Fragmento de lo Infinito - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 Capítulo 19 El Jardín de Cristal
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19: Capítulo 19: El Jardín de Cristal 19: Capítulo 19: El Jardín de Cristal El campo de batalla había quedado sumido en un silencio sepulcral, roto únicamente por el crepitar moribundo de las llamas que consumían los restos del trono de obsidiana.
La victoria, técnica y absoluta, tenía un sabor a ceniza en la boca de los supervivientes.
El costo había sido el más alto posible: la vida de Biel.
Acalia no se había movido.
De rodillas sobre la piedra fría y ensangrentada, sostenía la mano inerte del chico que se había interpuesto entre ella y la muerte.
El Sello de Elaris, esa construcción divina que había mantenido su corazón en un invierno eterno, no solo se había roto; había estallado.
Y ahora, años de emociones reprimidas —tristeza, miedo, amor, culpa— la golpeaban todas a la vez con la fuerza de un maremoto.
Apretó la mano de Biel hasta que sus propios nudillos se pusieron blancos, buscando desesperadamente un pulso, un calor, algo que ya no estaba allí.
—¡No!
—el grito se le desgarró en la garganta, crudo y animal—.
Esto no es justo…
Tú no tenías que ser tú.
¡Dijiste que me protegerías viviendo, no muriendo!
Xantle se dejó caer a su lado, con el rostro sucio de hollín y bañado en lágrimas silenciosas.
Había perdido a su amigo, a su líder, al chico torpe que le había sonreído en la aldea.
Quiso decir algo, ofrecer alguna palabra de consuelo, pero el lenguaje humano le parecía inútil ante tal vacío.
Finalmente, solo pudo colocar una mano temblorosa sobre el hombro de Acalia, compartiendo el peso del mundo en silencio.
Unos pasos más atrás, el Caballero Oscuro permanecía inmóvil como una estatua abandonada.
Su armadura negra, antes símbolo de terror para sus enemigos, ahora parecía una jaula.
Su postura, siempre erguida y desafiante, se había derrumbado.
—Mi propósito era ser su escudo —murmuró con una voz cavernosa, llena de una angustia que no parecía caber en un cuerpo hecho de sombras—.
Debí ser yo quien recibiera ese acero maldito.
He fallado en la única tarea que importaba.
Easton golpeó una pared cercana con el puño, ignorando el dolor en sus nudillos.
La frustración y la impotencia ardían en su pecho más que el fuego de la batalla.
—Siempre encontrabas una salida, Biel…
—susurró, con la mandíbula apretada para no romper a llorar—.
Siempre tenías un plan estúpido que funcionaba.
¿Por qué esta vez tuviste que ser un héroe?
Incluso Sarah, cuya conexión con él había sido breve, sentía el vacío en el aire.
Se abrazó a sí misma, sintiendo el frío de la muerte rozando su piel.
—Era alguien especial —dijo en voz baja—.
Su luz…
era distinta.
No merecía apagarse aquí.
El grupo permanecía allí, un círculo de dolor bajo la lluvia que comenzaba a caer, eclipsando cualquier alegría por la derrota de Lip.
Sin embargo, lo que ellos veían como un final, el universo lo estaba procesando de otra manera.
Lejos del barro y la sangre, en el Umbral Divino, la atmósfera no era de luto, sino de conmoción cósmica.
Los dioses, sentados en sus tronos de nebulosa, miraban el estanque de visión con incredulidad.
La muerte de Biel había enviado una onda de choque a través del tejido de la realidad.
Solaryon, el Dios de la Luz, rompió el silencio.
Su voz resonó como un trueno distante, grave y preocupada.
—La llama de los mortales es efímera, sí.
Pero esa chispa en particular…
brillaba con la intensidad de una estrella naciente.
Que se haya extinguido tan pronto desafía el orden natural de las cosas.
Chronasis, el Dios del Tiempo, manipulaba hilos de luz dorada entre sus dedos esqueléticos, su mirada perdida en el infinito.
—He observado millones de futuros posibles —dijo con solemnidad—.
En la mayoría, Biel sobrevivía a costa de uno de sus compañeros.
En otros, huía.
Pero esta línea temporal…
esta donde él se sacrifica tan prematuramente, es una anomalía.
Es una tragedia que no estaba escrita en las estrellas.
Nyxaris, el Dios de las Sombras, entrecerró sus ojos oscuros.
—Tal vez no estaba escrita por nosotros, pero fue escrita por su voluntad.
Subestimamos la capacidad de sacrificio de los humanos.
Y ahora, el tablero ha quedado sin su pieza más importante.
Elaris, la Diosa de la Vida, se inclinó hacia adelante.
Aunque su rostro mostraba dolor por el sufrimiento de su aprendiz Acalia, sus ojos brillaban con algo más.
—Es una pérdida desgarradora, hermanos.
Pero observad bien el tejido.
—Señaló el estanque, donde una débil luminiscencia aún rodeaba el cuerpo caído—.
La chispa de su existencia no se ha disuelto en el vacío.
Lo siento en la resonancia del alma.
Su canción ha terminado en el mundo físico, pero el eco…
el eco aún persiste.
Mientras los dioses debatían, atrapados en su inacción por las leyes antiguas, alguien más observaba desde una posición privilegiada.
Kaito, el Tercer Rifilser, permanecía en la colina, con los brazos cruzados y el rostro impasible.
No había sorpresa en sus ojos, pero sí una sombra de cálculo severo.
—El recipiente se ha roto —murmuró para sí mismo, su voz fría como el viento estelar—.
La prueba fue demasiado brutal.
Calculé que su voluntad despertaría su poder latente para salvarse, pero en su lugar, usó su cuerpo como escudo.
Kaito no sentía culpa humana; sentía la responsabilidad del Arquitecto cuyo diseño ha fallado.
Sabía que dejar morir a Biel allí significaría el colapso de todo el sistema del Infinito.
—Su sacrificio es noble, pero ineficiente para mis propósitos —sentenció, descruzando los brazos—.
Si el alma persiste, entonces el juego no ha terminado.
Simplemente hemos cambiado de tablero.
Su figura comenzó a distorsionarse, la realidad plegándose a su alrededor.
—Ya no puedo ser un observador.
Es hora de intervenir directamente.
En un parpadeo, Kaito desapareció de la colina, dejando atrás el plano de la observación para descender al caos de la materia.
De regreso en las ruinas del palacio del rey vampiro, el silencio pesaba más que la piedra.
La atmósfera estaba cargada de una desolación tan densa que dificultaba la respiración.
Acalia, con los ojos rojos e hinchados, permanecía arrodillada junto al cuerpo inerte de Biel.
Sus manos temblaban mientras recorrían las heridas abiertas en el pecho del joven, testimonios sangrientos de la ferocidad de la batalla.
—No puedo dejar que lo recuerden así…
—murmuró, con la voz rota en mil pedazos—.
Se interpuso para salvarme.
No dejaré que la muerte lo desfigure.
Acalia alzó las manos y una luz suave, melancólica y sanadora, fluyó de sus dedos.
No era la luz furiosa de la batalla, sino un resplandor tierno.
Poco a poco, la carne desgarrada de Biel comenzó a unirse, la piel recobraba su integridad y la sangre desaparecía, devolviéndole la apariencia de alguien que simplemente duerme un sueño profundo.
Xantle, quien había respetado el espacio de su amiga, dio un paso al frente.
Sus ojos reflejaban una mezcla de dolor y reverencia.
—Nunca imaginé ver llorar a la mujer de hielo —dijo Xantle, con un tono casi inaudible—.
Siempre parecías intocable, Acalia.
Pero ahora entiendo…
su vínculo contigo era lo único que te mantenía atada a tu propia humanidad.
Acalia no respondió.
Sus manos seguían trabajando con una precisión divina, guiadas por una negación obstinada a soltarlo.
Desde un rincón oscuro, Easton golpeó la pared con el puño.
Para él, Biel no había sido solo un líder; era el hermano que el destino le había dado.
—Esto no puede terminar así —gruñó Easton, rompiendo el silencio con rabia—.
Biel nos unió a todos, nos dio un maldito propósito.
¡Me niego a aceptar que su historia termine en este suelo sucio!
Sarah, abrazada a su propia lanza, sentía el peso de la pérdida como una losa.
Aunque lo conocía poco, la luz de Biel la había marcado.
La atmósfera se volvió irrespirable, una mezcla de duelo y desesperanza.
Fue entonces cuando la realidad cambió.
No hubo un aviso.
El aire en el salón se volvió repentinamente pesado, cargado de estática y olor a ozono.
Una luz no solar, sino estelar, fría y absoluta, estalló en el centro de la habitación, obligando a todos a cubrirse los ojos ante tal magnitud de poder.
Cuando el resplandor se disipó, una figura alta y majestuosa permanecía allí.
Su capa parecía tejida con el vacío del espacio y su presencia distorsionaba ligeramente la luz a su alrededor.
No pidió permiso.
No saludó.
Simplemente existía con una autoridad que aplastaba cualquier duda.
—La mortalidad es un diseño frágil —dijo la figura, y su voz no resonó en los oídos del grupo, sino directamente en sus mentes—.
He venido a corregir una desviación en el tejido.
El grupo se quedó petrificado.
El instinto de supervivencia les gritaba que estaban ante un ser superior a cualquier rey vampiro o demonio.
Acalia, protegiendo el cuerpo de Biel por instinto, alzó la vista hacia el recién llegado con una mezcla de terror y desafío.
—¿Quién eres?
—preguntó, con voz temblorosa pero firme—.
¿Vienes a llevarte su cuerpo?
La figura dio un paso adelante.
Sus ojos eran pozos de sabiduría antigua.
—Soy Kaito.
Soy el Tercer Rifilser, uno de los Arquitectos que sostienen la realidad.
Y no he venido por su cuerpo, niña.
He venido por lo que queda de su potencial.
Kaito avanzó hasta el cadáver restaurado.
No había lástima en su mirada, solo determinación.
—Su sacrificio fue noble, pero prematuro —declaró Kaito, ignorando el asombro de los presentes—.
El alma de Biel no ha cruzado completamente el Umbral.
Puedo sentir su esencia, terca y fuerte, atrapada en la grieta entre este mundo y el Infinito.
Hay una posibilidad de traerlo de vuelta.
Acalia se puso de pie de un salto, aferrándose a esa palabra como un náufrago a una tabla.
—¿Posibilidad?
—suplicó, con la esperanza encendiéndose violentamente en su pecho—.
¿De qué estás hablando?
Haré lo que sea.
Kaito levantó su mano derecha, y una esfera de energía compleja, llena de hilos dorados y plateados, giró en su palma.
—No será fácil.
Requerirá su fe como ancla y mi poder como puente.
Pero la verdadera prueba…
la verdadera prueba la está enfrentando él ahora mismo.
En el plano espiritual, la consciencia de Biel se encendió de golpe.
Despertó en un lugar que desafiaba la lógica.
No había cielo, solo una vastedad de nebulosas púrpuras y plateadas.
No estaba en un infierno de fuego, ni en un paraíso terrenal.
Se encontraba en un Jardín de Cristal.
El suelo era de un vidrio oscuro que reflejaba las estrellas, y a su alrededor crecían flores traslúcidas de colores imposibles que emitían un zumbido suave, como ecos de conversaciones olvidadas.
Árboles de plata líquida extendían sus ramas hacia el infinito.
Este era el Jardín del Juicio, el horizonte de sucesos del alma.
Una figura apareció frente a él.
No tenía rostro definido; era una silueta hecha de luz cálida y reconfortante, un Guardián del tránsito.
—Biel —dijo la figura.
Su voz sonaba como todas las voces que Biel había amado alguna vez, superpuestas—.
Has llegado al Jardín.
Aquí es donde el camino se bifurca.
Biel miró sus propias manos.
Eran semitransparentes.
El recuerdo del dolor en su pecho al ser atravesado por la lanza aún fantasmagoreaba en su mente.
—¿Estoy muerto?
—preguntó, y su voz no movió el aire, sino el pensamiento.
El Guardián asintió lentamente.
—Tu cuerpo ha caído en el mundo material.
Tu hilo se ha cortado.
Este es el lugar donde se pesan no los pecados, sino los propósitos.
La memoria golpeó a Biel como un mazo: Acalia gritando, la sangre, la sonrisa de Lip, sus amigos.
—¡Los demás!
—exclamó, dando un paso hacia el Guardián—.
¿Qué pasó con ellos?
¿Están a salvo?
¿Lip los mató?
La figura extendió una mano de luz, y el aire frente a ellos se abrió como una ventana.
Biel vio, como en un sueño distante, a Acalia llorando sobre su cuerpo, a Kaito de pie con su aura imponente, y a sus amigos vivos.
—Tus compañeros sobrevivieron gracias a tu sacrificio —dijo el Guardián—.
Pero una sombra mayor se cierne sobre ellos.
Tu muerte los ha salvado hoy, pero los ha dejado vulnerables para mañana.
Biel apretó los puños.
La sensación de impotencia era peor que la muerte.
—No puedo dejarlos solos.
No aún.
Prometí protegerla…
prometí protegerlos a todos.
El Guardián ladeó la cabeza, evaluándolo.
—La muerte es un estado natural, Biel.
Regresar es una aberración.
Sin embargo…
tu historia tiene páginas en blanco que no deberían estar ahí.
—La figura brilló con más intensidad—.
Existe una posibilidad de retorno.
Pero no es un regalo.
Es una conquista.
—Haré lo que sea necesario —interrumpió Biel, con una determinación que hizo vibrar las flores de cristal a su alrededor—.
Si hay una forma de volver, la tomaré.
Aunque tenga que romper este jardín para salir.
El Guardián pareció sonreír, aunque no tenía boca.
—Esa es la respuesta correcta.
Prepárate, Biel.
Tu juicio no será un tribunal…
será una prueba de voluntad.
Solo aquellos que desean vivir más de lo que temen sufrir pueden salir del Jardín.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Yorlin_Napa ¡FINAL DEL ARCO 1!
Con este capítulo cerramos oficialmente el primer arco de Fragmento de lo Infinito.
Ha sido un viaje intenso, pero esto apenas es el prólogo de lo que Biel está por enfrentar.
Prepárense, porque mañana mismo iniciamos el Arco 2: Renacer Espiritual.
Si creen que han visto todo el potencial de esta historia, no tienen idea de lo que se viene.
El poder, los misterios y la evolución de Biel alcanzarán un nivel totalmente nuevo.
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¡Nos leemos mañana en el inicio del nuevo arco!
¿Qué esperan ver en el “Renacer Espiritual”?
Los leo en los comentarios.
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