Fragmento de lo Infinito - Capítulo 4
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4: Capítulo 4: Una nueva aventura 4: Capítulo 4: Una nueva aventura El cielo nocturno se extendía despejado y profundo, presidido por una luna que brillaba con intensidad sobre la aldea recién salvada.
Los habitantes, aún con el corazón en un puño pero inmensamente agradecidos por la milagrosa intervención de Biel y Acalia, habían improvisado una fiesta.
La música de flautas y tambores, los bailes espontáneos y las risas llenaban el aire, alejando momentáneamente los horrores que habían vivido apenas unas horas antes.
Un poco apartado del bullicio, Biel descansaba en un banco de madera cerca de la gran fogata central.
Observaba cómo las chispas ascendían hacia las estrellas mientras los aldeanos danzaban con júbilo.
Aunque disfrutaba viendo aquella felicidad, una sensación de irrealidad lo mantenía anclado en su sitio, haciéndose sentir fuera de lugar.
— ¿Qué haces aquí tan solo?
—preguntó una voz femenina a sus espaldas.
Biel levantó la vista y se encontró con la joven hechicera que había rescatado durante el ataque de los bandidos.
Ella le sonreía con calidez, sosteniendo dos copas de madera en las manos.
Le ofreció una y se sentó a su lado con naturalidad.
—Gracias —dijo Biel, aceptando la bebida—.
Por cierto, tu nombre es Xantle, ¿verdad?
—Así es, soy Xantle —confirmó ella, mirándolo a los ojos—.
Y quería darte las gracias por salvarme en ese momento.
Si no hubiera aparecido…
—Descuida —interrumpió Biel, algo abrumador—.
Me moví por instinto.
Además, fue gracias a Acalia que pudimos salvar la situación.
Yo solo…
ayudé.
Xantle se acercó y echó un vistazo rápido alrededor de la plaza.
—Ahora que la mencionas, no la veo por ningún lado.
—Está en las montañas, tomando el aire —explicó él, señalando hacia las cumbres oscuras—.
Creo que no le gusta mucho el bullicio.
—Ni hablar de ti, jejeje —bromeó la hechicera, dándole un suave codazo—.
Estás aquí apartado de los demás.
¿Tampoco eres de fiestas?
Biel bajó la mirada hacia su copa, avergonzado.
—No es eso.
Es solo que…
nunca pensé que alguien me agradecería por algo así.
Todavía estoy procesándolo.
—Te lo mereces —aseguró Xantle con firmeza—.
Salvaste muchas vidas hoy, incluyendo la mía.
En ese momento, surgió una figura de las sombras periféricas.
Acalia había vuelto.
Caminaba con su habitual paso silencioso, ajena a la celebración.
—Oye, Acalia —la llamada Biel, alzando un poco la voz—.
¿No quieres algo de beber?
—No, gracias.
Estoy bien así —respondió ella, cortante y fría como el acero.
«Fría como siempre, aunque recién la conozco hace unos días» , pensó Biel con una sonrisa resignada.
De repente, el sonido de un golpe seco sobre madera llamó la atención de todos.
Nova, el anciano líder de la aldea, se había subido a un barril cercano y alzaba su copa hacia el cielo nocturno.
—¡Por nuestros salvadores!
—bramó con voz potente—.
¡Por Biel y Acalia, quienes nos devolvieron la esperanza cuando todo parecía perdido!
Los aldeanos estallaron en vítores ensordecedores, chocando sus copas y coreando sus nombres.
Biel sintió cómo el calor le subía a las mejillas, sonrojándose visiblemente.
Acalia, en cambio, observaba la escena desde cierta distancia con sus característicos ojos impasibles, como si aquello no tuviera nada que ver con ella.
Biel se acercó a ella, intentando romper esa barrera invisible.
—No tienes por qué sentirte incómodo —le dijo con suavidad—.
Ellos están celebrando porque les devolviste algo que pensaban perdido para siempre.
¿Por qué no bailas con nosotros, Acalia?
Bailar es parte de la vida.
Acalia lo miró.
Por un segundo, pareció procesar la petición, pero su rostro permaneció inalterable, como una máscara perfecta.
—Yo simplemente paso —sentenció, antes de cruzar los brazos y volver a su posición de observadora silenciosa.
Biel suspir, pero no dej que eso arruinara la noche.
Aceptando la invitación de los demás, se unió al baile, y la fiesta continuó durante horas bajo la vigilancia silenciosa de su protectora.
Al despuntar el alba, el bullicio festivo de la noche anterior había dado paso al sonido del trabajo y la reconstrucción.
Los aldeanos, con ánimos renovados, reparaban sus hogares y reconocían los escombros, decididos a reconstruir sus vidas sobre las cenizas del pasado.
Lejos del ajetreo, Biel se había levantado temprano para dirigirse a un lago cercano, buscando un momento de paz y aseo personal.
El agua estaba fría, pero le ayudaba a despejar la mente.
Mientras frotaba su piel, su mirada se posó en el misterioso fragmento que colgaba de su cuello.
Lo sostuvo entre sus dedos, observando cómo captaba la luz del sol naciente.
—¿Por qué, aunque me lo bastante, siempre vuelve a mi cuello?
—murmuró para sí mismo, frustrado—.
¿Qué clase de artefacto mágico es este?
—Es un artefacto vinculado a tu esencia, con un poder inmenso que apenas comprendes —respondió una voz serena desde lo alto.
Biel dio un respingo y, preso del pánico, se sumergió hasta la nariz en el agua, buscando cubrirse.
Al alzar la vista, vio a Acalia sentada con total tranquilidad sobre una enorme roca que sobresalía en la orilla, observándolo sin el menor atisbo de interés.
—¡Oye, Acalia!
—exclamó él, escupiendo un poco de agua—.
¿Desde cuándo estás ahí?
—Hace un buen rato —respondió ella con naturalidad.
—Y ¿por qué no me avisaste?
—replicó Biel, con la cara ardiendo de vergüenza—.
¡Me da vergüenza que me veas así!
Acalia ladeó la cabeza, genuinamente confundida.
—Así ¿cómo?
No entiendo.
Simplemente eres un chico.
¿Qué hay de “malo” o ilógico en que una chica ve el cuerpo desnudo de un chico?
Es solo anatomía.
—¡Tiene todo que ver!
—gritó Biel, desesperado por explicarle conceptos de privacidad a alguien que parecía no entenderlos.
Acalia se encogió de hombros, restándole importancia.
—Bueno, como digas.
La lógica humana es extraña.
Me voy, apresúrate; Tenemos que continuar con tu viaje.
Sin añadir más, Acalia se dio la vuelta y se marchó con su paso silencioso.
Biel se quedó allí, flotando en el agua, procesando lo ocurrido.
—¿Y a esta qué le pasó?
—se preguntó, suspirando—.
Bueno, es cierto, no puedo distraerme.
Tengo que continuar, debo encontrar información sobre el desfile de Bastian y descubrir cómo volver a mi mundo.
Charlotte debe estar muy preocupada por mí.
Minutos después, ya vestido y con la mochila lista, Biel ajustaba las correas de su equipaje cuando Nova apareció caminando hacia él.
—¿Y te vas?
—preguntó el líder de la aldea, notando la determinación en los ojos del joven.
—Sí —respondió Biel con firmeza—.
Tengo que seguir buscando a mi amigo.
No puedo perder más tiempo.
Nova ascendiendo, comprendiendo la urgencia, y señaló hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a elevarse.
—Sigue ese camino hacia el noroeste.
Llegarás a una ciudad grande llamada Claiflor .
Es un centro de comercio y conocimiento; Allí podrás encontrar mucha información de lo que buscas.
Biel hizo una reverencia respetuosa, inclinando la cabeza.
—Gracias, Nova.
Por todo.
—Somos nosotros quienes estamos agradecidos —respondió Nova con una sonrisa paternal, colocando una mano sobre el hombro del joven—.
Lo que tú y Acalia hicieron no tiene precio.
Esta aldea siempre será tu hogar, si algún día lo necesitas.
El anciano hizo una pausa, evaluando la vestimenta desgastada de Biel.
—Pero antes de que te marches, preparé algo para ti.
Nova extendiendo su mano hacia él y, con un suave destello de magia práctica, el atuendo de Biel se transformó.
Las telas simples fueron reemplazadas por un equipo de viaje resistente, ligero y de mejor calidad, diseñado para soportar las inclemencias del camino.
Biel se miró a sí mismo, admirando el cambio.
—Vaya…
—murmuró, girando sobre sus talones—.
Ahora sí parezco un aventurero de rango A, jejeje.
—Hablando de rangos y aventureros —comentó Nova, aprovechando el comentario—, al sureste se encuentra la ciudad de Lunarys .
Allí encontrarás el Gremio y, respecto a eso que dijiste, incluso puede que te topes con verdaderos aventureros de rango A o superior.
—Gracias, Nova.
Esta información es muy importante para mí —agradeció Biel sinceramente—.
Se lo contaré a Acalia.
Sin embargo, antes de que pudiera ir a buscar a su compañera, notó dos figuras acercándose.
Eran Xantle y Easton, y cada uno cargaba una mochila de viaje repleta.
— ¿Qué están haciendo?
—preguntó Biel, sorprendido por el equipaje.
—Vamos contigo —respondió Easton, director y sin rodeos.
Biel arqueó una ceja, confundido.
—¿Conmigo?
¿Por qué?
Xantle bajó la mirada, jugueteando con el borde de su túnica, visiblemente sonrojada.
—Es…
nuestra forma de agradecerte por lo que hiciste —susurró, con voz tímida.
Biel, sintiéndose algo incómodo por la intensidad en el tono de Xantle y el repentino compromiso, intentó no darle demasiada importancia para no avergonzarla más.
—Bueno…
Si es así, supongo que no hay problema —aceptó, rascándose la nuca—.
Pero, ¿están seguros de dejar la aldea sin protección?
Easton negó con la cabeza, transmitiendo seguridad.
—No hay por qué preocuparse.
Los bandidos que atacaron murieron todos.
Además, Nova y los aldeanos están mejor preparados ahora.
Ya no nos necesitamos tanto como antes.
Biel ascendiendo, aceptando la lógica del guerrero.
—Está bien.
Entonces, vámonos antes de que cambien de opinión.
Acalia, que había estado escuchando toda la conversación en silencio desde un lateral, simplemente comenzó a caminar hacia la salida de la aldea sin decir una sola palabra, ni de bienvenida ni de rechazo.
Xantle la observar alejarse, intrigada por esa actitud tan distante.
— ¿Siempre es así de serie?
—le preguntó a Biel en voz baja, mientras apuraban el paso para seguirla.
—La mayoría de las veces, sí —respondió Biel con una sonrisa cómplice.
Mientras el sol comenzaba a iluminar el camino de los héroes, en un rincón oscuro y olvidado del bosque cercano, la realidad era mucho más cruenta.
Un hombre herido avanzaba a trompicones, aferrándose a los troncos de los árboles para no desplomarse.
Era el único superviviente de la banda, una excepción sangrante a la confianza de Easton.
Su respiración era un estertor agónico y su costado, desgarrado, manchaba de carmesí la maleza a su paso.
—Tengo que llegar…
—murmuró con esfuerzo, escupiendo sangre—.
El Gran Señor Gard tiene que saberlo…
Las ramas y las raíces parecían cobrar vida para detenerlo, enredándose en sus botas, pero la desesperación lo empujaba hacia adelante.
Finalmente, entre la bruma matinal, divisó la entrada de una caverna oculta en la base de la montaña.
Sus ojos se llenaron de una esperanza enfermiza.
Creía haber encontrado la salvación.
Pero antes de que pudiera dar un paso más hacia el refugio, una sombra se materializó frente a él.
Era una figura alta, vestida con túnicas negras parecía quen absorbía la escasa luz del bosque.
Su rostro estaba oculto tras una máscara ornamentada que irradiaba un aura mística; sus intrincados grabados brillaban tenuemente con un resplandor violeta, como si contuvieran secretos insondables y prohibidos.
—Q-¿quién eres?
—tartamudeó el bandido, retrocediendo instintivamente, el miedo superando al dolor de sus heridas.
El encapuchado no respondió.
El silencio del bosque se hizo absoluto, solo roto por el sonido metálico de una daga oscura siendo desenvainada.
La hoja, negra como la obsidiana, emanaba una energía siniestra que helaba el aire.
El bandido comprendió su destino y cayó de rodillas, temblando.
—¡Espera!
¡No tienes que hacer esto!
—suplicó, levantando las manos manchadas de sangre—.
¡Puedo ser útil!
¡Sé quiénes los derrotaron!
Sin mediar palabra y con un movimiento fluido, casi elegante, el encapuchado rasgó el aire con su daga.
Fue un corte limpio, letal.
El cuerpo del bandido se desplomó contra el suelo húmedo, sus ojos vidriosos mirando a la nada, llevándose su información a la tumba.
La figura de negro se inclinó levemente sobre el cadáver, limpiando la hoja en su propia túnica sin mostrar remordimiento alguno.
—No hay lugar para los débiles en el reino de Gard —susurró con una voz que sonaba como hojas secas siendo aplastadas.
Antes de que el eco de sus palabras se desvaneciera, la figura se disolvió en las sombras, dejando atrás el cuerpo inerte como única advertencia.
Lejos de allí, bajo la luz cálida del sol, Biel y su grupo continuaban avanzando hacia el este, riendo y conversando, ignorantes de que las fuerzas que comenzaban a levantarse en su contra eran mucho más despiadadas y peligrosas de lo que jamás podría imaginar.
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