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Fatum R [ESP] - Capítulo 32

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Capítulo 32: Vida o muerte

La infancia debería ser el momento más feliz de una persona; al menos, eso es lo que dicen.

A Patoshe y a sus dos hermanos sus padres los abandonaron por deudas y adicciones, pero ellos siguieron adelante. Ella tuvo que madurar antes de tiempo para cuidarlos. Aunque robaba para alimentarlos y solía quedarse sin comer para que ellos tuvieran más, eran felices.

Terminaron en un orfanato donde, para su suerte, tanto los cuidadores como los otros niños eran amables. Aun así, Patoshe seguía siendo el pilar y la autoridad para sus hermanos.

Un día, mientras jugaban, una figura extraña salió del edificio conversando con las monjas. La pequeña Patoshe, distraída, chocó con él.

—¡Patoshe! ¿Cuántas veces te he dicho que no corras? Podrías causar un accidente —le reprendió la monja, antes de dirigirse a la visita—. Perdone, duque; los niños no suelen estar tan inquietos.

Patoshe alzó la vista. Era una figura enigmática, envuelta en una voluminosa capa carmesí que ocultaba todo su cuerpo. Sobre el terciopelo destacaba una máscara blanca de sonrisa fija, con un corazón rojo en la frente y mejillas circulares a juego.

El hombre se agachó y le extendió la mano para ayudarla a levantarse.

—¿Te parece bien si me les uno? —preguntó.

—¡Claro! —respondió Patoshe con una sonrisa.

Después de un rato de juegos, otra monja volvió a salir para llamarles la atención.

—¡Vamos, niños! Dejen de hacerle perder el tiempo al duque.

—No se preocupe, no es ninguna molestia —respondió él—. Además, he encontrado lo que vine a buscar.

El duque se giró hacia Patoshe. La observó un instante y, con un movimiento pausado, la tomó de la mano.

—¿A dónde vamos? —preguntó Patoshe.

—A un lugar mejor —respondió él—. ¿Tienes hermanos?

—Sí.

—Ve por ellos, entonces.

La marea golpeaba con furia las costas de la isla central de Mirathun. Desde el castillo, el estruendo del agua estrellándose contra las rocas era constante en esa época del año.

Patoshe observaba el paisaje. Tras años de entrenamiento extenuante, sentía que sus emociones se habían evaporado. Estaba convencida de que, para saldar su deuda con el duque, debía transformarse en un arma, y eso exigía reprimir cualquier rastro de humanidad. Solo se permitía ser ella misma cuando estaba a solas con sus hermanos o frente a su salvador.

Sintió una mano acariciando su cabeza. Al girarse, se encontró con el duque.

—Me alegra que te hayas vuelto fuerte, pero no debiste anular tus emociones para lograrlo. Me gustas más cuando dejas ver quién eres —le dijo con suavidad.

—Eso no es cierto… yo le debo todo —respondió ella, presionando sus manos contra el pecho.

—Tú no me debes nada, ni tú ni tus hermanos —sentenció él—. Tienes un potencial inmenso; no lo desperdicies creyendo que tienes una deuda conmigo.

La sangre bajaba por la frente de Patoshe, nublándole la vista en uno de sus ojos.

«¿Por qué recordé eso justo ahora?», pensó, sacudiendo la cabeza. «No voy a morir. No aquí. Tengo que cumplir mi palabra con el duque».

Zein estaba frente a ella, sujetándose el brazo. Con un movimiento brusco, arrancó un trozo de su propia ropa y se hizo un torniquete, intentando frenar el avance del veneno. Lo reforzó con magia, sellando la zona, aunque eso significara dejar su brazo completamente inutilizado para el resto del combate.

«A pesar de que estamos igual de heridos, tengo ventaja», pensó Patoshe, sin apartar la vista de Zein. «Gane o pierda, el veneno terminará el trabajo. Mi objetivo está cumplido».

Zein empuñó su espada con la única mano que le quedaba útil, mientras Patoshe sujetaba sus dos últimos cuchillos.

—¡Maldita! —el grito del trillizo herido en el pie desgarró el silencio—. ¡Mataste a mis hermanos y casi acabas con Zein! ¡Esto termina aquí y ahora!

Zein y Patoshe abrieron los ojos al ver lo que el hombre sostenía: un tubo de radiación condensada. Lo apretaba con una fuerza suicida. Si ese envase se rompía, la explosión calcinaría todo a su paso, liberando niveles letales de energía.

—¡Espera! ¡No lo hagas! ¡Uno de tus hermanos todavía está viv…! —gritó Zein, lanzándose hacia él.

Fue inútil. El trillizo destrozó el cristal, desencadenando una detonación que lanzó a Zein y a Patoshe contra las paredes. En el lugar donde estaba el hombre, solo quedó una marca negra y humeante.

El sótano comenzó a saturarse de radiación invisible. Aturdidos, ambos intentaron incorporarse entre espasmos y tos seca.

«Maldición, tengo que usar mi última reserva de magia para protegerme de la radiación», pensó Patoshe, sintiendo cómo sus fuerzas se agotaban.

«Se acabó la magia para pelear. Esto es cuerpo a cuerpo», sentenció Zein en su mente.

La espada de Zein había salido volando hacia la oscuridad, pero uno de los cuchillos de Patoshe brillaba en el suelo, justo en medio de los dos. Se miraron un segundo antes de lanzarse desesperadamente hacia el arma.

Patoshe alcanzó el cuchillo primero, pero Zein se abalanzó sobre ella, forcejeando para arrebatárselo. El impulso los arrastró hasta la base de las escaleras.

Ella logró posicionarse sobre él, hundiendo el peso de su cuerpo para clavarle el metal en el pecho. Zein resistía con los dientes apretados, sintiendo cómo el sudor y la sangre de ambos se mezclaban y resbalaban por sus brazos. En un estallido de desesperación, Zein le asestó un golpe seco en el estómago; Patoshe se encogió, aturdida, y él aprovechó para lanzarle una patada que la mandó contra los escalones de madera.

El cuchillo tintineó en el suelo. Patoshe intentó alcanzarlo, pero Zein fue más rápido. Se lanzó sobre ella, inmovilizándola contra el primer peldaño.

Sujetó el mango con ambas manos, descargando todo su peso hacia el cuello de la chica. Patoshe forcejeaba, golpeándolo, intentando apartar la hoja que descendía milímetro a milímetro. Gimiendo de dolor, exhalando aire caliente y metálico, ambos se miraban fijamente. No había técnica ni estrategia; solo dos animales heridos guiados por el instinto de supervivencia más primario.

Cada golpe que ella lanzaba parecía darle a Zein más determinación. En un último espasmo de defensa de Patoshe, el cuchillo finalmente encontró su camino.

El acero perforó la garganta de la chica. Zein sintió la resistencia de la carne ceder y el calor de la sangre brotando sobre sus dedos. El cuerpo de Patoshe se estremeció violentamente bajo el suyo. Sus ojos, antes vacíos, ahora reflejaban un dolor insoportable mientras sus manos buscaban desesperadamente la herida.

Zein se apartó, dejándole el cuchillo clavado. Se arrastró un par de metros y se quedó sentado, colapsado por el cansancio.

Se miró las manos. Estaban cubiertas de una capa espesa de sangre y fluidos. Le temblaban tanto que el roce de sus dedos producía un sonido sordo. Un frío glacial empezó a recorrerle la columna. Acababa de matar a alguien. No era un monstruo, no era una sombra; era una chica que, en el fondo, se aferraba a la vida tanto como él.

Patoshe se llevaba las manos al cuello, intentando articular palabra, pero solo emitía ruidos húmedos. Con un último destello de fuerza, estiró el brazo y aferró la camiseta de Zein con una potencia sobrenatural. Su cuerpo, tenso por la agonía, lo tironeó hacia ella, obligándolo a mirar de cerca el final que él mismo había provocado.

Ella lo miraba. Aquella frialdad que antes parecía un abismo ahora era un temblor incontrolable. Zein observó cómo las petequias reventaban en la esclerótica de sus ojos, tiñéndolos de un rojo agónico. Ella se aferraba el cuello con la otra mano, pero la sangre ganaba la batalla, fluyendo en cascada por los peldaños de madera.

Zein, aterrado, intentó desviar la vista, pero Patoshe lo tironeó hacia ella con una fuerza desesperada.

Sus labios se movieron, intentando dar forma a una última palabra que el acero le había arrebatado. Zein la miró directamente a los ojos; aquel vacío se había inundado de lágrimas que corrían por sus mejillas, mezclándose con la suciedad del suelo.

De pronto, ella lo soltó.

La mano de Patoshe cayó inerte. Zein la buscó, pero ya no había reacción en esas pupilas. La respiración de la chica se volvió un estertor forzado, un patrón irregular que perturbaba el silencio del sótano, haciéndose cada vez más débil, más lejano.

«Perdóname, duque… por no haber estado a la altura. Perdónenme, hermanitos… no podré volver a jugar con ustedes».

Entonces, el aire se detuvo.

Zein se arrastró lejos del cadáver, incapaz de apartar los ojos de la figura que yacía en la base de las escaleras. El silencio que siguió fue más pesado que la explosión de radiación. Cuando finalmente logró bajar la vista, se encontró con sus manos.

Estaban empapadas en una mezcla espesa de sangre, sudor y tierra. Eran las manos de un asesino.

Su visión comenzó a ondularse. Los bordes de la habitación se desvanecieron en sombras y los pensamientos se disolvieron en un zumbido blanco. El frío del veneno y el peso de la muerte ganaron la partida, y Zein se desplomó en el suelo, hundiéndose en la inconsciencia junto al cuerpo de la chica que acababa de destruir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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