FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 76
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Capítulo 76: Capítulo 76 – Lecciones en la nieve
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 76 – Lecciones en la nieve
Si es que combate se le puede llamar.
Yet se acercó de frente, rápido, directo, con esa sonrisa de idiota que siempre llevaba puesta. La nieve volaba a su alrededor, pero él no parecía notarlo. Solo miraba a Kairós, desafiante, como un perro que sabe que va a morder el hueso antes de que se lo tiren.
Kairós se lanzó a la misma velocidad.
O un poco más rápido. Siempre lo hacía. Desde que empezaron a entrenar juntos, había aprendido a contenerse, a ir solo un paso por encima de Yet. Lo suficiente para empujarlo, para desafiarlo, para que mejorara. Y Yet había mejorado. Un puto montón, en estos meses.
La espada de madera de Kairós silbó en el aire. Un tajo limpio, controlado, el tipo de ataque que Yet ya debería poder esquivar.
Y Yet lo esquivó.
Rodó por el suelo, sobre la nieve, rápido como una anguila. Kairós se giró para seguir el movimiento, la espada ya buscando el siguiente ángulo—
PUM.
Una bola de nieve le explotó en la puta cara.
Kairós parpadeó, cegado un instante. El frío, la sorpresa, la absoluta estupidez de que un tío de veinticinco años le hubiera lanzado una bola de nieve en un sparring… todo se mezcló en ese segundo de distracción.
Fue suficiente.
Yet ya estaba ahí. Su mano encontró la pierna de Kairós en el punto exacto, una presión precisa en la rodilla, un giro de cadera, y el mundo se inclinó.
Kairós cayó de espaldas contra la nieve. El impacto le sacudió la espalda, pero lo que más le dolió fue el orgullo.
Yet, de pie sobre él, sonreía como un idiota.
—Un movimiento —dijo—. Te lo avisé.
Kairós se quedó mirando el cielo gris, los copos de nieve cayendo sobre su cara. Jadeó una vez. Dos veces.
—Diablos —murmuró—. Me derrotó en un movimiento. El bastardo no mentía.
Desde el borde del Campo, Liana soltó una risa. Una risa pequeña, agotada, pero genuina.
Y Kairós, a pesar del frío, a pesar de la derrota, a pesar de todo, sonrió.
—
Yet ayudó a Kairós a levantarse y luego se giró hacia Liana, que seguía en el borde del Campo, recuperando el aliento después de las diez vueltas.
—Bueno, cría —dijo, acercándose—. Toca enseñarte algo con esos cuchillos.
Liana se incorporó rápidamente, los ojos brillando.
Yet se encogió de hombros, rascándose la nuca.
—Antes que nada, te advierto: no sé mucho de cuchillos. Ni de estilos con cuchillos. Mi fuerte siempre fue la espada, y ya ves cómo me va. —Señaló a Kairós con el pulgar—. Si quieres aprender bien, tendrás que buscar en la biblioteca de Ferren o algo así.
—Lo sé —dijo Liana, con una seguridad que sorprendió a ambos—. Ya lo busqué. He ido practicando en casa.
Yet arqueó una ceja.
—¿En serio? ¿Y qué tienes?
Liana desenfundó uno de los cuchillos de su pierna. Lo sostuvo con la mano derecha, el filo hacia arriba, el pulgar apoyado en la empuñadura. Luego hizo un movimiento rápido: un giro de muñeca, el cuchillo cambiando de posición, listo para lanzar o para cortar.
Yet silbó, impresionado.
—Vaya. La cría ha estado estudiando.
—Un poco.
—Bueno, pues entonces enséñame lo que tienes. Practiquemos.
Las horas pasaron.
El sol fue ascendiendo lentamente sobre el Campo, filtrándose entre las nubes grises de Eco. La nieve seguía cayendo, pero más suave ahora, casi una brisa blanca que se posaba sobre sus hombros sin insistencia.
Yet y Liana practicaban movimientos básicos: agarres, posiciones, formas de lanzar. Liana era torpe al principio, pero aprendía rápido. Sus manos, esas manos rápidas que Kairós tanto admiraba, se adaptaban al peso del cuchillo con una facilidad que sorprendía incluso a Yet.
Kairós, sentado en una piedra, los observaba. De vez en cuando miraba su muñeca, viendo pasar los minutos. Pero no tenía prisa. Este era el momento que Liana necesitaba.
Cuando el sol estuvo en su punto más alto—el mediodía, aunque en Eco el mediodía parecía siempre un atardecer—un ruido llamó su atención.
No era un ruido fuerte. Era el sonido familiar de cuerpos cayendo sobre la nieve, de espadas de madera golpeándose, de risas y quejidos. El sonido habitual del Campo.
Pero había algo más. Una figura que se movía entre los grupos, rápida, precisa, dejando tras de sí una estela de gente en el suelo.
Uriel.
Como siempre. Enseñando. Aceptaba sparring de cualquiera que se lo pidiera: niños que venían a aprender, adultos que creían saber, pobres, ricos, daba igual. A todos les daba una lección, y a todos les dejaba una enseñanza.
Hoy se acercaba hacia ellos.
Kairós se levantó. Yet dejó de practicar con Liana. Los tres lo vieron llegar.
Uriel se detuvo frente a Yet. Hizo una pequeña reverencia, lenta, respetuosa.
Yet, sin dudar, se la devolvió. Exactamente igual.
Luego Uriel los miró a los tres. Sus ojos oscuros, impasibles, se posaron en Liana.
Por un instante, solo un instante, su mirada se detuvo en las dagas que ella llevaba en las piernas. Luego volvió a su rostro.
—Sparring —dijo, con su voz baja y calmada—. Por favor.
Liana tragó saliva. Sus ojos se abrieron como platos detrás de las gafas rotas.
—¿Yo? —su voz sonó aguda, casi un chirrido—. Pero si apenas soy nueva…
Kairós sonrió. Le puso una mano en el hombro.
—Tranquila. Prueba. El sparring con Uriel es… bueno, es una experiencia.
—¿Divertida? —preguntó Liana, con esperanza.
—Digamos que aprendes rápido. O te duele rápido. Una de dos.
Yet soltó una risa. Liana lo miró con una mezcla de terror y determinación.
—Vale —dijo al fin, con voz temblorosa pero firme.
Se colocaron en posición. Uriel, frente a ella, con su espada de madera en la mano. Liana, con un cuchillo en cada mano, las rodillas ligeramente dobladas, recordando las posturas que había practicado en casa.
Uriel atacó.
Pero no a su velocidad habitual. Bajó el ritmo. Lo suficiente para que Liana pudiera verlo venir. Un tajo lateral, controlado, casi amable.
Liana lo esquivó. Un paso lateral, rápido, instintivo. La nieve crujió bajo sus pies. El cuchillo en su mano derecha buscó un contraataque—demasiado pronto, demasiado abierta, el brazo extendido sin control.
Uriel lo vio. Su mano libre atrapó la muñeca de Liana, tiró, y la cría salió volando por los aires. Dio una voltereta improvisada sobre la nieve y cayó de espaldas, el impacto amortiguado por el manto blanco.
—Te abriste demasiado —dijo Uriel, sin emoción—. Espera el momento indicado.
Liana se incorporó, sacudiéndose la nieve del abrigo. Su cara estaba roja, pero no de vergüenza. De emoción.
—Gra… gracias —logró decir.
Uriel asintió. Una vez. Luego se giró hacia Yet.
—Sparring.
Yet suspiró, resignado.
—Oye, yo hoy no quiero. ¿Sabes lo que me costó ganarle a Kairós? Primera vez que le gano a alguien más fuerte en años. Lo derribé en un movimiento. —Señaló a Kairós con orgullo—. Pregúntale.
—Lo vi —dijo Uriel—. Lo hiciste excelente, Yet.
Yet sonrió, satisfecho.
—Pues eso, que hoy—
—Sparring —repitió Uriel.
Yet resopló.
—Ya, ya…
Se colocaron en posición.
Uriel atacó. A su velocidad normal. La que hacía que la mayoría de la gente ni siquiera lo viera venir.
Yet aguantó.
Un movimiento. Bloqueó. Dos. Esquivó. Tres. Respondió con un tajo. Cuatro. Aguantó la posición. Cinco.
En el sexto, Uriel encontró el hueco. Un giro rápido, un golpe seco en las piernas de Yet, y el eterno aprendiz cayó de espaldas sobre la nieve.
Yet se quedó mirando el cielo gris, jadeando. Los mismos copos que habían visto caer a Kairós hacía unas horas, ahora caían sobre él.
Uriel lo miró desde arriba.
—Tienes un aguante excepcional —dijo, con su voz calmada—. Deberías aprovecharlo.
Yet no respondió. Pero en su mente resonó una palabra. Escudo. Su viejo amor, el que había abandonado por la espada. ¿Y si…?
Algo en su mirada cambió. Como si una pieza que llevaba años buscando hubiera encajado por fin en su sitio.
—Gracias —dijo en voz baja.
Uriel asintió. Luego se giró hacia Kairós.
Se miraron.
Sin palabras, sin necesidad, ambos se colocaron en posición.
El Campo entero pareció contener el aliento. Los otros entrenadores, los que habían estado observando desde lejos, se acercaron. Sabían lo que venía.
Kairós y Uriel.
Dos de los mejores del Campo.
Y comenzaron.
Los movimientos fueron rápidos, precisos, casi coreografiados. Ataque y defensa, ataque y defensa, una danza de madera y nieve. Kairós lanzaba un tajo, Uriel lo esquivaba por centímetros. Uriel respondía, Kairós bloqueaba justo a tiempo. Giraban, se desplazaban, buscaban ángulos imposibles.
La nieve volaba a su alrededor. Los golpes de las espadas resonaban en el aire frío.
Liana miraba con los ojos como platos. Yet, incorporándose, susurró:
—Esto no es un sparring. Esto es una puta batalla real.
Pasaron segundos. Diez. Veinte. Treinta. Los dos seguían en pie, sin ceder terreno.
Y entonces Kairós cometió un error.
Sintió confianza. Vio una abertura, un hueco en la defensa de Uriel, y se lanzó hacia adelante con todo.
Uriel no intentó bloquear. No intentó esquivar.
Movió su espada. Rápido, un solo movimiento, levantando un manto de nieve del suelo.
Kairós atravesó la cortina blanca.
Y cuando salió al otro lado, ya era tarde.
Uriel estaba donde no debía. Su espada golpeó las piernas de Kairós, desequilibrándolo. El mundo se inclinó.
Kairós cayó de espaldas contra la nieve. Por segunda vez en el día.
Uriel lo miró desde arriba. Sin burla. Sin orgullo. Solo con esa expresión suya, impasible.
—Exceso de confianza —dijo.
Y sin añadir nada más, se giró y se alejó.
Caminó entre los otros entrenadores, que se apartaban a su paso, y desapareció tras una duna de nieve, hacia su rincón habitual.
Silencio.
Liana fue la primera en hablar.
—Es… es increíble.
Yet asintió, todavía procesando.
—Sí. Lo es.
Kairós se quedó mirando el cielo gris. Los copos de nieve caían sobre su cara. Otra vez.
Pero esta vez, no sonrió.
Reflexionaba.
Exceso de confianza.
Tenía razón.
…
Mientras ambos estaban en el piso, mirando el cielo gris, Kairós lanzó al aire:
—¿Cuándo podré darle al menos un golpe contundente? Hasta ahora todos los golpes han sido amortiguados o contraatacados.
Yet, a su lado, también boca arriba, soltó una risa cansada.
—No es por nada —dijo—, pero ese movimiento de mover la espada y hacer esa cortina de nieve… es diferente. Ese chico nunca hace eso. —Giró la cabeza para mirar a Kairós—. Creo que vio nuestra pelea. La de la bola de nieve, digo. Y le gustó la idea. Joder, el puto Uriel aprendiendo de mí.
Kairós se rió. Una risa baja, ronca, pero genuina.
—Menudo honor.
—Ya ves.
Se levantaron lentamente, sacudiéndose la nieve de los torsos desnudos. Los moretones, los cortes, las marcas de batalla brillaban bajo la luz gris. Pero ambos sonreían.
Fueron a tomar un descanso junto a una roca, apartados del bullicio del Campo. Liana, en cambio, no paró.
La cría se había quedado en el centro, practicando sola. Lanzaba sus dagas contra un árbol cercano, una y otra vez. Corría a recogerlas, volvía a su posición, las lanzaba otra vez. Sus movimientos eran cada vez más fluidos, más precisos. La coordinación era excelente—manos rápidas, ojos atentos, cuerpo en equilibrio.
Yet la observó un rato, admirado.
—Tiene talento —dijo—. Esas manos… son como las tuyas cuando arreglas relojes. Supongo que son talentos de relojeros.
—Lo son —respondió Kairós—. Pero ella las lleva al siguiente nivel.
—Ya ves. La cría va a ser mejor que nosotros dos juntos.
—Eso espero.
Se quedaron en silencio un momento, viendo a Liana practicar. La nieve seguía cayendo, suave, eterna.
Entonces Yet habló. Su voz era diferente. Más baja. Más seria.
—Oye, Kairós.
—¿Mmm?
—¿Recuerdas ese día que me dieron esa paliza? La que me dejó las costillas hinchadas. Tú me ayudaste, me llevaste al banco, hablamos.
Kairós asintió. Lo recordaba perfectamente.
—Después de eso —continuó Yet—, te conté que empecé a ver cosas raras, ¿no? Sombras moviéndose, grietas en el aire, cosas así.
—Sí.
Yet dudó. Miró a su alrededor. Los otros entrenadores estaban lejos. Liana, concentrada en sus dagas, no podía oírlos.
Se inclinó un poco hacia Kairós. Su voz fue apenas un susurro.
—No le cuentes a nadie, pero…
Yet se quedó callado. Sus ojos, normalmente llenos de esa luz de idiota optimista, ahora tenían algo diferente. Algo que Kairós reconoció al instante.
Miedo.
O expectación.
O las dos cosas.
—¿Pero qué? —preguntó Kairós, en voz baja.
Yet tragó saliva.
—Sigo viéndolas.
El silencio se hizo más denso. La nieve siguió cayendo.
Kairós lo miró fijamente. Vio a su amigo, al eterno aprendiz, al que llevaba seis años fracasando y sonriendo. Y ahora lo veía diferente.
—¿Desde entonces? —preguntó.
—Sí. Todas las noches. A veces de día también. —Yet se pasó una mano por la cara—. Pensé que se me pasaría. Que eran los golpes, el estrés, la mierda de siempre. Pero no se pasa. Están ahí. Siempre ahí.
Kairós no dijo nada. Solo esperó.
Yet lo miró. Directo a los ojos.
—Tú sabes algo de esto, ¿verdad?
Kairós sintió el peso de la verdad en la boca. Podía mentir. Podía decir “son imaginaciones, ve al médico”. Sería lo fácil. Lo seguro. Pero Yet era su amigo. El que le había enseñado a mover los pies. El que se había partido la cara por Paul. El que nunca, nunca, se rendía.
Adaptarse, pensó. Pero adaptarse no es lo mismo que traicionar.
La pregunta quedó flotando en el aire frío de Eco.
Liana, al fondo, seguía lanzando dagas. Una, dos, tres. Todas al centro del árbol.
Yet esperaba una respuesta.
Y Kairós, por primera vez, tuvo que decidir si decirle la verdad a su amigo.
Por: Hanzonex
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