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Fragmento de lo Infinito - Capítulo 5

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  3. Capítulo 5 - 5 Capítulo 5 Kurusume el asesino encapuchado
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5: Capítulo 5: Kurusume, el asesino encapuchado 5: Capítulo 5: Kurusume, el asesino encapuchado El sol comenzaba a morir en el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja enfermizo y proyectando sombras largas y deformes a través del denso follaje.

Habían pasado cinco días desde que el grupo dejó atrás la seguridad de la aldea, adentrándose en terrenos desconocidos.

Su destino, la ciudad de Claiflor, se encontraba al otro lado de la cordillera, pero la montaña aún parecía una silueta inalcanzable en la distancia.

Biel, Acalia, Xanthe y Easton avanzan en fila india por un sendero que la vegetación amenazaba con devorar.

Desde el amanecer, la atmósfera había cambiado sutilmente.

Los pájaros habían dejado de cantar y el viento, usualmente constante en esa altitud, se había detenido por completo.

Cada paso que daban resonaba con demasiada fuerza, como si el bosque entero estuviera conteniendo la respiración, observándolos.

—Este lugar no me gusta nada…

—susurró Xanthe, abrazándose a sí misma.

Sus ojos recorrían la penumbra entre los árboles con nerviosismo—.

Se siente…

pesado.

Como si el aire estuviera viciado.

—No son imaginaciones tuyas —respondió Easton, empuñando su arma con los nudillos blancos por la tensión—.

Hay algo aquí que no es natural.

Mantente cerca de mí.

Acalia, que lideraba la marcha con la postura tensa de un depredador, se detuvo en seco.

No se giró, simplemente alzó una mano abierta en señal de alto absoluto.

—Silencio —ordenó, en un susurro que cortó el aire como un cuchillo.

Biel se congeló.

Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, erizándole la piel.

No era solo miedo; Era una sensación primitiva de estar siendo cazado.

La tensión era tan palpable que podía saborear, metálica y fría.

Antes de que pudiera preguntar qué ocurría, las sombras a su alrededor parecieron oscilar, aunque no había luz que las moviera.

—Vaya, vaya…

—una risa baja, siniestra y rasposa resonó, no desde un punto fijo, sino desde todas partes a la vez, rebotando en los troncos de los árboles—.

Así que estos son los cachorros que se atrevieron a escupir en los planos del Gran Señor Gard.

El grupo formó un círculo defensivo espalda con espalda al instante.

Biel sintió su corazón martillar contra sus costillas, buscando desesperadamente al dueño de la voz en la oscuridad creciente.

—¿Quién eres?

—gritó Biel, intentando que su voz no temblara, apretando los puños hasta que le dolieron—.

¡Deja de esconderte y muéstrate!

Una figura emergió de entre las sombras, no caminando, sino deslizándose como si el suelo no lo tocara.

Era un hombre alto, envuelto en una capa negra que absorbía la luz del atardecer.

Su rostro estaba oculto tras una máscara de porcelana blanca, perturbadora por sus intrincados grabados rojos que parecían venas palpitantes.

En sus manos, dos espadas curvas emanaban un aura oscura y viscosa que goteaba sobre la hierba.

—Mi nombre es Kurusume —dijo, inclinando ligeramente la cabeza con una cortesía helada—.

Y estoy aquí para cumplir con una tarea simple: purgar a cualquiera que represente una amenaza para el Señor Gard.

—¡Como si fuera tan fácil!

—gritó Xanthe, dando un paso al frente.

El miedo la hacía temblar, pero su instinto de combate se encendió.

Alzó las manos y el aire comenzó a vibrar.

Pero Kurusume no esperó.

Antes de que ella pudiera terminar la primera sílaba de su conjuro, el asesino desapareció en un parpadeo.

Un instante después, una respiración fría rozó la nuca de la chica.

—Demasiado lenta —susurró la voz detrás de su oreja, mientras el filo helado de una espada se posaba suavemente sobre su yugular.

—¡No te atrevas!

—rugió Easton.

El guerrero golpeó el suelo y una descarga de estalactitas de hielo salió disparada hacia el asesino.

Kurusume se movió con una velocidad inhumana, retirando la espada del cuello de Xanthe y saltando hacia atrás, fundiéndose con las sombras para esquivar el hielo.

Pero entonces ocurrió lo imposible.

Justo cuando Kurusume aterrizaba en la rama de un árbol cercano, miró el borde de su capa.

Estaba chamuscado.

«¿Qué demonios…?» , pensó el asesino, su calma momentáneamente fracturada mientras tocaba la tela quemada.

«Ese ataque…

no siguió el flujo de maná convencional.

Era mucho más caliente que el fuego elemental normal; era casi blanco.

Además…

esa niña dijo que era fuego, pero violó las leyes de la magia.

Surgió en un parpadeo, sin cántico, sin salir de su bastón.

Se materializó en el aire como si la realidad misma hubiera decidido arder.

Un segundo más lento, y me habría volado la cabeza.» Abajo, el grupo se cerró rápidamente en un círculo defensivo, espalda con espalda.

—¡Bien hecho, hermana!

—jadeó Easton, colocándose frente a ella con su escudo listo—.

¡Casi lo conviertes en cenizas!

—G-gracias…

—tartamudeó Xanthe, mirando sus propias manos con confusión y terror—.

Pero…

no sé por qué se conjuró de esa manera.

Ni siquiera terminó el hechizo.

Me ha estado pasando muy seguido últimamente; simplemente deseo que ocurra y…

explota.

—¡No importa el cómo ahora, importa que funciona!

—la cortó Easton, sin apartar la vista de las ramas oscuras—.

Lo bueno es que casi le das.

¡La próxima, diez por certeza que no fallarás!

Biel, sintiéndose superado por la velocidad sobrenatural del enemigo, presionó la empuñadura de su espada hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Giró la cabeza hacia Acalia, buscando desesperadamente la guía de la veterana.

—Capitana…

—susurró Biel—.

¿Alguna instrucción?

— ¿Qué hacemos?

—preguntó Biel, forzando la voz para mantener la calma mientras apretaba la empuñadura de su arma.

Acalia desenvainó su espada con un movimiento fluido y fijó su mirada depredadora en la espesura del bosque.

—Manténganse juntos —ordenó—.

Este sujeto es muy distinto a los bandidos que atacaron la aldea; no es un enemigo cualquiera.

Su habilidad para moverse entre las sombras lo hace peligroso, pero no invencible.

—Y ¿qué hay de ti?

—preguntó Xanthe, con la voz temblando ligeramente.

—Yo me encargaré de él —sentencia Acalia, sin apartar la vista de los árboles—.

Les pido que no intervengan.

Aún no están a su nivel.

Xanthe, aunque tu ataque casi lo alcanza, eso no significa que puedas vencerlo en un duelo directo.

—Pero…

—intentó protestar la chica.

Biel le puso una mano en el hombro, interrumpiéndola suavemente.

—Tranquila.

Ella podrá con él —dijo, intentando transmitirle una seguridad que él mismo apenas sentía—.

Confíe en su experiencia.

—Y si no puede?

—insistió Xanthe, bajando la voz.

—Entonces encontraremos la manera de derrotarlo nosotros —respondió Biel, agudizando la vista—.

Por ahora, nuestra tarea es observarlo.

Tenemos que encontrar algún punto débil.

Sin previo aviso, Kurusume reapareció, lanzándose desde la penumbra con ambas espadas por delante como colmillos de acero.

Acalia no retrocedió; bloqueó el ataque con firmeza, y el choque de las armas resonó en el bosque como un trueno metálico.

El asesino saltó hacia atrás, aterrizando con gracia pero visiblemente sorprendido por la fuerza del bloqueo.

—Interesante…

—dijo Kurusume, y se podía adivinar una sonrisa torcida detrás de su máscara de porcelana—.

No esperaba encontrar a alguien como tú en un lugar como este.

Tu don con la espada es fascinante; en mis años de cacería nunca me había encontrado con tal destreza.

Serás la primera en darme un buen festín.

Acalia no respondió a la provocación.

En lugar de eso, avanzó con rapidez letal, lanzando una estocada tras otra, obligando al asesino a ponerse a la defensiva.

Kurusume esquivaba con elegancia sobrenatural, pero cada vez le costaba más mantener el ritmo ante la presión asfixiante de la guerrilla.

Mientras el acero chocaba contra el acero, Biel observaba la batalla con intensidad, tratando de encontrar alguna grieta en la defensa perfecta de Kurusume.

Fue entonces cuando lo notó.

Era un detalle fugaz, casi imperceptible.

Cada vez que Kurusume estaba a punto de desaparecer en las sombras para esquivar un golpe mortal, los intrincados grabados de su máscara emitían un leve, pero inconfundible, brillo rojo.

-¡Bingo!

—exclamó Biel, señalando con urgencia al asesino—.

¡He encontrado su punto débil!

¡Es su máscara!

Eso es lo que le da su poder.

—La máscara?

—preguntó Easton, confundido por un instante.

Xanthe entrecerró los ojos, enfocando su vista a pesar del caos del combate.

Al observar detalladamente, ella también se percató: el flujo de magia no venía del cuerpo del asesino, sino que convergía en la porcelana pintada.

—Tiene razón…

—murmuró ella.

Mientras tanto, el duelo principal continuaba.

Acalia y Kurusume intercambiaban golpes a una velocidad vertiginosa.

Aunque el combate parecía igualado, la capitana comenzaba a ganar terreno, presionando con ferocidad, mientras que Kurusume empezaba a mostrar signos de fatiga, su respiración volviéndose pesada bajo la máscara.

Acalia, sin dejar de atacar, analizó la situación con frialdad: «Vaya, así que por fin se dio cuenta…

En especial esa chica.

No es una maga cualquiera; Tiene un gran potencial, pero aún así no me gustaría que se quede en el grupo .

Es demasiado inestable.

De ahora en adelante nuestros enemigos serán oponentes formidables, y aunque ella cuente con ese tipo de magia rara, aún no la domina.

Podría ser una carga…

Pero bueno, dejaré en sus manos el último ataque para ver si vale la pena.» Con una maniobra brusca, Acalia rechazó un golpe de Kurusume y dio un salto hacia atrás, saliendo deliberadamente del rango de ataque.

—¡Biel, ejecuta tu plan!

—ordenó sin mirarlo.

—Pero ¿cómo supiste que…?

—empezó a preguntar Biel, sorprendido por la retirada arrepentida de ella—.

¡Hazlo de una vez!

—le cortó Acalia—.

¡Ahora que tienes la oportunidad!

—¡Está bien, pero deja de ser tan fría conmigo!

—replicó Biel, frustrado pero concentrado.

Se giró rápidamente hacia sus compañeros—.

¡Easton, Xanthe, es nuestro turno!

Easton no dudó.

—¡Entendido!

—gritó el guerrero—.

¡Xanthe, cúbreme!

La chica reaccionó al instante, lanzando una serie rápida de bolas de fuego hacia Kurusume.

No buscaba herirlo, sino obligarlo a bailar entre las llamas, impidiendo que se quedara quieto.

Mientras el asesino esquivaba el fuego, Easton comenzó a recitar su hechizo, el aire enfriándose a su alrededor mientras fijaba su objetivo en la cara del enemigo.

—¡No lo permitiré!

—rugió Kurusume, comprendiendo la trampa.

El asesino ignoró el fuego y se lanzó en una carga suicida hacia Easton para interrumpir el conjuro.

Pero antes de que pudiera alcanzarlo, Biel se interpuso en su trayectoria.

Usando una velocidad explosiva, Biel interceptó al asesino, bloqueando el avance de las dagas con su propia espada.

—No tan rápido —gruñó Biel, desviando los ataques desesperados de Kurusume con movimientos precisos.

Fue tiempo suficiente.

Easton terminó su cántico.

Una lanza de hielo sólido se materializó en el aire, zumbando al salir disparada.

Kurusume, bloqueado por Biel, no tuvo espacio para esquivar.

El impacto fue devastador.

La lanza tocando la máscara blanca con un crujido seco.

La porcelana se estalló en mil pedazos y la energía oscura se disipó al instante.

El asesino, despojado de su fuente de poder, cayó al suelo, jadeando agónicamente.

—¿Qué…

qué han hecho?

—murmuró Kurusume, cubriéndose el rostro expuesto, intentando levantarse sin éxito.

Acalia se acercó lentamente, con el paso de un verdugo, hasta que la punta de su espada rozó el cuello del hombre caído.

—Tu tiempo ha terminado —sentencia con voz gélida—.

Dile a tu señor que no le tememos.

Kurusume soltó una risa débil y pastosa, escupiendo sangre.

—Esto…

no ha terminado.

Gard…

vendrá por ustedes…

Con esas últimas palabras, el cuerpo del asesino se deshizo en una nube de sombras negras que se las llevó el viento, dejando atrás solo el eco burlón de su risa.

El bosque quedó en silencio.

El grupo permaneció quieto un momento, con la adrenalina bajando poco a poco, recuperándose del enfrentamiento.

Finalmente, Xanthe rompió el silencio, mirando el lugar donde el enemigo había desaparecido.

—¿Creen que volverá?

Acalia guardó su espada con un chasquido metálico y respondió sin adornos, confirmando sus propios temores internos.

—Eventualmente, sí —dijo, mirando hacia el horizonte oscuro—.

Nos acabamos de metro en la boca del lobo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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