FUKATSU - Capítulo 25
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Capítulo 25: ¿SI EL VALOR ES TU PODER…
El viento rugía en la cima de la montaña.
Allí, donde el aire era más delgado y el mundo parecía curvarse hacia abajo, un hombre estaba de pie sobre una roca. Inmóvil. Como si no estuviera mirando el paisaje… sino reclamándolo.
Llevaba un abrigo de piel de lobo que se movía con el viento como si estuviera vivo. A su lado, un tigre blanco, enorme, respiraba con una calma inquietante. Sus ojos no parpadeaban. Observaban.
No al mundo.
Algo más allá.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—…Así que por fin empezó.
El tigre soltó un leve gruñido, profundo, contenido.
—Lo sientes también, ¿no? —continuó el hombre, con una sonrisa apenas visible—. Ese olor… no es de este mundo.
Silencio.
El viento sopló más fuerte.
El hombre dio un paso al frente.
Y sin dudarlo…
Se lanzó.
No cayó.
Descendió.
Como un cazador que ya había elegido a su presa.
El tigre saltó tras él.
Sin miedo.
Sin dudas.
Muy lejos de allí…
Ren estaba de pie en la cima del monte más alto de la isla.
Solo.
El cielo sobre él… se movía.
No como nubes.
Como si algo lo estuviera moldeando.
Un ojo.
Gigantesco.
Formado por nubes que giraban lentamente, observándolo. No había pupila, pero la sensación era clara.
Lo estaba viendo.
Ren no bajó la mirada.
—…¿También tú?
El aire vibró.
El ojo se contrajo.
Por un instante, el mundo entero pareció contener la respiración.
Y entonces—
Ren se elevó.
Sin impulso.
Sin esfuerzo.
Simplemente dejó de pertenecer al suelo.
El viento estalló a su alrededor cuando atravesó el cielo. Las nubes se abrieron a su paso. El ojo se deformó, como si reaccionara a su presencia.
Más arriba.
Más rápido.
Más allá de lo humano.
Akane lo vio.
Desde la distancia.
—Ren…
Su voz se perdió en el viento.
El dragón bajo ella batió las alas con fuerza, intentando seguir el rastro imposible que Ren dejaba en el cielo.
Pero no era lo único que ocurría.
Muy por debajo…
La batalla continuaba.
La sombra y el demonio.
Dos presencias que no deberían existir en el mismo plano.
No había explosiones.
No había gritos.
Solo movimiento.
Velocidad.
Precisión.
Desaparecían.
Aparecían.
El espacio se doblaba a su alrededor. Los árboles se partían sin ser tocados. El aire se desgarraba con cada intercambio.
Eran iguales.
No en forma.
No en origen.
Pero sí en poder.
Akane los observó un segundo más.
Solo uno.
Y eso bastó para entender algo que no quería aceptar.
—…No puedo hacer nada ahí.
Sus dedos se tensaron sobre las riendas improvisadas.
La curiosidad la quemaba.
Quería quedarse.
Quería entender.
Quería ver quién ganaría.
Pero no podía.
No era su batalla.
—Lo siento… —murmuró, sin saber a quién.
Y el dragón respondió.
Giró en el aire.
Se alejó.
El mundo volvió a abrirse frente a ella.
Praderas.
Rocas.
Vacío.
Y entonces lo vio.
La montaña.
La más alta de la isla.
El punto donde el rastro de Ren… desaparecía.
Akane entrecerró los ojos.
Y levantó la mirada.
El ojo en el cielo.
Ahora lo veía claramente.
No era una ilusión.
No era magia común.
Era algo que observaba.
Algo que… esperaba.
Akane tragó saliva.
—¿Qué eres…?
El dragón rugió suavemente.
Como si también lo sintiera.
Akane apretó las riendas.
—Vamos.
No fue una orden.
Fue una decisión.
El dragón batió las alas con fuerza.
Ascendieron.
El aire se volvió más frío. Más denso. Más pesado.
Pero Akane no dudó.
Algo había cambiado en ella.
No fue durante el viaje.
No fue al ver a Ren.
Fue en la pelea.
En el momento en que decidió enfrentar algo que sabía que no podía vencer.
Algo despertó.
No fuerza.
No velocidad.
Convicción.
El dragón ascendía directo hacia el ojo.
Sin desviarse.
Sin temblar.
Akane respiró hondo.
—…Si tú puedes volar hasta ahí —susurró, mirando al cielo—… entonces yo también puedo llegar.
El ojo se contrajo.
Como si la hubiera escuchado.
Como si la hubiera reconocido.
Y por primera vez…
No fue Ren quien estaba siendo observado.
Fue ella.
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