Fragmento de lo Infinito - Capítulo 85
- Inicio
- Fragmento de lo Infinito
- Capítulo 85 - Capítulo 85: Capítulo 84: Cuando la Canción Calla, el Demonio Habla
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 85: Capítulo 84: Cuando la Canción Calla, el Demonio Habla
Las luces flotantes del parque seguían encendidas, pero para Biel, todo a su alrededor parecía haberse difuminado. El sonido de las hojas mecánicas al moverse, las conversaciones lejanas de otros estudiantes, incluso el murmullo suave de los árboles… todo se silenció al cruzar mirada con aquella chica.
Y entonces, ella habló.
—La primera vez que te vi —dijo con un tono sereno— pensé que estabas paranoico. Mencionaste el nombre de mi madre como si la conocieras, y en ese momento… creí que estabas delirando. Pero ahora lo entiendo todo.
Biel parpadeó, atónito.
—¿Lo… entiendes?
La chica dio un paso al frente, sus ojos brillaban como dos lunas contenidas.
—Tu padre conoció a mi madre, ¿verdad? Por eso dijiste su nombre.
Un relámpago de esperanza chispeó en la mente de Biel. ¿Había recordado…? ¿Acaso había despertado algo?
—¿Qué…?
—Sí, claro —respondió ella, segura—. Tu padre debió haber conocido a mi madre. Por eso reaccionaste así aquel día, ¿cierto?
La pequeña nube de emoción que se había formado en el pecho de Biel se desinfló como un globo atravesado por una aguja metafísica.
—Ah… no —dijo, bajando un poco la mirada—. Mi padre nunca conoció a tu madre. De hecho… yo tampoco. Es solo que… ese nombre… lo tiene alguien muy importante para mí. Alguien que… fue muy cercana en mi vida pasada.
—¿Vida pasada? —preguntó Camila, ladeando la cabeza.
—Digo… en mi pueblo pasado. Quise decir pueblo. Pueblo, no vida. —Biel se golpeó mentalmente.
—Hmm… ya veo. Así que solo fue una coincidencia. Entonces, supongo que me debes una disculpa por haber gritado el nombre de mi madre como si fuera un exorcismo.
—Sí, tienes razón —dijo Biel con una sonrisa tímida—. Perdóname por la confusión. Por cierto… ¿cómo te llamas?
La chica lo miró un segundo más y luego sonrió suavemente.
—Camila. Mucho gusto, Biel.
—Vaya, ya sabes mi nombre —comentó él, con curiosidad.
—Claro. En todo el instituto hablan de ti. —Camila cruzó los brazos, con aire divertido—. Eres el famoso chico que rompió los recipientes mágicos durante la prueba de admisión. Lo que hiciste fue… explosivamente memorable.
Biel suspiró.
—Supongo que sí… aunque también fue un problema. Muchos me detestan por eso. Ya sabes, por ser uno de los que tienen habilidades no comunes. Brazalete naranja, destino dramático…
—Sí, sí, ya escuché. —Camila asintió—. Te tienen en la mira. Pero no todos te odian, ¿sabes? Hay algunos a los que les simpatizas. Entre ellos, uno de los miembros de los Siete Santos.
Biel se quedó inmóvil.
—¿Los… Siete qué?
—Santos. Los Siete Santos del instituto. ¿Nunca escuchaste de ellos?
—Lo mencionó la doctora Reiko cuando salí de la clínica, pero… no pensé que fuera algo tan serio. ¿Me estás diciendo que ya llegué a oídos de la élite del instituto?
—Exacto.
Biel tragó saliva. “Perfecto, acabo de llegar y ya soy tema de conversación entre los mejores. ¿Qué sigue? ¿Una invitación para ser embajador interdimensional de caos?”
—¿Y… quién de los siete está interesado en mí? —preguntó, algo incómodo—. Por alguna razón me dio escalofríos imaginarlo.
Camila se llevó una mano al mentón, como si estuviera rememorando los detalles con teatralidad.
—Bueno, ella es…
—¿CÓMO QUE ELLA? —la interrumpió Biel con los ojos abiertos como platos—. ¿Es una chica la que está interesada en mí?
—Sí —respondió Camila con total naturalidad—. Se llama Larisa, y es la líder del Club de Artes.
—¿Larisa…? ¿Club de Artes…? —repitió Biel, más confundido que si le hubieran pedido bailar con una gárgola.
—En este instituto existen seis clubes importantes —comenzó Camila, contándolo con los dedos—: el Club de Artes, el de Escritura, el de Combates, el de Tecnoquímica, el de Runas y Alquimia… y el sexto es más secreto, así que nadie habla mucho de él.
—¿Un club secreto? ¿Y cómo sabes de él si es secreto?
—¡Porque no soy tan tonta como parezco!
—Nunca dije que lo fueras.
—Bueno, por si acaso —respondió ella, con una sonrisa—. En fin. Larisa es la figura importante del Club de Artes, y también una de los Siete Santos. Es hermosa, muy reconocida… cabello anaranjado natural, ojos que relucen como si hubieran sido pulidos por hadas, y una presencia que te hace sentir que estás en una pintura.
Biel se acomodó el cuello de la camisa que no tenía (mentalmente), sintiendo que su existencia era demasiado sencilla para ese nivel de elegancia.
—No suena como alguien que frecuentaría el mismo comedor que yo.
—Oh, y eso no es todo. El año pasado participó en el torneo CADRC y llegó a la final. Perdió contra el instituto de Claiflor.
—¡¿Cómo que perdió contra Claiflor?! —Biel alzó las cejas—. ¿Pero si ese instituto es el más estricto en combates cuerpo a cuerpo?
—Exacto. Y eso hace que el logro de Larisa sea aún más impresionante. Porque su especialidad no es la batalla directa. Ella… dibuja.
—¿Dibuja? —repitió Biel con cara de “¿me estás tomando el pelo?”
—Sí. Su magia está vinculada al arte. A través de sus dibujos puede invocar criaturas, sellos y efectos de lo más locos. Una vez se dice que dibujó una puerta… y la puerta se abrió. A otro continente.
—¿Y esa es la persona que está interesada en mí?
Camila asintió.
—Sí. Hace unas horas estaba en mi dormitorio. Tocó la puerta. Cuando abrí, ahí estaba ella, como si saliera de un comercial de perfumes.
—¿Y qué te dijo?
—Me miró, seria, y dijo: “Quiero que me hagas un favor, sí.”
—¿Y tú le preguntaste qué favor era?
—Obvio. No soy adivina. Le pregunté, y me respondió: “Quiero que me presentes al chico del que todos hablan. El chico que se llama Biel.”
Biel se quedó en silencio. Todo lo que su cerebro podía decir era:
“Error 404. Lógica no encontrada.”
—¿Y tú… le dijiste que sí?
—Le dije: “Con gusto se lo presentaré. Quizás más tarde lo pueda ver en algún lugar del instituto.”
—¿Y… dónde se supone que debo verla?
—En el estadio de campeonato NeoEclipse.
—¿NEOECLIPSE? ¿QUÉ TIPO DE NOMBRE ES ESE PARA UN ESTADIO? ¿VA A LANZARME UNA SERPIENTE HECHA DE PINTURA?
Camila se rio. Pero no con burla. Sino como alguien que entiende que el caos a veces tiene forma de chica peli naranja interesada en un chico de brazalete naranja.
—No lo sé, Biel. Pero si te sirve de consuelo… Larisa no suele interesarse por cualquiera.
—¿Y eso me tranquiliza o me asusta más?
—Un poco de ambos, diría yo.
Y así, entre miradas, risas y una creciente pila de dudas existenciales, Biel sintió que su día acababa de complicarse aún más… aunque en el fondo, una pequeña chispa de curiosidad encendía su pecho.
El sol ya descendía, pero aún quedaban algunas horas para que el recorrido nocturno comenzara.
Los demás, tras el rato en el parque, se habían retirado a sus dormitorios, arrastrando risas y algo de cansancio. Camila también se despedía, sacudiéndose el cabello como si con ello también se sacudiera la responsabilidad de lo que estaba a punto de ocurrir.
—¿No me vas a acompañar? —le preguntó Biel, mientras la observaba girarse.
Camila levantó una ceja con una media sonrisa.
—No. Tengo cosas que hacer. Suerte, Biel.
—¿Suerte? ¿Qué quieres decir con—?
Pero ella ya se había ido, deslizándose entre la niebla suave de los senderos encantados, como una sombra elegante.
Biel se quedó mirando el camino por donde desapareció.
—”Suerte”, dice… eso no es una despedida normal. Seguro trama algo. —Suspiró—. Ya ni modo. Supongo que tengo que ir al estadio de campeonato… ¿Neoqué? ¿NeoÉclipse? ¿NeoEpicse? ¿Quién les pone esos nombres a los estadios?
Refunfuñando, pero curioso, Biel emprendió el camino hacia el Estadio de Campeonato NeoEclipse, que se alzaba como un coloso de cristal pulido al borde del campus. Era una de las estructuras más modernas de Renacelia, diseñado para competiciones tecnomágicas de alto nivel. Su techo estaba formado por segmentos flotantes que se abrían durante los eventos para mostrar el cielo estelar.
Cuando llegó, notó algo inesperado.
La puerta estaba abierta.
Sin pensarlo demasiado, cruzó el umbral.
Y entonces se congeló.
El estadio estaba lleno.
No era una reunión común. Miles de alumnos de tercero, cuarto y quinto año llenaban las gradas, sus murmullos rebotaban como ecos mágicos por toda la estructura. Cada mirada, cada susurro, cada gesto parecía clavarse directamente en el pecho de Biel.
—…¿Qué es esto? —murmuró para sí. Su voz no fue escuchada. Pero su presencia sí.
Un estudiante de cabello verde en la segunda fila lo señaló.
—¡Miren! ¡Ahí está! ¡El chico que destruyó los recipientes mágicos de la prueba!
—¿Así que ese es el famoso “brazalete naranja”? —susurró una voz femenina más atrás—. Se ve más… normal de lo que pensé.
—Y pensar que no tiene habilidades comunes —dijo otro con tono despectivo.
Biel tragó saliva.
—Camila… esto no me lo mencionaste.
Su mirada recorría el estadio. No había una sola cara conocida. Todo era murmullos y ojos que lo juzgaban, lo analizaban, lo reducían a rumores.
Fue entonces cuando ocurrió.
Una melodía comenzó a sonar, como si surgiera de la propia arquitectura del estadio. Suave. Armónica. Tan hermosa que parecía creada por la misma naturaleza.
Era como el susurro del mar en calma, mezclado con el trino de las aves al amanecer. Una música que no se escuchaba con los oídos, sino con el alma.
—¿Qué es… esto? —murmuró Biel, maravillado.
Entonces la vio.
Una figura sentada ante un piano flotante, en el centro de la arena. Tocaba con gracia, los dedos deslizándose como pétalos sobre el cristal de las teclas.
Y con un parpadeo, apareció ella.
Larisa.
Cabello anaranjado como fuego dulce, ojos color ámbar que brillaban con intensidad. No caminaba, flotaba. Su presencia no imponía por fuerza, sino por belleza y seguridad. Cada paso que daba era acompañado por una estela luminosa que se disipaba con delicadeza.
Biel se quedó de piedra.
Cuando ella se acercó, no dijo nada al principio. Solo lo miró con una mezcla de curiosidad y ternura. Luego, alzó una mano como si calmara una tormenta invisible.
—Tranquilo —dijo con una sonrisa que podía haber calmado al mismísimo Belcebú—. Sabes… me interesas.
Biel dio un paso atrás.
—¿Qué?
—Desde el momento en que escuché tu nombre… no he podido dejar de pensar en ti. Además —añadió, bajando la voz con un dejo de coquetería—, eres guapo. No me malinterpretes. Pero me pareces… atractivo.
Biel.exe ha dejado de funcionar.
La mente de Biel intentaba procesar lo que acababa de escuchar. Su corazón tamborileaba como si le hubieran lanzado un hechizo de percusión interior. Pero debía responder algo. Tenía que decir algo. ¡Cualquier cosa!
—Ehhh… si me querías decir eso, ¿por qué trajiste a todos ellos?
Larisa se rió con suavidad, como si su voz fuera parte de la misma melodía del piano.
—La verdad… ellos no están realmente aquí.
Chasqueó los dedos.
Y en ese instante, todos los estudiantes se desvanecieron, como humo arrancado por el viento.
El estadio quedó completamente vacío.
Biel miró a su alrededor, incrédulo.
—¿Eran ilusiones?
—Siluetas —corrigió Larisa—. Solo quería presionarte un poco. Ver cómo reaccionabas. A veces la multitud revela la verdadera cara de las personas.
—Qué… ¿muy educativo eso?
Larisa sonrió.
—Quizás. Pero tú reaccionaste bien. Incluso con nervios, te mantuviste de pie. Por eso… quiero saber más de ti. Porque siento que no eres alguien débil.
Biel bajó la mirada, algo incómodo.
—¿Saber más de mí…?
—Y también quiero protegerte.
—¿Protegerme? —repitió Biel, parpadeando—. ¿De qué?
—De los demás Santos.
Y como si su declaración hubiese activado un antiguo conjuro, seis ráfagas de luz cayeron del cielo, envolviendo el estadio en una danza luminosa.
Los haces golpearon el suelo con fuerza, levantando columnas de energía.
Uno a uno, los restantes miembros de los Siete Santos aparecieron, flotando sobre plataformas circulares de magia pura.
—Takeshi —el Primer Santo. Alto, imponente, con aura de acero. Su sola presencia parecía aumentar la gravedad del lugar.
—Souta, Segundo Santo. Vestía con un aire relajado, pero su mirada era más aguda que una daga encantada.
—Hikari, la Tercera. Sonriente, pero con ojos que leían las emociones como un libro abierto.
—Rafael, Cuarto Santo. De expresión serena y brazos cruzados.
—Kutite, Quinta Santo. Su energía era veloz, eléctrica, como si siempre estuviera lista para moverse.
—Masaki, Sexto. De apariencia desordenada, pero el campo de energía que lo envolvía dejaba claro que no debía subestimarse.
Biel sintió cómo el aire cambiaba.
—¿Qué está pasando ahora…?
Larisa no se giró. Solo dijo en voz baja:
—Te dije que quería protegerte… y ahora vas a entender por qué.
El estadio quedó en completo silencio cuando los seis haces de luz se disiparon, revelando la presencia imponente de los otros Santos del Instituto.
Pero fue Souta, el Segundo Santo, quien rompió la quietud con una sonrisa ladina y una voz cargada de arrogancia que no se molestaba en disimular.
—Vaya, vaya… —dijo, cruzando los brazos mientras descendía flotando lentamente hacia el centro de la arena—. Así que el famoso chico que destruyó los recipientes mágicos está aquí. Y mira tú… justo con la Séptima Santo Larisa. Qué conveniente.
Larisa frunció apenas los labios, pero no respondió. Biel, en cambio, sintió una chispa de incomodidad encenderse en su pecho.
—Bueno, —prosiguió Souta con un tono burlón— es de esperarse que los débiles se reúnan entre sí. Las mariposas no vuelan con dragones.
Biel apretó los puños.
El comentario fue como una cuchilla envuelta en seda. Hiriente, pero disfrazado de sutileza.
Larisa se giró hacia él, colocándole una mano sobre el brazo.
—Tranquilo, Biel —dijo en voz baja—. Estoy acostumbrada a esto. No tienes por qué…
Pero la furia silenciosa que Biel solía controlar… esta vez no la retuvo.
—¿Quién te crees para hablarle así? —soltó con firmeza.
Larisa lo miró. Esa mirada.
La clásica de los animes que dice sin decir: “¿Estás loco?… pero gracias.”
Una mezcla de sorpresa, ligera preocupación, y ese brillo escondido de alguien que no sabe cómo manejar un gesto bonito disfrazado de impulsividad.
Una mirada tsundere agradecida, por así decirlo.
Souta alzó una ceja, divertido por la reacción.
—¿Yo? —respondió con sorna—. Yo soy uno de los Siete Santos. Tú, en cambio, no eres nadie para hablarme así. Pero ya que te sientes valiente… podemos arreglarlo de una manera simple.
El aire cambió. El ambiente se tensó.
—Un duelo. —Souta señaló el suelo de la arena—. Si ganas, le pediré disculpas a Larisa delante de todo el instituto. Pero si pierdes… te irás. Este lugar no es para no comunes como tú.
Larisa dio un paso al frente.
—¡Es suficiente, Souta! No estás autorizado para…
—Acepto. —interrumpió Biel.
La respuesta cayó como un rayo en la arena.
Larisa se giró con fuerza.
—¡¿Estás loco?! ¡No tienes por qué demostrar nada!
Pero Biel ya había dado un paso al frente, con el fuego firme en los ojos.
—No se trata de demostrar… se trata de no quedarse callado.
Souta sonrió de oreja a oreja.
—Entonces… ¡que comience el espectáculo!
De inmediato, el estadio respondió.
Los reflectores se encendieron en cadena, iluminando la plataforma central con una luz dorada. Paneles flotantes comenzaron a descender desde el cielo, y cámaras mágicas aparecieron de la nada, flotando alrededor de los combatientes como insectos encantados. Una luz proyectada desde el techo trazó un círculo de combate que brillaba como una runa gigante.
En cuestión de segundos, una gigantesca pantalla fue proyectada en el cielo de Renacelia. En cada rincón del instituto, en cada torre, aula y dormitorio, la transmisión apareció como una aurora visible.
En los dormitorios…
Acalia se detuvo en seco en el pasillo. La pantalla flotante sobre ella mostraba el rostro de Biel frente a un Santo.
—¿Qué…? ¿Cómo que va a luchar? —preguntó, boquiabierta.
—¿Y es contra uno de los Siete Santos? —añadió Sarah, ajustándose los lentes que ni siquiera tenía puestos.
—¡Pero si hace unas horas se estaba peleando con su cama! —exclamó Xantle—. Este chico no se puede quedar tranquilo ni media hora…
Easton soltó una carcajada.
—Jajaja, ese es Biel… ya metiéndose con la élite el mismo día que empieza. ¿Alguien le dijo que podía ser normal? ¡¿No?!
Gaudel levantó una ceja.
—Y yo que pensé que se toparía con los Santos… a mediados de año. ¡Ni siquiera han pasado 24 horas!
Camila observó la pantalla desde su ventana, con el ceño fruncido.
—Rayos… —murmuró—. Era para eso… para eso Larisa quería conocerlo. Fui yo quien lo llevó hasta esa situación…
Raizel, sentada junto a su ventana con una taza humeante en la mano, observó en silencio.
—Vaya… así que ya está retando a la élite. Interesante.
Bastian estaba en su cama, los brazos cruzados. Miraba la pantalla sin parpadear.
No dijo nada.
En la torre de dirección…
La directora y la doctora Reiko observaban la proyección desde un círculo flotante en el techo de la torre principal.
—¿No deberíamos detener esto? —preguntó Reiko con seriedad.
La directora cruzó los brazos. Sus ojos entrecerrados brillaban con intensidad.
—Para nada. Este combate abrirá los ojos de todos. Tanto para los que odian… como para los que creen en Biel. Es hora de que el instituto vea de qué está hecho ese chico.
Reiko asintió lentamente.
—Si usted lo dice… entonces tiene que ser cierto.
En el estadio…
Ambos contrincantes estaban ya sobre la plataforma circular.
El aire vibraba.
Runas de contención se encendieron alrededor del perímetro. Un campo protector rodeaba la arena para evitar que la energía saliera disparada hacia las gradas vacías.
Souta sonrió, caminando con seguridad hacia el centro.
—Será mejor que vayas empacando tus cosas.
Biel se acomodó en posición. Respiró profundo. Sus ojos estaban fijos. Serios.
—Eso será imposible —dijo—. Porque no pienso perder.
El viento se calmó.
El mundo contuvo el aliento.
Y el combate… comenzó.
Biel no esperó. Como un rayo desatado, su cuerpo se impulsó hacia adelante, una sombra entre los destellos de luz que flotaban en el estadio. Su mano se rodeó de una energía oscura que vibraba con fuerza, y en un instante, forjó una espada de oscuridad pura, tallada desde lo más profundo de su alma.
El aura que lo envolvía se sacudía con violencia, como si un millar de lamentos danzaran en torno a su figura.
—¡AHHHH! —gritó, cargando directo hacia Souta, con el filo oscuro extendido.
Pero Souta…
No se movió.
Ni un paso atrás.
Ni un gesto de alarma.
Cerró los ojos y pronunció una palabra, suave pero definitiva:
—Cancelar.
Y como si hubiese golpeado un muro invisible, el aura de Biel se desintegró. La espada de oscuridad se fragmentó como cristal, desapareciendo en partículas. El poder se esfumó. La energía lo abandonó.
Biel detuvo su carrera en seco, retrocedió unos pasos, jadeando. Sus ojos abiertos de par en par. Algo estaba mal.
—¿Qué… qué pasó? —preguntó en voz baja, sintiendo sus manos vacías. Sin energía. Sin nada.
Souta abrió los ojos con una sonrisa orgullosa.
—¿Confundido? —dijo, con el tono de quien ya había ganado—. Mi habilidad mágica se llama Cancelación Total. Puedo anular cualquier magia activa dentro de un rango. Y ahora… eres un simple humano. Sin poderes. Sin defensa.
Antes de que Biel pudiera reaccionar, Souta se movió.
En un parpadeo apareció frente a él, y con un movimiento veloz, conectó un puñetazo directo al rostro de Biel.
—¡Ghkk! —Biel salió volando varios metros hacia atrás, su cuerpo giró en el aire como una hoja atrapada en un torbellino de violencia.
El golpe fue seco, brutal, certero.
El cuerpo de Biel se estrelló contra el suelo de la arena mágica, haciendo retumbar las plataformas flotantes. Quedó allí, sin moverse. Inconsciente.
Souta se sacudió la mano con desprecio.
—Vaya que eres débil, Biel. Decepcionante.
Desde un lateral, Larisa apretó los dientes.
—¡Oye, Souta! ¡Eso fue trampa! ¡Le quitaste su magia desde el principio! ¡Eso no fue un combate justo!
Souta se giró con una sonrisa de desprecio.
—¿Trampa? ¿Esto es una pelea entre niños o un duelo serio? Si no puede defenderse sin magia… entonces es débil. En este mundo, Larisa… solo el fuerte sobrevive.
Hizo una pausa, luego miró al cuerpo caído.
—Ese chico no sabe lo que es una batalla real. Nunca ha peleado una guerra verdadera. No tiene cicatrices. No tiene alma de guerrero. Solo una sombra vacía con algo de suerte…
Pero entonces…
El suelo tembló.
Un estruendo sutil, pero real. Como si el aire contuviera la respiración de algo mucho más grande que todos los presentes.
El cuerpo de Biel se movió.
Lentamente.
Temblorosamente.
Y luego, se levantó.
Souta entrecerró los ojos.
—¿Eh?
Los ojos de Biel estaban abiertos… pero no eran los mismos.
Había algo diferente. Algo… ancestral. Algo que ya no pertenecía a este mundo.
—¿Cómo… te atreves…? —dijo Biel, su voz quebrada al principio, pero ganando firmeza como una tormenta que despierta.
—¿Qué dijiste? —repitió Souta, pero su tono ya no tenía la misma arrogancia.
—¿Cómo… te atreves a decir… que no conozco la guerra?
Un silencio glacial cayó sobre el estadio.
Las cámaras mágicas flotaron más cerca, y los ojos de todos en el instituto observaron con creciente asombro.
La mirada de Biel ya no era la de un chico.
Era la de alguien que había sobrevivido a mil abismos.
Su mente se inundó de recuerdos como relámpagos que cruzaban la noche:
Lip, el Rey Vampiro, cuyo poder era dado por Domia.
Maelista, aquel que controlo con su poder a la diosa de los espíritus.
Domia, la emperatriz caída en Lunarys, cuya magia era tan profunda como su odio.
Belcebú, el Señor de la Desesperación, nacido del dolor humano.
Y Khios… el enemigo que incluso llego a asesinar dioses.
—No conoces nada de mí… —murmuró Biel.
Y entonces…
La magia volvió.
Pero no como antes.
Volvió como un huracán envuelto en sombra.
Oscuridad pura brotó de su cuerpo, rodeándolo como una armadura líquida.
Su espalda se estremeció.
Dos alas demoníacas brotaron con violencia, extendiéndose con un rugido etéreo.
Sus ropas se transmutaron, no por costura, sino por esencia. Una vestimenta nueva, más elegante, como si el mismo tejido de su alma reclamara su trono.
La forma semi perfecta del Rey Demonio.
Larisa dio un paso atrás, sorprendida.
—¿Qué… qué es esto?
Souta retrocedió también, por primera vez sin palabras.
—¿Pe-pero… cómo…? Yo cancelé su magia… ¡Yo cancelé todo!
Biel lo miró desde el centro del caos.
—No puedes cancelar lo que ya no es magia.
Souta tragó saliva.
—¿Qué… qué significa eso?
—Esto —dijo Biel, y sus ojos brillaron con el fuego del abismo—. Esto no es magia. Esto es quien soy.
Souta observó, paralizado, mientras la energía en torno a Biel se condensaba como una tormenta en pausa.
—¿Quién… quién rayos eres tú?
Y entonces, Biel avanzó.
Cada paso suyo dejaba una marca ardiente en la arena. No de fuego. Sino de memoria.
Y la batalla… ahora sí había comenzado.
Desde la torre más alta del Instituto de Historia Mágica, la directora Enit observaba el combate con una calma que contrastaba con la euforia de todo Renacelia.
A su lado, la doctora Reiko no podía ocultar la tensión. Miraba la pantalla flotante con los ojos abiertos, la respiración acelerada y las manos apretadas contra su pecho.
Pero Enit…
Ella sonreía.
—Así que esa es… —murmuró, con un brillo ancestral en los ojos— la forma semi imperfecta del Rey Demonio.
Reiko giró el rostro de inmediato.
—¿Rey demonio? —repitió con incredulidad—. ¿Cómo puede tener Biel esa forma? ¡Ese poder se perdió hace años! ¡Cuando el héroe destruyó el mundo y lo reconstruyó!
Enit no dijo nada por un momento. Solo observó a Biel, cuyos ojos ahora brillaban con el fuego de un alma que había resucitado mil veces.
—Ese chico… —comenzó, con la voz templada por siglos— es la verdadera reencarnación del Héroe.
Reiko sintió un temblor en las piernas, como si el suelo mismo se hubiese movido bajo ella.
—¿Qué…? ¿Biel… es el héroe? ¿El de hace doscientos años?
Enit asintió lentamente.
—El mismo que lo sacrificó todo para reconstruir el universo. El que caminó entre dioses y venció a las Calamidades. El que se alzó incluso cuando los cielos lo abandonaron. Ese es Biel.
Reiko retrocedió un paso, boquiabierta. El eco de las palabras resonaba como campanas en su mente.
—Entonces… con razón su magia oscura es diferente. No se siente como las habilidades comunes. Ni siquiera como magia elemental o prohibida. Es… distinta.
Enit cerró los ojos por un momento.
—Es porque su oscuridad no proviene del mundo externo. Proviene del vínculo interno que guarda con el más poderoso de los cinco Reyes Demonios: Monsfil, el Rey de la Destrucción Eterna.
Reiko se llevó una mano a la boca, entre asombro y miedo.
—Monsfil… —susurró—. El más temido. El que casi hizo colapsar el plano espiritual hace eras. ¿Entonces… todo el poder de Biel viene de él?
—Sí —respondió Enit con suavidad—. Pero también de él mismo. Biel no es un simple recipiente. Monsfil no lo posee. Monsfil lo eligió. Se fundió con su alma en la última gran batalla… y así, lo que antes era una amenaza… ahora es un guardián.
El silencio que se hizo en la sala era tan espeso como el aura que rodeaba a Biel en la arena.
Reiko intentó procesar todo, pero entonces notó algo en el tono de Enit. Una calidez extraña. Una nostalgia contenida.
—¿Cómo sabes todo esto…? —preguntó, apenas en un susurro.
Enit la miró. Y por primera vez en mucho tiempo… no ocultó nada.
—Porque yo tampoco soy quien crees.
Reiko entrecerró los ojos, confundida.
—¿Qué… estás diciendo?
Enit se llevó una mano al pecho, donde una runa brillante comenzó a formarse. La habitación se iluminó con una luz tenue, plateada, como la neblina de un amanecer que aún no ha comenzado.
—Mi verdadero nombre es… Yael Enit. Reina y Diosa de los Espíritus.
La runa se expandió, y por un instante, su forma cambió. No en cuerpo, sino en presencia. Su cabello brilló con un resplandor etéreo, su mirada se volvió transparente como el agua pura de los planos elevados, y su aura dejó de ser mortal.
Reiko cayó de rodillas, sin darse cuenta.
—Tú eres… ¡la diosa Yael! ¡La guardiana de los bosques eternos! ¡La protectora de las almas que no encuentran su camino!
Enit asintió. Yael, ahora sin velo.
—Descendí a la tierra en forma humana para preparar su regreso. Quería asegurarme de que, cuando Biel renaciera, no estuviera solo. Que tuviera un lugar, una guía, una nueva oportunidad de comprender su poder sin cargar con el peso de su antiguo destino.
Reiko aún estaba sin palabras.
—Todo este tiempo… ¿una diosa estuvo dirigiendo el instituto?
Yael sonrió.
—No solo dirigiéndolo. Lo construí. Piedra por piedra. Con conocimiento ancestral, con la ayuda de los sabios y los espíritus del renacer. Este lugar… es su refugio. El lugar donde el Héroe, ahora como Biel, puede redescubrir quién es. Sin ser forzado. Sin ser venerado. Solo… siendo él.
Reiko no sabía si llorar, gritar o reír. Todo lo que sentía era una mezcla de gratitud, reverencia… y asombro.
—Y… ¿él sabe?
Yael dijo si con la cabeza.
—Si. Desde que llego a dar el examen de admisión se percató de que yo estaba aquí.
Reiko miró hacia la pantalla.
Biel, en su forma semi perfecta, estaba frente a Souta. El aura demoníaca le envolvía, pero su mirada no era malvada. Era determinada. Seria. Llena de historia.
Y entonces entendió.
No era un monstruo.
No era un estudiante cualquiera.
Era un alma antigua envuelta en una nueva oportunidad.
Era el Héroe que se convirtió en Demonio para salvar el mundo… y ahora regresaba para protegerlo otra vez.
Yael suspiró.
—Y esta vez… no fallaremos.
—¿Por qué tienes esa magia? —gritó Souta con el rostro deformado por la incredulidad—. ¡Esa magia se perdió hace años! ¡¿Por qué tú la tienes?! ¡¿Quién demonios eres?!
Biel no respondió de inmediato. Se limitó a levantar la mirada hacia el cielo estrellado, como si buscara en lo alto la razón por la cual el mundo giraba tan torcido. Respiró hondo, su aura oscura danzaba en espirales quietas alrededor de su cuerpo, como si la noche lo abrazara sin temor.
—Esta forma… fue la más peligrosa que alguna vez usé —murmuró con una calma que helaba la sangre—. Pero esta vez es estable. Qué alivio… no quería herir a ningún inocente.
Souta dio varios pasos hacia atrás. Su orgullo y su arrogancia se desmoronaban con cada segundo. Sus piernas temblaban. El público proyectado en las pantallas del cielo no dejaba de mirar con los ojos abiertos como platos. Las alas negras que brotaban de Biel eran como lanzas de sombra, su vestimenta había adoptado un estilo regio y oscuro, como la de un príncipe surgido del mismísimo abismo.
Larisa lo miraba sin parpadear, con las manos cubriéndose la boca. No era miedo. Era fascinación. Era como si estuviera presenciando la aparición de una criatura que no debería existir, y al mismo tiempo, no podía dejar de admirarla.
Los otros santos permanecían en silencio. Takeshi, el Primer Santo, fruncía el ceño. Rafael murmuró algo en voz baja.
—Esto no es una magia cualquiera…
En los dormitorios, la reacción no fue distinta.
—¿¡Qué… qué rayos es eso!? —gritó Acalia, incorporándose de golpe.
—¿¡Biel tiene alas!? ¿¡Desde cuándo es un demonio!? —preguntó Sarah, aún más pálida que de costumbre.
—Ah, sí… definitivamente ese chico no es común. Nada común —comentó Xantle, visiblemente impactado, sin su típico tono burlón.
Easton simplemente exclamó:
—¡Me voy a desmayar! ¡Este tipo es un boss final disfrazado de estudiante!
Camila, recostada en su cama con un libro de historia mágica, alzó la vista justo a tiempo para ver cómo Biel desenvainaba una espada hecha de oscuridad pura. Su sombra en la pared vibró ligeramente.
—Esa oscuridad… no es solo suya —susurró—. Es como si… fuera un conducto. Como si alguien más, algo más… se manifestara a través de él.
Raizel, desde una ventana del tercer piso, apretó los puños.
—Así que ese es el verdadero Biel… la oscuridad que devora a la misma oscuridad.
En el estadio, Souta tragó saliva. Su voz ya no era de desprecio, sino de pánico.
—¿Por qué estoy temblando? ¡Es solo un no común! ¡No puede tener tanto poder! ¡¡No puede!!
Y sin embargo… lo veía.
A espaldas de Biel, una figura colosal e intangible se alzaba como una silueta espectral coronada: un rey. Un ser envuelto en un manto de sombra viva, con ojos como carbones encendidos.
—¿Una… sombra de un rey? No puede ser… —murmuró.
Luchando contra su miedo, Souta extendió un brazo. Sus dedos vibraban.
—¡No pienso perder contra ti! ¡No me importa cuán extraña sea tu magia!
Biel no respondió. Solo levantó su espada oscura con una fluidez silenciosa. Las alas en su espalda se desplegaron con un batir imponente, y el aire mismo pareció temblar. Su postura era simple, precisa, perfecta. No había rabia en su expresión. Solo determinación.
—Bueno… eso lo veremos —respondió al fin, sereno.
El juez, tragando saliva, levantó la mano con dificultad.
—¡Comiencen el duelo!
Souta gritó, concentrando su magia.
—¡Cancelación Total!
Intentó anular la magia de Biel una vez más, pero el aura de Biel permaneció. Su poder ya no era una simple habilidad común. Era una presencia. Algo que trascendía la cancelación ordinaria.
—¿¡Por qué… no se desvanece tu magia!? —preguntó Souta, paralizado.
Su cuerpo no respondía. El miedo lo había atrapado.
Y justo cuando Biel flexionó las piernas para moverse…
¡BEEEEEEEEEP!
Una alarma aguda y penetrante resonó en todo el estadio. El suelo tembló. Biel se detuvo. Todos los presentes alzaron la vista.
—¿Qué… fue eso?
El cielo se oscureció más de lo normal. Nubes de energía mágica negra se arremolinaban en el horizonte. Biel, aún transformado, se elevó con un batir de alas.
Y entonces… lo vio.
Desde las cimas montañosas más allá de Renacelia, una criatura gigantesca atravesaba las nubes a toda velocidad. Un dragón. Pero no uno común.
Era un Drakeryano.
Sus escamas parecían hechas de ónix ardiente. Su mirada era como la de un antiguo dios de guerra. Tras él, una tropa entera de bestias aladas lo seguía, surcando el cielo con la precisión de un ejército entrenado.
—…¿Qué significa esto? —susurró Biel, al verlos aproximarse.
Los estudiantes en el estadio miraban atónitos.
Los siete santos sintieron el peligro en el ambiente.
Y allí, suspendido en el cielo, con su espada negra en mano y sus alas abiertas como dos estandartes de guerra, Biel sintió en su interior un susurro familiar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com