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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 64

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Capítulo 64: Capítulo 63 – El peso de un nombre

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 63 – El peso de un nombre

El Campo estaba igual que siempre.

La tierra pisoteada. Los postes de madera. Los grupos de entrenadores repartidos por el espacio, cada uno en su rincón, cada uno con su lucha. El aire olía a sudor y esfuerzo, ese olor que Kairós había llegado a asociar con la supervivencia.

Kairós entró cojeando, pero con una determinación que no había sentido en días. El sol gris de Ferren le daba en la cara, y por una vez, no le molestaba.

Buscó con la mirada. Y allí estaba.

Yet.

En su rincón habitual, el que nadie le disputaba porque nadie lo consideraba una amenaza. Pero hoy… hoy se movía diferente. Repetía una y otra vez el mismo movimiento básico, pero con una intensidad que Kairós no le había visto antes. Como si esos dos días de espera los hubiera convertido en algo más.

—Yet —lo llamó.

Yet se giró. Por un instante, su expresión fue de sorpresa. Luego, de alivio. Luego, de alegría. Dejó la espada de madera y corrió hacia él.

—¡Kairós! —casi tropezó en el camino—. ¡Dos días, tío! ¡Dos días sin venir! ¿Estás bien? ¿Te pasó algo?

—Lo siento —dijo Kairós—. Tuve que hacer un viaje. De negocios.

Yet lo miró de arriba abajo. Frunció el ceño.

—¿Estás seguro de que estás bien? Te veo… no sé. Cansado. Y cojeas.

—Sí, sí. Solo fue un viaje largo. Nada grave.

Yet asintió, pero no parecía del todo convencido. Sin embargo, no insistió. No era su estilo.

—Bueno, lo importante es que volviste. —Sonrió—. Me preocupé, la verdad.

—Gracias, Yet.

Se quedaron en silencio un momento. Luego Yet dijo:

—Oye, ahora que lo pienso… ¿dónde dijiste que trabajabas?

—En la tienda de los Thornen. Reparaciones de relojes y cosas así.

Yet parpadeó. Una vez. Dos veces. Sus ojos se abrieron un poco más.

—Espera —dijo lentamente—. Espera, espera, espera.

Kairós frunció el ceño.

—¿Qué?

—Kairós… ¿Kairós Thornen? ¿El de la tienda de la calle de la Espiral?

—Sí. ¿Por qué?

Yet se quedó en silencio un segundo. Luego, una sonrisa enorme se dibujó en su rostro.

—¡Joder! —exclamó—. ¡Conozco a un montón de gente que se llama Kairós! Pero jamás pensé que tú fueras ESE Kairós. ¡El Kairós Thornen!

Kairós se quedó con la boca abierta.

—¿Ese Kairós? ¿Qué quieres decir?

—¡Eres una leyenda, tío! —Yet le dio una palmada en el hombro—. Entre la clase baja y media, todo el mundo conoce a los Thornen. Cualquier cosa que se rompa, allí la llevamos. Y siempre la reparáis. A buen precio. Con honradez.

Kairós no sabía qué decir. Nadie le había dicho nunca algo así.

—Mi padre —continuó Yet, animándose—. Hace como dos años llevó un reloj viejo a tu taller. Un despertador de esos que ya no se fabrican. No funcionaba desde hacía meses. Dijo que era una reliquia familiar.

Yet metió la mano en el bolsillo y sacó un reloj de bolsillo. Pequeño, de latón, con la esfera ligeramente amarillenta por el paso del tiempo.

—Mira.

Kairós lo cogió. Lo examinó. Reconoció las marcas. Recordaba haberlo reparado. Un trabajo sencillo, de los muchos que hacía al mes.

—Funciona perfectamente —dijo Yet—. Mi padre me lo regaló para que nunca perdiera el tiempo. Para que recordara que cada minuto cuenta. Y gracias a ti, sigue funcionando.

Kairós lo miró fijamente. El reloj. Las manecillas moviéndose. El tic-tac constante.

—No soy una leyenda —murmuró—. Solo arreglo cosas.

—¿Sabes lo que vale eso? —Yet negó con la cabeza—. La gente te valora, Kairós. Salvas cosas. Las reparas. Nos permites seguir usando lo que tenemos cuando no podemos permitirnos comprar nuevo. Eso… eso vale más que todo el oro de Los Altos.

Kairós sintió algo en el pecho. Un calor. Pequeño, pero real.

—Gracias —susurró.

—No me des las gracias. Es la verdad.

Kairós guardó silencio un momento. Luego, como si recordara algo, dijo:

—Por cierto, Yet. Siempre que quieras, puedes pasarte por la tienda. Cuando quieras, a la hora que quieras. Eres bienvenido.

Yet sonrió.

—¿En serio? ¿Puedo ir a ver el taller del legendario Kairós Thornen?

—Cállate.

Yet se rió.

—Bueno, ¿practicamos? Llevo dos días esperando.

Kairós sonrió.

—Vamos.

—

Cogieron las espadas de madera y se situaron en el rincón de Yet. Empezaron con los movimientos básicos. Tajo. Desplazamiento. Bloqueo. Tajo.

—Oye, Yet —dijo Kairós mientras repetían el mismo movimiento una y otra vez—. ¿Qué te parece si establecemos un horario de entrenamiento?

—¿Un horario?

—Sí. Para no fallar. Para venir siempre. Por ejemplo, todas las mañanas, o todas las tardes. Unas horas fijas.

Yet lo pensó un momento.

—Yo vengo casi siempre por las mañanas. Sobre todo al principio de la semana. Lunedía, Umbría, Bréa… esos días suelo estar aquí temprano. A partir de Férren ya viene menos gente, pero yo sigo viniendo.

Kairós asintió, tomando nota mental.

—¿Y a qué hora sueles venir?

—Sobre las ocho. Pero si vienes más tarde, no pasa nada. Yo estoy aquí hasta que el cuerpo aguante.

—Vale. Entonces intentaré venir por las mañanas. Cuando pueda.

—Perfecto.

Siguieron practicando. Yet observaba cada movimiento de Kairós con atención.

—Has mejorado mucho —dijo, después de un rato—. En serio. Muchísimo.

—¿Sí?

—Sí. Tus pies se mueven mejor. La espada pesa menos. Tienes más… no sé. Más fluidez. —Lo miró—. ¿Qué has hecho estos dos días?

—Practicar —mintió Kairós—. En otro sitio.

Yet no preguntó más. Solo asintió.

—Pues se nota. Vamos a probar algo.

Se pusieron en posición.

—Sparring —dijo Yet—. Suave al principio. Tú controlas el ritmo.

Kairós asintió.

Yet atacó primero.

Fue un ataque medido, controlado, el de quien quiere probar a su compañero. Kairós lo esquivó con facilidad. Quizás demasiada facilidad.

Yet arqueó una ceja.

—Otra vez.

Atacó otra vez. Más rápido. Kairós lo esquivó otra vez. Sin esfuerzo.

Yet se detuvo. Lo miró fijamente.

—Kairós…

—¿Qué?

—Eso que acabas de hacer… eso no se aprende en dos días. Ni en dos semanas. Eso lleva meses.

Kairós no respondió. No podía.

Yet no insistió. En lugar de eso, sonrió. Pero no era una sonrisa de resignación. Era de desafío.

—Da igual —dijo—. Lo importante es que has vuelto. Y que eres más fuerte. Así que… vamos a ello.

Atacó otra vez. Más rápido. Kairós esquivó, pero esta vez se obligó a ir más lento. Acompasó su ritmo al de Yet. No quería que se sintiera superado. No quería que perdiera la motivación.

Yet lo notó. Lo notó perfectamente.

—¿Te estás conteniendo? —preguntó, entre ataque y ataque.

—No.

—Sí te estás conteniendo. —Yet sonrió—. Pero no pasa nada. Al contrario. Ahora sé que puedo dar más. Que tengo que esforzarme más. Y eso… eso es bueno.

Atacó con más fuerza. Con más determinación.

Kairós esquivó, bloqueó, respondió. Siempre un paso por detrás. Siempre midiendo.

Yet sudaba. Pero sonreía.

—Esto es lo que necesitaba —dijo, jadeando—. Alguien que me empuje. Alguien que sea mejor.

Siguieron peleando.

El sol avanzaba en el cielo.

Y por primera vez en mucho tiempo, Kairós sintió que podía ser normal.

Aunque solo fuera por un rato.

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 63: El peso de un nombre (Continuación)

Siguieron un rato más.

Los tajos, los bloqueos, los desplazamientos. Yet sudaba a mares, pero su sonrisa no desaparecía. Kairós, a pesar del dolor, se sentía más vivo que en días.

Cuando por fin se detuvieron, Yet señaló hacia un puesto callejero cerca del Campo.

—¿Agua? Yo invito.

Kairós asintió. Fueron caminando, despacio, sintiendo el peso del entrenamiento en cada músculo. El vendedor, un hombre mayor con una carreta destartalada, les sirvió dos jarras de agua fresca por unas monedas de cobre.

Se sentaron en un banco de piedra, medio oculto entre unos arbustos secos. El sol gris de Ferren calentaba lo justo.

—Bueno —dijo Yet, bebiendo un largo trago—. Te perdiste cosas interesantes estos dos días.

—¿Ah, sí?

—Sí. Para empezar, esos idiotas no han vuelto a molestar.

Kairós arqueó una ceja.

—¿En serio? Pensé que después de lo del otro día volverían con más ganas.

—Eso creíamos. Pero cada vez que aparecían por aquí, con sus aires de superioridad y sus espadas nuevas… —Yet sonrió, con una mezcla de admiración y diversión—. Aparecía él.

—¿El chico?

—El chico. Como una sombra. No decía nada. Solo se plantaba delante de ellos y esperaba.

Kairós imaginó la escena. El silencio. La mirada. La promesa implícita.

—¿Y qué pasaba?

—Lo intentaron un par de veces. La primera, el líder quiso hacerse el valiente. Duró tres segundos. La segunda, mandaron a dos a la vez. Duraron cinco. —Yet se rió—. Desde entonces, cuando nos ven, cruzan la calle. Literalmente. Prefieren rodear todo el Campo antes que pasar cerca de nosotros.

—Vaya.

—Ya. El chico se ha convertido en nuestro protector no oficial.

Kairós bebió un poco de agua. El líquido fresco le supo a gloria.

—Pero eso no es lo mejor —continuó Yet, y su tono cambió. Se volvió más serio. Más emotivo.

—¿Qué pasó?

—El segundo día. Ayer. El chico se acercó a mí.

Kairós lo miró con atención.

—¿Te habló?

—Sí. —Yet sonrió, y había algo en esa sonrisa que Kairós no había visto antes. Orgullo. Emoción—. Se acercó, se paró frente a mí, y sin decir nada, hizo una reverencia.

—¿Una reverencia?

—De esas profundas, de respeto. Como las que se hacen a los maestros.

Kairós se quedó callado.

—Luego me miró y dijo: “Gracias”.

Yet hizo una pausa. Tragó saliva.

—Le pregunté por qué. Y él dijo: “He aprendido algo muy importante de ti”.

—¿Qué?

—”Enseñar”.

El viento sopló. Las hojas de los arbustos se movieron.

—Dijo que yo le había enseñado que el verdadero valor no está en el talento, sino en compartir lo que uno sabe. En ayudar a los demás a crecer. En no rendirse nunca.

Yet se pasó una mano por los ojos. Rápido. Como si quisiera disimular.

—Nadie me había dicho algo así nunca, Kairós. Nadie.

Kairós no dijo nada. No hacía falta.

—Después de eso —continuó Yet—, le pregunté su nombre. Porque no podía seguir llamándole “el chico”. Y me dijo…

Yet sonrió.

—Uriel. Se llama Uriel.

—Uriel —repitió Kairós, saboreando el nombre.

—Sí. Y luego se fue. A su rincón. A seguir practicando. Como si nada.

Se quedaron en silencio un rato. El ruido del Campo llegaba amortiguado. Gente entrenando. Gente esforzándose. Gente, como Yet, que nunca se rendía.

—Eres increíble, Yet —dijo Kairós al fin.

—¿Yo? —Yet negó con la cabeza—. Solo soy un tipo sin talento que lleva seis años fracasando.

—Eso no es cierto. Y Uriel lo sabe.

Yet lo miró. Por un instante, sus ojos brillaron.

—Gracias —dijo en voz baja.

—No me las des. Es la verdad.

Se rieron. Una risa tranquila, de amigos.

Luego Yet se levantó.

—Bueno, ¿otra ronda?

Kairós miró el cielo. El sol seguía su curso. Quedaba tiempo.

—Vamos.

Volvieron al rincón de Yet. Cogieron las espadas.

Y siguieron entrenando.

….

Siguieron un rato más.

Yet, con esa paciencia infinita que solo tienen los que han pasado años fracasando, empezó a mostrarle a Kairós algunos movimientos nuevos. Cosas básicas, sí, pero que Kairós no había practicado. Ángulos de ataque. Formas de desviar un golpe sin perder el equilibrio. Pequeños detalles que marcaban la diferencia.

—Mira —decía Yet, ejecutando un movimiento lento, casi torpe—. Así se hace. Bueno, se supone que así. A mí me sale regular, pero la idea es esa.

Kairós lo imitaba. Y el movimiento le salía natural. Fluido. Como si llevara años haciéndolo.

Yet lo observaba. No con envidia. Con una especie de admiración resignada.

—Eres un caso, Kairós —dijo, negando con la cabeza—. Te explico como el culo y lo ejecutas como si fueras un maestro.

—No es para tanto.

—Sí es para tanto. Yo llevo seis años intentando que ese movimiento me salga así. Y tú lo haces a la primera. —Sonrió—. Pero lo bueno es que puedo verlo. Puedo fijarme en cómo lo haces tú y luego intentar copiarlo. Eso me ayuda más que mil explicaciones.

—¿En serio?

—En serio. Verte a ti es como tener un manual viviente. No entiendo cómo lo haces, pero lo haces. Y yo… yo aprendo.

Kairós no supo qué responder. Así que siguió practicando.

Yet, a su lado, lo imitaba. Torpe, sí. Pero cada vez un poco menos.

El sol seguía su curso. La tarde avanzaba.

Y entonces, sin hacer ruido, apareció Uriel.

Estaba allí, de pie, a unos metros. Con su espada de madera apoyada en el hombro. Su mirada, como siempre, inescrutable.

Yet fue el primero en verlo.

—Mira —dijo, señalando con la barbilla—. El chico.

Kairós se giró.

Uriel no se movió. Solo observaba. Como hacía siempre. Como si estuviera evaluando, calculando, decidiendo.

Luego, lentamente, caminó hacia ellos.

Yet se irguió, instintivamente. Había algo en la presencia de Uriel que imponía respeto.

Uriel se detuvo frente a Yet. Lo miró un momento. Luego, con un gesto que parecía casi ritual, hizo una pequeña inclinación de cabeza. Un saludo. Un reconocimiento.

—Sparring —dijo.

Yet asintió, sonriendo. Agarró su espada de madera.

Lo que pasó después duró menos de un segundo.

Uriel se movió. Yet ni siquiera lo vio venir. Un golpe seco en el costado, controlado, preciso, y Yet estaba en el suelo.

—Auch —dijo Yet, desde el suelo, pero sonriendo—. Siempre igual.

Uriel extendió una mano para ayudarlo a levantarse. Yet la aceptó.

—Necesitas aprender más posturas —dijo Uriel, con su voz baja y calmada.

—Lo sé. Por eso estoy aquí.

Uriel asintió. Luego se giró hacia Kairós.

Y todo cambió.

La mirada de Uriel se volvió diferente. Más intensa. Más profunda. Recorrió a Kairós de arriba abajo con una lentitud que resultaba casi incómoda. Sus ojos se detuvieron en sus manos, en la forma en que sostenía la espada de madera, en la posición de sus pies, en el ángulo de sus hombros.

Analizaba.

Silencio.

El viento sopló. Las hojas secas rodaron por el suelo. Yet, a un lado, observaba la escena sin atreverse a interrumpir.

Uriel no decía nada. Solo miraba.

Pasaron cinco segundos. Diez. Quince.

Yet contuvo el aliento. Nunca había visto al chico tan serio. Nunca.

Finalmente, Uriel habló.

—Kairós —dijo, y su voz tenía un peso diferente—. Sparring. Por favor.

No era una pregunta. Era una petición. Pero había algo en ella que sonaba casi a ruego.

Kairós asintió.

—Sí.

Uriel dio varios pasos atrás. Se colocó a unos cinco metros. Y entonces, lentamente, adoptó una postura que Yet nunca le había visto usar.

Defensiva.

No era la postura de alguien que va a enseñar. Era la postura de alguien que se prepara para un desafío.

Yet abrió los ojos como platos.

—Es la primera vez que lo veo tan… —susurró, más para sí mismo que para nadie.

Kairós se colocó frente a Uriel. También adoptó una postura. La que Yet le había enseñado. La básica.

Pero algo en su forma de hacerla era diferente.

Los dos se miraron.

El viento sopló otra vez.

Y entonces, sin previo aviso, Uriel atacó.

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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