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Fragmento de lo Infinito - Capítulo 2

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  3. Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 Caminos Desconocidos
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2: Capítulo 2: Caminos Desconocidos 2: Capítulo 2: Caminos Desconocidos Han pasado tres días desde que Biel se topó con la chica.

La luz del amanecer se filtraba a través de las ramas de los árboles, iluminando parcialmente el claro donde se encontraba Biel.

El aire era fresco y húmedo, pero eso no era lo único que le helaba los huesos: la incertidumbre lo envolvía como una capa pesada.

Biel había sobrevivido tres días gracias a que en la academia Tsubaki Gakuen había actividades sobre supervivencia en el campo.

Con eso pudo ingeniárselas para no morir de hambre o frío, pero cada noche parecía más eterna que la anterior.

La oscuridad se cerraba sobre él como un océano negro, y cada crujido, cada susurro del viento, era una amenaza invisible que le ponía la piel de gallina.

—¿Por qué se fue?

—murmuró, mientras arrancaba un trozo de musgo húmedo de una roca.

Su voz sonaba débil, apenas un eco devorado por la soledad.

—Dijo que quería ver cómo me desenvolvía…

Pero ¿para qué?

¿Es esto alguna clase de prueba absurda?

Sus pensamientos lo atormentaban con cada paso que daba.

La chica había aparecido de la nada, tan misteriosa como el mismo lugar.

Acalia, se había presentado con un nombre que parecía arrastrar un peso antiguo, y luego se había desvanecido con la misma rapidez con la que había surgido.

— ¿Es que me está observando?

—Biel apretó los dientes, lanzando una piedra contra un árbol con frustración.

—¡Esto no tiene sentido!

Un rugido lejano lo sacó de sus pensamientos.

En ese momento, su estómago le recordó lo mucho que necesitaba comida.

Un hambre voraz que parecía roerle desde adentro, como si sus entradas se estuvieran devorando unas a otras.

Biel comenzó a caminar, con paso firme pero lleno de dudas.

A medida que avanzaba, algo extraño comenzó a suceder.

Sus sentidos se agudizaron de manera que no podía explicar.

El sonido del viento en las hojas le parecía más nítido, el zumbido de criaturas invisibles lo hacía sentirse más alerta.

—Esto es…

raro.

¿Qué me pasa?

—Se preguntó, aunque sabía que no iba a obtener respuestas inmediatas.

El tono de su voz era una mezcla de curiosidad y miedo, como si al formular la pregunta estaría llamando a una verdad que preferiría no conocer.

El suelo bajo sus pies parecía moverse ligeramente, y las sombras del bosque jugaban con su percepción.

Los árboles, aunque hermosos, parecían observarlo.

Era como si el mundo mismo tuviera vida, un ser colosal y despierto cuya respiración podía oír en el silbido del viento.

—Me estoy volviendo loco?

—rio, pero su risa sonó hueca, vacía, como el crujido de una rama seca quebrándose bajo el peso del invierno.

Al poco rato, se encontró con un arbusto lleno de bayas rojas.

Sin pensarlo, se agachó y recogió algunas, llevándoselas a la boca.

Estaban dulces, aunque algo amargas, y la acidez le produjo una mueca de disgusto.

—Al menos algo no es tan raro aquí.

—Dijo entre dientes, intentando convencerse a sí mismo de que todavía había algo normal en ese lugar.

Pero el sabor de las bayas no lograba disipar el nudo que sentía en la garganta.

Cada mordisco era un recordatorio de que estaba solo, de que dependía únicamente de sí mismo para sobrevivir.

Su respiración se volvió errática, y por un momento se permitió derrumbarse sobre el suelo cubierto de hojas.

—¡¿Por qué?!

—gritó hacia el cielo, con la voz quebrada por el cansancio y la desesperación.

Sus manos se cerraron en puños sobre la tierra húmeda.

— ¿Qué se supone que debo hacer aquí?

¿Simplemente…

esperar?

¿Acalia…

volverá?

Las lágrimas amenazaron con brotar, pero Biel las contuvo, tragándoselas como si fuera fuego.

Levantó la cabeza y se obligó a seguir adelante, sus pasos tambaleantes pero decididos.

—No voy a morir aquí.

No pienso rendirme…

—murmuró, su voz adquiriendo un matiz de fiereza que ni él mismo reconocía.

Mientras caminaba, la maleza susurraba a su alrededor, como si cada hoja y cada brizna de hierba comentaran su presencia.

Algo en su interior había cambiado, y aunque no sabía qué era exactamente, intuía que tenía que ver con aquel misterioso Fragmento del Infinito.

—Acalia dijo que era un poder…

¿Pero cómo se supone que lo uso?

—pensó en voz alta, como si el bosque pudiera responderle.

Era solo el comienzo, pero Biel estaba dispuesto a enfrentarlo.

La furia que hervía en su pecho se mezclaba con el miedo, pero también con algo más.

Algo parecido a la esperanza.

—Si es un poder, entonces voy a aprender a usarlo.

Y cuando lo haga…

cuando realmente sepa lo que soy capaz de hacer…

Los ojos de Biel se iluminaron con una resolución que nunca había sentido antes.

—Voy a encontrar respuestas.

Y voy a sobrevivir.

De repente, el aire se volvió pesado.

Una densa opresión que parecía envolverlo como un sudario invisible, sofocante y gelido.

Biel se giró hacia el sonido de unos pasos que crujían entre la maleza, pero no vio nada.

El miedo se arrastró por su columna como un enjambre de hormigas ardientes.

—Quién…

¿quién anda ahí?

—su voz salió rota, casi como un susurro quebrado.

Por un instante, el silencio fue absoluto.

Sólo el tamborileo irregular de su corazón se atrevía a desafiar la quietud del bosque.

Pensó que era su mente jugándole trucos, que la paranoia y la soledad comenzaban a destrozarle los nervios.

Pero entonces, los ruidos se hicieron más cercanos.

Zarpazos secos contra la tierra, un jadeo bajo y gutural que hizo que su piel se erizara como si mil agujas emergieran desde sus huesos.

—No…

no…

—tartamudeó, retrocediendo instintivamente mientras su respiración se volvía errática.

Sin aviso, una sombra apareció entre los árboles, materializándose de la penumbra con una ferocidad palpable.

Un lobo enorme, de pelaje tan negro que parecía absorber la luz y devorarla en un manto de oscuridad viva.

Sus ojos brillaban como brasas encendidas, repletos de hambre y furia.

Los colmillos, afilados como cuchillos ceremoniales, relucían con un fulgor antinatural.

Biel sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies.

Cada paso del lobo era un trueno que vibraba en sus oídos, como si el mundo entero temblara ante la presencia de aquella criatura.

-¡Oh, no!

—gritó Biel, su voz quebrándose en un alarido ahogado mientras retrocedía torpemente.

Sus piernas parecían haber olvidado cómo moverse con coherencia, como si el terror las hubiera convertido en mármol.

El lobo avanzaba con la paciencia de un cazador seguro de su presa.

Sus patas eran como rocas golpeando el suelo, cada impacto resonando con una fuerza brutal.

El aire se llenaba de su aliento, un hedor cálido y metálico que le quemaba la nariz.

—¡Esto no puede estar pasando!

¡Esto no puede estar pasando!

—Biel murmuraba desesperado, su voz deshaciéndose en jadeos temblorosos.

El pánico se arremolinaba en su pecho como una tormenta furiosa.

Tropezó.

El suelo se lanzó hacia él con brutalidad y cayó de espaldas.

El impacto le arrancó el aire de los pulmones, dejándolo jadeante y desorientado.

El lobo gruñó, un sonido tan profundo que parecía surgir de la misma tierra.

Los ojos de la bestia se fijaron en él con una intensidad abrasadora, como si su mirada pudiera atravesarlo y desentrañar cada uno de sus secretos.

Biel levantó las manos instintivamente, sus dedos crujientes como garras que nada podía sostener.

—No…

por favor…

—suplicó, su voz quebrada por el miedo.

A lo lejos, una rama caída llamó su atención, un fragmento de esperanza en medio del caos.

Con desesperación, Biel se arrastró hacia ella, sus dedos arañando la tierra húmeda.

La tomó entre sus manos y la levantó con todas sus fuerzas, como si se tratara de una espada legendaria.

Era sólo un trozo de madera irregular, pero para él, en ese instante, era todo lo que tenía.

—¡Vete!

—gritó, su voz rasgando el aire con una ferocidad nacida de la desesperación.

Blandió la rama como si pudiera ahuyentar a la muerte misma.

El lobo se detuvo por un momento, sus ojos penetrantes aún fijos en Biel.

Parecía estudiar cada movimiento con la precisión de un verdugo.

Pero el animal no se amedrentó.

Un gruñido vibró en el aire, más potente, más salvaje.

—No…

No te acerques…

—Biel retrocedió con la rama alzada, pero sus manos temblaban tanto que apenas podía mantenerla firme.

El lobo saltó hacia él.

Un movimiento fulgurante, pura potencia y odio destilado en un ataque feroz.

Los colmillos del animal brillaron mientras se abalanzaba sobre Biel con la furia de un huracán desatado.

Biel reaccionó instintivamente, tirándose hacia un lado con un giro desesperado.

El lobo pasó junto a él, su aliento ardiente rozándole la mejilla como un latigazo candente.

El joven apenas logró levantarse antes de que la bestia girara sobre sí misma, lista para un nuevo ataque.

—¡Maldición!

—exclamó Biel, corriendo hacia el primer árbol que vio, con el pecho ardiendo y el terror latiendo en su garganta como un tambor.

Su cuerpo se movía con una rapidez que no comprendía, como si sus músculos hubieran sido reemplazados por resortes tensados ​​al máximo.

Saltó hacia las ramas bajas con una agilidad que lo sorprendió tanto como lo salvó.

—¿Qué…

qué fue eso?

—Jadeó, mirando sus propias manos como si pertenecieran a otra persona.

El lobo se quedó abajo, girando en círculos con frustración mientras soltaba gruñidos amenazantes.

Sus ojos seguían clavados en Biel, como si pudiera alcanzarlo con la mirada.

—Esto no puede ser real…

—Biel murmuró, aferrándose a la rama con todas sus fuerzas.

Su cuerpo temblaba por completo, pero no sólo por el miedo.

Había algo más.

La rama crujió bajo su peso, pero se sostuvo.

Desde allí, Biel observó al lobo con la misma fascinación aterradora que sentiría un niño ante un incendio devastador.

Su mente buscaba una explicación lógica, pero ninguna aparecía.

—¿Qué…

soy ahora?

—susurró, sin esperar respuesta.

Algo había cambiado en él.

Algo poderoso y desconocido.

Pero lo único que sabía con certeza era que seguía vivo.

Por ahora.

Saltó hacia las ramas bajas con una agilidad sorprendente, como si sus músculos fueran más fuertes, más rápidos.

Su cuerpo se mueve como si una energía desconocida lo impulsara, fluida y feroz.

En cuestión de segundos, Biel se encontró una salva en lo alto, mientras el lobo, frustrado, daba vueltas abajo.

Su gruñido resonaba como un trueno contenido, un eco de furia impotente que retumbaba en sus oídos.

Biel miró sus manos, atónito, como si no fueran realmente suyas.

Temblaban, pero no de miedo.

Era algo distinto, un temblor electrizante que recorría sus nervios con la misma intensidad que un rayo rompiendo el cielo.

— ¿Qué acaba de pasar?

—murmuró, su voz apenas un hilo quebrado por la incredulidad.

El bosque parecía más oscuro ahora, como si la amenaza que había enfrentado hubiera tratado cada sombra de un tono más sombrío.

Biel respiraba con dificultad, pero la adrenalina aún corría por sus venas como un torrente imposible de detener.

De repente, escuchó pasos a su alrededor.

No era el lobo.

Esta vez, era algo diferente, algo familiar ya la vez inquietante.

La piel se le erizó como si mil agujas lo rozaran al unísono.

— ¿Quién anda ahí?

—preguntó, esforzándose por mantener su voz firme.

De entre las sombras emergió la chica de hace tres días, su figura deslizándose entre los árboles con una elegancia casi espectral.

Sus ojos eran fríos y calculadores, pero también había algo más en ellos: una curiosidad intensa y penetrante.

—Hola, mi nombre es Acalia.

Gusto en conocerte.

—dijo con voz tranquila, casi como si se tratara de un simple saludo entre conocidos.

Biel la observó con incredulidad.

Hace tres días le había preguntado su nombre y ella se había negado a dárselo.

Pero ahora, sin que él lo pregunte, se lo ofrece como si fuera algo trivial.

—¿Acalia…?

—repitió, probando el nombre en su lengua como si se tratara de un enigma en sí mismo—.

Pero…

¿Por qué me dejaste aquí solo?

¿Y ahora vienes a decirme que me vas a ayudar?

¿Qué clase de juego es este?

—Sus palabras salieron atropelladas, cargadas de frustración y miedo.

Acalia se mantuvo impasible, como si sus reproches no tuvieran ningún peso.

—Te estoy ayudando porque no tienes más opciones.

—Su voz era afilada, como un cuchillo que corta con precisión—.

Este mundo no perdona a quienes no saben adaptarse.

—¿Ayudarme?

—Biel alzó la voz, sintiendo cómo la ira burbujeaba bajo su piel—.

¡Me dejaste aquí sin explicación, sin nada!

¡Y ahora apareces como si nada hubiera pasado!

¿Qué se supone que es este lugar?

¿Dónde está Bastián?

—La ansiedad teñía cada palabra, su pecho subía y bajaba en un ritmo frenético.

Acalia lo observará en silencio por un momento, evaluando sus palabras con una mirada calculadora, como si pesara cada una de sus emociones en una balanza invisible.

—No puedo decirte todo.

No todo aún.

—respondió finalmente, con un tono casi melancólico—.

Pero lo que puedo decirte es que este mundo no tiene piedad de los débiles.

Y lo que acabas de hacer…

—Hizo un gesto hacia el lobo, que aún rondaba abajo, incapaz de alcanzar su presa—, no fue suerte.

Fue una habilidad que el Fragmento te otorgó.

—¿Habilidad?

—Biel frunció el ceño, sintiendo cómo la confusión lo envolvía como una neblina espesa—.

¿Qué significa eso?

¿Yo…

tengo poderes ahora?

—Su voz tembló al pronunciar esas palabras, como si temiera que al decirlas en voz alta todo se desvaneciera.

Acalia avanzó lentamente, cada paso suyo era calculado y preciso, como si caminara sobre un hilo invisible.

-Si.

Has recibido habilidades gracias al Fragmento del Infinito y también habilidades propias que se otorgaron al llegar a este mundo.

—dijo con frialdad, pero también con una especie de expectación contenida.

El corazón de Biel latía con fuerza, como si quisiera romperse a través de su pecho.

Poderes…

La palabra resonaba en su mente como un eco infinito, a la vez fascinante y aterrador.

—Entonces…

¿No fue suerte que sobreviviera al lobo?

—preguntó Biel, intentando todo similar mientras su respiración seguía agitada.

-No.

Fue instinto.

Pero también fue poder.

—Acalia levantó la mano con un gesto decidido, y el lobo, al percatarse de su presencia, retrocedió con un gemido bajo y desapareció entre los árboles como una sombra dispersada por la luz.

—¿Cómo hiciste eso…?

—murmuró Biel, incrédulo.

Sus piernas temblaban aún, pero ahora por razones muy distintas.

—No se trata de lo que hice yo.

—respondió Acalia con dureza—.

Se trata de lo que puedes hacer tú.

Tienes que aprender a controlar esas habilidades si quieres sobrevivir.

Las palabras se aferraron a su mente como garras, penetrando hasta lo más profundo de su ser.

—Y ¿cómo se supone que haga eso?

—dijo Biel, su voz quebrada, pero con un matiz de desafío.

Acalia alarmante por primera vez, aunque no había calidez en ese gesto.

—Ahora, tendrás que demostrar que sabes usar tu poder.

—lo miró fijamente, sus ojos eran como pozos insondables—.

Ven, te mostraré lo básico.

Biel la siguió, aunque aún estaba procesando lo que acababa de escuchar.

Acalia comenzó a moverse rápidamente entre los árboles, su paso ligero como el de un espectro.

—No tienes tiempo para dudar.

Aquí no hay segundos de sobra.

—Acalia presionó el paso, su voz cortante como el filo de una espada.

Biel corrió tras ella, con el corazón aún palpitante, con más preguntas que respuestas, pero con una determinación creciente de entender este nuevo mundo y su lugar en él.

El bosque parecía aún más vivo a su alrededor, como si respondiera a cada paso que daba.

Pero Biel no se detuvo.

No podía permitirse el lujo de detenerse.

Pasaron cinco horas de entrenamiento intenso.

Cada paso que daba Biel se volvía más certero, cada movimiento más ágil.

Acalia no mostraba piedad, sus instrucciones eran duras, casi crueles, pero había un propósito tras cada palabra, tras cada corrección.

—Otra vez.

—ordenó Acalia con frialdad mientras Biel intentaba recuperar el aliento.

El sudor le empapaba la frente, resbalando por su piel como ríos ardientes.

Su cuerpo dolía, pero había algo en él que lo impulsaba a seguir.

Quizás era la misma esencia de ese mundo la que se infiltraba en su ser, o tal vez el miedo a no estar preparado.

—Estoy…

listo.

—Jadeó, obligándose a levantarse, aunque sus músculos protestaban.

Acalia asintiendo con una expresión neutra, imposible de leer.

—Ha mejorado.

Pero no lo suficiente.

Este mundo devora a los que no están preparados.

—Su voz era tan afilada como una hoja recién forjada.

El cielo comenzaba a teñirse con los colores cálidos del atardecer, pinceladas de fuego y oro que atravesaban las copas de los árboles.

Finalmente, Acalia se detuvo y exhaló un suspiro, como si hubiera llegado a una conclusión importante.

—Eso es todo por hoy.

—dijo con firmeza.

Biel se dejó caer al suelo con un suspiro de alivio, su pecho subía y bajaba mientras intentaba recuperar el aliento.

Sus brazos temblaban levemente por el esfuerzo, pero sus ojos permanecían fijos en Acalia, llenos de preguntas que exigían respuestas.

—Acalia…

¿Cómo sabías de mí?

¿Cómo sabías mi nombre?

—preguntó, su voz rota por el cansancio, pero cargada de curiosidad.

Acalia lo observó en silencio, sus ojos profundos y distantes como el mar en una noche sin luna.

—Hace tiempo que fui enviado a este lugar.

—respondió con tono solemne—.

Me dijeron que, en algún punto, aparecería un ser de otro mundo.

Tenía que ayudarle a comprender este mundo y prepararlo para lo que vendría.

—¿Enviar…?

¿Entonces tú también…

llegaste a este lugar?

—Biel se incorporó con esfuerzo, el dolor en sus músculos ahora secundario frente a la revelación.

Acalia admitió con lentitud.

-Si.

Pero mi caso fue diferente.

—respondió con frialdad, aunque en su mirada había un brillo que delataba algo más profundo—.

No fui arrastrada aquí como tú.

Fui enviada por voluntad propia.

—Entonces…

¿no eres humana?

—Las palabras escaparon de sus labios antes de que pudiera detenerlas.

—Sí, soy humana.

—respondió Acalia, con una sonrisa que parecía más un reflejo de dolor que de alegría—.

Pero fui aprendido de una diosa.

Biel se quedó en silencio por un momento, como si aquellas palabras hubieran abierto una puerta desconocida en su mente.

—¿Diosa…?

¿Aquí existen los dioses?

—preguntó, con la incredulidad golpeando sus palabras.

-Si.

Y no solo es uno.

Son varios.

—Acalia bajó la mirada, como si mencionarlos implicara un peso que cargaba desde hacía mucho—.

Mi maestra es la diosa de la vida.

Fue ella quien me entrenó, quien me preparó para esto.

—¿La diosa de la vida…?

—Biel repitió con voz baja, saboreando la idea de que algo tan místico pudiera ser real.

Todo esto parecía un sueño, pero sus heridas y su agotamiento le recordaban que no había nada de ilusorio en su situación.

—Así que…

en este mundo los dioses también existen.

—dijo, intentando procesar la información mientras su mente se arremolinaba en pensamientos descontrolados.

-Si.

Existente.

Y sus poderes moldean este mundo de maneras que aún no puedes imaginar.

—La voz de Acalia tenía un matiz de admiración y miedo al mismo tiempo.

—Pero…

¿cómo sabían los dioses que yo iba a llegar a este mundo?

—preguntó Biel, la duda quemándole por dentro como un fuego insaciable.

Acalia negó con la cabeza.

—Eso no lo sé.

—admitió, su voz sonando más humana por primera vez—.

Esos asuntos solo los discuten entre ellos.

Yo solo recibí instrucciones.

Biel se quedó callado, su mirada fija en el suelo mientras un torbellino de pensamientos lo consumía.

Entonces, una idea se aferró a su mente como una espina.

—Bastian…

—susurró, como si solo pronunciar su nombre fuera un desafío.

— ¿Qué dijiste?

—preguntó Acalia, arqueando una ceja.

—Mi amigo…

Bastián.

—respondió Biel, la desesperación emergiendo en su voz como una grieta en un cristal—.

Llegó a este mundo conmigo, pero no estaba a mi lado cuando desperté.

¿Sabes dónde está?

Acalia mantuvo su mirada fija en él, como si estuviera buscando algo en su expresión.

—La verdad es que no tengo idea de dónde está tu amigo.

—admitió, su voz tan fría como siempre—.

Solo tenía información de que una persona aparecería por aquí.

Nadie más.

Biel sintió que algo se rompía dentro de él.

¿Había llegado Bastian también?

¿O había quedado atrapado en algún otro lugar de este mundo cruel y desconocido?

—Entonces…

¿dónde estarás, Bastian?

—murmuró, sus palabras apenas un eco ahogado por la incertidumbre—.

Tú me arrastraste hasta aquí…

y ahora no estás.

¿Dónde estarán los demonios?

—Su voz se quebró en el último susurro.

Acalia lo observó en silencio, sus ojos analizando cada matiz de desesperación que brotaba de Biel.

Pero no dijo nada.

A veces, el silencio podía ser más cruel que cualquier palabra.

La noche comenzaba a caer y con ella, un frío que se aferraba a la piel como garras invisibles.

Biel apretó los puños, su mirada endureciéndose.

—Si él está en este mundo…

lo encontraré.

—dijo finalmente, con una resolución que parecía desafiar incluso al crepúsculo que los envolvía.

Acalia lo miró con un interés renovado.

Quizás, pensó, aún había esperanza para aquel extraño perdido en un mundo hostil.

La noche había caído por completo, un manto oscuro que cubría el bosque como un velo infinito.

El frío se colaba por entre las ramas y la brisa transportaba un aroma terroso y húmedo.

Acalia se apoyó contra un árbol, observando a Biel con una expresión seria pero relajada.

—Mañana te ayudaré a buscar a tu amigo.

—dijo finalmente, rompiendo el silencio—.

Cerca de aquí hay un pequeño pueblo.

Tal vez allí podamos encontrar pistas sobre su paradero, y también averiguar dónde se encuentra la ciudad más cercana.

Los ojos de Biel se iluminaron con un destello de esperanza, como brasas que se avivan con un leve soplo de aire.

—¿De verdad?

—preguntó, su voz cargada de emoción contenida.

Acalia ascendiendo, su semblante manteniéndose firme.

-Si.

Pero debes entender que este mundo es impredecible.

—añadió con frialdad—.

Lo que encontramos en ese pueblo puede no ser lo que buscas.

Sin embargo, es el único camino que tenemos por ahora.

Biel avanzando con firmeza, sintiendo que al menos ahora tenía un propósito claro.

Una dirección que seguir.

—Está bien.

Mañana iremos a ese lugar.

—dijo con voz decidida.

Comenzaron a preparar un pequeño campamento improvisado.

Acalia, siempre práctica, había reunido algunas ramas secas y encendido una fogata con movimientos calculados y eficientes.

El cálido resplandor de las llamas les proporcionaba algo de confort en medio de la oscuridad que los rodeaba.

—Nos turnaremos para hacer vigilancia.

—anunció Acalia, sin siquiera mirarlo, mientras avivaba el fuego con un palo largo.

—Está bien.

—respondió Biel, aunque en su interior la fatiga le suplicaba por descanso.

Acalia se acomodó sobre un lecho improvisado de hojas y musgo, cerrando los ojos con la misma facilidad con la que desconectaba sus emociones.

—Despiértame si algo ocurre.

—dijo con un tono seco antes de entregarse al descanso.

Biel se quedó afuera, sentado junto al fuego que crepitaba como un corazón latiendo.

La luz de las llamas lanzaba sombras danzantes sobre su rostro, y sus pensamientos se arremolinaban como las brasas que se elevaban al cielo.

Miró hacia arriba, hacia un firmamento plagado de estrellas que parecían tan lejanas e indiferentes.

—Hermana…

—murmuró, su voz quebrándose en un susurro frágil—.

Discúlpame, pero no creo que pueda volver a casa como te lo prometí…

No puedo ni siquiera asegurar que sobreviva en este lugar.

Pero…

tengo que encontrar a Bastian.

—Su voz se desvaneció en el viento.

Mientras tanto, en el mundo de donde Biel venía, la madrugada avanzaba con una calma inquietante.

Charlotte se despertó con un sobresalto.

Su cabeza había caído sobre la mesa del comedor, donde había estado esperando a Biel.

La cena se había enfriado, un testigo silencioso de la ausencia de su hermano.

—¿Ya son las dos de la madrugada…?

—se preguntó en voz alta, su voz sonando débil y ronca.

Se levantó de la silla con movimientos pesados, sus ojos aún dormidos, pero su mente despierta por la preocupación.

— ¿Dónde demonios te metiste, Biel…?

—murmuró mientras caminaba hacia el pasillo oscuro de la casa.

Charlotte se detuvo frente a la puerta de la habitación de Biel y la abrió con un movimiento brusco.

—¡Biel!

—llamó, su voz resonando por la casa vacía.

Pero no hubo respuesta.

El silencio era una presencia incómoda, un vacío que parecía devorar cualquier sonido.

Charlotte sintió un escalofrío recorrer su espalda.

—¿No ha llegado…?

—Su corazón comenzó a latir con fuerza, como si intentara advertirle de algo.

Regresó al comedor y sacó su teléfono, marcando el número de Biel con dedos temblorosos.

Cada tono que sonaba sin respuesta era un golpe más a su tranquilidad.

—Por favor, contesta…

—rogó en voz baja.

Pero la llamada fue al buzón de voz.

—¡Maldito idiota!

—exclamó, su frustración estallando como una tormenta contenida—.

¿Dónde demonios estás…?

¡Te las verás conmigo mañana por hacerme preocupar así!

Sus palabras pretendían ser duras, pero el temor se filtraba entre ellas como un veneno imposible de ignorar.

Finalmente, derrotada por la ansiedad, se dirigió a su habitación con pasos lentos y pesados.

Al arrojarse sobre la cama, su mente seguía repitiendo una y otra vez la imagen de su hermano riendo, prometiendo que volvería temprano.

—Regresa pronto, Biel…

—susurró antes de que el agotamiento la venciera.

En el otro mundo, Biel seguía mirando al cielo.

El fuego era su único compañero en la oscuridad, su calor apenas suficiente para mantener alejado el frío.

Sus pensamientos iban y venían, oscilando entre la desesperación y la esperanza.

Finalmente, cerró los ojos y permitió que el cansancio lo arrastrara a un sueño inquieto.

Mañana sería un día crucial.

La búsqueda de Bastian comenzaría al amanecer.

Lo que no sabía era que aquella jornada estaría plagada de secretos, desafíos y revelaciones que pondrían a prueba no solo su habilidad recién adquirida, sino también su propia voluntad de sobrevivir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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