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Fragmento de lo Infinito - Capítulo 86

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Capítulo 86: Capítulo 85: El Límite de lo Humano

Y allí, suspendido en el cielo, con el cuerpo en tensión y el corazón latiendo como un tambor sellado entre galaxias, Biel sintió un susurro en su interior.

No era un sonido externo.

Era un eco profundo, como cuando una piedra cae en un pozo sin fondo y el agua responde con un temblor.

«Biel…», murmuró la voz.

Ese murmullo era tan familiar que por un instante el mundo se quedó quieto.

Ni el viento se atrevió a moverse.

Pero entonces ocurrió.

Una ráfaga de energía surgió de la nada y lo golpeó sin previo aviso.

No fue un simple ataque.

Era como si el cielo hubiera decidido derribar un rayo hecho de rencor y lanzárselo directamente al pecho.

El impacto lo tomó por sorpresa.

El aire se le escapó del cuerpo como si alguien le hubiera arrancado el alma un segundo.

Las alas que sostenían su vuelo se recogieron instintivamente, no por debilidad sino por el reflejo natural de quien recibe un mazazo invisible.

Su cuerpo salió disparado hacia atrás, cruzando el cielo como un relámpago negro.

La atmósfera se desgarró a su paso, dejando una línea de luz oscura, como si el mismísimo espacio hubiera sido rajado por una garra.

¡BOOOOM!

El choque contra las montañas no fue un accidente, fue un estruendo cósmico.

Las cumbres se quebraron como figuras de arcilla bajo una tormenta.

Las rocas salieron volando, arrancadas como si fueran dientes de un gigante dormido.

Los árboles cercanos se deshicieron en astillas que bailaron por el aire antes de ser tragadas por el polvo.

El eco del impacto resonó por todo Renacelia, agitó los cielos y le robó el aliento a la tierra.

En el estadio, todos quedaron congelados en el instante.

La multitud no respiraba.

El tiempo parecía haberse encogido hasta convertirse en un punto minúsculo entre la sorpresa y el miedo.

—¡¡¡¡NOOOOOOOO, BIEEEEEEEEELLLLLLLLL!!!! —gritó Larisa, con una voz rota, desgarrando el aire con un grito que parecía arrancado del fondo de su pecho.

Se arrodilló sobre el suelo sin darse cuenta.

Sus piernas se rindieron primero, luego su corazón.

La mirada se le nubló, como si el mundo entero se hubiera vuelto agua.

Las manos le temblaban, clavadas en la hierba húmeda.

—¿Qué está pasando…? —susurró, con la garganta cerrada— ¿Por qué un ataque así…? ¿Por qué justo ahora?

Los Santos reaccionaron al instante.

El instinto los tomó de los hombros y los puso en movimiento antes de que el cerebro pudiera entenderlo.

Souta apretó la mandíbula, los ojos duros, como dos carbones encendidos.

Rafael se cubrió con un halo de energía, una especie de reflejo defensivo, como si el mismo mundo lo protegiera.

Kutite, siempre la más rápida en actuar, alzó la voz:

—¡Souta! ¡Rafael! ¡Venid conmigo!

—¿A dónde? —preguntó Souta, aunque ya lo sabía.

—¡A proteger a los estudiantes! —respondió Kutite, corriendo hacia los pasillos de la academia, dejando tras de sí un viento que olía a urgencia.

Mientras tanto, otros tres Santos tomaron dirección contraria.

Hikari, Masaki y Takeshi se lanzaron hacia las montañas, donde el polvo aún flotaba como un velo.

Takeshi se detuvo un instante junto a Larisa, que seguía arrodillada, como si sus piernas no respondieran.

Le puso una mano en el hombro, suave pero firme, como quien sabe que las palabras son necesarias, aunque no basten.

—Larisa… quédate aquí —dijo, con un tono que era mitad promesa, mitad orden.

—¡Pero Biel! —susurró ella, los ojos empañados.

—Él está bien —respondió Takeshi, con una media sonrisa, aunque su estómago se retorcía por dentro—. Créeme. Ese impacto no lo mató.

No a él.

Las palabras flotaron en el aire, intentando calmarla, pero el viento se las llevó demasiado rápido.

Takeshi se dio la vuelta y corrió tras Hikari y Masaki.

Las huellas que dejaban parecían prender fuego a la hierba, no por calor, sino por la energía contenida en cada paso.

Los árboles del camino susurraban, como si el bosque entero preguntara en voz baja:

“¿Qué clase de locura es esta?”

En un lugar más elevado, en la torre de observación, Enit y Reiko observaban la escena desde arriba.

La distancia les regalaba una vista panorámica… pero también un terror más frío.

Vieron a Biel ser arrastrado por el cielo, como una hoja en medio de un vendaval oscuro.

—¿Q-qué está pasando? —susurró Enit, con un hilo de voz.

Sus ojos, normalmente tranquilos y calculadores, ahora parecían espejos que reflejaban un maremoto.

Reiko miraba hacia el horizonte, la respiración entrecortada.

Su rostro, pálido, fue cambiando de expresión.

Primero sorpresa. Después horror.

—No puede ser… —susurró, con los labios temblando— Son Drakeryanos.

—¿Qué dijiste? —Enit giró el rostro hacia ella, con un tono que cortaba el aire.

—Son Drakeryanos —repitió Reiko, tragando saliva—. Los vi de cerca. Reconozco ese tipo de energía.

—Pero… ¿no tenían un pacto de no agresión? —preguntó Enit, su voz se quebró por un segundo.

Reiko apretó los puños, su cabello ondeaba al viento, enredándose como un pensamiento sin resolver.

—Eso creíamos… —susurró— ¿Por qué atacar ahora?

Enit entrecerró los ojos, como si tratara de ver algo más allá del paisaje, como si mirara dentro del propio tiempo.

—Claro… ahora lo entiendo —murmuró, casi para sí misma.

—¿Entender qué? —preguntó Reiko, la ansiedad le hervía en el pecho.

—Los Drakeryanos veneran al Héroe del Eclipse —explicó Enit, su tono se volvió grave—. Para ellos no es solo un título, es algo sagrado.

Pero Biel… Biel se lo ganó. Derrotó a la desesperación misma. Se convirtió en el Eclipse.

Y eso, para los Drakeryanos… es una blasfemia.

Reiko sintió un escalofrío en la espalda.

—¿Entonces todo esto es por eso? ¿Por un… título?

—Para ellos no es un título, Reiko. Es un dogma.

Un humano no debería llevar ese nombre. Aunque Biel sea el auténtico héroe, para los Drakeryanos es una afrenta al equilibrio.

Por eso atacan.

Reiko apretó los dientes.

—¿Y vamos a quedarnos mirando? ¿Lo vamos a dejar solo?

Enit sonrió con una calma extraña, casi peligrosa.

—Para eso están los Santos —dijo, sin levantar la voz—. Ellos lo protegerán.

—¿Y si no pueden? —preguntó Reiko, con un nudo en la garganta.

—Biel tiene un as bajo la manga —respondió Enit, con los ojos brillando—. Solo necesita pronunciar un nombre… y todo cambiará.

Reiko ladeó la cabeza, confundida.

—¿Un nombre?

Reiko ladeó la cabeza, con el ceño fruncido.

—¿Mencionar a quién…?

Enit no respondió de inmediato. Sus ojos miraban el horizonte, como si pudiera ver a través de las montañas, más allá de las nubes, hasta un punto exacto en el corazón de Renacelia.

—Aine —susurró finalmente, con un tono casi reverente.

Reiko parpadeó, confundida.

—¿Aine…? ¿La espada? —su voz temblaba, como si la sola mención del nombre removiera algo antiguo.

—Sí —respondió Enit, su mirada seguía fija, perdida en un recuerdo que pesaba más que cualquier montaña—. No es un arma común, Reiko. Es un Fragmento de lo Infinito.

Una reliquia viva, sellada en el centro de Renacelia desde hace doscientos años.

Reiko tragó saliva. La sensación de hormigueo le recorrió la espalda.

—Pero… ¿por qué está allí?

—Porque Biel la dejó —explicó Enit, con una voz tan baja que parecía un susurro que el viento apenas lograba escuchar—. Hace doscientos años, antes de sacrificar su vitalidad, él mismo la selló en ese lugar.

Le prometió que cuando renaciera, volvería a buscarla.

Reiko apretó los labios, el pecho le dolía con una mezcla de nostalgia y vértigo.

—¿Y por qué no lo ha hecho aún…? —preguntó, su voz más suave.

—Porque hay cosas que necesitan su tiempo —respondió Enit, con una leve sonrisa melancólica—. Pero si Biel dice su nombre ahora… la espada despertará.

Y todo cambiará.

La brisa sacudió las ramas cercanas, como si el viento mismo llevara esa promesa de un lado al otro del mundo.

Reiko bajó la mirada, su corazón palpitando con fuerza.

—Aine… —murmuró, probando el nombre en los labios como si fuera un conjuro prohibido.

Enit se limitó a cerrar los ojos, como quien escucha una canción vieja que no se canta hace siglos.

—Sí —susurró—. Aine.

Y en lo más profundo de las montañas, entre polvo y roca quebrada, Biel abrió los ojos.

Su cuerpo dolía, pero su espíritu vibraba con la fuerza de mil soles comprimidos en un suspiro.

Recordaba la promesa.

Recordaba el fragmento.

Y sabía que el tiempo había llegado.

—Así que esto… es un juicio del eclipse, ¿eh? —susurró, mientras el eco de sus palabras se deshacía en el aire.

El mundo lo esperaba.

Y él, con la mirada fija en el cielo, se preparaba para cumplir lo que había jurado.

El viento en las montañas se movía como si el cielo respirara.

Las nubes, inquietas, danzaban en círculos alrededor de las cumbres rotas, arrastrando el polvo en espirales plateadas.

En medio del cráter recién formado, Biel se incorporó lentamente.

Su cuerpo crujió como un árbol viejo que vuelve a erguirse después de un largo invierno.

Se llevó la mano a la frente, respirando hondo.

—Lo olvidé por completo… —susurró, con un deje de ironía en la voz—. Claro, tenía que venir con consecuencias.

Aquel duelo… aquel día con la princesa Drakeryana… lo sabía.

Cerró los ojos por un segundo, atrapado en el recuerdo.

La tarde había sido cálida. El cielo teñido de un naranja suave, como un lienzo bañado en miel.

Biel y Ika, la princesa Drakeryana, habían cruzado miradas desafiantes en aquel campo olvidado por el tiempo.

Un enfrentamiento que parecía un simple combate… pero que en realidad había sido el prólogo de una tempestad.

Volviendo al presente, Biel se puso de pie, sacudiéndose el polvo de los hombros.

Su respiración se estabilizó.

El pecho le ardía por el impacto, pero había en su rostro una calma que solo tienen los que ya han muerto una vez.

Miró su cuerpo.

Las cicatrices de otras vidas cruzaban su piel como ríos antiguos. Algunas parecían grietas en mármol, otras eran apenas líneas sutiles, pero todas contaban historias que ya nadie recordaba.

Al ver su ropa rasgada, suspiró.

—Bueno… —dijo, quitándose el torso superior de la tela, dejándolo a un lado sin preocuparse—. Así estamos más frescos.

Su cuerpo estaba en forma, endurecido por mil batallas y más de un par de malas decisiones.

—Así que ahora tendré que enfrentar a un rey… —dijo con una sonrisa ladeada, como quien mira al cielo en un día de tormenta y dice: “Que venga, total ya estoy mojado.”

En ese instante, el aire se agitó.

Las montañas vibraron levemente, como si la tierra hubiera retenido el aliento.

Desde el cielo descendió un ser colosal.

Un dragón.

Grande como un templo. Sus escamas reflejaban la luz como un océano oscuro bajo la luna.

Pero al tocar el suelo, su forma cambió. La criatura se encogió, dobló su esencia y se transformó en un ser humanoide, manteniendo en los ojos el brillo antiguo de lo inmortal.

—Así que tú eres el que se hace llamar Biel —dijo el Drakeryano, su voz resonaba como un tambor bajo el agua—. El nombre sagrado de nuestro creador.

Esto es una blasfemia hacia él… y por eso te mataré aquí mismo.

Su cabello flotaba levemente, como si la gravedad aún no estuviera segura de aplicarse sobre su cuerpo.

Biel lo miró, cruzando los brazos, sin apartar la vista.

—¿Ah, sí? —respondió con un tono casual, como quien recibe malas noticias pero ya está acostumbrado—. Pues qué novedad… siempre alguien queriendo matarme.

El Drakeryano sonrió con un aire de superioridad, pero sus ojos eran fuego líquido.

—Le di órdenes a mi tropa —continuó—. Se encargarán de tres humanos que se dirigen hacia aquí. Les dije que los dejaran inconscientes. No son nuestro objetivo.

—¿Tres? —preguntó Biel, alzando una ceja—. Ah… te refieres a los Santos.

Fernt asintió, con un tono de falsa cortesía.

—No te preocupes. No les harán daño grave. Este asunto es solo contigo.

Biel sonrió, girando un poco el cuello, haciendo que crujiera.

—Está bien… —dijo, con una chispa en la mirada—. Entonces resolvámoslo en un duelo. ¿Te parece?

El Drakeryano soltó una carcajada. Era un sonido grave, como un trueno contenido en una caverna.

—¡Vaya, humano! —rió—. Eres interesante. No te doblegas ni aunque tengas frente a ti al mismísimo Rey Drakeryano.

El viento le agitaba el cabello con un vaivén elegante, como si el aire también supiera que se trataba de alguien importante.

—Me disculpo por ser tan descortés —prosiguió—, pero no puedo soportar que un humano lleve el nombre sagrado de nuestro creador.

Mi nombre es Fernt. Rey absoluto de los Drakeryanos de este continente.

Biel no se inmutó.

—Encantado, Fernt —respondió, arqueando una ceja con sarcasmo—. Yo soy Biel. Y no pienso cambiarme el nombre.

Fernt sonrió de lado.

—También me enteré de que derrotaste a mi hija.

—Ah… —Biel se rascó la nuca—. Lo de Ika. Bueno… si hubiese peleado fuera de esta ciudad entonces hubiera muerto.

—Entiendo, pero aun así, aunque este esté barrera, tu sobreviviste al impacto de mi ráfaga y venciste a Ika, no debes ser tan débil como pareces.

Ambos se pusieron en postura de combate.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Ambos adoptaron exactamente la misma postura.

El viento se detuvo.

Los pájaros, en los árboles cercanos, guardaron silencio, como si entendieran la gravedad del momento.

Fernt entrecerró los ojos.

—Vaya… —murmuró—. Así que conoces la Sagrada Postura del Creador.

Biel frunció el ceño, confundido.

—¿Eh? Pero… esta ha sido siempre mi postura.

En su mente, las piezas comenzaron a encajar.

«Así que mi sacrificio hace doscientos años… dio origen a tantas razas… incluyendo a los Drakeryanos. Y copiaron mi forma de luchar sin saberlo.»

Suspiró.

—Bueno… —pensó—. Ya es hora de llamarte.

Fernt se quedó helado.

¿Qué significaba eso? ¿A quién llamaría?

Antes de poder preguntar, Biel alzó la mano al cielo, como quien señala una estrella.

—Ven a mí, Aine —susurró, con una voz que no era solo sonido, sino destino.

En el centro de Renacelia…

La espada Aine, sellada en el corazón de la ciudad, comenzó a emitir un resplandor.

La luz brotaba de ella como un río invertido, ascendiendo hacia el cielo.

La gente se arremolinó alrededor del altar donde reposaba la espada.

Una anciana, de ojos velados por la edad, sonrió con serenidad.

—Vaya… —susurró—. Al parecer… él ya está aquí.

El suelo tembló. Las piedras vibraban como si despertaran de un sueño de siglos.

La espada se tornó pura luz. Y, en un instante, surcó los cielos a una velocidad imposible.

Un destello blanco rasgó el firmamento.

La gente solo alcanzó a ver un trazo luminoso que cruzaba el cielo, dejando un eco de asombro en cada corazón.

De vuelta en las montañas…

Un resplandor surgió sobre Biel.

La espada Aine apareció en su mano, envolviéndolo en un aura que parecía el amanecer mismo.

La tierra tembló bajo sus pies.

Su poder aumentó de golpe, como si le hubieran quitado un límite invisible que lo contenía.

—Gracias por venir… —susurró Biel, sonriendo.

Fernt se quedó boquiabierto.

La fuerza que irradiaba Biel era ahora la de alguien que camina entre mundos.

En el instituto, en los dormitorios…

El temblor sacudió las paredes.

Acalia se levantó de un salto.

—¡¿Qué está pasando ahora?! —gritó, con los ojos grandes como lunas.

Easton se asomó por la ventana, sonriendo.

—Vaya… así que Aine ya está en manos de Biel —comentó Gaudel, con voz calmada.

Acalia frunció el ceño.

—¿Aine? ¿Es una chica? —preguntó, cruzando los brazos con un brillo sospechoso en los ojos.

Gaudel sonrió, divertido.

—No exactamente. Aine es la espada de Biel. Y con ella, todo su poder puede liberarse sin restricciones.

Easton silbó.

—¡Una espada mágica! Eso sí es interesante.

—¿Solo es una espada? —preguntó Sarah, ladeando la cabeza—. ¿O también tiene forma humana?

Gaudel asintió, con media sonrisa.

—Sí. Puede tomar forma humana. Es una chica linda de cabello plateado.

En ese instante, todas las chicas en la sala se miraron entre sí.

Un coro de murmullos surgió al unísono:

—¿Cabello plateado…? ¡Ah, claro! ¡Tenía que ser una chica linda!

—Vaya, qué conveniente… —murmuró Acalia, con el ceño fruncido.

—Seguro tiene los ojos bonitos también… —añadió Sarah, cruzando los brazos.

Easton se rió, alzando las manos.

—Ey, ey, tranquilas… ¡Es una espada! No puede irse de cita con él.

—¡Eso no es lo que molesta! —respondieron todas al mismo tiempo, haciendo que el ambiente se llenara de risas y pequeñas llamas de celos juguetones.

En el campo de batalla…

Fernt cayó de rodillas frente a Biel.

Su voz tembló, mezclando respeto con algo cercano al miedo.

—G-gracias por volver… Creador.

Biel abrió los ojos de par en par.

—Ehh?

—¿QUÉEEEEEEEEEEEEE? —gritó, completamente desconcertado.

El eco de su exclamación rebotó por las montañas, mientras el cielo, divertido, parecía contener la risa de los dioses.

El cielo rugía en la cima de las montañas, como si la tierra misma quisiera callar lo que allí estaba por comenzar.

Fernt, aún de rodillas ante Biel, bajó la cabeza en un gesto solemne. Su voz, profunda y templada, se quebró ligeramente por la emoción contenida.

—Mi señor… perdóneme por haberle faltado el respeto. Nunca creí que usted reencarnaría en esta época.

Biel alzó una ceja, sin entender del todo. Pero su boca fue más rápida que su juicio.

—Espera, espera… ¿Por qué dices que yo soy el héroe…? —preguntó con tono inquieto.

Y en ese mismo instante, se dio cuenta de su error.

Sus ojos se abrieron apenas, y se llevó una mano a la boca.

—…Oh no —murmuró, ya demasiado tarde.

Se había delatado. Solo le faltó un letrero luminoso.

Fernt, sin embargo, no se inmutó. Sonrió con respeto.

—No se preocupe, mi señor.

Pero aun así… debo enfrentarle. Ya lo he retado, y los duelos son sagrados para nosotros, los Drakeryanos.

Biel suspiró.

—Bueno… —dijo, con resignación firme—. En ese caso, tendremos que enfrentarnos sin más rodeos.

—Le pido que me perdone, señor… —repitió Fernt, ahora con voz firme, como quien honra una promesa de siglos—. Pero un duelo es un duelo.

Los dos se pusieron en postura de combate.

El silencio entre ellos era pesado como un eclipse suspendido sobre el mundo.

Biel, con Aine en mano, resplandecía con una intensidad que hacía vibrar las rocas cercanas.

El brillo de la espada no era solo luz; era una memoria despierta, un fragmento del infinito que latía con su presencia.

Del otro lado, Fernt desplegó su aura de dragón.

Una energía densa, antigua, se arremolinó a su alrededor. Las piedras temblaron bajo sus pies, y el aire se tornó más pesado.

Sus escamas, aún en forma humanoide, se elevaron ligeramente de su piel y se solidificaron, moldeándose en una hoja afilada, forjada con el orgullo de su linaje.

Sus miradas se cruzaron.

Y entonces, el duelo comenzó.

No muy lejos de allí, en una extensión rocosa entre la frontera del valle y la montaña, los Santos se encontraban frente a los guardias reales Drakeryanos.

El choque de energías era como un vendaval contenido, apenas sostenido por la tensión entre ambas fuerzas.

Hikari, Masaki y Takeshi se mantenían firmes.

Frente a ellos, Ika, la princesa Drakeryana, hija de Fernt, les observaba con una mezcla de desdén y curiosidad.

Sus ojos se desviaron hacia el cielo montañoso.

—Siento la presencia de una persona fuerte… aquí… —dijo—. Y otra… más intensa, allá en las montañas.

Ahí está mi padre… lo cual significa que el otro… debe ser Biel.

Ika entonces apuntó directamente a Takeshi.

—Y tú… tu presencia también destaca. Bastante.

Takeshi mantuvo la mirada seria.

—Así que eres una Drakeryana… una de las grandes especies nacidas tras el sacrificio del héroe, hace doscientos años —respondió—. Bueno, es una buena oportunidad para medir mi fuerza.

Ika soltó una carcajada, seca y afilada.

—No me hagas reír —dijo, alzando una ceja con superioridad—. Un humano no puede derrotarme.

Solo él… solo él logró hacerlo hace unos días.

Y supe al instante que era diferente a todos ustedes.

Takeshi frunció el ceño.

—¿De quién hablas…?

—Sólo yo soy el más fuerte en este lugar.

No hay nadie en este instituto que me supere.

Ika cruzó los brazos y soltó un suspiro sarcástico.

—¿Seguro?

Un estruendo rompió la tensión. Explosiones resonaban desde las montañas, como si la tierra llorara fuego.

Ika sonrió de lado, como quien escucha una confirmación que ya sabía de antemano.

—¿Escuchas eso? —dijo, con la mirada fija en el cielo—. Es mi padre… luchando contra el humano que me derrotó.

Biel.

Takeshi se congeló por un instante.

Un sudor frío recorrió su espalda, y su mente se llenó de un eco persistente:

«¿Qué… carajos…? ¿Cómo es posible que haya alguien más fuerte que yo…?»

Ika le miró con burla sin ocultarse.

—Vamos… veamos si eres tan fuerte como dices, según tú, el más fuerte del instituto.

Takeshi apretó los dientes.

—Te vas a tragar tus palabras, niña malcriada.

Ese comentario fue como un chispazo en pólvora.

Ika, sin más preámbulo, lanzó una ráfaga de energía con la velocidad de una estrella fugaz furiosa.

Takeshi apenas pudo reaccionar.

El impacto lo lanzó por los aires, directo hacia una roca enorme que se resquebrajó con el choque.

—¡TAKESHI! —gritó Hikari, sus ojos reflejaban un vendaval de preocupación y rabia.

Ika alzó la barbilla, lista para responder, pero fue interrumpida.

Uno de los guardias Drakeryanos apareció frente a Hikari.

—Tú… serás mi oponente.

Hikari retrocedió un paso, pero mantuvo la guardia alta.

—Eres un…

No pudo terminar.

Un golpe de aire le impactó en el estómago. La fuerza era tan precisa y brutal que la obligó a arrodillarse en el acto.

Escupió sangre, con los ojos abiertos de par en par por el dolor inesperado.

—¡¿Qué carajos fue eso…?! —jadeó, aferrándose al suelo.

El Drakeryano la miró con calma, como si el golpe hubiese sido un saludo.

—Si pudieras superar la fuerza de la princesa, no estarías burlándote.

Ella es considerablemente fuerte. Incluso… incluso con esta barrera que equilibra nuestro nivel de poder haciendo que las demás especies tengan el mismo nivel de lo humanos.

Hikari, con el rostro empapado en sudor y rabia, alzó la mirada.

—¿Q-qué dices…?

Entonces… el humano que está luchando con el rey ahora mismo… ¿es así de fuerte?

El Drakeryano asintió lentamente.

—No sé con quién está peleando mi señor. Pero si ese humano puede darle batalla…

Entonces es diferente a todos ustedes pues mi señor aunque su poder este reducido él igual sigue siendo muy fuerte.

Se ajustó la postura y apuntó con el brazo hacia ella.

—Basta de charla.

Será mejor que lo des todo… porque yo no me voy a contener.

Mientras tanto, el segundo guardia Drakeryano se detuvo frente a Masaki, que observaba con los ojos entrecerrados y una media sonrisa.

—Tú serás mi oponente.

Masaki respiró hondo. Abrió los ojos apenas.

—Ya veo… —dijo tranquilamente—. Entonces tú serás mi rival.

Adoptó una postura fluida, sin tensión, como si bailara con el viento.

—Está bien.

Empecemos.

En el instituto, la tensión era palpable.

Las alarmas emocionales de todos parecían activadas desde hacía horas.

El grupo se había reunido en la torre central, conocida como Aeternum Core, el corazón palpitante del complejo. Allí estaban Acalia, Xantle, Easton, Gaudel y Sarah, intentando juntar las piezas sueltas de lo que estaba ocurriendo.

Los cristales del salón vibraban aun levemente por el temblor reciente. Algo había cambiado.

En ese momento, las puertas se abrieron con fuerza. Dos figuras entraron corriendo.

—¡Chicos, por fin los encuentro! —dijo Camila, con el aliento entrecortado—. ¿Dónde está Biel?

Acalia fue la primera en responder, su voz estaba cargada de preocupación.

—Biel… se encuentra fuera del instituto ahora.

—¿¡Cómo!? —exclamó Camila, atónita.

Acalia negó con la cabeza, su mirada cargada de confusión.

—No tengo ni idea. Lo último que supe fue que estaba en el coliseo enfrentándose a uno de los Santos. Pero de un momento a otro… apareció un colosal dragón que lo lanzó por los aires hacia las montañas.

Luego, tres de los Santos fueron tras él.

La verdad… no sé qué está pasando en estos momentos.

Un nuevo silencio invadió el lugar.

Entonces, una voz rompió la incertidumbre:

—Yo sé lo que está sucediendo.

Todos se giraron al unísono.

Larisa se acercaba desde el pasillo. Su rostro reflejaba ansiedad, y sus pasos eran firmes, como si hubiera venido corriendo desde el otro lado del campus.

—Yo también fui a buscar respuestas —dijo—. Necesitaba saber qué pasó con Biel después de salir volando… y también por ese temblor repentino que acabamos de sentir.

Gaudel intervino con serenidad.

—Ese temblor fue causado por la resonancia…

Aine se ha reencontrado con Biel.

—¿Aine? —preguntó Larisa, ladeando la cabeza.

—Aine es una espada —explicó Gaudel—. No una cualquiera, sino una destinada a Biel.

Es parte de los Fragmentos de lo Infinito.

—¿Fragmento…? —repitió Larisa, aún más confundida.

Gaudel asintió con suavidad.

—Más tarde te explicaré bien el punto de los fragmentos.

Lo importante ahora… es que Biel… es el Héroe del Eclipse.

La frase cayó como un relámpago en la sala.

Larisa abrió los ojos de par en par. La realidad se fragmentaba frente a ella.

No lo podía creer. Biel, el chico con el que había compartido risas, silencios y pequeños momentos… ¿ese era el mismo que había salvado el mundo hace doscientos años?

—Con razón comprendía tan bien mi habilidad… —susurró, con la voz quebrada—. Está ligada al héroe de hace doscientos años…

Pero no fue la única que reaccionó.

Camila se llevó ambas manos a la cabeza, tambaleándose de repente.

Un zumbido profundo comenzó a recorrer su mente. Como un eco atrapado entre sueños.

—¿Qué demonios es esto…? —murmuró, cayendo de rodillas—. ¿Qué son estos recuerdos…? ¿Y… de quién son?

Su respiración se volvió irregular.

Las imágenes pasaban una tras otra por su mente, como si alguien proyectara otra vida sobre la suya.

El dolor era tan agudo que empezó a revolcarse en el suelo, presa de la desesperación.

—¡Camila! —gritó Acalia, corriendo hacia ella.

Gaudel también se acercó, intentando calmarla.

—Tranquila… esos recuerdos son tuyos. Pero… de tu vida de hace doscientos años.

Camila alzó la cabeza como pudo, su rostro cubierto en lágrimas.

—¿Q-qué dijiste…?

En su mente, las imágenes eran claras:

Una joven idéntica a ella con cabello corto, pero con otro nombre: Yumi.

Ella no era de este mundo. Había llegado gracias a Aetherion, el dios creador, que le ofreció poder, oscuridad, luz y el conocimiento absoluto de este mundo.

Todo eso… por un motivo: Biel.

Había seguido a Biel hasta ese mundo. Porque aún sentía algo por él.

Pero al llegar… lo vio rodeado de chicas.

—Un perro infiel… —murmuró entre dientes, aún dentro de sus recuerdos.

A pesar de eso, Yumi se había unido a su grupo.

Habían luchado juntos. Habían compartido batallas y derrotas.

Una de las más críticas fue en Lunarys, cuando enfrentaron a Domia, quien luego se convirtió en Belcebú.

Y finalmente… Khios.

Allí, en ese evento devastador, ella murió. Decapitada en batalla.

Camila apretó los dientes. El dolor comenzaba a ceder.

Se incorporó poco a poco, con lágrimas cayendo por sus mejillas.

—Así que… volví…

—Y tú también volviste… —gritó al cielo, con una mezcla de rabia, alivio y amor acumulado por mil vidas.

En el campo de batalla…

La montaña vibraba al ritmo del duelo entre Biel y Fernt.

Sus espadas chocaban con una fuerza que hacía retumbar cada roca en kilómetros a la redonda.

El brillo de Aine se entrelazaba con la energía dracónica de Fernt, generando ondas de presión que deformaban el entorno.

Fernt dio un paso atrás, jadeando, pero con una sonrisa de satisfacción.

—Mi señor… es usted increíblemente fuerte.

Su fuerza… iguala a la de un Drakeryano.

Los choques habían sido brutales. El aire ardía a su alrededor, cada hoja cercana se carbonizaba solo con la onda expansiva.

Fernt apretó el puño.

—Me enfurecí… cuando mi hija me dijo que un humano la había derrotado.

Vine para comprobar esa fuerza con mis propios ojos.

Y efectivamente… nunca imaginé que fuera usted, el Creador, quien la venció.

Biel respiraba con profundidad, pero sin perder la compostura.

—Me gustaría que dejaras de llamarme “Creador”…

—Es vergonzoso para mí.

—Como desee —respondió Fernt con una leve reverencia—. Entonces lo llamaré señorito Biel.

Biel, en su mente, suspiró.

—(Eso también es vergonzoso… pero al menos no tanto como “Creador”.)

Se reacomodó en su postura, con una sonrisa leve.

—Tu fuerza también es impresionante, si la barrera de este país no estuviera entonces yo ya habría muerto.

Las palabras resonaban con sinceridad.

—En el pasado… tuve enfrentamientos con enemigos que fueron difíciles de derrotar.

El Rey Vampiro Lip, el manipulador Maelista, la Emperatriz de Marciler, Domia, Belcebú, la calamidad de la desesperación…

Y el peor de todos: Khios.

Biel alzó la mirada, recordando esas batallas con un dejo de nostalgia y dolor.

—Comparado con ellos, tú… eres ridículamente fuerte incluso con esta barrera.

Estás al nivel de Domia… e incluso rozas la fuerza de Belcebú.

Pero a diferencia de ellos… tú no eres como ellos.

Fernt bajó su espada levemente, como quien acepta un honor mayor del que cree merecer.

—Me halagan sus palabras… señorito Biel.

El viento se detenía antes de entrar al campo de batalla, como si el mundo mismo no se atreviera a interrumpirlos.

Frente a frente:

Biel, con Aine brillando como una estrella forjada por el destino,

y Fernt, el rey Drakeryano, cuya aura parecía el rugido contenido de cien dragones.

Ambos eran la síntesis de dos eras.

Pasado y presente.

Fuerza y propósito.

Destino y decisión.

El aire entre ellos se quebró con un sonido seco.

No hubo aviso.

Solo movimiento.

Biel se lanzó primero, cortando el espacio con una estocada tan precisa que el aire silbó como una sinfonía de guerra.

Fernt interceptó, su espada de escamas reluciendo bajo el sol, y el choque resultante generó una onda expansiva que levantó una cúpula de polvo a su alrededor.

La montaña gimió.

Las rocas cercanas se fracturaron.

Y en el instante siguiente, ambos desaparecieron.

No era velocidad.

Era algo más.

Era un combate donde el pensamiento iba más lento que el cuerpo.

—¡¡HAAAAAAAH!! —exclamó Biel, descendiendo con un tajo diagonal.

Fernt bloqueó con el brazo libre, giró sobre su eje, y contraatacó con una embestida de energía dracónica que tomó forma de fauces ígneas.

Biel dio un salto hacia atrás, aterrizando con una voltereta que levantó hojas y polvo.

Aine vibró en su mano, como si reconociera a su oponente como alguien digno.

—Nada mal —murmuró Biel—. Veamos si resistes esto…

Trazó una línea en el aire con su espada.

La luz se curvó.

El espacio pareció doblarse sobre sí mismo.

Un corte dimensional emergió, una fisura vertical que crepitaba con energía blanca y negra al mismo tiempo.

La arrojó como si fuera una lanza.

Fernt rugió, y al hacerlo, su forma cambió.

Sus brazos crecieron.

Su piel se endureció.

A su espalda emergieron dos alas de escamas azabache.

No se transformó completamente, pero su sangre dracónica rugía con furia.

—¡¡¡DRACOR VASTUM!!! —exclamó, y con un solo golpe de ala desintegró la fisura en el aire.

El mundo se dobló con ese choque.

El cielo se agrietó por unos segundos como si fuera cristal.

Y entonces ambos se lanzaron de nuevo, colisionando con furia cruda, una y otra vez.

Espada contra espada.

Golpe contra golpe.

Los árboles cercanos se partían sin ser tocados.

El lago a varios kilómetros empezó a evaporarse.

Los animales huían por instinto.

La montaña se hundía lentamente con cada impacto.

Fernt se impulsó desde el aire y descendió en picada.

—¡¡¡COLMILLOS CELESTIALES!!! —gritó, invocando una tormenta de dragones hechos de aura, que descendieron como meteoritos hacia Biel.

—¡AINE, RESPONDE! —clamó Biel, y la espada se envolvió en un brillo etéreo.

Con un solo giro, la hoja liberó un huracán de energía inversa que absorbía las bestias como si tragara sus formas en una implosión silenciosa.

El cielo se desvaneció.

La luz parpadeó.

Solo quedaron ellos dos en medio de una esfera de vacío que se generó por el colapso de tanta fuerza comprimida.

Ambos jadeaban.

Sudor, sangre y voluntad.

Fernt sonrió con los colmillos expuestos.

—Nunca me enfrenté a alguien que no se quebrara ante este poder…

Biel sonrió también, aunque sus piernas temblaban.

—Tampoco yo… y eso que enfrenté a seres que rompían mundos.

Ambos rieron, en medio del campo destrozado.

No como enemigos.

Sino como titanes que comprendían el peso de su existencia.

De pronto, una ráfaga brutal de viento los lanzó hacia lados opuestos.

Habían exhalado al mismo tiempo.

La presión de sus auras colapsó el centro del campo.

Sus espadas quedaron al frente, firmes.

Pero sus cuerpos retrocedieron por la explosión cruzada.

Cuando el polvo bajó, ambos estaban de pie.

Sangrando.

Pero en pie.

Sus espadas… a unos centímetros de los cuellos del otro.

Ambos habían llegado al mismo lugar… al mismo tiempo.

Silencio.

El viento volvió a soplar.

Las hojas se atrevieron a moverse otra vez.

Y en ese instante, ambos bajaron sus armas.

—Empate —dijo Fernt, bajando la mirada.

—Empate —repitió Biel, con una pequeña sonrisa, mientras Aine se desvanecía en luz y reposaba en su espalda.

La montaña, aunque rota, exhaló aliviada.

Por un momento, pareció más alta.

Como si quisiera recordar esa batalla para siempre.

Fernt extendió la mano.

—Gracias por recordarme lo que significa luchar con honor.

Biel la tomó, fuerte.

—Gracias por recordarme lo que significa ser reconocido como igual.

Ambos se miraron.

Y sabían que ese duelo no tenía vencedor…

Porque la verdadera victoria era haber encontrado respeto entre dioses disfrazados de mortales.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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