Fingiendo ser un capo intocable - Capítulo 59
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59: Un día a la vez 59: Un día a la vez La tormenta en su interior rugía, una marea despiadada que lo arrastraba más y más profundo hacia el abismo.
Se lo merecía.
La oscuridad, la culpa… era su castigo.
Su carga que soportar.
Pero entonces, unos deditos se enroscaron alrededor de su mano.
El agarre de Charlotte era débil, pero de algún modo, contenía más fuerza que todas las cadenas de su pasado.
Ella se tambaleó ligeramente, sus grandes ojos redondos escudriñando su rostro.
—Pareces un monstruo… —murmuró ella, ladeando la cabeza.
James se estremeció.
Un monstruo.
Sí.
Eso es lo que era.
—Aunque no uno que dé miedo.
Solo… uno triste.
Se le cortó la respiración.
Quería apartarse, hundirse de nuevo en la oscuridad a la que pertenecía, pero Charlotte no lo soltaba.
—¿Los monstruos reciben abrazos?
—preguntó de repente, con la voz teñida de la más pura curiosidad.
Su mente le gritaba que la apartara, que la mantuviera alejada del veneno de su interior, pero no podía moverse.
No podía hablar.
Charlotte suspiró, como si él fuera el niño y ella la adulta.
—Eres malo para esto —dijo y, acto seguido, sin dudarlo, envolvió su mano con sus bracitos.
James se puso rígido.
Su cuerpo se bloqueó.
Era un gesto tan pequeño, tan simple, y sin embargo lo hizo añicos.
El peso de sus pecados, de sus remordimientos, de su autodesprecio… todo se le vino encima de golpe.
Y así, sin más, el monstruo lloró.
—Aun así te quiero.
Su visión se nubló.
¿Amor?
¿Cómo podía decir eso?
¿Después de todo?
¿Después de lo que había hecho, después de en lo que se había convertido?
Sus manos, suspendidas sobre el pequeño cuerpo de Charlotte, temblaban.
Estaba manchado, arruinado.
No era algo digno de ser amado, era algo a lo que temer, algo que abandonar.
Y, sin embargo, esta niña, con toda su inocencia, toda su pureza, lo miraba como si aún valiera algo.
James apretó los ojos con fuerza.
—No —susurró, con la voz rota y áspera—.
No digas eso.
Charlotte no se movió.
Se aferró con más fuerza.
—¡Pero es que sí te quiero!
—insistió, como si fuera la cosa más simple del mundo.
Quiso rechazar sus palabras, apartarla, decirle que estaba equivocada, pero no pudo.
Porque en el fondo, una parte perdida y destrozada de él quería creerlo.
—Estás todo triste y hecho un desastre, pero no pasa nada.
Las cosas que son un desastre se pueden arreglar.
Y a las cosas tristes se las puede abrazar.
James dejó escapar una risa ahogada y silenciosa, si es que se le podía llamar así.
Una lágrima se deslizó por su mejilla.
Luego otra.
Y luego más.
Hundió el rostro en el diminuto hombro de la niña que no debería tener que consolar a un hombre como él.
Pero ella lo hizo de todos modos.
Y por primera vez en lo que pareció una eternidad, James se dejó abrazar.
El cuerpo de James se sacudía mientras se aferraba a Charlotte, sus dedos agarrando la tela de su vestidito como si fuera un salvavidas.
Ella estaba allí, manteniéndolo entero con nada más que sus bracitos y sus palabras aún más pequeñas.
Le temblaron los labios.
—No me lo merezco —susurró.
Charlotte se echó hacia atrás lo justo para mirarlo, sus grandes ojos fijos, llenos de algo que él no podía comprender.
—Es una tontería decir eso —resopló, frunciendo el ceño—.
El amor no se trata de merecerlo.
Es solo… amor.
James dejó escapar un suspiro entrecortado.
¿Cómo podía ser tan imposible de aceptar algo tan simple?
Charlotte ladeó la cabeza, con esa expresión seria que solo los niños pueden tener.
—¿Crees que si te pones todo gruñón y triste voy a dejar de quererte?
—entrecerró los ojos—.
Esto no funciona así.
Una risa rota se le escapó a James antes de que pudiera detenerla.
Charlotte hinchó las mejillas con frustración.
—Se te da mal que te quieran.
Eso fue la gota que colmó el vaso.
Intentó detenerlo, contenerlo, pero fue inútil.
La presa se había roto, y lloró más que nunca.
Charlotte no se inmutó.
No lo soltó.
—No pasa nada.
Llorar significa que no eres un monstruo.
James apretó los párpados con fuerza mientras nuevas lágrimas se deslizaban por su rostro, empapando el pequeño hombro de ella.
En ese momento, en ese frágil y fugaz segundo, una manita se adentró en el abismo y lo encontró.
¿Cómo podía estar tan segura?
¿Cómo podía esta pequeña e inocente criatura seguir viendo algo digno de amor en él cuando le quedaba tan poco que ofrecer?
Sintió una opresión en el pecho, asfixiante, como si las palabras de ella fueran a la vez un bálsamo y una herida.
Quería decirle que parara, que el amor ya no tenía cabida en su mundo.
Que después de todo lo que había hecho, después de la oscuridad que lo consumía, el amor era una mentira.
Pero mientras las palabras vacilaban en sus labios, las sintió huecas, vacías.
Podía sentir las manitas de Charlotte aferrándolo con más fuerza, sus dedos fríos contra su piel, pero su agarre era inquebrantable.
Ella creía en él.
Había tomado decisiones, decisiones horribles e imperdonables.
Y ahora no era más que una cáscara vacía, un monstruo vestido con piel de hombre.
—Charlotte…, estoy… demasiado perdido.
No sabes en qué… en qué me he convertido.
—Sus manos se cerraron en puños a los costados.
Ella solo lo miró, con sus grandes ojos muy abiertos, llenos de algo que él no podía comprender.
Esperanza.
—Entonces yo te arreglaré —dijo, con una voz tan segura, tan pura—.
Haré que estés limpio.
Te abrazaré hasta que la tristeza se vaya.
Sus palabras lo envolvieron como una manta cálida, algo tan simple, tan ingenuo y, sin embargo, tan innegablemente real.
El caos en su interior se detuvo, solo por un momento, como si la inocencia de ella hubiera creado un espacio donde la oscuridad no podía alcanzarlo.
—No tienes que hacer eso… —susurró él, con la voz quebrada.
Charlotte negó con la cabeza, su carita seria, como si la sola idea de que él no tuviera remedio le pareciera simplemente absurda.
—No es que tenga que hacerlo.
Es que quiero.
Porque te quiero.
Aunque estés triste y hecho un desastre, sigues siendo James.
Y voy a seguir queriéndote hasta que puedas verlo.
No se lo merecía.
Pero al mirarla a la cara, no había duda en sus ojos, solo amor.
No era suficiente para borrar el pasado.
No era suficiente para deshacer las cosas que había hecho.
Pero mientras la abrazaba con fuerza, sintiendo que el peso de su dolor se aligeraba un poco, se dio cuenta de que por ahora era suficiente.
Y por ahora, quizá eso era todo lo que necesitaba.
Cerró los ojos, intentando calmar su respiración, pero los sollozos seguían arañándolo, rompiendo sus defensas.
—No sé si alguna vez podré estar bien.
Charlotte se apartó lo justo para mirarlo, sus ojos escudriñando su rostro.
—Entonces tienes que tomarlo día a día, como yo.
Cuidaremos de ti.
Estaremos bien, juntos —le dedicó una pequeña y reconfortante sonrisa—.
Solo estás triste.
Y eso está bien.
Arreglaremos la parte triste, juntos.
Por un momento, James se limitó a mirarla, tratando de procesar sus palabras.
Tratando de aferrarse a esa esperanza que ella le ofrecía, aunque pareciera imposible.
James se quedó mirando a Charlotte un momento más, con el corazón todavía apesadumbrado, pero un poco menos agobiado por el peso de sus palabras.
Ella tenía una forma de ver las cosas de manera simple, clara, y por un instante fugaz, sintió que los afilados bordes de su dolor se suavizaban, lo justo para poder respirar un poco más aliviado.
Entonces, la vocecita de Charlotte rompió el silencio, sus palabras envueltas en esa misma certeza infantil.
—Tienes que dormir —dijo, con los ojos muy abiertos por la preocupación—.
Dormir te hará feliz.
James parpadeó, la simplicidad de su afirmación casi lo hizo reír, pero también atravesó la niebla de su mente.
Abrió la boca para decirle que dormir no podía arreglar el dolor, pero entonces lo vio: sus manitas todavía aferrándolo, su mirada sincera, llena de esa abrumadora e inquebrantable convicción.
No solo estaba hablando de dormir, ¿verdad?
Estaba hablando de esperanza.
Una esperanza que parecía tan imposible, pero que de algún modo era suficiente para hacerle sentir que quizá valía la pena intentarlo.
—Dormir… —dijo, con la voz quebrada pero suave—.
¿De verdad crees que eso me hará sentir mejor?
Charlotte asintió, sus ojos ahora serios, pero aún llenos de esa certeza inocente.
—No puedes arreglar todas las cosas tristes en un solo día —dijo ella con dulzura—.
Pero dormir ayuda.
Hace que lo malo desaparezca por un ratito, y mañana, puedes volver a intentarlo.
James cerró los ojos, con el corazón dolorido por lo mucho que deseaba poder creerle.
Pero incluso mientras la duda se apoderaba de él, había algo en su presencia, algo en su confianza inquebrantable, que le hacía querer intentarlo.
—De acuerdo —susurró, con voz áspera—.
De acuerdo, lo intentaré.
Charlotte sonrió radiante, la luz en sus ojos haciéndole sentir que quizá, solo quizá, no estaba tan perdido como pensaba.
Se aferró a él un poco más fuerte, su pequeño cuerpo acurrucándose a su lado.
—Bien.
Te mantendré a salvo mientras duermes —susurró, retrocediendo y sentándose en una silla—.
Me quedaré justo aquí.
Quizá dormir no lo arreglaría todo, pero con Charlotte allí, quizá no era necesario.
Y mientras su cuerpo por fin se relajaba.
Pero él ya no era James.
No, ese hombre ya no existía desde antes de que Charlotte entrara en la habitación.
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