niebla espesa que se pegaba a las ventanas como algodón húmedo. Los estudiantes, con las maletas hechas y los regalos comprados en Hogsmeade, apenas podían concentrarse en las lecciones. Los profesores, sabedores de la situación, habían optado por clases más ligeras, repasos y actividades que no requirieran demasiado esfuerzo intelectual.
Gudao, que no tenía prisa por ir a ningún lado, decidió aprovechar la tarde para visitar a Hagrid. La cabaña del guardabosques estaba al borde del Bosque Prohibido, medio oculta por los árboles cubiertos de nieve, y el humo de la chimenea se elevaba en espirales grises contra el cielo pálido.
Cuando llamó a la puerta, el perro Fang ladró desde dentro, y la voz grave de Hagrid respondió:
—¡Ya va, ya va! No te alteres, que no es nadie…
La puerta se abrió, y la enorme silueta de Hagrid llenó el marco. El semigigante llevaba un delantal de cuero manchado de grasa y olía a hierbas y a madera húmeda. Sus ojos, normalmente brillantes de entusiasmo, estaban apagados, y sus hombros caían como si llevaran un peso invisible.
—¡Roberts! —exclamó, forzando una sonrisa—. ¡Qué sorpresa! Pasa, pasa, no te quedes ahí fuera que hace un frío que pela.
Gudao entró en la cabaña. El calor de la chimenea lo envolvió como una manta, y el olor a té y a pastel de melaza le recordó las pocas visitas que había hecho a ese lugar en los meses anteriores. Fang, el enorme perro negro, se acercó a él moviendo la cola, y Gudao le rascó las orejas con la familiaridad de quien ha aprendido a apreciar las criaturas sin juzgarlas por su apariencia.
—¿Quieres té? —preguntó Hagrid, moviéndose hacia la cocina—. Acabo de hacer una tetera. Y tengo pastel de melaza, aunque no sé si te gustará. A Harry le encanta.
—Sí, gracias —respondió Gudao, sentándose en una de las sillas enormes que parecían tragarse a quien se atreviera a usarlas.
Mientras Hagrid preparaba el té, Gudao observó la cabaña. Las paredes estaban decoradas con objetos curiosos: huesos de criaturas, plumas de hipogrifos, un par de cuernos enormes que colgaban sobre la chimenea. En un rincón, cubierta con una manta, estaba la jaula de Buckbeak. El hipogrifo no estaba allí —probablemente en el exterior, disfrutando de la nieve—, pero su presencia se sentía en cada rincón.
—¿Cómo está Buckbeak? —preguntó Gudao, con cuidado.
Hagrid se quedó inmóvil, la tetera en la mano. Su rostro, normalmente abierto y risueño, se contrajo en una mueca de dolor.
—No está bien —respondió al fin, sirviendo el té con manos temblorosas—. No está bien, Roberts. El juicio es en unos días. El Comité de Disposición de Criaturas Peligrosas va a decidir si… si…
No pudo terminar la frase. Dejó la tetera en la mesa y se dejó caer en la silla frente a Gudao, que crujió bajo su peso.
—El padre de Malfoy está detrás de esto —dijo Hagrid, con amargura—. Lo sé. Él tiene influencia en el Comité. Quiere que maten a Buckbeak para vengarse de lo que pasó. Pero no fue culpa del animal, Roberts. Draco no siguió las instrucciones. Buckbeak solo se defendió.
Gudao asintió, tomando su taza de té. La cerámica caliente le quemaba los dedos a través de la tela de sus guantes, pero no le importó.
—¿Hay algo que se pueda hacer? —preguntó—. ¿Alguna forma de defender a Buckbeak?
—Harry, Ron y Hermione están ayudando —dijo Hagrid, con un hilo de esperanza en la voz—. Hermione ha estado leyendo todo lo que encuentra sobre casos similares. Dicen que hay precedentes, que si se puede demostrar que Draco provocó al animal…
—Entonces hay esperanza —interrumpió Gudao—. No es mucho, pero es algo.
Hagrid lo miró con gratitud en los ojos. —Gracias, Roberts. Por venir. Por preocuparte. La mayoría de los Slytherin… bueno, ya sabes.
—No todos los Slytherin son como Malfoy —dijo Gudao, y aunque no añadió nada más, la afirmación tenía el peso de la convicción.
En ese momento, se oyeron pasos en la nieve y luego unos golpes en la puerta. Hagrid se levantó a abrir, y por el marco aparecieron Harry, Ron y Hermione, con las mejillas enrojecidas por el frío y bufandas que les cubrían hasta la nariz.
—¡Hagrid! —exclamó Harry, y luego vio a Gudao sentado en la silla—. Oh, hola, Gudao. No sabía que estabas aquí.
—Pasaba por aquí —respondió Gudao, con un encogimiento de hombros—. He oído lo de Buckbeak. Quiero ayudar si puedo.
Hermione sonrió, pero Ron y Harry intercambiaron una mirada que Gudao no supo interpretar. No era desconfianza, sino más bien sorpresa. Como si no esperaran que un Slytherin se preocupara por un hipogrifo condenado.
—Cualquier ayuda es bienvenida —dijo Hermione, sentándose junto a la mesa y sacando un montón de pergaminos de su bolsa—. He estado investigando casos similares en los archivos del Ministerio. Hay un precedente del siglo XVII, un caso de un hipogrifo que atacó a un mago borracho que lo provocó. El animal fue exonerado.
—¿En serio? —preguntó Ron, con los ojos muy abiertos—. ¿Y cómo lo consiguieron?
—Demostrando que el mago había ignorado las advertencias del cuidador —respondió Hermione, con satisfacción—. Y que el animal solo actuó en defensa propia. Eso es lo que tenemos que hacer con Buckbeak. Demostrar que Draco no siguió las instrucciones de Hagrid.
—Pero ¿cómo probamos eso? —preguntó Harry—. Solo están nuestras palabras contra las de Malfoy.
—Por eso necesitamos testigos —dijo Hermione—. Alguien que viera lo que pasó. Alguien imparcial.
Gudao reflexionó. —¿Qué pasa con los otros estudiantes? Había varios en esa clase. No todos son amigos de Malfoy.
—Algunos son de Slytherin —objetó Ron, con un tono que aún conservaba algo de su antiguo prejuicio—. ¿Por qué iban a testificar en contra de uno de los suyos?
—Porque no todos los Slytherin son iguales —repitió Gudao, con paciencia—. Conozco a algunos que podrían estar dispuestos a decir la verdad si se les pregunta correctamente.
Harry lo miró con atención. —¿De verdad crees que ayudarían?
—No lo sé —admitió Gudao—. Pero vale la pena intentarlo. ¿Qué otra opción tenemos?
La conversación continuó durante otra hora, con Hermione tomando notas frenéticamente y Hagrid sirviendo té tras té. Gudao ofreció lo que pudo: su conocimiento de los procedimientos legales en mundos mágicos (aunque no de este), su capacidad para analizar argumentos y encontrar fallos, y su disposición a hablar con los Slytherin que podrían haber presenciado el incidente.
Cuando el grupo se despidió de Hagrid, la noche ya había caído, y las estrellas brillaban sobre el Bosque Prohibido como diamantes sobre terciopelo negro. Harry, Ron y Hermione caminaban delante, hablando en voz baja, y Gudao los seguía unos pasos más atrás, observando las sombras que se movían entre los árboles.
«El guardabosques está aterrorizado», comentó Edmond. «No por sí mismo, sino por la criatura. Eso es… honorable.»
«Hagrid es un buen hombre», respondió Gudao. «Y los buenos hombres merecen ser ayudados, incluso si no pueden devolver el favor.»
«¿Incluso si son del bando contrario en la guerra?»
Gudao no respondió. Sabía que Hagrid era un Master Rojo, que en algún momento del futuro tendría que invocar a un Servant y luchar. Pero eso no significaba que no pudiera ayudarlo ahora. La guerra no había comenzado. Y mientras no comenzara, seguían siendo aliados.
O al menos, eso quería creer.
El final del trimestre trajo consigo una calma inesperada en la sala común de Slytherin. La mayoría de los estudiantes se fueron a sus hogares —Draco con su familia, Daphne con la suya, Pansy y Millicent con sus respectivos padres—, dejando atrás un ambiente más relajado, casi acogedor.
Gudao, que se había quedado como había planeado, encontró en esos días la oportunidad de profundizar en las relaciones con los pocos Slytherin que no le caían mal. Tracey Davis, que también se había quedado para evitar un viaje familiar complicado, se convirtió en una compañera habitual en las comidas y en las tardes de estudio. Los gemelos Derrick, aunque de cursos superiores, solían unirse a ellos para jugar al ajedrez mágico o para compartir historias de sus años en Hogwarts.
Y Theodore Nott, el chico callado y de ojos grises, se convirtió en algo más que un conocido.
—¿Por qué te quedaste, Roberts? —le preguntó Theodore una noche, mientras ambos estaban sentados junto al fuego, leyendo en silencio—. No tienes familia aquí, ¿verdad?
—No —respondió Gudao, sin levantar la vista de su libro—. Pero Hogwarts es más un hogar que cualquier otro lugar que haya conocido.
Theodore asintió lentamente. —Te entiendo. Mi casa… no es un lugar al que quiera volver. Mi padre está obsesionado con cosas que no entiendo. Cosas oscuras.
Gudao levantó la vista. Había algo en la voz de Theodore, una vulnerabilidad que rara vez mostraba, que le hizo sentir curiosidad.
—¿Cosas como qué?
Theodore dudó, sus dedos rozando el lomo de su libro. —El Señor Tenebroso. Mi padre aún cree que va a volver. Que va a purgar la sangre impura y restaurar el orden verdadero. Yo… yo no sé qué creer.
—¿Has pensado en hablar con alguien? —preguntó Gudao—. Con un profesor, quizás.
—¿Y qué les voy a decir? —Theodore esbozó una sonrisa amarga—. “Mi padre es un mortífago arrepentido, pero no lo suficiente. Por favor, ayúdenme.” No, Roberts. Algunas cosas hay que cargarlas solo.
Gudao guardó silencio un momento. Sabía lo que era cargar con secretos. Sabía lo que era sentirse solo en medio de una multitud.
—No estás solo —dijo al fin—. No conmigo, al menos.
Theodore lo miró, y por un instante, sus ojos grises se iluminaron con algo que podría haber sido esperanza. Luego, volvió a su libro, y el silencio se instaló entre ellos, pero no era un silencio incómodo. Era el silencio de dos personas que han compartido algo sin necesidad de muchas palabras.
Tracey, que estaba sentada un poco más allá, se acercó con una bandeja de galletas que había conseguido en la cocina.
—He oído que estáis teniendo una conversación profunda —dijo, con una sonrisa traviesa—. No os preocupéis, no me meteré. Pero las galletas están para compartir.
Gudao tomó una y mordió. Estaban calientes y crujientes, con chispas de chocolate que se derretían en la lengua.
—Están buenas —dijo—. ¿Dónde las conseguiste?
—Los elfos de la cocina me adoran —respondió Tracey, con orgullo—. Les caigo bien porque nunca les grito ni los trato mal. Es increíble lo que se puede conseguir con un poco de amabilidad.
Gudao sonrió. Era cierto. En Chaldea, también había aprendido que la amabilidad era una moneda valiosa, a veces más que el oro o la magia.
—¿Qué planes tenéis para Navidad? —preguntó Tracey, cambiando de tema—. Yo no tengo ninguno. Estaré aquí, leyendo novelas románticas y comiendo hasta que reviente.
—Probablemente estudiaré —dijo Theodore—. Tengo un ensayo de Transformaciones que entregar después de las vacaciones, y quiero adelantar trabajo.
—Lo mismo —dijo Gudao—. Pero también tengo que ayudar a Hagrid con lo del hipogrifo.
Tracey frunció el ceño. —¿Buckbeak? He oído lo que pasó. Draco es un idiota. No es culpa del animal.
—Lo sé —respondió Gudao—. Pero el Comité no lo ve así. Lucius Malfoy tiene mucha influencia.
—Mi padre también tiene influencia —dijo Theodore, con voz baja—. Pero no creo que quiera usarla para ayudar a un hipogrifo. No a menos que haya algo que ganar.
—Siempre hay algo que ganar —dijo Gudao, pensativo—. Solo hay que encontrar la moneda de cambio adecuada.
Los tres se quedaron en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. El fuego crepitaba en la chimenea, y fuera, la nieve seguía cayendo sobre Hogwarts, cubriendo el mundo de un manto blanco que escondía los secretos del pasado y las amenazas del futuro.
El veinticuatro de diciembre amaneció con una claridad gélida que hacía brillar la nieve como si estuviera cubierta de diamantes. En la sala común de Slytherin, los pocos estudiantes que se habían quedado se reunieron alrededor del árbol de Navidad —un pino enorme decorado con serpientes plateadas y cintas verdes— para abrir los regalos que habían aparecido durante la noche.
Gudao, que no esperaba nada, se sentó en un sillón apartado y observó. Tracey recibió un libro de hechizos avanzados de parte de su madre, y una bufanda tejida a mano que, según dijo, era de su abuela. Theodore recibió una caja de runas de adivinación, un regalo de un tío que vivía en el extranjero. Los gemelos Derrick recibieron una colección de tarjetas de brujas famosas y una caja de caramelos ácidos.
—¿No tienes regalos, Roberts? —preguntó Tracey, acercándose a él—. ¿Nadie te mandó nada?
—No esperaba nada —respondió Gudao, con sinceridad—. No tengo familia que me los envíe.
Tracey lo miró con compasión, pero no dijo nada. En su lugar, le ofreció uno de los caramelos ácidos, y Gudao lo aceptó con una sonrisa.
La mañana transcurrió tranquila, con juegos, conversaciones y la promesa de una gran cena por la noche. Gudao participó lo justo para no parecer antisocial, pero su mente estaba en otra parte.
Había notado algo extraño en las últimas semanas. Los sellos de comando de los pocos estudiantes que se habían quedado —todos ellos del bando Rojo, según su lista— seguían formándose, pero más lentamente. Como si la ausencia de los Negros hubiera ralentizado el proceso. O quizás, pensó, era solo su imaginación.
«El Grial necesita la presencia de todos los Masters para completar la formación de los sellos», teorizó. «O al menos, la proximidad. Si los Negros están lejos, el proceso se detiene o se ralentiza.»
«Eso tendría sentido», respondió Edmond. «La guerra del Santo Grial no puede comenzar si los contendientes están dispersos. El Grial espera a que todos estén reunidos.»
«¿Y si nunca se reúnen?»
«Entonces la guerra nunca comenzará. Pero algo me dice que este Grial no es paciente. Encontrará la manera de atraer a los Masters hacia él. O de llevar la guerra a ellos.»
Gudao asintió mentalmente. Era una posibilidad inquietante, pero no la única.
La tarde de Navidad, el Gran Comedor estaba engalanado con guirnaldas de acebo y muérdago, y las mesas estaban cargadas de platos humeantes: pavo asado, patatas asadas, coles de Bruselas, salchichas envueltas en bacon, y una variedad de postres que harían salivar a cualquier goloso. Los estudiantes que se habían quedado —unos pocos de cada casa— se sentaron sin seguir las divisiones habituales, mezclándose en una atmósfera de camaradería navideña.
Gudao se sentó junto a Tracey y Theodore, pero sus ojos se dirigían constantemente hacia la mesa de Gryffindor, donde Harry, Ron y Hermione habían formado un triángulo de silencio incómodo. Los tres estaban sentados juntos, pero no hablaban. Hermione miraba su plato sin comer, Ron masticaba con agresividad, y Harry apenas tocaba la comida, su mirada fija en algún punto del vacío.
—¿Qué les pasa? —preguntó Tracey, siguiendo la mirada de Gudao—. Parece que hayan peleado.
—No lo sé —mintió Gudao—. Pero voy a averiguarlo.
Se levantó de la mesa y caminó hacia los Gryffindor. Cuando llegó junto a ellos, Hermione levantó la vista, y sus ojos, normalmente llenos de certeza, estaban rojos y húmedos.
—¿Hermione? —preguntó Gudao, en voz baja—. ¿Pasa algo?
Ron abrió la boca para responder, pero Hermione lo interrumpió con un gesto.
—No, Ron. Yo se lo diré. —Se volvió hacia Gudao—. ¿Puedes apartarte un momento?
Gudao asintió y se alejó de la mesa, hacia un rincón vacío cerca de las ventanas. Hermione lo siguió, y una vez que estuvieron fuera del alcance de los oídos indiscretos, comenzó a hablar.
—Es la Saeta de Fuego —dijo, sin rodeos—. Harry recibió una esta mañana. Un regalo anónimo.
Gudao parpadeó. Una Saeta de Fuego era una de las escobas más caras y avanzadas del mercado. No era algo que alguien regalara así como así.
—¿Anónimo? ¿No había nota ni remitente?
—Nada —confirmó Hermione, con frustración—. Apareció en su dormitorio, envuelta en papel de regalo, sin ninguna identificación.Harry pensaba que era de Dumbledore. O de algún admirador secreto. Pero yo… yo no lo creo.
—¿Por qué? —preguntó Gudao, aunque ya intuía la respuesta.
—Porque es demasiado peligroso —dijo Hermione, bajando la voz—. ¿Y si está maldita? ¿Y si Sirius Black la ha enviado para matar a Harry? ¿O para controlarlo? Alguien que puede permitirse regalar una Saeta de Fuego no lo hace sin un motivo. Y un motivo anónimo es un motivo sospechoso.
—Hiciste bien en desconfiar —dijo Gudao—. ¿Qué hiciste?
—Fui a hablar con la profesora McGonagall —admitió Hermione, con una mezcla de orgullo y culpa—. Le conté todo. Ella fue a ver la escoba y… y la confiscó. Dijo que la revisaría con cuidado, que buscaría maldiciones o encantamientos oscuros. Dijo que era lo correcto.
—Y Harry y Ron se enfadaron —concluyó Gudao.
—Se enfadaron no —corrigió Hermione, con amargura—. Me están ignorando. Como si yo fuera la mala de la película. Como si hubiera hecho algo malo.
Gudao la miró con simpatía. Conocía esa sensación. Hacer lo correcto y ser castigado por ello era una de las injusticias más comunes en tiempos de guerra.
—No hiciste nada malo —dijo—. Hiciste lo que cualquier persona sensata habría hecho. Harry y Ron son… impulsivos. Ven la escoba y solo piensan en volar. No piensan en los peligros.
—¿Y si la escoba está limpia? —preguntó Hermione, con un hilo de duda—. ¿Y si la he confiscado por nada?
—Entonces la devolverán —respondió Gudao—. Y Harry podrá volar en ella todo lo que quiera. Pero si está maldita, tú le habrás salvado la vida. ¿No vale la pena correr el riesgo?
Hermione se quedó callada un momento, mordiéndose el labio. Luego, asintió lentamente.
—Gracias, Gudao —dijo—. Necesitaba oírlo.
—Los hombres a veces pueden ser estúpidos —dijo Gudao, con una sonrisa leve—. Por eso las mujeres vivís más. Es biológico.
Hermione soltó una risa corta, casi sorprendida. Era la primera vez que sonreía en todo el día.
—Eres un buen amigo —dijo—. No sé cómo te las arreglas para ver lo positivo en todo.
—Práctica —respondió Gudao—. Mucha práctica.
Se despidió de Hermione y volvió a su mesa, donde Tracey y Theodore lo recibieron con miradas curiosas.
—¿Todo bien? —preguntó Tracey.
—Todo bien —respondió Gudao, sirviéndose más pavo—. Solo una pequeña tormenta en una taza de té. Se calmará.
Pero mientras comía, no podía dejar de pensar en la Saeta de Fuego. Un regalo anónimo, caro, peligroso. Si era de Sirius Black, ¿qué pretendía? ¿Ganarse la confianza de Harry? ¿O algo más siniestro?
Y si no era de Sirius Black, ¿de quién era? ¿De algún Master Negro? ¿De Voldemort mismo?
Demasiadas preguntas. Pocas respuestas.
«Maestro», la voz de Edmond interrumpió sus pensamientos. «Sigo patrullando. No he encontrado nada sobre Sirius Black. Pero hay algo… extraño en las mazmorras. Una presencia que no puedo identificar.»
«¿Un dementor?»
«No. Algo más pequeño. Más sigiloso. Pero no quiero alarmarlo sin estar seguro.»
«Sigue investigando», ordenó Gudao. «Pero con cuidado. No quiero que te expongas innecesariamente.»
«Entendido, Maestro.»
La conexión se desvaneció, y Gudao volvió a su comida. La Navidad en Hogwarts era hermosa, pero las sombras seguían acechando, invisibles pero presentes, como el eco de una batalla que aún no había comenzado.
Mientras Gudao cenaba en el Gran Comedor, Edmond Dantès recorría las mazmorras de Hogwarts en su forma espiritual. Las piedras frías y húmedas no ofrecían resistencia a su cuerpo incorpóreo, y podía deslizarse a través de los muros como si fueran agua, observando cada rincón, cada grieta, cada sombra en la que alguien pudiera esconderse.
Llevaba semanas haciendo esto. Noches enteras de patrullaje, sin descanso, sin fatiga. Su cuerpo de Servant no necesitaba dormir como los humanos, pero el esfuerzo mental de mantener su forma espiritual durante tantas horas era agotador incluso para él. Sin embargo, lo hacía por Gudao. Porque su Maestro necesitaba información, y porque él era la única herramienta que tenía para obtenerla.
Esa noche, algo era diferente.
Las mazmorras estaban más silenciosas de lo habitual. Incluso los fantasmas, que solían deambular por los pasillos en Navidad, parecían haberse retirado a sus propios festejos. Edmond se deslizó a lo largo de los corredores, pasando junto a puertas cerradas y escaleras que descendían hacia niveles aún más profundos.
Fue en un pasillo olvidado, cerca de las antiguas celdas de castigo, donde lo sintió.
Una presencia. Pequeña, casi insignificante. Pero viva.
Edmond se detuvo, concentrándose en la sensación. Algo se movía en la oscuridad, algo que no era un fantasma ni un estudiante ni un profesor. Algo que olía a miedo y a culpa.
Se acercó sigilosamente, sus sentidos espirituales extendidos como antenas. Y entonces, lo vio.
Una rata.
Era una rata común, del tamaño de una mano, con el pelaje gris y sucio. Estaba sentada sobre sus patas traseras, olfateando el aire con su nariz temblorosa. Nada especial. Nada que justificara la sensación de inquietud que Edmond había sentido.
Pero entonces, la rata se transformó.
No fue gradual. No fue una metamorfosis suave como las que Edmond había visto en los hombres lobo o los animagos entrenados. Fue un estallido, una distorsión del espacio y la forma, como si la realidad misma se hubiera roto por un instante.
Y de la rata emergió un hombre.
Era bajo, de complexión regordeta, con el cabello ralo y los ojos pequeños y asustados. Vestía harapos que habían sido ropa de calidad en otro tiempo, y en su mano derecha, donde antes había tenido una garra de rata, ahora tenía una marca negra en la palma.
Una marca de comando.
Edmond se quedó inmóvil, observando. El hombre no parecía consciente de su presencia. Estaba demasiado absorto en su propio terror, murmurando para sí mismo con voz temblorosa.
—Está aquí… está aquí por mí… lo sé… lo sé…
El hombre caminó de un lado a otro, sus pies descalzos resonando en la piedra fría.
—No podía evitarlo… era demasiado poderoso… me obligó… me obligó…
Se detuvo, y sus ojos pequeños se fijaron en la oscuridad, como si viera algo que Edmond no podía percibir.
—Pero él era mi amigo… James era mi amigo… y yo…
El hombre se cubrió el rostro con las manos, y sus hombros comenzaron a temblar. No lloraba, no exactamente, pero estaba al borde de las lágrimas.
—Y ahora Sirius está aquí… va a matarme… va a matarme por lo que hice…
Edmond observó, fascinado y horrorizado a partes iguales. Este hombre —esta rata— era un Master Negro. La marca en su palma era inconfundible. Y sus palabras… sus palabras revelaban una conexión con Sirius Black, con James Potter, con un pasado oscuro que Edmond apenas comenzaba a comprender.
—Tenía que hacerlo… no tenía elección… el Señor Tenebroso me habría matado…
El hombre continuó murmurando durante varios minutos más, repitiendo las mismas frases una y otra vez como un mantra de culpa. Luego, como si algo hubiera cambiado en el aire, se quedó en silencio.
Edmond sintió que el hombre lo miraba. No directamente, porque no podía verlo, pero sus sentidos de rata —agudizados por años de vivir en la clandestinidad— le decían que no estaba solo.
—¿Hay alguien ahí? —susurró el hombre, su voz quebrada—. ¿Quién… quién está ahí?
Edmond no respondió. Permaneció inmóvil, invisible, observando.
El hombre esperó un momento, luego negó con la cabeza.
—Estoy perdiendo la cabeza —murmuró—. Demasiado tiempo… demasiado tiempo escondido…
Y entonces, de nuevo, la transformación. La carne se retorció, los huesos se reconfiguraron, y en el lugar del hombre apareció una rata. Pequeña, gris, insignificante. La rata olfateó el aire una última vez y luego corrió pasillo abajo, desapareciendo en la oscuridad.
Edmond se quedó donde estaba, procesando lo que había visto.
«Un animago», pensó. «Un Master Negro que se esconde en forma de rata. Y sus palabras… habló de Sirius Black, de un tal James, del Señor Tenebroso…»
«Tengo que informar a mi Maestro.»
Sin perder un momento, Edmond se desmaterializó por completo y se dirigió hacia el Gran Comedor, donde Gudao aún cenaba con sus compañeros.
Cuando Edmond llegó al Gran Comedor, la cena había terminado. Los estudiantes se habían dispersado, algunos hacia sus salas comunes, otros hacia la torre de astronomía para ver las estrellas, otros simplemente a pasear por los pasillos decorados con guirnaldas.
Gudao estaba sentado en un rincón del patio cubierto, cerca de una de las fuentes heladas, observando la nieve caer sobre el lago Negro. Su aliento se condensaba en el aire frío, y sus manos, aunque enguantadas, estaban entumecidas por el frío. Pero no le importaba. Necesitaba pensar.
«Maestro», la voz de Edmond resonó en su mente, más urgente de lo habitual. «He encontrado algo. En las mazmorras.»
Gudao se enderezó. «¿Sirius Black?»
«No. Algo diferente. Quizás… más importante.»
Y Edmond le contó todo. La rata que se transformaba en hombre. Las palabras de culpa y miedo. La marca negra en la palma de la mano. La mención de James Potter, de Sirius Black, del Señor Tenebroso.
Cuando terminó, Gudao se quedó en silencio durante un largo momento, procesando la información.
«Un animago», dijo al fin. «Escondido en Hogwarts durante años, probablemente. Y por lo que dices… está aterrorizado. Cree que Sirius Black ha venido a matarlo.»
«Así parece, Maestro. ¿Cree que podría ser uno de los Masters Negros que le faltaban?»
«Es posible. Teníamos cinco candidatos: Voldemort, Bellatrix, Lucius y Fenrir.»
Gudao se detuvo, la mente trabajando a toda velocidad.
«Peter Pettigrew», completó Edmond.
«Exacto. Según las historias, Pettigrew murió hace doce años, asesinado por Sirius Black. Pero si ese hombre era una rata… y si ha estado escondido todo este tiempo…»
«Entonces la historia oficial es falsa.»
Gudao asintió mentalmente. «Sirius Black no mató a Peter Pettigrew. Pettigrew está vivo. Y si está vivo, es el eslabón que falta. El que puede explicar qué pasó realmente aquella noche.»
«¿Qué haremos, Maestro?»
Gudao se levantó del banco de piedra, sus pies crujiendo sobre la nieve. La noche estaba clara, y las estrellas brillaban sobre Hogwarts como pequeños testigos de los secretos que el castillo albergaba.
«Por ahora, nada», decidió. «Sigue vigilando. Si Pettigrew se transforma de nuevo, intenta escuchar más de lo que dice. Necesitamos saber por qué está aquí, a quién teme, y qué planea.»
«¿Y Sirius Black?»
«Si Pettigrew tiene razón, Sirius Black no es el asesino que todos creen. Es la víctima. Y está buscando a Pettigrew para… para qué? ¿Vengarse? ¿Limpiar su nombre? No lo sé. Pero cuando lo descubramos, tendremos la clave de todo.»
Edmond no respondió, pero Gudao sintió su presencia, atenta, vigilante, como un perro de caza que ha olido la presa.
«Una última cosa, Edmond», añadió Gudao. «Ten cuidado. Si Pettigrew es un Master Negro, puede tener poderes que no conocemos. No te acerques demasiado.»
«Siempre, Maestro. Siempre.»
La conexión se desvaneció, y Gudao se quedó solo en el patio cubierto, mirando las estrellas. La guerra se acercaba. Los sellos se formaban. Y ahora, un nuevo jugador había entrado en el tablero: Peter Pettigrew, el hombre que era rata, el Master Negro que llevaba doce años escondido bajo la nariz de todos.
«James Potter fue mi amigo», había dicho. «Y yo…»
¿Y él qué? ¿Lo traicionó? ¿Lo entregó a Voldemort?
Gudao sospechaba que sí. Y si era así, Sirius Black era inocente. Y Harry… Harry tenía derecho a saberlo.
Pero no podía decirle nada. No aún. No sin pruebas.
«Paciencia», se dijo a sí mismo. «Todo a su tiempo.»
La nieve seguía cayendo, cubriendo sus huellas en el patio, borrando los rastros de su paso. Como los secretos de Hogwarts, que se ocultaban bajo capas de historia y magia, esperando a ser descubiertos por aquellos que tuvieran los ojos bien abiertos.
Gudao Roberts, el último Master de la Humanidad, tenía los ojos bien abiertos.
Y no iba a cerrarlos hasta desenterrar cada uno de esos secretos.
Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.
Mi patreon: SeathScale
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com