Fragmento de lo Infinito - Capítulo 27
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27: Capítulo 27: Bajo Sospecha 27: Capítulo 27: Bajo Sospecha En el campo de batalla, todo rastro de orden había desaparecido bajo la destrucción.
Los restos de la confrontación yacían esparcidos como un testimonio mudo de la brutalidad del enfrentamiento.
Biel, Charlotte y Raizel se encontraban juntos, tratando de recobrar el aliento y asimilar los eventos recientes.
La atmósfera era densa, impregnada de cenizas flotantes y el eco de gritos que el viento se había llevado hacía mucho.
Biel, con un semblante decidido a pesar del agotamiento, rompió el silencio.
Necesitaba que Raizel comprendiera su situación por completo antes de continuar.
—Raizel, necesito contarte algo importante —dijo, tomando una pausa para mirar a Charlotte, quien asintió en silencio—.
Yo no pertenezco a este mundo.
En realidad, provengo de otro lugar.
Raizel ladeó la cabeza, intrigada por la confesión.
Sus alas de un blanco puro brillaban ligeramente, reflejando la escasa luz que lograba atravesar las nubes de humo.
—¿Otro lugar?
—preguntó ella suavemente—.
Continúa, estoy escuchando.
—Hace tiempo, mi amigo y yo entramos en una tienda misteriosa para ver qué había; era un lugar lleno de cosas antiguas.
Allí se encontraba un anciano que nos advirtió que no tocáramos nada, pero no le hicimos caso.
Fue entonces cuando encontramos un artefacto extraño, un cristal.
Era un objeto rodeado de misterio, y cuando lo tocamos, una luz cegadora lo cambió todo.
Nos trasladó hasta este mundo, separándonos en el proceso.
Desde entonces, nada ha sido igual.
Yo…
estoy muerto en mi plano original, pero sigo buscando la forma de regresar.
Raizel lo miró fijamente, su expresión oscilando entre la comprensión y el asombro.
—Así que fueron transportados aquí mediante un fragmento…
Eso explica muchas cosas.
Pensé que eras un ciudadano de este mundo, pero este lugar no es seguro para los humanos, Biel.
De hecho, es un milagro que hayas sobrevivido tanto tiempo.
Biel asintió.
Había escuchado advertencias similares antes, pero solo ahora, bajo la mirada de Raizel, el peligro parecía volverse tangible.
—Mi mentor, Monsfil, me contó muchas cosas —continuó Biel—.
Me explicó por qué la Diosa Yael prohibió la entrada de humanos a este lugar.
Es un mundo lleno de peligros, no solo por los demonios, sino también por los seres que aquí habitan.
Raizel bajó la mirada, considerando sus próximas palabras con cuidado.
Finalmente, volvió a alzar la vista con una chispa de resolución en sus ojos.
—La Diosa Yael odia profundamente a los demonios, y esa aversión se ha extendido a los humanos también.
Pero si lo que dices es cierto, si estás dispuesto a enfrentarla, entonces yo te ayudaré.
Aunque no puedo prometer cómo terminará esto, haré lo que esté en mis manos para llevarte hasta ella.
—Gracias, Raizel —dijo Biel con gratitud—.
Tu ayuda significa mucho para nosotros.
Raizel hizo un ademán para que guardaran silencio, su expresión se volvió grave de repente.
—Pero antes de que avancemos, hay algo que deben hacer.
Sus apariencias actuales llaman demasiado la atención.
Si la Diosa Yael ya sabe que están aquí, puede que sus subordinados más poderosos ya estén buscándolos.
Y entre ellos, está Maelista.
El nombre resonó en el aire como un presagio oscuro.
Charlotte frunció el ceño y cruzó los brazos, tratando de ocultar su creciente tensión.
—¿Maelista?
¿Quién es él?
—preguntó con un tono inquieto.
—Maelista —repitió Raizel—.
Es uno de los seres más temidos que sirven a Yael.
Su lealtad es incuestionable y su poder…
es devastador.
Si él los encuentra antes de que lleguemos a la Diosa, no tendrán ninguna posibilidad.
El silencio se cernió sobre el grupo mientras procesaban la advertencia.
El mensaje era claro: el tiempo apremiaba y el peligro acechaba en cada sombra.
Finalmente, Biel rompió el silencio con una chispa de determinación en su voz.
—Entonces, cambiemos.
Y sigamos adelante.
Raizel cerró los ojos y extendió las manos, dejando que una energía luminosa emanara de su cuerpo.
Biel y Charlotte se miraron con curiosidad mientras un brillo dorado los envolvía.
La sensación era extraña, cálida pero tranquilizadora, como si los tocara un poder que no pertenecía a este mundo.
Cuando la luz finalmente se disipó, ambos notaron los cambios.
Charlotte miró sus manos y luego a Biel, quien también examinaba su reflejo en una superficie brillante cercana.
—Perfecto —dijo Raizel, observándolos con aprobación—.
Así nadie sospechará de ustedes.
Este disfraz debería ser suficiente para que pasen desapercibidos.
Biel tocó su rostro, notando que sus rasgos habían cambiado ligeramente.
Su cabello ahora tenía un tono más oscuro, y sus ojos brillaban con un matiz que no había visto antes.
Charlotte también se veía diferente, con un aura más etérea que le daba un aspecto casi místico.
—Es increíble…
—murmuró Charlotte, admirando los cambios.
Raizel sonrió y asintió.
—Ahora debemos ir hacia la ciudad de Retel.
Es un lugar donde muchas razas conviven, y es espectacular.
Pero no podemos bajar la guardia.
En el centro de esa ciudad hay un portal que los llevará directamente a la ciudad donde se encuentra la Diosa Yael.
—¿Está muy lejos?
—preguntó Biel, ajustando su equipo.
—No demasiado, pero el camino tiene sus riesgos.
Manténganse cerca de mí y eviten atraer atención innecesaria —respondía Raizel, desplegando sus alas brevemente antes de volverlas a ocultar.
Con esas palabras, el grupo emprendió su marcha.
La senda estaba llena de paisajes cambiantes, desde bosques densos hasta colinas suaves que parecían ondular bajo el cielo.
A medida que avanzaban, el ambiente se tornaba menos hostil.
Pronto, una estructura imponente apareció en el horizonte: las murallas de la ciudad de Retel.
—Ahí está —dijo Raizel, con una nota de orgullo en su voz—.
Bienvenidos a Retel, la ciudad donde las diferencias se encuentran y conviven.
Biel y Charlotte se quedaron sin aliento al contemplar el lugar.
Las puertas de la ciudad eran inmensas, decoradas con grabados que representaban distintas razas y eventos históricos.
Dentro, las calles estaban llenas de vida: mercaderes ofreciendo bienes exóticos, habitantes de todas las formas y tamaños caminando lado a lado, y una energía vibrante que hacía que la ciudad pareciera un ser vivo en sí misma.
—Éste es un lugar como ningún otro —dijo Raizel, conduciendo al grupo hacia el corazón de la ciudad—.
Pero no se dejen engañar por su belleza.
Incluso aquí, el peligro puede acechar en las sombras.
Biel y Charlotte intercambiaron una mirada antes de seguir a Raizel, sabiendo que lo más desafiante aún estaba por venir.
Al cruzar las imponentes puertas de la ciudad de Retel, el grupo se encontró con un caos inesperado.
Las calles, que habían sido vibrantes y llenas de vida desde la distancia, ahora estaban sumidas en el miedo y la confusión.
Personas de diferentes razas corrían en todas direcciones, cerrando puertas y ventanas con prisa.
Una tensión palpable llenaba el aire.
—¿Qué está ocurriendo aquí?
—preguntó Charlotte, mirando a su alrededor con el ceño fruncido.
Raizel alzó la vista y pronto encontró la respuesta.
Guardias uniformados con el emblema de la Diosa Yael patrullaban las calles, revisando casa por casa.
Algunos ciudadanos observaban desde las sombras, mientras otros trataban de mantenerse fuera de la vista.
En las paredes de las casas y en los postes de las calles había panfletos con rostros familiares.
Biel y Charlotte se acercaron a uno de ellos, y el color se les escapó del rostro al leer el mensaje: “Se buscan.
Ejecución inmediata por orden directa de la Diosa Yael.” Los carteles mostraban dibujos detallados de Biel y Charlotte, sus nombres claramente visibles.
Era una sentencia de muerte pública.
—Esto no puede estar pasando —murmuró Biel, retrocediendo mientras su corazón comenzaba a acelerarse.
Charlotte miró a Raizel con ojos llenos de preocupación.
—¿Qué hacemos?
Nos están buscando en todos lados —susurró Charlotte con angustia—.
No podremos movernos sin que nos reconozcan.
Raizel, aunque visiblemente afectada, intentó mantener la calma.
Observó a los guardias y luego miró los carteles nuevamente, frunciendo el ceño.
Había algo en la situación que no encajaba con la realidad que ella conocía.
—Esto no tiene sentido —dijo, más para sí misma que para los demás.
—¿Qué quieres decir?
—preguntó Biel, tratando de mantener la compostura a pesar de la presión.
Raizel se giró hacia él con una expresión grave.
—La Diosa Yael odia a los humanos, eso es cierto, pero ella siempre ha prometido que cualquier intruso sería juzgado antes de recibir su sentencia.
Estas órdenes de ejecución inmediata…
no encajan con su forma de actuar.
Charlotte ladeó la cabeza, intentando comprender la contradicción.
—Entonces, ¿qué está pasando aquí?
¿Crees que alguien está actuando en su nombre?
Raizel se llevó una mano al mentón, reflexionando profundamente.
—Es posible.
Algo anda mal y debemos averiguar qué.
Pero antes de eso, tenemos que salir de la vista de los guardias.
Si nos encuentran ahora, no tendremos la oportunidad de llegar al portal.
Biel asintió, aunque su mente seguía atrapada en las palabras del cartel: “Ejecución inmediata”.
Era un recordatorio de lo precaria que era su situación y de cómo cada paso en falso podía ser el último.
Raizel los guió hacia un callejón oscuro, alejándolos de la avenida principal.
Se movían rápido, con los ojos siempre alerta a cualquier movimiento sospechoso.
A cada paso, Biel sentía que el peso de la situación se volvía más insoportable.
—No podemos quedarnos aquí mucho tiempo —susurró Raizel—.
Necesitamos llegar al centro de la ciudad sin llamar la atención.
Hay que encontrar una forma de avanzar entre las sombras.
—Entonces lidera el camino —respondió Charlotte con determinación—.
No pienso quedarme aquí esperando a que nos encuentren.
Con los panfletos ondeando al viento como una amenaza constante y los guardias cada vez más cerca, el grupo sabía que cada segundo contaba.
La carrera hacia el portal había comenzado.
Mientras Biel, Charlotte y Raizel discutían un plan para llegar a la plaza central donde el portal los esperaba, un ruido entre las sombras los puso en guardia.
Desde la oscuridad del callejón, una figura encapuchada apareció de repente.
—Vengan conmigo —dijo el desconocido con voz tranquila pero firme—.
Yo los llevaré hacia la plaza.
Raizel dio un paso adelante, protegiendo al grupo con sus alas semidesplegadas.
—¿Quién eres y por qué querrías ayudarnos?
—preguntó con evidente suspicacia.
El encapuchado levantó las manos en señal de paz y lentamente se quitó la capucha.
Su rostro reveló una mezcla de rasgos delicados y fuertes: cabello verde y orejas ligeramente puntiagudas.
Su sola presencia irradiaba una calma inusual.
—Permítanme presentarme.
Mi nombre es Ryder.
Soy un semi espíritu; mi madre es un espíritu y mi padre, un elfo.
Biel lo miró con desconfianza, pero antes de que pudiera hablar, Ryder continuó: —Quiero salir de este lugar.
Mi sueño es vivir en el mundo humano.
Mi padre me habló de ese mundo y de sus maravillas; desde entonces, he deseado conocerlo.
Supe de ustedes gracias a mi habilidad única para leer mentes.
Sé que están buscando a la Diosa Yael y quiero ayudarlos.
Ryder se inclinó en una reverencia, mostrando una sinceridad profunda.
—Biel, permíteme ayudarte a llegar a la Diosa.
Y si es posible, acompáñame cuando vuelvas a tu mundo.
Biel observó al joven, su mente llena de dudas.
¿Podía confiar en alguien que apenas conocía y que además podía leer sus pensamientos?
Antes de que pudiera responder, Charlotte intervino con seguridad.
—Está bien.
Dice la verdad.
Biel giró hacia ella, confundido por su rapidez para confiar.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
Charlotte sonrió ligeramente, señalando su propia percepción.
—Puedo ver las auras de las personas.
La de él me dice que no tiene malas intenciones.
Biel asintió despacio, todavía algo indeciso.
Finalmente, extendió su mano hacia Ryder en señal de tregua.
—De acuerdo.
Ven con nosotros.
Ryder sonrió con gratitud y estrechó la mano de Biel.
—Entonces vamos.
No tenemos tiempo que perder.
El grupo, ahora con Ryder entre ellos, se preparó para avanzar hacia la plaza central.
Con los guardias recorriendo cada rincón de la ciudad y los panfletos de búsqueda todavía visibles en cada esquina, sabían que su camino sería todo menos fácil.
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