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Fatum R [ESP] - Capítulo 29

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Capítulo 29: Mejorar

Zein se encontraba trabajando con los liquidadores como de costumbre. A pesar de que los inspectores ya se habían desplazado hacia la zona interior de la isla para retirarse pronto y permitir que Alexander reabriera el bar, Zein prefirió quedarse con el equipo de carga.

Le gustaba aquel esfuerzo físico; poco a poco estrechaba lazos con sus compañeros y se acomodaba al ritmo de la vida en el lugar. Ese día, su semblante reflejaba una alegría más evidente que de costumbre, algo que no pasó desapercibido para los demás.

—Te ves contento, Zein. ¿Acaso te pasó algo bueno? —preguntó uno de los trillizos, deteniendo un momento su labor.

—Nah, nada fuera de lo normal —respondió Zein con una sonrisa ligera mientras cargaba unas cajas con determinación.

En cuanto su turno terminó, se despidió con prisa para volver a la tienda. Naoko caminaba a su lado, acompañándolo de regreso, aunque se le notaba algo inquieta.

—Oye, Zein… ¿Cómo es tu relación con Kiomi? —preguntó ella de repente, jugueteando nerviosa con sus dedos y evitando su mirada.

—¿Nuestra relación?

—Sí. Como me habías dicho que ambos vienen del mismo lugar, de Ilmenor, me preguntaba qué son exactamente el uno para el otro.

—Mmmm —Zein se rascó la barbilla, entornando los ojos mientras buscaba las palabras adecuadas—. No sabría decirte con exactitud, la verdad. Yo creo que ella me odia.

—¿Te odia? —inquirió Naoko, sorprendida.

—Sí, sé que lo hace y no duda en demostrarlo —admitió él con una mueca desanimada—. A pesar de que empezamos con el pie derecho y en algún momento llegué a pensar en ella como una amiga, dudo mucho que ese sentimiento sea mutuo actualmente.

—¿Y por qué te odiaría de esa forma?

—¡Ah, mira! Ya llegamos —interrumpió Zein con rapidez, señalando la fachada de la tienda que ya se alzaba frente a ellos.

Al entrar, el silencio los recibió en la estancia principal. No fue hasta que se asomaron por detrás del mostrador de la recepción que encontraron a Lyra, desparramada sobre la silla boca arriba y sumida en una pereza absoluta.

—Se tardaron mucho —les replicó ella.

Zein y Naoko se limitaron a intercambiar una mirada y rieron brevemente ante la escena.

Desde que conocieron a Kiera hace ya varias semanas, los tres han convertido sus visitas a esa casa en una costumbre constante. Acuden allí para sumergirse en historias transmitidas por generaciones o para pulir técnicas y descifrar los misterios de la magia. Sin embargo, el motor principal de sus encuentros seguía siendo el mismo: desenterrar su pasado, entender quiénes son y de dónde vienen realmente.

A pesar del tiempo invertido en investigar cada manuscrito y relato, no habían logrado un avance significativo. Lo único que tenían en claro era su herencia tribal: debido a la afinidad de Zein con la tierra, uno de sus padres debía provenir de dicha tribu; por el contrario, la naturaleza fluida de la magia de Lyra indicaba que su otra raíz pertenecía a la tribu del agua. Aun con la frustración a cuestas, ninguno estaba dispuesto a rendirse.

—Nada aún… —soltó Lyra, estirándose cuan larga era sobre el suelo mientras sostenía un libro abierto sobre el rostro.

—Esto está siendo más difícil de lo que creí —señaló Zein, dejando escapar un suspiro pesado.

—Bueno, dudo que encuentren sus orígenes así de fácil, dadas sus circunstancias… —comentó Kiera rascándose la cabeza con gesto pensativo—. ¡Ya sé!

Kiera comenzó a revolver entre sus pertenencias con energía renovada. De entre el desorden acumulado, extrajo varias armas de madera de entrenamiento y las dejó caer con un golpe seco sobre el suelo.

—¿Y si tenemos una pelea de práctica? —propuso con una sonrisa desafiante.

—No me parece mala idea, pero… ¿recuerdas que te vencí en nuestro primer encuentro? —dijo Zein con tono burlón y los brazos cruzados—. La verdad, no creo que tengas mucho que enseñarme en combate.

—No te creas tanto solo por haberme ganado por pura casualidad. Además, me estaba conteniendo en ese entonces —replicó Kiera, fingiendo una molestia que se transformó rápidamente en determinación.

—No te creo ni un poco, pero está bien, acepto —sentenció Zein, plantándose frente a ella con un orgullo renovado—. Veamos si es verdad que guardabas un as bajo la manga.

Ambos se dirigieron de inmediato al patio trasero, un espacio lo suficientemente amplio como para que la madera chocara sin restricciones bajo el cielo abierto.

Era un patio cuadrado que parecía diseñado exclusivamente para el combate; un foso de tierra seca bien definido donde solo el polvo dictaba las reglas.

—¿Y bien? ¿Cuáles son las reglas del duelo? —preguntó Zein, afianzando el agarre en su espada de madera y flexionando las rodillas en una posición de guardia firme.

—Todo vale. Considéralo una pelea de verdad —respondió Kiera, imitando su postura con una lanza de entrenamiento.

La tierra del cuadrado se alzó en una ligera nube de polvo cuando Zein dio el primer paso explosivo. Su espada trazó un arco horizontal violento desde la derecha, buscando directamente el torso de Kiera. Sin embargo, la lanza ya estaba allí, plantada en una diagonal inquebrantable.

En un movimiento fluido, la mano libre de Kiera atrapó la muñeca de Zein. Tiró de él hacia abajo con fuerza, rompiendo su centro de gravedad, mientras su pierna se alzaba en una patada directa al esternón. Antes de que el golpe conectara, Zein reaccionó por instinto: el suelo frente a su abdomen se elevó en un bloque compacto de tierra endurecida. La bota de Kiera impactó contra el muro improvisado, quebrándolo en fragmentos que salieron disparados, pero logrando reducir el impacto lo suficiente para que Zein solo retrocediera medio paso.

Kiera no le dio respiro y dejó caer la punta de su lanza hacia el suelo. Pero la madera no chocó contra la superficie; descendió como si atravesara arena movediza, hundiéndose sin resistencia hasta quedar vertical. El terreno a su alrededor comenzó a ondular como agua perturbada.

Kiera llevó los brazos hacia atrás en un gesto cargado de tensión y los lanzó al frente con un grito ahogado. El suelo detrás de ella respondió al instante. La tierra se estiró y se tensó como una tela jalada con violencia. Dos ondulaciones masivas nacieron a su espalda y se dispararon hacia Zein, deformando la superficie a su paso y levantando ráfagas de piedras en una trayectoria errática.

Zein no se dejó amedrentar. El primer embate llegó por la derecha, pero lo recibió con una patada precisa; su pie chocó contra la masa deformada y la desvió hacia arriba, rompiendo su inercia. El segundo ataque llegó de frente, implacable. Zein descargó su espada una y otra vez, cortando la forma inestable con tajos rápidos hasta que la energía se disipó, convirtiendo el ataque en simples puñados de tierra suelta que cayeron a sus pies.

Pero ya era tarde.

Kiera estaba encima de él. Aprovechando la apertura, giró la lanza hacia atrás y acumuló impulso en un movimiento fluido. La descargó en un tajo vertical que buscaba partir su guardia, pero Zein alzó su espada a tiempo. El impacto resonó con fuerza, vibrando a través de sus huesos.

Sin detenerse, la lanza de Kiera se deslizó hacia un lado con una agilidad felina. Una estocada surgió desde abajo, rozando el costado izquierdo de su rostro; el aire silbó peligrosamente junto a su oreja. El asalto continuó de inmediato con un giro horizontal hacia la derecha. Zein se agachó por instinto, sintiendo el paso de la madera cortando el viento justo por encima de su cabeza, lo suficiente para agitarle el cabello.

La lanza volvió a elevarse para descender con una precisión quirúrgica, pero Zein ya estaba preparado. Su espada subió y detuvo el golpe en seco. Ambas armas se cruzaron en el aire, vibrando entre ellos mientras el polvo comenzaba a asentarse bajo sus pies.

El choque se mantuvo un instante más… y algo dejó de encajar.

Zein fue el primero en sentirlo en las palmas de sus manos. La madera de su propia espada cedió de una forma antinatural, como si hubiera perdido toda su rigidez en un punto específico. Bajó la vista lo justo para notar el fenómeno: la hoja se contraía y se comprimía sobre sí misma, actuando como una goma tensada al límite.

Se movió por puro reflejo, girando la cabeza justo a tiempo. Un fragmento de la espada se disparó desde el costado de la hoja, estirándose y regresando en un latigazo seco que cortó el aire donde su rostro había estado un segundo antes.

Aprovechando la sorpresa, Zein empujó la lanza hacia adelante con toda su fuerza, obligando a Kiera a retroceder medio paso para romper la cercanía. Sin darle tregua, tomó la iniciativa de inmediato: levantó su arma y descargó una ráfaga de cortes verticales desde arriba.

Uno.

Dos.

Tres.

Los golpes descendían con un ritmo constante y pesado, obligando a Kiera a retroceder mientras se defendía con el cuerpo de su lanza. La madera chocaba una y otra vez, un eco seco que levantaba pequeñas nubes de polvo bajo sus pies en cada impacto.

En uno de esos cruces, la dinámica cambió.

Kiera giró ligeramente la lanza en el instante preciso del choque. La espada de Zein fue desviada, quedando atrapada en un ángulo incómodo que él no pudo corregir a tiempo; la fuerza del giro lo arrastró consigo, impulsando su propia arma hacia arriba. El movimiento lo obligó a extender el brazo por completo, dejando su guardia totalmente abierta y la espada suspendida inútilmente sobre su cabeza.

Kiera no desperdició el segundo de vulnerabilidad. Repitió aquel gesto cargado de tensión: sus brazos viajaron hacia atrás y se lanzaron al frente con una violencia controlada.

El suelo respondió de nuevo. La tierra se tensó y se deformó, avanzando como una marea sólida que se levantaba directamente hacia Zein. Él reaccionó soltando su espada al instante; sus pies golpearon el suelo al mismo tiempo, invocando su propia magia.

A los costados de Kiera, la tierra se alzó en dos masas compactas que se cerraron hacia ella con la intención de aplastarla. Simultáneamente, Zein levantó una pared más gruesa frente a sí mismo, acumulando piedra y sedimento en un muro improvisado para detener el avance enemigo.

El impacto fue inevitable.

Sin embargo, las deformaciones enviadas por Kiera no chocaron contra la pared de Zein para derribarla. La atravesaron limpiamente, cruzando la roca como si fuera agua estancada. El golpe alcanzó el abdomen de Zein de lleno. El aire abandonó sus pulmones en un estallido seco mientras su cuerpo era proyectado hacia atrás, arrastrado por una fuerza invisible que su defensa física no pudo siquiera rozar.

Del otro lado, Kiera ya se había agachado con una agilidad pasmosa. Las masas de tierra que pretendían atraparla pasaron por encima de su cabeza sin tocarla, perdiendo su forma y dispersándose en el aire como arena suelta.

Zein cayó con dureza, rodando sobre la tierra del patio antes de lograr detenerse, jadeando por recuperar el aliento. Mientras tanto, el suelo bajo los pies de Kiera volvió a ondular, preparándose para el siguiente movimiento.

El suelo se onduló, suave al inicio y luego con mayor amplitud, como una marea bajo su control absoluto. Cada paso que Kiera daba parecía no pertenecerle; el terreno mismo la impulsaba, deslizándola hacia adelante con una fluidez antinatural que desafiaba las leyes del patio.

Zein alzó la vista, todavía luchando por recuperar el aire que el golpe le había arrebatado. Su espada yacía a varios metros de distancia, sobre la tierra suelta. Intentó alcanzarla en un movimiento desesperado, pero fue en vano; sus dedos apenas rozaron el suelo antes de impulsarse, pero la distancia seguía siendo demasiada y el tiempo se le había agotado.

Kiera ya estaba allí.

La marea bajo sus pies la llevó hasta él en un parpadeo. La punta de la lanza se detuvo frente a su pecho, firme y precisa, a tan solo un suspiro de su cuerpo. El duelo había terminado.

Zein se dejó caer por completo sobre la tierra, sudando y exhausto, tratando de procesar la velocidad de aquel último intercambio. Kiera simplemente se acercó con una expresión tranquila y le extendió la mano. Él la aceptó, permitiendo que ella lo ayudara a ponerse en pie nuevamente.

—Eres alguien de una mente bastante cerrada —le soltó Kiera en cuanto él recuperó la verticalidad.

—¿Qué? —preguntó Zein, desconcertado.

—Deberías tener la mente más abierta —insistió ella, dándose la vuelta para caminar hacia la casa con paso ligero—. Ven, sígueme.

Ambos entraron y subieron hacia el segundo piso. Zein jamás había estado en esa planta, por lo que una extraña curiosidad lo invadió al cruzar el umbral. Naoko y Lyra los seguían de cerca, igualmente intrigadas por descubrir qué secretos guardaba la parte superior de la vivienda.

Al llegar, sus ojos se toparon con un artefacto fascinante. Un tubo alargado descansaba sobre una estructura metálica articulada, sostenido por anillos y tornillos que permitían inclinarlo con precisión hacia la inmensidad del cielo. Su superficie, oscura y pulida, reflejaba apenas la luz tenue del entorno. En uno de sus extremos, un pequeño visor invitaba a acercar el ojo; en el otro, oculto en la profundidad del cilindro, un conjunto de lentes esperaba, alineado con un cuidado milimétrico, para revelar lo que el ojo humano no podía alcanzar por sí solo.

—Necesitas ver más allá de tu vida diaria. En toda tu existencia solo has conocido una pequeña parte del mundo —sentenció Kiera, señalando el artefacto—. Por eso es que tuve la delantera durante la mayor parte de nuestra pelea.

Al notar que Zein se mantenía en silencio, procesando sus palabras, ella continuó con voz firme.

—Pero tú puedes mejorar y superarme. Sabes que la magia se basa en los cuatro elementos, ¿no es así?

—Sí —asintió Zein.

—Bueno, ahí es donde todos nos equivocamos —afirmó Kiera con seguridad—. Por supuesto que los cuatro elementos son el cimiento, pero no lo son todo; de hecho, son bastante limitados.

—¿A qué te refieres con eso? —preguntó Zein, su curiosidad desplazando el cansancio del combate.

—Debes saber que los hechizos actuales se basan mayormente en el espacio exterior. Incluso mi propia magia nace de conceptos que vienen de allá arriba. Por eso es que tengo esto. —Kiera se acercó y posó su mano con orgullo sobre el cilindro pulido—. Es un telescopio. Te permite ver más allá de la tierra y observar directamente los confines del universo.

Kiera hizo un gesto que abarcaba toda la estancia.

—En esta sala hay libros sobre el espacio y todo tipo de conocimientos que te servirán si de verdad quieres evolucionar.

Zein guardó silencio un momento, dejando que su mirada recorriera la habitación. Admiraba la colección de mapas estelares y volúmenes antiguos, sintiendo el peso de un mundo mucho más vasto de lo que había imaginado. Kiera comenzó a caminar hacia la salida, pero antes de cruzar el umbral, se detuvo y se señaló su cabeza con un dedo.

—Recuerda: el truco está en la imaginación.

Leonor apretaba las sienes mientras revisaba los informes sobre la cama. Se revolvió el cabello, soltando un bufido de frustración.

«Maldita sea. Tenían que darme a mí una misión así», pensó. «“Desaparecer” a Zein Ravenscroft porque a esos aristócratas les parece una amenaza».

Esbozó una sonrisa cínica.

«Claro, un “riesgo”. Esos idiotas le temen a lo que no pueden controlar».

Se levantó y caminó hacia la mesa, rascándose la nuca. Pensó en la libertad total que le habían dado: arrestos, ejecuciones, hogueras o asesinos. Se sirvió una taza de té.

«La duquesa envió a alguien de su círculo. Decía que aparecería en cualquier momento. Me pregunto qué…»

Bebió un sorbo pausado, intentando aplacar el estrés. Al girarse hacia la cama, se encontró con una figura encapuchada a pocos centímetros. Leonor dio un respingo violento; el té se derramó sobre su ropa mientras ella tosía, casi asfixiada.

—Perdone por casi ahogarla, mi señora —dijo la figura retirándose la capucha.

Era una chica joven, rubia y de baja estatura. Su cabello caía lacio hasta la nariz, cubriendo su rostro como una cortina espesa, salvo por un hueco circular y meticuloso sobre su ojo derecho. A través de esa “ventana” asomaba una pupila fija. Una mirada vacía, sin rastro de determinación.

—¿Cómo… cómo te llamas? —logró preguntar Leonor, recuperando el aire.

—Me llamo Patoshe Vereil. A partir de hoy, quedo bajo su mando —respondió con una leve inclinación.

—Claro…

El silencio se instaló entre ambas. Leonor sentía un nerviosismo punzante ante la presencia de alguien que no parecía humana en el sentido convencional; la chica la observaba con una curiosidad inexpresiva, esperando su próxima orden.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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