Fragmentos Infinitos - Capítulo 97
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Capítulo 97: Capítulo 96: Sombras del Pasado – Parte 6
He vivido por mucho tiempo. Aunque mi rostro refleje la vitalidad de un hombre joven, la realidad es que ya camino por los sesenta años. Mi cabello es blanco, una cascada de nieve que muchos confunden con el peso de la vejez, pero lo cierto es que nací con este color; es mi marca de nacimiento. No pertenezco a esta época; mis raíces se hunden en el mundo de hace doscientos años. No es que haya envejecido día a día hasta hoy, sino que poseo una habilidad única y cruel: Deterioro de Tiempo. Este don me permite saltar a través de las eras, viajar por los siglos, pero a un costo devastador: devora mi propia esencia vital.
En aquella era lejana, conocí a un héroe. En ese entonces, yo solo era un muchacho de dieciocho años y él un joven de veintiuno, cargado con el peso de salvar al mundo. Fuimos amigos. Recuerdo vívidamente aquella noche en la que se enfrentó, él solo, a mil demonios y a su propio Rey Demonio. Ganó. Fue una hazaña imposible, pero el precio fue una herida profunda que, más adelante, acabaría reclamando su vida.
Antes de que el final llegara, lo confronté. Le pregunté por qué había luchado solo, por qué no me había pedido ayuda. Él, con una mirada serena, me respondió:
—Eres especial. Tu habilidad única es, simplemente, la que cambiará el rumbo de esta batalla sin sentido entre los héroes y los reyes demonios. Eres la esperanza para nosotros. Los reyes demonios no son tan malos como parece.
—¿Entonces por qué está muriendo? —le repliqué con amargura—. ¿Acaso esa herida no se la hizo el Rey Demonio?
—Sí, él me hizo esta herida y se lo agradezco —me contestó con una sonrisa débil—. Fue la mejor batalla que tuve a lo largo de mi vida.
—¡Qué tonterías dice! —exclamé con impotencia—. Usted era el que tenía que salvar a este mundo. No debía morir así.
En ese momento, mi amigo empezó a escupir sangre; el hilo de su vida se deshilachaba por segundos. Antes de exhalar su último aliento, me dejó un mandato:
—No te preocupes por mí. Será mejor que uses tu habilidad para ir a otra época y encontrarte con el héroe de esa generación. Llegarás a un punto de reinicio para los Fragmentos. Tu misión es encontrar a ese héroe que trae el mensaje para el siguiente héroe que llegará doscientos años después. Ese chico salvará a todos, sin excepciones.
—¿Cómo sabes eso? ¿Quién te lo dijo? —pregunté, desesperado.
—Me lo dijo mi Fragmento —susurró—. Me dijo que él era el último de la Llave Primordial; sus otros cuatro hermanos ya habían sido otorgados. También me dijo que en la nueva generación hay un Fragmento que es un prodigio, uno que será entregado al héroe que llegará dentro de cuatrocientos años. Cuida de ese chico, y también del héroe que está por llegar en doscientos años.
—Espera… ¿por qué quieres que los cuide? No entiendo —le dije.
—Muy pronto lo sabrás.
Ese día, el héroe murió. Pero no cayó al suelo como lo hacen los hombres comunes; se mantuvo en pie, digno, fragmentándose poco a poco hasta que el viento se llevó la última brizna de su cuerpo. Le construí una tumba frente al mar, para que siempre pudiera ver el horizonte y el ciclo del sol; después de todo, siempre amó el océano. Allí le prometí que cumpliría su voluntad.
Desperdicié muchos años intentando comprender mi habilidad. Gaste cuarenta años de mi vitalidad en saltos erráticos, hasta que finalmente llegué al punto donde el nuevo héroe aparecería. Para mi sorpresa, Lorian era distinto. Tenía veinticinco años y, aunque él decía no ser popular con las mujeres, la realidad era otra. En ese momento yo ya tenía sesenta años, aunque mi cuerpo parecía el de un hombre de treinta debido a mi habilidad; una especie de juventud eterna que, irónicamente, no me salvaría de la muerte.
Conocí a Lorian: un tipo común con un poder descomunal. Su presencia emanaba autoridad, pero era solo una fachada; en el fondo, era un hombre tranquilo. Usaba términos extraños, casi idénticos a los de mi amigo de hace dos siglos. Fue entonces cuando lo entendí: todos los héroes vienen de una tierra distinta, con culturas ajenas a la nuestra.
Formamos una amistad tan grande que se volvió mi mejor amigo. Me sentía alegre y triste a la vez, sabiendo que él también tendría que morir por su deber, y que yo tendría que saltar otros doscientos años para conocer al héroe definitivo que cambiaría el destino. Sin embargo, me sorprendió descubrir que en esta época no había un solo Rey Demonio, sino cinco. Me preguntaba si era una anomalía o si el poder original se había dividido.
Lorian, con una sonrisa despreocupada, me dijo:
—No te preocupes si son muchos reyes demonios. El anterior héroe pudo con mil demonios y su Rey Demonio, ¿por qué yo no podría con cinco?
Me quedé atónito. ¿Cómo sabía él lo que ocurrió hace doscientos años? ¿Cómo sabía del héroe del futuro?
—¿Cómo sabías lo de la batalla de los mil demonios y lo del mar? —le pregunté—. ¿Y cómo sabes que el héroe que viene cambiará el destino?
—Me lo dijo un anciano que estaba esperando el autobús, al igual que yo —me respondió Lorian con naturalidad—. Me dijo que había un mundo distinto al mío donde funcionaba la magia. Me contó la hazaña del héroe al que le gustaba mirar el mar. Mi misión es casi la misma, así que le agradezco a ese anciano que me contó todo eso.
Pasaron los años. Lorian aprendió a usar el poder de su Fragmento y, contra todo pronóstico, se hizo amigo de Monsfil, un Rey Demonio. Era algo inaudito, aunque quizás no para mi primer amigo, quien al morir no mostró tristeza, sino la alegría de quien va a un reencuentro.
El grupo se expandió. Se unieron Maito y Nyra. Ella era… particular. Desarrolló un amor tan obsesivo y violento por Lorian que nos vimos obligados a separarlos por un tiempo; era peligrosa, pero no por querer matarlo, sino por ese “otro” peligro, je, je, je.
Y así, llegamos al presente.
En el valle de Malwaper, una tempestad cargada de una energía eléctrica y posesiva se aproximaba hacia donde estábamos Lorian, Maito, Aurora y yo. Lorian observó la nube oscura y los rayos con una sonrisa nerviosa, casi de resignación.
—Creo que tendremos problemas, y muy grandes, je, je, je —dijo Lorian.
Aurora, confundida pero guiada por su instinto de guerrera, desenvainó su arma y se puso en guardia, lista para enfrentar la furia que venía en camino.
La tormenta no se limitaba a cubrir el sol; parecía latir con una voluntad propia, un organismo oscuro que descendía con hambre sobre el valle. Lorian, manteniendo esa calma tensa que lo caracterizaba, miró a Aurora con una sonrisa de resignación.
—Será mejor que te prepares, estamos jodidos je je je —soltó el héroe.
Aurora lo miró sin comprender, aferrando el mango de su arma.
—¿A qué te refieres con que estamos jodidos? ¡No entiendo si solo es una tormenta!
Kael, que conocía perfectamente el origen de aquel fenómeno, fue quien respondió.
—Esa es la cuestión… aquellas nubes negras que se acercan son el problema.
—Pero no entiendo —insistió Aurora, con la voz entrecortada por la presión del aire—, ¿qué tiene que ver con esa tormenta?
De pronto, una voz femenina, cargada de un despecho gélido, brotó del corazón del vendaval:
—¿Por qué mi amado anda con esa zorra? Dime… ¿por qué, Lorian?
En ese instante, Aurora lo entendió todo. La tormenta no era un evento natural; era una manifestación de furia. Sus puños se apretaron hasta que los nudillos palidecieron. El enfado le quemó el pecho y gritó hacia el cielo:
—¡¿A quién llamas zorra, estúpida?! ¡Ubícate! ¡Da la caraaaaaaaaaa!
—Y todavía osa desafiarme —replicó la tormenta con desdén.
Las nubes empezaron a comprimirse violentamente, girando sobre sí mismas hasta dejar una silueta suspendida en el aire. De la oscuridad emergió una chica de una belleza cautivadora: su cabello negro, liso y largo, caía como una cascada de azabache bajo un sombrero de vaquero negro que le daba un aire de autoridad absoluta. En su mano izquierda, una cadena de plata elegante brillaba con un fulgor metálico. Llevaba una blusa de seda negra de manga larga, adornada con sutiles volantes en el pecho y puños ajustados que le daban un aire de sofisticación sombría. Un cinturón de cuero grueso con una prominente hebilla circular dorada ceñía su cintura, marcando la transición hacia unos pantalones oscuros de corte ajustado que estilizaban su figura. Calzaba botas de cuero negro de caña alta, tipo vaquero, que se fundían con un aura de llamas doradas que brotaban desde la suela, proyectando destellos de luz hacia arriba. Descendió del cielo como un ángel reclamando la tierra que le pertenecía por derecho.
Al verla tocar el suelo, Kael y Maito intercambiaron una mirada de pánico y empezaron a retroceder.
—Nosotros nos apartaremos un poco —dijeron al unísono—. No tenemos nada que ver en esta confrontación.
Lorian extendió los brazos, intentando retenerlos.
—¡Esperen un momento! ¿A dónde van ustedes dos? ¡Si vamos a morir, que sea en grupo!
—¡Oye, espera! —gritó Kael, sin detenerse—. ¡No nos arrastres a nuestra muerte segura! ¡Yo aún no quiero morir!
Nyra, el ángel que acababa de descender, clavó sus ojos en Aurora con una sonrisa sospechosa.
—No se preocupen, ustedes no van a morir… por ahora. Mi problema ahora es con esta tipa de la espada plateada.
—Hasta que al fin das la cara —espetó Aurora, desafiante—. Es más, sería yo la que no tendría que darte la cara; después de todo, no tengo ningún problema contigo.
—Pero claro que tienes un problema conmigo —replicó Nyra, acercándose con paso felino—. Quieres quitarme a mi esposo. No permitiré que me lo quites.
Aurora se quedó de piedra. El rubor le encendió las mejillas al instante.
—¡Espera un momento! ¿De qué “esposo” hablas si yo estoy soltera?
—¡Hablo de mi querido Lorian!
—¡¿Espera, qué?! —exclamó Aurora, agitada—. ¡Si no somos nada! ¡Solo compañeros de viaje!
—Todas las demás me han dicho lo mismo —sentenció Nyra con voz cortante—. Que solo son amigos. Son puras mentiras, y es por eso que no permitiré que te quedes en el grupo. Incluso podrías ser alguien infiltrado, una guía enviada por el enemigo.
Esas últimas palabras golpearon el pecho de Aurora como un impacto físico. Se quedó paralizada, el aire escapándose de sus pulmones. Lorian, notando el dolor en su rostro, dio un paso al frente con un semblante que rara vez mostraba: un Lorian serio y autoritario.
—Ya basta, Nyra. Deja de presionar a Aurora. Ella es parte del grupo y nadie la va a expulsar.
—Pero… —Nyra intentó replicar, pero las palabras se murieron en su garganta al ver la mirada del héroe.
—Está bien… —cedió Nyra, bajando la cabeza—. Pero la tendré vigilada por si trama algo. Bueno, nos vemos.
Nyra se marchó hacia la ciudad con una elegancia gélida, seguida por Kael y Maito. Pero Aurora permaneció inmóvil. En su mente, los recuerdos se amontonaban como una avalancha; la amenaza de Tahiel, el rostro de su pueblo, la traición silenciosa… la culpa finalmente la rompió.
—¡SÍ! ¡SOY ESA TRAIDORA QUE MENCIONASTE, NYRA! —gritó con todas sus fuerzas, rompiendo en llanto—. ¡YO SOY LA MALA AQUÍ!
Todos, a excepción de Lorian, se giraron con violencia al escuchar la confesión. Nyra fue la primera en reaccionar; caminó lentamente hacia Aurora, con el rostro desfigurado por el odio. Alzó la mano para descargar una bofetada brutal, pero antes de que el golpe tocara la piel de Aurora, Lorian se interpuso.
El sonido del impacto resonó en el silencio del campo. Lorian recibió la cachetada de lleno.
Nyra retrocedió, aterrada, mirando su propia mano. Había golpeado a quien decía amar.
—¿Por qué? —sollozó Nyra—. ¡Dime por qué defiendes a esa traidora que te llevará a la muerte!
—Porque la voy a salvar de las manos de ese Rey Demonio —respondió Lorian con una firmeza inquebrantable.
Aurora, de rodillas en el suelo y con el rostro empapado en lágrimas, no podía creer lo que oía. ¿Cómo se había enterado de todo?, se preguntaba en el caos de su mente.
—Desde hace mucho tiempo sé de la conspiración de Tahiel —continuó Lorian—. Sé que la está manipulando para llevarme a Teotia. Sé también el motivo por el cual Aurora me traicionó.
—Espera un momento —intervino Maito, desconcertado—. ¿Sabes todo eso y aún así sigues con ella? ¿Cómo puedes estar seguro de que Tahiel está involucrado con el reino de los caballeros mágicos si todos los Reyes Demonios han dejado de actuar?
—Todo esto lo sé gracias a mi habilidad —sentenció Lorian—. Conozco perfectamente lo que trama Tahiel… incluso esto.
Lorian extendió su mano hacia el espacio vacío sobre Aurora y, con un movimiento brusco, tiró de algo invisible. Aurora cayó inconsciente de inmediato mientras un racimo de cables oscuros, como hilos de marioneta, se revelaban ante los ojos de todos, extendiéndose hasta perderse en el horizonte.
Fue entonces cuando una voz profunda y burlona vibró en el aire, materializándose desde la nada:
—Vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí? Si es el mismísimo héroe. Así que pudiste romper el hilo de control de Aurora… nada mal, héroe.
Lorian apretó los dientes, su aura comenzando a desbordarse.
—Tahiel… espero que estés preparado, porque te voy a derrotar de una vez por todas. Esta vez… esta vez sí estoy furioso.
—Mira cuánto tiempo, querido héroe —rio Tahiel, su voz desvaneciéndose en el viento—. Te estaré esperando en Teotia. Espero con ansias tu llegada… je, je, je.
La voz de Tahiel se fue desvaneciendo en el aire, como un eco corrupto que se corta poco a poco. Sin perder un segundo, Lorian cargó a Aurora en sus brazos con una delicadeza protectora y echó a correr hacia la ciudad. Sus compañeros se quedaron atrás, procesando el estallido de revelaciones, a excepción de Nyra, que lo siguió de cerca con la mirada fija en el héroe.
En el claro del bosque, Kael y Maito permanecieron inmóviles, rodeados por el silencio que dejó la tormenta.
—Ya tenía mis sospechas de que Lorian ya sabía del traidor, pero nunca pensé que sería Aurora —admitió Kael, rompiendo el hielo mientras cruzaba los brazos.
—Está claro que el verdadero malo aquí es Tahiel —respondió Maito con seriedad—. Sea cual sea el motivo por el cual Aurora obedezca las órdenes de Tahiel, tiene que ser algo importante.
—Debe ser un gran motivo por el cual quería que el héroe muera —concluyó Kael, mirando hacia el horizonte por donde se habían marchado.
—Pero lo que más me sorprendió fue esa habilidad de Lorian —añadió Maito, rascándose la nuca con asombro—. Es la primera vez que lo veo usar tal habilidad.
—Es cierto. Para mí también es la primera vez que lo veo utilizarlo —coincidió Kael—. Extendió su mano y arrancó ese hilo invisible que posteriormente se hizo visible… impresionante.
—Sí, es muy impresionante —rio Maito de forma breve—. Después de todo, es el héroe destinado a salvar este mundo, je, je, je.
—Sí, así es, je, je, je.
Ambos compartieron una risotada cargada de alivio y camaradería que resonó en el valle, para luego encaminarse juntos hacia las luces de la ciudad.
En el Hospital de Malwaper
El suave pitido de los monitores mágicos era lo único que se escuchaba en la habitación. Lorian permanecía sentado cerca de la camilla, observando el rostro pálido de Aurora. Cuando ella finalmente abrió los ojos, la realidad la golpeó de inmediato.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó ella con un hilo de voz.
—Desde el día que nos conocimos —respondió Lorian, sin apartar la vista.
—¿Por qué seguiste ese juego sabiendo que te llevará a la muerte? —inquirió Aurora, con los ojos empañados por la confusión y la culpa.
—Aunque me lleve a la muerte, con eso tu reino y tu gente no morirán.
Aurora se incorporó levemente, aterrada por el alcance del conocimiento del joven.
—También sabes de la condición… ¿Pero cómo? ¿Acaso puedes leer mentes?
—No sé leer mentes —explicó Lorian con calma—. Todo esto lo sé gracias a mi habilidad, que me permite saber si una persona me está mintiendo o no. Si alguien me miente, se me revela lo que en realidad trama y el porqué. En tu caso, mentiste desde el primer día que nos conocimos con quererte unir al grupo del héroe; tu verdadera misión era infiltrarte en mi grupo para ganar mi confianza y así seguir con el plan de Tahiel.
Al escuchar ese nombre, el cuerpo de Aurora sufrió un espasmo de terror. Empezó a temblar violentamente mientras las palabras brotaban de forma errática.
—No, espera… ¡No le hagas daño a mi familia! Te lo suplico, Tahiel… —suplicaba ella, atrapada en el trauma de la amenaza que la había carcomido durante meses.
Lorian no dudó. Se acercó y la estrechó en un abrazo firme y cálido. Poco a poco, los temblores de Aurora se fueron disipando, refugiada en la seguridad que emanaba del héroe.
—No te preocupes por tu reino —le susurró Lorian—. Ellos están a salvo. Mientras yo viva, ellos no sufrirán.
—Pero rompiste el control y ahora no le sirvo para nada —dijo Aurora, recuperando el aliento—. Intentará destruir mi reino.
—Eso será imposible —sentenció Lorian—. Después de todo, gracias a otra habilidad llamada “Paso del héroe”, él no se podrá acercar ni hacer daño en la ciudad.
—¿Paso del héroe? —repitió ella, confundida.
—Sí. Es una habilidad que me permite crear un tipo de sello de seguridad por donde paso. En estos momentos, en Siel hay una barrera invisible que no permitirá el ingreso de gente mala. Tahiel no podrá entrar ni hacer daño a tu reino —Lorian le dedicó una sonrisa llena de paz—. Puedes estar tranquila.
—¿Pero por qué haces todo esto?
Lorian se levantó, dándole la espalda mientras caminaba hacia la salida con paso decidido.
—Porque soy el héroe de este mundo y es mi deber —dijo antes de abrir la puerta—. Descansa un poco, ¿sí? Mañana iremos hacia Teotia.
Al salir, se encontró con Nyra. Ella estaba apoyada contra la pared, mirando al suelo con una expresión de arrepentimiento que rara vez se veía en ella. La culpa por sus palabras hirientes hacia Aurora la atormentaba ahora que conocía la verdad. Lorian puso una mano suave sobre su hombro.
—Todo está bien —le dijo con ternura—. Actuaste así porque querías proteger mi seguridad y no está mal. Querer proteger a los que más amas está bien, así que no sientas culpa de nada. Tú eres muy especial para mí y para todos.
Lorian continuó su camino por el pasillo, dejando a Nyra estática. Sus palabras habían golpeado el corazón de la chica como un conjuro de amor. Un rubor intenso cubrió su rostro y una sonrisa soñadora apareció en sus labios.
—Me dijo que era importante para él… —susurró en un trance de enamorada—. Está claro que yo le gusto.
Perdida en sus fantasías románticas, Nyra volvió en sí tras un instante. Entró a la habitación de Aurora y, para sorpresa de la princesa, se tiró al suelo de rodillas de forma dramática.
—¡Perdóname! —exclamó Nyra—. Exageré las cosas, te dije cosas muy feas… ¡Perdóname!
—No pasa nada —respondió Aurora, abrumada por el gesto—. Después de todo solo querías proteger al grupo, no tienes que disculparte por eso.
—Aun así te dije cosas muy feas. No sabía por lo que estabas pasando, me disculpo.
—Déjalo así —suspiró Aurora con tristeza—. Después de todo, soy la traidora.
—¡Claro que no! ¡No eres la traidora! —gritó Nyra, señalándola con determinación—. ¡Tú eres mi rival por el amor de Lorian!
Aurora parpadeó varias veces, procesando la declaración.
—Sí, como digas… soy tu rival… —Aurora se detuvo en seco—. ¡Espera, ¿QUÉEEEEEEEEEE?!
El alba llegó, tiñendo el cielo de Malwaper con matices de oro y esperanza. Muy temprano, el grupo se preparó para la partida hacia Teotia. Aurora, recuperada del trauma, se movía con una energía renovada; las palabras de Lorian habían sembrado en su interior una semilla de determinación absoluta. Había decidido cambiar su destino y el de su reino enfrentando directamente a su pesadilla. Ya no tenía miedo. Además, casi sin buscarlo, se había ganado una rival en el amor, pero no lo veía como algo negativo; aceptó que en su corazón existía esa chispa de afecto genuino —no por el concepto de “héroe”, sino por el hombre llamado Lorian— y estaba dispuesta a pelear por él. Por su parte, Nyra no iba a dar tregua; reconocía en Aurora a una rival formidable y, aunque la guerra por el corazón de Lorian fuera feroz, la aceptaría con orgullo.
Mientras tanto, en un bar local que apenas despertaba, Kael y Maito conversaban en voz baja sobre la sombra que se cernía sobre el reino militar.
—Recuerdo que este reino de Teotia es algo peculiar a diferencia de otros —comentó Maito, observando el fondo de su taza—. Allí, el rey se deja ver por su pueblo solo una vez cada veinte años, una tradición que ha perdurado por siglos. Pero esta vez ha sucedido algo inesperado: el actual rey tiene apenas unos años de mandato y resulta que Tahiel, un Rey Demonio, es quien ocupa el trono. Pero, ¿por qué? ¿Cuál será su motivo?
—La verdad es que es un misterio —respondió Kael, con el ceño fruncido—. Pero el hecho de que quiera atraer a Lorian hacia allá… no me da buena espina.
—Pero Lorian lo sabe perfectamente y aun así decidió ir —añadió Maito con un suspiro—. Bueno, ¿qué podemos hacer si él es así? Tendremos que apoyarlo.
—Decidí que acompañaría al héroe incluso hacia su muerte —sentenció Kael con solemnidad—. Eso no cambiará nada. Mi destino está ligado a él y también…
De pronto, Kael guardó silencio. Sus ojos se perdieron en el vacío al recordar las palabras de su mejor amigo de hace siglos, aquel héroe que se fragmentó frente al mar. Maito lo notó de inmediato.
—¿Qué te sucede, Kael? —preguntó, pero no hubo respuesta—. Oye, Kael… ¡responde!
Kael volvió en sí sacudiendo la cabeza, como si saliera de un trance profundo.
—Discúlpame. Recordé algo que tengo que hacer. No te preocupes por mí, estaré bien.
En ese instante, la tierra comenzó a temblar con una violencia rítmica. Los ciudadanos de Malwaper se asustaron, buscando refugio ante el movimiento telúrico, pero Kael y Maito permanecieron impasibles. Sabían perfectamente quién era el arquitecto de aquel estruendo.
—Así que decidió aparecer, ¿eh? —murmuró Kael—. Ya habían pasado años desde que desapareció, como todos los demás Reyes Demonios.
—Y al parecer, se encontró con Lorian en la cima de aquella montaña —añadió Maito, mirando hacia las alturas.
—Sí. Después de todo, son amigos.
En la cima de la montaña, dos auras de un poder aterrador hacían vibrar el aire mismo. Lorian y Monsfil se encontraban frente a frente, ambos con una sonrisa de complicidad. Habían pasado más de cinco años desde su último encuentro.
—Cuánto tiempo, mi buen amigo Lorian —dijo Monsfil, cuya presencia emanaba una fuerza antigua.
—Hola Monsfil, ¿cómo estás? Ya han pasado más de cinco años desde que nos vimos. ¿Dónde estabas?
—Estuve en un retiro espiritual en el reino de una amiga —explicó el Rey Demonio—. Ella me ayudó a recuperarme después de lo que le hice al reino de los gigantes. Pero decidí volver a este mundo porque tengo asuntos con mis hermanos. Traman algo; han estado en el anonimato demasiado tiempo y eso me preocupa, especialmente Tahiel y Quizza.
Al escuchar el nombre de Tahiel, la expresión de Lorian se endureció.
—Yo tengo un asunto importante con Tahiel, y es por eso que iré a Teotia, donde se encuentra en estos momentos.
Monsfil arqueó una ceja, visiblemente sorprendido.
—¿Tienes asuntos con mi hermano? ¿De qué clase?
—Discúlpame, amigo Monsfil, pero tendré que acabar con Tahiel —sentenció Lorian, y su voz destilaba un poder gélido—. Me ha hecho enfurecer bastante. Lo derrotaré con mis propias manos.
—Espera un momento, Lorian. Está bien que quieras derrotarlo, pero ¿sabes quién es realmente?
—Lo sé perfectamente, y aun así lo enfrentaré.
Monsfil guardó silencio un momento, analizando la determinación en los ojos del héroe. Finalmente, soltó una carcajada.
—Bueno, pero ten cuidado. Después de todo, no puedes asesinar a un Rey Demonio si no destruyes el Cristal de Inmortalidad que está oculto en el Inframundo. Así que… dale una paliza. Se lo merece. Aunque sea mi hermano, hizo enojar a quien no debía hacer enojar por nada del mundo.
—¿No vas a detenerme? —preguntó Lorian, sorprendido por la respuesta.
—¿Porque lo haría? Si él se lo buscó, que acepte las consecuencias. Además, como tú te encargarás de Tahiel, yo me encargaré de Quizza. Ella trama algo, lo sé. Una científica como ella no puede quedarse sin hacer nada por tanto tiempo. La conozco. Me encargaré personalmente de ese asunto.
Ambos amigos sellaron su pacto con la mirada, decidiendo sus caminos en una bifurcación del destino, sin saber que la trama de la historia los volvería a reunir muy pronto en medio del caos.
En el corazón de su laboratorio, rodeada por el brillo aséptico de sus experimentos, Quizza se detuvo en seco. Sintió una vibración antigua, una firma de energía que reconocería en cualquier rincón del universo: el descenso de Monsfil a este plano. Una sonrisa gélida y calculadora curvó sus labios.
—Así que por fin decidiste volver, hermanito —susurró para las paredes de metal—. Perfecto, justo a tiempo. Eres la pieza que me hacía falta en mi rompecabezas. Con esto, los próximos tres años darán frutos a mi ambición y nadie me detendrá. Es una lástima, hermanito… te has estado codeando tanto con humanos y espíritus que tu corazón se ablandó. Ahora eres débil.
Con un movimiento brusco, Quizza tomó una muestra de cristal y la destruyó entre sus dedos, dejando que los bordes afilados causaran un corte profundo en su palma. Observó la sangre brotar con una indiferencia absoluta.
—Qué lástima… después de todo, el amor debilita.
Sanó el corte con un simple parpadeo de su magia, pero antes de que la herida cerrara, recogió una gota de su propia esencia y la colocó en un recipiente. Sus ojos se desviaron hacia una pantalla de luz donde se reflejaba la imagen de su hermana conviviendo con aquel humano.
—Una lástima por ti también, hermanita —murmuró con desdén—. Pero ese humano será el recipiente perfecto para mi gran hazaña. Disfruta los últimos momentos con él, porque después ya no lo verás como es; será una máquina de matar.
Las pantallas mostraban una escena que parecía arrancada de un sueño: Karia y el humano llamado Damiel convivían en la espesura de un bosque prohibido, un santuario donde nadie más podía entrar. Damiel irradiaba una felicidad pura, una luz que Karia compartía a pesar de que aquello desafiaba cada principio de su raza. Ella estaba dispuesta a enfrentarse a todo el inframundo con tal de proteger esa vida compartida.
La amistad entre la reina y el humano había avanzado tanto que estaban a punto de cruzar un nuevo umbral; una chispa de amor nacía entre ellos. Sin embargo, el destino les tenía preparado un final cruel. La relación entre una Reina Demonio y un humano estaba sentenciada a ser masacrada por los engranajes de Quizza. Mientras ellos apenas soñaban con una nueva etapa, la ambición de una hermana ya planeaba la destrucción de aquel vínculo sagrado.
Mientras tanto, en el Reino de Teotia, la atmósfera era radicalmente distinta. El aire pesaba bajo el acero y la magia militar. Tahiel, sentado en el trono usurpado, se preparaba para la inminente llegada de Lorian y su grupo. Frente a él, treinta caballeros mágicos aguardaban en un silencio sepulcral; su misión era clara: aniquilar a los tres amigos del héroe.
Pero el Rey de la Oscuridad tenía un encargo más personal. Giró la vista hacia la figura que aguardaba en las sombras: la chica de los cuernos.
—Hija, tú tendrás una misión muy importante —sentenció Tahiel, y su voz resonó como una sentencia de muerte—. Acaba con la vida de Aurora. Esa será tu misión.
La chica de cuernos asintió, con una mirada vacía de piedad.
—Sí, padre. Eso haré, no te preocupes. Acabaré con ella.
Tahiel se reclinó en el trono, dejando escapar una carcajada sádica que se filtró por los pasillos del castillo como un presagio del fin.
—Perfecto… ¡Que comience el juego! Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja.