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Fatum R [ESP] - Capítulo 30

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Capítulo 30: Confrontación

Lyra y Kiera se encontraban absortas entre las páginas de varios libros sobre magia. Lyra, con el brillo de la fascinación en los ojos, devoraba cada párrafo; estaba encantada con todo lo que había logrado aprender en el último mes.

Naoko, mientras tanto, se mantenía ocupada con las tareas de la casa, aunque su mente claramente estaba en otro lado.

—¿Dónde está Zein? —preguntó de repente, rompiendo el silencio—. Ayer pasé a la tienda por Lyra y no estaba allí. Hoy ha pasado lo mismo.

—Digamos que está… “inspirado” —respondió Kiera con una sonrisa enigmática.

—Me pregunto qué estará haciendo exactamente —murmuró Naoko, ladeando la cabeza con curiosidad.

—Quién sabe. Tal vez te esté preparando un regalo, ¿no crees? —soltó Kiera con un tono de burla juguetona.

Naoko, sintiendo el calor subirle a las mejillas, le lanzó una bola de papel que tenía a mano.

—¡Vamos, no bromees con eso! —exclamó, tratando de ocultar su nerviosismo.

—Jajaja, perdón, perdón —se rió Kiera, esquivando el proyectil.

—Pero sea lo que sea, debe ser algo importante para que lleve todo el fin de semana encerrado en eso —añadió Naoko, haciendo un esfuerzo por retomar su trabajo.

—Cierto —concedió Kiera antes de hacer una pequeña pausa—. Ahora que lo pienso, tú y Zein son tal para cual. Ambos son demasiado responsables para su propio bien.

Naoko no respondió; simplemente se sonrojó con más fuerza y se tapó el rostro con el libro que sostenía, intentando inútilmente esconder su sonrisa.

Mientras tanto, en la habitación, Zein se encontraba pegado al visor del telescopio, descubriendo las maravillas silenciosas del espacio. Con el apoyo de los libros, intentaba dar sentido a las luces distantes que veía más allá de la atmósfera; sin embargo, por más que observaba, no lograba encontrar “aquello” que Kiera le había sugerido, ese eslabón perdido que lo ayudaría a mejorar.

El cuarto era un auténtico caos. Había libros abiertos por doquier y papeles con anotaciones frenéticas cubriendo cada superficie plana. Zein dividía sus horas en un ciclo agotador: revisaba el complejo hechizo que le había dejado Lucian y volvía a mirar por el telescopio, buscando una conexión que se le escapaba.

Fue entonces, mientras sus ojos recorrían una vez más los trazos del hechizo, cuando una idea inquietante comenzó a brotar en su mente.

—Vi en un libro algo llamado «agujero negro». Se ven exactamente iguales al hechizo que tú desarrollaste, Lucian. Me pregunto si sabías que esto era un agujero negro —susurró para sí mismo, su voz perdiéndose entre las paredes del cuarto—. ¿Sabes, Lucian? He estado buscando en los libros todo tipo de magias basadas en el espacio, pero ninguna que yo pueda usar o que se ajuste a mí. Siento que esto va a ser imposible de lograr.

Zein deshizo el hechizo con un gesto cansado y se talló los ojos con fuerza.

—¿Qué estoy haciendo? Ya empecé a hablar solo por el cansancio. Será mejor que me vaya a dormir —murmuró, haciendo el esfuerzo de levantarse del suelo.

—Con tanto esfuerzo que le estás poniendo y ya te rindes así de pronto —dijo una voz a sus espaldas.

Zein reconoció ese tono al instante; era una voz que se sentía como hojas de metal raspando un cristal helado, un sonido que le erizó la piel. Se dio la vuelta con brusquedad solo para encontrarse de frente con aquella figura, aquella sombra que volvía a estar ahí, estática. Se frotó los ojos, incrédulo.

—¿Qué es esto? ¿Una alucinación? —preguntó con un hilo de voz.

—Puede ser, pero te aseguro que soy tan real como tú.

Sin previo aviso, la sombra se sentó en el suelo frente a él. Los libros y papeles desparramados no parecían inmutarse ante el hecho de que la figura estuviera envuelta en llamas negras y etéreas.

—Ven, siéntate —le ordenó la sombra, palmeando el suelo frente a ella con un gesto burlón.

Zein, movido por una mezcla de cautela y una curiosidad que no podía frenar, le hizo caso y se sentó.

—¿Y bien? ¿Se siente bien esforzarte al fin para obtener algo? ¿Se siente bien fingir ser algo que no eres?

—No sé a qué te refieres —replicó Zein, sintiendo cómo la molestia empezaba a burbujear en su pecho.

—Oh, claro que lo sabes —le espetó la figura—. Hasta ahora has tratado de proteger a Lyra, pero dime: ¿en qué momento te has esforzado de verdad? Simplemente dejas que los hechos te guíen sin rumbo alguno, como un pez arrastrado por la marea. No te esfuerzas en nada, ni siquiera por el único propósito por el cual supuestamente estás aquí.

—Eso no es verdad. He tratado de proteger a Lyra con todas mis fuerzas. Estar atrapado en esta isla no fue una opción.

—Oh, por favor, deja de hacerte la víctima. Claro que no te has esforzado en nada; nada te ha importado realmente hasta ahora. Ni siquiera la muerte de tus supuestos «seres queridos» te ha afectado de verdad.

—¡Claro que me han importado! —exclamó Zein, apretando los puños—. Me siento impotente por no haber podido hacer nada para evitarlo.

—No es que no pudieras hacer nada, es que no quisiste —sentenció la sombra con una frialdad cortante—. Mira a Kiomi; ella sigue consumiéndose por la muerte de su madre. ¿Y tú? Si de verdad te hubieran importado ella o Lucian, estarías igual de roto que ella. Pero mírate, tan entero, tan… vacío.

—Cállate.

—Estás en un desierto y lo sabes. Un desierto inmenso y yermo, sin señales, sin horizonte. Estás perdido y no tienes idea de a dónde ir. Tu objetivo es vago; si de verdad quisieras el bien de Lyra, se habrían marchado de esta isla hace mucho tiempo. Pero siguen aquí. Solo la pones en peligro por un estúpido y egoísta sentido de curiosidad sobre su pasado.

—¡Cállate! ¡Te digo que me he esforzado y que estoy dando lo mejor de mí!

—Si eso fuera verdad, Lucian no estaría muerto. Meliora no estaría muerta. Tus seres queridos seguirían aquí —la sombra lo señaló con un dedo largo y oscuro, cuyas llamas negras oscilaron con violencia—. Y tú lo sabes, porque mis palabras no son más que tus propios pensamientos. Yo soy tú y tú eres yo; eso es algo que jamás podrás cambiar.

—Eso no es cierto… yo no soy tú. Yo soy… yo soy… —Zein dudó, su voz flaqueando mientras la seguridad se le escapaba entre los dedos.

—¿Tú? ¿Quién eres tú? —se mofó la figura—. Ni siquiera tú mismo sabes quién eres. Se supone que viniste aquí buscando respuestas y terminaste enfocándote en algo que no tenía nada que ver.

Zein guardó silencio, incapaz de encontrar una réplica que no sonara a mentira.

—Eres un cascarón, Zein. Un cascarón vacío esperando a que un dueño lo reclame, alguien a quien servir. No tienes propósito, no tienes camino, no tienes una vida propia. No tienes nada que te haga único. Sabes que jamás vas a conseguir nada, sin importar cuánto finjas esforzarte. Y a este paso, Lyra va a morir… y todo será por tu culpa.

La voz de la sombra fue subiendo de tono, volviéndose un rugido ensordecedor que llenaba la habitación.

—¡Cállate! —gritó Zein, lanzándole el libro que tenía en la mano.

El objeto atravesó la figura de humo y fuego negro como si allí no hubiera nada, golpeando la pared con un eco sordo que subrayó su soledad.

—Tú sabes perfectamente quién eres, ¿no? Kiomi también lo sabe, por eso te odia tanto. Hasta siento lástima por Naoko y lo mucho que va a sufrir en el futuro. Por estar junto a ti, su destino será la miseria; porque tú, Zein, eres un imán para las tragedias.

Cegado por la ira, Zein comenzó a arrojar libros contra la sombra sin detenerse. Los volúmenes atravesaban el humo negro uno tras otro, cayendo inútilmente al suelo con golpes secos.

—Encontrarás tu fin bastante pronto por esa mentalidad que tienes —continuó la figura, imperturbable—. Esa idea de que todo está bien así, de que tus habilidades bastan para proteger a Lyra… cuando sabes que no es verdad.

—¡Eso no es cierto! ¡Me he estado esforzando para mejorar, para ser lo suficientemente capaz de protegerla! —gritó Zein, con la voz quebrada por la desesperación—. ¡Algún día me volveré tan fuerte que incluso seré capaz de matar al Emperador!

—Jajaja… como si eso fuera a pasar alguna vez. Tú y yo sabemos que jamás serás capaz de algo así.

Zein lanzó un último libro con todas sus fuerzas. Al impactar contra el centro de la silueta, la sombra comenzó a deshilacharse finalmente.

—Me muero por saber si seguirás siendo un caparazón vacío esperando por su dueño, o si alguna vez lograrás ser independiente —sentenció la figura mientras se desvanecía—. Nos volveremos a ver, Zein Ravenscroft.

La sombra se disolvió como humo arrastrado por una corriente de aire frío, dejando tras de sí un silencio sepulcral. Zein se dejó caer al suelo, sin decir una palabra, sin realizar un solo movimiento, simplemente colapsando bajo el peso de sus propios pensamientos.

Alertadas por el estruendo, Kiera, Lyra y Naoko subieron corriendo, con el rostro desencajado por la preocupación.

—¿Estás bien, Zein? —preguntó Naoko, dando un paso hacia él.

—¿Qué fue eso? ¿Qué pasó? —inquirió Lyra, mirando el desastre de libros por toda la habitación.

—Nada… —respondió Zein con voz monótona mientras se ponía en pie lentamente—. Simplemente se cayeron algunos libros de la estantería, es todo.

—Pero… —Naoko intentó replicar, pero sintió la mano de Kiera posándose con firmeza en su hombro.

Al voltear, vio que Kiera negaba con la cabeza en un gesto silencioso, pidiéndole que le dieran espacio; había batallas que él debía resolver a solas. Naoko aceptó a regañadientes y las tres bajaron las escaleras, dejando a Zein de pie en medio del caos, inmóvil, perdido en el eco de las palabras que aún resonaban en su cabeza.

Pocos días después, Zein se encontraba trabajando como de costumbre, pero su mente parecía haber abandonado su cuerpo. Se quedaba quieto de repente, petrificado, para luego retomar la tarea con una normalidad inquietante. Sus compañeros notaban que no estaba presente; durante toda la semana había evadido cualquier pregunta o se limitaba al silencio absoluto.

—Oye, Zein… un general del ejército te está buscando —le dijo uno de los trillizos, acercándose con cautela—. Parece que es sobre lo que pasó en el muelle hace unos meses.

Zein lo miró fijamente por un instante, con los ojos vacíos.

—Ven, te guío hacia donde quiere verte… —añadió su compañero, visiblemente nervioso por la actitud del chico.

Sin pronunciar una sola palabra, Zein se dio la vuelta y lo siguió.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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