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Fragmento de lo Infinito - Capítulo 80

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Capítulo 80: Capítulo 79: Una chispa, mil memorias

El zumbido en el aire cambió.

Los 30 minutos de descanso habían terminado. Las risas, las bromas, las miradas cruzadas… se fueron apagando poco a poco como el eco de una melodía lejana. Uno a uno, los aspirantes fueron guiados hacia una enorme sala dimensional, una esfera mágica envuelta por paredes de energía transparente que reflejaban luces danzantes como estrellas atrapadas en movimiento.

—Bueno… —susurró Easton, mirando alrededor—. Esto parece sacado de un sueño… o una pesadilla con estilo.

La sala estaba dividida en dos secciones flotantes. En la primera, objetivos en movimiento volaban en todas direcciones, cambiando velocidad, forma y brillo. En la segunda, recipientes mágicos transparentes flotaban, esperando ser llenados de energía sin romperse por la presión.

—Así que esto es la famosa “evaluación práctica” … —dijo Xantle con algo de tensión en la voz.

—Y los recipientes mágicos no son fáciles… —añadió Sarah mientras observaba uno que parecía latir como un corazón de cristal—. Si canalizas demasiada energía, estallan. Si canalizas poca, se vacían.

El profesor habló desde el centro de la sala:

—Aspirantes, como fue mencionado, el examen consta de dos partes: precisión mágica y control. Recuerden: no basta con tener magia, hay que saber usarla. El exceso y la falta son errores por igual.

Biel se mantuvo en silencio. Sus ojos no estaban en los objetos flotantes ni en los recipientes.

Estaban en sus amigos.

A su alrededor, cada uno de ellos se preparaba para la evaluación… sin tener idea de lo que realmente podían hacer.

Y eso era un problema.

Se acercó con paso firme a Sarah, Xantle y Easton.

—Chicos, ¿me pueden decir cómo se llaman sus habilidades?

Sarah fue la primera en responder, con naturalidad:

—Mi habilidad es de sangre.

—¿Sangre? —repitió Biel, fingiendo curiosidad.

—Sí —asintió ella—. Consiste en crear espinas de sangre capaces de perforar cuerpos.

Biel ya lo sabía. Conocía esa magia mejor que ella misma… porque ya la había visto antes, en otro tiempo, en otra batalla. Pero no dijo nada. No aún. No hasta que estuviera segura.

Luego fue el turno de Xantle. Se acarició el brazo con timidez antes de hablar:

—Mi magia es de destello. Puedo generar destellos de un color neón. Yo la llamo… destello neón.

Biel bajó la mirada por un instante.

“Destello neón…” Esa energía era apenas una chispa comparada con lo que Xantle podía hacer. Su verdadera habilidad, magia de Astreo, era una magia cósmica poderosa, capaz de invocar los fenómenos más bellos y destructivos del universo: cometas, meteoritos, incluso agujeros negros. Aunque en el pasado, solo llegó a controlar los cometas.

Finalmente, Easton se adelantó con su sonrisa habitual.

—Mi magia es de cristal… o eso creo. Puedo generar pequeños cristales y lanzarlos con mucha precisión.

Biel cerró los ojos un instante. La magia de Easton no era de cristal. Era magia de Glaciar, poderosa y sigilosa como una ventisca silenciosa. Los cristales eran solo manifestaciones inestables de su verdadera naturaleza.

—Bueno, ya que te dijimos nuestras habilidades… ahora queremos saber para qué querías saberlas. —preguntó Sarah, con los brazos cruzados.

—Quiero ayudarlos a usar perfectamente sus habilidades. —respondió Biel con calma.

Sarah frunció el ceño.

—¿Acaso crees que no las sabemos utilizar?

—Claro que sé que pueden usarlas. —dijo Biel—. Pero quiero que las utilicen a la perfección.

Easton arqueó una ceja, con una sonrisa desafiante.

—¿Quieres decir que no sabemos utilizarlas, o qué?

—Se perfectamente que saben cómo son sus habilidades. —dijo Biel, tratando de mantener la calma—. Pero yo tengo conocimientos sobre muchas habilidades. Y creo que puedo ayudarlos a llevarlas a otro nivel.

Easton lo miró con los ojos entrecerrados.

—¿Conocimiento de muchas habilidades? ¿Acaso eres un cerebrito, o qué?

—No soy ningún cerebrito. —dijo Biel, aguantando la risa—. Pero si me lo permiten, quiero ayudarles a alcanzar el potencial que realmente tienen.

Xantle lo observó por un momento… y asintió.

—Bueno… creeré en ti.

Acalia, que había permanecido en silencio hasta ese momento, se adelantó.

—Es mejor que le crean. Biel sabe muchas cosas que nosotros no.

La voz de Acalia sonaba firme. Ella había visto parte de los recuerdos de otra vida. Y aunque no lo comprendiera del todo… sabía que Biel no mentía.

Easton cruzó los brazos con una mueca.

—Está bien, confiaré en ti… pero recuerda que yo sí sé usar mi habilidad a la perfección.

Sarah sonrió.

—Claro que te creeré. Tengo una intuición de que sabes más de lo que nosotros sabemos.

Biel asintió con serenidad.

—Está bien. Les enseñaré todo sobre sus habilidades.

Hubo un momento de silencio entre ellos. Un instante de confianza suspendida en el aire. Como si algo importante acabara de ser dicho… sin necesidad de decir más.

Entonces, la voz del profesor volvió a sonar.

—Aspirantes, colóquense por orden. Comenzaremos con la prueba de precisión mágica.

Easton levantó una mano.

—¿Se permite usar frases antes de lanzar el hechizo?

—No. —respondió el profesor sin mirar atrás.

—Lástima… ya tenía una preparada. —susurró él, mientras los demás reían.

Biel, caminando con los suyos hacia la zona de precisión, no pudo evitar sonreír. Era la primera vez que los veía tan unidos. Y sabía que lo que estaba por venir… cambiaría todo.

El ambiente en la sala dimensional se llenaba de murmullos ansiosos. Las plataformas brillaban, los objetivos flotaban girando lentamente, esperando el impacto de magias inexpertas. Pero Biel no estaba mirando eso. Él miraba a sus amigos, más allá de sus cuerpos presentes, como si viera ecos antiguos en sus gestos cotidianos.

Sabía que no recordaban. Sabía que sus verdaderos poderes aún dormían… y también sabía que el tiempo apremiaba.

—Escuchen… —dijo Biel, acercándose al grupo—. Quiero explicarles algo sobre sus habilidades.

—¿Eh? ¿Ahora? —Easton alzó una ceja—. ¿No crees que es un mal momento para dar clases?

—Solo será un minuto —aseguró Biel—. Les diré lo que he leído en los libros de mi aldea…

Mentía.

Él no lo había leído. Él lo había vivido. Hace doscientos años. Junto a ellos. Riéndose, luchando, cayendo… volviendo.

—Sarah, permíteme explicarte. Tu magia no se limita a espinas de sangre. Es mucho más poderosa. Puedes usar técnicas de sangre. Técnicas verdaderamente asombrosas.

Sarah lo miró confundida.

—¿Técnicas de sangre? ¿Cómo… técnicas?

Pero en ese instante, un dolor agudo atravesó su mente. Se llevó una mano a la cabeza. El mundo giró, y las luces de la sala se volvieron borrosas. Luego… comenzaron a llegar.

Los recuerdos.

Imágenes inconexas, destellos, emociones. Biel luchando contra su padre, gritos, llamas. Luego, la caída de Biel, su cuerpo cubierto de heridas, cayendo hacia la nada… y el llanto desgarrador de alguien que lo amaba.

Sarah jadeó.

Siguió viendo más. Biel regresando desde un plano que no comprendía. Con él, tres figuras: una chica alada que irradiaba luz, un joven de orejas largas y ojos sabios (un espíritu, más que un elfo), y una chica… una niña de cabello marrón, que miraba a Biel como si fuera su mundo entero.

Su hermana.

Las batallas no cesaban. Una tras otra. Las emociones eran pesadas, como si el alma misma se desgarrara al recordar. Hasta que, finalmente, lo vio:

Una chica igual a ella. Herida. Moribunda.

Y Biel, con lágrimas en los ojos, arrojándose en medio de todo para salvarla.

Sarah retrocedió un paso, tambaleante.

—¿Qué son… estos recuerdos? —susurró con la voz temblorosa.

Las lágrimas ya caían.

Acalia, que observaba desde cerca, se acercó sin dudar. Había visto esa expresión. Ella también había sentido ese dolor. Sabía que no era solo una jaqueca.

—Sarah… tranquila, estás bien. Estoy contigo.

Biel la observó. Sabía lo que estaba ocurriendo. Había iniciado. Los fragmentos del alma de Sarah comenzaban a reconstruirse.

Se acercó al profesor rápidamente.

—Profesor. ¿Puedo llevarla afuera? Necesita aire.

—Adelante, pero no demoren. El examen está a punto de comenzar.

—Entendido.

Con cuidado, Biel guio a Sarah fuera de la sala dimensional.

Xantle los vio salir, y se giró hacia Easton.

—¿Qué le pasó? ¿Por qué estaba llorando?

—¿Dolor de cabeza repentino? —sugirió él—. Eso me pasa cuando como mucha tarta…

Acalia, sin embargo, no bromeó.

—No fue solo eso. Lo sé. Ella… vio algo. Como yo. Recuerdos.

Xantle ladeó la cabeza.

—¿Recuerdos… de qué?

Acalia no respondió. Sus ojos estaban fijos en la puerta por donde Biel y Sarah se habían marchado.

—Biel dice la verdad. Él… es el héroe del eclipse.

En el jardín exterior del instituto, el aire era más fresco. Las flores colgaban de las ramas como linternas etéreas, y el suelo vibraba con una calma extraña.

Biel ayudó a Sarah a sentarse en un banco de piedra cubierto de runas vivas.

—¿Te sientes mejor?

Sarah respiró hondo.

—Sí… ya pasó el dolor. Pero… esos recuerdos… No entiendo qué significan.

Biel alzó la mirada al cielo, como si buscara fuerza entre las nubes.

—Sarah… ¿me creerías si te dijera que soy Biel, el héroe que salvó este mundo?

Sarah lo miró, desconcertada.

—¿Qué estás diciendo? ¿El héroe que salvó… este mundo?

—Sí —afirmó, con la voz serena pero firme—. Soy la reencarnación de Biel. Hace doscientos años sacrifiqué mi vida para reconstruir este mundo. Y luego… renací.

Sarah no respondió. Aún intentaba digerir lo anterior. Biel continuó.

—En esa época tenía muchos amigos. Entre ellos… estabas tú. Tú, Sarah. Tú eras una vampira noble, hija del rey de las tierras oscuras. Tu padre, Lip, era temido en todo el continente.

El nombre encendió una alarma en su mente.

—Nos enfrentamos a él. Yo… morí en esa batalla. Pero luego regresé, gracias a una diosa que me ofreció una segunda oportunidad.

Los ojos de Sarah se agrandaron.

—La chica… que vi en mis recuerdos. La que se parecía a mí. ¿Esa era yo?

—Sí. Tú luchaste a mi lado. Te uniste a nosotros, confiaste en mí. Y cuando Domia intentó asesinarte, yo te protegí. Te salvé.

Sarah no podía hablar. No aún. Las lágrimas seguían bajando. No de dolor, esta vez. Sino de algo más complejo. Más profundo.

—Yo… reencarnada…? —susurró.

Biel asintió.

—Después de la guerra, Khios apareció, todos ustedes fueron asesinados a sangre fría por Khios, después de eso destruí todo. Y con ayuda del dios del tiempo, Chronasis, y la diosa de los espíritus, Yael… reconstruimos el mundo. Pero el precio fue mi vitalidad.

—Y… ¿por eso estás aquí ahora? ¿Reencarnado?

—Sí. El dios del tiempo te le pidió a la diosa de los espíritus que sus almas de todos mis amigos también fueran enviadas a este tiempo. Pero el dios del tiempo dijo que solo yo recuperaría mis recuerdos al instante. Ustedes… lo harían poco a poco, si convivía con ustedes.

Sarah bajó la cabeza. Sus puños temblaban.

—Entonces… todo lo que soñé. Ese fragmento. Esa escena de mí cayendo… fue real.

Biel solo pudo asentir.

Y entonces… sin avisar, Sarah lo abrazó con fuerza.

—Pasaste por tanto… tanto dolor… —susurró—. Y aun así sigues adelante. Aunque mis recuerdos no estén completos, mi intuición me dice que no estás mintiendo.

Biel se quedó quieto unos segundos. Luego le devolvió el abrazo.

El tiempo se detuvo para ellos.

Solo el murmullo de las hojas, y un par de luciérnagas mágicas bailando alrededor.

Dos almas reencontrándose… por segunda vez.

Desde detrás de una columna flotante de luz, Acalia, Xantle y Easton espiaban con descaro.

—¿Están… abrazados? —susurró Xantle, ocultando medio rostro tras sus dedos.

—¡Yo sabía que había tensión! ¡Tensión romántica! —exclamó Easton, conteniendo la risa como si fuera dinamita pura.

Acalia, sin decir una palabra, apretó los puños. El rubor le invadía las mejillas, pero su orgullo era más fuerte que su honestidad emocional.

—¡Eso no significa nada! ¡Seguramente solo fue un abrazo casual, protocolar, por educación mágica o algo así!

Xantle la miró de reojo.

—¿Y entonces por qué estás roja como una fruta de maná recién recolectada?

—¡No estoy roja! ¡Estoy concentrada! —bufó Acalia, inflando las mejillas como si fueran a explotar—. Además… ¡¡estamos espiando!! ¡No deberíamos ni estar aquí!

Easton chasqueó la lengua.

—¡Oh, ahora es mala idea después de que viste lo que viste, eh!

Mientras tanto, en el jardín exterior, Sarah soltaba lentamente el abrazo, aún con los ojos húmedos.

—Gracias por contarme la verdad, Biel.

Él asintió, respirando hondo.

—Es mejor que regresemos. El examen práctico va a comenzar pronto.

Pero antes de moverse, Sarah lo detuvo con una mano en el pecho.

—Espera un momento. Dime una cosa… ¿sabes a la perfección de qué trata mi habilidad?

Biel la miró fijamente. No había mentira en sus ojos.

—Sí. Es una gran habilidad. En el pasado, pudiste hacerle frente a Domia, incluso cuando ella era diez veces más poderosa que tú, y eso que tú estabas en tu forma auténtica.

—¿Forma auténtica?

—La verdadera forma de un vampiro. Es un estado superior que conecta al usuario con sus raíces más profundas, con el origen mismo de su sangre. La primera vez accediste a ella porque tu padre, Lip, te ayudó a despertar ese vínculo. Ahora, ese poder duerme dentro de ti. Pero despertará. Es solo cuestión de tiempo.

Sarah lo miraba como si cada palabra tallara algo nuevo en su interior.

—Entonces… ¿está dentro de mí?

—Sí. Y quiero que estés lista cuando despierte.

—Entonces… dime. ¿Cómo funciona mi habilidad exactamente?

Biel dio un paso hacia ella, adoptando un tono más firme y claro.

—La magia de sangre permite controlar la sangre como arma, escudo, extensión o vínculo. Tú usas espinas de sangre, pero puedes canalizar la sangre en un solo punto y amplificar el impacto hasta veinte veces más que ahora. Puedes formar lanzas, látigos, muros, incluso sellos si aprendes a manejarla con precisión.

Los ojos de Sarah brillaron.

—Quiero intentarlo.

—Hazlo en el examen práctico de precisión mágica. No dudes. Tu sangre es más fuerte de lo que crees.

Sarah sonrió.

—De acuerdo. Gracias, Biel.

Y con eso, ambos regresaron al interior.

Pero justo cuando iban a entrar, Acalia, Xantle y Easton salieron corriendo como si huyeran de una catástrofe natural.

—¡Rápido, rápido! ¡Nos va a descubrir! —gritaba Easton.

—¡Te dije que no te rieras en voz alta, imbécil! —respondía Acalia.

Entraron jadeando, fingiendo estiramientos y movimientos sospechosamente torpes.

Unos segundos después, Biel y Sarah entraron con total calma.

Biel los observó… agitados, sudando, con sonrisas demasiado amplias como para ser sinceras.

—¿Están bien? ¿Por qué están tan agitados?

Acalia dio un paso adelante.

—¡Estábamos calentando para el examen!

Xantle asintió, casi con culpa.

—Sí, eso. Calentamiento. Nada más.

Easton, como siempre, arruinándolo todo:

—¡Es verdad! Estábamos calentando, no es que estuviéramos espiándolos ni que corriéramos para que no nos descubrieras… ¡para nada!

El silencio se hizo eterno.

Biel entrecerró los ojos.

—Entonces… ¿nos estaban espiando?

Acalia giró lentamente hacia Easton, con una vena palpitando en la frente.

—¡Pinche Easton, nos delataste! ¡Eres un idiota!

—¡Lo siento, lo siento, fue el pánico! —se defendió él, cubriéndose con los brazos.

Biel soltó una carcajada baja.

—Tranquilos… solo estaban preocupados por Sarah, ¿verdad?

—¡Exacto! ¡Preocupación pura! —saltó Xantle, feliz de tener una excusa lógica.

—Ella ya se encuentra bien —dijo Biel con tranquilidad.

—Bueno, bueno… —intervino Easton—. Me alegro, pero… ¿y ese abrazo, ¿eh? —lanzó la bomba con una sonrisita pícara.

Acalia se congeló.

Una corriente eléctrica le cruzó el cuerpo.

Se sonrojó de inmediato.

—¡¿Qué dices, pinche estúpido?! —exclamó, dándole un puñetazo mágico a Easton, que rodó por el suelo como una albóndiga de maná picante.

Sarah, sin perder su serenidad, se giró con aire travieso hacia el grupo y dijo con voz calmada:

—Biel me propuso matrimonio y yo acepté. Por eso lo abracé.

El mundo se detuvo.

Acalia abrió la boca. Pero no salió sonido alguno.

—¿Quéeeeeeeeeeeeeee? —gritó.

Biel, con los ojos como platos:

—¿¡Qué cosaaaaaaaaa!?

Sarah estalló en una risita dulce.

—Estoy bromeando. Solo lo abracé porque recordé algo bonito. Solo fue eso.

Biel, aún rojo, murmuró:

—No hagas ese tipo de bromas… podrías matarme de un infarto.

Xantle reía en silencio, cubriéndose los labios.

Acalia aún tenía humo saliendo de las orejas.

—¡¡Te juro que por un momento me iba a desmayar!! —gritó, mientras Easton seguía rodando en el fondo del escenario con estrellas dando vueltas sobre su cabeza.

Y entonces, la voz del profesor resonó:

—¡Aspirantes! Es hora de comenzar la prueba de precisión mágica. Alístense en sus posiciones.

Todos volvieron a la realidad, acomodándose mientras aún flotaban sonrisas, rubores, y… un corazón un poco más agitado que antes.

El bullicio comenzaba a disminuir. Los aspirantes se organizaban en filas, listos para demostrar su precisión mágica. La energía del lugar vibraba como el preludio de una tormenta de hechizos contenidos. Algunos se estiraban, otros murmuraban fórmulas que apenas recordaban. Y unos pocos… se quedaban callados, pensativos.

Biel, en medio del murmullo, cerró los ojos un instante.

En su mente repasaba a cada uno de sus amigos. Uno por uno.

—”Easton y Xantle… creo que pueden superar esta prueba de precisión.” —pensó.

Xantle había mencionado su habilidad como “destello”, y aunque no era su verdadera naturaleza, Biel sabía que la luz rápida y dirigida podía impactar blancos móviles sin mucho problema. Su verdadero reto sería después, cuando debiera dosificar esa energía, mantenerla estable… cuando tocara la parte de control.

Allí Biel tendría que explicarle lo que era la magia de Astreo, ese arte olvidado que dominaba los cielos y canalizaba fenómenos celestes como si la noche misma le obedeciera.

Easton, por su parte, había hablado de cristales, pero Biel sabía que eso era solo una punta helada del iceberg.

—”Si puede generar fragmentos de hielo, podrá dar en los objetivos móviles.” —reflexionaba—. “Pero cuando tenga que controlar su esencia, cuando deba estabilizar la temperatura, mantener el flujo exacto… entonces necesitará saber lo que es la magia de Glaciar.”

Una magia fría… no solo por su temperatura, sino por su disciplina.

Acalia, sin embargo, era diferente.

—”Ella no será un problema.” —pensó con una sonrisa leve.

Ya había logrado comprender su habilidad de Herencia Primordial, y actualmente, tenía una copia de la habilidad de oscuridad de Biel. Era como si, poco a poco, sus recuerdos y su fuerza natural comenzaran a converger.

Todo iba tomando forma.

Todo se alineaba.

Hasta que una presencia cruzó por su lado.

Una presencia que no había sentido en siglos.

Una brisa súbita lo envolvió. Fría y cálida a la vez. Como si la luz y la sombra se dieran la mano en un instante.

Y entonces la vio.

Una chica caminaba entre los aspirantes como si el tiempo se detuviera a su paso. Cabello cafe con reflejos dorados, ojos que parecían capturar el amanecer y el anochecer al mismo tiempo. Su andar era sereno, pero cada paso parecía hundirse en un suelo que la reconocía.

Yumi.

—Yumi… —susurró Biel, casi por reflejo, sin pensarlo, sin filtro. Y apenas lo dijo, se tapó la boca como si acabara de soltar un secreto milenario.

La chica se detuvo. Lentamente giró el rostro hacia él, con una expresión neutra al principio… pero sus ojos se afilaron al instante.

—¿Cómo sabes el nombre de mi madre?

Biel se congeló. Literalmente. Su respiración se detuvo por un instante. Como si el aire se hubiera vuelto hielo dentro de sus pulmones.

—”¿Qué…?” —pensó, sin poder articular nada más.

El mundo giraba a su alrededor, pero su mente solo repetía esas palabras. “El nombre de mi madre…”. No era una figura aleatoria, no era solo una nueva aspirante con un rostro familiar.

Ella no era la Yumi que él conoció.

Era su hija.

Una oleada de recuerdos estalló en su mente. Yumi, la bendecida por Aetherion, que había recibido sabiduría, conocimiento, luz… y también oscuridad. Aquella chica que, en el pasado, había venido de mi mundo, aquella chica que conocí en la Academia Tsubaki Gakuen, que era un año mayor, de segundo grado, aquella que luego de graduarse se despidió de mi en la azotea de la academia, que luego de años, ella volvió, pero yo ya no estaba en ese mundo, pero ella pudo localizarme y vino a este mundo.

Pero ahora… esa misma esencia se sentía extraña. Como si estuviera incompleta. Como si ella… no lo recordara.

—¿Quién eres tú? —preguntó ella, esta vez con el ceño fruncido.

Biel tragó saliva. Miró a su alrededor buscando una excusa, un escape, cualquier cosa. Pero no había nada. Solo la mirada directa de Yumi, exigiendo una explicación.

—Lo siento… confundí tu nombre con el de una amiga de la infancia. Se parecen… mucho. —dijo, con una voz que apenas sostenía su propio peso.

Yumi lo observó por unos segundos. Luego asintió lentamente.

—Supongo que es una coincidencia. —dijo. Pero su voz estaba cargada con una duda profunda.

Y sin más, se dio media vuelta y se marchó.

Biel se quedó allí, con la mirada fija en su espalda. En su mente, una sola pregunta retumbaba:

—¿Yumi también reencarnó? ¿O… es su hija real? ¿Una heredera?

Y si era así… ¿por qué tenía esa mezcla exacta de luz y oscuridad?

—Esto no estaba en mis planes. —murmuró.

Detrás de él, Easton apareció comiéndose una galleta con forma de estrella.

—¡Oye Biel! ¡Ya van a empezar con los tiros! ¡¿Qué haces ahí tieso como una estatua de biblioteca?!

Biel no respondió. Solo respiró hondo y se forzó a regresar con los demás.

Acalia, que lo esperaba en la fila, lo miró de reojo.

—¿Qué pasó? ¿Por qué esa cara de “me acabo de chocar con el pasado”?

—Nada… solo una… coincidencia rara. —dijo Biel, sin convencer a nadie.

—¿Coincidencia con nombre y todo? —intervino Xantle, levantando una ceja.

—¡Yo digo que eso fue una escena dramática escondida entre el polvo de la intriga! —añadió Easton con una sonrisa.

Sarah, desde unos pasos más atrás, miró fijamente a Yumi, que se acomodaba en otra sección. Un leve escalofrío le recorrió la espalda, pero no entendía por qué.

—”Luz y sombra en el mismo cuerpo…” —susurró para sí.

Y así, mientras la prueba de precisión comenzaba, Biel sentía que algo se desmoronaba lentamente dentro de él.

Como si la historia que intentaba reconstruir estuviera empezando a escribir nuevos capítulos… sin pedirle permiso.

Biel aún tenía la mirada perdida. Caminaba por el borde de la plataforma como si sus pensamientos lo empujaran fuera de la realidad. El nombre Yumi aún resonaba en su mente, y no era un eco cualquiera. Era una grieta que había abierto más preguntas que respuestas.

—”¿Era ella…? ¿O era su hija…? ¿Y si solo heredó su nombre?” —pensaba mientras su corazón palpitaba como un tambor en una guerra sin anunciar.

Nada tenía sentido.

Hasta que una presencia familiar lo detuvo.

Una sombra se aproximó desde un rincón del pasillo y se colocó justo frente a él. Biel alzó la vista, y su corazón dio un salto.

—No puede ser… tú eres…

El chico sonrió con serenidad, como si ya supiera lo que Biel iba a decir.

—Vaya, al parecer sabes muchas cosas sobre nosotros. Bueno, ni modo… me caes bien. Mi nombre es Gaudel.

Biel se congeló.

Gaudel.

El chico de cabellos oscuros, de mirada tranquila pero profunda, lo miraba con una expresión que no era ajena. Esa calma, esa certeza, ese misterio… era el mismo Gaudel de antaño. El mismo que podía leer entre líneas, ver a través del alma, y permanecer firme, aunque el mundo colapsara.

—¿Acaso… tú me recuerdas, Gaudel? —preguntó Biel, sin disimular su emoción.

Gaudel asintió, cruzando los brazos con serenidad.

—Claro que sí. Hace rato, cuando te enfrentaste a Say, al analizarte… sentí un dolor de cabeza muy fuerte. Y de golpe, recuerdos estallaron en mi mente. Fue entonces que lo supe: soy la reencarnación de Gaudel. Otro de tus amigos.

Biel sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Como si una puerta que había permanecido cerrada durante siglos se hubiera abierto al fin… por voluntad propia.

—Pensé que para algunos de ustedes sería más complicado recuperar los recuerdos. Me sorprendes. —dijo Biel con una sonrisa.

Gaudel se acercó con paso firme. No había prisa en su andar, pero sí una determinación que se notaba incluso en cómo inclinaba la cabeza.

—Bueno, en mi caso, fue gracias a que tú liberaste un poco de tu poder… ese que aún no todos comprenden. Creo que eso fue el catalizador. Mi ojo reaccionó al instante.

—¿Tu ojo…? —murmuró Biel, intrigado.

—Mi ojo místico —explicó Gaudel, señalando su ojo derecho, que ahora brillaba tenuemente como si contuviera una estrella atrapada—. Puede leer el aura de las personas. Sentí tu energía. Y cuando conectó con la mía… fue como si una cerradura antigua se abriera.

Biel lo miró con asombro.

—Increíble… —susurró—. Y tú, ¿ya lo recordaste todo?

—No todo. Pero lo suficiente como para saber quién eres… y quiénes fuimos.

Los dos se quedaron en silencio un momento. Había algo reverente en esa pausa. Como si se permitieran respetar la magnitud de lo que estaban reconociendo.

Biel bajó la mirada.

—Me alegra tenerte de vuelta, Gaudel. Aunque… hay algo que me tiene inquieto.

Gaudel ladeó la cabeza, como invitándolo a hablar.

—Vi a una chica… pensé que era Yumi. Pero ella me dijo que Yumi era el nombre de su madre. Estoy confundido.

Gaudel no se sorprendió. Su expresión fue la de alguien que ya lo sabía, pero estaba esperando que Biel lo dijera.

—Ella es Yumi. —declaró con firmeza—. La auténtica.

—¿Qué…? —Biel dio un paso atrás, atónito.

—Lo sé porque la vi con mi ojo. El aura no miente. Su energía, aunque distinta en superficie, conserva la esencia exacta de Yumi.

Biel tembló por dentro.

—Pero entonces… ¿por qué dijo que Yumi era su madre? ¿Por qué… no lo recuerda?

Gaudel suspiró.

—Reencarnó igual que nosotros, Biel. Pero al parecer, no heredó el nombre de Yumi. Es posible que en esta nueva vida le dieran otro nombre, pero no hay duda de que es ella.

Biel se llevó una mano al pecho. El peso emocional seguía ahí, vibrando como una cuerda tensa en el fondo de su alma.

—Entonces… ¿por qué lleva un brazalete azul? Antes, Yumi tenía magia de luz y oscuridad… y ahora solo aparece la oscuridad.

Gaudel asintió con serenidad.

—Porque ahora, oficialmente, su magia se considera común. Solo se manifestó la parte de oscuridad cuando tocó la esfera. Lo mismo me pasó a mí: el ojo místico también se considera una habilidad común, por eso me asignaron un brazalete azul.

—Y eso que tu habilidad está muy lejos de ser “común” … —comentó Biel con una sonrisa apagada.

Gaudel respondió con una media sonrisa.

—Las clasificaciones del instituto no siempre comprenden lo que realmente llevamos dentro. Pero no importa. Lo que importa es que Yumi sigue aquí, aunque no lo recuerde aún.

—Y cuando lo haga… —dijo Biel, apenas en voz baja.

—Tú serás la llave para que lo haga. —afirmó Gaudel con convicción.

—¿Yo?

—Siempre fuiste el punto de encuentro, Biel. La razón por la que muchos de nosotros luchamos, crecimos, volvimos a levantarnos. Esta vez no será distinto. Pero ve con calma. Esta vida es distinta. No hay prisa.

Biel cerró los ojos. Dejó que esas palabras se asentaran en su interior como una lluvia tranquila que empapa la tierra antes de florecer.

—Gracias, Gaudel. Por recordarme quién soy… y por estar aquí.

—Siempre. —respondió Gaudel, extendiendo el puño con decisión.

Biel lo chocó sin dudar.

Y por primera vez en mucho tiempo… se sintió menos solo.

El ambiente dentro de la sala resonaba con tensión contenida. Los objetivos flotantes se movían a velocidades irregulares, como si supieran que iban a ser atacados y se burlaran de los nervios de los aspirantes.

Biel exhaló con calma.

Tras su conversación con Gaudel, sentía que el peso en su pecho se había aligerado. No era solo que sus amigos estuvieran comenzando a recordar… era que el lazo entre ellos nunca se había roto. Solo dormía. Como un corazón esperando volver a latir.

—Aspirante Biel. Tu turno.

La voz del profesor resonó firme, aunque con una leve curiosidad detrás del tono.

Biel caminó hacia el centro. Los otros aspirantes murmuraban, algunos con burla, otros con genuina intriga.

—Ese es el chico que derrotó a Say, ¿no?

—¿Pero no tenía magia no común? ¿Cómo piensa pasar esta prueba?

—Seguro fallará. Siempre fallan los raros.

Biel no respondió. Solo cerró los ojos por un segundo y murmuró algo para sí.

—”Que no exploten todos, por favor…”

Abrió los ojos. Sus pupilas brillaban con una intensidad contenida, como brasas bajo la ceniza.

Sin titubear, pronunció:

—Espinas de penumbra.

Al instante, espinas carmesíes emergieron de su brazo como si fueran parte de él mismo, proyectadas hacia los objetivos con precisión quirúrgica. No era una descarga salvaje ni una explosión sin forma.

Era un patrón de movimiento fluido, elegante… como un árbol que crecía a través del aire.

Las espinas impactaron sobre los blancos en movimiento, que explotaron en una lluvia de fragmentos brillantes, uno tras otro. Cada impacto fue exacto. No hubo error. No hubo segundo intento.

Solo eficacia absoluta.

Silencio.

El profesor no dijo nada.

Los aspirantes se quedaron congelados.

Algunos abrieron la boca para decir algo, pero las palabras simplemente… no salieron.

Biel se rascó la nuca, sonriendo con incomodidad.

—”Creo que me dejé llevar un poco… jeje…”

El profesor, aún paralizado, murmuró sin pensar:

—Nunca había visto una magia de tal calibre… ¿Seguro que tienes magia no común?

Biel asintió.

—Claro que tengo magia no común.

El profesor frunció el ceño, como si quisiera entender algo que escapaba a su lógica.

—Pero alguien con magia no común no podría canalizar tanta probabilidad de éxito. Es… improbable.

Gaudel, que estaba observando a unos metros, se acercó discretamente, le dio un codazo en las costillas a Biel y murmuró:

—Vaya, amigo… eres impresionante. ¿Estás seguro de que no eres una leyenda caminando disfrazada de chico común?

Biel se rio en voz baja.

—Creo que exageré un poco.

—Solo un poco. —respondió Gaudel con una sonrisa sarcástica.

El turno continuó.

Acalia fue la siguiente.

Se colocó en el centro con una expresión seria, pero con fuego en los ojos. Alzó una mano y canalizó la habilidad de oscuridad que había copiado de Biel.

—Sombras de impacto.

Un torrente de oscuridad se desplegó desde sus palmas, formando proyectiles precisos que golpearon todos los blancos, uno por uno. Las sombras no solo golpeaban; se movían como si tuvieran voluntad propia.

—¡Impacto perfecto! —anunció el profesor, aún algo perplejo—. Otro… no común… ¿Qué ocurre este año?

Los murmullos se intensificaron.

—¿Desde cuándo los no comunes son así?

—Creo que subestimamos al grupo naranja…

Luego, fue el turno de Xantle.

Subió algo nerviosa, pero se detuvo al ver la mirada de Biel. Él solo le sonrió y asintió.

—Confía en tu luz.

Xantle cerró los ojos y murmuró:

—Destello neón.

Un rayo brillante emergió de sus dedos, pero no uno cualquiera. Era un lazo danzante de energía vibrante, que rebotaba entre los objetivos como si jugara con ellos. Cada rebote era un impacto.

¡Uno, dos, tres… cinco blancos caídos!

La sala aplaudió.

Incluso el profesor pareció sonreír por primera vez.

—Muy bien ejecutado.

Easton fue el siguiente. Con su clásico estilo relajado, subió como si estuviera por lanzar una broma en lugar de cristales.

—Bueno… no me fallen ahora, chicos de hielo.

Extendió la mano. Cristales afilados y brillantes flotaron a su alrededor como fragmentos de un espejo caído del cielo.

—¡Lluvia helada!

Los cristales salieron disparados en línea recta. Algunos rebotaron, otros giraron, pero todos dieron en el blanco.

—¡Sí! ¡Soy genial! ¡Dije que podía hacerlo! —gritó Easton, levantando los brazos con un entusiasmo infantil.

Sarah fue la siguiente.

Miró a Biel, recordando lo que le había enseñado. Luego respiró hondo, colocó las manos frente a sí y murmuró:

—Lanza de sangre.

Una espina de sangre gruesa y brillante emergió de su brazo. Pero esta vez… tenía forma de lanza. Canalizó la energía en el centro y apuntó.

El impacto fue devastador. El blanco no solo fue destruido: se desintegró.

El profesor anotó en silencio. Y sonrió.

Finalmente, Gaudel avanzó. En silencio, sin alardes.

Su ojo derecho brilló y una esfera de energía salió disparada, rebotando entre todos los blancos. Cada impacto fue medido, perfecto, calculado.

Una ejecución impecable.

El profesor guardó silencio unos segundos, luego levantó la cabeza.

—Todos los aspirantes… han pasado la prueba de precisión con éxito.

Hubo una mezcla de suspiros de alivio, sonrisas contenidas y uno que otro grito de victoria (principalmente de Easton).

Biel miró a los suyos. Ya no eran solo aspirantes con brazalete naranja. Eran un equipo. Un renacimiento.

Y esto… solo acababa de comenzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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