Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 67

  1. Inicio
  2. FRAGMENTS OF WILL
  3. Capítulo 67 - Capítulo 67: Capítulo 64 - El precio de la humanidad
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 67: Capítulo 64 – El precio de la humanidad

FRAGMENTS OF WILL.

Capítulo 64 – El precio de la humanidad

Uriel atacó.

No fue una carga frontal, no fue un movimiento desesperado. Fue algo más sutil. Más peligroso. Su postura defensiva se transformó en un latigazo ofensivo sin transición, como si el ataque y la defensa fueran la misma cosa.

Kairós lo vio venir.

No como antes, cuando los movimientos de Uriel eran un borrón imposible de seguir. Ahora… ahora podía verlos. No nítidos, no claros, pero sí lo suficiente para anticipar. La experiencia de siete días de muerte bajo la luz de las estrellas había dejado su marca.

La espada de madera de Uriel silbó en el aire.

Kairós levantó la suya.

CLAC.

El impacto resonó en todo el Campo. La gente que entrenaba cerca se giró.

Kairós había bloqueado.

Uriel no mostró sorpresa. Pero algo en sus ojos cambió. Un brillo. Como si hubiera encontrado lo que buscaba.

Kairós intentó contraatacar. Su espada buscó el costado de Uriel. Pero Uriel ya no estaba allí. Su postura defensiva, esa que Yet había encontrado tan extraña, le permitió replegarse y responder al mismo tiempo.

CLAC. CLAC. CLAC.

Tres intercambios en dos segundos.

Yet, desde su posición, entrecerró los ojos. Por un instante, le pareció ver un destello apenas perceptible en la espada de Uriel, como si el metal reflejara una luz que no existía. Pero cuando parpadeó, ya no estaba. Debía ser imaginación.

La gente empezó a acercarse.

—¿Qué pasa? —preguntó alguien.

—El chico —respondió otro—. Está peleando de verdad.

Yet observaba desde su rincón, la boca abierta. Nunca había visto a Uriel tan… concentrado. Tan serio.

Kairós y Uriel se separaron. Se miraron. Ambos jadeaban ligeramente.

—Otra vez —dijo Uriel.

Atacaron.

Fue como una danza. Uriel se movía con una fluidez que parecía sobrenatural, pero Kairós ya no era el novato de hacía semanas. Sus pies—esos pies que Yet le había enseñado a usar—encontraban los ángulos. Sus manos—esas manos rápidas—respondían sin pensar.

CLAC. CLAC. CLAC.

Cada intercambio era un segundo. A veces menos. La madera golpeaba contra la madera con un ritmo hipnótico.

Más gente se acercaba. Formaban un círculo alrededor de ellos, susurrando, señalando.

—¿Quién es ese? —preguntó alguien.

—El novato. El que entrena con Yet.

—¿Ese? ¿El que apenas sabía sostener la espada?

—El mismo.

—No puede ser.

Yet sonreía. Una sonrisa de orgullo.

—Ese es mi alumno —murmuró para sí mismo.

La pelea continuaba.

Kairós bloqueó un ataque. Respondió con otro. Uriel lo esquivó. Contraatacó. Kairós lo esquivó a su vez.

Pero algo iba mal.

Kairós lo sentía en cada fibra de su cuerpo. Esta pelea era diferente a todo lo que había vivido. Los monstruos eran predecibles. Tenían patrones. Una vez que los aprendías, podías anticiparlos.

Los humanos no.

Uriel cambiaba. Se adaptaba. Cada vez que Kairós creía entender su ritmo, él lo rompía. Cada vez que intentaba anticipar su movimiento, él hacía otro completamente diferente.

Era incómodo. Era desconcertante. Era… humano.

Kairós cometió un error.

No fue un error grande. Fue mínimo. Un desplazamiento de un centímetro menos de lo necesario. Un ángulo ligeramente abierto.

Uriel lo vio.

Su espada no buscó el golpe directo. Buscó el desequilibrio. Un toque en la muñeca de Kairós, justo en el momento en que su peso se desplazaba hacia adelante.

Kairós sintió cómo la espada se le escapaba de los dedos. Cómo el mundo se inclinaba. Cómo el suelo se acercaba.

Cayó de espaldas. El impacto le sacudió la espalda. El polvo lo envolvió.

Silencio.

El círculo de espectadores contuvo la respiración.

Uriel se acercó. Se detuvo junto a él. Extendió una mano.

Kairós la miró un momento. Luego, sonrió.

—Joder —dijo, y cogió la mano.

Uriel lo ayudó a levantarse. Lo miró fijamente. En sus ojos, por primera vez, Kairós vio algo que no había visto antes.

Respeto.

—Bien —dijo Uriel.

Solo eso. Una palabra.

Pero para Kairós, fue suficiente.

Se sacudió el polvo. Miró a Uriel. Iba a dejar que se fuera, pero algo le detuvo.

—Uriel —dijo.

El chico lo miró.

—Gracias. Por lo del otro día. Por lo del espíritu.

Uriel no respondió. Pero algo en su mirada cambió. Como si estuviera esperando más.

Kairós frunció el ceño. Un recuerdo borroso. Una frase. Algo importante que Uriel había dicho después de eso. Pero no podía recordarlo. Era como una sombra en su mente, algo que sabía que estaba ahí pero no podía tocar.

—También… —dudó—. También dijiste algo más. Después de eso. Pero no lo recuerdo. Es… es como si se hubiera borrado.

Uriel lo miró fijamente. Sus ojos, esos ojos oscuros que siempre parecían ver más de lo que decían, recorrieron el rostro de Kairós. Y en ellos, por un instante, hubo un destello de comprensión.

Como si supiera. Como si entendiera por qué Kairós no podía recordar.

—El fuerte —dijo Uriel, con su voz baja y calmada— pelea contra el fuerte.

Kairós lo miró.

—El fuerte protege al débil. Nunca al revés.

Uriel sostuvo su mirada.

—Tú eres fuerte.

Y dicho eso, se giró. Caminó hacia su rincón habitual, donde nadie lo molestaba, donde siempre estaba solo. No miró atrás.

Yet se acercó corriendo, jadeando ligeramente por la emoción.

—¡Kairós! ¿Estás bien? —preguntó, aunque ya había visto que sí.

—Sí. —Kairós seguía mirando hacia donde Uriel se había ido—. Sí, estoy bien.

Yet siguió su mirada.

—Nunca lo había visto así —dijo en voz baja—. Tan serio. Tan concentrado. Como si estuviera midiéndote.

—Me estaba midiendo —dijo Kairós.

—¿Y qué conclusión sacó?

Kairós sonrió. Una sonrisa cansada, pero real. Las palabras de Uriel aún resonaban en su mente.

—Que todavía tengo mucho que aprender.

Yet se rió.

—Bienvenido al club.

Siguieron entrenando un rato más, pero Kairós no podía quitarse de la cabeza una idea.

Pelear contra humanos era diferente. Más impredecible. Más peligroso.

Y si algún día tenía que hacerlo de verdad… necesitaría estar preparado.

Pero también pensaba en otra cosa.

Uriel lo había llamado fuerte. Y por un momento, solo un momento, Kairós se lo creyó.

—

Kairós se quedó un rato más en el Campo, pero el cuerpo empezaba a pedirle clemencia. No era el dolor insoportable de los siete días—ese ya lo conocía—sino el cansancio acumulado de horas de movimiento, de bloqueos, de caídas.

Se despidió de Yet con un gesto.

—Me retiro —dijo—. Gracias por hoy.

Yet lo acompañó hasta la salida del Campo.

—Oye —dijo, antes de que Kairós se alejara—. Una cosa.

—¿Qué?

—Pude ver tu velocidad. Has mejorado un montón, de verdad. Pero ese chico… —Yet negó con la cabeza—. Uriel es claramente más fuerte que tú. Y además… no sé, a veces su espada… —dudó—. Olvídalo. Será cosa mía.

Kairós lo miró con curiosidad, pero no insistió.

—Necesitas más ejercicio —continuó Yet—. Entrenas en casa, lo sé, pero no es suficiente. Hay una zona aquí cerca, al otro lado del Campo, donde puedes levantar pesas de piedra. Bloques, barras, cosas así. Sirve para ganar fuerza.

—¿Y la agilidad?

—Los espadachines necesitamos las dos cosas. Fuerza para que los golpes duelan, agilidad para que lleguen. —Yet le dio una palmada en el hombro—. Si solo entrenas velocidad, acabarás como yo: esquivando bien pero sin poder tumbar a nadie.

Kairós sonrió.

—Gracias, Yet. Mañana vengo temprano. A la misma hora.

—Allí estaré.

Se separaron. Kairós se alejó cojeando, pero con una determinación nueva.

—

El mercado de Ferren bullía con su ruido habitual.

Kairós se dirigió primero a la tienda de ropa de combate. El mismo sitio de siempre, el mismo tendero con la cicatriz en la mejilla.

—Otra vez tú —dijo el hombre al verlo—. La ropa anterior ya no sirve, ¿eh?

—Se rompió.

—Claro. Siempre se rompe. —El hombre señaló los estantes—. ¿Qué necesitas?

Kairós eligió dos conjuntos completos: camisa negra, pantalón elástico, zapatos de suela de goma. Lo mismo de siempre, pero con una calidad ligeramente superior.

—También quiero guantes —dijo.

—¿Guantes? ¿Para qué?

—Para no dejar huellas. Para proteger las manos. Para todo.

El hombre asintió y sacó una caja. Guantes de cuero, negros con detalles rojos, de esos que cubrían toda la mano hasta la muñeca.

—Dos pares —dijo Kairós.

—Veinte de plata todo junto.

Kairós pagó sin regatear. Guardó la ropa en una bolsa y salió.

La siguiente parada fue una tienda de ropa normal. Nada de combate, nada especial. Solo ropa de diario.

Buscó abrigos. De cuero, resistentes, que aguantaran el uso diario y quizás algún que otro roce. Encontró tres que le gustaron. Dos negros, sencillos, funcionales. Y uno negro con detalles dorados, un poco más elegante, para ocasiones especiales.

—Cinco de plata —dijo la vendedora.

Kairós pagó. Le quedaban setenta y cinco de plata en el bolsillo. Suficiente.

Salió de la tienda y miró el cielo. El sol empezaba a declinar. El naranja sucio del atardecer teñía las nubes de sulfuro.

Una última parada.

La herrería de Brann olía a carbón y metal caliente. El sonido del martillo contra el yunque llegaba desde el fondo, rítmico, constante.

Nay estaba en el mostrador, limpiando una daga con un trapo. Al ver a Kairós, sonrió.

—¡Relojero! Hacía días que no te veía. ¿Cómo estás?

—Vivo —dijo Kairós—. Y necesito una espada.

Nay arqueó una ceja.

—¿Otra vez? ¿Qué pasó con la anterior?

Kairós sacó la vaina vacía y la puso sobre el mostrador. La carcasa, el cuero gastado, los restos de lo que había sido su compañera.

—Se partió —dijo, con una sencillez que sorprendió incluso a él mismo.

Nay cogió la vaina. La examinó con atención.

—Esto es raro —murmuró—. Estas espadas no se rompen así. En menos de un mes… tendrías que haberle dado un uso muy intensivo.

—Fue un uso intensivo —dijo Kairós.

Nay lo miró un momento. No preguntó. Los del orfanato sabían cuándo no preguntar.

—Bueno, da igual —dijo, dejando la vaina a un lado—. Vamos a probar algunas.

Desapareció tras el taller y volvió con varias espadas envueltas en paños. Las fue colocando sobre el mostrador, una a una.

—Esta es larga, de dos manos —dijo, mostrando una hoja enorme—. Mucho peso, mucha fuerza, pero lenta. Para alguien que quiere machacar enemigos grandes. ¿Te interesa?

Kairós la sopesó. Demasiado pesada. Le costaría moverse con ella.

—Siguiente.

Nay asintió y la apartó.

—Esta es más ligera. Estilo ropera. Rápida, precisa, para estocadas. Pero contra enemigos duros… no corta bien.

Kairós la probó. Demasiado ligera. La recordaba a su primera espada, la que se había partido. No le servía.

—Siguiente.

—Esta es una katana —dijo Nay, mostrando una hoja curva de un solo filo—. Muy equilibrada, rápida, buen corte. Pero requiere técnica. No es para novatos.

Kairós la sostuvo. Era cómoda. Ligera pero sólida. Pero algo le decía que no era lo que buscaba.

—¿Y esta? —señaló otra, similar pero un poco más larga.

—Ah, esta es una tachi. Más larga que la katana, un poco más pesada. Se usa mucho para combates a caballo, pero en tierra también funciona. El filo es resistente, el equilibrio… —Nay la sopesó—. Es mi favorita, la verdad.

Kairós la cogió. La hoja era ligeramente curva, de unos 70 centímetros de largo. Pesaba más que la katana, menos que la de dos manos. Se ajustaba a su mano como si hubiera sido hecha para él.

Recordó las moles. Su tamaño, su resistencia. Necesitaba algo que pudiera cortar con fuerza, pero también con rapidez. La tachi… la tachi era perfecta.

—¿Cuánto? —preguntó.

—Setenta y tres de plata.

Kairós hizo cálculos rápidos. Le quedaban setenta y cinco. Justo.

—¿Puedo probarla?

Nay sonrió.

—Para eso están.

Salieron al pequeño patio trasero de la herrería. Kairós desenvainó. La hoja brilló bajo la luz gris. Hizo unos cuantos movimientos básicos. Tajos. Estocadas. Desplazamientos.

La espada respondía. Pesaba, sí, pero era un peso controlable. Un peso que prometía contundencia.

—Me la quedo —dijo.

Volvieron al interior. Kairós contó las monedas. Setenta y tres de plata. Las puso sobre el mostrador. Le quedaban dos.

—Justo —murmuró.

—Justo —confirmó Nay—. Pero buena elección. Esa te durará más que la anterior.

—Eso espero.

Nay señaló la vaina vacía que Kairós había dejado sobre el mostrador.

—¿Quieres que te haga una vaina nueva? La vieja no sirve para esta hoja.

—¿Cuánto?

—Para ti, nada. Buena voluntad con mi mejor cliente.

Kairós sonrió.

—Gracias.

—No me las des. Solo recuerda de dónde vienen tus espadas cuando seas famoso.

—Lo haré.

Nay desapareció tras el taller y volvió con una vaina nueva. De cuero negro, con refuerzos metálicos en los bordes. La espada encajó perfectamente.

—Listo.

Kairós se la colgó al cinto. El peso era diferente al de antes. Más sólido. Más prometedor.

—Y de paso —dijo Nay, señalando hacia el fondo—. Mi tío Brann quería saludarte. Dice que el reloj que le arreglaste sigue funcionando perfectamente.

—Dile que me alegro.

—Se lo diré.

Kairós se despidió. Salió de la herrería con la nueva espada al cinto y el peso justo en el bolsillo.

—

El sol se había ocultado casi por completo. Las farolas de vapor empezaban a encenderse, proyectando su luz naranja sobre los adoquines. La noche se acercaba.

Kairós caminaba despacio, sopesando la nueva espada, cuando un murmullo a su izquierda llamó su atención. Un grupo de curiosos se había detenido en la acera, y en el centro, una mujer de cabello cobrizo como el atardecer ignoraba con elegancia a un hombre arrodillado que le ofrecía un ramo.

—Señorita, su belleza merece un poema… —balbuceaba el tipo.

Ella lo miró con una mezcla de hastío y diversión, y Kairós alcanzó a oír su respuesta, dicha con una voz que era miel y acero:

—Querido, Seraphine Aurvandel no recibe declaraciones de quienes confunden la admiración con la cursilería. Vuelve cuando sepas conjugar el verbo merecer.

El hombre se quedó con la boca abierta, y ella, sin dignarse a mirarlo, continuó su paseo. Por un instante, sus ojos se cruzaron con los de Kairós. Él sintió un escalofrío que no supo explicar, pero ella ya seguía su camino, dejando tras de sí un rastro de perfume a vainilla y algo más.

Kairós negó con la cabeza, divertido.

—Menuda tipa —murmuró.

Siguió andando, pero no pudo evitar echar un vistazo atrás. Ella ya se había perdido entre la multitud.

El sol se había ocultado casi por completo. Las farolas de vapor empezaban a encenderse, proyectando su luz naranja sobre los adoquines. La noche se acercaba.

Kairós caminaba despacio, sintiendo el peso de las bolsas en las manos y la nueva espada en el cinto. El cuerpo le dolía, pero era un dolor conocido. Aceptable.

Mientras avanzaba, no pudo evitar escanear las sombras de los callejones. Recordaba a aquella pareja de mimics del otro día, y aunque no vio nada sospechoso, la sensación de ser observado lo acompañó hasta la siguiente esquina.

Fue entonces cuando lo sintió.

Un calor en el bolsillo.

Metió la mano y sacó el Diario. El libro estaba caliente, más de lo normal. Lo abrió.

La tinta apareció, pero no era su letra habitual. Era temblorosa. Desigual. Como si alguien estuviera escribiendo con mano poco firme.

Oeeee —decía—. Kiarooooos.

Kairós frunció el ceño.

—¿Diario?

Sí, yo. El libro. Tu favorito.

—¿Dónde estabas? Llevas todo el día sin aparecer.

Me fui de fiesta, niño.

—¿De fiesta?

Sí, a celebrar otro día más de vida. Las libras me invitaron. Unas preciosidades, la verdad. Pero resultó que tenían pareja. Las dos.

Kairós parpadeó.

—¿Y?

Y tuve que pelear contra otros dos idiotas. Los aplasté, por supuesto. Soy un libro magnífico. Hip.

—¿Estás… borracho?

¿Yo? No. Un poco. Bueno, no mucho en realidad. Creo. Nada más fueron unas… no sé… ¿tres botellas de tinta? Hip.

Kairós se pasó una mano por la cara. No sabía si reír o llorar.

—Los libros no se emborrachan.

Este libro sí. Somos especiales. Hip.

—¿Y para qué apareces ahora?

El Diario tardó un momento en responder. La tinta hizo un garabato que parecía un libro tambaleándose.

Por cierto, Kairós… ¿podemos ir a la tienda de antigüedades?

—¿Para qué?

Esa máscara que tienes… aunque aguanta, no le queda mucho. Está abollada, rayada, casi hecha polvo. Necesitas una nueva. Por si acaso.

Kairós miró hacia el cielo. Las primeras estrellas empezaban a aparecer.

—¿Ahora?

No, no ahora. Pero pronto. Cuando puedas. Aparte… igual hay más cosas allí. Hip. O puedes volver después. Como quieras.

Kairós negó con la cabeza. Una sonrisa se le escapaba.

—Vale. Mañana lo miramos.

Bien. Bien. Pues nada… yo me voy a dormir. Adiós.

—Espera…

Pero el Diario ya no respondía. Las páginas se quedaron en blanco. Un pequeño garabato de un libro con una burbuja de “Zzz” apareció y luego desapareció.

Kairós guardó el libro. Sacudió la cabeza, todavía sonriendo.

—Libro de mierda —murmuró.

Siguió caminando hacia casa.

La noche caía sobre Ferren.

Faltaban horas para la reunión.

Pero él estaba listo.

O al menos, lo estaría.

Por: Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo