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Fatum R [ESP] - Capítulo 31

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Capítulo 31: La asesina

Zein y el trillizo bajaron al sótano, el lugar donde habían citado al joven.

—Se me hace raro que un general te quiera ver en un lugar como este. Ellos acostumbran a sitios más… lujosos —dijo uno de los trillizos, tratando de sacar conversación.

—Tienes razón —respondió Zein en seco.

El trillizo lo miró un momento antes de seguir caminando.

«¡Vamos! Al fin lo hice hablar, solo debo seguir así para ponerlo de buen humor», pensó con una sonrisa.

En ese instante, Zein intentó jalar al trillizo hacia atrás, pero no fue lo suficientemente rápido. Una navaja cortó la garganta del joven sin darle tiempo a reaccionar.

El trillizo cayó al suelo, desangrándose mientras intentaba cubrirse la herida. Zein lo tomó en sus brazos. Desesperado, presionó el corte que sangraba sin control, pero no sabía qué hacer. Las manos del trillizo temblaban, apretando la mano de Zein con una fuerza que se desvanecía.

—No, no, no, no… ¡no! —gritaba Zein—. ¡Si tan solo supiera usar magia de curación…!

La asesina simplemente los observaba de cerca. Zein se miró las manos aterrorizado; estaban empapadas en sangre. Se levantó furioso.

—¡¿Por qué hiciste eso?! —le gritó.

La chica lo miró con frialdad.

—Yo quería cortarle la cabeza para reducir su sufrimiento. Tú lo moviste hacia atrás, así que es tu culpa —dijo mientras lo señalaba.

Detrás de ella, desde la vista de Zein, la sombra se formó por un instante, apuntándolo de la misma manera.

Tras dudar un poco, Zein dejó el cuerpo del trillizo en el suelo con cuidado.

—¿Quién eres? ¿Y qué quieres? —preguntó, intentando calmar su respiración.

—Me llamo Patoshe. Eso es todo lo que necesitas saber. —dijo ella.

—¿Viniste a matarnos? ¿Por qué? ¿Por qué lo mataste? —preguntó Zein, dando un paso al frente.

—Simple. Lo mate porque estaba junto a ti.

Zein guardó silencio un momento.

Patoshe no respondió; solo lo observó. Una daga silbó en el aire directo al rostro de Zein. Él inclinó la cabeza apenas lo suficiente para dejarla pasar, sintiendo el filo rozar el aire frente a sus ojos. Pero en cuanto volvió la vista al frente, Patoshe ya estaba encima de él.

«¡Qué rápida!».

Zein reaccionó por instinto, invocando su espada en el último segundo. El choque de acero resonó seco. Patoshe forzó la presión un instante y luego retrocedió, deslizándose con una ligereza antinatural. Zein hizo lo mismo.

Patoshe se movió primero. Se inclinó hacia adelante y, en un parpadeo, acortó la distancia. Su daga derecha descendió en un corte rápido que Zein bloqueó girando la espada. La segunda llegó desde abajo, buscando su costado. Zein dio un paso atrás, desviándola por poco.

Patoshe giró sobre sí misma, encadenando ataques sin perder velocidad. Su estilo era preciso y directo, diseñado para terminar la pelea en un suspiro. Zein apenas lograba seguirle el ritmo, respondiendo por puro reflejo.

Otro choque. Otro desvío. El filo pasó rozando su brazo.

Zein intentó contraatacar con un corte horizontal para obligarla a retroceder. Patoshe no bloqueó; se inclinó lo justo para que la hoja pasara frente a su pecho y avanzó de nuevo, rompiendo su guardia.

Zein tensó la mandíbula y levantó la espada para interceptar, pero ella ya había cambiado el ángulo. Una finta. Su mano izquierda amagó un ataque bajo y la derecha apareció por encima, directa a su cabeza. Zein giró el rostro por puro instinto.

Demasiado tarde.

El filo pasó junto a su oreja, abriéndola con un corte limpio. El mundo se sacudió; un zumbido agudo llenó su oído mientras el calor de la sangre descendía por su cuello. Zein retrocedió de golpe, separándose, pero Patoshe no lo persiguió de inmediato. Simplemente se quedó ahí, observándolo como a una presa herida.

En ese instante, por donde llegaron Zein y el trillizo, los otros dos hermanos bajaron al sótano.

—¿Qué está pasando? ¿Están todos bien? Escuchamos golpes y decidimos bajar a ver… —dijo uno, antes de que la escena lo golpeara.

El cuerpo de su hermano yacía sobre un charco de sangre. Zein, con la oreja sangrando, empuñaba su arma frente a la chica de las dagas ensangrentadas. Uno de ellos corrió hacia el cuerpo con una esperanza que se extinguió al primer contacto. El otro se acercó a Zein lentamente.

—¿Estás bien? —preguntó con voz temblorosa.

—Sí —respondió Zein.

—¿Ella fue quien lo hizo? —preguntó el que estaba junto al cadáver, con los ojos inyectados en sangre.

Ambos hermanos se posicionaron a los lados de Zein, listos para el combate. Desenvainaron sus espadas, esas hojas curvas y sencillas que entregaban a todos los liquidadores.

En ese instante, Patoshe abandonó su postura de ataque.

—Esto va para largo. Será mejor terminar ahora —dijo, guardando sus dagas por un momento—. Imaginary: Lente Gravitacional.

Posicionó su mano derecha al frente, como si intentara sujetar algo invisible, y trazó un pequeño círculo en el aire. Zein y los hermanos se tensaron, incapaces de predecir su siguiente movimiento. Alrededor de ellos, el aire comenzó a ondularse, distorsionándose como si una capa transparente cubriera el sótano.

Entonces, detrás de Patoshe, emergió una figura extraña: un cuerpo humano de cuatro brazos con cabeza de león, sosteniendo nueve esferas perfectamente alineadas. La entidad se veía etérea, casi transparente, pero las esferas que portaba se sentían densas y completamente sólidas.

Zein frunció el ceño.

—¿Qué…?

Uno de los trillizos dio un paso al frente y una de las esferas se encendió. Patoshe lanzó una daga sin siquiera mirar. El arma desapareció a mitad de su trayectoria y, en un parpadeo, emergió justo donde el trillizo había pisado. El impacto fue seco; la daga se hundió en su pierna.

El grito del hombre se cortó en el aire mientras caía de rodillas, intentando arrancarse el acero con una respiración errática.

Zein avanzó junto al hermano restante, buscando acorralarla. El acero chocó en un intercambio frenético; Zein lanzó un tajo directo mientras el trillizo atacaba desde el flanco con su hoja curva. Eran dos ángulos distintos, dos oportunidades claras.

Ninguna funcionó.

El filo de Zein atravesó la silueta de Patoshe como si cortara el aire. La espada del trillizo pasó rozando su costado sin causarle el menor daño. Patoshe ni siquiera retrocedió; se quedó allí.

Una daga apareció en su mano y descendió en un corte preciso que obligó al trillizo a bloquear con ambas manos; el impacto lo hizo retroceder varios pasos. Zein intentó aprovechar la apertura con un tajo horizontal, pero fue inútil: la hoja volvió a pasar a través de ella sin tocarla.

—…Tch.

Patoshe contraatacó. Lanzó otra cuchilla hacia un punto vacío del sótano. Zein la siguió con la mirada, pero el arma desapareció antes de impactar contra la pared, reapareciendo justo detrás del trillizo.

—¡Cuidado!

El hombre logró apartarse por poco, sintiendo el roce del acero en su costado. Apenas recuperaba el equilibrio cuando otra daga surgió desde el techo, obligándolo a rodar por el suelo para salvar la vida. No había un patrón aparente.

O eso parecía.

Zein dejó de atacar. Sus ojos se movieron, ignorando a Patoshe para fijarse en la figura detrás de ella. Las esferas. Dos estaban encendidas. Giró la cabeza justo cuando el trillizo, al moverse, pisaba un nuevo punto del suelo.

Otra esfera brilló.

—…No nos está esquivando —murmuró Zein, entornando los ojos.

El trillizo volvió a lanzarse al ataque con un tajo amplio. Patoshe lo enfrentó de frente esta vez, desviando su espada y respondiendo con una serie de cortes rápidos que lo hicieron retroceder bajo una presión asfixiante.

—¡Zein!

—¡Mantenla ocupada! —gritó él.

No esperó respuesta. Zein se movió.

Dio un paso hacia la derecha, pero no ocurrió nada. Avanzó hacia adelante y, esta vez, una esfera más se encendió en los brazos de la entidad. Se detuvo un instante, alternando la mirada entre el suelo y el brillo de la figura etérea.

—Ya veo.

Patoshe lanzó otra cuchilla. Zein no la siguió con la vista; en su lugar, observó el punto exacto donde el arma se desvaneció y cómo una de las esferas reaccionaba al instante.

—No es aleatorio.

Se movió de nuevo con pasos cortos y precisos. Una tras otra, las esferas respondían a su posición. Zein empezó a marcar el terreno; con un golpe rápido de su pie, levantó un pequeño pilar de tierra en cada punto reactivo. Luego otro. Y otro más.

—Uno…

Marcó otro punto.

—Dos…

A sus espaldas, el estruendo del acero continuaba. El trillizo apenas lograba mantenerse en pie, bloqueando con desesperación mientras las dagas de Patoshe llovían desde ángulos imposibles. Zein no se distrajo. Se movía, probaba, descartaba.

Un paso en falso.

Una cuchilla emergió de la nada, directa a su costado.

Zein la desvió por instinto, retrocediendo apenas. Regresó al último punto correcto y probó con otro paso; esta vez, la esfera respondió.

—Tiene que haber un orden.

Más pilares surgieron del suelo, marcando cada punto descubierto. Algunos alineados, otros dispersos, pero todos conectados por una lógica invisible.

Patoshe aceleró el ritmo. Las cuchillas aparecían con una frecuencia asfixiante, obligando al trillizo a moverse sin descanso. Una le rozó el hombro; otra le abrió un tajo en el brazo.

—¡No aguantaré mucho! —gritó el hombre con desesperación.

Zein no respondió. Su mirada saltaba de los pilares a las esferas. Ya casi todas estaban encendidas; faltaban pocas para completar el mapa. Respiró hondo y se lanzó.

Uno más. Otro.

Las esferas reaccionaron en una secuencia perfecta. Zein apretó los dientes y avanzó, ignorando el riesgo y cruzando cada punto con una precisión creciente. Estaba en el último tramo. Un solo error ahora y todo terminaría.

—Tch.

Pisó el punto final. La última esfera comenzó a brillar tenuemente. Zein se detuvo apenas un instante, conteniendo el aliento.

El patrón estaba completo.

En el instante en que la última esfera respondió, la atención de Patoshe se desvió del trillizo. Una daga atravesó el abdomen del hombre antes de que pudiera reaccionar; el aire se le escapó en un estertor seco. Patoshe no se detuvo; giró la muñeca y lo apartó, dejándolo caer como un peso muerto.

Zein no miró; ya estaba en movimiento.

En cuanto pisó el último punto, la estatua dejó de ser una silueta. La transparencia se disipó, revelando una forma sólida y tangible. Las esferas brillaron al unísono y el núcleo finalmente quedó expuesto.

Zein apretó la mandíbula.

—Ahí.

Se lanzó. Patoshe reaccionó al instante. Las dagas aparecieron una tras otra, desapareciendo y emergiendo en trayectorias imposibles, todas dirigidas hacia él. Zein no se detuvo, aun viéndolas venir. Sabía que no llegaría a tiempo, pero avanzó.

En el último segundo, lanzó su espada. La hoja giró en el aire, atravesó la distancia y se clavó contra la figura. El impacto fue real, pero insuficiente; apenas una grieta superficial recorrió la superficie.

Patoshe hizo un leve gesto de dolor. Y sonrió.

—No es suficiente.

Las dagas llegaron una tras otra.

Las hojas se hundieron en su cuerpo. Otras solo rasgaron carne y tela al pasar, pero el impacto acumulado lo obligó a detenerse. Zein tensó los músculos, sintiendo cómo su respiración se volvía pesada y errática. El veneno comenzaba a reclamar su territorio; sus piernas temblaron, amenazando con ceder.

Zein bajó la mirada un instante. Luego, la alzó con una determinación feroz.

—Aún no.

Sus ojos se clavaron en la espada que seguía incrustada en la estatua. Sobre la superficie del acero, una marca apenas visible comenzó a palpitar: una estrella. Por un segundo, el símbolo brilló con una intensidad cegadora. Zein cerró el puño y la espada respondió.

La luz se expandió a lo largo de la hoja, volviéndose inestable y violenta hasta que, finalmente, estalló.

El impacto sacudió la figura desde su núcleo, fragmentándola en mil pedazos. Al mismo tiempo, el cuerpo de Patoshe se tensó violentamente. Decenas de cortes aparecieron en su piel uno tras otro, como si el daño que ella había evitado encontrara por fin su salida. La sangre brotó en líneas finas que recorrieron sus brazos, su torso y su rostro. Su sonrisa desapareció por completo.

El aire vibró y la distorsión del espacio colapsó, devolviendo el sótano a su lúgubre normalidad.

Ambos quedaron de pie, frente a frente, separados por apenas unos metros. La respiración de ambos era irregular y pesada; el sudor y la sangre se mezclaban en el suelo.

«Debo detener el sangrado lo antes posible o…», pensó Patoshe, apretando los dientes mientras su visión se nublaba.

«Menos mal que investigué ese hechizo de estrella… pero si no detengo el veneno con magia ahora mismo…», pensó Zein, sintiendo el frío de la muerte trepando por sus venas.

«¡Perderé esta pelea!», sentenciaron ambos en su mente.

Se mantuvieron allí, en las últimas, dos sombras tambaleantes sosteniéndose únicamente por la voluntad de no ser el primero en caer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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