FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 68
- Inicio
- FRAGMENTS OF WILL
- Capítulo 68 - Capítulo 68: Capítulo 66 - La reunión – Parte 2
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 68: Capítulo 66 – La reunión – Parte 2
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 66 – La reunión – Parte 2
Tres minutos para las once y cuarenta y siete.
Kairós y 15-17 permanecían en las sombras, observando la entrada del almacén. La luna, casi llena, iluminaba la noche con una luz pálida y enfermiza. El viento arrastraba el olor a metal y a ese algo químico que impregnaba toda la zona de los Pulmones.
15-17 rompió el silencio.
—Escucha con atención —dijo, su voz baja pero clara tras la máscara de ave—. Te voy a explicar las reglas de las reuniones. Las dicta el sistema. No las discutimos. Solo las seguimos.
Kairós asintió, sin apartar la vista de la entrada.
—Número uno —continuó 15-17—. Cuando entremos, activaremos un metrónomo. Un tick por segundo. Eso marca el inicio formal de la reunión. Desde ese momento, contamos quince minutos exactos.
—¿Quince minutos?
—Exactos. Ni uno más, ni uno menos. Cuando el metrónomo marque el final, la reunión termina. Todos se retiran. Sin excepciones.
Kairós asintió otra vez.
—Número dos. La reunión dura quince minutos. Ya lo dije. Pero es importante: cuando termina, termina. No te quedes. No intentes hablar con nadie después. El sistema no te protegerá fuera de este lugar.
—Entendido.
—Número tres. Apenas inicie la reunión, te presentas. Solo con tu número. Nada más. “33-33”. Eso es todo. No nombres, no descripciones, no historias. Solo el número.
—Vale.
—Número cuatro. El anfitrión—quien haya convocado la reunión—preguntará dos cosas. Primero: si alguien conoce a otros asistentes. Responde con sinceridad. Si conoces a alguien, lo dices. Si no, también. El sistema lo sabe. Mentir no sirve.
Kairós frunció el ceño tras la máscara.
—¿El sistema puede saber si miento?
—Sí. Y te penalizará. No preguntes cómo. Solo no mientas en eso.
—Entendido.
—Segunda pregunta del anfitrión: si hay novatos. Novato, para nosotros, es alguien que nunca ha participado en una reunión. Si es tu primera vez, lo dices.
—Lo soy.
—Lo sé. Por eso te lo explico.
15-17 hizo una pausa. El viento sopló. Un cartel oxidado crujió a lo lejos.
—Número cinco —continuó—. La reunión es completamente segura. La interfaz nos protege. Nadie puede atacarte aquí. Nadie puede rastrearte. Es… un espacio neutral. Confía en eso.
—¿Y si alguien rompe las reglas?
—El sistema se encarga. No quieres saber cómo. Créeme.
Kairós tragó saliva.
—¿Y cómo protege la zona? Quiero decir, ¿solo la nave o…?
—Una vez que el metrónomo se activa, el sistema sella todo el perímetro. No puede entrar nadie más. No puede salir nadie antes de tiempo. Y dentro, las identidades son borrosas, las voces distorsionadas, las intenciones hostiles… simplemente no funcionan. —15-17 se encogió de hombros—. No sé cómo lo hace. Tampoco me importa. Solo sé que nunca ha fallado.
—¿Y tú conoces a alguien que haya intentado violar las reglas?
Silencio.
15-17 tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era más grave.
—No. Y los que lo intentaron… bueno, dejaron de ser un problema. El sistema no perdona. No te recomiendo averiguar cómo. Desde que entré en este mundo, otros iluminados me advirtieron: jamás violes una sola regla. Yo no lo he hecho. No tengo curiosidad por saber qué pasa.
Kairós asintió. No preguntó más.
—Número seis. Los novatos pueden hacer tres preguntas. Sobre nuestro mundo, sobre los iluminados, sobre lo que sea. Pero solo tres. Elige bien.
—¿Y los veteranos?
—Los veteranos podemos hacer una pregunta. Solo una. Así que elige bien la tuya también.
—¿Y cómo respondemos?
—Como quieras. Pero siempre con la verdad. —15-17 lo miró fijamente—. Siempre. El sistema lo sabe. Si mientes, te penaliza. Pero ojo: hay preguntas que no se pueden responder. Las que revelen la identidad de otro, o pongan en peligro a alguien. Si te hacen una pregunta así, no puedes responderla. Y quien la hizo, pierde su intento.
Kairós asintió, procesando.
—Número siete. Los últimos cinco minutos son para intercambio de información. El anfitrión propondrá un tema. Se discute dos minutos y medio. Luego otro tema, dos minutos y medio. Puedes participar o quedarte callado. Nadie te obliga.
—¿Y si no tengo nada que decir?
—Te callas. Así de simple.
Silencio.
El viento seguía soplando. Kairós miró su reloj. Faltaba un minuto.
—Eso es todo —dijo 15-17—. ¿Preguntas?
Kairós lo pensó un momento.
—¿Tú has estado en muchas?
—Algunas.
—¿Siempre son así? ¿Siempre seguras?
15-17 tardó en responder.
—Siempre. El sistema no falla. Pero… —dudó—. Lo que pase después de la reunión, ya no es problema del sistema.
Kairós asintió. Luego, aprovechando el momento, preguntó:
—La otra noche. En la fisura. Me salvaste. ¿Por qué?
15-17 se quedó quieto un momento. Cuando respondió, su voz era más baja. Casi incómoda.
—Digamos que… estoy obligado a salvar novatos.
—¿Obligado? ¿Por quién?
—No puedo decírtelo. Pero confía en que si vuelves a meterte en problemas, y yo estoy cerca… haré lo mismo.
Kairós quiso preguntar más, pero 15-17 levantó una mano.
—No insistas. No es el momento.
Kairós entendió.
—Gracias —dijo.
—No me las des. Solo sigo las reglas.
—Una última cosa —dijo Kairós—. ¿Cómo funciona el sistema para elegirnos? Quiero decir, ¿por qué estoy yo aquí? ¿Por qué estos cinco?
15-17 tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonaba pensativa.
—La mayoría de las veces, el sistema cita a una persona. Esa persona se convierte en anfitrión. Luego, el anfitrión puede elegir a otros dos. Si no hay elegidos, se seleccionan al azar entre los iluminados cercanos a su posición. Y esos dos, a su vez, pueden invitar a otros dos. Pero si no lo hacen… el sistema completa los cinco con más aleatorios.
—¿Y para qué? —preguntó Kairós—. ¿Para mantenernos informados?
—Eso dicen. —15-17 se encogió de hombros—. Pero yo creo que es para otra cosa. Para que nos conozcamos. Para que nos llevemos bien. Para que, cuando todo esto estalle, haya alianzas ya formadas. El sistema nos está preparando para algo, 33-33. No sé para qué. Pero lo hace.
El reloj de Kairós marcó las once y cuarenta y siete.
—Vamos —dijo 15-17.
Se levantaron. Caminaron hacia la puerta del almacén.
La reunión comenzaba.
—
La puerta del almacén se cerró tras ellos con un chirrido metálico.
Kairós dio un paso adelante y notó algo extraño. Su voz, su cuerpo… todo se sentía… borroso. Como si una niebla invisible lo envolviera. Miró sus manos y apenas podía distinguirlas, como si fueran un recuerdo de sí mismo.
—Es el sistema —susurró 15-17 a su lado, pero su voz llegaba distorsionada, metálica, como si hablara desde el fondo de un pozo—. Nos protege. Nadie puede reconocernos aquí.
Kairós asintió. Distinguió las siluetas de otras tres figuras en las esquinas de la nave. Todas igual de borrosas, todas irreconocibles.
—Ve a esa —dijo 15-17, señalando la esquina opuesta a la entrada.
Kairós se movió en silencio. Sus pasos apenas resonaban en el suelo de cemento. Cuando llegó a su posición, se pegó a la pared y esperó.
Cinco. Él era el quinto.
El silencio se hizo absoluto.
Y entonces, una de las figuras—la de la esquina noroeste—se movió. Rápida. Decidida. Caminó hasta el centro de la nave y, sin mediar palabra, colocó algo en el suelo.
Un metrónomo.
El pequeño mecanismo empezó a funcionar. Tick. Tick. Tick. Un sonido seco, preciso, que marcaba el ritmo de la reunión. Kairós sintió cada tick en el pecho, como un segundo corazón que le recordaba que el tiempo se escapaba. No era solo un reloj. Era una promesa: quince minutos. Ni uno más.
El anfitrión.
—La reunión comienza ahora —dijo. Su voz también distorsionada, irreconocible—. Once cuarenta y siete. Quince minutos. Las reglas las conocen.
Hizo una pausa. El metrónomo seguía. Tick. Tick. Tick.
—Primero. Preséntense. Solo el número. Empezando por mi izquierda.
La figura de la esquina noreste habló.
—11-82.
Kairós parpadeó. El anfitrión, probablemente.
La siguiente. Esquina sureste.
—15-17.
La siguiente. Esquina suroeste.
—28-29.
La voz sonaba ligeramente más joven, aunque con la distorsión era difícil saberlo. Otro novato, quizás.
Y luego, todos los ojos—bajo esas máscaras borrosas—se giraron hacia Kairós.
—33-33 —dijo, intentando que su voz sonara firme.
La última figura, la que había permanecido en silencio, habló.
—20-02.
El anfitrión asintió. O eso pareció.
—Bien. Segunda cuestión. ¿Alguien conoce a otro asistente fuera de esta reunión?
Silencio.
El metrónomo seguía. Tick. Tick. Tick.
—¿Nadie? —insistió el anfitrión.
Nadie respondió.
—Correcto. Tercera cuestión. ¿Hay novatos?
Kairós dudó un instante. Luego, recordando las palabras de 15-17, habló.
—Yo. Es mi primera vez.
La voz de 28-29 se unió.
—La mía también.
El anfitrión asintió otra vez.
—Dos novatos. Bien. Recordad: tenéis derecho a tres preguntas cada uno. Los veteranos, a una. Las preguntas se harán durante los próximos minutos. Los últimos cinco serán para intercambio libre.
El metrónomo marcaba los segundos. Tick. Tick. Tick.
Kairós sintió el peso del tiempo. Diez minutos para preguntar. Luego, cinco de intercambio.
Tres preguntas. Tres oportunidades para entender este mundo en el que había caído. Y quizás, si tenía suerte, para entender también lo que le pasó aquel día. El 18 de Umbral. Ese vacío que aún le dolía en la memoria.
La reunión había comenzado.
—
El metrónomo seguía su ritmo implacable. Tick. Tick. Tick.
El anfitrión—11-82—dio un paso al frente.
—Bien. Turno de preguntas. Empezamos por los veteranos. Uno por uno. Orden de números, del más bajo al más alto.
Kairós hizo el cálculo rápido. 15-17, luego 20-02, luego él, luego 28-29, luego el anfitrión. Los veteranos eran los de números más bajos.
—20-02 —dijo el anfitrión—. Tiene la palabra.
La figura de la esquina suroeste—20-02—se irguió ligeramente. Su voz, distorsionada, sonó con una urgencia contenida.
—Busco información sobre una pareja de mimics. Hombre y mujer. Alguien me encargó asesinarlos. Sé que están en Ferren.
Silencio.
El metrónomo seguía. Tick. Tick. Tick.
Kairós sintió el peso de la pregunta. Los mimics. Esas cosas que había visto anoche. Devorando a esa pareja en el callejón.
Esperó. Nadie más habló. La pregunta era para cualquiera que tuviera información.
—¿Nadie? —preguntó 20-02, con un deje de frustración.
Kairós tragó saliva. Decidió hablar.
—Yo los vi.
Todas las miradas—esas siluetas borrosas—se giraron hacia él.
—La última vez que los vi fue anoche. Casi madrugada, al inicio de este día. —Hizo una pausa, recordando—. Devoraron a una pareja de personas. Un hombre y una mujer, jóvenes. Ocurrió cerca de un callejón, a mitad del mercado central.
Silencio.
—Tenían facciones muy guapas —añadió Kairós—. Atractivos. Por eso pasaban desapercibidos.
El metrónomo siguió su curso. Tick. Tick. Tick.
Pasaron unos segundos. Luego, la voz de 20-02, más calmada:
—Gracias.
Kairós asintió, aunque sabía que no podían verlo.
El anfitrión retomó la palabra.
—Siguiente veterano. 15-17.
15-17 se movió ligeramente.
—Mi pregunta es para los novatos, especialmente. ¿Alguno de vosotros ha tenido contacto con el Historiador?
Kairós sintió un escalofrío.
El metrónomo siguió. Tick. Tick. Tick.
Por : Hanzonex
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com