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Fragmento de lo Infinito - Capítulo 81

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Capítulo 81: Capítulo 80: Entonces créala

Los ecos de la prueba anterior aún vibraban en el aire. La sala flotante donde se realizaban los exámenes se había calmado por unos minutos. Los blancos destruidos habían sido reemplazados por estructuras nuevas, listas para la siguiente prueba. El receso de 15 minutos era un respiro en medio de tanta tensión, pero para Biel, era el momento clave para ayudar a sus amigos.

Se giró y los observó uno por uno. Sarah estaba sentada, mirando sus propias manos, aún sorprendida por la precisión con la que había canalizado la sangre. Acalia caminaba en círculos, pensativa, ensayando el flujo de su habilidad heredada. Ellas ya habían empezado a entender lo que llevaban dentro.

Pero había dos que aún no lo sabían.

Xantle y Easton.

Biel se acercó. El sonido de sus pasos en el suelo rúnico resonó como un aviso de que lo que venía no era cualquier charla.

—Es hora de que comprendan lo que realmente son sus habilidades. —dijo con firmeza.

Xantle lo miró con atención. Ya había visto cómo Biel hablaba, actuaba, observaba. Y algo dentro de ella ya no dudaba tanto.

—Estoy de acuerdo. Sé que no conozco a fondo lo que soy capaz de hacer. Mi habilidad… se siente como si escondiera algo más.

Easton, en cambio, cruzó los brazos con una sonrisa confiada.

—Está bien, te escucharé. Pero yo sé cómo es mi habilidad, ¿vale? No creo que puedas saber más que yo sobre lo que yo mismo puedo hacer.

Biel asintió con calma, sin alterarse.

—Entiendo perfectamente tus palabras, Easton. Sé que has entrenado, que has explorado tu don. Pero lo que tú conoces… solo es el 2% de lo que en realidad puede hacer tu habilidad.

Easton parpadeó. El número lo dejó sin palabras por un segundo.

—¿Dos por ciento? Eso es ridículamente bajo. Es casi improbable que tú sepas más que yo. Pero… esta vez te creeré. Solo porque has sido directo.

Biel sonrió.

—Gracias por confiar. Solo quiero ayudarte a que pases el examen. No es por obligación. Es porque quiero verte brillar.

Xantle asintió.

—Entonces aprovechemos estos quince minutos. Explícanos lo que puedas.

Biel asintió, y su mirada se posó en Easton. El más escéptico… y el que más necesitaba ayuda.

—Vamos contigo primero.

Easton alzó una ceja.

—¿Por qué yo?

—Porque eres el más terco.

—¡Hey! ¡Eso fue cruelmente honesto!

Biel sonrió. Luego se puso más serio.

—Dijiste que puedes hacer destellos de hielo, ¿cierto?

Easton asintió.

—Sí, pequeñas ráfagas. Congelo y lanzo. Sencillo.

—No. Lo que haces no es hielo puro. No es siquiera la base de lo que puedes llegar a hacer. La fuente verdadera de tu habilidad se llama… Glaciar.

Easton lo miró como si Biel acabara de decir que podía volar solo con pensamiento.

—Glaciar… estás bromeando. Eso suena a magia avanzada de nivel leyenda. ¿Crees que tengo algo así? Me parece absurdo.

En ese momento, una voz se unió a la conversación.

—No es absurdo. Es verdad.

Gaudel se acercó con pasos tranquilos. Su ojo brillaba con una energía suave pero constante.

Easton lo observó con desconfianza.

—¿Y este tipo quién es? Recién te veo por aquí.

Gaudel sonrió educadamente.

—Me presento. Soy Gaudel, un gusto. Y lo que dijo Biel no es mentira. Poseo el ojo místico, y puedo ver el aura de las personas… y con eso también puedo ver qué habilidades están conectadas con ustedes. En ti, está Glaciar. Así que Biel no está inventando nada.

Easton lo miró durante unos segundos en silencio.

—Vaya… así que tienes un ojo que todo lo ve. Eso es… interesante.

—Entonces, ¿me creerás ahora? —preguntó Biel.

Easton suspiró, cruzando los brazos otra vez.

—Está bien. Solo esta vez. Digamos que creo que tengo esa magia… ¿y ahora qué? ¿De qué me sirve saberlo si no tengo ni idea de cómo usarla?

Biel dio un paso más cerca. Y con voz tranquila, comenzó a explicar.

—La magia de Glaciar es especial. No se trata solo de hielo. Es el poder de lo que yace oculto, lo que se forma lentamente con el tiempo. El poder de un glaciar radica en su inmensa masa de hielo, que, al moverse con lentitud, esculpe montañas, valles, modela la tierra. No se trata de lanzar estacas de hielo. Se trata de construir, moldear, resistir. Un glaciar puede arrastrar piedras del tamaño de casas y, al mismo tiempo, guardar silencio durante siglos.

Easton lo escuchaba con más atención de la que pensaba tener.

—Los glaciares regulan ríos, alimentan bosques enteros al derretirse, cambian el clima. Son gigantes que caminan despacio… pero cuando se mueven, el mundo cambia con ellos. Esa es tu habilidad. Y ese es el poder que duerme dentro de ti.

Xantle lo observaba fascinada. Era como escuchar una leyenda viva narrando lo que alguna vez fue real.

Easton bajó la mirada.

—Entonces… no soy solo un lanzador de escarcha.

Biel negó con una sonrisa.

—Eres un escultor de hielo, un destructor de montañas, un creador de ríos. Solo necesitas aprender a controlar el ritmo… y fluir.

Easton levantó la vista. Por primera vez en mucho tiempo, su sonrisa no era burlona. Era sincera.

—Gracias, Biel. De verdad. Ahora tengo muchas más ganas de intentarlo.

Biel asintió.

—Y lo harás. Te guiaré paso a paso. No estás solo.

En ese momento, el silbato del profesor sonó, anunciando que el receso estaba por terminar.

—Volvamos. Después te explico a ti, Xantle. Aún queda tiempo antes del control mágico.

Xantle asintió.

—Lo espero. Si todo lo que has dicho hasta ahora es cierto… estoy lista para descubrirlo.

El silbato del profesor se alzó como una señal de guerra entre las conversaciones pendientes. Los aspirantes comenzaban a reagruparse para enfrentar la segunda y última prueba del examen práctico: control de energía. Biel apretó los dientes levemente; el tiempo que había invertido con Easton había sido útil… pero también extenso.

Solo quedaban unos minutos.

Y Xantle aún lo esperaba, con sus ojos brillantes como luciérnagas en plena noche.

—¿Todavía tengo tiempo? —preguntó ella con una voz suave, pero cargada de esperanza.

Biel asintió de inmediato.

—Sí. No me iría sin ayudarte. Vamos al grano.

Ambos se alejaron unos pasos de los demás. El aire entre ellos parecía más claro, más ligero. Como si el cosmos mismo se inclinara a escuchar lo que estaba por decirse.

Biel la miró con serenidad.

—Xantle… tu habilidad no es solo “destello neón”. Eso es apenas una chispa del fuego estelar que llevas dentro.

Xantle frunció el ceño con leve sorpresa.

—¿Cómo qué no? ¿Entonces qué es?

—Tu verdadera habilidad se llama… Astreo.

El nombre flotó en el aire como una constelación recién nombrada. Vibró, danzó y se deslizó por la piel de Xantle como una promesa dormida que por fin despertaba.

—¿Astreo…?

—Una magia universal que conecta a su portador con el propio cosmos. —dijo Biel, con una voz firme pero envolvente—. Una magia que nace de la luz de las estrellas… y de los secretos que guardan.

Xantle tragó saliva.

—¿Y eso qué significa exactamente…?

Biel dio un paso más cerca, como si el conocimiento mismo se deslizara desde sus labios.

—Significa que los destellos que tú generas son solo el reflejo de lo que eres capaz de canalizar. Eres una antena viva, una conexión directa con el cielo. La magia de Astreo permite invocar fenómenos celestes: cometas, meteoritos, incluso auroras y supernovas. Es una magia ancestral, sí, pero también una que respira contigo.

Xantle se llevó una mano al pecho, sintiendo su propio corazón acelerado. Como si cada palabra de Biel removiera algo enterrado muy profundo… algo que no sabía que existía.

—¿Y todo eso… duerme dentro de mí?

Biel asintió.

—Así es. Tu habilidad no es una linterna en la oscuridad. Es un cielo completo, repleto de luces, energías, fuerzas que moldean mundos. La magia de Astreo puede desatar materia oscura, abrir portales, alterar el equilibrio entre dimensiones. Pero también puede leer los hilos del destino, revelar caminos ocultos, servir como guía en medio del caos.

Xantle se tambaleó levemente hacia atrás, no por miedo, sino por la magnitud de lo que acababa de escuchar.

—Eso… eso es demasiado. Y yo que pensaba que solo lanzaba luces de colores.

Biel sonrió, con ese gesto tranquilo que siempre tenía cuando veía a alguien despertar.

—Las luces de colores son solo el primer idioma. Tu verdadero lenguaje está escrito en estrellas.

Ella se quedó en silencio por unos segundos. Un leve temblor recorría sus dedos, no de nervios, sino de emoción.

—¿Y cómo es que sabes tanto sobre esto? ¿Acaso en tu aldea hay un grupo de sabios que se dedica a estudiar habilidades como la mía?

Biel titubeó por un instante. Una sonrisa fugaz cruzó su rostro.

—Para nada. Solo lo leí en un libro hace unos años.

Xantle lo miró de reojo.

—Un libro, ¿eh? Pues deberías escribir uno propio. Me lo compraría sin pensarlo.

Biel se rió bajo.

—Tal vez algún día. Pero antes… necesito ver cómo usas esa magia. Aunque sea un poco.

Xantle asintió. Ya no tenía dudas. Tal vez la lógica decía que era imposible, que nadie debería poder lanzar meteoritos o leer el destino entre galaxias. Pero algo… algo en su alma vibraba como si esas palabras hubieran estado esperándola desde siempre.

—Entonces… ¿puedo usar cometas, auroras, incluso materia oscura?

—Sí, pero será gradual. Todo eso está allí, dormido. Algunos aspectos requieren más entrenamiento que otros. Pero mientras aprendas a sentirlo… a escucharlo… entonces también podrás despertarlo.

Xantle apretó los puños. Una chispa dorada vibró en sus dedos, más brillante que antes. No era neón.

Era otra cosa.

—Gracias, Biel. De verdad. Nunca pensé que alguien creyera que yo podía ser algo tan… grande.

Biel negó con una sonrisa.

—No se trata de que yo crea en ti. Se trata de que tú empieces a hacerlo.

Y justo en ese instante, la voz del profesor retumbó en la sala:

—¡Todos los aspirantes, por favor, regresen a sus posiciones! La prueba de control está a punto de comenzar.

Biel y Xantle se miraron.

—¿Lista para controlar el cosmos? —preguntó Biel.

Xantle sonrió. Su sonrisa ya no era tímida. Era segura, brillante. Estelar.

—Vamos a intentarlo. Aunque sea… un pequeño cometa.

Y caminaron juntos hacia el centro de la sala, mientras las estrellas, desde lo alto, parecían brillar con un poco más de fuerza.

La atmósfera vibraba de tensión y expectación. La prueba de precisión ya había quedado atrás, y ahora todos los aspirantes se reunían nuevamente en el centro del domo suspendido, donde el examen práctico alcanzaría su segundo y último desafío: la prueba de control mágico.

El profesor dio un paso al frente, con su habitual compostura.

—Ahora explicaré en qué consiste esta segunda prueba. —dijo, con voz clara—. Tendrán frente a ustedes recipientes especiales, diseñados para contener la energía canalizada de sus habilidades. La tarea es simple: llenar el recipiente sin romperlo. Pueden usar sus habilidades con libertad. No se evalúa poder bruto, sino control.

Un murmullo generalizado recorrió la sala. Algunos asentían, otros tragaban saliva.

Entonces, una voz con tono burlón surgió entre los aspirantes:

—Pero creo que para los de brazalete naranja será imposible pasar esta prueba… ya que ellos cuentan con habilidades no comunes.

El sarcasmo chispeaba en el aire como electricidad estática.

El profesor giró lentamente la cabeza.

—Silencio. —su voz, tranquila pero cortante como vidrio.

El aire se congeló.

—¿Acaso no vieron la prueba anterior? —continuó—. Aquellos aspirantes de brazaletes naranjas sorprendieron a todos. Y estoy convencido de que esta prueba también será superada por ellos.

El aspirante bajó la mirada, murmurando algo ininteligible, y dio un paso atrás con un bufido de fastidio.

Acalia, que estaba al lado de Biel, murmuró entre dientes:

—Al parecer todavía nos siguen despreciando…

Biel le respondió con tranquilidad.

—No hay de qué preocuparse. Ahora sabemos lo que realmente somos. Y eso basta.

El profesor entonces alzó una mano para pedir silencio.

—Pasarán en grupos de cinco. Yo los iré llamando. Cada uno se colocará frente a un recipiente. Cuando todos estén listos, comenzará la prueba.

En ese instante, una figura familiar se hizo presente.

La directora.

Los murmullos estallaron como pequeñas explosiones contenidas.

—¡¿La directora otra vez?!

—¡No puede ser, ella nunca aparece en estas pruebas!

—Debe estar observando a los de magia común… ¿o será por otra razón?

Biel tragó saliva al sentir su mirada encima. Como si el aire mismo se hubiese hecho más denso en torno a él.

La directora lo miró con una expresión suave. Y entonces, con un gesto elegante, levantó la mano e hizo un saludo visual, como si estuvieran compartiendo un secreto.

Biel giró la cabeza de inmediato, rojo como una manzana.

—”¿¡Por qué está aquí otra vez!? ¡Diablos…! ¿Será que todavía siente algo por mí?” —pensó con pánico.

—”Monsfil, ¡ayúdame!”

Una risa tenue, burlona, se deslizó en su mente como el humo de una vela encendida:

—”Jujujuju… yo solo observo, joven portador.”

—”¡Eso no ayuda en nada, maestro!”

El profesor siguió llamando nombres. Uno a uno, los aspirantes fueron colocándose frente a los recipientes. Hasta que finalmente, llegó el momento que todos esperaban.

—Los siguientes: Say, Esteban, María, Liam… y Biel. Al frente.

Biel respiró profundo. Dio un paso adelante, sin mirar a nadie. Al llegar a su recipiente, escuchó una voz familiar.

—Vamos a ver qué puedes hacer, pueblerino. —dijo Liam, con esa sonrisa que provocaba ganas de darle un puñetazo en la dignidad.

—Oye, no ofendas a mi señor. —intervino Say, que ya estaba en posición.

—¿Cómo así que ahora estás con ese tipo? —se burló Liam—. ¿Después del duelo te obligó a servirle o qué?

—Para nada. Es mi decisión.

—Entonces ahora eres un traidor. Qué patético eres.

El profesor, que escuchaba todo con la ceja arqueada, alzó la voz:

—Por favor, deben comportarse.

—Disculpe, profesor. Me dejé llevar. —dijo Liam, con una mueca fingida de disculpa.

Y luego giró la mirada hacia Biel.

—En fin… Biel, ¿así es que te llamas, ¿verdad? Me da asco pensar que llevas el nombre del héroe.

Biel no respondió.

Solo posó la palma de la mano sobre el recipiente, en silencio.

—Empiecen con la prueba.

Los cinco aspirantes comenzaron a canalizar. Say concentró una llama vibrante que danzaba dentro del recipiente como una antorcha viva. Esteban llenó el suyo con ráfagas sutiles de viento. María dejó caer sobre su recipiente una corriente firme de tierra pulverizada, mientras que Liam canalizó agua que giraba suavemente, cristalina y fluida.

Biel… no hacía nada.

O eso parecía.

—¿Acaso no puedes canalizar magia, amigo Biel? ¿O qué? Jajajaja. —se burló Liam.

Biel levantó ligeramente la vista.

—Si canalizo mi energía en este recipiente… se rompería.

Liam se echó a reír.

—¿Se rompería dices? No me hagas reír. Ni que tuvieras tanta energía siendo un no común.

El profesor intervino.

—No te preocupes, Biel. Ese recipiente está reforzado. Es imposible que se rompa.

Biel suspiró.

—Bueno… si así lo dicen.

Y entonces canalizó.

No como los demás.

La energía que surgió de Biel no era un flujo, era una marea. Una tormenta negra con reflejos carmesí. No era simple oscuridad. Era una oscuridad profunda, pesada, densa. Como si la noche misma se hubiese condensado y hubiera decidido revelarse.

El recipiente tembló.

Pequeñas grietas comenzaron a dibujarse en su superficie. Luego crujió. Luego, como una estrella implosionando…

¡Explosión!

Un estruendo recorrió el lugar y una onda expansiva derribó incluso a los que estaban más lejos.

Silencio.

—¿¡Qué acaba de hacer!?

—¡Eso es imposible!

—¡Ese recipiente estaba reforzado!

Pero entre la multitud había quienes no parecían sorprendidos. Acalia, Sarah, Gaudel, Easton, Xantle… todos observaron con respeto, y en algunos casos, admiración.

Al fondo, tres figuras también lo miraban.

Raizel entrecerró los ojos y murmuró:

—Vaya… así que esa es la energía que esconde ese chico. Es impresionante.

Bastian no dijo nada. Solo sonrió de lado, con una mirada que ocultaba más de lo que revelaba.

Y la chica que Biel había confundido con Yumi… se quedó helada.

—Esa energía… no es como la mía. Es… es más profunda. Más pura. Más… antigua. ¿Quién demonios es ese tipo?

Biel solo retrocedió un paso del recipiente hecho trizas.

Y aunque no lo mostraba por fuera, en su mente solo se escuchaba una cosa:

—”Ups.”

El silencio que dejó la explosión del recipiente de Biel aún no se había disipado, cuando Liam, recuperando el aliento, dio un paso al frente, como si necesitara comprobar que sus ojos no le habían jugado una broma cruel.

—¿Qué… qué acabas de hacer? —dijo con la voz rota por la incredulidad—. ¡Eso es imposible! ¡Alguien con magia no común no es capaz de hacer esto! ¡¿Quién demonios eres?!

Biel, aún con restos de energía oscilando a su alrededor, se encogió de hombros, con una sonrisa entre culpable y nerviosa.

—Lo siento… creo que se me pasó un poco la mano.

Las voces de los aspirantes se encadenaron como un enjambre de abejas sacudidas:

—¡¿Cómo lo hizo?!

—¡¿No que esos recipientes eran irrompibles?!

—Esa energía… no es oscuridad común. ¡Eso era otra cosa!

El profesor, aún con la mirada clavada en el recipiente hecho trizas, murmuró en voz alta:

—Ese recipiente… es capaz de contener la energía canalizada de la directora… ¿Cómo es posible que…?

Mientras todos trataban de procesar lo sucedido, la directora, sentada con una postura impecable y tranquila, observaba sin pestañear. A su lado, su asistente temblaba como una hoja al viento.

—S-señora directora… ¿por qué no está sorprendida? Ese chico rompió un recipiente creado por usted misma, uno capaz de almacenar su magia sin sufrir daño…

La directora entrecerró los ojos, sin quitar la vista de Biel.

—No tienes el poder que tuviste hace doscientos años… —susurró—. Pero aun así… sigues siendo increíble, Biel.

—¿Qué dijo, directora?

Ella sonrió levemente.

—Nada. Ese chico es alguien especial. Tendremos que vigilarlo… y cuidarlo, de ahora en adelante.

Biel se retiró de la zona de prueba, regresando con sus amigos con pasos tranquilos, aunque por dentro sentía que llevaba un terremoto en el pecho.

—Creo que me pasé esta vez… —murmuró, aún algo mareado.

Acalia lo esperaba con los brazos cruzados.

—¡Eres un tonto! —exclamó, golpeándolo suavemente con el dorso de la mano—. ¿No que sabías controlar tu poder?

Biel levantó una ceja.

—Y tú deberías tener cuidado también. No olvides que llevas parte de mi poder.

—Sí, pero a diferencia de ti, yo sí sé controlarme. —respondió Acalia con un guiño.

—Bueno… eso está por verse. Suerte ahí dentro. Espero que no explotes nada.

Acalia alzó el pulgar con una sonrisa confiada.

—Cuenta con ello. Yo también pasaré.

En ese momento, el profesor alzó la voz una vez más:

—¡Los siguientes aspirantes! Acalia, Rill, Ohn, Raizel… y Bastian.

El cuerpo de Biel se tensó.

El nombre Bastian golpeó su mente como una campana en medio de un bosque en silencio.

Su mirada se posó en él casi de inmediato, recordando su encuentro reciente… y todo lo que había detrás. Una promesa rota. Un destino truncado. Y un temor que no lo soltaba: no sabía cuál era la habilidad común que se había manifestado en Bastian… y si tenía alguna relación con el poder de Khios.

El grupo se posicionó. Frente a cada recipiente, el ambiente parecía cargarse de electricidad invisible.

—Empiecen con la prueba —anunció el profesor.

Acalia fue la primera.

Cerró los ojos, concentrándose en el flujo dentro de su pecho. Las runas alrededor del recipiente brillaron suavemente al detectar la energía… pero en el siguiente instante, una oleada oscura surgió de sus manos.

No era oscuridad normal. Era la misma sombra refinada, profunda y densa que Biel había usado antes.

Los murmullos no tardaron:

—¡Ella también tiene esa magia!

—¿Pero no que su habilidad era herencia primordial?

—¿Cómo es posible que tenga oscuridad también?

Gaudel, observando desde la distancia, se adelantó unos pasos.

—Ella posee una de las habilidades más poderosas que existen —dijo con voz firme.

Un aspirante cercano frunció el ceño.

—¿Poderosa? ¿De qué hablas?

—Su habilidad, la herencia primordial, le permite copiar las habilidades de otros. Pero no lo hace sin permiso. En este caso, Biel le permitió usar una parte de su oscuridad.

—¿Entonces por qué está con los no comunes? ¡Si esa habilidad es tan grandiosa!

—Por el sistema. —explicó Gaudel, cruzando los brazos—. El sistema académico clasifica las habilidades por frecuencia y no por profundidad. La herencia primordial no es común, así que… brazalete naranja.

—Eso son patrañas. —replicó otro—. Ellos están aquí por decisión de la directora. ¡Esas reglas fueron hechas solo para ponerlos por debajo!

Gaudel clavó su mirada en él. Y su voz, tranquila, se afiló como una daga bajo la lengua.

—Sigues despreciando a los de habilidades no comunes solo porque no son como tú. Pero magias como Glaciar, Astreo, herencia primordial… son únicas. No existen dos iguales en todo el mundo. Y aunque tú te tapes los oídos, eso no cambiará. Tu desprecio solo revela tu ignorancia.

El aspirante retrocedió un paso. El filo de esas palabras le cortó más profundo que una lanza.

Acalia detuvo el flujo de energía.

El recipiente había comenzado a mostrar grietas, tan finas como telarañas… pero grietas al fin. El profesor alzó una mano.

—Acalia, ya puedes retirarte.

Ella respiró hondo y asintió, girando sobre sus talones y regresando con los suyos.

—¿Y bien? —preguntó Biel.

—No exploté nada. —respondió con una sonrisa orgullosa—. Casi rompo el recipiente… pero al menos no hice volar medio instituto como tú.

Ambos rieron, aunque entre los ojos de ambos había un mismo pensamiento: algo se acercaba. Y no era cualquier cosa.

Ahora era el turno de Raizel y Bastian.

Y Biel… no podía quitar los ojos de ellos.

Los siguientes aspirantes tomaron su lugar frente a los recipientes sin imaginar el peso de lo que estaba por venir. Rill, con su habilidad de roca, canalizó una energía densa, terrosa, que hizo vibrar el suelo levemente; el recipiente se llenó sin problemas. Ohn, por su parte, elevó una suave bruma de partículas arenosas que flotaron como un remolino dentro del recipiente, estable, controlado.

La atención en la sala se relajó por un momento, hasta que Raizel avanzó.

Serena como siempre, levantó las manos con la elegancia de alguien que ya conocía su papel en el escenario del mundo. Su energía fluyó sin fricción, sin esfuerzo. Un haz de luz se formó en la punta de sus dedos y luego se expandió lentamente, como si un amanecer naciera desde su palma.

El resplandor iluminó toda la sala.

Los cristales de las paredes reflejaron la luz, tiñendo el ambiente de blanco dorado. Era hermosa. Tranquila. Una estrella entre sombras.

Biel la miró, con una leve sonrisa de admiración.

—Aunque todavía no cuente con su forma de arcángel… sigue siendo fuerte. Ella… ella es impresionante.

Y entonces, llegó él.

Bastian.

Los pasos de Bastian resonaron de forma distinta. No eran pesados ni agresivos, pero… cargaban algo. Una sombra que no era visible, pero sí palpable. Como una tormenta antes del trueno.

Biel sintió cómo su respiración se detenía por un instante.

Bastian extendió la mano.

—Caos.

Biel se congeló. Su corazón se detuvo.

—No…

La palabra fue como una maldición susurrada.

—¡Caos! —repitió Bastian con firmeza.

Una aura oscura, densa y sofocante, surgió de su cuerpo, como una niebla venenosa que abrazaba el aire. Los colores alrededor parecían apagarse ante aquella presencia. El recipiente se llenó casi al instante, pero no por violencia, sino por una acumulación pasiva, destructiva, insidiosa.

El profesor observó con nerviosismo.

—Bien… aspirante Bastian… la prueba ha finalizado. Puedes retirarte.

Pero Biel no escuchaba ya.

Sus piernas temblaron.

El aire desapareció de sus pulmones.

El mundo se tornó lejano, distante… como si lo mirara desde el fondo de un lago.

—Él… reencarnó con la magia de Khios…

Su cuerpo cayó de rodillas. Y luego… al suelo.

—¡Biel! —gritó Acalia, corriendo de inmediato.

—¿¡Qué sucede!? —exclamó Easton, que también corrió junto a Xantle, Sarah y Gaudel.

El profesor, aún impactado, alzó la voz:

—¡Rápido, que alguien lo lleve a la clínica!

La directora, desde su palco, se levantó con elegancia.

—Llévenlo. A la clínica del instituto. Ahora.

Bastian, desde la distancia, bajó lentamente la mano. Sus ojos se clavaron en el cuerpo de Biel tendido en el suelo.

Una sonrisa.

Fría. Curva. Siniestra.

Y luego desapareció, borrada por una falsa neutralidad.

Pasaron tres horas.

En la clínica del instituto, el cuerpo de Biel permanecía inerte. Pero su mente… su mente era un torbellino de dolor.

En su interior, Biel se encontraba solo.

No en una habitación. Ni en un bosque. Ni en una dimensión. Solo en la oscuridad.

Las lágrimas le caían por las mejillas. Su pecho dolía como si lo hubieran atravesado con fuego.

—¿Por qué…? ¿Por qué volvió… con ese poder…? ¿Por qué…?

Las memorias lo atravesaban sin piedad: la batalla final, el rugido de Khios, la última petición de Bastian, su alma destruida por voluntad propia. Su sacrificio.

—¡Lo salvé! ¡Lo salvé, maldita sea! ¡Yo… lo salvé…!

Y entonces… Monsfil apareció.

Surgió entre la oscuridad como una sombra brillante. Como un eclipse que no da miedo, sino consuelo.

—Joven portador. —dijo con tono firme, pero cálido.

Biel lo miró, destrozado.

—Monsfil… yo… fallé.

—No has fallado. No todavía.

—Él… él no debía renacer. ¡Destruí su alma para eso! ¿¡Por qué está aquí!?

Monsfil respiró profundo, cruzando los brazos.

—Alguien intervino. Alguien que jugó con el tejido del renacimiento. Bastian volvió… pero no fue por decisión propia. Fue el resultado de una alteración.

—Khios…

—Así es. Aún débil. Sin poder encarnar del todo. Pero sigue jugando sus cartas.

Biel se llevó las manos al rostro.

—Entonces… ¿tendré que matarlo otra vez?

Monsfil negó con la cabeza.

—Esta vez… lo salvarás.

—¿Qué…?

—Biel. Joven portador. Tú tienes una virtud que pocos comprenden: no sabes rendirte. Siempre buscas una salida. Incluso cuando todo está perdido.

—¿Y qué pasa si esta vez… no hay salida?

Monsfil sonrió. Una sonrisa vieja. Una sonrisa que había visto nacer y morir mundos.

—Entonces, créala.

Biel lo miró. Por un segundo, solo uno, el fuego volvió a sus ojos.

Monsfil extendió la mano.

—Despierta. Tus amigos te esperan. Y tú… aún tienes una historia por terminar.

—Espera, quiero decirte algo más…

Pero Monsfil lo empujó sin advertencia, como una ráfaga de viento que barre las dudas.

Biel despertó.

La luz de la habitación le dolió en los ojos. El techo era blanco, con líneas de energía flotando suavemente.

A su lado, en una silla, Acalia dormía sentada, con los brazos cruzados, recostada al borde de la cama. Su cabello caía sobre el brazo de Biel como una enredadera suave.

Una voz, calmada y conocida, habló desde el rincón.

—Vaya… parece que, al fin despiertas, joven Biel.

Biel giró la cabeza.

Y lo vio.

Alguien que conocía del pasado.

Alguien que jamás pensó volver a ver tan pronto.

—Tú… —susurró.

Y el aire se detuvo una vez más.

—Vaya… al parecer me conoces.

La voz era suave, pero con esa musicalidad que solo las razas antiguas poseían. Su timbre flotaba en la habitación como el eco de un bosque encantado.

—En fin, me presento oficialmente. —continuó, acercándose a la cama con una sonrisa tranquila—. Mi nombre es Ryder. Un espíritu elfo. Estudiante de segundo año en este instituto… y también asistente de la doctora.

Biel lo miró, aún con algo de incredulidad en los ojos. Su corazón se agitaba con fuerza. No por sorpresa… sino por ese tipo de emoción que nace al ver a alguien que creías perdido entre las grietas del tiempo.

—¿Ryder…?

—Sí. Aunque no me reconozcas del todo, yo… también he renacido.

El aire pareció hacerse más liviano por un momento.

Ryder dio un paso hacia la ventana, abriendo apenas la cortina para dejar que la luz se filtrara suavemente en la habitación.

—Según los análisis, te desmayaste por un fuerte pico de estrés. —dijo con voz calmada—. Pero yo… aunque no pueda verlo del todo con los ojos, siento que tu alma… ha vivido mucho dolor. Tal vez fue eso lo que te derrumbó por dentro. No el cuerpo… sino el corazón.

Biel lo observó, en completo silencio. Esas palabras no eran medicina. Eran verdad. Eran flechas dirigidas justo donde dolía.

—Ryder… tú también…

Ryder se giró, sonriendo con amabilidad.

—Bueno, me retiro. Tus amigos están afuera, insistiendo desde hace media hora para verte. Les permitiré entrar ahora.

Antes de salir, Ryder se detuvo y lo miró de reojo.

—Es bueno verte de nuevo… Biel.

La puerta se abrió.

Y como una pequeña avalancha, entraron Sarah, Xantle, Gaudel, Easton y Say, todos con rostros cargados de emociones, aunque con diferentes expresiones.

Easton, como era de esperarse, fue el primero en hablar.

—¡Eh, ya te encuentras bien! —dijo con una sonrisa orgullosa—. ¡Te perdiste mi prueba! ¡La hice perfecto!

Xantle levantó la mano con una sonrisa brillante.

—Yo también la superé. Sin romper nada, por cierto. —dijo con un guiño juguetón.

Biel los observó, con los ojos aun ligeramente húmedos.

—Me alegra mucho… en serio. Ustedes son increíbles.

Sarah, más calmada, se acercó con un aire maternal.

—Nos tenías muy preocupados. ¿Qué te sucedió, Biel? De repente… te desplomaste sin decir nada.

Biel desvió la mirada. Su garganta se cerraba con cada intento de explicar lo que realmente sentía. Pero no era el momento. No aún.

Gaudel, apoyado en la pared, soltó una pequeña carcajada.

—Y ella… sigue dormida, jajaja. —señaló con la barbilla a Acalia, que aún tenía el rostro recostado sobre su brazo, profundamente dormida.

—Estuvo contigo todo el tiempo después de que te desmayaste. No se movió ni un segundo.

Biel la observó. Su cabello le cubría parte del rostro, y una pequeña gota de saliva caía de la comisura de sus labios. Se veía tan distinta así, tan desprevenida.

—Debió preocuparse mucho por mí… —murmuró en voz baja, casi como un pensamiento escapando.

Sarah entrecerró los ojos, pero sonrió con ternura.

—Solo por esta vez lo dejaré disfrutar. —dijo en voz baja, mientras cruzaba los brazos—. Pero que no se acostumbre.

De pronto, Acalia se removió ligeramente.

Sus pestañas se agitaron como mariposas inquietas, y sus ojos se abrieron con lentitud. Se incorporó sobresaltada, mirando alrededor.

—¿Qué pasó? ¿Qué hago dormida aquí?

Easton, sin perder la oportunidad, alzó la voz con tono burlón:

—Buenos días, Bella Durmiente.

Acalia parpadeó, confundida.

—¿Eh? ¿Cómo? ¿Cuánto tiempo estuve así?

Gaudel se cruzó de brazos, disfrutando del momento.

—Tres horas, según el reloj de la clínica.

—¡¿Tres horas?! —gritó Acalia, llevándose las manos a la cabeza—. ¡¿Cómo es posible que me haya quedado tanto tiempo!?

Todos rieron. Incluso Say, que permanecía en silencio desde que entró, dejó escapar una ligera sonrisa. Había calidez en ese momento. Una calma rara y hermosa.

Biel, observando a todos desde su cama, sintió algo florecer dentro de su pecho.

Una certeza.

—Esto… esto es lo que quiero proteger. Esta vida. Estas personas. Aunque todo el caos del universo vuelva a alzarse… no dejaré que esta paz se rompa de nuevo.

La puerta se abrió ligeramente, y Ryder asomó la cabeza.

—Perdón por interrumpir, pero… el tiempo de visitas se acaba. El joven Biel debe descansar.

Gaudel levantó las manos.

—Está bien, está bien. Nos retiramos, señor elfo asistente.

Xantle se acercó a la cama, tocando la mano de Biel suavemente.

—Recupérate pronto, ¿sí? Mañana darán los resultados del examen. Quiero que estemos todos ahí.

Sarah se inclinó levemente.

—Y esta vez, nada de colapsar.

Easton rió.

—A menos que sea del susto por ver lo increíble que soy.

Say se limitó a hacer una reverencia.

—Me alegra verlo de pie, mi señor.

Biel sonrió.

—Gracias a todos. En serio. Nos vemos mañana.

Salieron uno a uno, dejando la habitación en silencio otra vez.

Biel miró al techo. Cerró los ojos.

Y susurró, con voz baja, pero decidida:

—No importa lo que venga… estoy listo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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