FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 71
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Capítulo 71: Capítulo 71: La Danza en la nieve
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 71: La Danza en la nieve
La luna llena reinaba sobre la montaña.
Blanca. Impoluta. Como un ojo divino que lo observaba todo desde lo alto del cielo estrellado. La nieve caía en silencio, copos diminutos que se arremolinaban con el viento antes de posarse sobre la roca, sobre los árboles retorcidos, sobre la sangre que ya empezaba a teñir el blanco de rojo.
Kairós llevaba horas avanzando.
Horas subiendo por la ladera, esquivando, matando, sobreviviendo. El frío calaba hasta los huesos, pero su cuerpo—ese templo forjado en siete días de infierno—ya no se quejaba. Solo existía. Solo se movía.
Otra grieta. Otro día. Otro maldito mes buscando.
Un mes y medio. Desde aquella reunión, desde que supo que existían los Soñadores, no había hecho otra cosa. Fisura tras fisura, grieta tras grieta, matando Disonantes de todos los tipos, acumulando fragmentos, volviéndose más fuerte. Pero del gusano que le robó el 18 de Umbral… ni rastro.
—Tiene que estar en algún lado —murmuró mientras esquivaba un ataque—. Tiene que.
La máscara nueva—la de estrellas—cubría su rostro. El abrigo negro con detalles dorados, el mismo que había comprado hacía un mes y medio, estaba manchado de sangre. La suya, en su mayoría, mezclada con la negra de los enemigos. Un corte en el costado. Otro en el brazo izquierdo. Nada grave. Nada que no pudiera soportar.
VIDA: 68%
Suficiente.
A su alrededor, los enemigos no dejaban de llegar.
Serpientes negras, de esas que se camuflaban entre las rocas y la nieve con sus escamas blancas en el lomo. Se deslizaban en silencio, atacaban por sorpresa, mordían y se retiraban. Kairós ya había matado a doce. Pero seguían viniendo.
Pequeños sapos blancos, horribles, con ojos saltones y piel que parecía de hielo. Cuando los aplastaba—porque no había otra forma—su interior era negro como la tinta, y apestaban a podredumbre. Eran lentos, fáciles de esquivar, pero numerosos. Siempre numerosos.
Y en el aire, lo peor.
Pájaros con caras humanas.
Sus cuerpos eran de ave, sí, plumas negras y blancas que se confundían con la tormenta. Pero sus cabezas… sus cabezas eran humanas. Rostros demarcados, con ojos vacíos, sin expresión, como si alguien les hubiera arrancado el alma y hubiera dejado solo la cáscara. Volaban en círculos, esperando el momento.
Kairós había visto cosas horribles en sus siete días de asedio. Pero estos… estos estaban en el top tres.
—Malditos pájaros —murmuró mientras esquivaba un ataque en picado.
La Tachi se levantó. El pájaro-cara cayó partido en dos.
Pero ya venían otros tres.
—¿Cuántos llevas esta vez? —la voz del Diario sonó en su mente, más despierta que en las últimas semanas. El libro había estado inusualmente callado durante este mes y medio de cacería intensiva, como si observara, aprendiera, se maravillara.
—No sé. Perdí la cuenta hace rato.
—Yo sí llevo la cuenta. Ciento cuarenta y siete Disonantes en cuarenta y cinco días. Una media de tres al día. Sin contar los de hoy. —Una pausa—. Parece que hubieras estado haciendo esto toda la vida, Kairós. Como si llevaras milenios matando monstruos.
Kairós no respondió. Mató a otro pájaro.
Y entonces, una voz.
No era un chillido. No era un rugido. Era una voz humana. Calmada. Casi amable.
—Estás rodeado.
Kairós se giró.
Al otro lado del claro, de pie sobre una roca cubierta de nieve, había un hombre.
Vestía ropas normales. Abrigo oscuro. Pantalones de montaña. Botas. Su rostro era… normal. Atractivo, incluso. Podría haber sido un viajero perdido, un montañero, cualquiera.
Pero Kairós ya había visto esa normalidad antes.
Mimic.
—Dame ese fragmento —dijo el hombre, con esa misma voz calmada—. Solamente debes entregar tu vida. Y ya.
Kairós no respondió. Apretó la Tachi.
El Mimic sonrió. Una sonrisa perfecta. Demasiado perfecta.
—Tres de Grado II me costó conseguir esta forma —continuó—. Tres iluminados que creyeron que podían conmigo. Pero ninguno tenía lo que tú tienes. Ese brillo… ese fragmento tan especial en tu pecho.
Señaló a Kairós. Directo al punto donde el fragmento de Elyra latía bajo su piel.
—Dámelo. Y te dejaré ir.
—Mientes —dijo Kairós.
El Mimic se rió. Una risa humana. Incómodamente humana.
—Claro que miento. Pero tenía que intentarlo. Es lo que hacemos los míos, ¿no? Mentir. Imitar. Engañar.
Kairós lo miró fijamente. Los pájaros-cara seguían dando vueltas arriba. Las serpientes se deslizaban entre las rocas. Los sapos esperaban.
—¿Sabes? —dijo el Mimic, dando un paso adelante—. Llevo un mes observándote. Un mes entero espiándote en Ferren.
Kairós sintió un escalofrío que no venía del frío. Un mes. Si este Mimic lo había estado espiando, quizás también había visto algo. Quizás sabía algo de los Soñadores.
—Te vi con la niña. La de las gafas rotas. Tan mona ella, dibujando sus pajaritos. —El Mimic sonrió con nostalgia—. Me recordó a un niño que conocí una vez. Él y su hermanita. Pequeños. Indefensos.
Su mirada se perdió un momento, como si recordara.
—Pusieron resistencia, ¿sabes? El hermano tenía un cuchillo. Pequeño, de cocina. Me cortó el brazo antes de que pudiera… bueno. —Se encogió de hombros—. Me los comí igual. Sabían bien. No tenían fragmentos, pero… ¿qué se le va a hacer? El hambre es el hambre. Y un Mimic necesita comer.
Kairós apretó la mandíbula. La sangre le hervía. Pero también, en algún lugar frío de su mente, calculaba. Este Mimic llevaba un mes observándolo. Si había visto algo sobre los Soñadores, tenía que sonsacárselo antes de matarlo.
—Así que cuando te vi a ti, con ese fragmento tan brillante… supe que tenía que esperar. Buscar el momento. Y hoy, cuando entraste en esta grieta… te seguí.
El Mimic abrió los brazos, como abarcando el paisaje nevado.
—Bonito lugar para morir, ¿no? La nieve, las estrellas, la luna. Casi poético.
Kairós no respondió. Pero su mano izquierda, imperceptiblemente, se llevó al costado. Al corte. A la sangre que aún manaba lentamente.
VIDA: 62%
Todavía no.
—Los Reflejos atacan la mente —dijo Kairós, con voz calmada—. Tú atacas el cuerpo. Son familia, ¿no?
—Algo así —admitió el Mimic—. Primos, podría decirse. Misma esencia, diferentes talentos.
—Pues entonces…
Kairós se lanzó hacia adelante.
La Tachi silbó en el aire helado. El Mimic la esquivó por un pelo, sus movimientos sorprendentemente ágiles para algo que parecía humano.
—¡Oye, oye! —rió—. ¡Así no se juega!
Contraatacó con una velocidad que Kairós no esperaba. Sus manos—esas manos perfectas—se alargaron, se deformaron, se convirtieron en garras. Le rasgaron el abrigo, le abrieron un corte en el hombro.
Kairós rodó, se levantó, la espada lista.
VIDA: 58%
Las serpientes atacaron. Tres a la vez. Las cortó. Los sapos saltaron. Los pisó. Los pájaros-cara se lanzaron en picado. Los esquivó.
El Mimic no esperó. Cargó otra vez.
Kairós bloqueó. La Tachi cantó contra las garras. Chispas. Dolor. Retrocedió.
—Esa espada —dijo el Mimic, con admiración—. Conduce el aura de puta madre. La mejoraste en el mercado negro, ¿verdad? Bonitos grabados.
Kairós no respondió. Solo se movió.
Atacó bajo. El Mimic saltó. Atacó alto. El Mimic se agachó. Era como si supiera lo que iba a hacer. Como si hubiera visto sus movimientos antes.
—Llevo un mes observándote, idiota —dijo el Mimic, esquivando otro tajo—. Conozco tus movimientos. Tus patrones. Tus mañas. Esa finta que haces con el hombro antes de atacar. Esa pausa que te tomas cuando dudas. Todo.
Golpeó el costado de Kairós con un puño convertido en maza. Kairós sintió cómo las costillas crujían. Voló por los aires, impactó contra una roca, cayó en la nieve.
VIDA: 52%
Se levantó. Escupió sangre. La nieve a su alrededor se tiñó de rojo.
—¿Sabes lo que más me gusta de los humanos? —dijo el Mimic, acercándose lentamente—. Que son tan predecibles. Tanto dolor. Tanta rabia. Y siempre, siempre, repiten los mismos errores.
Kairós jadeaba. El frío mordía sus heridas. La sangre no dejaba de manar.
VIDA: 49%
Pero su mente no se detenía. Calculaba. Esperaba. El Mimic estaba cerca. Muy cerca. Y él necesitaba respuestas.
—Los Soñadores —dijo Kairós, con voz entrecortada—. ¿Sabes algo de ellos?
El Mimic se detuvo. Una ceja perfectamente esculpida se arqueó.
—¿Los gusanos de los Reflejos? ¿Para qué quieres saber eso, humano?
—Respóndeme.
El Mimic sonrió. Una sonrisa cruel.
—¿Crees que voy a contarte algo? Eres mi presa, no mi confidente.
—Entonces no me sirves para nada.
La luna brilló más intensamente.
Las estrellas, arriba, parpadearon al unísono.
Las sombras—esas sombras que lo habían guiado en el asedio—surgieron de la nieve, alargándose, bailando a su alrededor.
El Mimic se detuvo. Por primera vez, algo parecido a la duda cruzó su rostro perfecto.
—¿Qué…?
Kairós sonrió bajo la máscara.
—Ahora sí —susurró.
Danza bajo la luz de la Luna.
Se movió.
El Mimic intentó seguirle. Lo consiguió, al principio. Sus ojos—esos ojos entrenados para cazar—siguieron la trayectoria de Kairós mientras las sombras lo desplazaban de un lado a otro.
—¡Te veo! —gritó, lanzando un zarpazo—. ¡Te veo, idiota!
El golpe pasó de largo. Kairós ya no estaba allí.
Las sombras lo movieron otra vez. Y otra. Y otra.
El Mimic rugió de frustración. Sus brazos se agitaban como látigos, buscando un blanco que no encontraba.
—¡No puedes esconderte! ¡Soy un Mimic! ¡Soy una máquina de combate! ¡He matado a cientos como tú!
Kairós apareció frente a él. Justo a un metro. Demasiado cerca.
El Mimic sonrió.
—Gracias por acercarte.
Sus garras se alargaron.
Y entonces Kairós activó Estrella Radiante.
El metro que los separaba se convirtió en su reino.
Sintió cómo el aura se le escapaba a chorros, cómo el mundo se inclinaba, pero no le importó. Un metro era suficiente.
El Mimic lo vio. Vio cómo su ataque, antes letal, se volvía lento. Terriblemente lento. Vio cómo Kairós—ese humano al que había espiado durante un mes—se movía a su alrededor con una facilidad insultante.
Kairós no se movió.
No parpadeó.
Solo lo miró. Directo a los ojos. Sin miedo. Sin prisa. Como si el ataque no fuera con él. Como si estuviera en otro lugar, en otro tiempo, viendo algo que el Mimic no podía ver.
La garra estaba a centímetros de su cara.
Y entonces, sin transición, sin explicación, Kairós ya no estaba allí.
El Mimic sintió un escalofrío. Una brisa fría en la nuca. Quiso girarse, quiso entender, pero ya no tenía cabeza para hacerlo.
Su cuerpo se desplomó.
Detrás, Kairós envainaba la Tachi. La nieve, a su alrededor, seguía cayendo. Impasible. Eterna.
—Bailar con la muerte es una bella danza —murmuró—. La única donde aprendes a no pisarle los pies.
Silencio.
Kairós levantó la vista al cielo estrellado. La luna, impasible, lo bañaba con su luz plateada. Cerró los ojos.
Detrás de él, un río de sangre—negra de ellos, roja de él—se extendía ladera abajo, brillando como un espejo roto bajo la luz de la luna. El cuerpo del Mimic yacía inerte, su forma perfecta deshecha, devuelta a la masa amorfa que siempre había sido.
No rezó. No era de rezos. Pero por un momento, solo un momento, inclinó la cabeza.
Por las almas que ese monstruo había devorado. Por los niños con cuchillos de cocina que no tuvieron su misma suerte. Por todos los que no pudieron bailar.
Luego abrió los ojos.
—Un metro —murmuró—. Después de tantas pruebas… un metro.
El Diario, desde su bolsillo, escribió tembloroso:
—Joder… lo has dominado. En mes y medio has pasado de novato que tropezaba con su propia espada a esto… si no fuera porque te conozco, juraría que eres un reencarnado de mil años.
Kairós no respondió. Miró el cuerpo del Mimic. Entre los restos de su forma—esa masa deforme que ya no se parecía a nada humano—algo brillaba.
Un fragmento. Especial. Diferente a los demás. Palpitaba con una luz dorada, cálida, como un corazón diminuto.
Kairós lo cogió con mano temblorosa. Lo sostuvo un momento, sintiendo su calor, su poder.
—Un fragmento de Grado III —murmuró—. De un Mimic.
Se lo guardó en el bolsillo.
Pero además de eso, algo más. Entre los restos, un pequeño objeto. Diminuto. Como una crisálida vacía. Kairós lo reconoció al instante. Lo había visto en los libros, en las descripciones de la reunión.
Un capullo de Soñador. Vacío. Ya usado.
—Mierda —susurró—. Llegué tarde.
El Diario se asomó mentalmente.
—¿Eso es…?
—Sí. Debió alimentarse de alguien hace tiempo. Pero al menos sé que están aquí. En esta zona. Los Soñadores. En algún lado tiene que haber uno con mi día.
Luego miró atrás.
La nieve estaba teñida de rojo. Un río de sangre—su sangre, la de los enemigos, la del Mimic—se extendía ladera abajo, brillando bajo la luz de la luna.
Era hermoso y horrible al mismo tiempo.
Kairós suspiró.
Un suspiro largo, profundo, de quien ha estado conteniendo la respiración durante horas.
El Diario, desde su bolsillo, se abrió solo.
Un mes y medio ha pasado —escribió—. Y sí que has mejorado, mocoso.
Kairós sonrió cansado.
Pero aún así, casi te mata un Mimic.
—Normal —dijo Kairós, con la voz rota—. Esa cosa se mueve diferente a los demás Disonantes.
—¿Diferente cómo?
—Se mueven como humanos. —Kairós se tocó el costado, la herida—. Tal vez por algo se convierten en nosotros.
El Diario no respondió. Pero en sus páginas, un pequeño garabato de un libro asintiendo apareció y desapareció.
Kairós se levantó. Las piernas le temblaban, pero lo sostuvieron.
—Vamos a casa —dijo.
¿A casa? ¿Después de esa paliza?
—Sí. La cría va a pegarme. Y Leinett también, si llego tarde otra vez. Prometí volver temprano hoy.
Que te peguen. Prefiero eso a otra hora aquí.
Kairós sonrió. Guardó la Tachi. Se ajustó la máscara.
Y empezó a bajar la montaña.
La nieve seguía cayendo.
La luna, impasible, lo iluminaba.
Y en su bolsillo, junto al fragmento del Mimic, la crisálida vacía le recordaba que la búsqueda no había terminado. El Soñador con su día estaba en algún lugar. Y él lo encontraría.
—El 18 de Umbral —murmuró—. Voy a recuperarte, maldita sea.
Detrás de él, un río de sangre y un fragmento especial esperaban a ser recordados.
…
Por: Hanzonex
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