Fatum R [ESP] - Capítulo 28
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Capítulo 28: Historias
El trío caminaba detrás de la mujer de cabello blanco.
Nerviosos.
Naoko se inclinó apenas hacia Zein.
—¿Estás seguro de que está bien seguirla? No sabemos cuáles son sus intenciones…
Zein no apartó la vista de la figura que avanzaba delante.
—Si hubiera querido atacarnos otra vez, lo habría hecho cuando bajé la espada.
Lo dijo con una calma que no parecía forzada. Naoko observó su perfil un segundo más antes de enderezarse.
Siguieron avanzando en silencio.
Después de un largo recorrido, la mujer se detuvo frente a lo que parecía su casa.
El edificio se alzaba entre los techos curvos y las paredes de papel como una pieza mal colocada en un tablero ajeno. Mientras las construcciones vecinas seguían una armonía tradicional, aquella parecía ignorar cualquier regla. Sus muros no eran del todo rectos y el segundo piso sobresalía ligeramente, como si alguien lo hubiera añadido sin preocuparse por el equilibrio.
Era imposible no mirarlo.
Tótems tallados con rostros desconocidos custodiaban la entrada. Piedras pulidas con símbolos grabados descansaban apiladas junto a la puerta. Máscaras, campanas oxidadas y fragmentos de esculturas colgaban o se incrustaban en la fachada como recuerdos arrancados de otros lugares.
Lyra fue la primera en acercarse un poco más, con los ojos brillando de curiosidad.
Al cruzar el umbral, el caos continuaba.
Libros abiertos y cerrados se amontonaban formando torres inestables sobre mesas y el suelo. Estatuillas, frascos con líquidos de colores dudosos, pergaminos enrollados y herramientas de formas extrañas ocupaban cada rincón. El aire olía a polvo antiguo y madera envejecida.
Zein avanzó con cautela, apartando apenas un pergamino con el pie.
—Vaya lugar más… exótico —murmuró.
La mujer se volvió hacia él con una sonrisa ladeada.
—¿Verdad que sí? Es todo un orgullo.
Zein levantó las manos ligeramente.
—Ah, perdón. No lo decía en mala manera.
Ella soltó una pequeña risa.
—No te preocupes. —Miró alrededor—. Supongo que sí está un poco desordenado.
Un frasco rodó ligeramente al fondo, como si quisiera desmentirla.
—¿Quieren algo de tomar? ¿Algún té o algo?
—No, gracias —respondieron los tres al mismo tiempo.
El trío permanecía atento.
La mujer no mostraba hostilidad, pero ninguno bajaba del todo la guardia.
—Yo me llamo Kiera Mabbott. ¿Y ustedes? —preguntó con tranquilidad, apoyándose contra una mesa cubierta de libros.
—Me llamo Zein. Ella es mi hermana, Lyra —dijo señalándola con suavidad.
Lyra levantó la mano apenas.
—Y yo soy Naoko —añadió, acomodándose el cabello detrás de la oreja.
Kiera inclinó ligeramente la cabeza, observándolos con detenimiento.
—¿Ambos son niños benditos? ¿No se tiñeron el cabello o algo?
—No. Nacimos así —respondió Zein sin titubear.
La expresión de Kiera cambió.
Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. Sus hombros descendieron apenas, como si una tensión invisible acabara de soltarse. Luego se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en sus rodillas.
—Al fin… —susurró para sí misma.
Instantes después levantó el rostro, como si nada hubiera pasado.
—¿Cuántos años tienen?
—Yo tengo 18. Lyra 13.
—¿18 y 13, eh? —repitió, llevándose una mano a la barbilla—. Aún son muy jóvenes.
Naoko dudó un segundo antes de hablar.
—¿Y usted… cuántos años tiene?
—¿Yo? —respondió con total naturalidad—. Setenta.
El silencio cayó de golpe.
—¿Setenta? —Zein dio un paso adelante, mirándola de arriba abajo—. Pero parece que tiene entre 25 y 30
Kiera soltó una risa clara.
—Me alegra saber que sigo viéndome joven. —Se encogió de hombros—. Los niños benditos solemos vivir hasta los doscientos años. No es hasta la última década que el cuerpo empieza a mostrarlo.
Lyra abrió los ojos con asombro.
—¿Doscientos…?
—Nuestra esperanza de vida es bastante similar a la de un elfo actual —añadió Kiera con calma.
Naoko frunció el ceño ligeramente.
—¿No se supone que los elfos vivían casi un milenio?
—Eso dicen los libros antiguos. —Kiera pasó los dedos por el lomo de uno cercano—. Pero con el tiempo… su longevidad ha ido disminuyendo.
Sus palabras se apagaron lentamente.
Kiera volvió la mirada hacia Zein.
Lo observó en silencio.
—Y bien… ¿de qué tribu vienes? —preguntó Kiera con curiosidad.
—¿Tribu?
—¿No sabes de qué tribu vienes?
El silencio se hizo pesado.
—La verdad… no.
Y entonces explicó.
Habló de la caída. Del despertar. De Ilmenor. De no recordar nada antes de aquel momento. Mientras lo hacía, Naoko escuchaba en silencio.
Kiera no interrumpió ni una sola vez.
Cuando Zein terminó, inclinó la cabeza.
—Y eso fue lo que pasó. Por eso… —sus dedos se cerraron apenas—. Por favor. Quisiera que me explicaras todo lo que sepas sobre los niños benditos. Y saber algo… cualquier cosa… sobre lo que nos ocurrió a Lyra y a mí.
Kiera lo miró unos segundos más.
—Claro.
Se puso de pie y caminó hacia una pared cubierta de mapas enrollados. Desató uno y lo extendió sobre la mesa, apartando libros sin demasiado cuidado.
Marcó un punto con el dedo.
—Al oeste del Coloso del Desierto del Gran Eberhart… hay una extensa región que durante siglos fue controlada por una tribu de niños benditos. De ahí somos originarios.
Su dedo descendió por el mapa.
—El Imperio invadió la isla hace tiempo. La riqueza en recursos del Coloso y su posición estratégica eran demasiado tentadoras.
Luego se apartó y tomó un libro de una estantería cercana.
“El legado de Norvin Towerfall”.
Lo abrió por una página ilustrada.
—Pero incluso antes de que el Imperio existiera… nosotros ya estábamos ahí.
La ilustración mostraba guerreros de cabellos blancos, cada uno rodeado por símbolos distintos.
—En aquel entonces, los niños benditos estaban divididos en cuatro tribus. Cada una dominaba un elemento a la perfección. Fuego. Agua. Tierra. Aire.
Pasó la página.
—Lo único que compartían era esto: eran tribus guerreras.
Las imágenes mostraban enfrentamientos. Miradas duras. Territorios marcados.
—Se odiaban entre sí. Durante siglos.
Otra página.
Ahora aparecía un pequeño grupo de jóvenes reunidos alrededor de una fogata.
—Hasta que un grupo de amigos… cada uno perteneciente a una tribu distinta… decidió que estaban cansados de esa historia.
La voz de Kiera cambió ligeramente.
—Tardaron años. Décadas. Convencieron, lucharon, discutieron… y finalmente lograron lo impensable.
Pasó la página.
La ilustración mostraba un gran asentamiento. Las cuatro insignias unidas en una sola.
—Por primera vez en siglos… hubo una tribu unificada de niños benditos. Dejaron atrás el aislamiento y el conservadurismo que los había dividido.
La siguiente página reveló otro grupo de figuras.
—Con la siguiente generación surgió algo nuevo —continuó Kiera, pasando la página con cuidado—. Un grupo que quería abrir la tribu al mundo. Querían conocerlo, recorrerlo, entenderlo.
En la ilustración, varios jóvenes discutían frente a ancianos de semblante severo.
—Al principio, los ancianos no estuvieron de acuerdo. Ya no eran tan cerrados como antes… pero abandonar el Coloso no les parecía prudente.
En la otra mitad de la hoja aparecía un grupo con capas, equipaje y máscaras de viaje.
—Eran demasiados los que deseaban marcharse. Así que, aun sin el respaldo total de los líderes, formaron una caravana.
Su dedo recorrió el dibujo.
—Al inicio exploraron todo el Coloso. Conocieron tribus, razas, culturas… y luego siguieron avanzando.
Kiera cerró el libro un momento, lo sostuvo contra su pecho y luego lo volvió a abrir en otra sección.
Les mostró la imagen de un rey de cabello blanco, espada en alto.
—El héroe que derrotó al Rey de los Monstruos y se proclamó como el primer rey del mundo unificado… fue un niño bendito.
Zein levantó la vista de golpe.
—¿El primer rey…?
—Y su hermano —continuó Kiera, pasando la página— fue quien más tarde se convirtió en el fundador del Imperio.
La ilustración mostraba al mismo hombre, pero con una expresión distinta. Más fría.
—El traidor.
—¿Traidor? ¿Y rey del mundo unificado? —preguntó Zein, frunciendo el ceño.
Kiera esbozó una media sonrisa.
—Esa es una historia para otro momento.
Volvió a la narración con naturalidad.
—La caravana atravesó prácticamente todo el mundo conocido. Fueron los primeros en mapearlo con precisión. Presenciaron el nacimiento del Imperio… y según algunos relatos, incluso tuvieron encuentros con el Rey de los Monstruos. Algunos dicen que hasta con el Dios Caído.
Lyra contuvo el aliento.
Kiera pasó otra página.
Las ilustraciones se tornaban más oscuras.
—Pero tras la traición del hermano del rey… las cosas cambiaron. El nombre de los niños benditos comenzó a mancharse. Historias distorsionadas, rumores… miedo.
Su dedo descendió lentamente por la imagen.
—Y con el tiempo… la caravana empezó a reducirse.
Cerró el libro con un golpe seco que hizo vibrar levemente la mesa.
—Ahí comenzaron las primeras disputas internas en décadas. Algunos querían dejar de vagar. Asentarse. Vivir en paz.
Caminó hacia la estantería mientras hablaba.
—Otros querían seguir explorando lo poco que quedaba sin mapear.
Dejó el libro en su lugar.
—Muchos deseaban quedarse en Draeg’Morak. A pesar de ser la tierra de origen de los monstruos… estaba empezando a convertirse en un sitio habitable.
Se giró hacia ellos.
—Al final, la tribu se dividió en dos. Unos se establecieron en Draeg’Morak. Los otros continuaron viajando.
Su mirada se suavizó.
—Yo vengo de esa segunda tribu.
El silencio volvió a llenar la habitación.
—¿Y qué pasó con el resto? —preguntó Naoko, mirando alrededor como si esperara ver más cabellos blancos entre las sombras—. ¿Dónde están los demás?
Kiera no respondió de inmediato.
Sus dedos rozaron el borde de la mesa. Luego bajó la mirada.
—Ya no están…
El polvo flotaba en el rayo de luz que entraba por la ventana.
—Todos me dejaron sola.
El silencio no fue incómodo. Fue denso.
—Perdón… no sabía —murmuró Naoko, bajando la vista.
Kiera inhaló con suavidad y, cuando levantó el rostro, la sonrisa había vuelto.
—No importa. Después de un tiempo… pude conocer a otros dos niños benditos.
Miró a Zein y a Lyra con un brillo sincero en los ojos.
Afuera, la luz comenzó a tornarse anaranjada. El sol descendía lentamente, tiñendo los objetos amontonados de tonos cálidos. Las sombras se alargaban por el suelo, trepando por los libros y las paredes cubiertas de reliquias.
Zein observó la ventana.
—Se está haciendo tarde. Es hora de irnos.
—Es una lástima —respondió Kiera con suavidad—. Me alegra haber conocido a otros dos niños benditos… aparte de mí. Son bienvenidos cuando quieran.
Lyra dio un pequeño paso al frente.
—¿Podemos venir otro día?
Kiera se inclinó y le revolvió el cabello con cariño.
—Claro.
Naoko dudó un segundo, jugando con sus dedos.
—¿P-puedo venir yo también? —preguntó, evitando la mirada directa—. Me gustaría escuchar más historias como la de hoy.
Kiera soltó una risa ligera.
—Por supuesto. Las historias no tienen sentido si no hay quien quiera escucharlas.
Salieron cuando el cielo ya comenzaba a oscurecer.
La casa quedó atrás, iluminada por la última franja de sol. Desde fuera, parecía aún más extraña en medio de las construcciones tradicionales… como si perteneciera a otro mundo.
El grupo caminó en silencio.
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