Fingiendo ser un capo intocable - Capítulo 31
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31: Puro.
31: Puro.
Cuando James y Charlotte regresaron tras el largo viaje en coche, otra sorpresa le esperaba.
Al igual que el día anterior, Héctor estaba comiendo tranquilamente en la mesa.
Pero ahora, Hans también estaba allí, mordisqueando despreocupadamente un trozo de tostada mientras la madre de James horneaba algo al fondo.
—¿Ahora tú también, Hans?
Levantó la vista, todavía masticando.
—¿Qué?
James suspiró.
—Nada…
Esta casa está empezando a parecer sacada de una película de la mafia.
Hans por fin terminó su tostada y se reclinó ligeramente.
—Felicidades por tener una hija.
—Esbozó una sonrisa inusual—.
Serás un buen padre.
James parpadeó, pillado por sorpresa.
—Sí, será uno increíble —añadió su madre asintiendo con firmeza.
Charlotte le apretó la mano, sonriéndole.
James exhaló, sintiendo una extraña mezcla de emociones.
No estaba seguro de si sentirse conmovido o simplemente sospechar de lo extrañamente solidarios que se estaban mostrando todos.
—Ve a cambiarte y ponte algo más ligero, ¿vale?
—le dijo a Charlotte, quien asintió y se fue a su habitación.
—Ya te hace caso, y yo ni siquiera consigo que mi perro de dos años se siente —rio Héctor.
James parpadeó.
¿Acababa de comparar a una niña con un perro?
Negando con la cabeza, retiró una silla y se sentó.
—En fin, ¿qué pasa, Hans?
Hans tomó un sorbo de agua antes de responder.
—Quería hablar con ella, pero no pude.
—Dejó el vaso sobre la mesa—.
Hay una cantidad sospechosa de coches entrando y saliendo, y ha duplicado la seguridad.
—¿Quién?
—preguntó Héctor, confundido.
—Nada —dijo James agitando la mano con desdén—.
Quédate allí unos días y déjalo estar.
Hans asintió.
—Entendido.
—Y entonces los ojos de James se posaron en la muñeca de Hans, donde vio una pulsera amarilla.
—¿Qué es eso?
Sonrió, levantando la mano ligeramente.
—Mi hija está mejorando, así que me ha hecho esto.
—¿Tienes una hija?
—preguntó la madre de James, sorprendida.
Hans dudó un instante antes de asentir.
—Ah… sí.
Tiene seis años.
—¿Por qué no la traes por aquí de vez en cuando?
Creo que a Charlotte le encantaría conocerla.
Su expresión se ensombreció ligeramente, aunque todavía mantenía una leve sonrisa.
—Está muy enferma y…
Antes de que pudiera terminar, ella se adelantó rápidamente y lo abrazó con fuerza.
—Lo siento mucho.
No lo sabía.
Hans se quedó momentáneamente atónito, pero le devolvió el abrazo lentamente.
—No pasa nada.
Gracias a James, mejora cada día.
Ella se apartó, con la expresión suavizada.
—¿De verdad?
Entonces, ¿debería hornearle algo a ella también?
¿Le gusta el pastel de fresa?
La sonrisa de Hans se hizo más cálida.
—Sí, le encanta.
—Vale, entonces le haré uno.
—Entonces hazle uno también a la hermana de Héctor —dijo James, mirándolo—.
¿Cómo está?
Héctor sonrió, tocando brevemente el hombro de James.
—Gracias a ti, está consiguiendo todo lo que no podíamos permitirnos.
La madre de James se giró hacia Héctor, con la expresión suavizada.
—¿Tu hermana?
—Sí —asintió él—.
Tiene cáncer, pero ahora está en un hospital privado con mejores médicos y oportunidades.
Sin dudarlo, se acercó a Héctor y lo estrechó en un largo abrazo.
Luego, para sorpresa de todos, masculló: —Que le jodan al gobierno.
La habitación se quedó en silencio.
James se limitó a mirarla fijamente.
—¿Qué?
—le miró ella, impasible—.
Mi inhalador ha subido de cuarenta pavos a ciento veinte.
No puedo ni imaginar cuánto cuesta un tratamiento contra el cáncer en un hospital privado.
—Bueno, es caro —admitió Héctor—.
Pero James se aseguró de que tuviera todo lo que necesitaba.
La madre de James se giró hacia él.
—¿Así que… tú lo pagaste?
—Sí.
Y James fue la última víctima del abrazo de su madre cuando se acercó a él.
—Ese es mi chico…
—Gracias, Mamá, pero… —olfateó el aire y miró hacia el horno—.
Lo que hay en el horno está casi negro…
Ella ahogó un grito.
—¡Oh, mierda!
—Y corrió hacia allí mientras los demás se reían.
En el momento en que abrió el horno, una humareda salió de golpe y ella tosió, agitando una toalla en el aire.
—Mamá, puede que acabes de inventar el primer pastel que podría usarse como arma.
—¡Oh, cállate!
—resopló ella—.
No está completamente arruinado… solo un poco crujiente.
James se rio y se levantó.
—Dejémosla con su horneado.
Salieron todos al patio.
—Entonces, ¿habéis empezado a venderlo?
—preguntó James, sentándose.
Héctor exhaló.
—Quería hablar de eso.
Hay un problema, uno gordo.
Pero también tengo buenas noticias.
—Dame primero las buenas noticias.
Héctor se sentó, sacó su teléfono y pasó varias fotos.
Le mostró la pantalla a James.
—Esta es la casa principal de la familia.
No encontramos nada raro en ella.
Vale quizás unos cuarenta millones, siendo generosos.
—Pasó a otra imagen—.
Luego tiene este ático: quince millones.
Y ya está.
No hay más propiedades.
James echó un vistazo a las fotos, asintiendo mientras Héctor continuaba.
—En cuanto a coches, son sobre todo todoterrenos blindados.
Podemos usarlos, así que no creo que debamos venderlos.
—Se reclinó—.
Y luego está lo último… un helicóptero.
James enarcó una ceja.
—¿Un helicóptero?
—Sí.
James se reclinó en la silla, con la mirada perdida en el enorme jardín.
Pasada la pista de tenis, cerca del límite de la propiedad, había un helipuerto.
Exhaló.
—Quiero decir… también podríamos usarlo.
—Entonces se queda —dijo Héctor, bloqueando el teléfono.
Se hizo un breve silencio antes de que Héctor volviera a levantar la vista.
—¿Te digo ahora las malas noticias?
James suspiró.
—Sí, dale.
—Los chicos encontraron tres trasteros… repletos de magia blanca.
James parpadeó.
—Vale… ¿y el problema?
—El problema —dijo Héctor, tamborileando con los dedos en la mesa—, es que está todo mezclado.
James frunció el ceño.
Apenas entendía el proceso detrás de la magia blanca, pero si algo sabía era que solo vendían productos puros.
—Espera, hemos estado vendiendo el material puro, y Lucian también.
Así que, ¿con qué coño lo mezclaron?
—Esa es la cuestión.
Muchos camellos empezaron a cortarla con basura para sacar más beneficio.
James soltó un bufido.
—Joder.
¿Así que hicieron esto sin que Lucian lo supiera?
—Exactamente.
Se pasó una mano por el pelo, notando ya cómo se le instalaba el dolor de cabeza.
—¿Cuánto hay en esos trasteros?
—Todavía estoy esperando la cifra —dijo Héctor, deslizando el dedo por el teléfono de nuevo—.
Pero por las fotos que enviaron… diría que por valor de unos setenta millones.
—Esto es jodidamente malo —masculló James, frotándose la cabeza.
He visto suficientes películas y leído suficientes libros como para saber exactamente qué pasaría a continuación.
Si Héctor vendía ese producto mezclado bajo nuestro nombre, sentaría un precedente peligroso.
Otros camellos también empezarían a cortar su mercancía, inundando las calles de basura.
¿Y cuando los efectos no fueran los mismos que los de la magia blanca pura?
La gente tomaría más.
Sufrirían una sobredosis.
Morirían.
James apretó la mandíbula.
«¿Qué hacemos…?»
Entonces, sin dudarlo, se puso de pie.
—Quémalo.
Silencio.
Héctor parpadeó.
—¿Quémalo?
—Sí —dijo James, con voz tranquila pero categórica—.
Quema hasta el último gramo.
Y asegúrate de que la gente sepa que fuimos nosotros.
Quiero que quede claro: no vendemos basura.
«Con esto puedo salvar vidas… o eso espero».
Ni Héctor ni Hans dijeron una palabra mientras James se daba la vuelta y volvía a entrar en la casa.
No se movieron, ni siquiera respiraron por un segundo.
Había algo inquietante en la facilidad con la que James tomó esa decisión.
No estaba solo tomando decisiones.
Estaba decidiendo lo que estaba bien y lo que estaba mal.
Héctor se quedó quieto un momento, con los dedos tamborileando sobre la mesa.
Luego, lentamente, miró a Hans.
—Así que este es el primer paso, ¿eh?
—Su voz contenía una mezcla de diversión y admiración.
—¿A qué te refieres?
—El primer paso de su plan para apoderarse de todo el narcotráfico del país.
Los ojos de Hans se abrieron como platos, y su expresión pasó de la confusión a la incredulidad.
—¿Estás diciendo… que todo esto era parte del plan de James?
Héctor rio entre dientes.
—Vamos, Hans.
Piénsalo.
Si lo quemamos, enviamos un mensaje.
No un mensaje cualquiera: un acto de guerra.
—Su sonrisa se acentuó—.
No se lo tomarán a la ligera.
Hans se pasó una mano por el pelo, atando cabos.
—El funeral… —susurró, cayendo en la cuenta.
Se giró hacia Héctor—.
Van a venir gánsteres de los doce estados.
Héctor asintió.
—Exacto.
Y dudo mucho que los hombres de Lucian vendieran directamente a los clientes.
No, trabajaban con otros.
—Y si lo quemamos… no solo estamos atacando a los hombres de Lucian.
Estamos provocando a todos los implicados.
—Ahora lo pillas —la sonrisa de Héctor se ensanchó—.
Se van a poner furiosos.
¿Porque esto?
Esto no es un simple golpe.
Es James declarándole la guerra a toda una red.
—¿Y sabemos quién se suponía que iba a recibir el cargamento?
—preguntó Hans.
Héctor negó con la cabeza.
—Todavía no.
Pero Bella está trabajando en la lista de invitados para el funeral.
Cuando veamos los nombres, tendremos una mejor idea.
Seguro que alguien vendrá a buscar respuestas.
—Rio con sorna—.
Probablemente interrogarán a James…
Un breve silencio cayó entre ellos.
Se miraron fijamente.
Y entonces, de repente, ambos se echaron a reír.
—¿Interrogarlo?
—bufó Hans, negando con la cabeza.
Héctor se secó una lágrima, todavía riendo entre dientes.
—Sí.
Casi me dan pena.
—Y entonces, en un segundo, la expresión de Héctor se transformó mientras hacía crujir los nudillos de sus manos.
—Pero no nos limitamos a quemarlo… —dijo, en voz baja—.
Quemamos también a la gente que lo mezcló y lo vendió.
Hans no dijo nada.
Se limitó a mirarlo fijamente.
—Haz lo que tengas que hacer, pero no te pases, Héctor.
—Haré lo que sea necesario.
Hans no respondió.
Solo miró hacia la casa y luego de vuelta a Héctor.
—¿Por qué no has mencionado lo otro?
—preguntó, con la voz más baja ahora.
Héctor lo miró.
—¿Qué cosa?
—Los seis cuerpos.
Los que encontraron metidos en bolsas negras.
En un contenedor.
Cerca de la casa de Lucian.
Todos fueron hombres suyos.
Héctor suspiró, reclinándose en la silla.
—Sí… vinieron a por mí, diciendo que todavía eran parte de la «familia».
Les dije, muy amablemente, que la familia ya no existía.
¿Y adivina qué?
No les gustó.
—Soltó una risa seca—.
A la que me di cuenta, me estaban apuntando con sus pistolas.
Fue en defensa propia.
Hans se quedó mirándolo y luego negó lentamente con la cabeza.
—Héctor… a uno de ellos le dispararon treinta y dos veces.
Él ladeó la cabeza, con los labios curvados en una pequeña sonrisa divertida.
—…Vale, quizá se me fue un poco la mano.
—¿Un poco?
—Oye, ellos desenfundaron primero.
—Eso no explica las treinta y dos balas.
—Se me resbaló el dedo.
Hans enarcó una ceja.
—¿Sí?
¿Y mientras se te resbalaba, cambiaste el cargador?
Silencio.
—Deberíamos ponernos a trabajar.
—Héctor se levantó, todavía sonriendo.
Hans lo vio marcharse y luego masculló para sí: —Este tío…
Dentro, James estaba apoyado en la encimera, observando despreocupadamente cómo su madre terminaba de hornear.
—Nos vamos, James —dijo Héctor con una sonrisa socarrona, saludando con la mano.
James los miró.
—Oh, Hans, espera un poco.
—Y corrió tras él, tendiéndole una llave—.
Toma, te devuelvo la llave del coche.
Hans la miró, pero negó con la cabeza.
—No la necesito.
Me descubrirían inmediatamente si usara ese coche.
Voy a usar el mío.
James rio entre dientes.
—Un espía de verdad, ¿eh?
Hans sonrió con suficiencia.
—Algo así.
Con eso, se dio la vuelta y se marchó, dejando a James observándolo con una leve sonrisa.
Entonces Charlotte olfateó el aire de repente.
—¿Huele a quemado?
James estalló en carcajadas mientras su madre se giraba hacia ella.
—Es mi nueva técnica para hacer un pastel de fresa realmente bueno —declaró su madre con orgullo.
James sonrió con suficiencia, negando con la cabeza, pero entonces sus ojos se posaron en la ropa de ella.
—Charlotte, cuando dije que te pusieras algo más ligero, no me refería a un pijama.
Ella se miró el suave pijama con estampado de conejitos y luego volvió a mirarlo a él.
—Pero… es ligero y cómodo.
James suspiró.
—¿Sabes que todavía tenemos cosas que hacer, verdad?
Ella parpadeó.
—¿En serio?
—En serio.
Charlotte se quedó mirándolo un segundo y luego asintió.
—¡Vale!
Entonces me cambio.
James hizo un gesto hacia las escaleras.
—Venga, ve.
—¡Vale!
—Entonces se dio la vuelta y se fue corriendo como un conejito.
Su madre los observaba sonriendo y, cuando Charlotte desapareció, clavó la mirada en James.
—No olvides que ahora es tu hija…
—¿A qué te refieres?
—Tiene siete años, James.
Eso significa colegio, revisiones médicas y todo lo demás que un padre «soltero» debería gestionar.
Aunque solo seas su padre adoptivo, todo eso recae sobre tus hombros ahora.
—Ah…
—Sí.
Antes de que pudiera responder, Charlotte regresó, ahora con un vestido blanco de tirantes.
—¿Qué?
—preguntó ella, mientras James se quedaba mirándola fijamente.
—Me acabo de dar cuenta… eres mi hija.
Charlotte sonrió radiante, con los ojos brillando de emoción.
—¡Sí, lo soy, Papá!
¿Pero adónde vamos?
—ladeó la cabeza con curiosidad.
—A comprar un ataúd.
—¡James!
—la voz de su madre sonó como un latigazo, cortante y llena de incredulidad.
Pero antes de que pudiera decir nada más, Charlotte simplemente sonrió.
—No pasa nada.
—Luego, sin dudarlo, agarró la mano de James y tiró de él hacia la puerta—.
Vamos.
James dejó que ella lo guiara, mientras su madre se quedaba paralizada, viéndolos desaparecer por la puerta, con el corazón atrapado entre la preocupación y algo a lo que no podía ponerle nombre.
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