Fragmento de lo Infinito - Capítulo 29
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- Capítulo 29 - 29 Capítulo 29 La Corona en Sombras
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29: Capítulo 29: La Corona en Sombras 29: Capítulo 29: La Corona en Sombras El eco de las palabras de Ryder aún resonaba en la mente de Biel mientras el grupo avanzaba por las calles desiertas de la ciudad.
El plan estaba claro: debían atravesar Retel utilizando los conductos subterráneos, una red de pasadizos olvidados que se extendía como una telaraña bajo el caos de la superficie.
Era la única forma segura de llegar a la plaza central sin ser detectados por los guardias que patrullaban en nombre de la reina Yael.
—Perfecto, iremos por ahí —había sentenciado Biel con determinación, sellando el destino del grupo.
A medida que se acercaban a la entrada de los conductos, la tensión se volvió casi asfixiante.
Raizel, que había permanecido en un silencio sepulcral, apretaba los puños con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos.
Sus ojos, normalmente serenos y profundos, reflejaban ahora una tormenta de resolución y miedo.
Nadie se atrevió a decir nada, pero todos sintieron el peso de su angustia.
Justo cuando estaban a punto de alcanzar el acceso subterráneo, el eco de pasos apresurados y el resplandor de antorchas los detuvieron en seco.
Un escuadrón de guardias apareció bloqueando el camino, con las armas desenvainadas y el rostro endurecido por la autoridad.
El líder del grupo avanzó y gritó con voz atronadora: —¡Deténganse!
Están bajo arresto por traición a la corona.
El grupo intercambió miradas rápidas, tensando los músculos para la pelea.
Sin embargo, antes de que alguien pudiera atacar, una figura imponente emergió de entre los soldados.
Su armadura negra absorbía la luz de las antorchas y su porte era el de un depredador acechando a su presa.
Era Rizeler, el segundo Guardián, cuya sola presencia emanaba una presión que hacía palidecer a los soldados comunes.
Sus ojos se clavaron en Raizel, y por un breve instante, una expresión de pura incredulidad cruzó su rostro.
—Hermana…
—murmuró Rizeler, con una voz cargada de reproche—.
¿Cómo es posible que tú seas una traidora?
Raizel retrocedió un paso, como si las palabras de su hermano fueran un golpe físico.
Su rostro se tornó pálido y sus labios temblaron al intentar articular una respuesta.
—No…
yo no he traicionado a nadie —logró decir, pero su voz carecía de su fuerza habitual.
Rizeler frunció el ceño, avanzando con paso pesado hacia ella.
—Estás conspirando con el humano que asesinó a sangre fría a Remus —dijo, señalando a Biel con un desprecio evidente—.
Eso es imperdonable y va en contra de nuestra reina Yael.
Eso es traición, hermana, y bien sabes cuál es el castigo.
Biel dio un paso al frente, interponiéndose entre los hermanos y colocando una mano protectora ante Raizel.
Su mirada se encontró con la de Rizeler en un choque de voluntades.
—No somos traidores —afirmó Biel con firmeza—.
Estamos luchando por algo mucho más grande que la obediencia ciega.
Rizeler soltó una carcajada gélida mientras desenfundaba su espada.
—No me vengas con discursos, humano.
Acabaste con la vida de Remus, uno de los cuatro guardianes de este plano, ¿y te atreves a decir que no eres un traidor?
Además, llevas dentro la esencia de lo que nuestra señora Yael más odia en este mundo.
No permitiré que sigas respirando.
¡Serán ejecutados aquí mismo!
¡Guardias, ataquen!
Los soldados avanzaron con determinación.
Raizel, aunque todavía afectada, se irguió con una nueva fuerza mientras Biel y los demás formaban una línea de defensa.
Las sombras de los conductos parecían esperar para envolverlos, pero la luz estaba a punto de estallar.
Raizel desplegó sus alas de ángel y una claridad deslumbrante iluminó el callejón.
Una espada de luz se manifestó en su mano, llenando el aire con una energía divina y pura.
Su figura se erguía ahora majestuosa, con los ojos brillando con una determinación inquebrantable.
Sin mirar atrás, se dirigió a Biel: —Biel, sigue adelante.
Yo me encargaré de mi hermano.
Rizeler soltó una carcajada burlona, confiado en su superioridad.
—¡Jajaja!
Hermana, ¿de verdad crees que puedes detenerme?
Ni en sueños podrías vencerme.
Raizel lo miró sin titubear, con una expresión donde la tristeza se mezclaba con el deber.
—Eso lo veremos, Rizeler.
Si debo enfrentarte para protegerlos, lo haré sin dudar.
—Está bien, como quieras, hermana.
De todos modos, hoy caerás tú…
y todos los que se atrevan a seguirte.
Biel, que se alejaba lentamente hacia la entrada de los conductos, volvió la vista hacia Raizel una última vez y gritó con todas sus fuerzas: —¡Raizel, no mueras!
Al escuchar ese grito cargado de preocupación, Raizel sintió que un ligero rubor subía a sus mejillas.
Apartó la mirada con rapidez, murmurando para sí misma: —Idiota…
Rizeler, al notar que Biel ganaba distancia, alzó su espada oscura y dio una orden tajante a los soldados que lo rodeaban: —¡Ustedes, vayan tras el humano!
¡Ahora!
—¡Sí, señor!
—respondieron los guardias al unísono, lanzándose en persecución de Biel.
Pero antes de que pudieran dar siquiera un par de pasos, Raizel se interpuso en su camino con una velocidad cegadora.
Sus alas resplandecieron con una intensidad divina mientras extendía sus brazos, bloqueando por completo el avance del escuadrón.
—Yo seré su oponente —declaró con una voz que resonó en el callejón como un trueno.
Concentrando su energía en la hoja de su arma, Raizel pronunció un hechizo de alto nivel: —¡Luz Celestial!
Un rayo de energía pura brotó de su espada, iluminando la zona como si el sol mismo hubiera descendido a la tierra.
El estallido de poder impactó de lleno en los soldados, quienes cayeron al suelo desmayados, incapaces de resistir la magnitud del golpe espiritual.
Rizeler observó la escena con una sonrisa sardónica, sin mostrar el más mínimo atisbo de preocupación por sus hombres.
—Vaya, vaya, hermana.
Veo que te has vuelto un poco más fuerte…
—comentó con tono burlón—.
Pero eso no será suficiente contra mí.
Primero acabaré contigo y luego iré personalmente por ese monstruo que llamas Biel.
Raizel apretó los dientes y adoptó una postura de combate cerrada.
El aire entre los dos hermanos se volvió denso, casi sólido.
Las sombras danzaban alrededor de ellos, como si el destino mismo aguardara el desenlace de aquel duelo fratricida.
Mientras tanto, Biel había logrado avanzar considerablemente por los conductos subterráneos.
Sin embargo, los ecos de la batalla entre los ángeles seguían resonando en las paredes de piedra.
Los estruendos y las vibraciones alcanzaban incluso los rincones más profundos de su ruta, recordándole que el poder de ambos combatientes estaba desbordando los límites del lugar.
—Esos dos están librando una batalla intensa…
—murmuró Biel, deteniéndose un segundo para mirar hacia atrás con el corazón encogido—.
Ojalá Raizel salga ilesa de esto.
Ryder, que caminaba a su lado alerta a cualquier presencia mental, colocó una mano en su hombro para intentar calmarlo.
—Estará bien —dijo con una confianza tranquila—.
Ella pertenece a la raza de los ángeles, una de las más poderosas que existen.
Dicen que su fuerza es casi comparable a la de los mismos dioses.
Raizel es mucho más fuerte de lo que imaginas.
Las palabras de Ryder lograron tranquilizar a Biel, aunque solo parcialmente.
No podía evitar sentir una punzada de culpa por haberla dejado atrás enfrentando a su propio hermano por su causa.
Charlotte, que había estado observando el comportamiento de Biel en silencio, no pudo contenerse más.
Con una sonrisa traviesa, se acercó a él.
—Hermano…
¿acaso estás enamorado de esa ángel?
—preguntó con tono pícaro.
Biel se sobresaltó, casi tropezando con una piedra del camino, y la miró con el ceño fruncido.
—¡No digas tonterías, Charlotte!
—respondió de inmediato, intentando sonar firme, aunque el leve rubor en su rostro lo traicionó por completo—.
Solo es alguien importante para mí.
Yo la salvé y ella decidió ayudarme a llegar ante la diosa.
Eso es todo lo que hay.
Charlotte se cruzó de brazos, observándolo con una expresión que mezclaba la burla con una curiosidad genuina.
—¿Solo eso?
Hm…
No suena como algo tan simple, hermanito.
Pero si tú lo dices…
—añadió con un tono juguetón.
En el fondo, se sentía reconfortada al ver que, después de todo lo que Biel había pasado, aún era capaz de preocuparse tan profundamente por alguien más.
Biel desvió la mirada, intentando concentrarse en el camino.
Aunque no lo admitiera en voz alta, las palabras de Charlotte lo habían dejado pensativo.
Raizel era mucho más que una simple aliada para él; se había convertido en una pieza fundamental en el poco tiempo que llevaban compartiendo esta travesía.
Mientras el grupo continuaba avanzando por los oscuros conductos, el eco de los estruendos de la batalla disminuía poco a poco, pero el peso de la incertidumbre seguía presente en el corazón de Biel.
Su mente estaba dividida entre el peligroso trayecto subterráneo y el destino de Raizel, quien había elegido quedarse atrás para enfrentar a su propio hermano por ellos.
Finalmente, Biel, Charlotte y Ryder emergieron de los conductos.
Sus cuerpos estaban cubiertos de polvo y el cansancio se reflejaba en sus rostros, pero la vista que se desplegó ante ellos les devolvió algo de energía: la plaza estaba a solo unos pasos.
Ryder, siempre alerta, fue el primero en analizar el entorno.
—Ahí está la plaza —dijo, señalando con un entusiasmo contenido—.
Solo es cuestión de cruzar.
Aunque…
no veo ni un solo soldado por aquí.
Eso es muy extraño.
Biel frunció el ceño, compartiendo la sospecha de su compañero.
—Huele a trampa —respondió con seriedad—, pero no tenemos otra opción.
Debemos arriesgarnos si queremos alcanzar el portal.
Con determinación, el grupo avanzó hacia el espacio abierto manteniendo la guardia alta.
Cada paso era acompañado por el eco de sus propias pisadas en las calles desiertas.
La tensión en el ambiente era casi asfixiante, pero ninguno retrocedió.
Al llegar al centro de la plaza, se toparon con un portal brillante y majestuoso que pulsaba con una energía vibrante.
—Bien, lo logramos —dijo Biel con un suspiro de alivio.
Sus ojos se fijaron en la luz del portal y su expresión se tornó implacable—.
Es hora de enfrentar a la Diosa y aclarar todo esto.
Le exigiré que me deje volver al mundo terrenal.
Hizo una pausa y miró a sus compañeros con firmeza.
—Eso es lo que haremos.
Regresaremos al mundo terrenal juntos: Charlotte, Ryder y también Raizel.
Ella vendrá con nosotros.
Charlotte, que había guardado silencio, no pudo evitar soltar una risita.
Con una sonrisa pícara, se acercó a su hermano.
—Vaya, hermano.
Definitivamente esa ángel te tiene enamorado.
Biel se ruborizó al instante y miró a su hermana con una mezcla de frustración y vergüenza.
—Hermana, ¿por qué eres así?
—protestó, intentando recuperar la dignidad—.
Estaba dando un discurso motivador y tenías que interrumpirme con eso.
Charlotte se encogió de hombros, manteniendo su expresión juguetona.
—Hermano, ya sabes cómo soy.
Ryder observó la escena con una ligera sonrisa, pero pronto desvió la atención hacia el objetivo.
—Siento interrumpir el momento familiar, pero debemos movernos.
Si esto es una trampa, no podemos bajar la guardia ni un segundo.
Biel asintió, recuperando la seriedad.
Miró el portal una vez más, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros.
Sabía que el siguiente paso sería decisivo para todos los que confiaban en él.
Con una última mirada a sus compañeros, avanzó hacia la luz, listo para lo que fuera.
Al cruzar, Biel, Charlotte y Ryder sintieron cómo la energía los envolvía y transportaba.
Cuando sus pies tocaron suelo firme, se encontraron en un salón inmenso, decorado con columnas doradas y vitrales que filtraban luces multicolores.
En el centro, un trono majestuoso se alzaba sobre una plataforma elevada.
Sentado en el trono estaba un hombre de presencia imponente, mientras que a su lado, de pie, se encontraba la reina Yael.
Biel y sus compañeros notaron de inmediato la expresión vacía y ausente en el rostro de la reina.
Antes de que pudieran reaccionar, una voz resonó con fuerza en las paredes del salón: —¡Más respeto ante el nuevo monarca de este lugar!
De las sombras surgieron guardias que habían permanecido ocultos, rodeando al grupo con sus armas listas para atacar.
Ryder observó la escena con incredulidad, fijando su mirada en el hombre que ahora ocupaba el trono.
—¿Nuevo monarca?
Pero si la reina está aquí…
—murmuró Ryder, intentando asimilar la escena.
Fue en ese instante cuando la realidad lo golpeó: Yael no estaba sentada en el trono, sino que permanecía de pie a un costado, con la mirada perdida como una simple sirvienta.
Quien ocupaba el sitial real era Maelista, quien sonrió con una arrogancia desmedida al notar la confusión del grupo.
—¿Qué significa esto?
¿Por qué estás sentado en ese trono?
—exigió Ryder, con la voz cargada de indignación.
Maelista se inclinó hacia adelante, saboreando el momento de poder que había creado.
—¿No es obvio?
Yo soy el nuevo monarca.
La reina me entregó su corona y ahora no es más que mi servidora.
Ryder apretó los puños, incapaz de contener su ira ante tal blasfemia.
—¡No creo que nuestra reina haya cedido su soberanía así de fácil!
Dime, ¿qué le has hecho realmente?
Maelista soltó una carcajada que resonó en las paredes del salón.
—Yo no le hice nada.
Ella misma decidió renunciar.
Dijo que estaba cansada de todos ustedes y que ya no deseaba seguir siendo su reina.
Por eso, por voluntad propia, me cedió el mando.
Ryder negó con la cabeza, con la voz temblando de rabia.
—¡Eso es mentira!
Jamás creería que ella diría algo semejante.
Biel, que había permanecido en un silencio tenso, sintió una voz familiar resonar en lo profundo de su mente.
Era Monsfil, cuya presencia en su subconsciente habló con una claridad gélida.
—Ella está siendo controlada por él…
—advirtió Monsfil, con un tono de extrema gravedad.
Biel alzó la vista y clavó sus ojos en Maelista.
—La estás manipulando, Maelista.
Estás usando magia oscura para someter la voluntad de la reina.
Maelista se sobresaltó por un segundo, sorprendido por la agudeza del joven, pero recuperó rápidamente su compostura y sonrió con malicia.
—Ya veo…
Así que el poder del Rey Demonio que cargas te permite ver a través de mis velos.
Vaya, parece que después de todo sí serás un problema para mis planes.
El traidor se puso de pie y comenzó a descender lentamente los escalones del estrado hacia el grupo.
—Es cierto, estoy controlando a la reina.
Hace más de cinco años, mientras investigaba la zona donde murió el humano que atacó este lugar hace tanto tiempo, hallé una energía residual.
Era la esencia pura de los Reyes Demonios.
Me llevé una muestra para estudiarla y, tras dos años de experimentos, aprendí a canalizarla.
Con ella obtuve la habilidad de subyugar a otros, tal como los Reyes Demonios controlaron a aquel humano en el pasado.
Maelista continuó su relato con una satisfacción enfermiza.
—Desde aquel momento, una voz en mi cabeza me instaba a destruirlo todo; a arrasar este plano para liberar al Ser Supremo.
Fue entonces cuando ideé el plan para apoderarme tanto del plano espiritual como del mundo humano.
Todo marchaba a la perfección hasta que apareciste tú, miserable humano.
Cuando la reina vio que habías muerto en batalla, decidió que era momento de terminar con el castigo hacia tu raza y los demonios.
Al ver cómo usabas el poder del Rey Demonio para proteger en lugar de causar caos, su corazón se ablandó y quiso perdonarlos.
Maelista se detuvo frente al grupo, con la mirada fija en Biel.
—Tu llegada me obligó a acelerar mis movimientos.
Controlé a los cuatro Guardianes y envié a Remus específicamente para eliminarte.
Aunque fallé en matarte, esa batalla me dio la oportunidad perfecta: cuando Yael vio cómo asesinabas a Remus, bajó su guardia emocional.
Ese fue el instante exacto en que la sometí.
Ahora, finalmente, podré apoderarme de todo y ser el monarca absoluto del universo.
Maelista soltó una carcajada maligna que heló la sangre de los presentes.
—Te debo un agradecimiento, querido Biel.
Pero ahora morirás por segunda vez aquí mismo, y esta vez te asegurarás de no volver nunca a tu mundo.
¡Jajajajaja!
Biel apretó los puños, y sus ojos brillaron con una determinación ardiente que parecía quemar la oscuridad del salón.
—Entonces tendré que derrotarte.
Salvaré a la reina y encontraré, cueste lo que cueste, la forma de volver a casa.
El aire en el salón se volvió pesado y eléctrico.
La tensión alcanzó su punto máximo.
La batalla definitiva por el destino de ambos mundos estaba por comenzar.
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