Fragmento de lo Infinito - Capítulo 18
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18: Capítulo 18: El Precio de la Eternidad 18: Capítulo 18: El Precio de la Eternidad Lip fijó su mirada inyectada en sangre sobre Acalia, quien apenas lograba mantenerse en pie, sus pulmones ardiendo por el esfuerzo de recuperar el aliento.
Una sonrisa cruel y distorsionada partió el rostro del vampiro.
—Si no puedo matarlos a todos…
—siseó, apuntando con la masa vibrante de sangre sólida—, entonces romperé sus juguetes.
El aire chilló.
La lanza escarlata salió disparada con una velocidad que desafiaba a la vista, un cometa de muerte destinado al corazón de la hechicera.
Acalia vio el proyectil acercarse.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente, pero sus músculos, agotados por el control mental, se negaron a responder.
El tiempo se estiró en una eternidad de horror silencioso.
Ella sabía que iba a morir.
Pero Biel no pensó.
No calculó.
Su cuerpo se movió impulsado por un instinto más antiguo que cualquier magia.
Se lanzó a la trayectoria, interponiendo su pecho entre la muerte y su compañera.
El sonido fue repugnante.
Un golpe húmedo y seco a la vez.
La lanza de sangre atravesó la armadura, la carne y el hueso, perforando el corazón de Biel y saliendo por su espalda en un estallido carmesí.
La fuerza del impacto lo arrastró hacia atrás, y cayó pesadamente en los brazos de Acalia, quien se desplomó bajo su peso.
Un grito desgarrador, el sonido de un alma rompiéndose, escapó de las gargantas de Xantle y Sarah.
—¡¡BIEL!!
—chilló Acalia, con las manos temblando mientras intentaba inútilmente detener la hemorragia que manchaba su propia ropa.
El silencio que siguió fue absoluto, más pesado que cualquier losa de piedra.
Biel tosió, y un hilo de sangre brotó de sus labios.
Sus ojos, que empezaban a perder el brillo de la vida, buscaron desesperadamente los de ella.
Con un esfuerzo titánico, levantó una mano temblorosa y acarició la mejilla de Acalia, manchándola de rojo.
—Te…
lo dije…
—susurró, con la voz ahogada en líquido—.
Yo…
te protejo.
Su mano perdió fuerza.
Su brazo cayó inerte contra el suelo frío.
Su pecho dejó de moverse.
Acalia se quedó inmóvil, mirando el rostro vacío de quien había dado todo por ella.
Y entonces, sucedió.
No fue un sonido externo.
Fue un crujido interno, como el de un glaciar partiéndose en dos.
El Sello de Elaris, esa barrera divina que había mantenido su corazón congelado y seguro durante años, no pudo contener la magnitud de su dolor.
Se hizo añicos.
—¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH!!
Acalia echó la cabeza hacia atrás y gritó.
No fue un grito de batalla.
Fue el alarido de alguien que siente, por primera vez en años, cada gramo de tristeza, culpa y furia del universo golpeándola al mismo tiempo.
Una onda expansiva de energía pura estalló desde su cuerpo, lanzando escombros y polvo en todas direcciones.
El suelo bajo sus rodillas se agrietó.
Cuando Acalia se puso de pie, ya no era la misma mujer.
Su cabello flotaba como si estuviera bajo el agua, y sus ojos…
sus ojos eran dos supernovas de luz blanca que no proyectaban sombras, sino que las borraban.
Un aura que oscilaba violentamente entre el dorado divino y el negro absoluto la envolvía, una manifestación física de su corazón roto.
—Has ido demasiado lejos, criatura —dijo.
Su voz no era humana; resonaba con una multiplicidad de ecos, una autoridad que hacía vibrar los dientes de quienes la escuchaban.
Lip, el arrogante Rey Vampiro, retrocedió un paso, y por primera vez en siglos, sintió el frío terror de la presa.
—¿Qué…
qué clase de poder es este?
—balbuceó, tambaleándose, intentando reunir las migajas de su magia para defenderse.
Acalia no respondió.
Simplemente alzó una mano abierta hacia él.
El cielo sobre la fortaleza, visible a través del techo destruido, pareció partirse en dos.
Un pilar de luz cayó sobre ella, alimentando su aura hasta volverla cegadora.
—Esta es tu sentencia —declaró Acalia, con una calma aterradora—.
Ríndete y acepta tu final, o serás borrado de la existencia.
Pero Lip, atrapado entre su orgullo eterno y su miedo mortal, soltó una risa amarga y desesperada, la risa de un rey que se niega a ver que su reino ha caído.
—¡Nunca!
—bramó Lip, con la espuma de la locura manchando sus labios—.
¡Soy eterno!
¡La muerte es para el ganado, no para los dioses!
Con un grito de furia ciega, el Rey Vampiro cargó hacia ella.
Su espada de sangre, vibrando con inestabilidad, buscaba partir en dos a la mujer que osaba juzgarlo.
Pero Acalia no se movió.
Ni siquiera parpadeó.
Cuando la hoja carmesí estuvo a centímetros de su rostro, ella simplemente pronunció una palabra que no sonó a voz, sino a sentencia: —Desaparece.
No hubo necesidad de nombrar una habilidad.
Acalia cerró el puño y el espacio alrededor de Lip colapsó.
Su aura, esa mezcla imposible de luz dorada y oscuridad abismal, envolvió al vampiro como una mortaja viviente.
Las energías opuestas no luchaban entre sí; convergían en él, anulando su existencia átomo por átomo.
—¡No…!
¡NO!
—chilló Lip, pero su voz se quebró cuando vio que su mano, la que sostenía la espada, comenzaba a convertirse en polvo estelar y sombras.
—Tu eternidad termina aquí —susurró Acalia, sin piedad, arrancándole su fuerza vital y dispersándola en el vacío.
El Rey Vampiro intentó resistirse, aferrándose a su magia de sangre, pero fue como intentar detener un maremoto con las manos.
Su voluntad fue triturada.
Con un último alarido que se desvaneció en un gorgoteo de horror, su forma física se desmoronó.
No quedó cuerpo, ni cenizas, ni espíritu.
Lip fue borrado de la historia, disolviéndose en la nada.
El silencio cayó sobre la sala del trono en ruinas como un martillo.
Acalia exhaló, y su aura divina se apagó de golpe, dejándola caer de rodillas, agotada, mortal de nuevo.
Xantle y Sarah corrieron hacia ella, con los rostros manchados de hollín y lágrimas.
—Lo…
lo lograste —jadeó Xantle, colocando una mano temblorosa sobre el hombro de su amiga, sonriendo entre sollozos—.
Se acabó, Acalia.
Ganamos.
Pero Acalia no respondió.
No miró a Xantle.
No miró a Easton ni a Muskar, quien observaba sus propias manos, libre por fin.
Su mirada estaba clavada en el bulto inmóvil que yacía a unos metros, sobre un charco de sangre que ya empezaba a secarse.
Acalia se arrastró por el suelo.
No tenía fuerzas para caminar, así que se arrastró sobre las piedras afiladas hasta llegar a él.
—¿Biel?
—llamó, con voz pequeña, infantil.
Sarah se adelantó, arrodillándose junto al cuerpo.
Colocó dos dedos sobre el cuello de Biel, buscando desesperadamente un ritmo, un latido, cualquier cosa.
Mantuvo los dedos allí unos segundos eternos.
Luego, los retiró lentamente, negando con la cabeza, con el rostro torcido en una mueca de dolor puro.
—No hay nada…
—murmuró Sarah, y su voz se rompió—.
Se ha ido.
—No…
—Acalia tomó la mano de Biel entre las suyas.
Estaba fría.
Terriblemente fría—.
No, no, no.
El cielo sobre la fortaleza, que había empezado a clarear tras la muerte del vampiro, pareció oscurecerse de nuevo, como si el mundo mismo estuviera de luto.
Empezó a llover, una lluvia fina y helada que se mezclaba con la sangre en el suelo.
Acalia apretó la mano inerte contra su mejilla, manchándose la cara con la sangre de él.
El dolor del Sello roto era agonizante, pero el dolor de la pérdida era mil veces peor.
Sentía demasiado.
Lo sentía todo.
Y era insoportable.
—Mentiroso…
—sollozó, y las lágrimas limpiaron la suciedad de su rostro—.
Dijiste que me protegerías…
Dijiste que estarías ahí…
Xantle se cubrió la boca para ahogar un grito de llanto.
Easton bajó la mirada, incapaz de ver al héroe caído.
Muskar, el príncipe liberado, se arrodilló en señal de respeto silencioso.
—¿Cómo te atreves a dejarme sola ahora?
—gritó Acalia al cuerpo vacío, sacudiéndolo levemente, como si esperara despertarlo—.
Justo ahora que puedo sentirte…
te vas.
Nadie se atrevió a consolarla.
No había palabras para eso.
El grupo permaneció inmóvil bajo la lluvia, rodeando el sacrificio de Biel.
La energía oscura que él había usado para protegerlos aún flotaba en el ambiente, pero ya no se sentía cálida.
Se sentía como un fantasma.
Como un recordatorio cruel de que la victoria había costado el precio más alto posible.
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