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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 46

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Capítulo 46: Capítulo 45 – El héroe sin talento

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 45 – El héroe sin talento

El sol de la mañana bañaba el Campo con esa luz grisácea que parecía no venir de ningún sitio.

Kairós llegó temprano. Mucho más temprano de lo habitual. Las piernas le respondían bien—las malditas ratas ya eran solo un recuerdo molesto—y el pecho apenas le dolía al respirar hondo. No estaba al cien por cien, pero estaba cerca.

Saludó con un gesto a los conocidos. Un grupo de jóvenes practicaba en la esquina norte, moviendo espadas de madera con la torpeza de los principiantes. Más allá, un par de veteranos intercambiaban golpes controlados, sus cuerpos moviéndose con la fluidez que dan los años.

—¡Kairós! —le gritó uno desde lejos—. ¿Ya volviste? Creíamos que te habías muerto.

—Casi —respondió él, con una sonrisa—. Pero no.

—Pues ponte a entrenar, que esto no espera.

Kairós asintió y se buscó un rincón. Desenvainó la espada—la de verdad, la de metal—y empezó con los movimientos básicos. Las posturas. El juego de pies. La teoría de los libros, ahora puesta en práctica.

Los primeros minutos fueron torpes. El cuerpo había olvidado algunas sensaciones. Pero poco a poco, el ritmo volvió.

Veinte minutos después, cuando el sudor empezaba a brotar en su frente, Yet apareció.

El eterno aprendiz caminaba con su paso lento de siempre, la espada de madera al hombro, la mirada baja. Llevaba la ropa gastada de siempre, remendada en los codos, y una expresión que Kairós conocía bien: la de quien espera lo peor.

—Yet —lo llamó Kairós—. Buen día.

Yet levantó la vista. Sonrió. Una sonrisa cansada, pero genuina.

—Kairós. Creí que habías muerto.

—Ya somos dos.

Yet se situó a unos metros y empezó a calentar. Movimientos lentos, cuidadosos. Su técnica era básica, casi torpe, pero había algo en su perseverancia que Kairós admiraba.

El Campo siguió su curso. La gente entrenaba. El sol seguía su camino.

Y entonces, llegaron ellos.

—

El grupo de matones entró al Campo como si fuera su propiedad privada.

Eran cinco. Siempre cinco. El líder, un Chico alto de unos Diesiete años, con el pelo engominado y una sonrisa permanente de suficiencia. Llevaba ropa buena—no de lujo, pero mejor que la del resto—y una espada de práctica que parecía nueva. A su alrededor, cuatro secuaces que asentían a todo lo que decía.

Kairós los vio de reojo. Los conocía. Todos los conocían. Eran los que pagaban instructores privados y luego venían al Campo a buscar pelea con los que no podían pagar.

Hoy no era diferente.

El líder se detuvo en el centro del Campo. Miró a su alrededor con desprecio. Luego, alzando la voz para que todos lo oyeran, gritó:

—¡Más mierda llegando! ¡Vengan a recogerla!

No miraba a Kairós. Miraba a Yet.

Yet se quedó quieto. Su espada de madera, a medio camino en un movimiento, se detuvo.

Los matones se rieron.

—El fracasado —dijo uno—. El que lleva seis años intentando entrar a la Guardia Baja. El que siempre suspende.

—Seis años —repitió otro—. Yo con seis años ya sabía leer.

—Yo con seis años ya sabía cagar mejor que él.

Más risas.

Kairós apretó la mandíbula. Pero no intervino. No era su lugar. Aún.

Yet bajó la mirada. Siguió con sus movimientos, como si no hubiera oído nada.

Pero el líder no se conformó.

Cogió su espada de madera—una buena, bien equilibrada—y se acercó a Yet con paso lento, teatral.

—Sabes, fracasado —dijo—. Llevo días aburrido. Y hoy, no sé por qué, he decidido que voy a ser el héroe que saque esta mierda del Campo.

Yet levantó la vista. Sus ojos, cansados, miraron al líder.

—No busques problemas —dijo en voz baja.

—¿Problemas? —El líder sonrió—. Yo no busco problemas. Yo los resuelvo.

Y sin previo aviso, atacó.

La espada de madera silbó en el aire. Yet reaccionó por puro instinto—levantó la suya y bloqueó. El impacto resonó en todo el Campo.

—¡Oye! —gritó alguien desde lejos—. ¡Aquí no se pelea!

El líder no hizo caso. Dio un paso atrás, estudió a Yet un momento, y volvió a atacar.

Yet bloqueó otra vez. Y otra. Y otra.

Pero el líder era rápido. Muy rápido. Y no solo con la espada. Cuando Yet intentó retroceder para ganar distancia, el líder dio un paso adelante, le agarró el brazo libre y tiró.

Yet perdió el equilibrio. Cayó al suelo. La espada de madera salió disparada.

El líder no esperó. Le dio una patada en el costado—fuerte, directa a las costillas.

Yet gritó. Un sonido ahogado, de dolor puro.

—¡Yet! —gritó Kairós.

Ya estaba en movimiento.

Se plantó entre el líder y Yet, la espada en alto.

—Ya basta —dijo, la voz firme—. Te estás pasando.

El líder lo miró. Arqueó una ceja. Sonrió.

—¿Y tú quién eres? ¿El nuevo defensor de fracasados?

—Soy alguien que te está pidiendo que pares.

—¿Pidiendo? —El líder soltó una risa—. ¿Y si no quiero?

—Entonces tendré que hacer que pares.

Los secuaces del líder se rieron. Pero el líder los calló con un gesto.

—Me gusta —dijo—. Hacía tiempo que no tenía un desafío.

Se puso en posición.

Kairós también.

Los dos se miraron un instante. Luego, el líder atacó.

Kairós bloqueó. El impacto le recorrió el brazo, pero aguantó. Recordó los libros, las posturas, las técnicas. Dio un paso lateral, intentando ganar ángulo.

El líder lo siguió. Rápido. Muy rápido.

Intercambiaron tres golpes. Kairós bloqueó dos, esquivó uno. No estaba mal. Para ser su primera pelea real contra un humano, no estaba nada mal.

Pero el líder era más experimentado.

En el cuarto intercambio, hizo un movimiento que Kairós no esperaba. Un giro de muñeca, un cambio de ritmo. La espada de madera de Kairós quedó atrapada un instante, y en ese instante, el líder tiró.

Kairós perdió el equilibrio. Cayó al suelo de espaldas.

El líder se abalanzó. Le dio un golpe en el pecho—fuerte, contundente. Kairós sintió el aire escaparse de los pulmones. Puntos negros bailaron ante sus ojos.

El líder levantó la espada para rematarlo.

Y entonces, una sombra se interpuso.

El chico misterioso.

Estaba ahí, sin hacer ruido, con su espada de madera en posición. No dijo nada. Solo miró al líder.

El líder dudó un instante. Todos conocían al chico silencioso. Todos sabían que era el mejor del Campo, aunque nadie supiera su nombre.

—Tú —dijo el líder, con menos seguridad que antes—. Esto no es asunto tuyo.

El chico no respondió. Solo mantuvo la posición.

El líder lo miró un momento. Luego miró a Kairós, aún en el suelo. Luego a Yet, que seguía encogido, sujetándose las costillas.

—Fuera de aquí, basuras —escupió—. Todos ustedes. Esto es para los de verdad.

Sus secuaces rieron. Pero era una risa nerviosa.

El líder se giró y se alejó, seguido de su grupo.

El Campo, en silencio, volvió a respirar.

—

Kairós se incorporó lentamente. El pecho le dolía—justo donde el líder le había golpeado. Las heridas viejas protestaron. Pero nada roto.

—Yet —dijo—. ¿Estás bien?

Yet asintió, aunque le costaba. Se sujetaba las costillas con una mano.

—Creo que… creo que tengo una fisura —murmuró.

—Hay que llevarlo a un médico —dijo alguien.

—Yo lo llevo —dijo Kairós.

Ayudó a Yet a levantarse. El chico silencioso seguía ahí, mirándolos. No dijo nada. Solo asintió una vez. Luego se alejó, hacia su rincón habitual, como si nada hubiera pasado.

Kairós lo observó un momento. Luego ayudó a Yet a caminar.

—Gracias —dijo Yet, entre dientes.

—No me des las gracias. No sirvió de nada.

—Lo intentaste.

—No fue suficiente.

Yet negó con la cabeza.

—Es más de lo que la mayoría hace.

Salieron del Campo.

—

Kairós ayudó a Yet a caminar hasta un banco de piedra medio oculto entre unos árboles raquíticos, alejados del bullicio. El lugar olía a tierra húmeda y a hierba pisoteada. El sol se filtraba entre las hojas, creando manchas de luz bailarina sobre el suelo.

Yet se dejó caer en el banco con un gemido largo, profundo. Se sujetaba las costillas con una mano, la cara pálida como la cera. El sudor le perlaba la frente.

—Tengo que llevarte a un médico —dijo Kairós, mirando el moretón que ya empezaba a formarse en su costado.

—No. —Yet negó con la cabeza. Firme—. Nada de médicos.

—Pero las costillas…

—No. —Yet levantó la vista y lo miró directamente. Sus ojos, normalmente apagados, tenían un brillo extraño. Miedo—. Kairós, los médicos aquí son de los Galenos. Van a preguntar. Van a llenar papeles. Van a… hacerme cosas. Cosas que no quiero que me hagan. Prefiero aguantar el dolor. Prefiero morirme antes que entrar en uno de esos lugares.

Kairós lo miró un largo rato. Conocía ese miedo.

—Vale —dijo al fin—. Pero al menos déjame ver.

Yet dudó. Luego, con cuidado, se levantó la camisa.

El costado izquierdo era un mapa de violencia. Un moretón enorme, amoratado, violáceo, se extendía desde las costillas flotantes hasta casi la axila. La piel alrededor estaba hinchada, tensa, caliente. Feo. Muy feo. Pero no parecía roto.

Kairós tocó suavemente con la punta de los dedos. La carne cedió un poco. Yet respiró hondo, conteniendo un quejido.

—Duele, pero no cruje —dijo Kairós—. Creo que solo es un golpe fuerte. Muy fuerte.

—Un golpe muy fuerte —corrigió Yet, intentando esbozar una sonrisa. Le salió una mueca torcida.

Se quedaron en silencio un rato. El viento movía las hojas. Del Campo llegaban los sonidos amortiguados de siempre.

Yet habló primero.

—¿Sabes por qué me fueron a golpear?

Kairós negó con la cabeza.

—Por un chico. Un estudiante de la universidad. De la facultad de conocimiento.

—¿La universidad? —Kairós arqueó una ceja—. ¿Hay universidad en Ferren?

—Sí. Pequeña, pobre. Pero la hay. —Yet hizo una pausa—. Está dividida en tres ramas: combate, conocimiento, y mixta. La mixta es más barata. Aprendes un poco de ambas. Los graduados tienen más oportunidades. Recomendaciones. Contactos. Cosas que nosotros nunca tendremos.

Kairós asintió.

—El chico era de conocimiento. Muy inteligente. Demasiado, quizás. —Yet sonrió con tristeza—. Pero también era alzado. De esos que no se callan. Llegó al Campo hace unos días. Quería aprender a usar la espada.

—¿Y tú le enseñabas?

—Sí. No tenía ni idea. Sus movimientos eran torpes, ridículos. Pero su teoría… su teoría era increíble. Me soltaba nombres de posturas que yo nunca había oído. Técnicas de maestros antiguos. Historias de duelos famosos. Sabía más de la espada que yo, aunque nunca hubiera empuñado una.

El viento sopló. Yet se estremeció.

—Es la forma en que mejor aprendo —continuó—. Enseñando. Repetir los movimientos, explicarlos, corregir… me ayuda a fijarlos en mi cuerpo. Y él aprendía rápido. Muy rápido. Captaba las ideas al vuelo. Si hubiera tenido coordinación… habría sido imparable.

Silencio.

—Los matones lo vieron —dijo Yet, y su voz se volvió más baja—. Lo intimidaron. Supongo que no les gusta que un “nerd” de conocimiento se meta en su territorio. Me amenazaron. Les dije que no le hicieran caso. Pero un día, cuando yo no estaba, fueron a por él. Intentaron golpearlo.

Yet cerró los ojos.

—Llegué justo a tiempo. Me metí. Lo defendí. Me golpearon a mí también. Y el chico… el chico no volvió.

—¿Huyó?

—O se escondió. O decidió que no valía la pena. No lo sé. —Yet bajó la mirada hacia sus manos—. Me puse triste, Kairós. Muy triste. Pensé que tal vez debería dejarlo. El camino de la espada. Hacer lo que mi padre quiere: trabajar en los Pulmones. Un trabajo seguro, estable, sin matones, sin humillaciones.

—¿Y qué te detuvo?

Yet levantó la vista. Algo brillaba en sus ojos.

—Mi padre. Llegué a casa hecho polvo, y le conté todo. Esperaba que me dijera “te lo dije, abandona”. Pero no. —Yet tragó saliva—. Me dijo que no abandonara mi sueño. Que me siguiera esforzando. Una y otra y otra vez. Hasta que lo lograra. Aunque tardara diez años. Aunque tardara veinte. Hasta que no me quedara aliento.

El viento sopló con más fuerza.

—¿Y ese chico? —preguntó Kairós—. ¿Crees que volverá?

—No lo sé. Ojalá. —Yet intentó reír, pero le salió un sonido ronco—. Éramos un buen equipo. Yo le enseñaba movimiento, él me enseñaba teoría. Aprendía más de él que él de mí, creo.

—

Kairós aprovechó un momento de silencio para preguntar.

—Yet, una cosa. Has probado otras armas aparte de la espada, ¿no?

Yet lo miró, sorprendido por la pregunta.

—¿Otras? Claro. En seis años he probado de todo. Lanza, hacha, dagas, incluso un arco un tiempo. —Se encogió de hombros, y gimió por el movimiento—. La mayoría lo dejé porque no sentía que fuera lo mío. No conectaba.

—¿Y la espada?

Yet sonrió con ternura.

—La espada la amo. Desde niño. Es lo que siempre quise usar. Y mira —se señaló—, sigo siendo un desastre. Pero la amo. No puedo dejarla.

Kairós asintió, pensativo.

—¿Y ninguna otra? ¿Nada con lo que sintieras que encajabas?

Yet dudó un momento. Su mirada se perdió en algún punto entre los árboles.

—Bueno… el escudo. —La palabra le salió casi en un susurro—. De todas las armas que probé, creo que para lo único que tenía talento era el escudo. Pero lo dejé de usar.

—¿Y por qué lo dejaste? —preguntó Kairós—. Si tenías talento para ello.

Yet bajó la mirada. Su voz se volvió más baja, casi nostálgica.

—El escudo… sí. De niño siempre jugaba a ser el héroe. Me acuerdo de que en el patio, con los otros críos, me daban el escudo. “Tú aguanta, Yet, que nosotros atacamos”. Y yo quería la espada, claro. Pero me daban el escudo. Y aunque me quejaba, siempre me movía bien con él. Me gustaba, de hecho. Más que la espada, en ese entonces.

Hizo una pausa. El viento movió las hojas.

—Cuando cumplí la edad para la primera prueba de la Guardia Baja, fui con un escudo. Era lo único que sabía usar de verdad. Y en la tercera fase, el instructor me miró y dijo: “¿Solo sabes esto? Con un escudo no llegas a ningún lado. La tercera fase requiere espada, o espada y escudo, o cualquier otra arma ofensiva. Pero solo escudo… no sirve.”

Yet apretó la mandíbula.

—Ahí decidí dejarlo. Me centré en la espada. Es mucho más fácil aprender un arma sola que espada y escudo a la vez. Y el escudo… lo guardé en un armario y no lo volví a tocar.

Esbozó una sonrisa triste, de esas que no llegan a los ojos.

—Tal vez no lo vuelva a usar jamás. Seguramente, si este año por fin logro entrar a la Guardia Baja… el escudo, pff, ¿quién se va a acordar?

Kairós lo miró fijamente. Algo en sus palabras le decía que no era cierto. Que el escudo volvería. Pero no dijo nada.

—

Yet, a pesar del dolor, tenía una chispa en los ojos. Cambió de tema con una sonrisa pícara.

—Hablando de cosas que no volverán a pasar… oye, Kairós, ¿sabes lo que vi ayer?

Kairós arqueó una ceja.

—¿Qué?

—Una mujer. En la calle. Iba yo cojeando después de comprar unas vendas, y me la encontré de frente. —Yet se incorporó un poco, emocionado a pesar de las costillas—. Kairós, era… no sé cómo describirla. El pelo le brillaba como si llevara el sol dentro. La cara, perfecta. Y el cuerpo… bueno, no hace falta que te diga. Iba vestida como una noble, pero no de esas que miran por encima del hombro. Ella miraba, y la gente se derretía.

Kairós lo miró con diversión.

—¿Tanto?

—¡Tanto! Había un grupo de hombres en la esquina. Cuando pasó, se quedaron mudos. Con la boca abierta. Como si hubieran visto una diosa. —Yet se rió, y gimió—. Y lo mejor fue cuando un tío, un creído con pinta de comerciante, se le acercó y le soltó: “Señorita, su belleza merece un poema. Permítame invitarla a un té.”

Kairós sonrió.

—¿Y qué pasó?

—Ella lo miró de arriba abajo. Con una lentitud que debió helarle la sangre. Y luego, con una voz que era miel y veneno a la vez, dijo: “Querido, Seraphine Aurvandel no recibe declaraciones de plebeyos que ni siquiera saben conjugar el verbo amar. Vuelve cuando aprendas a escribir, y tal vez entonces te conceda un pensamiento.”

Kairós soltó una carcajada.

—¿En serio dijo eso?

—¡Palabra por palabra! Y luego, en voz más baja, pero lo suficiente para que todos la oyeran, añadió: “Estos de hoy en día… qué falta de estilo.” —Yet se sujetaba las costillas, pero reía—. El tío se quedó blanco. Y ella siguió paseando como si nada, con la gente apartándose a su paso. ¡Una diosa, te digo!

Kairós negó con la cabeza, aún sonriendo.

—Seraphine, dices. Nombre de emperatriz.

—Y actitud de emperatriz también. —Yet lo miró con picardía—. Oye, ¿tú no la viste? Anda por el barrio de las tiendas caras estos días.

Kairós dudó un momento.

—Sí —admitió—. La vi. Ayer, cuando fui a lo de Renaldo. Estaba en una pastelería de esas elegantes, tomando té. La gente la miraba. Hombres, mujeres, niños. Como si fuera un espectáculo.

Yet se inclinó hacia adelante, interesadísimo.

—¿Y? ¿Qué más?

—Nada. Pasé de largo. —Kairós se encogió de hombros—. Pero luego, al otro lado de la calle, vi a un tipo. No miraba con admiración. Miraba con otra cosa. Hambre. Pero no hambre de deseo. Otra clase de hambre. Como si la estuviera evaluando para algo más siniestro.

Yet frunció el ceño.

—¿Un depredador?

—Puede. O algo peor. No me quedé a comprobarlo.

Yet silbó.

—Vaya. Una diosa y un lobo al acecho. Suena a historia.

—O a casualidad. —Kairós se encogió de hombros otra vez—. Pero sí, es… llamativa. No pude evitar mirarla un segundo.

Yet sonrió con malicia.

—Un segundo, ¿eh? Solo un segundo.

—Cállate.

—No me callo. Mi hermano Kairós, el hielo personificado, mirando a una diosa. Esto hay que celebrarlo.

Kairós le dio un golpe suave en el hombro sano.

—Eres un idiota.

—Lo sé. Pero ahora sabemos que existe. Y que habla en tercera persona. Y que tiene un nombre de novela. —Yet suspiró dramáticamente—. Ojalá la vuelva a ver. Solo para escucharla humillar a otro desgraciado.

Se rieron. Luego, Yet se puso serio.

—Kairós, lo de las visiones… las sombras, las grietas… ¿tú crees que puede ser algo? ¿Algo más que un golpe?

Kairós dudó. No podía contarle toda la verdad. No aún.

—Puede —dijo—. Hay gente que ve cosas. A veces es imaginación. A veces es otra cosa. Si vuelven a pasar, si se vuelven más claras… avísame. ¿Vale?

Yet asintió, confiado.

—Vale.

—Y ahora, a casa. Descansa. Mañana te espero.

Yet se levantó con esfuerzo, cojeando, pero con la cabeza más alta que antes.

—Gracias, Kairós. De verdad.

—Gánalas.

Yet sonrió y se alejó lentamente.

Kairós se quedó solo, escuchando el viento.

—Sombras —murmuró—. Grietas. Y una diosa que humilla plebeyos.

Negó con la cabeza. Demasiadas piezas. Demasiado pronto.

El Campo seguía su curso. La vida seguía.

Pero Kairós había aprendido algo.

Yet era como él. O podía llegar a serlo.

Y en algún lugar de Ferren, una mujer de cabello cobrizo sonreía al recordar la cara del pobre idiota que intentó declarársele, mientras un par de ojos oscuros la observaban desde las sombras con un hambre que no era de este mundo.

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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