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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 65

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Capítulo 65: Capítulo 65 – La reunión – Parte 1

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 65 – La reunión – Parte 1

La puerta del taller se abrió y Kairós entró cojeando, cargado con bolsas de ropa y la nueva espada al cinto. El cansancio le pesaba en los huesos, pero había algo más. Una tensión. Una expectativa.

La noche se acercaba.

—¡Jefe!

Liana apareció desde la cocina y se lanzó hacia él. Lo abrazó con una fuerza que no parecía propia de una niña de trece años. Sus brazos se aferraron a su cintura, su cara se hundió en su pecho.

—Ya volvió —murmuró, la voz ahogada—. Ya volvió.

Kairós dejó las bolsas en el suelo. Le acarició el pelo con una mano.

—Estoy aquí —dijo—. Tranquila.

Ella no lo soltaba. Pasaron unos segundos así, en silencio, hasta que Liana levantó la cabeza. Sus ojos verdes, detrás de las gafas rotas, estaban húmedos.

—No se vaya otra vez —dijo—. Por favor.

Kairós sintió algo en el pecho. Un peso. Una responsabilidad.

—Tengo que hacerlo —respondió con voz baja—. Esta reunión… es importante. Tengo que ir.

Liana apretó los labios. Quería protestar, se le notaba en la cara. Pero no lo hizo.

—¿Cuándo?

—En unas horas. Saldré en cuarenta minutos.

—¿Y cuándo vuelve?

—A la madrugada. Si todo sale bien.

Ella lo miró fijamente. Y entonces, sin mediar palabra, las lágrimas empezaron a caer.

—No —sollozó—. No, no otra vez. Por favor, jefe. No otra vez.

Kairós la abrazó. La sostuvo mientras lloraba contra su pecho.

—Esta vez es diferente —dijo—. Es una reunión. Gente como yo. No voy a pelear. Solo a hablar. A escuchar.

—Pero si pasa algo…

—No va a pasar nada.

—¿Cómo lo sabe?

Kairós no respondió. No podía prometerle eso. No con sinceridad.

Liana levantó la vista. Sus ojos rojos, mojados, lo miraban con una mezcla de miedo y confianza.

—Tiene que volver —dijo—. Tiene que volver, ¿me oye?

—Volveré.

—Prométalo.

—Lo prometo.

Ella lo abrazó otra vez. Más fuerte. Como si quisiera fundirse con él.

—Eres mi jefe —susurró—. Mi único jefe. No puedo perderlo.

Kairós sintió que algo se rompía dentro de él. Pero no de dolor. De otra cosa. De algo que no sabía nombrar.

—No me perderás —dijo—. Nunca.

Se quedaron así un rato, en el taller, mientras los relojes marcaban horas distintas y la noche se cerraba sobre Ferren.

—

Cuando Liana por fin se separó, Kairós subió a su habitación. Dejó las bolsas en un rincón y luego recordó algo. Bajó al sótano.

Allí, en una estantería polvorienta, había una cantimplora de metal que había comprado hacía años y nunca usado. La cogió, la sopesó. Limpia. Vacía. La llenó de agua en el pequeño grifo del sótano y volvió a subir.

En su habitación, abrió el armario. Ordenó la ropa nueva. Dejó un abrigo negro colgado, junto a un conjunto de combate completo. Por si acaso.

El resto lo guardó en el Diario.

—Abre —dijo en voz baja.

El libro se abrió con un bostezo metafórico.

*¿Otra vez? Hip —la letra era temblorosa, desigual.

—Guarda esto.

Kairós fue metiendo cosas. El conjunto de combate sobrante. Un abrigo negro normal, de repuesto. La cantimplora llena. Y, casi con cuidado, el fragmento vacío de Elyra. El que había contenido su técnica. Ahora solo era un cristal inerte, pero por algún motivo no quería deshacerse de él.

El Diario lo tragó todo sin comentarios, aunque con algún que otro hip intercalado.

Luego, Kairós pidió ver el inventario.

La interfaz apareció.

INVENTARIO DEL DIARIO:

· 1x Bandera de Elyra (objeto decorativo, sin función conocida)

· 1x Armadura de Elyra (dañada, requiere reparación, para usuaria femenina)

· 1x Despertador pequeño (usado para emboscadas)

· 1x Cantimplora con agua

· 1x Conjunto de combate (camisa negra, pantalón elástico, zapatos)

· 1x Abrigo negro (normal, de repuesto)

· 1x Fragmento vacío de Elyra (inerte, valor sentimental)

—Vale —murmuró.

Pasó a sus estadísticas.

VIDA: 24%

AURA: 7%

—Sigo en la mierda.

Sí —confirmó el Diario—. Pero menos. Hip.

RECUERDOS DISPONIBLES:

· Triviales: 24 (de los más de 50 que tenías. Has quemado muchos en el asedio.)

· Emocionales: 17 (los que guardas. Los importantes. Los que duelen.)

· Fundacionales: 5 (intocables. Por ahora.)

· Perdidos (irrecuperables): 1. Ese día. Ese maldito 18 de Umbral. Todavía no sabe qué pasó allí, pero el vacío sigue doliendo.

Kairós leyó los números. Veinticuatro recuerdos triviales. Diecisiete emocionales. Cinco fundacionales. Y esa línea, esa maldita línea que le recordaba que había un agujero en su memoria que nunca podría llenar.

—No estoy en condiciones de combatir —dijo.

No —confirmó el Diario—. Si pasa algo ahí, corres. No peleas. Hip.

—Lo sé.

Cerró el libro. Se lo guardó en el bolsillo.

Bajó las escaleras. Liana lo esperaba en la puerta del taller.

—Leinett aún no ha llegado —dijo.

—Dile que he salido. Que volveré a la madrugada.

—¿Y si pregunta?

—Dile la verdad. O lo que quieras. Confío en ti.

Liana asintió. Tragó saliva.

—Cuídese, jefe.

—Siempre.

Kairós abrió la puerta. La noche de Ferren lo recibió con su olor a metal y humo, sus farolas de vapor, su rumor lejano.

—¡Jefe!

Se giró.

Liana estaba en el umbral, pequeña, frágil, pero con una determinación que le recordó a él mismo.

—Vuelva.

—Volveré.

Y se fue.

El Diario, desde su bolsillo, soltó un último comentario antes de quedarse callado:

Adiós, idiota. Hip. No te mueras.

—

Kairós caminaba entre la multitud como un pez en el agua.

La zona de los Pulmones de Condensación bullía con una vida propia. Miles de personas salían de los turnos de tarde, una marea humana que llenaba las calles con sus pasos cansados, sus conversaciones en voz baja, sus vidas anónimas. Hombres con overoles manchados de grasa. Mujeres con pañuelos en la cabeza. Jóvenes con los ojos ya apagados por años de trabajo bajo tierra.

El aire olía a metal, a sudor, a ese algo químico que impregnaba todo Ferren. Pero aquí, cerca de las minas y las refinerías, el olor era más denso. Más pesado. Como si el distrito entero estuviera exhalando.

Kairós se mezcló entre ellos. Su abrigo elegante, el negro con detalles dorados, podría haber llamado la atención en otro contexto, pero aquí, entre la ropa de trabajo gastada, pasaba desapercibido. La gente estaba demasiado cansada para fijarse en un extraño.

Demasiado cansados para notar a la pareja que, unas calles más atrás, los observaba con una sonrisa demasiado perfecta antes de perderse entre la multitud. Kairós no los vio. Pero sintió un escalofrío. Miró atrás. Nada. Siguió caminando.

Miraba a su alrededor mientras caminaba, y los recuerdos le llegaban a ráfagas.

Seis meses. Había trabajado aquí seis meses, hacía años. Antes de Leinett. Antes del taller. Antes de todo. Los Pulmones eran una bestia que devoraba juventud y escupía cenizas. Recordaba el polvo en los pulmones, el ruido constante de la maquinaria, el peso de las herramientas. Recordaba a los compañeros que desaparecían, un día sí y otro también, engullidos por derrumbes o por esa cosa negra que a veces brotaba de las profundidades.

Seis meses fueron suficientes para odiarlo. Para jurar que nunca volvería.

Y ahora volvía. De noche. Para una reunión de iluminados.

La vida era una puta ironía.

Siguió caminando, dejando atrás las fábricas principales, adentrándose en una zona más oscura, menos concurrida. Los almacenes. Naves enormes donde se guardaba todo lo que el imperio extraía de las entrañas de la tierra.

Kairós conocía bien esos materiales. Piedras preciosas, brutas, esperando ser talladas. Tierras raras, esenciales para la tecnología de los Galenos. Y lo más peligroso de todo: un líquido negro, ultra pesado, que algunos llamaban “oro negro”. Brotaba de las profundidades, espeso como la melaza, y ardía con una facilidad que helaba la sangre. Manejarlo era una sentencia de muerte. Pero su valor… su valor era incalculable.

Los almacenes donde lo guardaban eran los más vigilados. Pero Kairós no iba hacia allí.

El almacén siete estaba al fondo. Solo. Aislado. Una nave vieja, medio abandonada, donde seguramente nadie miraba.

Perfecto para una reunión secreta.

Antes de adentrarse en la zona, Kairós se detuvo. Miró a su alrededor. Nadie. Las sombras, sus aliadas.

Metió la mano en el bolsillo y sacó la máscara. La vieja. La abollada. La que aún servía. Se la colocó. El cuero frío contra la piel. Los orificios de los ojos, recortando el mundo.

—Requisito del sistema —murmuró.

Se ajustó la máscara y, por un momento, su mano fue a la empuñadura de la nueva espada. La tachi. Aún no estaba acostumbrado a su peso. Aún no confiaba del todo en ella. ‘Como una nueva compañera’, pensó. ‘Espero que dure más que la anterior.’

El Diario, desde el bolsillo, soltó un hipo borracho.

Sí… requisito… hip… buena suerte, idiota…

Kairós avanzó. Encontró un rincón oscuro entre unos barriles oxidados y se apostó allí. Desde su posición podía ver la entrada del almacén sin ser visto. La luna, casi llena, iluminaba débilmente la zona.

Consultó su reloj. El de Leinett. El que siempre funcionaba.

Once y treinta y cuatro de la noche.

Trece minutos de antelación.

Esperó. La respiración calmada. La mano en la empuñadura de su nueva espada. Los sentidos alerta.

El viento soplaba entre los almacenes, arrastrando el olor a metal y a algo más. Algo que no podía identificar.

Pasaron los minutos. Cinco. Ocho. Diez.

Y entonces, sin hacer ruido, sin que Kairós lo viera llegar, una voz sonó a su espalda.

—Qué tal, 33-33.

Kairós se giró de golpe, la mano en la espada.

Una figura estaba allí, a dos metros. Vestida de negro. Máscara con forma de ave. Una lanza corta en la mano.

15-17.

—También esperando la reunión, ¿eh? —dijo, con un tono tranquilo, casi divertido.

Kairós tardó un segundo en responder.

—Sí —dijo al fin—. Esperando.

15-17 asintió. Se apostó junto a él, en las sombras.

—Quedan tres minutos —dijo—. Puntuales, los de la organización.

Kairós no respondió. Pero después de unos segundos, preguntó en voz baja:

—¿Por qué confías en mí?

15-17 lo miró. No se le veía la expresión tras la máscara de ave, pero su voz sonó tranquila, casi divertida.

—Porque te dejé la nota en el bolsillo y no me apuñaste por la espalda. Porque viniste. Y porque… —dudó—. Porque los novatos como tú son los que más duran. Tienen hambre. Y el hambre no miente.

Kairós asintió. No dijo nada más.

Solo observó la entrada del almacén.

La noche seguía su curso.

La reunión estaba a punto de comenzar.

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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