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Fingiendo ser un capo intocable - Capítulo 36

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36: Miradas.

36: Miradas.

En cuanto bajaron de los coches, todas las miradas se volvieron hacia ellos.

No era solo curiosidad, era el peso de la expectación, del miedo, de los rumores susurrados que cobraban vida en tiempo real.

James Bellini se veía exactamente como la gente lo imaginaba.

Vestido con un elegante traje negro, flanqueado por sus subjefes y sus manos derechas, se movía con una autoridad silenciosa que hacía imposible ignorarlo.

No necesitaba declarar quién era, su sola presencia lo dejaba claro.

Era un rey del hampa y, ese día, había llegado como un miembro de la realeza.

Pero pronto, las miradas se desviaron.

No hacia sus hombres, no hacia los guardaespaldas, sino hacia la niña que le sujetaba la mano.

Vestida de luto, con un sombrero elegante pero respetuoso y unas gafas de sol oscuras que protegían sus jóvenes ojos del mundo, Charlotte parecía una princesa en un cortejo fúnebre.

Una princesa negra.

Una princesa cuyo linaje cargaba con el peso de un imperio caído.

—¿Por qué se nos quedan mirando?

—preguntó ella, mientras sus deditos se aferraban con más fuerza a la mano de James.

—Por ti —dijo él con calma, mientras sus ojos recorrían a la multitud que los observaba.

—¿Yo?

—repitió, confundida.

—Eres la última Augustus.

Charlotte siguió su mirada, y solo entonces vio de verdad a qué se refería.

Aquellos ojos que la observaban ya no albergaban solo curiosidad.

Algunos eran respetuosos, otros temerosos, pero muchos…, muchos la miraban como cazadores.

Depredadores evaluando a su presa.

Mientras tanto, Héctor, que caminaba un paso por detrás de James, frunció el ceño.

Su afilada mirada escrutaba el mar de gente, sus instintos se activaron.

Buscaba algo…, no, a alguien.

Algo no cuadraba.

—¿Qué pasa?

—preguntó Bella, con voz baja pero alerta, al percibir su repentino cambio.

Caminaba justo detrás de Charlotte, con la postura rígida, preparada.

—No veo a ningún agente.

Ni uno solo —susurró Héctor en respuesta.

Su voz era tranquila, pero tenía un matiz acerado—.

Qué extraño.

Bella no respondió, pero él lo vio: sus hombros se tensaron un poco más.

Lo había entendido.

Algo no iba bien.

Mientras tanto, cuando entraban en el cementerio, en otro coche iban nada menos que Silas Ricci, su hijo Aubrey Ricci y sus hombres.

—¿De verdad nos preocupa ese niñato?

—preguntó Aubrey, soltando una risa corta—.

Es más joven que yo.

Su padre, Silas, un gánster de la vieja escuela, uno de los verdaderos OG del hampa, no sonrió.

Ni un ápice.

Agarró con fuerza su bastón y miró a su hijo directamente a los ojos.

—Sé respetuoso —dijo con lentitud.

Aubrey bufó con incredulidad.

Su padre, que no gobernaba solo una ciudad, sino toda una región, estaba diciendo tonterías sobre un crío.

—¿Respetuoso?

Quemó la droga, y el cuarenta por ciento era nuestro.

¡Ya habíamos pagado por ese cargamento!

—Aubrey apretó el puño—.

Voy a…

—No vas a hacer nada —le agarró su padre la mano izquierda con firmeza.

—¿Qué?

—Augustus Lucian era un loco, alguien a quien incluso yo respetaba y temía por sus movimientos impredecibles.

Apuñalaba a todo el mundo por la espalda, trabajaba solo y construyó un imperio… —la presión de Silas se intensificó, haciendo que Aubrey se estremeciera—.

Y ese «niñato» era el único que no solo podía hablarle a Lucian, sino darle órdenes… hacer que se arrodillara ante él.

—Eso son solo chismes, padre.

Ese cabrón es solo un aspirante a…

—No dejes que la ira ciega te nuble el juicio —Silas le soltó la mano—.

Con solo mirarlo, puedo decir que es alguien que quiere que lo confronten.

Es la clase de persona que yo he pasado toda una vida intentando ser… —Abrió la puerta y salió.

Aubrey golpeó el asiento con el puño, frustrado, pero antes de que pudiera salir, la puerta de su lado se abrió de golpe.

Uno de los hombres de confianza de la familia estaba allí, mirándolo directamente a los ojos.

—Hay tres reglas que debes seguir —dijo el hombre, impidiendo que Aubrey saliera—.

Primero, no lo mires nunca a los ojos.

Segundo, habla solo cuando él te lo diga.

Tercero, ¿ves a ese tipo detrás de él?

Está listo para matarte en el segundo que digas algo irrespetuoso.

Entonces, el hombre se hizo a un lado, dándole espacio para salir.

Aubrey apretó la mandíbula, pero bajó del coche, sus dedos aún se contraían de frustración.

No estaba acostumbrado a que le dijeran qué hacer, y menos unos peones.

Mientras se ajustaba el traje, divisó a la multitud del funeral más adelante.

El ambiente estaba cargado de una tensión que inquietaba incluso a criminales experimentados como él.

El funeral no era solo una despedida a Augustus Lucian; era un campo de batalla.

Su padre caminaba por delante, y su sola presencia abría paso entre la multitud como un rey entre hombres inferiores.

Aubrey lo siguió, escrutando a los asistentes.

No tardó en localizarlo.

James Bellini estaba de pie cerca del ataúd, vestido con un traje completamente negro que parecía absorber la luz a su alrededor.

Parecía tranquilo, demasiado tranquilo para alguien cuya mera presencia hacía que los peces gordos del país contuvieran la respiración.

A su lado estaba Héctor, el hombre sobre el que le habían advertido.

Incluso a distancia, la afilada mirada del guardaespaldas recorría rápidamente cada movimiento de la multitud, como si ya estuviera decidiendo quién moriría primero si algo salía mal.

«Esto es ridículo.

No es más que un niñato que juega a ser rey».

Pero cuando dio un paso más, la mirada de James por fin se posó en él.

Fría.

Indescifrable.

Absoluta.

No era la mirada de un hombre evaluando a un oponente, era la de alguien que ya había decidido el resultado.

Un depredador que no necesitaba cazar porque sabía que la presa acabaría llegando a él.

Aubrey sintió una opresión en el pecho.

Era algo desconocido.

Antinatural.

«¿Qué demonios es esta sensación?».

No era miedo, no del que él conocía.

Se había enfrentado a la muerte antes, había mirado fijamente a cañones de pistolas y había caminado por campos de batalla del hampa.

Había luchado, matado, sobrevivido.

¿Pero esto?

Esto era diferente.

James Bellini no solo lo miraba: ejercía presión sobre él.

Como un peso invisible posándose sobre sus hombros, asfixiante, ineludible.

Aubrey siempre se había considerado alguien en la cima, alguien que estaba entre gigantes.

Pero en ese instante, bajo esa fría y firme mirada, se dio cuenta de algo aterrador.

No estaba mirando a un hombre.

Estaba mirando a otra cosa.

Algo que no pertenecía a este mundo.

Algo que no debería existir.

¿Un rey?

No.

Un monstruo con corona de rey.

«¿Por qué coño se me queda mirando?», pensó James mientras Aubrey lo observaba.

«¿Le van los tíos o qué?

Nah, mejor no pensar en eso, esto es un funeral y estamos en presencia de Dios…

o quizá de Satán».

Suspiró y bajó la vista hacia Charlotte.

Ella no prestaba atención a nadie más, su mirada fija en el ataúd, con una expresión indescifrable bajo las gafas de sol oscuras.

Y finalmente, sonó la campana.

El sacerdote comenzó su discurso, pero era tan hueco como la propia ceremonia.

No hubo mención de Augustus Lucian, ni siquiera una vaga referencia.

Solo una oración vacía sobre un ataúd vacío y una lápida sin sentido.

James no necesitaba oír las palabras para saber qué era aquello.

Una actuación.

Un ritual forzado para marcar el final de un hombre que no tenía lugar en el más allá, ni paz en la muerte, solo el olvido.

Y, sin embargo, incluso con su nombre sepultado en el silencio, el peso de su presencia aún pendía sobre todos ellos.

Pero para alguien era el último adiós.

Los leves sollozos de Charlotte sacaron a James de sus pensamientos.

Ahora le agarraba la mano con más firmeza, sus deditos temblaban ligeramente.

Aunque siempre había dicho que odiaba a Lucian, su reacción contaba una historia diferente mientras bajaban el ataúd a la fosa.

Quizá lloraba de alivio; alivio porque su vida por fin había cambiado, porque ya no corría peligro.

O quizá lloraba porque, a pesar de todo su odio, él seguía siendo su último pariente vivo.

O quizá, solo quizá, no lloraba por su padre en absoluto.

Lloraba porque podía sentir la asfixiante presencia que la rodeaba.

Los ojos silenciosos que la observaban.

Ojos que exigían una respuesta.

Ojos que querían lo que Lucian había dejado atrás.

Cuando el sacerdote terminó su hueca oración y el ataúd fue finalmente bajado, llegó el momento del último adiós: el momento de arrojar las rosas rojas, las que James había elegido.

Avanzó con Charlotte a su lado.

Con una expresión tranquila e indescifrable, dejó que la rosa se deslizara de entre sus dedos, observando cómo caía sobre el ataúd.

—Adiós, Lucian —dijo simplemente.

Charlotte vaciló, agarrando con fuerza el tallo de su rosa.

Por un instante, no se movió.

Luego, tras una profunda inspiración, la soltó, y la flor cayó suavemente sobre la madera.

—Adiós, papá —susurró.

Retrocedieron, observando cómo los demás arrojaban sus rosas a la tumba; algunos como gesto de respeto, otros simplemente aliviados de que aquel hombre por fin se hubiera ido.

—Quiero irme…

—susurró Charlotte, agarrando con fuerza la mano de James.

Su voz era apenas un hilo, teñida de una tristeza que quizá ni ella misma entendía del todo.

James la miró y luego dirigió la vista a la tumba, donde más rosas llovían sobre el pulido ataúd.

—¿No quieres esperar a que lo entierren?

—preguntó, agachándose a su altura.

Charlotte no respondió.

Sus deditos temblaron contra los de él y, entonces, sin hacer ruido, las lágrimas brotaron.

No sollozó, no gimió; fue un llanto silencioso y ahogado, apenas audible, pero suficiente para que James lo supiera.

Era hora de irse.

Sin dudarlo, la levantó en brazos.

Ella se aferró a él mientras él se daba la vuelta, alejándose de la tumba, de la tierra expectante que pronto se tragaría el nombre de Lucian para siempre.

Mientras se marchaban y se dirigían a los coches, el ambiente seguía cargado de palabras no dichas y miradas persistentes.

Entonces, de repente.

La puerta de un coche cercano se abrió con fuerza, golpeando contra el marco.

Cuatro hombres salieron y se colocaron en fila, bloqueando el paso de James.

—James Bellini —dijo uno de los hombres, acercándose más, con la mano casi rozando la cara de Charlotte.

James apartó bruscamente la mano del hombre, con el rostro ensombrecido.

—¿Quién coño eres?

—preguntó, con la voz volviéndose gélida.

El hombre se rio, sin inmutarse.

—Somos solo unos hombres muy enfadados que hemos venido a cobrar cincuenta mil dólares contantes y sonantes —dijo, con un tono cargado de burla—.

Porque un idiota decidió quemar algo en lo que habíamos invertido dinero.

Su mirada volvió a posarse en Charlotte, y sus ojos se entrecerraron con cruel diversión.

—Así que, cariño, ¿dónde está el dinero de papi?

Mejor que me lo digas antes de que te meta una bala en esa carita tan mona.

Charlotte rompió a llorar, aferrándose a James con más fuerza que antes.

Héctor y Bella ya estaban echando mano a sus pistolas, listos para disparar al hombre allí mismo, pero se quedaron helados cuando James de repente se echó a reír.

—No te preocupes, cariño —James dejó a Charlotte en el suelo con delicadeza, su voz tranquila pero firme—.

Ve con Joseph, ¿vale?

—dijo, asintiendo hacia uno de los guardaespaldas.

Charlotte, sin embargo, no se movió.

Había dejado de llorar, pero sus manitas seguían aferradas a la manga de James.

Sus ojos, grandes y llenos de lágrimas, se clavaron en el rostro de él, pero no en busca de consuelo.

Era miedo.

Porque los ojos que le devolvían la mirada no eran los que le habían sujetado la mano, los que la habían tranquilizado, los que le habían dicho que todo iría bien.

Eran los ojos que eran más oscuros que los de Lucian.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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