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Fate of Magic - Capítulo 45

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Capítulo 45: Drama

El primero de enero de 1994 amaneció gris y frío sobre Hogwarts. La nieve, que había caído sin descanso durante la Nochevieja, cubría los terrenos del castillo con una capa espesa que reflejaba la pálida luz del sol invernal. Los carámbanos colgaban de los alféizares como dagas de cristal, y el lago Negro, completamente helado, brillaba con un fulgor metálico bajo el cielo plomizo.

En el interior del castillo, la atmósfera navideña aún flotaba en el aire. Las guirnaldas de acebo y muérdago seguían adornando los pasillos, y los elfos domésticos habían dejado algunas decoraciones adicionales para alegrar los días posteriores a la Navidad. Pero la mayoría de los estudiantes que se habían quedado durante las vacaciones empezaban a notar la ausencia de sus compañeros, y la sala común de Gryffindor, en particular, se había vuelto un lugar incómodo.

Harry y Ron seguían sin dirigirle la palabra a Hermione.

No era un silencio hostil, al menos no abiertamente. Era peor: era un silencio indiferente. Como si Hermione no existiera. Como si los meses de amistad, las aventuras compartidas, las batallas contra trolls y basilios, no hubieran significado nada.

Hermione lo había intentado. Los primeros días después de la confiscación de la Saeta de Fuego, había tratado de explicar sus motivos, de hacerles entender que solo quería proteger a Harry. Pero Ron la había cortado con un “no queremos oírlo”, y Harry se había limitado a encogerse de hombros y mirar hacia otro lado.

Desde entonces, apenas hablaban. Comían en el mismo extremo de la mesa, pero en silencio. Se sentaban en la sala común, pero en sillones separados. Y por las noches, Hermione lloraba en su cama, tapándose la boca con la almohada para que las otras chicas no la oyeran.

El primero de enero, Hermione decidió que no podía soportar un día más en la torre de Gryffindor. Necesitaba salir, necesitaba un lugar donde no tuviera que ver las caras de decepción de sus dos mejores amigos. Así que cogió un montón de libros y se dirigió a la biblioteca.

La biblioteca de Hogwarts, en días festivos, era un santuario de silencio y soledad. La señora Pince, la bibliotecaria, había aprovechado las vacaciones para reorganizar los estantes, y el olor a pergamino viejo y tinta seca impregnaba el aire como un bálsamo para el alma de cualquier estudioso.

Hermione se sentó en su mesa habitual, la más apartada, cerca de la ventana que daba al patio cubierto. Abrió un libro de hechizos avanzados, pero sus ojos no leían las palabras. Las letras se difuminaban ante las lágrimas que amenazaban con brotar de nuevo.

Son idiotas, pensó. Idiotas completos. Solo quería protegerlo. ¿Por qué no lo entienden?

Pero incluso mientras pensaba eso, una parte de ella sabía que no era tan simple. Harry había estado tan feliz con la Saeta de Fuego. Tan emocionado. Era la primera vez en meses que lo veía sonreír de verdad, sin la sombra de los dementores o de Sirius Black en sus ojos. Y ella, Hermione, había sido quien le había arrebatado esa alegría.

Pero era lo correcto, se repetía. Era lo correcto. Aunque duela.

Las lágrimas comenzaron a caer. Primero lentas, como gotas de lluvia en un cristal. Luego más rápidas, más calientes, hasta que Hermione tuvo que cubrirse el rostro con las manos para no sollozar en voz alta.

—¿Hermione?

La voz era baja, tranquila, y no provenía de ninguno de sus amigos. Hermione levantó la vista, con los ojos enrojecidos y las mejillas húmedas, y vio a Gudao Roberts de pie junto a la mesa, con una pila de libros en los brazos y una expresión de preocupación en el rostro.

—Gudao —dijo, y su voz sonó ronca, quebrada—. ¿Qué… qué haces aquí?

—Podría preguntarte lo mismo —respondió él, dejando los libros en la mesa—. Pero supongo que los dos estamos aquí por la misma razón: la biblioteca está vacía y es un buen lugar para pensar.

Hermione no respondió. Se limpió las mejillas con el dorso de la mano, pero las lágrimas seguían brotando, rebeldes, incontrolables.

Gudao se sentó en la silla frente a ella. No dijo nada. No ofreció consuelo vacío ni preguntas indiscretas. Se limitó a estar allí, presente, como un árbol que ofrece su sombra sin pedir nada a cambio.

Pasaron varios minutos en silencio. El único sonido era el crepitar del fuego en la chimenea de la biblioteca y el leve susurro de las páginas de algún libro que la señora Pince estaba ordenando en los estantes lejanos.

—Siguen enfadados conmigo —dijo Hermione al fin, su voz apenas un susurro—. Harry y Ron. Creen que hice mal en llevar la Saeta de Fuego a McGonagall.

—Ya lo sé —respondió Gudao—. Lo vi en la cena de Navidad.

—¿Crees que hice mal? —preguntó Hermione, con una mezcla de desafío y vulnerabilidad—. Dime la verdad. ¿Crees que debí callarme y dejar que Harry usara una escoba que podría estar maldita?

Gudao la miró a los ojos. Los suyos eran oscuros, serenos, como pozos de agua quieta.

—No —dijo—. Hiciste lo correcto. Cualquier persona sensata habría hecho lo mismo. Harry y Ron son… impulsivos. No ven el peligro porque no quieren verlo. Tú sí. Eso no es un defecto, Hermione. Es una virtud.

Hermione sintió que un nudo se desataba en su pecho. No eran palabras vacías; Gudao las decía con una convicción que no dejaba lugar a dudas.

—Entonces, ¿por qué me odian? —preguntó, y su voz volvió a quebrarse—. ¿Por qué me ignoran como si fuera una apestada? Pasé la Nochevieja sola, Gudao. Sola. Mientras ellos estaban en la torre, riéndose con Fred y George, yo estaba aquí, en la biblioteca, leyendo sobre casos legales de hipogrifos para ayudar a Hagrid. ¿Y ellos? Ellos ni siquiera me preguntaron qué iba a hacer.

Gudao guardó silencio un momento, dejando que Hermione desahogara su frustración. A veces, pensó, la gente solo necesitaba ser escuchada. No necesitaba soluciones ni consejos. Solo un par de oídos atentos y un corazón dispuesto a comprender.

—No te odian —dijo al fin—. Están enfadados, sí. Pero el enfado no es lo mismo que el odio. Ron es… Ron. Necesita tiempo para procesar las cosas. Harry está obsesionado con Sirius Black y con lo que pasó en Hogsmeade. No está pensando con claridad. Cuando se les pase el enfado, se disculparán. Tú los conoces mejor que nadie. Sabes que son buenos chicos, aunque a veces sean unos completos idiotas.

Hermione esbozó una sonrisa débil. —Eso es cierto. Son idiotas.

—Idiotas con buen corazón —añadió Gudao.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero esta vez fue más llevadero. Hermione dejó de llorar, aunque sus ojos seguían rojos y sus mejillas manchadas de lágrimas secas.

—Gracias, Gudao —dijo—. Por escucharme. Por… por no juzgarme.

—Para eso están los amigos —respondió él—. O al menos, eso es lo que he oído decir.

Hermione rió, una risa corta, casi sorprendida. —¿Eres mi amigo, Gudao?

—Si tú quieres que lo sea.

—Sí —dijo Hermione, con firmeza—. Sí, quiero.

Pero la calma no duró.

Hermione, liberada de la tensión que había acumulado durante días, comenzó a hablar más rápido, más alto. Las palabras brotaban de ella como agua de una presa rota, y Gudao, aunque intentó mantener la compostura, pronto se dio cuenta de que Hermione no estaba solo desahogándose. Estaba desbordándose.

—No entiendo por qué son así —decía, gesticulando con las manos—. Siempre he sido yo quien los saca de los problemas. Yo la que investiga, yo la que estudia, yo la que encuentra la información que necesitan para salvar el día. Y esto es lo que recibo a cambio: silencio. Indiferencia. Como si fuera una desconocida.

—Hermione…

—Y no es solo eso —continuó ella, sin escuchar—. Es que tú, tú llegas de la nada, un Slytherin hijo de muggles, y ellos te aceptan antes que a mí. Te invitan a la mesa, te cuentan sus secretos, confían en ti. ¿Y yo? Yo llevo tres años siendo su amiga, arriesgando mi cuello por ellos, y ahora me tratan peor que a Malfoy.

Gudao sintió una punzada de incomodidad. Hermione no estaba siendo justa, pero sabía que no era el momento de señalarlo. El dolor y la frustración estaban hablando por ella.

—Tú no entiendes lo que es sentirse así —continuó Hermione, con los ojos brillantes de nuevo—. Tú siempre estás tan tranquilo, tan en control. Nunca te enfadas, nunca pierdes los estribos. ¿Qué sabes tú de lo que es ser ignorada por las únicas personas que te importan?

—Hermione, creo que deberías…

—¿Qué? ¿Callarme? ¿Tranquilizarme? ¡No quiero tranquilizarme! Quiero que alguien me escuche de verdad, no que me dé palmaditas en la espalda y me diga que todo va a estar bien.

Gudao se quedó en silencio. Sus ojos oscuros, imperturbables, observaban a Hermione con una calma que, para ella, resultó exasperante.

—¿Ves? —exclamó, señalándolo con el dedo—. ¡Eso es lo que digo! Siempre igual. Como si nada te importara. Como si fueras de piedra. ¿Acaso sientes algo, Gudao? ¿O eres solo un robot programado para decir las cosas correctas en el momento correcto?

El golpe fue bajo, y Hermione lo supo en cuanto las palabras salieron de su boca. Pero ya era tarde. El daño estaba hecho.

Gudao se levantó de la silla con una lentitud que no tenía nada de amenazante, pero que transmitía una determinación fría. Recogió sus libros de la mesa y los sujetó contra su pecho.

—Tienes razón —dijo, y su voz era tan plana como un lago helado—. No sé lo que es sentirme así. Nunca he tenido amigos como tú los tienes. Nunca he tenido a nadie que se preocupara lo suficiente por mí como para enfadarse de verdad. Así que quizás no soy la persona más adecuada para escucharte.

—Gudao, no quería…

—Tranquila —la interrumpió, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Tienes derecho a estar enfadada. Y tienes derecho a decirlo. Pero ahora mismo, creo que necesitas estar sola. Para pensar. Para calmarte. Yo… me iré.

Se dio la vuelta y caminó hacia la salida de la biblioteca. Hermione se quedó paralizada, con la boca abierta, las palabras de disculpa atascadas en la garganta como espinas.

Cuando la puerta de la biblioteca se cerró tras él con un suave crujido, Hermione se dejó caer sobre la mesa y rompió a llorar de nuevo. Pero esta vez no era por Harry ni por Ron. Era por ella misma.

Idiota, pensó. Idiota, idiota, idiota. Ha sido el único que ha venido a consolarme, y yo lo he insultado. ¿Qué clase de persona soy?

Pero Gudao ya no estaba para escuchar sus disculpas.

Gudao caminó por los pasillos de Hogwarts con paso firme, sus libros apretados contra el pecho, su rostro una máscara de impasibilidad que ocultaba un torbellino de pensamientos. Las antorchas parpadeaban a su paso, proyectando sombras que bailaban en las paredes de piedra.

No estaba enfadado con Hermione. No realmente. Entendía su frustración, su dolor, su necesidad de gritar a alguien. Había sido él quien se había ofrecido como compañero de consuelo, y aunque las palabras de la chica le habían dolido —más de lo quequería admitir—, sabía que no eran sinceras. Eran fruto de la desesperación, no de la malicia.

Pero aun así, necesitaba alejarse. Porque Hermione tenía razón en algo: él no era bueno en esto. En las relaciones humanas. En la amistad. En saber qué decir y cuándo decirlo.

En Chaldea, las cosas eran diferentes. Los Servants no esperaban que fuera perfecto. Le aceptaban con sus defectos, con su torpeza emocional, con sus silencios incómodos. Mash siempre sabía cómo sacarlo de sus pensamientos oscuros. Romani lo entendía sin necesidad de palabras. Da Vinci le recordaba que los humanos no están hechos para ser máquinas.

Pero aquí, en este mundo, no tenía a nadie. Solo a Edmond. Y Edmond, aunque era un excelente compañero, no era un sustituto de la calidez humana.

«Maestro», la voz de Edmond resonó en su mente mientras descendía las escaleras hacia las mazmorras. «La chica Granger no quiso herirlo. Lo dijo en un momento de debilidad.»

«Lo sé», respondió Gudao. «Pero eso no significa que no duela.»

«Es humano sentir dolor. No debería avergonzarse por ello.»

Gudao no respondió. Llegó a la entrada de la sala común de Slytherin, pronunció la contraseña —”Nigrum Corvus”, aunque pensó que quizás Snape la habría cambiado después de las vacaciones, pero no— y entró.

La sala común estaba vacía. Los pocos Slytherin que se habían quedado durante las vacaciones estaban en otros lugares: Tracey probablemente en la torre de astronomía, Theodore en el dormitorio leyendo, los gemelos Derrick en algún pasadizo secreto tramando bromas. Gudao se sentó en su rincón habitual, junto a la ventana que daba al lago helado, y dejó los libros sobre la mesa.

La rata, pensó, cambiando de tema para no seguir dándole vueltas al incidente con Hermione. El hombre que se transforma en rata. Edmond no ha encontrado nada en días. Es como si se hubiera desvanecido.

«Lo he buscado en cada rincón», confirmó Edmond. «He recorrido las mazmorras, los pasadizos secretos, incluso las cocinas. Nada. Es como si nunca hubiera existido.»

«Pero existe. Lo viste. Lo oíste. Habló de Sirius Black, de James Potter, del Señor Tenebroso. Y tiene una marca negra en la mano. Es un Master Negro, sin duda.»

«¿Y qué hacemos, Maestro? ¿Seguimos buscando?»

Gudao reflexionó. Había pasado una semana desde que Edmond descubrió a Pettigrew —pues ya estaba casi seguro de que el hombre-rata era Peter Pettigrew, el supuesto muerto—, y desde entonces, ni rastro. Podría haberse ido del castillo. Podría haberse escondido en algún lugar que Edmond no pudiera alcanzar. O podría estar esperando, observando, preparándose para algo.

«Sigue vigilando», ordenó al fin. «Pero no te obsesiones. Si Pettigrew quiere esconderse, es bueno escondiéndose. Lleva doce años haciéndolo. No lo encontraremos si no quiere ser encontrado.»

«Entonces, ¿qué? ¿Nos rendimos?»

«No. Nos adaptamos. Si no podemos encontrar a Pettigrew, encontraremos a Sirius Black. Y si encontramos a Sirius Black, él nos llevará a Pettigrew.»

«¿Y cómo encontramos a Sirius Black?»

Gudao se quedó en silencio, mirando las sombras que se movían en el fondo del lago helado.

«Eso… aún no lo sé.»

El dos de enero, el expreso de Hogwarts llegó a la estación de Hogsmeade con su habitual rugido de humo y vapor. Los estudiantes que habían pasado las vacaciones en casa regresaron en tropel, llenando el castillo de risas, abrazos y el ruido ensordecedor de las conversaciones superpuestas.

En la sala común de Slytherin, el cambio fue inmediato y abrumador.

Draco Malfoy entró como un rey que regresa a su trono, con Crabbe y Goyle a su lado como dos torres de carne poco inteligente. Su madre le había comprado ropa nueva durante las vacaciones —una capa de piel de dragón que, según presumió, había costado más de lo que la mayoría de las familias de sangre sucia ganaban en un año—, y su padre le había prometido que el juicio de Buckbeak sería “un paseo militar”.

—La criatura será ejecutada, por supuesto —dijo Draco, dejándose caer en el mejor sillón junto a la chimenea—. No hay otra posibilidad. Hagrid llorará como la mujerzuela que es, y yo estaré allí para verlo.

Pansy Parkinson rió con una risa aguda y ensayada, y Millicent Bulstrode asintió con la cabeza sin mucha convicción. Daphne Greengrass, que había llegado un poco después, no se unió a la conversación. En lugar de eso, sus ojos recorrieron la sala común hasta encontrar a Gudao, sentado en su rincón habitual.

Y la mirada que le lanzó fue de puro odio.

Gudao no entendió por qué. No recordaba haber hecho nada que pudiera ofender a Daphne durante las vacaciones. No habían interactuado en absoluto. Y sin embargo, allí estaba ella, fulminándolo con sus ojos azules como si fuera el responsable de todos sus males.

¿Qué le habrá pasado en casa?, se preguntó.

No tuvo tiempo de indagar. Theodore Nott, que había estado sentado a su lado momentos antes, se levantó y se alejó hacia los dormitorios sin decir palabra. Tracey Davis, que estaba cerca, también se retiró discretamente. Era su papel, Gudao lo sabía. Cuando los líderes de la manada estaban presentes, los demás debían adoptar sus máscaras. Theodore y Tracey no podían ser vistos como amigos de un mestizo despreciado por Draco. No si querían mantener su estatus, su seguridad, su lugar en la complicada jerarquía de Slytherin.

Gudao no se lo reprochó. Él también había tenido que fingir, en Chaldea, en situaciones muy diferentes. Sabía lo que era tener que ocultar la verdadera naturaleza de las relaciones para protegerse.

Pero eso no significaba que no doliera.

«Maestro», dijo Edmond, con un deje de ironía en su voz mental. «Parece que sus amigos de Slytherin no son tan amigos cuando hay testigos.»

«Son aliados», corrigió Gudao. «Y los aliados a veces necesitan actuar como si no lo fueran. No es personal.»

«¿Está seguro?»

Gudao no respondió. Observó a Draco, a Daphne, a Pansy y los demás, y sintió una oleada de cansancio. No físico, sino espiritual. El cansancio de tener que medir cada palabra, cada gesto, cada interacción. El cansancio de vivir en un mundo donde las apariencias lo eran todo.

Ojalá estuvieras aquí, Mash, pensó. Tú siempre sabías cómo alegrarme el día.

Pero Mash no estaba. Y él tenía que seguir adelante.

El tres de enero, el segundo trimestre comenzó con la puntualidad británica que caracterizaba a Hogwarts. Los estudiantes, aún atontados por las vacaciones, se arrastraron hasta el Gran Comedor para el desayuno, donde las mesas estaban cargadas de gachas, tostadas, huevos y salchichas.

Gudao se sentó en su lugar habitual en la mesa de Slytherin, junto a Theodore y Tracey. Pero esta vez, Draco y Daphne estaban cerca, y la conversación era tensa, cargada de significados ocultos.

—¿Qué tal las vacaciones, Nott? —preguntó Draco, con falsa cordialidad—. ¿Tu padre te contó algo interesante?

Theodore, que estaba cortando una salchicha con precisión quirúrgica, levantó la vista lentamente.

—No —respondió—. Fueron tranquilas.

—Lástima —dijo Draco, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Mi padre me ha contado cosas muy interesantes sobre el juicio de Buckbeak. Parece que el Comité ya ha tomado una decisión. Solo están esperando la fecha para anunciarla.

Gudao sintió un vuelco en el estómago, pero no dejó traslucir nada en su rostro.

—¿Y cuál es esa decisión? —preguntó, con voz neutra.

Draco lo miró como si acabara de descubrir que una cucaracha había aprendido a hablar.

—¿Acaso te importa, Roberts? —escupió—. ¿O acaso te has vuelto amigo de Hagrid? Qué asco.

—Solo curiosidad —respondió Gudao—. Es bueno estar informado.

—Pues infórmate de esto —dijo Draco, inclinándose sobre la mesa—. El hipogrifo será ejecutado. Y no habrá nada que Hagrid o sus amiguitos de Gryffindor puedan hacer para evitarlo.

La amenaza flotó en el aire como un mal olor. Gudao no respondió. Se limitó a terminar su desayuno y esperar a que sonara la campana para la primera clase.

La primera clase del día era Cuidado de Criaturas Mágicas. Hagrid los recibió junto a la cabaña, con una caja enorme que contenía algo que se movía y chisporroteaba.

—¡Buenos días, clase! —exclamó Hagrid, con una sonrisa que intentaba ser alegre pero que no lograba ocultar la preocupación en sus ojos—. Hoy vamos a estudiar un animal muy especial: las salamandras.

Las salamandras eran pequeñas lagartijas de fuego, de un rojo anaranjado tan brillante que parecían ardientes. Vivían en las llamas y se alimentaban del calor, y Hagrid explicó con entusiasmo que eran criaturas fascinantes, capaces de sobrevivir en los entornos más extremos.

—¡Son inofensivas si se las trata con respeto! —dijo, mientras una de las salamandras trepaba por su brazo, dejando un rastro de chispas—. Pero si se asustan, pueden lanzar llamas. Así que cuidado.

Gudao observó a las criaturas con interés. Las salamandras le recordaban a algunos Servants que había conocido en Chaldea, especialmente a los de la clase Caster, que solían tener afinidad con el fuego. Por un momento, casi pudo oír la voz de Da Vinci explicándole las propiedades mágicas de estas criaturas.

Pero Da Vinci no estaba. Y él estaba aquí, en un mundo extraño, aprendiendo de un semigigante bondadoso cuyo hipogrifo estaba condenado a muerte.

La clase transcurrió sin incidentes. Draco, prudente después de su encuentro con Buckbeak, se mantuvo alejado de las salamandras. Daphne, que normalmente habría hecho comentarios despectivos sobre “las criaturas de Hagrid”, estaba inusualmente callada. Su mirada, Gudao lo notó, seguía clavándose en él de vez en cuando, cargada de una hostilidad que no alcanzaba a comprender.

Después de Cuidado de Criaturas Mágicas, vino Defensa Contra las Artes Oscuras con Lupin. El profesor, que parecía más descansado después de las vacaciones, les enseñó el hechizo Expecto Patronum de forma teórica, explicando su historia, sus variantes y la dificultad de dominarlo.

—El Patronus es un hechizo muy avanzado —dijo Lupin, paseándose entre las mesas—. La mayoría de los magos adultos no son capaces de conjurarlo. Pero es la única defensa efectiva contra los dementores, y por eso quiero que al menos conozcáis la teoría.

Gudao tomó notas mecánicamente, aunque ya conocía el hechizo. En Chaldea, aunque no había dementores, la magia defensiva era parte del entrenamiento básico. Pero aquí, en este mundo, las reglas eran diferentes. Los conceptos eran los mismos, pero las técnicas variaban.

—La próxima semana empezaremos con la práctica —anunció Lupin al final de la clase—. Pero os advierto, no es fácil. Necesitaréis concentración, voluntad y, sobre todo, un recuerdo muy feliz. Algo que os llene de alegría. Ese recuerdo será el núcleo de vuestro Patronus.

Harry, sentado en la última fila, asintió con determinación. Gudao sabía que el chico estaba deseando aprender el hechizo para defenderse de los dementores. Pero también sabía que Harry no tenía muchos recuerdos felices en los que apoyarse.

Ojalá pudiera ayudarlo, pensó. Pero no es mi lugar. No aún.

Del cuatro al siete de enero, los días transcurrieron con una normalidad que bordeaba lo irreal. Las clases seguían su curso. Los estudiantes se adaptaban al nuevo horario. Draco seguía presumiendo. Daphne seguía mirando a Gudao con odio sin razón aparente. Theodore y Tracey seguían fingiendo indiferencia en público, pero en privado, cuando Draco no estaba, volvían a ser casi amigos.

Edmond, por su parte, continuó patrullando el castillo todas las noches. Recorrió las mazmorras, los pasadizos secretos, las torres abandonadas, los sótanos polvorientos. No encontró ni rastro de la rata que se transformaba en hombre.

—Es como si se hubiera esfumado —reportó Edmond, con frustración contenida—. O quizás está usando magia para ocultarse. Algo que ni siquiera yo puedo detectar.

—No te preocupes —respondió Gudao, mientras estudiaba en la sala común—. El animago no puede esconderse para siempre. En algún momento tendrá que salir. Y cuando lo haga, lo encontraremos.

Pero interiormente, también estaba preocupado. Un Master Negro invisible, escondido en algún lugar de Hogwarts, era una amenaza demasiado grande para ignorarla. Si Pettigrew decidía actuar, podría causar un daño inmenso antes de que nadie pudiera detenerlo.

¿Qué estás tramando?, se preguntó. ¿Y quién más te está ayudando?

El ocho de enero fue un día frío, pero despejado. El sol brillaba sobre la nieve recién caída, y los estudiantes aprovecharon el recreo para salir al patio y disfrutar del aire fresco. Gudao, que no era muy amante del frío, prefirió quedarse dentro del castillo, recorriendo los pasillos en busca de algo que no sabía muy bien qué era.

Fue en el tercer piso, cerca de la estatua de Gregory el Gregario, donde vio algo que detuvo su atención.

El profesor Lupin caminaba junto a Harry Potter. Iban en dirección a la torre de Gryffindor, y Lupin tenía una mano en el hombro de Harry, en un gesto de apoyo o de complicidad. Hablaban en voz baja, demasiado baja para que Gudao pudiera oír lo que decían, pero lo que vio en los rostros de ambos fue suficiente para despertar su curiosidad.

Harry tenía una expresión de determinación mezclada con gratitud. Lupin, por su parte, parecía cansado pero satisfecho.

Le está enseñando el Patronus, dedujo Gudao. O al menos, se lo está explicando en privado. Es lógico. Con los dementores fuera de Hogwarts, no hay prisa, pero Lupin quiere que Harry esté preparado.

«El profesor Lupin es un buen hombre», comentó Edmond. «A pesar de su… condición.»

«Todos tenemos condiciones, Edmond. Algunas más visibles que otras.»

Gudao se quedó en las sombras, observando cómo Lupin y Harry se alejaban por el pasillo. No los siguió. No era necesario. Sabía que Harry estaba en buenas manos, al menos en lo que respecta a la defensa contra las criaturas oscuras.

Pero luego, su mirada se desvió hacia las ventanas del castillo, hacia los terrenos cubiertos de nieve. Y algo llamó su atención.

Más allá del límite de los terrenos de Hogwarts, donde el Bosque Prohibido se alzaba como una muralla de árboles negros y retorcidos, había un claro semioculto por la maleza invernal. Allí, invisible para los estudiantes que jugaban en el patio, un perro negro estaba sentado sobre sus cuartos traseros, observando el castillo con una intensidad que no era propia de un animal.

Era un perro grande, de pelaje hirsuto y ojos profundos, demasiado inteligentes para ser los de una bestia común. Su respiración se condensaba en el aire frío, formando pequeñas nubes de vapor que se disipaban rápidamente en el viento.

Sirius Black.

Había llegado a los alrededores de Hogwarts dos días antes, después de una semana de viaje a través de páramos helados y bosques hostiles. Su cuerpo humano estaba agotado, hambriento, magullado por las caídas y los encontronazos con las ramas. Pero su espíritu, alimentado por doce años de prisión injusta y cinco de obsesión, estaba más ardiente que nunca.

Allí está, pensó, mientras sus ojos de perro recorrían las torres y las almenas del castillo. Allí está Harry. Mi ahijado. Mi familia.

No había visto a Harry desde que era un bebé. Desde aquella noche horrible en Godric’s Hollow, cuando James y Lily murieron y Hagrid se llevó al niño. Sirius recordaba haber intentado consolar a Harry, haberle prometido que estaría bien, que él lo cuidaría. Pero luego había ido a buscar a Peter, y Peter había desaparecido, y todo se había ido al infierno.

Peter, pensó, y el nombre le supo a hiel en la lengua. Rata asquerosa. Cobarde. Me traicionaste. Entregaste a James y Lily a Voldemort. Y luego fingiste tu muerte, me tendiste una trampa, y me enviaste a Azkaban.

El odio hervía en las venas de Sirius, incluso ahora, incluso después de tantos años. Era un odio frío, calculador, como el de un cazador que acecha a su presa.

Pero estás aquí, ¿verdad, Peter? Estás escondido en algún lugar de ese castillo. Rata asquerosa. Te huelo. Te huelo incluso a esta distancia.

Sirius no sabía cómo estaba tan seguro. Pero lo estaba. Desde que cruzó los límites de Hogwarts, había sentido algo, una presencia familiar, un hedor a culpa y a cobardía que no podía confundir con nada más.

Estás aquí. Y voy a encontrarte. Y cuando lo haga…

El perro negro se levantó, sacudió el pelaje cubierto de nieve, y se adentró de nuevo en el Bosque Prohibido. No podía quedarse al descubierto. Los dementores se habían ido, pero aún había profesores, aún había el mapa de los merodeadores en manos de Harry, aún había peligros que no podía ignorar.

Necesitaba un plan. Un momento adecuado. Una oportunidad para entrar en el castillo sin ser detectado y encontrar a Peter.

Harry, pensó, mientras su cuerpo de perro se deslizaba entre los árboles. Cuídate, ahijado. Tu padrino está cerca. Y cuando esto termine… cuando Peter esté muerto y mi nombre esté limpio… volveremos a estar juntos.

El Bosque Prohibido lo tragó en sus sombras, y el silencio volvió a instalarse en el claro vacío.

Esa noche, en la sala común de Slytherin, Gudao estaba sentado junto al fuego, con el diario de Gaunt abierto sobre sus rodillas. No lo estaba leyendo, no realmente. Sus pensamientos estaban en otra parte, en las imágenes que había visto durante el día: Lupin y Harry caminando juntos, el perro negro en el límite del bosque.

No era un perro normal, pensó. Había algo en sus ojos… algo humano. ¿Un animago?

La idea se le había ocurrido mientras cenaba, y desde entonces no podía quitársela de la cabeza. ¿Y si Sirius Black era un animago? ¿Y si había estado cerca de Hogwarts todo este tiempo, observando, esperando?

«Es posible, Maestro», dijo Edmond, emergiendo de las sombras de su conciencia. «Los animagos ilegales no son tan raros como la ley cree. Y si Sirius Black pasó doce años en Azkaban, es probable que haya desarrollado habilidades que ningún otro mago posee.»

«Pero ¿por qué estaría cerca de Hogwarts? ¿Para atacar a Harry? ¿O para protegerlo?»

«¿Y si ambas cosas son ciertas? ¿Y si Sirius Black no es el enemigo que todos creen, sino más bien un guardián caído en desgracia?»

Gudao cerró el diario y se reclinó en el sillón. El fuego crepitaba frente a él, proyectando sombras danzantes en las paredes. El diario de Gaunt descansaba sobre sus rodillas, cerrado.

Supongamos que Sirius Black es inocente, pensó. Supongamos que Peter Pettigrew es el verdadero traidor. Supongamos que Sirius escapó de Azkaban para vengarse, o para limpiar su nombre, o para proteger a Harry. Entonces todo encaja. El perro vigilando el castillo. Las palabras de Pettigrew en las mazmorras. La Saeta de Fuego anónima que podría ser un regalo de Sirius, no una maldición.

«Haría falta valor para regalar algo así», comentó Edmond. «Y también una buena dosis de desesperación.»

«O de amor», añadió Gudao. «Un padrino que quiere recuperar el tiempo perdido.»

Se quedó en silencio un largo rato, observando las llamas. El diario de Gaunt, con su historia de una guerra del Santo Grial fallida, era el pasado. Pettigrew y Sirius Black, con su historia de traición y venganza, eran el presente. Y la Gran Guerra del Santo Grial que se avecinaba era el futuro.

«Maestro», dijo Edmond al fin. «¿Qué piensa hacer?»

Gudao suspiró.

—De momento, nada —respondió en voz baja—. Observar. Recoger información. Esperar a que los acontecimientos se desarrollen. No podemos actuar sin pruebas, y no tenemos pruebas de nada. Solo intuiciones y sospechas.

—Pero cuando llegue el momento…

—Cuando llegue el momento, estaremos preparados.

Se levantó del sillón, guardó el diario en su mochila y se dirigió a los dormitorios. Theodore ya estaba en la cama, leyendo a la luz de una vela. Al verlo entrar, levantó la vista y le dedicó una sonrisa leve, casi imperceptible.

—¿Todo bien, Roberts? —preguntó en voz baja.

—Todo bien —respondió Gudao—. Solo pensando.

—Mucho pensar no es bueno —dijo Theodore, apagando la vela—. A veces hay que actuar.

Gudao se recostó en su cama y miró el techo de piedra. Las sombras se movían lentamente, como nubes en un cielo nocturno.

—Lo sé —murmuró—. Pero el momento aún no ha llegado.

Cerró los ojos y dejó que el sueño lo venciera. Fuera, en el Bosque Prohibido, un perro negro descansaba entre las raíces de un árbol centenario, soñando con venganza y redención. Y en algún lugar de las mazmorras, escondido en un agujero que nadie conocía, una rata gris temblaba de miedo, oyendo pasos que no existían.

La guerra no había comenzado. Pero todos los actores estaban ya en el escenario, esperando su momento.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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