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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 75

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Capítulo 75: Capítulo 75 – El frío antes de la tormenta

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 75 – El frío antes de la tormenta

El despertador del Kairós 1.0 sonó a las cinco de la madrugada.

Kairós abrió los ojos antes de que el tintineo terminara. No era la primera vez. Llevaba un mes entero despertándose así: de golpe, sin transición, como si su cuerpo hubiera aprendido que dormir era un lujo que no podía permitirse.

Cinco de la mañana. Había logrado dormir… ¿qué? ¿Dos horas? ¿Tres? Imposible saberlo. Las noches con los Reflejos eran largas, y aunque siempre sobrevivía, siempre despertaba con la sensación de no haber descansado nada.

—Gracias, hijos de puta —murmuró hacia el techo, como si los Reflejos pudieran oírlo.

No hubo respuesta. Solo el silencio de la habitación y, a lo lejos, el rumor amortiguado de la nieve cayendo sobre Ferren.

Se levantó. El cuerpo le dolía, pero era un dolor conocido. Aceptado. Casi bienvenido.

Fue al baño.

El espejo le devolvió la imagen de siempre: ojos grises, ojeras profundas, barba de tres días. Pero había algo más. Algo que no estaba ahí hace meses. Una distancia. Como si el hombre del espejo fuera un extraño al que conocía de vista.

Kairós se miró fijamente.

—Cada vez más lejos —susurró.

Se llevó una mano al pecho, donde el fragmento de Elyra latía bajo su piel. Un mes. Un mes de Reflejos cada noche, de casi morir, de matar sin descanso. Y la maldición seguía ahí. La estrella. El faro. Su condena.

Pero también… su fuerza.

Pero entonces, sin saber por qué, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.

No era una sonrisa feliz. Era una sonrisa de esas que se le escapaban cuando, a pesar de todo, seguía vivo.

Se lavó la cara con agua fría. El contacto helado le despejó un poco.

Luego salió al pasillo.

Primero, la habitación de Leinett. Abrió la puerta con cuidado, apenas lo justo para ver su silueta en la cama. Dormía. El pelo revuelto sobre la almohada. El pecho subiendo y bajando con esa respiración profunda de quien no tiene pesadillas.

Viva. Bien.

Cerró la puerta.

Luego, la de Liana.

Esperaba encontrarla dormida, acurrucada bajo las mantas como siempre. Era una cría, después de todo. Necesitaba sus horas.

Pero cuando abrió la puerta, la cama estaba vacía.

Kairós parpadeó. Un segundo de confusión. Luego, un segundo de alerta.

Y entonces la vio.

Liana estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle. Vestía ropa de combate—la misma que él le había comprado hacía semanas, cuando supo que ella también era una desafortunada como él. Un chaleco ligero sobre una camisa oscura, pantalones ajustados, botas con buen agarre.

En el cinturón, una pequeña daga. Y en ambas piernas, sujetas con correas de cuero, el juego de cuchillos lanzables que había comprado en la tienda del viejo.

Al oír la puerta, se giró.

Sus ojos verdes, detrás de las gafas rotas, lo miraron con una mezcla de determinación y nerviosismo.

—Jefe —dijo—. Ya desperté.

Kairós tardó un segundo en procesar.

—¿Qué haces vestida así? Son las cinco de la mañana.

—Lo sé. —Liana se encogió de hombros—. Pero si usted se levanta a estas horas, yo también. Quiero aprender. Quiero estar lista.

—¿Lista para qué?

—Para lo que venga.

Kairós la miró fijamente. Vio la pequeña daga en su cinturón. Vio los cuchillos en sus piernas. Vio sus manos, esas manos rápidas que tanto admiraba, ahora listas para algo más que dibujar pájaros de metal.

—¿Y eso? —señaló los cuchillos.

—Mi objeto personal —dijo Liana, y por un instante, su voz tuvo un orgullo que no había mostrado antes—. Como usted tiene el Diario, yo tengo esto.

Sacó del bolsillo un pequeño reloj de bolsillo. De latón, gastado, con la esfera ligeramente amarillenta. No era especialmente bonito, pero Kairós reconoció al instante lo que era.

—¿Te funciona?

—Sí. —Liana asintió—. Desde que lo supe. Puedo guardar cosas, como usted. Puedo ver el sistema. Mis estadísticas, mis recuerdos… todo. —Sonrió—. No habla, como el suyo. Pero está ahí. Es como… un compañero silencioso.

Kairós sintió algo en el pecho. ¿Orgullo? ¿Preocupación? Las dos cosas.

—¿Y sabes usarlo?

—Estoy aprendiendo. —Guardó el reloj—. Por eso quiero ir con usted hoy. Al Campo. Con Yet.

Iba a responder cuando un grito atravesó la calle.

—¡KIAROOOOOOOOS!

La voz de Yet. Inconfundible. Siempre a las cinco y cinco, siempre con la misma energía de quien lleva seis años entrenando sin rendirse. Su cabello rubio, alborotado, sería visible incluso entre la nieve.

Kairós sonrió. Una sonrisa real, esta vez.

—Hablando del rey de Roma…

—¿Rey de Roma? —preguntó Liana, confundida.

—Es una expresión. No importa. —Se giró hacia la puerta—. Vamos. Hoy te llevo conmigo.

Los ojos de Liana se iluminaron.

—¿De verdad?

—De verdad. Pero abrígate. Hace un frío de cojones.

Bajaron las escaleras. En la entrada, junto a la mesita donde siempre dejaba las llaves, había un pequeño papel doblado. Kairós lo cogió, lo desdobló un momento para confirmar que era el correcto, y se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.

El permiso. Un documento oficial que permitía “actividades de acondicionamiento físico en vías públicas durante horas de baja afluencia”. Lo había conseguido hacía semanas, por si los Galenos se les antojaba preguntar por qué dos personas—una de ellas una niña—corrían por las calles a las cinco de la madrugada. En Darsalia, hasta correr podía ser sospechoso.

Luego se vistió. Ropa de combate negra. La misma de siempre. La que olía a batalla y a supervivencia. Sin abrigo. El frío no le molestaba tanto como antes.

El Diario, en el bolsillo de su chaqueta, seguía riéndose. Kairós lo notaba en el calor, en esas pequeñas vibraciones que solo él percibía. Desde anoche, desde el ataque de los Reflejos, el libro no había parado de reírse de su desgracia.

—Ya, ya —murmuró—. Ya sé que te divierte.

—¿Puedo ir contigo? —la voz del Diario sonó en su mente, burlona.

—Es una broma, ¿verdad? Tú apareces en cualquier sitio cuando quieres.

En ese momento, sintió un peso en el bolsillo. Metió la mano y sacó el Diario. Pero no era el libro de siempre. Era una versión diminuta, en miniatura, del tamaño de una libreta pequeña. Sus páginas, reducidas, aún se movían.

—Vámonos, mi rey —escribió en una página minúscula, con letra igualmente minúscula.

Kairós negó con la cabeza. Una sonrisa se le escapó.

—Eres un libro de mierda.

—Lo sé. Y me encanta.

Se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta de combate. Ahí, encogido, apenas se notaba. Perfecto para no llamar la atención.

Liana lo observaba todo con los ojos muy abiertos.

—¿Siempre es así?

—Siempre. —Kairós abrió la puerta—. Te acostumbrarás.

Salieron a la calle.

El frío de Eco los golpeó como una bofetada.

La nieve había cuajado durante la noche. Una capa blanca y crujiente de varios centímetros cubría los adoquines, los tejados, las farolas de vapor que aún luchaban por iluminar la ciudad. Los copos siguían cayendo, suaves, casi silenciosos, creando un manto que amortiguaba todos los sonidos.

El cielo, allá arriba, era una masa gris y densa. Apenas clareaba. Las cinco y diez de la madrugada en Eco eran más oscuras que la medianoche en cualquier otro ciclo.

Liana se envolvió en su abrigo. Su vaho se congelaba en el aire casi al instante. Temblaba visiblemente, los dientes castañeteando, pero no dijo nada. No se quejó. Solo apretó la mandíbula y miró al frente.

Yet los esperaba en la esquina, dando saltitos para entrar en calor. Llevaba ropa de entrenamiento, nada más. Sin abrigo, como Kairós. Su cabello rubio, alborotado y ligeramente largo, estaba cubierto de pequeños copos de nieve. Al verlos, su cara se iluminó con esa sonrisa de idiota que siempre llevaba puesta.

—¡La cría! —exclamó, acercándose—. ¿También viene?

—También viene —confirmó Kairós.

Yet miró a Liana de arriba abajo. Vio la ropa de combate, la daga, los cuchillos. Vio el frío que la hacía temblar. Vio la determinación en sus ojos.

—Vaya, vaya —dijo, con admiración—. La cría va en serio.

—Sí —dijo Liana, con voz firme a pesar del frío.

Kairós se plantó frente a ella.

—Escúchame —dijo, con tono serio—. Hoy vamos a trotar hasta el Campo. Luego daremos diez vueltas. Tú trata de seguirnos el paso. —Hizo una pausa—. Si no puedes, no te vamos a esperar. ¿Entendido?

Liana tragó saliva. Asintió.

—Entendido.

Yet, desde atrás, saltaba y movía los brazos para entrar en calor.

—¿Preparado para hoy? —le preguntó a Kairós.

—Siempre.

—Pues vamos al lío. Primero, trotamos hasta el Campo. Son unos veinte minutos. Luego, cuando lleguemos, le damos diez vueltas completas. —Comenzó a trotar suavemente en el sitio—. Necesitamos más resistencia. Ayer fuimos a levantar al gimnasio, ¿recuerdas? Piedras, bloques, esa mierda. Hoy toca movilidad y resistencia.

—¿Y la cría? —preguntó Kairós.

Yet miró a Liana. La nieve se posaba en sus gafas rotas sin que ella hiciera nada por limpiarlas.

—La cría viene. Si aguanta, genial. Si no, ya aprenderá. —Sonrió—. Pero tiene buena pinta. Aguantará.

Kairós asintió.

—Vamos.

Y los tres empezaron a trotar calle abajo.

La nieve crujía bajo sus pies. El frío mordía la piel. Las farolas de vapor proyectaban una luz anaranjada que hacía brillar los copos un instante antes de que cayeran al suelo.

Liana, detrás de ellos, luchaba por mantener el ritmo. Sus piernas, más cortas, tenían que dar más pasos. Su respiración se volvía más agitada. Pero no se quejaba. No pedía que la esperaran.

Solo seguía.

Kairós, sin mirar atrás, sonrió.

Buena cría —pensó.

…

Diez minutos.

Eso es lo que falta para llegar hasta el Campo. Diez minutos de nieve crujiente bajo los pies, de vaho congelándose en el aire, de respiración entrecortada y músculos quejándose.

Liana aguantaba.

Jadeaba. Su cara, normalmente pálida, estaba roja como una amapola. El sudor se mezclaba con la nieve en su frente. Las gafas se le empañaban y desempañaban con cada exhalación. Pero no se detenía. No pedía que la esperaran. Solo seguía, con esa terquedad que Kairós conocía bien.

Kairós miraba su muñeca de vez en cuando. El cronómetro del Kairós 1.0 marcaba los minutos con precisión. Diez con veintitrés segundos. Diez con cuarenta y siete. Once con doce.

Buena cría —pensó—. Aguanta mejor de lo que esperaba.

Yet, trotando a su lado, aprovechó un momento en que Liana se había quedado unos pasos atrás para hablar.

—Nunca esperé tener un amigo que fuera tan famoso, ¿sabes? —dijo, con esa sonrisa suya de idiota—. Y ahora encima conozco a otra celebridad. La cría.

Kairós resopló.

—Famoso. Qué palabra tan horrible.

—Hombre, salir en todos los periódicos, que la gente te pare por la calle para preguntar por el reloj… eso es fama.

—Bueno, es parte de. —Kairós se encogió de hombros—. Por mí nunca me hubiera gustado llamar tanto la atención. Pero ella… —señaló a Liana con la barbilla—. Ella es la que quería esto. El marketing, lo llamaba.

Yet se rió.

—Pues vaya par. El rey de los relojes y su princesa de los pájaros parlantes.

—No le llames princesa. Ya tenemos suficientes problemas con la realeza.

—Bueno, bueno. —Yet aceleró un poco el paso—. Hablando de problemas, hoy te voy a ganar con un solo movimiento. Ya verás.

Kairós arqueó una ceja.

—¿Un solo movimiento?

—Un solo movimiento. Lo he estado practicando toda la semana. Una llave nueva. Cuando te descuides, zas, al suelo.

—Eso lo veremos.

Yet sonrió, desafiante.

—Prepárate, relojero.

Iba a responder cuando dos figuras aparecieron en la esquina. Uniformes grises. Capas cortas. El símbolo de la Guardia Baja en el pecho.

Kairós frenó el trote. Yet también. Liana, detrás, casi se choca con ellos.

Los dos guardias los miraron con esa mezcla de aburrimiento y autoridad que solo tienen los que llevan años haciendo el mismo trabajo.

—Motivos del estar corriendo —dijo el más alto, sin preámbulos—. ¿Huyen de algo, caballeros? ¿Damisela?

Kairós metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta. Sacó el pequeño papel doblado. Se lo tendió al guardia.

—Permiso de acondicionamiento físico. Emitido por la oficina distrital hace tres semanas.

El guardia lo cogió, lo desdobló, lo leyó con parsimonia. Su compañero, mientras tanto, observaba a Liana con curiosidad.

—¿Y la cría? —preguntó.

—También tiene permiso —dijo Kairós, señalando a Yet—. Él también.

Yet ya había sacado el suyo. Se lo tendió al segundo guardia.

Los dos intercambiaron los papeles, los leyeron, los cotejaron con alguna lista mental que solo ellos conocían.

—Todo en orden —dijo el alto, devolviendo los permisos—. Continúen. Feliz ciclo.

—Feliz ciclo —respondió Kairós, guardando el papel.

Los guardias siguieron su camino, calle abajo, perdiéndose entre la nieve.

Yet soltó el aire que había estado conteniendo.

—Todos los días lo mismo.

—Todos los días —confirmó Kairós—. Ya deberían conocernos.

—Pero no. Somos caras nuevas cada mañana. Así funciona la Guardia Baja.

Reanudaron el trote.

Liana, recuperada del pequeño susto, los alcanzó.

—¿Siempre es así? —preguntó, jadeando.

—Siempre —respondió Kairós—. En Darsalia, hasta correr es sospechoso.

Llegaron al Campo.

El espacio estaba vacío, cubierto por una capa de nieve intacta. Las huellas de los últimos entrenamientos del día anterior habían desaparecido bajo el manto blanco. Los postes de madera, los muñecos de paja, las piedras que usaban como pesas… todo parecía parte de un paisaje invernal sacado de un cuento.

Un cuento cruel, pero cuento al fin.

—Diez vueltas —dijo Yet, señalando el perímetro—. Luego empezamos.

Comenzaron a correr.

Una vuelta. Dos. Tres.

La nieve crujía bajo sus pies. La respiración de Liana se volvía más agitada, pero no se detenía.

Cuatro. Cinco. Seis.

Yet y Kairós mantenían el ritmo con facilidad. Liana, detrás, luchaba.

Siete. Ocho. Nueve.

En la novena vuelta, mientras Liana luchaba por mantener el paso, sus ojos se desviaron un instante hacia un callejón oscuro entre dos edificios. No había nada. Solo sombras. Pero ella las miró un segundo más de la cuenta, como si esperara ver algo moverse.

Luego parpadeó y siguió.

Diez.

Cuando cruzaron la línea imaginaria que marcaba el final, Liana se dejó caer al suelo. Literalmente. Se desplomó sobre la nieve, boca arriba, jadeando como si hubiera corrido una maratón entera.

—No… puedo… más… —jadeó.

Yet se rió.

—¡Y eso que solo eran diez vueltas! Cuando yo empecé, hacía veinte.

—Tú… estás… loco…

—Un poco. —Yet le tendió una mano—. Pero ahora levántate. Que no hemos empezado.

Liana lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿Cómo que no hemos empezado?

—El trote era solo el calentamiento. Ahora toca lo bueno.

Ella gimió, pero aceptó la mano y se incorporó.

Yet, mientras tanto, ya estaba saltando en el sitio, moviendo los brazos, entrando en calor.

—Vamos, Kairós. Hoy te gano con un solo movimiento. Te lo estoy avisando.

Kairós sonrió. Se acercó, y sin mediar palabra, se quitó la camisa.

El aire helado de Eco le golpeó el torso desnudo, pero no se estremeció. Su piel era un mapa de cicatrices: moretones violáceos que apenas empezaban a sanar, cortes recientes vendados, marcas antiguas de garras y cuchillas. El cuerpo de alguien que había aprendido a vivir al borde de la muerte.

Yet, imitándolo, también se despojó de la suya. Su torso era igualmente un campo de batalla: heridas viejas, costras recientes, la marca pálida de un golpe que casi le rompe las costillas hacía semanas. Seis años de fracasos y de intentos, grabados en la piel como un diario de sufrimiento.

Liana, desde un lado, los miraba con admiración. Todavía jadeando, todavía agotada, pero con una sonrisa en la cara.

Yet cogió una espada de madera del suelo. Se la lanzó a Kairós, que la atrapó sin mirar.

—Oye, Kairós —dijo Yet, mientras empuñaba la suya—. ¿Sabes qué es más importante que la técnica o la fuerza en un guerrero?

Kairós lo miró en silencio. Esperó.

—La adaptabilidad —dijo Yet—. Y la versatilidad.

Comenzó a dar pequeños brincos sobre la nieve, calentando los músculos.

—Ni el frío —dijo, señalando el cielo nevado—. Ni el calor. Ni los nervios. Ni la misma muerte. —Hizo una pausa, y su voz se volvió más grave—. Incluso la pérdida de alguien amado en el campo de batalla. Tienes que adaptarte. Si no, mueres.

Miró a Kairós fijamente.

—Eso me lo enseñó alguien una vez, de pasada. Y sabes, no creía que fuera tan cierto. Aún así, aunque no he comprobado todo esto al borde de la muerte… —sonrió, con esa sonrisa suya de idiota—. Lo he comprobado con mucho entrenamiento. Con mucho sparring. Y logré ver esa verdad. El que se adapta, sobrevive. El que no, aunque sea más fuerte, termina en el suelo.

Kairós asintió, pero en su mente resonó otra cosa. Adaptarse. Como había tenido que adaptarse al asedio. A los Reflejos cada noche. Al mensaje del Coronel. Todo era adaptarse o morir.

—Sabias palabras —dijo.

—Ya. Ojalá fuera mías. —Yet se encogió de hombros—. Pero bueno, las uso igual.

Ambos alzaron las espadas de madera.

La nieve caía suavemente a su alrededor. Sus torsos desnudos, cubiertos de pequeñas heridas y moretones, brillaban bajo la luz gris del amanecer. Símbolos de batalla y esfuerzo. Heridas que marcaban su experiencia.

Esperaron.

Un copo de nieve cayó entre ellos, lento, casi desafiante.

Yet se lanzó.

De frente. Sin miedo.

Y el combate comenzó…

En el bolsillo de Kairós, el Diario, en miniatura, escribió una línea apenas visible:

“Y yo, desde aquí, viendo cómo dos idiotas se dan de palos en la nieve. La vida es hermosa. Ňi-ñi-ñi.”

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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