FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 70
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Capítulo 70: Capítulo 70 – El viejo que sabía demasiado
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 70 – El viejo que sabía demasiado
Kairós permaneció en silencio.
La máscara de estrellas en una mano. La otra, aún apoyada en el mostrador. El anciano, al otro lado, lo miraba con esa calma inquietante de quien tiene todo el tiempo del mundo.
El Diario, en su bolsillo, ardía. Pero no dijo nada.
El silencio se alargó. Un segundo. Dos. Tres. Solo el tic-tac lejano de algún reloj roto en las estanterías rompía la quietud.
El anciano sonrió. Como si el silencio fuera parte de la conversación.
—Pero en qué estábamos —dijo, con esa voz cascada que parecía venir de muy lejos—. Ah, sí. El trueque. ¿Aceptas?
Kairós parpadeó. Volvió al presente.
—¿No tendré que pagar nada? —preguntó, desconfiado.
—No, no. Aquí sí hay que pagar. —El anciano negó con la cabeza, divertido—. Lo gratis era cambiar tu máscara vieja por la nueva. Eso sí. Pero para la niña… mejor pagar un precio.
—¿Cuánto?
—Unas monedas de cobre. Nada que te arruine.
Kairós asintió. Era barato. Y sería un bonito detalle.
Volvió a mirar la caja de máscaras. Esta vez buscaba algo diferente. Algo para Liana.
Tenía que ser sencillo. Nada que llamara la atención. Algo que la protegiera sin hacerla destacar. Algo que… que fuera como ella.
Y entonces la vio.
Una máscara de cuero claro, casi marfil. Tenía grabados diminutos en los bordes: flores mecánicas, con sus pétalos y sus engranajes, como las que ella misma creaba con sus manos. No era recargada. Era delicada. Sutil.
Pero al mismo tiempo, era ella.
—Esta —dijo Kairós, señalándola.
El anciano asintió con aprobación.
—Tienes buen ojo, niño. Siempre lo has tenido. Para ver las cosas buenas y raras de esta tienda. —La cogió y se la tendió—. Seguramente así sea para lo demás también.
Kairós la sostuvo. Pesaba poco. Pero se sentía… importante.
Pensó en Liana. En sus manos rápidas, en sus gafas rotas, en cómo había llegado a su vida para cambiarlo todo. Esta máscara era para ella. Para protegerla. Para recordarle que, pase lo que pase, no estaría sola. Apretó el cuero un momento antes de guardarla. “
Mientras buscaba las monedas en el bolsillo—solo le quedaban dos de plata y unos cobres sueltos—el anciano siguió hablando.
—El diario —dijo, con tono casual—. También te contó su historia, ¿no? La de los mil años de soledad.
Kairós se quedó quieto. La mano, dentro del bolsillo, dejó de buscar.
El anciano no esperó respuesta.
—Sabes, siempre fingía que no lo escuchaba cuando estaba aquí. Pero era un buen acompañante. Contaba historias. Tonterías, la mayoría. Pero amenizaba las tardes. —Sonrió, con cierta nostalgia—. Cuando supe que te lo llevaste… entendí que su verdadero dueño había venido a reclamarlo.
—¿Su verdadero dueño?
—Por algo lo puse en la zona más oculta de la tienda. Detrás de todo. Y tú… tú lo encontraste sin esfuerzo. Como si supieras exactamente dónde mirar.
Kairós sintió un escalofrío.
—Lo mismo con esas dos máscaras —continuó el anciano, señalando las que Kairós sostenía—. La de las estrellas. La de las flores. No las había visto nadie en años. Y tú llegas y las eliges como si te estuvieran esperando.
Silencio.
Un silencio denso. Pesado. Como el que precede a una tormenta.
Kairós tragó saliva. Miró al anciano. A sus ojos pequeños y vivos detrás de esas gafas tan gruesas.
—Tú… —dijo, con voz baja—. Tú no eres un viejo cualquiera.
El anciano sonrió. Esa sonrisa desdentada. Pero ahora, bajo la luz tenue de la tienda, parecía diferente.
—No, niño. No lo soy.
Kairós no preguntó más. No hizo falta.
El anciano cogió la máscara vieja—la que Kairós había usado en el asedio—y la examinó con atención. Pasó los dedos por las marcas, por los arañazos, por las abolladuras.
—Sabía que te protegería —murmuró—. Cuando te la llevaste, supe que sería suficiente.
Hizo una pausa. Sus ojos se estrecharon.
—Veamos… marcas de velocidad. Quemaduras. —Señaló unas manchas oscuras—. Estas son de rocas, supongo. Lanzadores. Y estos rasguños… —tocó unas líneas finas—. Epsilon. Beta. Muchos. Muchísimos.
Kairós no respondió. No podía.
El anciano siguió examinando. Su expresión cambió. Se volvió más seria.
—Pero esto… —dijo, señalando unas marcas más profundas, casi como si la máscara hubiera sido arañada desde dentro—. Esto es diferente.
Levantó la vista. Sus ojos, por primera vez, mostraron algo que no era calma.
—Vaya, vaya —dijo, en voz baja—. Fuiste marcado por un Grado IV.
Silencio.
El anciano negó con la cabeza.
—Definitivamente, tu mala suerte es muy, muy, muy mala.
Kairós sintió que el suelo se inclinaba.
El Diario, en su bolsillo, ardía como una brasa.
Pero ninguno de los dos dijo nada.
Solo el anciano, con su sonrisa desdentada, esperando.
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 70: El viejo que sabía demasiado (Final)
Kairós permaneció en silencio.
La máscara de estrellas en una mano. La otra, aún apoyada en el mostrador. El anciano, al otro lado, lo miraba con esa calma inquietante de quien tiene todo el tiempo del mundo.
El Diario, en su bolsillo, ardía. Pero no dijo nada.
El silencio se alargó. Un segundo. Dos. Tres. Solo el tic-tac lejano de algún reloj roto en las estanterías rompía la quietud.
El anciano sonrió. Como si el silencio fuera parte de la conversación.
—Pero en qué estábamos —dijo, con esa voz cascada que parecía venir de muy lejos—. Ah, sí. El trueque. ¿Aceptas?
Kairós parpadeó. Volvió al presente.
—¿No tendré que pagar nada? —preguntó, desconfiado.
—No, no. Aquí sí hay que pagar. —El anciano negó con la cabeza, divertido—. Lo gratis era cambiar tu máscara vieja por la nueva. Eso sí. Pero para la niña… mejor pagar un precio.
—¿Cuánto?
—Unas monedas de cobre. Nada que te arruine.
Kairós asintió. Era barato. Y sería un bonito detalle.
Volvió a mirar la caja de máscaras. Esta vez buscaba algo diferente. Algo para Liana.
Tenía que ser sencillo. Nada que llamara la atención. Algo que la protegiera sin hacerla destacar. Algo que… que fuera como ella.
Y entonces la vio.
Una máscara de cuero claro, casi marfil. Tenía grabados diminutos en los bordes: flores mecánicas, con sus pétalos y sus engranajes, como las que ella misma creaba con sus manos. No era recargada. Era delicada. Sutil.
Pero al mismo tiempo, era ella.
—Esta —dijo Kairós, señalándola.
El anciano asintió con aprobación.
—Tienes buen ojo, niño. Siempre lo has tenido. Para ver las cosas buenas y raras de esta tienda. —La cogió y se la tendió—. Seguramente así sea para lo demás también.
Kairós la sostuvo. Pesaba poco. Pero se sentía… importante.
El anciano, mientras tanto, observaba sus manos. La forma en que sostenía la espada. La tensión en sus dedos. La postura.
—Bella Tachi —dijo, con tono apreciativo—. Creo saber dónde la compraste. Nay, ¿verdad? Buen chico. Buen herrero. —Hizo una pausa—. Pero tu postura indica que es nueva. Eso significa que usaste otra antes. Una espada de novato.
Kairós no respondió.
El anciano señaló la máscara vieja, la que había examinado antes.
—Viéndole el historial a esta hermosa máscara, y viendo cómo tiemblas al tocar la Tachi… tus manos, tu postura… sí, tiene sentido. Una espada de novato. La usaste hasta romperla. Y luego viniste por esta.
Kairós apretó la mandíbula.
El anciano sonrió.
—Tranquilo. No es malo. Es parte del camino.
Se levantó lentamente, con esa parsimonia de los muy viejos, y desapareció tras una cortina al fondo de la tienda. Kairós oyó ruidos de cajones, de objetos arrastrados.
Cuando volvió, traía algo en las manos.
Un pequeño estuche de cuero. Lo abrió sobre el mostrador.
Dentro, una docena de cuchillos diminutos. No eran grandes—apenas del tamaño de un dedo—pero estaban perfectamente equilibrados. Algunos con forma de hoja, otros más afilados, como estiletes.
—Un juego de cuchillos lanzables —dijo el anciano—. Pequeños. Ligeros. Se lanzan con la mano o con los pies si aprendes. Pueden salvarte la vida en más de una ocasión. —Lo miró—. Tres monedas de cobre. Llévatelos.
Kairós dudó.
—¿Por qué?
—Porque los necesitas. Y porque me caes bien.
Kairós no dijo nada. Pero asintió.
El anciano se recostó en su silla. La madera crujió.
—Bueno —dijo, con tono nostálgico—. ¿En qué estábamos? Ah, sí. El Diario. El habla mucho, ¿no? Ya te lo dije.
Kairós no respondió. Pero el anciano siguió igual.
—Un día llegó a mi tienda. Hizo puff. Así, de la nada. Claro, escapó de la gran bestia. No podía ser un diario normal. Por eso lo conservé. Lo dejé ahí, en un rincón, esperando. —Sonrió—. Me alegra que te ayude. Te haya ayudado. Es un buen compañero.
Kairós tragó saliva.
—¿Por qué me dices todo esto?
El anciano lo miró fijamente. Sus ojos, pequeños y vivos, se clavaron en los suyos. Por un instante, la tenue luz de la tienda pareció oscurecerse a su alrededor, como si las sombras mismas le obedecieran.
—Niño —dijo, con una calma aterradora—. Si quisiera matarte, podría haberlo hecho horas antes de que llegaras aquí.
Luego, la luz volvió a la normalidad, y el anciano era solo un viejo otra vez. Sonrió, desdentado, como si nada hubiera pasado.
Kairós sintió un escalofrío.
Pero no movió la mano de la espada.
El anciano esperó.
Pasaron unos segundos. Luego, lentamente, Kairós relajó los dedos. Apartó la mano de la Tachi.
—Sabes que es verdad —dijo el anciano—. Así que relájate. Solo soy un viejo que vende cosas. Y que habla demasiado.
Kairós respiró hondo. Metió la mano en el bolsillo y sacó las monedas de cobre.
Y entonces…
El anciano se quedó mirando una de ellas.
Su mano, que había cogido las monedas con total despreocupación, se detuvo en el aire. Sus dedos acariciaron una pequeña pieza de metal. La más oscura. La que tenía un grabado casi imperceptible en el borde.
—Niño —dijo, con una voz diferente—. ¿Me estás pagando con la moneda equivocada?
Kairós frunció el ceño.
—¿Qué?
El anciano levantó la moneda. La sostuvo entre el pulgar y el índice, dejando que la tenue luz de la tienda bailara sobre su superficie.
—Esto… —murmuró—. Esto no es una moneda de cobre corriente.
Kairós sintió un escalofrío.
El anciano lo miró fijamente.
—¿Por qué entregas el tesoro de tu casa, niño? —preguntó, con una mezcla de asombro y algo que parecía respeto—. ¿Sabes lo que es esto?
Kairós negó con la cabeza, sin palabras.
El anciano suspiró. Como si el peso de los años se le viniera encima.
—Esto es de la Casa de los Guardianes. Los Thornen. Los que juraron proteger a la princesa real.
El mundo se detuvo.
Kairós abrió la boca. No salió ningún sonido.
—¿Qué…? —acertó a decir.
—¿QUÉÉ? —la voz del Diario explotó en su mente, tan fuerte que le zumbaron los oídos—. ¡¿QUÉ HA DICHO?!
El anciano no añadió nada más. Solo siguió mirando la moneda, pasando los dedos por su superficie, como si acariciara un recuerdo.
Kairós no podía moverse. No podía pensar. Solo miraba esa moneda. La moneda del Historiador. La que había estado guardada en su cajón. La que no había cogido. La que no debería estar en su bolsillo.
Pero estaba.
Y el anciano la reconocía.
—Ve con cuidado, niño —dijo el viejo, en voz baja—. Tu sangre… tu sangre es más antigua de lo que crees.
Guardó las otras monedas. La de los Thornen la dejó aparte, sobre el mostrador, como si no se atreviera a mezclarla con las demás.
—Llévatela —dijo—. No es mía. Nunca lo fue.
Kairós cogió la moneda con mano temblorosa. La sostuvo un momento, sintiendo su peso, su frialdad, su historia.
Luego la guardó en el bolsillo. Sin mirar atrás.
Salió de la tienda.
La noche lo recibió con su manto de estrellas y su luna casi llena.
Pero él no las vio.
Solo veía la moneda en su mente.
Solo oía las palabras del anciano.
La Casa de los Guardianes. Los Thornen.
Los que juraron proteger a la princesa real.
El Diario, en su bolsillo, no dijo nada más.
Pero su calor… su calor era más intenso que nunca.
Kairós caminó hacia casa.
Sin saber que, en su bolsillo, una moneda que no había cogido ardía con la misma fuerza que su corazón.
Fin del primer acto – bienvenidos a Darsalia.
El Diario, en la oscuridad del bolsillo, escribió una última línea con letra temblorosa:
Bienvenidos a Darsalia. Un lugar donde los relojeros matan monstruos, las crías usan dagas, los ancianos saben demasiado y los libros… los libros tenemos que aguantar todo esto. Qué putada. Y qué bonito. Ñi-ñi-ñi.
Por : Hanzonex
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