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Fragmento de lo Infinito - Capítulo 1

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1: Capitulo 1: Obertura 1: Capitulo 1: Obertura La tarde avanzaba con tranquilidad; el sol bañaba la habitación de Biel con una luz dorada y cálida.

Afuera, los pájaros cantaban una melodía suave, y el viento susurraba entre los árboles, como si el mundo entero estuviera en calma.

Pero en su habitación, la escena era muy diferente.

Un fuerte sonido vibrante irrumpió en el aire, sacándolo bruscamente del mundo de los sueños.

Biel abrió los ojos de golpe, confuso, sintiendo que su corazón daba un salto.

Su teléfono zumbaba sin descanso sobre la mesita de noche.

—¡Maldición!

—exclamó mientras estiraba la mano, aún adormilado, para tomar el celular.

Pero en su torpeza, el aparato resbaló entre sus dedos, haciéndose inclinar de más.

El resultado fue catastrófico.

Con un sonido seco, Biel cayó de la cama y su cuerpo impactó contra el suelo de madera con un estruendo que resonó por toda la casa.

Un quejido salió de su boca mientras se frotaba la cabeza con una mueca de dolor.

Era como si la gravedad hubiera decidido jugarle una broma pesada.

Desde la cocina, la dulce voz de Charlotte llegó a sus oídos.

—¿Pasa algo, hermanito?

Biel se apresuró a responder, tratando de disimular el golpe que aún le hacía ver chispas.

—¡No pasa nada, hermana, tranquila!

Pero la verdad era otra.

Su espalda palpitaba por el impacto, y su orgullo estaba aún más herido que su cuerpo.

Finalmente, logró tomar el teléfono y contestó la llamada.

—¿Qué pasa ahora, Bastián?

¿Acaso estás perdido?

—dijo con voz ronca, aún adormilado.

Del otro lado de la línea, se escuchó la risa inconfundible de su mejor amigo.

—Déjate de bromas.

¿O es que uno ya no puede llamar a su mejor amigo sin razón?

Biel suspiro y pasó una mano por su cara, tratando de despejarse.

—No es que no puedas llamar, pero…

es muy temprano para esto.

—¿Temprano?

—Bastián soltó una carcajada—.

Hermano, ya son las diez.

¿Acaso seguías durmiendo?

Biel entrecerró los ojos y miró el reloj en la pared.

La gran manecilla avanzaba implacable, marcando exactamente las diez en punto.

—Tsk…

Sí, todavía dormía —admitió con voz baja.

—Eres un holgazán de primera, Biel.

Pero bueno, te llamaban para salir a divertirnos.

No nos hemos visto desde que nos graduamos de la academia.

Biel se pasó una mano por el cabello despeinado y se dejó caer de espaldas sobre la alfombra.

—Eh…

suena bien.

¿Adónde quieres ir?

—A una tienda de antigüedades que está cerca de donde vivo.

Biel arqueó una ceja, sin poder evitar soltar una risa sarcástica.

—Tienda de antigüedades?

Eso suena…

aburrido.

—No es cierto —respondió Bastián, con un tono de ofensa fingida—.

Ahí hay cosas interesantes.

Quién sabe, tal vez encuentres algo que cambie tu vida.

Biel rodó los ojos, aún sin convencerse.

—Está bien, está bien.

¿A qué hora nos vemos?

—A las dos de la tarde.

No faltes, ¿eh?

—Sí, sí, iré, no te preocupes.

—Eso espero.

Si no, iré a sacarte de la cama a la fuerza la próxima vez.

Biel río por lo bajo y colgó la llamada.

Se quedó unos segundos con el teléfono en la mano, dejando escapar un suspiro.

No podía negar que le hacía falta pasar tiempo con Bastián, pero la idea de una tienda de antigüedades no le emocionaba en absoluto.

Sacudiendo la cabeza, se puso de pie, estiró los brazos y bostezó largamente.

Sentía su cuerpo como si hubiera peleado contra un oso en sueños.

Miró por la ventana, donde el sol ya estaba en lo alto, y levemente.

—Bueno…

veamos qué tiene este día para mí.

Biel se cambió de ropa y salió a tomar el desayuno, allí estaba Charlotte esperándolo para tomar el café, Biel le dijo que saldría con su amigo a divertirse, Charlotte solo le pidió que no llegara muy tarde, Biel le dijo que no llegaría tan tarde y que estaría aquí para la cena.

Biel salió de la casa después de despedirse de su hermana, cuando salió miró el teléfono donde Bastian le había enviado la ubicación de donde se encontrarían, al poco tiempo se encontró con Bastian en un lugar muy peculiar.

—Seguro que aquí hay algo interesante?

—preguntó Biel, observando los edificios viejos y descoloridos a su alrededor.

La calle estaba casi desierta, salvo por un par de ancianos sentados en una banca y una bandada de palomas picoteando las migajas de pan esparcidas en el suelo.

El aire olía a madera envejecida y polvo acumulado.

Bastián se encogió de hombros con una sonrisa despreocupada.

—Nunca sabes lo que puedes encontrar en lugares como este.

Y si no, al menos tendremos algo de qué reírnos.

Biel suspir.

—Espero que no sea otra de tus ideas raras, como aquella vez que me llevaste a buscar “tesoros” en una relojería de quinta.

Bastián soltó una carcajada.

—Eh, encontraste ese viejo reloj de bolsillo que te gustó, ¿no?

—Que se detuvo a los cinco minutos de haberlo comprado—replicó Biel, rodando los ojos.

Sin más rodeos, entraron a una tienda de antigüedades, un local deteriorado cuya fachada gastada tenía un letrero medio borrado que decía “Antigüedades y Rarezas”.

Las letras estaban desvaídas, y el cartel mismo se balanceaba peligrosamente con cada ráfaga de viento.

—Seguro que es buena idea entrar aquí?

—dijo Biel, entrecerrando los ojos mientras observaba una grieta que recorría la pared hasta el techo.

—Tranquilo, parece que se va a caer, pero todavía aguanta unos años más—bromeó Bastián.

Los cruzar amigoson el umbral.

Un tintineo resonó cuando la campanilla de la puerta anunció su llegada.

En el interior, el aire estaba cargado de un aroma a madera antigua, incienso y un leve rastro de humedad.

La luz entraba a través de las ventanas cubiertas de polvo, creando haces dorados que parecían flotar en el ambiente.

Desde el fondo de la tienda, un anciano emergió de entre las sombras.

Era el dueño del local.

Su rostro estaba parcialmente oculto por la sombra de un sombrero negro de ala ancha, pero sus ojos claros brillaban con una intensidad extraña, casi hipnótica.

Biel y Bastián sintieron, por un instante, que esos ojos veían más de lo que mostraban en el exterior.

Biel fue el primero en saludar.

—Buenas tardes.

Bastián siguió su ejemplo.

—Hola, venimos a curiosear.

El anciano se apoyará en el mostrador de madera oscura y se moverá lentamente.

—Bienvenidos, jóvenes.

No muchos vienen por aquí.

Miren lo que quieran, pero recuerden: cada cosa tiene su precio.

—Su voz era grave, pero no hostil, como el crujir de una puerta que llevaba siglos sin abrirse.

Los estantes estaban llenos de objetos que parecían sacados de un museo: espadas oxidadas, gemas de colores, libros encuadernados en cuero, relojes de bolsillo con engranajes al descubierto, estatuillas de figuras extrañas y otros artefactos cuyo propósito era un misterio.

Bastián se acercó a una figura de cristal con forma de dragón.

Su captura estructuraba la luz y la refractaba en pequeños destellos.

— ¿Eso incluye tocar?

—preguntó con una sonrisa traviesa.

El anciano entornó los ojos.

—Depende.

Algunas cosas son más sensibles que otras.

Biel avanzó entre los estantes con las manos en los bolsillos.

Había algo en el aire, una especie de vibración invisible que lo atraía sin que pudiera explicarlo.

Sus dedos rozaban los objetos con cuidado, como si estuviera leyendo la historia que albergaban en su superficie.

De pronto, su atención se fijó en un libro de tapas oscuras, casi ennegrecidas por el tiempo.

A diferencia de los demás, no tenía título ni inscripciones visibles.

Biel extendiendo la mano, sintiendo un escalofrío recorrer su brazo al tocar la cubierta.

—¡Oye, mira esto!

—llamó a Bastián.

Bastián se acercó y frunció el ceño.

—Eso parece sacado de una película de terror.

Biel lo giró entre sus manos.

El material era extraño, ni cuero ni madera, sino algo intermedio.

En cuanto lo abrió, una leve corriente de aire recorrió la tienda, como si alguien hubiera susurrado entre los estantes.

El anciano los observó con una sonrisa apenas perceptible.

—Ese libro es especial.

Biel levantó la vista, intrigado.

—¿En qué sentido?

—Digamos que elige a su lector.

Bastián bufó.

—Eso suena demasiado teatral.

El anciano soltó una carcajada seca.

—Puede ser.

Pero las historias que guarda dentro son…

únicas.

Biel sintió un ligero cosquilleo en los dedos.

Algo en su interior le decía que ese libro no era como los demás.

— ¿Cuánto cuesta?

—preguntó sin pensarlo.

El anciano lo miró con una expresión que no logró descifrar.

—Para ti, joven…

es gratis.

Bastián y Biel intercambiaron miradas.

Gratis.

Eso sólo lo hacía aún más sospechoso.

—¿Por qué?

—inquirió Biel, con cautela.

El anciano alarmantemente de forma enigmática.

—Algunas cosas simplemente encuentran a la persona correcta.

Biel sintió un escalofrío recorrer su espalda.

No podía explicar por qué, pero supo en ese momento que su vida estaba a punto de cambiar.

Biel cruzó los brazos y miró al anciano con suspicacia.

Algo en la forma en que ofrecía el libro sin pedir nada a cambio le resultaba extraño.

—No lo quiero —dijo finalmente, sacudiendo la cabeza—.

Es raro que algo así se regale tan fácilmente.

El anciano irritante, mostrando una hilera de dientes amarillentos por el tiempo.

—No pasa nada, muchacho.

Ese libro es especial, pero si no lo quieres, ya vendrá alguien que lo desee.

Biel sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Había algo inquietante en la manera en que el anciano hablaba, como si supiera algo que él no.

Decidió apartarse y explorar el resto de la tienda.

Fue entonces cuando sus ojos se detuvieron en un objeto singular: un cristal fragmentado descansando sobre un pedestal sencillo.

No tenía adornos ni inscripciones, pero una luz tenue lo rodeaba, como si palpitara con vida propia.

—Oye, Bastián, ven a ver esto —llamó Biel, sin apartar la mirada del extraño objeto.

Bastián, que había estado examinando un reloj antiguo, se acercó con curiosidad.

En cuanto vio el cristal, su expresión cambió de interés a asombro.

—Eso sí que es extraño —murmuró, inclinándose ligeramente para verlo mejor.

El anciano acomodó su sombrero y habló con un tono enigmático.

—Eso de ahí es el Fragmento de lo Infinito.

Biel frunció el.

—¿El qué?

—Un artefacto muy antiguo —continuó el anciano—.

Según las historias, conecta mundos y tiempos.

Algunos dicen que tiene voluntad propia, que elige a quienes…

transforma.

Bastián soltó una risa nerviosa.

—Eso no suena un poco exagerado?

—preguntó, alzando una ceja.

El anciano lo ignoró y prosiguió.

—Otros creen que no es un objeto, sino una prueba.

Que sólo los destinados pueden tocarlo sin consecuencias fatales.

Biel tragó saliva, sintiendo que sus instintos le advertían de algo.

—Y ¿cómo funciona?

—preguntó, sin poder ocultar su creciente inquietud.

El anciano entrecerró los ojos.

—Esa es la cuestión, muchacho.

Nadie lo sabe con certeza.

Pero te advierto, no es un juguete.

Bastián soltó una carcajada.

—¿Un juguete?

Por favor, es sólo un cristal.

¿Qué tan peligroso podría ser?

Antes de que Biel pudiera responder, su amigo extendió la mano hacia el Fragmento.

Biel sintió un tirón en su pecho, como si algo dentro de él gritara que lo detuviera.

Sin embargo, su cuerpo se movió por impulso y también expandió la mano.

El instante en que sus dedos tocaron el cristal, la tienda entera pareció vibrar.

Una luz cegadora explotó a su alrededor, desterrando todas las sombras en un destello blanco abrasador.

El aire se volvió denso, cargado con una energía que zumbaba como un millón de abejas furiosas.

Biel sintió una fuerza invisible que sujetó con garras de hierro y lo arrancó de la realidad.

—¡Biel!

—gritó Bastián, su voz temblorosa y distante, como si viniera desde el otro extremo de un abismo insondable.

El suelo desapareció bajo los pies de Biel.

No había caída, no había gravedad, solo el vértigo de ser tragado por la nada.

Su cuerpo se estremeció, como si millas de agujas heladas perforaran su piel.

Sus pensamientos se dispersaron en un torbellino de caos y, por un momento, sintió que su conciencia se fracturaba como el mismo cristal.

Luego, todo se volvió oscuridad.

En El Nuevo Mundo Cuando Biel despertó, estaba acostado sobre hierba fresca, pero algo en ella era diferente: el olor era más dulce, casi embriagador, y su textura, más suave que cualquier cosa que conociera.

Abró los ojos lentamente, parpadeando ante un cielo extraño, con tonos púrpuras y azules que parecían bailar entre sí.

Las estrellas brillaban a plena luz del día, como si desafiaran las leyes de la naturaleza.

Se incorporó con dificultad, sus músculos tensos y su mente embotada.

El mareo y la confusión lo invadieron.

— ¿Dónde estoy?

—murmuró, mirando a su alrededor.

El paisaje era tanto hermoso como inquietante.

Los árboles eran gigantescos, con hojas que parecían hechas de cristal, y pequeñas luces flotaban entre las ramas, como si fueran luciérnagas mágicas.

Sin embargo, había algo en el aire, algo casi imperceptible, que lo hacía sentir vulnerable, como si estuviera siendo observado.

—¡Bastián!

—gritó, con la esperanza de obtener una respuesta.

Pero lo único que escuchó fue el eco de su propia voz.

El silencio del bosque lo envolvió, y un escalofrío recorrió su espalda.

La sensación de soledad comenzó a asentarse, pero también una chispa de curiosidad.

Sin otra opción, comenzó a caminar, tratando de encontrar algo o alguien que pudiera explicarle qué estaba pasando.

Los sonidos del bosque eran extraños: un susurro constante, como si las hojas hablaran entre ellas, y un zumbido bajo que parecía venir del suelo.

Cada paso que daba lo llenaba de ansiedad, pero también de una inexplicable fascinación.

El suelo bajo sus pies no era tierra ordinaria, sino un manto de musgo que parecía responder a su contacto, hundiéndose ligeramente con cada pisada, como si estuviera caminando sobre una alfombra viva.

Biel tragó saliva y siguió avanzando.

—Esto no es normal…

—se dijo a sí mismo, con el corazón latiendo con fuerza.

De repente, un sonido lo puso en alerta.

Un crujido entre los arbustos a su derecha.

Su respiración se detuvo por un instante y sus manos se tensaron.

—¡Bastián!

Si eres tú, esto no es gracioso…

No hubo respuesta.

Solo el murmullo inquietante de las hojas que seguían balanceándose sin viento.

Algo emergió de entre los arbustos.

Ninguna era humana.

No era algo que Biel hubiera visto antes.

Su figura era alta y esbelta, con una piel traslúcida que reflejaba la luz del entorno.

Sus ojos brillaban con un fulgor dorado, y cada uno de sus movimientos era fluido, casi hipnótico.

Parecía hecho de la misma esencia del bosque, como si fuera parte del paisaje y, al mismo tiempo, algo más.

Biel retrocedió un paso, sintiéndose atrapado entre la fascinación y el temor.

—Tú…

no eres de aquí…

—susurró la criatura con una voz etérea, un eco que resonó en la mente de Biel más que en sus oídos.

—Yo…

no sé dónde estoy —respondió Biel, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.

— ¿Dónde estoy?

La criatura inclinó la cabeza, como si estuviera analizándola.

Luego, con un movimiento grácil, extendiendo una mano de dedos largos y delgados.

—El linde del umbral.

Un lugar entre mundos, un sendero que solo algunos pueden recorrer…

Biel frunció el ceño.

Nada de eso tenía sentido, pero al mismo tiempo, algo dentro de él le decía que aquella criatura decía la verdad.

—Tengo que encontrar a mi amigo —dijo, tratando de sonar firme.

—Él cayó aquí conmigo.

La criatura parpadeó lentamente.

—El que llegó contigo…

no está aquí.

Biel sintió que el suelo se hundía bajo él.

El temor comenzó a convertirse en desesperación.

— ¿Dónde está?

—insistió, sintiendo un nudo formarse en su garganta.

El se levantó la mirada hacia el cielo, donde las estrellas titilaban en patrones que Biel no comprendía.

—Separados por el destino…

solo el fragmento puede volver a unirlos.

Biel sintió un escalofrío.

Apretó los puños.

No entendía lo que estaba ocurriendo, pero una cosa era segura: no dejaría a Bastián atrás.

—Dime cómo.

La criatura lo observó en silencio por un instante que pareció eterno, antes de extender su mano nuevamente.

—Nos volveremos a ver.

Cuando ese día llegue, entenderás por qué estás aquí en este mundo.

En un parpadeo la criatura desapareció, Biel se preguntó dónde se había ido y por qué le dijo esas palabras, sin más preámbulos bien continuó caminando hasta que a lo lejos vio algo.

Después de lo que parecieron horas, llegó a un claro.

En el centro había una fogata y junto a ella, una figura encapuchada.

La luz de las llamas iluminaba parcialmente su silueta, pero su rostro permanecía oculto.

Biel sintió que su pulso se aceleraba.

Sus músculos se tensaron de inmediato, como si su cuerpo intentara advertirle de un peligro inminente.

El aire parecía cargado de electricidad, cada chispa del fuego era un eco del latido frenético en su pecho.

—¿Quién eres?

—preguntó, su voz apenas un murmullo entre la danza crepitante de las llamas.

La figura inclinó ligeramente la cabeza, como si analizara cada fibra de su ser antes de decidir qué responder.

—Te estaba esperando, Biel —repitió con calma.

El fuego chisporroteó de repente, como si respondiera a sus palabras.

La luz titilante proyectó sombras alargadas en el suelo, dando a la figura un aire aún más enigmático.

Biel tragó saliva y dio un paso atrás, su instinto gritándole que se mantuviera alerta.

Sentía como si estuviera al borde de un abismo desconocido, un paso en falso y caería en un destino incierto.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—insistió, con un tono más firme, buscando recuperar el control de la situación.

El extraño dio un paso adelante, su túnica ondeando con el movimiento.

Su rostro aún permanecía oculto bajo la capucha, pero Biel pudo sentir el peso de su mirada, una presencia que lo atravesaba como una ráfaga helada.

—Porque este encuentro estaba destinado a ocurrir —respondió la figura con una voz suave, casi hipnótica—.

Y porque llevas contigo algo que no pertenece a este mundo.

Biel frunció el ceño.

Su mano se cerró instintivamente sobre su pecho, justo donde sintió una extraña calidez.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía un collar con una gema que brillaba con intensidad.

Su luz pulsaba como un corazón vivo, latiendo con un ritmo distinto al suyo.

¿Acaso esto era el Fragmento de lo Infinito?

Apenas recordaba el momento en que lo había tocado, solo el destello cegador y la sensación de ser arrastrado a la nada.

—No sé de qué hablas —dijo con cautela.

La figura río, un sonido bajo y sin humor, como si escuchara la negación de un niño que teme aceptar la verdad.

—Lo sabes.

Lo siento.

Lo tienes colgado en tu cuello, latiendo como un corazón nuevo.

Y ahora, las reglas han cambiado.

Biel sintió un escalofrío recorrer su espalda.

El aire a su alrededor vibró con una energía extraña, como si el bosque mismo estuviera conteniendo la respiración, guardando la siguiente palabra.

Inspiró hondo, tratando de mantener la calma.

— ¿Dónde estoy?

—preguntó, desviando la conversación.

—Estás entre lo que fue y lo que será —respondió el desconocido—.

Un mundo olvidado por el tiempo, donde las historias no terminan y los ecos del pasado aún resuenan.

Biel miró a su alrededor.

El bosque tenía una belleza irreal; los colores parecían demasiado vivos para ser naturales.

Sin embargo, había algo inquietante en el aire, como si el lugar estuviera suspendido en un sueño del que nunca despertaría.

—No es una respuesta muy clara —murmuró.

—Las respuestas nunca son claras cuando están al borde de un nuevo comienzo —replicó el extraño—.

Pero diez centavos, ¿tienes miedo?

Biel apretó los dientes.

No quería admitirlo, pero su corazón latía con fuerza contra su pecho.

Sus piernas estaban listas para correr si era necesario.

La incertidumbre era un daga invisible contra su piel.

—No —mintió.

El desconocido dejó escapar una suave risa.

—Mientes bien.

Pero el miedo no es debilidad.

Es la advertencia de que algo está a punto de cambiar.

Las llamas de la fogata parpadearon con más intensidad.

Biel sintió un cosquilleo en la nuca, una sensación de que algo más estaba con ellos, oculto entre las sombras del bosque.

— ¿Quién eres en realidad?

—preguntó de nuevo.

La figura guardó silencio por un momento.

Luego, con un movimiento lento, llevó las manos a la capucha y la caída con suavidad.

Biel sintió que su aliento quedaba atrapado en su garganta.

Era una chica de cabello rubio, hermosa y con una vestimenta preciosa.

Su mera presencia parecía desafiar la oscuridad del lugar.

Biel se quedó sin palabras, pues creía que la figura encapuchada era un hombre, pero grata fue la sorpresa al ver a una chica tan linda.

Sus ojos brillaban con un resplandor inusual, y en su expresión se reflejaban secretos enterrados en el tiempo.

—Soy quien vela por aquellos que han sido elegidos —dijo—.

Y tú, Biel, has sido marcado por el destino.

Un trueno retumbó en la distancia, como si el cielo mismo reaccionara a aquellas palabras.

Biel sintió que el suelo bajo sus pies se volvía inestable, como si el mundo estuviera al borde de una revelación que aún no estaba listo para comprender.

—Entonces diez centavos —dijo con un hilo de voz—.

¿Qué se supone que debo hacer ahora?

La joven, irritada, pero en su sonrisa no había consuelo, solo la promesa de que lo que venía sería mucho más grande de lo que jamás imaginó.

—Eso, joven portador del Fragmento, lo descubrirás por ti mismo.

Biel frunció el ceño, aún desconcertado por la presencia enigmática de la joven.

Se armó de valor y dio un paso adelante.

—Al menos diez centavos tu nombre —pidió, con un tono entre firme y suplicante.

La chica esbozó una sonrisa traviesa, sus ojos brillando con un fulgor que Biel no supo interpretar.

—Mi nombre lo sabrás más adelante —respondió con un aire de misterio—.

Por ahora, quiero ver cómo te desenvuelves en este mundo.

Antes de que Biel pudiera replicar, su silueta comenzó a desvanecerse.

Como si la misma brisa la disolviera en partículas de luz, desapareció sin dejar rastro.

—¡Espera!

—exclamó Biel, extendiendo la mano como si pudiera atraparla antes de que se fuera, pero lo único que encontró fue el vacío.

El viento sopló con fuerza, y el bosque quedó en completo silencio.

Biel se llevó una mano a la cabeza, sintiendo una punzada de frustración y agotamiento.

—Acaso todo el mundo aquí tiende a desaparecer?

—murmuró para sí mismo, dejando escapar un suspiro.

Levantó la vista hacia el cielo extraño, donde las estrellas seguían brillando con intensidad.

No tenía respuestas, solo más preguntas.

Pero una cosa era segura: este mundo desconocido esconde más secretos de los que jamás imaginó.

A kilómetros de distancia, en un reino desconocido, una sala majestuosa se iluminaba con la luz tenue de candelabros dorados.

En el centro, un hombre imponente, vestido con un manto carmesí, se encontraba de pie frente a un ventanal que daba a un extenso paisaje cubierto por una bruma mística.

Un aire solemne envolvía la habitación cuando el hombre finalmente habló, con una voz grave y poderosa.

—Ya está aquí…

—susurró con un déje de emoción contenida—.

Él ha llegado a este mundo.

Sus ojos se entrecerraron, reflejando algo entre anticipación y alegría.

Las sombras en la habitación parecieron alargarse con su declaración, como si el mismo destino se estremeciera ante su revelación.

Unas figuras encapuchadas que estaban a su lado asintieron, pero permanecieron en silencio, esperando la siguiente orden de su rey.

Mientras tanto, en el mundo de donde Biel provenía, la noche había caído.

En una casa modesta, el aroma de la cena aún flotaba en el aire, mezclándose con la cálida luz de una lámpara encendida sobre la mesa.

Charlotte, la hermana menor de Biel, estaba apoyada sobre sus brazos, dormida en la mesa con una expresión de tranquilidad.

Su pequeño pecho subía y bajaba con cada respiración pausada, y su cabello caía en suaves ondas sobre sus mejillas.

Había intentado esperarlo para cenar juntos, como solían hacer siempre, pero el sueño la había vencido.

El reloj en la pared marcaba las horas con un tic-tac constante, recordando que el tiempo seguía avanzando, ajeno a la angustia que se cernía en el hogar vacío.

Una brisa nocturna se filtra por la ventana entreabierta, moviendo suavemente las cortinas.

Era como si la casa misma supiera que algo no estaba bien.

El asiento de Biel permanecía vacío, y la sensación de su ausencia era más pesada que nunca.

Charlotte murmuró algo en sueños, con el ceño fruncido como si su subconsciente sintiera que algo estaba fuera de lugar.

—Biel…

Su voz tembló en el aire, cargada de un anhelo que nunca había sentido antes.

La luz de la lámpara parpadeó levemente, como si por un instante el universo mismo dudara.

Pero en la distancia, en un mundo donde las estrellas brillaban de día y los bosques susurraban secretos, Biel aún caminaba, sin saber que alguien, en otro lugar, lo estaba esperando con el corazón lleno de esperanza y miedo.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Yorlin_Napa Soy un escritor apasionado por las historias que exploran lo profundo de la naturaleza humana, las luchas internas y la redención.

Me gusta la fantasía y muchos géneros que me pararen atractivos, mi obra Fragmento de lo Infinito es la prueba de eso, una historia llena de fantasía, viajes entre mundos es lo que me gusta y quiero compartirles eso.

A través de mis historias, busco crear mundos ricos en magia, personajes inolvidables y momentos de reflexión profunda.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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