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Fingiendo ser un capo intocable - Capítulo 85

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85: La reunión.

85: La reunión.

—¿Necesitas una?

Héctor le tendió una pistola a James mientras este se preparaba.

—Sí, pero esperemos que no haya un tiroteo —dijo, cogiéndosela y metiéndosela en el cinturón.

—Si se trae a todo un pelotón, nos largamos tan rápido como hemos llegado —sonrió Héctor con suficiencia, abriéndole la puerta a James.

James se ajustó el traje negro y salió de la habitación.

Mientras bajaba las escaleras hacia la puerta, su madre estaba allí, observándolo con preocupación en la mirada.

—¿De verdad tienes que ir?

—le preguntó mientras le tocaba la cara con delicadeza.

—Solo es una reunión, mamá.

Nada más.

—La abrazó antes de apartarse, pero, antes de que pudiera marcharse, Charlotte llegó corriendo, le agarró el traje y tiró de él.

James se dio la vuelta y vio que tenía lágrimas en los ojos.

—¿Charlotte?

—¡Vuelve!

—exclamó, abrazándolo con fuerza.

James se quedó quieto un momento, reflexionando sobre cómo su vida había cambiado en un instante; era más brutal, más sangrienta… pero, lo que era más importante, ahora tenía una razón más para vivir.

Aquella adorable niña lo veía como su todo.

—Volveré, no te preocupes…
De repente, a Charlotte le sonaron las tripas.

James se rio.

—Tienes que comer comida de verdad, no solo galletas… —dijo mientras le daba una palmadita en la cabeza, y ella sonrió.

—Ten cuidado, James —dijo su madre, dándole un último abrazo.

Finalmente salió, donde le esperaba una fila de coches.

Como la vez anterior, la limusina estaba en el centro, rodeada de SUVs.

Pero esta vez había más que nunca, y los guardias estaban completamente equipados, no para una escolta, sino para la guerra.

Mientras James se dirigía a la limusina, Bella y Ferucci se le acercaron por un lado.

—Qué bien te ves, James —dijo Ferucci, mirándolo de arriba abajo—.

Parece que vas a una cita, no a una reunión.

—Sonrió, pero a Bella no le hizo gracia.

—Cállate —le espetó ella, dándole un golpe.

—No me pegues, solo digo la verdad —dijo él con una sonrisa burlona—.

Pero bueno, ¿puedo matarlo si hace alguna tontería?

He afilado el cuchillo para hacer cortes más limpios.

—Les mostró la hoja con una sonrisa.

—No va a hacer ninguna tontería —dijo Héctor, dando un paso al frente—.

La reunión es en un almacén y hemos asegurado todo el perímetro.

Si intenta algo, estará muerto en un segundo.

Dicho esto, Héctor abrió la puerta del coche, esperando a que James entrara.

—Vamos, chicos —dijo James mientras se sentaba en el coche, aunque estaba muerto de miedo.

Sus pensamientos se desviaron hacia su madre y Charlotte.

Si todo esto era una trampa para alejarlo de la casa, los guardias que había dejado atrás solo podrían resistir durante un tiempo… quizá una hora si estallaba una pelea.

Su segundo pensamiento fue si se trataba de una trampa personal.

Aunque la carta que le había enviado Benjamín decía cuánto lo admiraba, la posibilidad de una trampa seguía existiendo.

Quizá ordenar el asesinato de Carter fue demasiado…

Después de todo, sigue siendo un puto Vicepresidente.

—¿Estás bien, James?

—preguntó Héctor al darse cuenta de que estaba sumido en sus pensamientos.

—Sí… es solo que han pasado muchas cosas.

Me siento abrumado.

—No tienes por qué estarlo —dijo Héctor con una leve sonrisa—.

Estamos aquí para ti.

Y si algo pasa, moriremos por ti.

Pero eso ya lo sabes.

James lo miró.

Y, para ser sincero, podía sentirlo… no era solo lealtad.

Sacrificarían sus vidas por él.

Era más que respeto.

Era familia.

No respondió, y permanecieron en silencio un rato, hasta que James recordó algo.

—Una vez fui a hablar con Rafael y estaba escribiendo algo, un libro o un diario —dijo, volviéndose hacia Héctor—.

Los chicos que hicieron la mudanza… ¿no lo encontraron?

Porque no estaba en las cajas.

—¿Un libro?

—preguntó Héctor, pero ya estaba entrando en pánico.

Su mano izquierda empezó a tener un tic, así que se la metió rápidamente en el bolsillo.

—Sí… —dijo James, girándose para mirar por la ventanilla—.

Estaba escribiendo una especie de libro.

Quería leerlo… aunque no lo terminara.

—No sabía que estuviera escribiendo algo —dijo Héctor, obligándose a sonar despreocupado.

Tenía que mantener el control.

—O sea, empaquetamos todo lo que encontramos —añadió, moviéndose un poco en su asiento—.

Quizá esté mezclado por ahí.

¿Estás seguro de que no lo guardaba en algún sitio raro?

James seguía sin mirarlo.

—No.

Estaba en su escritorio.

Héctor sintió que sus dedos volvían a temblar.

Los apretó en un puño dentro del bolsillo.

—Nunca pensé que escribiera algo.

—A mí me sorprendió mucho.

—Sonrió al mirar finalmente a Héctor, pero la sonrisa se desvaneció al recordar un detalle—.

Le pregunté de qué iba, ya sabes, la historia.

—¿Ah, sí?

—La mano de Héctor empezó a temblar aún más.

—Y me dijo que trataba de un hombre que no se da cuenta de lo mucho que ha perdido.

—Eso es… profundo.

Suena a que Rafael intentaba ponerse filosófico.

—Sí.

No era su estilo, ¿verdad?

—Bueno, quizá solo era algo dramático en lo que estaba trabajando.

Ya sabes cómo la gente escribe pensamientos al azar… podría no ser nada.

A menos que creas que hablaba de alguien en concreto.

James inclinó ligeramente la cabeza, sin dejar de observarlo.

—Quizá… de mí.

—Venga ya, Rafael no escribiría algo así sobre ti.

Él te admiraba.

James no reaccionó de inmediato.

Su mirada se mantuvo fija en Héctor.

—¿Lo hacía?

La mente de Héctor buscaba frenéticamente una salida.

—Claro que sí.

A ver, sí, teníais vuestras diferencias, pero era tu hermano, James.

Él no… —Héctor se interrumpió, dándose cuenta de que estaba hablando demasiado.

James carraspeó, tamborileando con los dedos en la rodilla.

—Aun así… me pregunto qué pudo escribir.

—Bueno, como te he dicho, lo empaquetamos todo —continuó Héctor a toda prisa—.

Quizá se traspapeló con la mudanza.

Puedo pedir a los chicos que vuelvan a buscar, si quieres.

James lo miró un momento más y luego desvió la vista hacia la ventanilla.

—Olvídalo.

—V-Vale.

«Mientes fatal, Héctor.

Te tiembla la mano y has dudado varias veces».

«¿Qué había en ese libro para que me mintieras en mi propia cara?».

«Si solo fuera algún tipo de libro de fantasía de Rafael, a Héctor no le importaría».

«Pero no ha sido así».

«Al contrario, ha entrado en pánico».

«Lo que sea que hubiera en ese libro era algo que no quería que viera».

James no necesitaba presionar más.

Todavía no.

Héctor ya se lo había dicho todo; había elegido mentir, lo que era suficiente para que James supiera que en ese libro había algo que debía ocultarle.

Tras un largo viaje en silencio, finalmente llegaron al almacén que, como los otros, estaba en ruinas.

Cuando James salió del coche, el gélido aire nocturno lo sacó de sus pensamientos.

Pero al mirar a su alrededor, el nerviosismo volvió a apoderarse de él.

Los guardias ya estaban en sus posiciones, listos para cualquier cosa que pudiera pasar.

—Señor —dijo uno de los guardias, acercándose desde el almacén—.

Ya está aquí.

Héctor pareció sorprendido.

—¿Está aquí?

—Sí —asintió el hombre—.

Dijo que no quería llegar tarde, así que vino con treinta minutos de antelación.

James y Héctor se miraron.

—La reunión es a las ocho y ahora son las siete y media, lo que significa que lleva aquí sentado desde las siete… —dijo James.

—De verdad que no quería llegar tarde… —se rio Héctor mientras cerraba la puerta del coche detrás de James.

—Al menos podremos terminar antes… Vamos.

Ferucci y Bella se adelantaron a James con los guardias.

Dentro, Benjamín ya estaba de pie, esperando a James.

En cuanto lo vio entrar, su cara prácticamente se iluminó.

No pudo evitarlo; su sonrisa se ensanchó mientras James se acercaba a él.

—Encantado de conocerte —dijo Benjamín, extendiendo la mano y sonriendo directamente a James—.

Soy Benjamín Hayes.

—Encantado de conocerte, Benjamín —dijo James, estrechándole la mano, y al instante notó lo sudorosa que estaba la de Benjamín.

Y lo que era más importante, Benjamín todavía no se la había soltado.

James volvió a levantar la vista y los ojos de Benjamín brillaban.

«Qué coño… no me digas que le gusto…».

—¿Nos sentamos?

—Oh, sí, por favor, después de ti —dijo Benjamín, señalando la mesa, que estaba dispuesta como en un restaurante.

Mientras se sentaban, Héctor y los demás permanecían al fondo, observando cada movimiento de Benjamín.

Pero él no hizo nada, solo se quedó sentado en silencio.

—Leí las cartas que enviaste y me parecieron… interesantes.

Pero, más que eso, me dejaron confuso.

Nunca pensé que un director del NSBI usaría palabras tan amables al hablar de mí.

—No soy como los demás.

Sé cuál es mi lugar y cómo actuar.

—Bueno, entonces, ¿puedo preguntar por qué era necesaria esta reunión?

Benjamín se enderezó y metió la mano en el bolsillo, lo que no fue la mejor de las ideas.

Héctor desenfundó inmediatamente su pistola, junto con los demás, pero la bajaron con la misma rapidez al ver un anillo en la mano de Benjamín.

—Me gustaría ofrecerte este anillo como señal de mi lealtad a la familia Bellini.

——————————–
Por favor, leed la nota del autor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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