FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 47
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Capítulo 47: Capítulo 46 – El abismo me ha vuelto a mirar
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 46 – El abismo me ha vuelto a mirar
Kairós volvió al Campo.
No sabía muy bien por qué. El cuerpo le dolía—el golpe en el pecho del matón había sido fuerte, muy fuerte, y por un momento había visto las estrellas. Pero no lo habían noqueado. Había aguantado. Seguía en pie.
Necesitaba moverse. Necesitaba pensar. Necesitaba que los músculos trabajaran para que la cabeza dejara de dar vueltas.
Yet se había ido a casa hace apenas quince minutos, cojeando pero con una sonrisa nueva en la cara. El chico misterioso estaba en su rincón habitual, practicando solo, como siempre. Los matones habían desaparecido—al menos por hoy.
Kairós se situó en un espacio vacío y empezó a repetir los movimientos básicos. Postura. Tajo. Desplazamiento. Otro tajo.
Una y otra vez. Como un ritual. Como una oración.
Pero la mente no estaba ahí.
Yet ve sombras, pensó mientras la espada describía un arco. Yet ve grietas.
Como él al principio. Como él antes de saber lo que era.
¿Será también un Iluminado? ¿O solo está… como yo al inicio?
El tajo le salió torcido. Los pies se le enredaron. Casi cayó.
—Concéntrate —se dijo en voz baja.
Lo intentó otra vez. Y otra. Y otra.
Pero las preguntas no se iban.
—KIAROOOOOOOOOOO—
La voz le explotó en la mente como un trueno.
Kairós dio un salto hacia atrás, la espada en alto, el corazón galopándole en el pecho. Miró a todos lados—los árboles, los otros entrenadores, el chico misterioso—pero no vio a nadie.
Luego recordó.
—Libro de mierda —susurró entre dientes.
Del bolsillo de su chaqueta, una risita malévola resonó en su cabeza.
¿Te asusté? Porque si no, puedo repetirlo. Más alto. KIAROOOOO…
—Ya, ya, vale. —Kairós se apoyó en un árbol un momento, fingiendo que solo estaba descansando. Por fuera, todo normal. Por dentro, la conversación—. ¿Dónde te habías metido estos cuatro días?
Cuatro días, tres, qué más da. He estado durmiendo.
—¿Durmiendo?
Oye, podré ser tu parásito personal, el amo y dueño de tus pensamientos, y todas esas cosas bonitas. Pero resulta que según las leyes Galenas del trabajo, artículo 135, apartado 3… —El Diario hizo una pausa dramática—. “Todo ser viviente tiene derecho a un descanso de cuatro días continuados por cada treinta de actividad ininterrumpida, siempre que dicha actividad haya implicado un desgaste significativo de sus facultades cognitivas o emocionales.”
Kairós parpadeó. La espada, en sus manos, siguió moviéndose en automático. Tajo. Tajo. Tajo.
—¿Todo ser viviente?
Todo ser. Y como yo soy un ser—un ser magnífico, pero ser al fin—pues me he cogido mis vacaciones. Cuatro días de no pensar en ti, en tus problemas, en tus heridas, en tus dramas existenciales. Han sido maravillosos. He dormido. He soñado. He… bueno, los libros no soñamos, pero he descansado.
—¿Y el artículo ese existe de verdad?
Un silencio ofendido.
¿Acaso eres ciudadano de Darsalia?
—Pues sí.
¿Tienes a una trabajadora en tu tienda?
—A Liana, sí.
¿Y no sabes si quiera los derechos básicos por ley?
Kairós abrió la boca. La cerró.
—Es que…
¡Claro que está! ¡Está en el código laboral! Si quieres, ve a la oficina distrital, pide una copia, y verás que sí. Pero claro, nadie lee sus derechos en estos días. Todos tan ocupados sobreviviendo, trabajando, matando monstruos…
—Ya, ya, vale. —Kairós sonrió a pesar de todo—. Entendido.
Eso espero. Porque la próxima vez que me reclames por tomarme un descanso, te voy a citar el artículo completo. Con subapartados y todo.
—No lo dudo.
Kairós siguió practicando. Los tajos, ahora, salían más fluidos. La conversación con el Diario, aunque absurda, le había distraído de sus pensamientos oscuros.
Tajo. Desplazamiento. Giro. Tajo.
Y entonces sintió una presencia a su espalda.
Se giró.
El chico misterioso estaba allí, a dos metros, con su espada de madera apoyada en el hombro. Sus ojos oscuros lo miraban fijamente. No había hecho ruido al acercarse. Como siempre.
Kairós se quedó quieto, esperando.
El chico habló.
—Tus golpes.
Kairós parpadeó. Era la primera vez que le oía la voz. Era joven, sí, pero tenía un tono firme, seguro.
—¿Mis golpes?
El chico asintió. Señaló el lugar donde Kairós había estado practicando.
—Carecen de espíritu.
Kairós frunció el ceño.
—¿Cómo que de espíritu?
El chico no respondió. En lugar de eso, se puso en posición. Su espada de madera se movió en un arco perfecto, rápido como un latigazo, preciso como un cirujano. El tajo cortó el aire con un silbido limpio, como si la madera misma cantara.
Luego volvió a su postura, mirando a Kairós.
—Perdón —dijo Kairós, negando con la cabeza—. Sigo sin entender. Llevo apenas una semana y media entrenando. Mis golpes son… lo que son.
El chico lo miró un momento. Luego, con la misma expresión impasible de siempre, dijo:
—Sparring. Por favor.
Kairós dudó un instante. Luego asintió.
Se pusieron en posición.
El chico atacó.
Kairós ni siquiera lo vio venir. Un movimiento—solo uno—y la espada de madera del chico le golpeó en el costado. No fue un golpe brutal. Fue preciso. Justo en el punto exacto donde el golpe dolería lo suficiente para hacerle entender, pero no lo bastante para hacerle daño de verdad.
Kairós cayó al suelo. Boqueando. Sin aliento.
Cuando levantó la vista, el chico ya se alejaba. Pero no hacia su rincón. Se acercaba a otros grupos de entrenamiento. Kairós lo vio, desde el suelo, cómo se plantaba frente a un grupo de tres jóvenes que practicaban juntos.
Intercambiaron unas palabras. Luego, el chico se puso en posición. Los tres atacaron a la vez.
En menos de diez segundos, los tres estaban en el suelo.
Pero no se levantaban enfadados. Se reían. Se levantaban con una sonrisa, hablando entre ellos, señalando sus espadas, repitiendo movimientos. Como si hubieran aprendido algo.
El chico los ayudó a levantarse. Les dedicó un pequeño asentimiento. Luego siguió caminando hacia otro grupo.
Kairós se incorporó lentamente. El costado le dolía, pero menos de lo que esperaba. El chico sabía exactamente dónde golpear.
—Espera —gritó.
El chico se detuvo. No se giró del todo, pero inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Por qué nos ayudaste? —preguntó Kairós—. Hace unos minutos. Con los matones.
El chico levantó la vista hacia el sol, hacia el cielo gris de Ferren, hacia las nubes que pasaban lentas. Su espalda, recta, parecía absorber la luz.
—El deber del fuerte —dijo, con voz baja pero clara— es proteger al débil.
Una pausa.
—Los fuertes pelean contra los fuertes. Y protegen a los débiles. Nunca al revés.
Kairós asintió, aunque el chico no podía verlo.
—¿Y eso de enseñar? —preguntó—. ¿Por qué lo haces?
El chico se giró un poco más. Sus ojos encontraron los de Kairós.
—Los escuché. Hace un rato. A escondidas.
—¿A quiénes?
—A Yet. Y a ti. —Señaló vagamente hacia donde habían estado sentados—. Yet dijo que enseñar a otros sirve para aprender. Para dominar el camino de la espada.
Una sonrisa diminuta, casi imperceptible, asomó en sus labios.
—Y eso estoy haciendo.
Señaló a los grupos que había dejado atrás. Los tres jóvenes seguían practicando, repitiendo algo que él les había mostrado. Más allá, otros dos se incorporaban del suelo con sonrisas.
—Les enseño. Les pego. Aprenden.
Kairós abrió la boca para preguntar algo más, pero el chico ya se alejaba. Caminó hacia otro grupo, y pronto se perdió entre la gente.
Desde lejos, Kairós vio cómo la gente lo saludaba. Inclinaban la cabeza. Le dedicaban palabras. Y él respondía con el mismo gesto, con un respeto que parecía mutuo.
—Vaya —dijo el Diario en su mente—. Ese chico tiene más filosofía que muchos viejos que he conocido. Y más respeto que todos los nobles de Los Altos juntos.
Kairós asintió.
—Parece un héroe —murmuró.
Lo parece. Y quizás lo sea. O quizás solo es un crío que entendió algo que los adultos olvidaron.
Kairós cogió su espada. Miró el lugar donde el chico había desaparecido.
—Volveré mañana —dijo—. A aprender.
Buena idea. Ahora, si no te importa, yo…
—Espera —lo interrumpió Kairós.
Un suspiro cansado resonó en su mente.
¿Esperar? ¿Otra vez?
—Solo quería…
Mira, idiota. Me voy a tomar mis vacaciones. Mis merecidas vacaciones. Y no me vengas con “espera” porque tengo cosas que hacer. O mejor dicho, tengo no-cosas que hacer. Descansar, básicamente.
—Pero llevas cuatro días…
Cuatro días de descanso de dos semanas. No es lo mismo. Y además, ¿tú te acuerdas de algo?
Kairós frunció el ceño.
—¿De qué?
De los últimos tres años. De que he estado contigo desde que compraste este taller. Y durante DOS AÑOS me ignoraste completamente. No me abrías, no me leías, no me escuchabas. Fue hasta hace dos semanas que empezaste a prestarme atención.
Kairós abrió la boca. No supo qué decir.
Exacto. Así que vamos a hacer un pequeño cálculo. Según las leyes Galenas del trabajo, artículo 135, que ya te cité, cada 30 días de trabajo continuo corresponden 4 días de descanso.
Una pausa. Kairós casi podía oír al Diario haciendo cálculos mentales.
Llevo contigo 3 años. 36 meses. Multiplica por 4…
—Son 144 días —dijo Kairós.
¡Exacto! 144 días de vacaciones acumuladas. Así que me las tomaré. Todas. Cada vez que pueda. Y ahora mismo, que tu vida es tan, TAN aburrida—entrenar, relojes, clientes, más entrenar—y no me necesitas para nada, me las voy a tomar.
Kairós suspiró.
—¿Y qué vas a hacer?
Lo que haría cualquier ser en sus vacaciones. Descansar. Relajarme. Y… bueno, estaba ligando con dos hermosas libras.
Kairós parpadeó.
—¿Libras?
Sí, libras. Libros, pero versión mujer.
—Se dice libros.
Cállate. No sabes cómo se dicen las mujeres en versión libro. Si no eres un libro, no opines.
Kairós negó con la cabeza, pero una sonrisa le cruzaba la cara.
—Vale, vale. Se dice como tú quieras.
Eso está mejor. Ahora, si no te importa, me retiro a mis vacaciones. Volveré cuando me necesites de verdad. O cuando tu vida deje de ser tan aburrida. Lo que pase primero.
—De acuerdo. Pero…
Ah, y una cosa más.
—¿Qué?
Mañana no se te olvide declarar tus impuestos. Es el último día del plazo. Ya sabes, los Galenos, los papeles, toda esa mierda. No querrás que te caiga una multa.
Kairós abrió la boca para responder, pero el Diario ya se había ido.
Solo sintió un último eco en su mente:
Que te diviertas con tu vida aburrida, idiota.
Y luego, silencio.
Kairós se quedó quieto un momento, la espada en la mano, mirando al cielo gris.
—Impuestos —murmuró—. Justo lo que necesitaba.
Luego sonrió. Una sonrisa pequeña, pero real.
Y siguió practicando.
…
Kairós volvió al taller cuando el sol empezaba a declinar.
El cuerpo le dolía—el golpe del matón, el golpe del chico misterioso, las horas de práctica—pero era un dolor bueno. El dolor de quien está aprendiendo. De quien está creciendo.
Llegó a la calle de la Espiral. El taller estaba a unos metros. Liana estaría dentro, atendiendo los últimos clientes de la tarde. Podía imaginarla: con su vestido gris y marrón, las gafas rotas, sus manos rápidas volando sobre los relojes.
Iba a cruzar la calle cuando algo lo detuvo.
Una figura. De espaldas. Caminando lentamente por la acera contraria.
Kairós se quedó helado.
Conocía esa espalda. La había visto cientos de veces durante tres años. La espalda de una mujer mayor, con el pelo cano recogido en un moño desordenado, un vestido oscuro remendado en los codos, un paso pausado que pareía desafiar las prisas del mundo.
—No —susurró—. No puede ser.
La figura se giró ligeramente. Kairós vio el perfil.
Era ella.
La señora Elara.
Pero no era ella.
El parecido físico estaba ahí. El mismo vestido oscuro. El mismo pelo cano. La misma cara arrugada por los años. Pero algo… algo estaba mal.
Sus ojos. Esos ojos que antes sonreían antes que su boca, que brillaban con calidez cuando entraba en el taller, que le recordaban a Kairós que aún quedaba humanidad en el mundo… ahora estaban vacíos.
Ella caminaba sin mirar a nadie. Sus pasos eran mecánicos, como los de un autómata. Sus brazos colgaban a los costados sin ese leve balanceo que tenían antes. Parecía… muerta en vida.
Kairós la vio detenerse frente a una tienda. Una mujer salió y la saludó.
—¡Elara! ¿Cómo estás?
Ella se giró. Sus labios se movieron.
—Bien, gracias. ¿Y tú?
La voz era la misma. Pero el tono… el tono era plano. Sin emoción. Como si las palabras fueran solo palabras, sin nada detrás.
La mujer siguió hablando, contando algo sobre su familia. Elara escuchaba. Asentía. Sonreía cuando tocaba sonreír. Pero era una sonrisa vacía, aprendida, mecánica.
Como si alguien le hubiera enseñado a sonreír sin decirle por qué.
Kairós sintió que las piernas le flaqueaban. Se apoyó en la pared de un edificio.
La rehabilitaron, pensó. Los Galenos la rehabilitaron.
Recordó aquella noche. El carro negro. Los Cazadores. La vara de cristal tocando su sien. Su cuerpo quedándose rígido. Vacío.
—No —murmuró—. No.
Quiso correr hacia ella. Abrazarla. Preguntarle si se acordaba de él, de los panecillos de anís, de las invitaciones a cenar, de Henrik y su estofado.
Pero no podía moverse.
La señora Elara se despidió de la mujer con un gesto cortés. Luego siguió caminando. Pasó a pocos metros de donde Kairós estaba, sin mirarlo.
Él la vio de frente. Vio sus ojos. Vacíos. Como dos ventanas a una habitación donde ya no vivía nadie.
—Señora Elara —susurró.
Ella no lo oyó. O quizás sí, porque por un instante, solo un instante, sus ojos parecieron enfocar algo. Se detuvo un segundo. Parpadeó.
Luego siguió caminando.
Kairós se quedó allí, pegado a la pared, viendo cómo se alejaba. La espalda. El moño. El vestido oscuro.
Hasta que dobló una esquina y desapareció.
El aire le quemaba los pulmones. Las manos le temblaban.
—Señora Elara —repitió, pero ya no había nadie.
Lentamente, como si cada paso costara una eternidad, cruzó la calle y entró en el taller.
Liana estaba en el mostrador, atendiendo a un cliente. Lo vio entrar y sonrió.
—¡Jefe! Ya vuelve. Mire, este señor tiene un reloj que…
Kairós no la escuchó. Subió las escaleras sin decir palabra.
—¿Jefe? —la voz de Liana, preocupada—. ¿Jefe, está bien?
No respondió.
En su habitación, se sentó en la cama. La cabeza entre las manos. Las imágenes de Elara—su sonrisa, sus ojos vacíos—le daban vueltas en la cabeza.
La rehabilitaron.
La palabra le quemaba por dentro.
Y entonces, sin saber por qué, empezó a recordar.
No era un recuerdo voluntario. Era como si la imagen de Elara hubiera abierto una compuerta. Y todo empezó a venir.
Eclipsa.
El orfanato.
Las visitas de los Galenos. Esos tipos con uniformes impecables que llegaban cada cierto tiempo. No miraban a los niños como si fueran personas. Los miraban como quien examina ganado. Como quien cuenta piezas en un inventario.
—Este come demasiado —decían de uno.
—Esta tiene mala salud —decían de otra.
—Estos son una carga para el estado.
Kairós recordaba haberlos oído. Escondido tras una puerta, con seis o siete años, escuchando cómo hablaban de él y de los demás como si fueran basura. Como si su única culpa fuera existir.
Y las miradas. Esas miradas de los cuidadores cuando los Galenos se iban. Como si ellos también pensaran lo mismo. Como si desearan, en el fondo, que todos esos niños desaparecieran de una vez.
Bichos raros, pensó Kairós. Eso éramos. Bichos raros que gastaban recursos del estado.
El odio no nació entonces. El odio nació después. Pero la semilla se plantó ahí.
Otro recuerdo.
Tres noches atrás. Después de la Fisura. Cuando salió al Campo para despejar la mente, para cansar el cuerpo y callar los pensamientos.
Allí, entre las sombras de los árboles, lo vio.
Una figura. De pie. Inmóvil. Mirándolo.
Solo un instante. Luego desapareció.
Kairós había pensado que era imaginación. Nervios. Paranoia de quien ha visto demasiado.
Pero el Diario lo había visto también.
“Ahí está. Eso es lo que te llevo días diciendo. Eso que no querías ver.”
“Lleva días ahí, observando. Solo que hoy… hoy lo has visto.”
Esa noche, cuando llegó a casa, tomó una decisión. No volvería a salir de noche. No hasta que las heridas sanaran. No hasta que supiera más.
Por eso se había quedado en casa estos días. Por eso había entrenado en el sótano, había descansado, se había recuperado.
No solo por las heridas.
Por el miedo.
Y ahora entendía. El Diario tenía razón. Ese mal presentimiento… era real. Algo—alguien—lo estaba vigilando.
Kairós se levantó de la cama. Fue a la ventana. Miró hacia la calle.
El lugar donde había visto a Elara ya estaba vacío. Ella se había ido. A su casa vacía, con Henrik probablemente también vacío, también rehabilitado, también muerto en vida.
Los Galenos.
Siempre los Galenos.
Y entonces, en su mente, dos imágenes se superpusieron.
Por un lado, las criaturas. Las ratas de muchos ojos. Los perros sin rostro. La mole de seis metros. El Reflejo. Monstruos bestiales, con garras y dientes, que mataban por instinto.
Por otro lado, los hombres. Los de uniforme impecable. Los que hablaban de “recursos” y “cargas para el estado”. Los que miraban a los niños como ganado. Los que seguían a la gente en la oscuridad. Los que vaciaban almas con varas de cristal.
Monstruos con forma de bestia. Monstruos con forma humana.
Pero ambos.
Ambos eran monstruos.
Kairós cerró los ojos. Y por un momento, con esa extraña capacidad que había desarrollado—esa comprensión que el Diario llamaba “Comprensión del Mundo”—lo vio claro.
Los Disonantes nacían del dolor. Del trauma. De la desesperanza. Eran personas rotas que se convertían en bestias.
Los Galenos… los Galenos fabricaban ese dolor. Ese trauma. Esa desesperanza. Y luego cazaban a las bestias que ellos mismos habían creado.
Eran el mismo ciclo. La misma mierda.
Dos caras de la misma moneda.
Y él… él estaba en medio.
—Los entiendo —susurró.
Y era cierto. Los entendía. A los Disonantes, porque había sentido su dolor en el fragmento del Reflejo. A los Galenos, porque los había visto desde niño, porque conocía su maquinaria, porque había sentido su vigilancia en su propia piel.
Los entendía.
Y por eso podía matarlos.
A todos.
Kairós abrió los ojos. La noche había caído sobre Ferren. Las farolas de vapor empezaban a encenderse. La gente volvía a sus casas.
Pero él ya no era el mismo.
—Monstruos con forma de bestia —murmuró—. Monstruos con forma humana.
Hizo una pausa.
Los mataré a todos —susurró.
Pero en cuanto las palabras salieron de su boca, algo le hizo detenerse.
No.
No era tan simple.
Pensó en Yet. En sus seis años de esfuerzo, en su sueño de entrar en la Guardia Baja, en su miedo a los médicos de los Galenos. Yet era pobre. Yet era un don nadie. Yet era exactamente el tipo de persona que el sistema pisoteaba.
Y sin embargo, Yet quería formar parte de ese sistema. No por maldad. Por supervivencia. Porque era lo único que conocía.
Kairós pensó en los soldados rasos. En los que no elegían, solo obedecían. En los que también tenían familias, sueños, miedos. En los que también eran, de alguna manera, víctimas.
No podía matarlos a todos. No a la gente. No a los que estaban atrapados en el engranaje igual que él.
El sistema, pensó. El sistema que creó todo esto.
Eso era lo que había que destruir.
Y entonces, como un latigazo, le llegó otra voz.
“Tus golpes carecen de espíritu.”
La voz del chico. No era técnica. No era forma. Era espíritu.
Kairós recordó su espalda, alejándose después de dejarlo en el suelo. Recordó sus palabras:
“El deber del fuerte es proteger al débil. Los fuertes pelean contra los fuertes. Y protegen a los débiles. Nunca al revés.”
Y de repente, todo encajó.
No se trataba de matar. No se trataba de odio.
Se trataba de proteger.
A Leinett. A Liana. A Yet. Al chico. A todos los que, como la señora Elara, habían sido aplastados por la máquina.
Se trataba de ser fuerte para ellos.
Kairós abrió los ojos. La noche seguía fuera. Las farolas de vapor iluminaban las calles vacías.
Pero dentro de él, algo había cambiado.
—Mataré al sistema —dijo en voz baja—. Al sistema que creó este odio. A la máquina que aplasta a la gente.
Una pausa.
—Y protegeré a todos los que sufrieron por él.
No era una declaración grandiosa. No era un juramento épico. Era solo una verdad. Un propósito.
Y por primera vez en mucho tiempo, supo exactamente lo que tenía que hacer.
Abajo, Liana seguía ordenando el mostrador después del último cliente. El tintineo de la campanilla había callado hacía rato.
Kairós se quedó un largo rato en la ventana, viendo la ciudad.
Había visto el abismo.
Y esta vez, no iba a huir.
Iba a entrar.
Y a cambiarlo.
Por : Hanzonex
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