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Fragmento de lo Infinito - Capítulo 30

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30: Capítulo 30: El Pacto Destruido 30: Capítulo 30: El Pacto Destruido Biel adoptó una postura de combate; su cuerpo se sentía tenso pero firme, como si toda la energía latente en el ambiente convergiera directamente en él.

Antes de lanzarse al ataque, giró ligeramente la cabeza hacia sus compañeros, manteniendo la vista periférica en su objetivo.

—Hermana, Ryder, encárguense de los soldados —ordenó con voz gélida—.

Yo lucharé contra Maelista.

Charlotte, con los ojos empañados por la preocupación, dio un paso hacia él, queriendo detener el tiempo.

—Hermanito…

no vas a usar otra vez esa forma, ¿verdad?

—Su voz era un hilo frágil cargado de temor y una pequeña chispa de esperanza.

Biel le dedicó una sonrisa breve, pero cargada de una extraña tranquilidad que no encajaba con el caos del salón.

—No te preocupes, Charlotte.

Esa forma solo la usaría en caso de extrema emergencia.

Lucharé en mi forma imperfecta.

Antes de que alguien pudiera replicar, Biel dejó escapar un grito que reverberó por todo el campo de batalla, sacudiendo los cimientos del lugar.

Una energía oscura y densa, impregnada con la esencia pura de un Rey Demonio, envolvió su cuerpo como un manto de sombras vivas.

La transformación imperfecta se manifestó una vez más; su figura ahora irradiaba un poder tan opresivo que intimidaba incluso a los soldados más veteranos.

Maelista lo observó con una sonrisa torcida, sus ojos plateados brillando con un deleite malicioso.

—Vaya, así que esa es la transformación de un Rey Demonio.

Aunque parece que te guardas algo…

no estás usando todo tu potencial, ¿cierto?

Biel, con una mirada implacable, respondió sin titubear: —No es necesario.

Por ahora, esta forma bastará para acabar contigo.

En un parpadeo, Biel desapareció de la vista de todos.

Se movió con una velocidad tan abrumadora que su trayectoria apenas era un borrón perceptible.

Antes de que Maelista pudiera siquiera alzar una defensa, un puño certero impactó de lleno en su rostro, enviándolo violentamente hacia atrás varios metros.

El sonido del impacto resonó en el salón como un trueno seco.

Maelista se incorporó lentamente, limpiándose un hilo de sangre de la comisura de los labios.

Para sorpresa de todos, su sonrisa de suficiencia seguía intacta.

—No peleas nada mal para ser un humano corrupto —sentenció—.

Pero no te emociones demasiado.

Esto apenas es el preludio.

La atmósfera se volvió aún más pesada, volviéndose casi irrespirable.

Las energías de ambos combatientes chocaban en el aire, creando ondas de choque que hacían temblar el suelo bajo sus pies.

Charlotte y Ryder, a pesar de estar rodeados por los soldados, no podían evitar dirigir miradas cargadas de angustia hacia Biel.

—¡Maldita sea!

Él siempre tiene que cargar con la parte más pesada —murmuró Ryder mientras bloqueaba con esfuerzo el ataque de un guardia.

Charlotte, lanzando un hechizo de repulsión para alejar a los enemigos que los cercaban, no apartaba la vista de su hermano ni un segundo.

—Biel…

confío en ti.

Por favor, no te arriesgues más de lo que puedes soportar.

Mientras tanto, Maelista lanzó una contraofensiva feroz: una esfera de energía oscura que rugió hacia Biel como un depredador hambriento de vitalidad.

Biel, con movimientos fluidos y precisos, esquivó el proyectil y reapareció justo frente a su enemigo.

Su mirada ardía con una determinación que parecía consumir las sombras a su alrededor.

—No permitiré que lastimes a nadie más.

Este es tu fin, Maelista.

El combate continuó con una ferocidad inaudita.

Cada golpe y cada movimiento estaban cargados de una intensidad que sacudía el corazón de quienes los observaban.

Pero en lo profundo de su ser, una duda persistía en la mente de Biel: ¿Sería realmente suficiente su forma imperfecta para derrotar a un ser tan retorcido como Maelista?

Maelista sonrió con renovada malicia mientras alzaba su mano derecha.

Una energía espiritual descomunal, de una pureza aterradora, comenzó a concentrarse en su palma.

El aire se volvió denso y el suelo crujió bajo sus pies.

—Bueno, ahora es mi turno de divertirme —declaró con arrogancia—.

Gracias al pacto con la Diosa, ahora puedo canalizar su poder divino.

¡Recibe esto, Biel!

Veamos si tus huesos humanos pueden soportar el peso de un dios.

Con un movimiento violento, lanzó el ataque.

La energía se desplazó como una ola de destrucción absoluta hacia Biel, quien, atrapado en la trayectoria, no tuvo tiempo de esquivarla.

Recibió el impacto de lleno.

La fuerza fue brutal, obligándolo a retroceder penosamente mientras intentaba, con cada fibra de su ser, contener la energía devastadora que amenazaba con desintegrarlo.

¡Esta energía es demasiado fuerte!

—exclamó Biel.

Sus pies resbalaban sobre el suelo de mármol mientras luchaba desesperadamente por mantener el equilibrio frente al vendaval divino.

Desde la distancia, Charlotte observaba con el corazón en un puño.

Sus manos temblaban, pero reuniendo todo el valor que pudo encontrar en su interior, gritó con todas sus fuerzas: —¡Hermanito, no te rindas!

¡Tú eres mucho más fuerte que esto!

Las palabras de su hermana resonaron en la mente de Biel como una campana en medio del silencio, dándole un último destello de esperanza.

Con una determinación renovada, concentró el remanente de su energía oscura y activó su defensa.

—¡Muro de Abismo!

—rugió.

Una barrera de sombras densas se alzó frente a él, absorbiendo con un estruendo seco el impacto del ataque de Maelista.

Aunque el esfuerzo lo dejó jadeando y con los músculos ardiendo, había logrado repeler el golpe.

Maelista, lejos de mostrarse frustrado, ensanchó su sonrisa.

—Vaya, parece que eres más sorprendente de lo que pensaba, querido Biel.

Tu fuerza combinada con la esencia de un Rey Demonio te convierte en un rival digno.

Pero, lamentablemente, no vivirás para ver el nuevo mundo que pienso crear.

Este es tu fin.

Biel, agotado pero con la mirada fija en su enemigo, apretó los puños.

—No me rendiré aquí.

Venceré y regresaremos juntos al mundo terrenal.

Reuniendo las fuerzas que le quedaban, lanzó un contraataque inmediato.

—¡Espinas de Penumbra!

Del suelo emergieron proyecciones oscuras y afiladas que se dirigieron como flechas hacia Maelista.

Parecían imparables, pero el villano, con un simple y displicente movimiento de su mano, las detuvo todas, desintegrándolas en un destello de luz blanca.

—¿Eso es todo lo que tienes?

¡Eres débil!

—se burló Maelista—.

¿Por qué no usas esa forma con la que mataste al guardián?

¿Acaso tienes miedo de volver a perder la razón, humano?

Biel bajó la mirada, su respiración era un silbido pesado.

—No puedo…

Mi energía está agotada.

En ese momento, su cuerpo comenzó a cambiar involuntariamente.

La transformación imperfecta se desvaneció, dejando a Biel en su forma humana normal.

El cansancio extremo lo invadió de golpe, haciéndolo tambalear.

—No puede ser…

—murmuró para sí mismo, sintiendo cómo sus piernas fallaban—.

¿Qué haré ahora?

Maelista avanzó con calma, su figura imponente proyectando una sombra que parecía devorar la luz del salón.

Biel, sin energía y sin opciones visibles, se preparó para lo peor.

El enemigo se detuvo frente a él, que permanecía de rodillas, derrotado.

—Eres patético, querido Biel —dijo Maelista con un desdén gélido—.

Después de que te mate, iré por tu hermana.

Y le haré exactamente lo mismo.

Esas palabras perforaron el alma de Biel como una lanza al rojo vivo.

Una ira incontrolable, pura y antigua, se apoderó de él.

Un grito gutural escapó de su garganta, un sonido tan visceral que hizo vibrar las paredes del palacio.

En ese instante, una explosión de energía oscura se desató, arrasando con todo a su alrededor.

Los escombros volaron y la presión espiritual redujo el entorno a un campo desolado.

Maelista, sorprendido pero complacido, observó la escena con ojos brillantes.

—Esto es lo que quería ver —dijo con una sonrisa torcida—.

Tu verdadera naturaleza.

Biel había activado su forma semiperfecta.

Su cuerpo irradiaba una energía abrumadora, pero sus ojos ya no eran los de un hombre; reflejaban un vacío absoluto.

Había perdido la cordura.

Dentro de su mente, en un espacio de oscuridad infinita, Biel se encontró sentado frente a Monsfil.

El Rey Demonio lo observaba con una mezcla de severidad y una extraña comprensión.

—Portador, lo has hecho de nuevo.

Has recurrido a ese poder y, una vez más, has dejado que la razón se te escape de las manos —dijo Monsfil, su voz resonando como un eco profundo en el abismo.

Biel, con la cabeza gacha, apretó los puños mientras la oscuridad de su subconsciente lo envolvía.

—No lo entiendo, Monsfil.

Este poder es demasiado para mí.

Cada vez que lo uso, pierdo el control.

¿Cómo se supone que voy a dominar algo que me devora por dentro?

Monsfil se inclinó hacia él, y sus ojos rojos brillaron con una intensidad sobrenatural en medio del abismo.

—Ese poder ya no es mío, portador.

Ahora te pertenece a ti.

Pero debes entender una verdad fundamental: el poder en sí mismo es neutral.

Es como un arma; su naturaleza depende enteramente de la mano que la empuñe.

Si dejas que tus emociones lo dominen, te consumirá hasta no dejar nada.

Pero si tú lo controlas a él, se convertirá en la herramienta definitiva para proteger lo que amas.

Biel levantó la mirada, con un rastro de desesperación en su rostro.

—¿Y cómo hago eso?

No tengo idea de por dónde empezar.

Cada vez que lo intento, termino perdiendo la cordura y lastimando a los demás.

Monsfil dejó escapar un suspiro profundo y cruzó los brazos con solemnidad.

—El primer paso es aceptar tus emociones, Biel.

La ira, el miedo, incluso el odio…

no los reprimas.

Son parte de lo que eres, pero no deben ser tus dueños.

Míralos directamente a los ojos, reconócelos como parte de tu ser y luego déjalos ir.

Tú eres mucho más que un simple cúmulo de emociones.

Biel cerró los ojos, intentando buscar un centro de calma en medio de la tormenta interna.

—Es difícil…

Cada vez que pienso en lo que podría pasarle a Charlotte o a mis amigos, siento que me quiebro por dentro.

Monsfil colocó una mano firme y pesada sobre el hombro de Biel.

—Te quiebras porque te importa.

Ese es tu verdadero poder, portador: tu inquebrantable deseo de proteger.

Usa ese sentimiento como tu ancla.

Cuando el caos amenace con consumirte, recuerda por qué luchas.

No es por venganza ni por odio, sino por amor y esperanza.

Biel lo miró, y aunque sus ojos aún reflejaban duda, una chispa de determinación comenzó a arder en ellos.

—Pero, ¿y si fallo?

¿Y si simplemente no soy lo suficientemente fuerte?

Monsfil esbozó una sonrisa ligera, un gesto casi humano que rara vez mostraba.

—Todos fallamos alguna vez.

Incluso yo lo hice.

Pero lo importante no es cuántas veces muerdas el polvo, sino que siempre tengas la voluntad de levantarte.

Eres un verdadero hombre, Biel.

Tienes el corazón y la entereza necesarios para superar esto.

Confía en ti mismo tanto como yo confío en tu potencial.

El espacio oscuro comenzó a desvanecerse y la figura de Monsfil empezó a disolverse lentamente en las sombras.

—Recuerda, joven portador: este poder es una herramienta, no tu amo.

Tú decides el camino.

Ahora despierta y demuestra de qué estás hecho realmente.

Biel abrió los ojos en el mundo real.

Su cuerpo seguía envuelto en una energía oscura y vibrante, pero su mirada era distinta: la neblina de la locura había desaparecido, reemplazada por una claridad absoluta.

Maelista lo observó con curiosidad, notando de inmediato el cambio en su postura.

—¡Interesante!

¿Acaso has recuperado el control, querido Biel?

—preguntó con su habitual tono burlón.

Biel no respondió de inmediato.

En su mente aún resonaban las últimas palabras de Monsfil.

Finalmente, habló con una voz que emanaba una autoridad nueva y decidida.

—Este poder ya no me controla.

Ahora yo soy quien le da órdenes.

Y lo usaré para detenerte de una vez por todas, Maelista.

Por primera vez en toda la batalla, Biel sentía que tenía una oportunidad real de triunfar.

Se irguió frente a su enemigo, con la energía oscura arremolinándose en perfecta armonía a su alrededor.

—Ahora escucha bien, Maelista.

Deja de controlar a la reina.

Libérala ahora mismo.

Maelista soltó una carcajada estridente que rasgó el aire como un eco siniestro.

—¡Jajajaja!

¿Cómo te atreves a exigirme algo así, humano patético?

Hace un momento estabas suplicando de rodillas, derrotado.

¡Eres una escoria por el simple hecho de creer que puedes darme órdenes!

Los ojos de Biel se entrecerraron y su voz bajó a un murmullo cargado de una determinación mortal.

—Entonces, no me dejas otra opción.

¡Furia del Abismo!

La energía oscura explotó desde el cuerpo de Biel, extendiéndose como un torbellino imparable que sacudió los cimientos del salón.

Sin embargo, esta vez no se trataba de un estallido ciego de furia; la energía se movía con una precisión quirúrgica, dirigida enteramente hacia Maelista hasta envolverlo por completo.

Por primera vez, el rostro del traidor reflejó una emoción que nunca antes había mostrado: terror puro.

—¡No!

¿Qué es esto?

—gritó Maelista, forcejeando inútilmente mientras las sombras lo aprisionaban como cadenas físicas.

Biel avanzó con paso firme.

Sus ojos brillaban con una intensidad sobrenatural que parecía atravesar la esencia misma de su enemigo.

—Ahora romperé el pacto que forzaste con la Reina Yael.

Con un movimiento decidido, Biel proyectó su voluntad.

La energía oscura que rodeaba a Maelista se intensificó, vibrando con una frecuencia que anulaba cualquier influencia externa.

Biel declaró con una autoridad absoluta: —¡Pacto, desaparece!

Un destello de luz cegadora estalló en el centro del salón.

La Reina Yael cayó de rodillas, jadeando y desorientada mientras el velo oscuro se disipaba de su mente.

Sus ojos recuperaron el brillo cálido y original de la divinidad; miró a su alrededor, procesando el caos con creciente confusión.

—¿Qué ha pasado aquí?

—preguntó con voz temblorosa.

Biel se acercó rápidamente, inclinándose con respeto ante la soberana.

—Reina Yael, también conocida como la Diosa Enit, permítame presentarme.

Soy Biel Laurentis, un humano que ha obtenido el poder de un Rey Demonio.

Sé que usted guarda un profundo rencor por lo ocurrido en el pasado, pero estoy aquí para ayudar a enmendar ese dolor.

Yael lo observó con cautela, frunciendo el ceño mientras intentaba encajar las piezas de sus palabras.

—¿Eres el humano que vi en las pantallas de Maelista?

¿Y dices que posees el poder de un Rey Demonio?

—Inquirió con incredulidad—.

Pero esas últimas palabras…

no suenan como las de un simple humano.

Biel asintió con solemnidad.

—Es cierto.

Esas palabras fueron dichas por Monsfil, el Rey Demonio que habita en mi interior.

Al escuchar ese nombre, los ojos de Yael se abrieron de par en par, inundados por el asombro.

—¿Monsfil?

¡Ya veo!

Él fue el único Rey Demonio que no intentó destruir este plano en la antigüedad; incluso llegamos a ser amigos.

Pero cuando los otros soberanos atacaron junto a aquel humano, me aseguraron que él había sido el cerebro tras la invasión.

Nunca lo busqué para confirmar la verdad…

mi odio y el rencor cegaron por completo mi juicio.

Yael hizo una pausa y sus ojos se llenaron de una tristeza milenaria.

—Pasaron los siglos y la culpa se aferró a mi corazón.

Intenté olvidarlo, pero el vacío permanecía.

Cuando finalmente fui a buscarlo, ya era tarde; me dijeron que había sido sellado por el Héroe, lo que solo reforzó mi falsa creencia de que era culpable.

Biel escuchó en silencio, permitiendo que la Reina descargara su pesar.

En ese instante, la voz de Monsfil emergió a través de él, resonando con una nostalgia profunda.

—Todo fue un trágico malentendido, Yael.

Intenté aclarar las cosas, pero tras la invasión ya no pude cruzar las fronteras hacia tu mundo y poco después fui sellado.

Lamento profundamente el ataque; fue mi error no haber estado presente aquel fatídico día para detener a mis hermanos.

Ellos me usaron como un peón para sus propios planes de conquista.

Yael cerró los ojos, dejando que las palabras de su antiguo amigo calaran hondo en su alma.

—Gracias, Monsfil.

Por fin mi espíritu puede estar en paz.

Y gracias a ti, Biel.

Has demostrado ser digno de regresar al mundo de los vivos; por tu valor, te concederé el don de la vida.

Biel sonrió con gratitud, pero su expresión volvió a endurecerse al girarse hacia el rincón donde Maelista yacía derrotado.

—¿Qué haremos con él?

Yael observó al traidor con una frialdad absoluta.

—Retira la energía oscura.

Quiero hablar con él antes del final.

Biel obedeció y disipó las sombras.

Maelista, ahora libre de la presión pero físicamente quebrado, tosió sangre mientras miraba a Biel y a Yael con una última chispa de desafío.

—¡Reina, así que logró liberarse de mi hechizo!

¡Qué lástima!

—exclamó con amargura.

Yael alzó la mano, silenciándolo al instante.

—¡Cállate!

Me controlaste con artimañas y profanaste mi trono.

Ya no eres mi sirviente ni perteneces a este plano.

Ahora desaparecerás para siempre de este mundo.

Maelista sonrió con una mueca macabra.

—Aceptaré mi destino, pero no canten victoria.

Él revivirá tarde o temprano y devolverá este universo al caos absoluto.

Yael lo miró con una confusión creciente, tratando de descifrar la última advertencia del traidor.

—¿Qué quieres decir con eso, Maelista?

—exigió la Diosa.

Maelista, con una sonrisa que denotaba que su plan trascendía su propia existencia, respondió con voz débil: —Muy pronto lo sabrá, mi señora.

Por ahora, le ruego que acabe con mi vida de una vez.

Yael no mostró rastro de duda.

Su mirada se volvió implacable mientras pronunciaba sus últimas palabras hacia él: —Adiós, Maelista.

Un rayo de luz pura descendió desde lo más alto del salón, envolviendo al espíritu traidor en una columna de energía incandescente que lo consumió por completo, dejando tras de sí solo un rastro de cenizas que se dispersaron con el viento.

Yael suspiró profundamente, sintiendo cómo el peso de la manipulación abandonaba su palacio.

—Como Diosa de los Espíritus, no puedo permitir que una ponzoña así continúe existiendo en este plano —sentenció con solemnidad.

En ese momento, Charlotte y Ryder llegaron corriendo al centro del salón.

Sus rostros, antes tensos por el combate contra los guardias, ahora reflejaban una preocupación absoluta por Biel.

—¡Hermanito!

¿Estás bien?

—exclamó Charlotte, lanzándose a sus brazos para rodearlo con fuerza.

Biel le devolvió una sonrisa débil, apenas sosteniéndose en pie.

—Hemos ganado, hermana.

Por fin terminó.

—¡Eres sorprendente!

¡Pudiste dominar esa forma y mantener la cordura!

—añadió ella con un orgullo que iluminaba su rostro.

Al poco rato, una figura conocida apareció en la entrada del salón.

Era Raizel, quien caminaba con dificultad y se tambaleaba debido al agotamiento de su propio duelo, pero mantenía una sonrisa de alivio.

Había logrado vencer a su hermano y llegar a tiempo para el desenlace.

—Entonces…

¿se acabó?

¿De verdad ganamos?

—preguntó Raizel, observando a Biel y al resto del grupo con incredulidad.

Biel asintió, esbozando una sonrisa cansada que reflejaba el límite de sus fuerzas.

—Así es.

Todo ha terminado.

Raizel dejó escapar un suspiro largo, cerrando los ojos por un segundo para disfrutar del silencio.

—Qué alivio…

Por fin podemos descansar.

El ambiente, antes cargado de magia oscura y odio, se llenó de una paz que no habían sentido desde que pusieron un pie en ese mundo.

Ryder, al notar la presencia imponente de Yael, se inclinó con un respeto profundo.

—Reina Yael, es un honor inmenso estar ante usted.

Soy Ryder y tengo una petición que nace de mi corazón: deseo acompañar a Biel al mundo humano.

Yael sonrió con una amabilidad que recordaba a la diosa que Monsfil una vez conoció.

—Levántate, joven semi espíritu.

Tu lealtad ha sido probada; puedes acompañarlo si ese es tu deseo.

Biel asintió, sintiendo que las piezas de su nueva vida encajaban.

—Perfecto.

Entonces, es momento de volver…

Sin embargo, antes de que pudiera dar el primer paso hacia su futuro, el cuerpo de Biel cedió ante el agotamiento extremo.

Sus ojos se cerraron y cayó al suelo, completamente desprovisto de energía.

Charlotte lo sujetó con cuidado antes del impacto, con la angustia reflejada de nuevo en su mirada.

—Hermanito…

—susurró mientras lo acomodaba en su regazo.

Yael se acercó con paso suave, inclinándose para colocar una mano cálida sobre el hombro del joven guerrero.

—Déjalo descansar, pequeña.

Se ha ganado este momento de paz absoluta.

Su alma y su cuerpo han hecho lo imposible hoy.

El grupo se reunió en círculo alrededor de Biel, compartiendo un silencio lleno de alivio y esperanza bajo los vitrales del palacio, mientras las sombras de la guerra finalmente se disipaban.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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