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Fénix: Ascensión - Capítulo 31

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Capítulo 31: FINISTERRE

Narrador: Logan

El ruido sobre nosotros era ensordecedor, un océano de voces que golpeaba el techo metálico y resonaba en los vestidores donde nos preparábamos. Estábamos a varios metros bajo la arena, pero la tensión era tan palpable que parecía asfixiarme. Ajusté lentamente las placas de kevlar en mi pecho y brazos, dejando que el frío contacto me recordara lo que estaba a punto de hacer.

Kim, sentada frente a mí, calibraba minuciosamente los únicos tres drones que le permitieron ingresar. Sus manos no temblaban, pero notaba la tensión en sus hombros, cómo cada movimiento era más metódico de lo habitual. Crips, en cambio, parecía estar en su elemento. Estiraba los brazos como si no fuera más que otro entrenamiento. No me engañaba. Sabía que estaba igual de tenso, aunque nunca lo admitiría.

La voz de Kim cortó el silencio de golpe:

—Entonces… tengo un plan. Uno donde los humillamos tanto que pagarán por lo que le hicieron a Susan.

Su voz salió firme, pero sentí la emoción contenida detrás de sus palabras. Crips y yo intercambiamos una mirada, y asentí lentamente:

—Somos todo oídos.

Kim respiró profundamente antes de hablar, con una intensidad que me recordó la primera vez que me había dirigido una estrategia:

—Seré los ojos y soporte de Logan. Él seguirá en su papel de segador, será nuestra punta de lanza. Crips, tu misión es cubrirme mientras permanezco inmóvil analizando patrones. No atacarás hasta que tengamos certeza absoluta de sus movimientos.

Hizo una pausa breve, calibrando una vez más sus drones:

—No se permiten armas. Nada de fuego, nada de filo. Solo kinesis.

Asentí lentamente, fijando mis ojos en los suyos. La ira comenzó a acumularse en mi interior, sentí cómo mi respiración se volvía más fría, más pesada. Mis pensamientos se deslizaron peligrosamente hacia Turim. Recordé la lanza de hielo perforando a Susan, el calor de su sangre empapando mis brazos, su respiración quebrada. La sonrisa burlona de Turim. Cerré los puños hasta que sentí las uñas clavarse en mis palmas.

—Me parece bien —interrumpí, cortando el plan—. Solo les pediré una cosa.

El ambiente se hizo denso de golpe. Sentí cómo la temperatura descendía lentamente a mi alrededor, las luces del vestidor comenzaron a parpadear con un zumbido inquietante. Kim me miró con una mezcla de preocupación y alerta; Crips bajó lentamente sus brazos, sin dejar de observarme con atención.

—Turim es mío —continué, dejando que mi voz se volviera oscura y profunda, casi irreconocible—. Él es mi presa.

Mi voz resonó como un eco frío en la pequeña habitación, y noté cómo la expresión de mis compañeros cambió ligeramente. Había visto antes esa mirada en ellos: preocupación que se convertía lentamente en miedo. Era sutil, apenas perceptible, pero estaba ahí.

Kim tragó saliva con dificultad, pero no desvió su mirada de la mía.

—Entendido, Logan —respondió, intentando sonar segura—. Solo mantén la cabeza fría.

No contesté. Solo la miré fijamente hasta que apartó sus ojos. Crips respiró hondo, tratando de romper la tensión que se había instalado como un hielo invisible entre nosotros.

—Bien, señores —dijo Crips, fingiendo su habitual tranquilidad—, hora de hacer que esos bastardos entiendan que cometieron el peor error de su vida.

Intentaba sonar despreocupado, pero pude notar cómo su voz tembló levemente al final de la frase. Me giré, dando la espalda a ambos, mis pensamientos ya enfocados en lo que estaba por suceder. Sabía que esta batalla cambiaría algo en mí para siempre.

Y lo peor era que ya no me importaba. Quería sentir cómo Turim se quebraba bajo mis manos, escuchar cómo suplicaba misericordia. Quería verlo arder y congelarse al mismo tiempo.

Quería ver su sangre teñir la arena.

El Rhaben se agitaba en mi interior, ansioso por salir, listo para reclamar lo que era suyo.

Y en el fondo, sabía perfectamente que ni Kim ni Crips podrían detener lo que estaba a punto de desatar.

Avanzamos lentamente hacia la entrada de la arena. Podía sentir el peso asfixiante de miles de miradas, un mar de rostros desconocidos ansiosos por sangre y espectáculo. Las cuatro coaliciones estaban presentes: Fuego, Hielo, Acero y Rayo. Los generales, imponentes y distantes, observaban desde posiciones privilegiadas, esperando que el combate iniciara pronto.

A medida que salíamos hacia la luz cegadora del estadio, la multitud estalló en gritos ensordecedores. Sentí cómo la adrenalina aumentaba en mis venas, mezclada con algo más oscuro, más profundo: ira. En la esquina opuesta, Turim avanzaba con arrogancia, luciendo sus heridas cuidadosamente tratadas. Mi mandíbula se tensó hasta doler. Ese desgraciado caminaba orgulloso mientras Susan yacía al borde de la muerte, postrada en una camilla en el centro médico.

Koreck Turm, la mole impenetrable, avanzó con una confianza intimidante, su cuerpo convertido en un auténtico muro de hielo y piedra. A su lado, Yaret Oshruck caminaba con pasos enérgicos, la electricidad visible en destellos azules recorriendo su cuerpo, mostrando una sonrisa desafiante. Pero era Turim quien captaba mi atención absoluta, con su sonrisa soberbia y sus ojos burlones. Sentí el frío profundo agitarse en mi pecho.

Antes de que él pudiera decir algo, la voz del presentador resonó por toda la arena, silenciando cualquier murmullo:

—¡En el duodécimo ejercicio de cooperación entre coaliciones, tendremos un combate de exhibición entre células jóvenes seleccionadas al azar! Este año, ¡la Coalición de Acero contra la Coalición de Hielo!

La multitud estalló nuevamente, dividida claramente por lealtades.

—¡En una esquina, dirigidos por la Muralla de la Alianza, el general James Krauther! —La coalición de Acero rugió como un único ser, aclamando a su leyenda viva—. ¡La Coalición de Acero!

Desde la tribuna, Krauther observaba imperturbable, sin ninguna reacción.

—¡Y en la otra esquina, dirigidos por el Lobo de la Tundra, Mushrik Koriskov! —Solo la Coalición de Hielo lo aclamó, aunque con intensidad desafiante—. ¡La Coalición de Hielo!

El presentador continuó, anunciando uno por uno a cada combatiente, incrementando el dramatismo:

—¡Por la Coalición de Acero, Kim Krauther, “La Doncella de Acero”!

Kim dio un paso adelante con altivez y desplegó en un movimiento impecable sus tres drones, que flotaron alrededor suyo con elegancia amenazante. Con sarcasmo, apenas audible para nosotros, susurró:

—Tranquilos, chicos, prometo no romperlos demasiado pronto.

—¡Crips, “El Kushny”, el Escudo Viviente!

Crips avanzó firme, con una determinación rara en él. Miró fijamente al equipo rival, mientras sus nudillos lentamente se cubrían con una armadura de roca afilada. Su expresión era dura, implacable, dejando claro que hoy no iba a contenerse. No lo culpo. El buen chico había decidido que hoy valía la pena ensuciarse las manos.

—¡Y Logan, “el Rhaben”, el Segador!

Di un paso adelante. Dejé que la oscuridad fría brotara lentamente desde mi pecho hasta mis manos, liberando mis garras negras de hielo. Sentí cómo el frío se esparcía a mi alrededor. No hice ningún gesto teatral, no lo necesitaba. Mi mirada fija en Turim dejaba claro mi objetivo.

—Y ahora, por la Coalición de Hielo —continuó el presentador con entusiasmo—. ¡Koreck Turm, “El Bastión del Norte”!

Koreck golpeó con fuerza su pecho cubierto de roca helada, rugiendo de forma animal, su aliento visible en el frío ambiente artificial de la arena.

—¡Yaret Oshruck, “La Tempestad Azul”!

Yaret dio un salto exagerado, aterrizando con gracia mientras sus brazos liberaban chispas eléctricas en una coreografía casi cómica. La multitud aplaudió con exageración. Rodé los ojos con irritación contenida.

—¡Y liderando, Fedec Turim, “El Príncipe del Cero Absoluto”!

Turim extendió los brazos teatralmente, congelando el suelo a su alrededor. Luego lanzó una mirada burlona hacia mí, inclinando ligeramente la cabeza con falsa cortesía. Sentí mi sangre hervir. Me costó mantener la respiración bajo control.

La multitud vibraba de emoción. Observé el palco central y distinguí claramente a Krauther, con su típica expresión inmutable, y a Mhir, que no apartaba sus ojos de mí, claramente preocupada. Traté de ignorarla; no podía permitirme debilidad ahora.

Entonces noté algo extraño. Un pequeño destello, casi imperceptible, emanaba de cada uno de mis rivales. Una luz tenue, escondida dentro de ellos, como si hubiese algo más allá de sus poderes habituales. No estaba seguro de qué significaba, pero eso no importaba ahora.

El presentador aclaró su garganta una última vez:

—Las reglas son claras y simples:

Prohibido el uso de armas blancas o armas de fuego.

Está absolutamente prohibido matar.

Solo se permite el uso de kinesis.

El combate terminará solo cuando una célula completa sea incapaz de continuar.

Intervenir o salir de la arena implicará descalificación inmediata.

Está prohibido causar daños permanentes a cualquier rival.

Hizo una pausa teatral:

—¡Y ahora, combatientes, demuestren a todos quién merece el honor, la gloria y el respeto de la Alianza! ¡Comiencen!

Una explosión de gritos inundó la arena. Intercambié una última mirada con Kim y Crips. Kim lucía tensa, pero firme. Crips asintió, preparado para protegernos con su vida si era necesario.

Miré finalmente hacia Turim, que ya avanzaba con arrogancia hacia el centro del campo. Mi oscuridad interna palpitaba, exigente. Sentí cómo cada fibra de mi cuerpo gritaba por violencia.

Hoy, la sangre teñiría la arena. Y esta vez, no estaba seguro de querer detenerme antes de que sucediera.

Narradora: Kim

Liberé los drones con un rápido movimiento de mis dedos, sintiendo cómo se elevaban alrededor mío, conectándose inmediatamente a mi retina. Mis ojos se cerraron por un instante y, al abrirlos, tuve acceso a una vista panorámica desde múltiples ángulos. Logan ya se había lanzado al combate con una velocidad aterradora, casi imposible de seguir a simple vista.

Mis drones se posicionaron estratégicamente sobre él, capturando cada movimiento, cada golpe y cada cambio en su patrón. Era fascinante y preocupante al mismo tiempo. Logan avanzaba con zarpazos rápidos, cortantes y letales; una danza feroz de hielo y velocidad. Parecía una sombra mortal, zigzagueando entre sus rivales como un depredador imparable.

Sin embargo, su primer obstáculo apareció frente a él: Koreck, un muro de piedra y hielo. Logan chocó contra él con brutalidad, lanzando un zarpazo que dejó una profunda marca en el pecho pétreo del gigante. Koreck respondió de inmediato con un puñetazo demoledor, que Logan esquivó por centímetros, deslizándose bajo su brazo con velocidad asombrosa. Mis drones registraron la potencia del golpe: fácilmente capaz de pulverizar huesos si lograba impactar.

Logan no retrocedió. Saltó nuevamente hacia Koreck, girando en el aire y cortando con sus garras oscuras. El hielo de Logan destrozaba fragmentos de roca que se desprendían de la armadura natural de Koreck. Pero el gigante no cedía, bloqueaba cada intento de Logan por pasarlo, manteniéndolo contenido con fuerza bruta y resistencia absoluta.

Entonces escuché la voz de Turim desde el otro lado de la arena, su tono burlón resonando claramente a través del fragor del combate:

—¿Me estás buscando a mí, Rhaben?

Sentí cómo el cuerpo de Logan reaccionaba, tensándose aún más. Su velocidad aumentó frenéticamente, golpe tras golpe, intentando romper la defensa de Koreck con violencia creciente. Estaba a punto de superarlo cuando vi una figura azulada atravesando velozmente la arena: Yaret Oshruck.

—¡Logan, cuidado! —grité inútilmente.

Era demasiado tarde. Yaret interceptó a Logan con un brutal puñetazo cargado de electricidad. Mis drones registraron instantáneamente la descarga: 1000 voltios en solo 0.003 segundos. Un golpe capaz de noquear a cualquier soldado promedio.

Pero Logan no era cualquier soldado.

Su cuerpo tembló violentamente durante un instante, pero no cayó. Al contrario, parecía más despierto, más furioso. Su mirada adquirió un brillo salvaje, oscuro y voraz. Ahora era dos contra uno, Koreck golpeándolo con fuerza demoledora y Yaret atacando con rápidos destellos eléctricos.

—Es hora de que acabe con los ojos del enemigo —susurró Yaret, dirigiéndose directamente hacia mí. Apenas pude reaccionar cuando Crips, con una violencia inesperada, bloqueó el camino del eléctrico atacante.

—Hoy no, bastardo —gruñó Crips con ferocidad, estrellando un puño cubierto de roca en el rostro de Yaret, haciéndolo retroceder con una expresión de auténtica sorpresa y dolor.

Sin más opción, Yaret volvió hacia Logan, y el dos contra uno se reanudó con una intensidad demoledora. Logan recibió golpes brutales que habrían derribado a cualquiera. Koreck impactó repetidamente sus puños como arietes, y Yaret añadía descargas rápidas, golpeando puntos vitales con precisión quirúrgica.

Decidí intervenir. Mis drones descendieron con rapidez, disparando balas de goma contra Koreck para desequilibrarlo y lanzando redes electrificadas contra Yaret, entorpeciendo temporalmente sus movimientos. Vi cómo Logan aprovechó esa pequeña ventana para contraatacar con una violencia inaudita.

Su estilo de combate había cambiado. Ya no eran solo rápidos zarpazos; ahora usaba lanzas de hielo que emergían desde el suelo, trampas afiladas que obligaban a sus enemigos a retroceder. Una de ellas perforó superficialmente la pierna de Yaret, quien gritó de dolor. Logan lo golpeó con tal fuerza que lo lanzó contra el suelo, abriendo profundas heridas con sus garras.

La lucha se volvió más caótica, más brutal. Logan se movía frenéticamente, usando el terreno a su favor: deslizando hielo bajo los pies de Koreck para desestabilizarlo, haciendo estallar estacas afiladas desde el suelo para forzar movimientos predecibles.

Pero lo que me preocupaba era algo más: su mirada. Mi implante ocular mostraba un análisis biométrico preocupante. Logan no registraba ningún signo de dolor, solo una ira profunda, una sed de sangre pura que crecía con cada segundo.

En cierto momento, Koreck logró sujetarlo, levantándolo en el aire con brutalidad. Yaret aprovechó para asestarle un golpe eléctrico directo en las costillas, pero Logan ni siquiera pareció sentirlo. En vez de eso, sonrió con una ferocidad aterradora y clavó sus garras profundamente en el brazo de Koreck, desgarrando carne y roca por igual.

—Esto es todo lo que tienen… —gruñó Logan, su voz distorsionada y fría—. ¡Voy a destrozarlos!

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Esta no era solo una amenaza vacía; era una promesa real y tangible. Cada vez más violento, más estratégico, más impredecible. Logan se estaba convirtiendo en algo que desconocía, algo peligroso incluso para nosotros.

Mis drones me dieron una vista privilegiada de sus ojos: vacíos, fríos, implacables. Y en ese momento, comprendí algo que me aterrorizó más que cualquier rival al que pudiera enfrentar.

El Rhaben había despertado completamente, y ya no estaba segura de que pudiéramos detenerlo si algo salía mal.

Narrador: Logan

Estaba perdido, atrapado en un espiral oscuro de recuerdos. Las imágenes llegaban en ráfagas violentas, repitiéndose sin descanso, torturando mi mente una y otra vez.

La lanza de Turim atravesando a Susan. Su rostro lleno de dolor, la sangre manchando mis manos mientras intentaba mantenerla con vida. Sentía su peso contra mí, débil, muriendo lentamente frente a mis ojos. Escuchaba en bucle sus jadeos agónicos.

Luego, mi madre. Cassandra Fénix, con su rostro implacable, sus ojos fríos, sujetándome firmemente mientras colocaba cadenas ardientes alrededor de mis muñecas. Sentía el metal quemando mi carne, el olor penetrante a piel chamuscada. Su voz resonaba dentro de mi cabeza con desprecio infinito:

—Eres un Fénix, Logan. La perfección está en tu apellido. No toleraré fracasos, ni uno solo.

Mi cuerpo temblaba al revivir esa sensación. El dolor. La humillación.

Y entonces, Luna.

Aquel día que llegó buscando refugio, después de lo que Brandom le hizo. Sus ojos estaban hundidos, vacíos, rodeados de moretones. Su ropa rasgada, cabello despeinado, chupetones visibles en su cuello. Jamás olvidaría cómo me miró con lágrimas en sus ojos. Mi sangre hervía al recordarlo.

Pero lo peor fue cuando le confesé mi amor una vez más. Su rechazo frío, brutal, resonaba claramente en mi memoria:

—¡Deja de perseguirme, Logan! ¿Acaso no entiendes que nunca te amaré? Jamás lo haré, ¡déjame en paz de una maldita vez!

Cada palabra era una puñalada, cada recuerdo un peso insoportable que aplastaba mi cordura. Mi respiración se agitaba, mi cuerpo se tensaba hasta el límite, cuando de pronto una sensación punzante me trajo de vuelta a la realidad.

Bajé la vista lentamente hacia mi mano derecha. Una hoja de hielo me atravesaba limpiamente, clavándome al suelo. La sangre fluía lentamente desde la herida. Levanté la mirada, encontrando los ojos arrogantes de Turim, su sonrisa burlona iluminada por la satisfacción.

—Ahora inicia nuestro combate, pequeña bestia —susurró, con una voz llena de veneno.

La multitud quedó en silencio absoluto, sorprendida y horrorizada. El presentador titubeó en el micrófono, claramente preocupado por la situación fuera de control.

Sentí cómo la temperatura descendía aún más, mi mente al borde de un precipicio oscuro. El brillo extraño en el cuerpo de Turim aumentó visiblemente. Algo estaba alimentándolo desde dentro, otorgándole una fuerza antinatural.

Koreck y Yaret aprovecharon la situación, rodeándome en una posición estratégica perfecta. Mis ojos pasaron rápidamente entre ellos, analizando mi situación. Un tres contra uno claro, en mi contra.

Apreté los dientes, arrancando mi mano del suelo con violencia, ignorando por completo cualquier sensación de dolor. Mi cuerpo se lanzó instintivamente contra ellos con una velocidad ciega, zarpazos salvajes cortando el aire, mis garras negras destellando. Koreck bloqueó brutalmente mis ataques, mientras Yaret descargaba electricidad en ráfagas rápidas, cada golpe de él resonaba por mi cuerpo como pequeñas explosiones. Sentía el cosquilleo de la electricidad recorriendo mis músculos, aunque sin causar dolor. Era consciente de cada descarga, cada voltaje medido en microsegundos por Kim desde sus drones.

Mi cuerpo se volvió más brutal, golpeando con desesperación, violencia. Cada vez que mis garras encontraban carne, sentía placer, éxtasis. Algo primitivo y hambriento despertaba dentro de mí, exigiendo más sangre, más dolor, más destrucción.

Pero era demasiado. El presentador confirmó mis temores con voz preocupada:

—¡Logan está siendo claramente superado! ¡El equipo de hielo tiene el control absoluto del combate!

Escuché la risa de Turim sobre el hielo, elegante, intocable, moviéndose como si bailara mientras lanzaba estocadas profundas que cortaban mi piel. Su rostro arrogante se iluminaba con cada golpe exitoso.

—¿Qué sucede, Rhaben? ¿Te duele? —se burló, girando con gracia sobre el hielo—. Debería haber matado a esa perra de ojos rojos cuando tuve la oportunidad… hay algunas zorras con privilegios genéticos injustos.

La ira explotó en mi pecho con una violencia devastadora. Un rugido inhumano escapó de mi garganta, reverberando en toda la arena, silenciando incluso al público. Mis ojos, ahora completamente oscuros, brillaron con una ira absoluta.

Las marcas negras en mi piel comenzaron a expandirse rápidamente, cubriendo cada centímetro, alimentándose de mi odio, de mi furia, de mis recuerdos más dolorosos.

Avancé hacia ellos con movimientos impredecibles, frenéticos, ahora utilizando lanzas de hielo con precisión estratégica. Mis ataques se volvieron salvajes, letales. Koreck fue golpeado repetidamente, fragmentos de su armadura de piedra y hielo explotando bajo la fuerza de mis garras. Yaret trataba de frenarme con descargas intensas, pero su electricidad apenas me hacía retroceder. Las heridas se abrían en mi piel, pero no dolían. Al contrario, cada gota de sangre que derramaba, cada golpe que acertaba, era placer puro, satisfacción absoluta.

Ahora, Turim retrocedía ligeramente, su arrogancia debilitándose por primera vez. Observé un destello de auténtico miedo en sus ojos cuando se percató que ya no tenía delante a un simple rival.

Tenía delante a una bestia oscura y voraz.

Sonreí lentamente, dejando que mi rostro mostrara plenamente lo que sentía en ese instante. El público ahora gritaba, aterrorizado, impotente ante lo que presenciaba. Pero para mí, era solo ruido de fondo.

Lo único que importaba era la sangre que iba a derramar. La sangre de Turim.

Había cruzado el punto de no retorno. El Rhaben era libre, y nada podría detenerlo ahora.

Narrador: Crips

Respiré profundamente, tratando de centrar mi mente en la situación actual. Desde el comienzo había dudado del plan de Kim, pero ella insistió en que la paciencia y el análisis nos darían la ventaja. Ahora, esa estrategia parecía tambalearse ante mis ojos.

Logan ya no era él mismo. Su rostro cubierto de sangre, tanto propia como de sus rivales, se deformaba en una expresión salvaje y despiadada. Veía en sus movimientos algo oscuro y peligroso, algo que me hacía preocuparme profundamente por mi amigo. La corrupción que lo consumía era evidente, como una sombra creciente bajo su piel.

De repente, mis ojos captaron un movimiento veloz y eléctrico: Yaret. Su frustración había alcanzado el límite. Sin advertencia, abandonó a Logan y cargó directamente hacia Kim, listo para acabar de una vez con el cerebro estratégico de nuestro equipo.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, interponiéndome frente a Kim con firmeza. Nuestros cuerpos colisionaron violentamente, generando una onda de choque que resonó por toda la arena.

—¿Crees que puedes protegerla siempre, Kushny? —gruñó Yaret, sus puños chisporroteando con una electricidad azulada e intensa—. ¡Esto termina ahora!

Sentí la fuerza brutal de sus ataques: veloces, impredecibles, llenos de fintas que me confundían. Mi estilo defensivo era inútil ante un enemigo así. Cada trampa que preparaba, yo caía en ella sin remedio, recibiendo golpes que resonaban como pequeños truenos en mi cuerpo. Mi piel hormigueaba, quemaba ante la electricidad que recorría mi cuerpo con cada impacto.

—Kim, necesito ayuda —susurré con voz firme, manteniendo mi calma interior pese a la tormenta exterior.

—Ya tengo sus patrones, escúchame bien, Crips —respondió ella por el comunicador, su voz sonando ligeramente agitada—. Siempre finta hacia la izquierda antes del verdadero ataque desde la derecha. Anticípalo, confía en mí.

Asentí mentalmente y cerré mis ojos un breve instante, recitando una breve plegaria interna:

«Zaer, señor del equilibrio, no permitas que caiga hoy. Praida, guardiana de la justicia, guía mi escudo para proteger a quienes amo. No permitas que Logan se pierda en la oscuridad que lo consume. Concede a mi corazón firmeza y a mis manos la precisión para hacer lo necesario. Que sea tu voluntad, no la mía, la que se cumpla hoy.»

Mis ojos se abrieron lentamente, enfocados y tranquilos. Sentí la presencia divina reconfortante, permitiéndome reaccionar justo cuando Yaret fintaba hacia la izquierda. Lo anticipé perfectamente, girando mi cuerpo en el momento exacto para atraparlo desprevenido. Mis puños cubiertos de roca se estrellaron brutalmente contra su abdomen, haciéndolo retroceder con un jadeo de dolor.

Yaret rugió con frustración, la desesperación palpable en sus ojos frenéticos.

—¡No puedes derrotarme, Kushny! —exclamó, desesperado—. ¡No puedes detener una tormenta!

Mis golpes continuaban firmes, guiados por la precisa voz de Kim. Lo tenía, estaba ganando terreno. Sentí cómo la desesperación invadía a Yaret, haciéndolo cada vez más imprudente.

Entonces ocurrió algo inesperado. En un último acto de desesperación, Yaret reunió toda su energía eléctrica en un solo punto de su cuerpo. Sus ojos brillaron intensamente, descargando una violenta explosión eléctrica que iluminó toda la arena.

—¡Crips, retrocede! —gritó Kim con urgencia.

Salté hacia atrás por instinto, cubriéndome con una pared de roca que levanté justo a tiempo. La explosión resonó como una tormenta violenta, lanzando fragmentos de tierra, roca y hielo por todas partes. El polvo y la neblina eléctrica llenaron el lugar, cegándonos momentáneamente.

Cuando el polvo se asentó, vi a Yaret tirado en el suelo, inconsciente. Su ataque final había consumido toda su energía, derrotándolo a sí mismo.

Respiré con alivio, pero esa calma duró poco.

Una neblina densa y helada llenó de pronto el estadio, la temperatura cayó drásticamente. El aire se volvió tan frío que nuestros alientos formaban nubes de vapor frente a nuestros rostros.

Busqué desesperadamente con la mirada. Turim había levantado un muro bajo de hielo entre él y Logan, aislándolo estratégicamente.

—Crips, algo está mal. ¡Logan cayó en una trampa! Turim está diferente, más fuerte, ve a ayudarlo ahora —ordenó Kim con una preocupación palpable en su voz.

Corrí hacia Logan, pero una figura enorme y conocida se interpuso en mi camino: Koreck. Estaba severamente herido, con sangre escurriendo desde profundas heridas en su cuerpo, pero su mirada seguía siendo imponente y decidida.

—No pasarás, Kushny —rugió Koreck, levantando sus puños de roca y hielo—. Esta pelea aún no termina.

Mi corazón latía con fuerza mientras analizaba rápidamente la situación. Estábamos divididos, debilitados, y todo iba terriblemente mal. Observé de reojo a Logan. Sus ojos ahora brillaban con un azul glaciar intenso y antinatural, y las marcas negras de corrupción habían cubierto gran parte de su cuerpo, visibles claramente por el uniforme desgarrado y sus heridas abiertas.

Sentí una punzada profunda en mi corazón. No podía perderlo, no a él.

«Zaer, no permitas que se pierda en las tinieblas. No permitas que mi hermano caiga víctima de su propio odio. Devuelve a Logan a la luz, por favor, protégenos del abismo que amenaza con consumirlo. Somos tus hijos, no permitas que seamos abandonados a nuestra suerte.»

Mi plegaria fue silenciosa pero sincera, llena de una desesperación que rara vez experimentaba. Kim se acercó lentamente a mí, sus ojos reflejaban la misma preocupación que yo sentía.

—Crips, esto está muy mal. Logan está perdiendo el control… —susurró, su voz temblorosa por primera vez desde que la conocía.

Asentí gravemente, sin apartar mis ojos de Koreck.

—Lo sé. Pero no vamos a abandonarlo. Nunca lo haremos.

Y así, con la fe renovada y mis puños listos, avancé hacia Koreck, sabiendo que ahora nuestra lucha era mucho más que física.

Ahora era una lucha por el alma de Logan.

Narrador: Logan

Mis pensamientos eran fragmentos inconexos, dominados por una sola obsesión: destrozar a Turim. Cada fibra de mi cuerpo exigía sangre, la suya específicamente. Sus burlas eran ecos distantes e incomprensibles, ahogadas por la ira y la sed de violencia que dominaban cada latido de mi corazón.

Pero algo estaba mal. Podía verlo claramente. Turim no era el mismo. Había un brillo extraño, una fuerza que no era natural. Mi instinto sabía que algo estaba fuera de lugar, pero no me importaba. Nada importaba excepto verlo morir.

El combate se reanudó con violencia. Me lancé sobre él con garras extendidas, cada golpe más brutal y menos controlado. Turim esquivaba con gracia, su arrogancia crecía con cada movimiento elegante, burlándose de mí con palabras que ya no lograba comprender.

Hasta que un golpe inesperado mío atravesó sus defensas, impactando su abdomen con fuerza. Turim se dobló hacia adelante, escupiendo sangre. Una sonrisa salvaje se extendió en mi rostro mientras disfrutaba la visión de su sufrimiento.

—¿Qué sucede, Turim? ¿Eso te dolió? —gruñí con malicia, acercándome para darle otro golpe.

Pero él reaccionó más rápido, su mano helada tomó mi rostro con brutalidad, intentando levantarme como si fuera un juguete roto. Sentí la presión insoportable en mis sienes. Pero lejos de intimidarme, mis dientes se clavaron salvajemente en su mano, desgarrando piel, carne y tendones. Su sangre espesa y repugnante llenó mi boca, tragándola por puro instinto.

Turim se apartó bruscamente, aterrorizado, mirándome con ojos desencajados mientras retrocedía con torpeza.

Una risa profunda y malévola escapó de mi garganta mientras sentía cómo mi cuerpo se recuperaba rápidamente. Pero el sabor de su sangre… era extraño. Amargo. Conocido.

—Adenocromo… —susurré lentamente, comprendiendo la verdad—. Maldito cobarde. Viniste dopado, por eso tu fuerza, por eso tus heridas sanaron tan rápido…

Mis garras se extendieron lentamente, mi cuerpo vibraba con nueva energía, mis pensamientos desvaneciéndose aún más en la oscuridad que me consumía.

—Es hora de terminar con esto, Turim.

Ataqué con velocidad devastadora, sin razonar ya mis acciones, solo impulsado por el instinto puro y una sed insaciable. Ahora era él quien estaba acorralado, quien gritaba y suplicaba piedad.

—¡Por favor, Logan! ¡Perdóname, te lo suplico! —gemía Turim, arrastrándose por el hielo ensangrentado, con auténtico pánico en sus ojos.

Caminé lentamente hacia él, saboreando su terror, decidido a acabar con su miserable existencia. Pero entonces, algo frío, duro e implacable atravesó mi abdomen desde abajo, quitándome abruptamente el aire y deteniendo mi avance en seco.

Bajé lentamente la vista, aturdido y confuso. Una estalactita de hielo me había perforado de lado a lado, la punta sobresalía ensangrentada por mi pecho. Sentí cómo la sangre comenzaba a brotar con rapidez, manchando mis manos y el hielo bajo mis pies.

Un silencio absoluto cubrió la arena por un instante. Luego vinieron los gritos desesperados del público, aterrorizados, pidiendo que el combate terminara. Escuché vagamente al narrador exclamar con horror lo que acababa de suceder. Pero los generales permanecieron firmes, fríos e implacables, rechazando detener la lucha.

Mi cuerpo se estremeció violentamente. El frío ahora era real, profundo y absoluto. Mis fuerzas se desvanecían rápidamente. Caí de rodillas, sintiendo cómo la oscuridad que me había dado fuerzas ahora me arrastraba lentamente hacia un abismo mucho más profundo y terrible.

Todo se volvía borroso, distante. Turim, Koreck, Kim, Crips… todos rostros desenfocados. Mi propia respiración era ahora apenas un susurro débil.

Mi mente tenía solo un último pensamiento lúcido antes de hundirme en la oscuridad total:

Había cruzado el límite. Y ya no había vuelta atrás.

Narradora: Mhir

Desde que el combate comenzó, mis ojos no se apartaron ni un segundo de Logan. Cada movimiento suyo, cada respiración entrecortada, cada mirada cargada de furia y dolor… todo era tan claro para mí como si lo estuviera sintiendo yo misma. Mi mente se deslizaba inevitablemente hacia la noche anterior, al momento en que atendí a Susan, cuando sus palabras se clavaron en mi alma y aún resonaban claramente.

“Gracias, doctora, me salvó la vida,” susurró Susan con una voz débil, intentando acomodarse en la camilla, luchando contra el dolor.

“No te esfuerces,” le respondí suavemente, ayudándola a acomodarse, incapaz de apartar mi mirada de esos extraños y profundos ojos rojos. “Has estado al borde de la muerte y lo sigues estando. Guarda fuerzas; los medicamentos y mi aquaquinesis solo te estabilizan temporalmente. Pronto entrarás a cirugía.”

Ella sonrió débilmente, un destello travieso aún presente en su agotado rostro.

“Son de mi padre,” susurró, refiriéndose a sus ojos escarlata. “Nacer con ellos ha sido más una desgracia que una bendición. Aunque tienen una ventaja, sabes… puedo ver lo que pocos logran siquiera entender.”

Su comentario despertó mi curiosidad sin querer.

“¿Cómo qué?” pregunté en voz baja, casi en contra de mi propia voluntad.

Susan, al borde del sueño, respondió con una voz débil pero firme, llena de determinación:

“Como lo fuerte que debiste ser para salvarme y verme abrazándolo… a pesar de tus sentimientos por Logan.”

Sentí cómo mi corazón se detenía por un instante. Negué automáticamente, pero ella interrumpió suavemente, con la imprudencia que la caracterizaba:

“Tranquila, Mhir. Eres una rival digna. Aunque ahora mismo lleve ventaja, no permitiré que me lo quites.” Sus ojos se cerraban lentamente. “Agradezco profundamente que Kim solo lo vea como un hermano. Ahí sí estaría perdida,” concluyó, riendo suavemente antes de rendirse finalmente al sueño.

Su recuerdo se desvaneció abruptamente cuando un fuerte golpe resonó en la arena. Me obligué a regresar al presente. Mis ojos volvieron a Logan. Cada segundo era más claro: su cuerpo aún no había sanado del esfuerzo extremo de la noche anterior. La Darkquinesis que llevaba dentro estaba consumiéndolo lentamente, devorando su humanidad golpe tras golpe.

Veía cómo su respiración se agitaba cada vez más, sus movimientos volviéndose erráticos, su mirada perdida en una rabia sin control. Cada ataque, cada zarpazo, cada lanza de hielo que invocaba era más violenta, más desesperada, más inhumana.

Mi corazón se aceleró violentamente al observar cómo su piel se cubría lentamente con esas terribles marcas negras. Sabía exactamente lo que significaba: estaba perdiendo la batalla contra la corrupción oscura dentro de él.

Entonces, todo empeoró de golpe. Una estalactita de hielo emergió desde el suelo atravesándolo violentamente, de lado a lado. El impacto fue devastador. El aire escapó de mis pulmones al mismo tiempo que de los suyos. Mi visión se volvió borrosa, mi cuerpo temblaba de forma incontrolable. La sangre que manchaba su uniforme era demasiado real, demasiado aterradora.

Un silencio absoluto se apoderó del estadio. Luego llegó el pánico generalizado, el terror, los gritos desesperados que exigían detener la batalla. Mi mente entró en estado de absoluta desesperación. No podía soportarlo más.

Sin pensarlo dos veces, salí disparada de mi asiento, corriendo desesperadamente por el interior del estadio hacia el palco donde estaba Krauther. Mi corazón latía tan rápido que sentía que iba a explotar. Mis pensamientos eran un torbellino de desesperanza:

“Por favor, que no muera. No ahora, no así. Por favor, Zaer, Praida… no lo permitan. Él merece más que esto. Logan no puede morir, no puedo perderlo. No puedo perder lo que apenas estoy empezando a sentir.”

Mis piernas dolían, pero no me detuve. Atravesé pasillos, empujé gente que gritaba aterrada, todo parecía lejano, surrealista. Solo veía el rostro de Logan en mi mente, sus ojos azules consumidos por la oscuridad, las heridas abiertas, su sangre goteando lentamente sobre el hielo.

Llegué finalmente al palco donde Krauther observaba impasible la escena. Me detuve jadeando frente a él, ignorando protocolos, formalidades, rangos. No importaba nada en ese momento.

—¡General Krauther! ¡Detenga esto inmediatamente! —exclamé, sintiendo cómo la desesperación rompía mi voz—. Logan está muriendo ahí afuera, ¡esto ya no es un combate! ¡Es una ejecución!

El general me miró lentamente, con ojos fríos y calculadores. Su rostro permaneció inexpresivo, inhumano.

—Esto no se detiene aún, Izbell. —Su voz fue dura, distante—. Logan debe demostrar quién es realmente.

Sentí rabia, impotencia, desesperación total. Lágrimas que no pude contener escaparon de mis ojos mientras observaba nuevamente hacia la arena. Logan, herido, destrozado, clavado a una estalactita de hielo mientras luchaba por respirar.

Mi voz se quebró definitivamente al hablarle una última vez al general:

—Si Logan muere hoy, será por su mano, general. —Mi voz apenas fue audible, pero cargada de determinación—. Y usted lo sabe tan bien como yo.

Giré sobre mis talones, incapaz de esperar respuesta alguna, corriendo de regreso hacia la entrada de la arena, lista para intervenir por mi cuenta si era necesario. No permitiría que Logan muriera. No así. No mientras quedara aliento en mi cuerpo.

En ese instante entendí completamente mis sentimientos: ya no eran una simple atracción o empatía profesional. Era algo más profundo, más auténtico, más desesperado.

Y estaba decidida a luchar por ello, costara lo que costara.

Narradora: Kim

Sentía que el cuerpo me ardía por dentro. El combate contra Koreck había sido tan feroz, tan violento, que había tenido que activar mis guantes eléctricos de Feerium. El metal pulsaba suavemente alrededor de mis manos, resonando con mi tecnopatía en pequeños destellos eléctricos y zumbidos metálicos. Pero incluso con todo esto, me sentía exhausta, al borde de mi resistencia física y mental.

De pronto, el sonido que resonó en la arena congeló cada músculo de mi cuerpo. Una estalactita de hielo acababa de atravesar a Logan violentamente, su cuerpo quedó suspendido, con la mirada perdida y sangre cayendo como una cascada oscura sobre el hielo.

Mi mundo colapsó en ese instante.

—¡LOGAN! —grité, desesperada, olvidando cualquier estrategia, cualquier precaución.

Corrí hacia él impulsada únicamente por el instinto puro de proteger a quien consideraba más que un hermano. Pero antes de poder llegar, Koreck apareció como una montaña impenetrable frente a mí, golpeándome con brutalidad en el abdomen. Sentí cómo el aire escapaba de mis pulmones mientras mi cuerpo era lanzado violentamente hacia atrás.

—¡Kim! —gritó Crips, atrapándome justo antes de impactar contra el suelo.

Me sostuvo con firmeza mientras yo jadeaba por aire, con lágrimas involuntarias cayendo por mis mejillas. Mi mente no procesaba nada más que la imagen de Logan, roto y ensangrentado, clavado sobre aquella terrible lanza de hielo.

Entonces, la voz burlona y repulsiva de Turim resonó claramente por encima de la desesperación de la multitud:

—Creíste que podrías contra mí, ¿verdad, sucia bestia? —dijo Turim con desprecio—. No eres más que un campesino cuya única virtud es llevar el apellido Krauther. Un triste animal con suerte.

Mi corazón latió con violencia, consumido por la impotencia y el odio. Logan no merecía eso, no merecía esa mentira que la Mariscal Azara había creado para proteger su verdadera identidad. Turim continuó burlándose sin piedad, con una crueldad despiadada:

—Patético Darkquinetick. Ni siquiera puedes controlar tu propia oscuridad. Los seres como tú solo sirven para ser erradicados. ¡Los odio a todos! ¡Ustedes y sus malditas bendiciones de nacimiento!

Turim, con soberbia satisfacción, giró lentamente hacia Koreck:

—Es hora de acabar con sus compañeros. Mátalos a todos, Koreck. Que no quede ninguno vivo.

Mi mente gritó alarmada. Intenté incorporarme desesperadamente para proteger a Crips, pero una explosión repentina de neblina oscura y fría me detuvo en seco, cegando completamente el campo de batalla. La temperatura descendió bruscamente hasta volverse insoportable. Temblaba, tanto por el frío como por el terror absoluto que sentía en mis huesos.

Entonces, en medio de la oscuridad y el caos, escuché un sonido terrible y húmedo que hizo que la sangre se me congelara en las venas. Koreck soltó un jadeo ahogado, seguido de un crujido repugnante.

Abrí lentamente los ojos, aterrada, solo para ver una escena espeluznante que quedaría grabada en mi memoria para siempre. Koreck permanecía inmóvil, con unas garras largas y oscuras sobresaliendo grotescamente desde su abdomen, atravesándolo como si su cuerpo fuera papel mojado.

—¿Qué… demonios…? —susurró Koreck, con sangre escapando de sus labios mientras la vida abandonaba lentamente su cuerpo.

Más puñaladas siguieron de inmediato, violentas y frenéticas. Koreck cayó pesadamente al suelo, revelando lentamente una figura que emergía de la penumbra. Mi respiración quedó atrapada en mi garganta al reconocer aquellos ojos brillantes, azules como hielo mortal, y aquellas garras cubiertas por sangre oscura.

Logan estaba de pie, vivo, pero algo en él había cambiado por completo. La oscuridad lo había reclamado finalmente.

—No toques… a mis… —susurró Logan con una voz fría, aterradora, interrumpido por el grito de horror absoluto de Turim.

Logan giró lentamente su cabeza hacia Turim, sus ojos destellando con una amenaza primitiva, animal. Una sonrisa demencial y terrorífica se extendió por su rostro mientras se dirigía lentamente hacia Turim.

—Por favor, Logan… no… —imploró Turim, retrocediendo lentamente, tropezando y cayendo de espaldas, aterrorizado.

La arena cayó en un silencio absoluto. Cada paso de Logan resonaba como el sonido de la muerte misma aproximándose. Mis músculos se tensaron en pánico, observando cómo Logan jugaba cruelmente con su presa, sumergido en la oscuridad total. Solo escuchábamos sus pasos lentos y metódicos sobre el hielo, el roce suave y afilado de sus garras, el eco sutil y macabro de su risa profunda y monstruosa resonando por la arena.

—¿Dónde está tu arrogancia ahora, Turim? —susurró Logan, invisible en la penumbra, moviéndose alrededor de él como una sombra mortal—. ¿Puedes sentirlo? ¿Puedes sentir el frío abrazo de la oscuridad que tanto desprecias?

Escuchábamos claramente la respiración agitada de Turim, su jadeo histérico, sus sollozos débiles. El terror psicológico que Logan infligía era peor que cualquier herida física. Era absoluto. Era devastador.

—Por favor… ten piedad… —rogó Turim entre lágrimas, su voz temblando con desesperación—. ¡No me mates, por favor!

Logan rió suavemente desde la oscuridad, sus garras arrastrándose lentamente sobre el hielo, un sonido siniestro e insoportable.

—¿Piedad? —repitió Logan con voz helada—. Esa palabra murió cuando atravesaste a Susan. Ahora es tu turno, Turim. Sentirás lo mismo que ella sintió… lo mismo que yo sentí.

Observé horrorizada, sintiendo lágrimas calientes quemando mis mejillas. Mi cuerpo entero temblaba, consumido por miedo y desesperación, viendo cómo Logan lentamente se acercaba para acabar definitivamente con Turim.

En ese instante comprendí que habíamos cruzado un límite terrible. Ya no había esperanza, ya no había vuelta atrás.

La oscuridad había consumido por completo a Logan, y ahora todos éramos prisioneros del monstruo que habíamos ayudado a crear.

Narradora: Mhir

Corrí hacia la arena con desesperación desbordante, sintiendo el miedo agudo clavarse en cada latido de mi corazón. Al llegar a ras del campo de combate, vi la imagen más aterradora que jamás había presenciado. Logan, perdido por completo en la oscuridad que lo consumía, avanzaba lentamente hacia un Turim aterrorizado.

—¡Logan! ¡Detente! —gritó Crips, lanzándose heroicamente hacia él, dispuesto a detenerlo antes de que cometiera una locura irreversible.

Pero antes de que Crips alcanzara a Logan, una figura descendió del palco como un misil, impactando brutalmente contra el suelo y disipando de golpe la neblina oscura con una poderosa onda expansiva.

Krauther.

El general, con una calma escalofriante, no dio tiempo a reaccionar. Con un solo movimiento, propinó una patada precisa y devastadora que envió a Logan al suelo, completamente noqueado. Giró rápidamente hacia Turim y, sin titubear, disparó fríamente una bala en su pierna, neutralizando cualquier intento de escape o ataque sorpresa.

—¡Lobo! —gritó Krauther hacia el palco donde se encontraba el general Koriskov—. Tu gente pelea dopada, intenta asesinar a mis soldados. La exhibición terminó. Recoge tu basura, yo recojo la mía.

Koriskov asintió lentamente, frío e inexpresivo, ordenando inmediatamente la retirada de sus soldados. En ese instante, los paramédicos intentaron acercarse, pero una mirada helada de la Gran Mariscal los mantuvo a raya. Sentí mi cuerpo estremecerse ante esa clara y cruel demostración de poder.

—¡Logan aún tiene el agujero en su estómago! —exclamó horrorizado el presentador, aún en shock.

Vi cómo Kim y Crips corrían desesperados hacia Logan, observando las horrendas marcas oscuras en su piel que parecían tatuajes vivos, intentando en vano sanar sus heridas abiertas.

—¡Apártense! —ordené, cayendo de rodillas junto a Logan. Mis manos temblaban violentamente mientras intentaba desesperadamente estabilizarlo con mi aquaquinesis. Pero era inútil. Sus heridas eran demasiado profundas, demasiado corruptas. Sentía lágrimas calientes quemar mis mejillas—. Por favor, Logan… no te mueras… no así.

Krauther intervino bruscamente:

—Denle viales de sangre, ahora —ordenó con firmeza.

Tomé una jeringa apresuradamente, pero al intentar atravesar la piel endurecida de Logan, la aguja se rompió, lastimándome la mano en el proceso. La desesperación invadió a Kim, Crips y a mí mientras contemplábamos cómo Logan se consumía lentamente ante nuestros ojos.

Pero entonces, mirando cómo la sangre fluía de mi mano herida, comprendí algo con una desesperación absoluta:

—Esperen —dije justo antes de que Crips tocara a Logan. Tomé uno de los cristales del suelo y, con la voz quebrada y llena de miedo, comencé un rezo sincero—. “Zaer, Praida, guardianes del equilibrio y la justicia, escuchen mi súplica. Permitan que mi sangre sea vida, permitan que mi corazón lo traiga de vuelta desde la oscuridad. No dejen que se pierda en las sombras… por favor, salven su alma, aunque sea a costa de la mía.”

Posé mi mano ensangrentada sobre sus labios, dejando caer la sangre suavemente. Cerré los ojos, esperando un milagro que sentía improbable.

Un suave roce me hizo abrir los ojos abruptamente. Logan había levantado lentamente su mano, tomando la mía con ternura para darle una pequeña y delicada lamida.

—Es dulce… sabía que era tuya —susurró débilmente, mirándome con ojos claros y humanos nuevamente—. Gracias, Mhir.

Mi corazón latió con fuerza. Observé asombrada cómo la herida en su abdomen se cerraba milagrosamente, devolviéndole lentamente la vida. Sentí una paz infinita inundarme el alma, como si mis plegarias finalmente hubieran sido escuchadas.

Logan se incorporó lentamente, apoyándose en Crips, dedicando una mirada fastidiada hacia Krauther. Luego sobó suavemente la cabeza de Kim con un gesto cariñoso y finalmente se acercó a mí. Con una ternura inesperada, apoyó suavemente su frente contra la mía, mirándome fijamente. Sentí cómo mi rostro ardía, sonrojándome profundamente, y pude notar también cómo Logan se sonrojaba ligeramente bajo la suciedad y la sangre que cubría su piel.

Cerré los ojos brevemente, permitiéndome disfrutar ese pequeño instante de paz y felicidad. Pero sabía en lo profundo de mi corazón que esos sentimientos estaban mal. Sabía que amarlo no era correcto, aunque ya era demasiado tarde para evitarlo. Me había enamorado profundamente de él, pero lo único que haría sería cuidarlo, mantenerme cerca. Porque no importaba lo que yo sintiera, lo único que realmente deseaba era verlo bien, feliz, aunque no fuera conmigo.

La escena se diluyó lentamente en mis lágrimas silenciosas.

Narrador: Logan

Dos días habían pasado desde el combate contra Turim. Esperaba ansioso afuera del cuarto médico, incapaz de calmar el remolino de emociones que me consumían. Susan aún estaba en cirugía, y la incertidumbre me tenía al borde de la desesperación.

La puerta finalmente se abrió suavemente, revelando el rostro amable de una enfermera:

—Joven Krauther, puede pasar.

Entré lentamente en la habitación, sintiendo cómo el corazón me daba un vuelco al ver a Susan recostada en la cama, sonriéndome débilmente pero llena de calidez.

—Hola, Logan —susurró ella suavemente, sus ojos rojos brillando con vida.

Por primera vez en días, sentí que la carga en mis hombros se aliviaba ligeramente. Me acerqué lentamente, devolviéndole una sonrisa suave y sincera.

—Hola, Susan.

En ese instante comprendí que quizás todavía había una oportunidad para mí. Una oportunidad de encontrar luz en medio de toda esa oscuridad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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