Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 422
- Inicio
- Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC
- Capítulo 422 - Capítulo 422: El Hambre Bajo Todas las Cosas
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 422: El Hambre Bajo Todas las Cosas
Pennywise POV
El Todash siempre ha sido mi único verdadero hogar. No importa cuántos mundos atraviese, cuántas mentes devore, cuántas almas deshaga; al final del camino siempre vuelvo al vacío que respira entre universos. Es un lugar que no se puede describir con palabras humanas, porque está más allá del color, del sonido y del tiempo. Es una existencia hecha de intención pura, un pantano de realidad sin forma donde cada criatura vive por su propia ley. Y mi ley siempre ha sido simple: devorar para existir, existir para devorar.
Pero algo cambió.
Lo sentí antes de que cualquier otra criatura pudiera siquiera intentar percibirlo. Una energía desconocida comenzó a filtrarse en el Todash, como si una grieta se hubiera abierto hacia un universo que nunca antes había tocado este lugar. Era una energía extraña, inquieta, como si llevara en su interior miles de voluntades rotas, disueltas, trituradas. Una mezcla de esperanzas muertas y probabilidades alteradas. Cuando entró aquí, la respiré. Y cuando la respiré, me hizo más fuerte.
No era energía del Todash. No era energía del Macroverso. Era algo foráneo, algo que la misma estructura del vacío trató de rechazar, como si supiera que no pertenecía. Pero para mí… era deliciosa.
Mientras esa energía se derramaba, Maturín empezó a morir. Nunca lo había sentido así.
Siempre había tenido la sensación de que él estaba allí, vigilante, adormecido, sosteniendo el equilibrio sin intervenir demasiado. Su presencia era como un farol lejano, incómodo para mí, pero inútil. Ahora no. Ahora lo escuchaba crujir, como si su enorme caparazón estuviera fracturándose, desgarrándose poco a poco. La vieja tortuga sabía que algo estaba muy mal.
Y yo lo sabía también.
Pero mientras él se debilitaba, yo florecía.
Qué irónico.
Un equilibrio eterno cayéndose a pedazos.
Una amenaza antigua desmoronándose en silencio.
Y yo riendo dentro de su agonía.
Es cierto que ya no era solo hambre lo que sentía: era una excitación casi animal. Cada fragmento de esa energía invadía el Todash como un perfume embriagador, un olor que no podía ignorar. Mi cuerpo verdadero se hinchaba de poder, mis formas dentro de la realidad se volvían más nítidas, más afiladas, más presentes.
Y entonces volví a Derry.
La ciudad me recibió como siempre: con miedo.
Las cicatrices emocionales de sus habitantes son profundas, arraigadas.
Pero había un grupo en particular que brillaba más que todos.
Los niños.
Los niños son más tiernos, más simples, más abiertos a dejarse moldear por mis manos. Más fáciles de sazonar con terrores diseñados a la medida. Ellos sienten más, imaginan más, sufren más. Y yo… disfruto más.
No todos los niños son iguales para mí.
Algunos son simples.
Planos.
Frágiles de manera aburrida.
Refrigerios para disfrutar de un solo bocado.
Pero estos siete…
estos siete son un banquete digno de un rey del Todash.
Empecé a saborearlos incluso antes de acercarme.
Bill hedía a culpa. Esa culpa que corroe la garganta y vuelve a brotar cada vez que recuerda a Georgie. Es un sabor espeso, casi granulado, perfecto para el primer mordisco. Beverly exuda tristeza y miedo a la vez; una combinación tan única que parece volverla más viva cuando está temblando. Richie era un caso curioso: una risa estridente que hacía vibrar el miedo dentro de él, como un timbre forzado que nunca se apaga del todo. Eddie era prácticamente un postre gourmet: ansiedad, obsesión, terror constante a todo, incluso al aire. Stanley era un miedo organizado, limpio, quirúrgico. Podía verlo procesando su terror como si fuera una ecuación rota.
También están Ben el niño nuevo y Mike. Mike… ah, Mike tenía un miedo ancestral, un miedo que venía de historias que se susurran frente al fuego, un miedo que huele a madera quemada y carne casi carbonizada. Perfecto.
El sabor del miedo humano siempre ha sido una melodía agradable para mí. Un violín viejo, desafinado, sí, pero con ese encanto primitivo que ha acompañado a mi existencia desde que la luz no era más que una ocurrencia reciente del universo. Y aun así, incluso dentro de esa música, hay notas que destacan, vibran, piden ser degustadas.
Pero esta temporada…
Esta cosecha…
Algo ha cambiado.
La carne del miedo sigue estando ahí, sí; deliciosa y ansiosa por dejarse morder.
Pero hay espinas en medio del banquete, espinas que antes no existían.
Y todo empezó con ese brillo.
Con ese maldito chispazo.
No sé qué es.
No sé quién lo puso.
Pero lo odio.
No es magia humana. No es fe. No es luz. No es fuerza.
Es… voluntad, asquerosa voluntad.
Una voluntad que no pertenece a este mundo ni al Todash. Un trazo extraño, una interferencia en la telaraña en la que vivo, en la que cazo, en la que reino desde antes que esta ciudad tuviera nombre.
Lo sentí por primera vez cuando fui por Mike.
El chico olía a humo, a ceniza, a miedo recién nacido del fuego. El tipo de miedo que se puede beber y saborear hasta el fondo. Estaba listo para jugar con él como con todos los demás: un poquito de persecución, un poquito de pánico, un toque de desesperación final.
Y justo cuando iba a cerrar mis dientes,
cuando su miedo vibraba perfecto,
cuando mi boca se abría,
cuando la sangre caliente estaba a centímetros…
—¡Zzshh!—
Un chispazo.
Un empujón invisible.
Una punzada en mi esencia.
No dolor. Algo peor que el dolor.
Molestia.
Tosí. Como si hubiera tragado luz.
Y Mike escapó.
Se me escapó.
La comida caliente huyó entre mis dedos como si alguien la hubiera jalado de mi plato.
No me gustó nada.
Pensé que sería un accidente aislado. Una interferencia menor. Una vibración del Todash, quizá. Pero luego llegó Stanley.
El niño sensible.
El niño correcto.
El niño que se esfuerza tanto en ser perfecto que apenas puede respirar.
Su miedo es un manjar reservado: pánico encapsulado bajo una piel que se obliga a ser impecable.
Lo seguí hasta su pequeña pesadilla privada.
Un cuadro absurdo y grotesco que le había dejado una cicatriz en la infancia.
Una criatura con rostro torcido, brazos largos, ojos como huecos.
Perfecta para darle la bienvenida a mi lado.
Lo toqué con mi presencia.
Lo fui moldeando.
Me alimenté de sus latidos acelerados.
Y cuando extendí la garra…
¡Otro chispazo!
Como si su pecho emitiera una descarga que me revolviera las tripas.
No pude morderlo.
No pude siquiera tocarlo.
La criatura salió corriendo… ¡corriendo de mí!
Una pintura sin alma huyendo del depredador porque una fuerza invisible la había jalado.
¿Y Stanley?
Stanley también se escapó.
Dos platos vacíos consecutivos.
Terrible para el humor.
Ben fue diferente.
Él era… más dulce.
Más suave.
Un miedo lento, pausado, que se cuece con tiempo. No como los demás. Ben lee, Ben observa. Ben imagina demasiado. Y en esa imaginación, mi influencia puede entrar fácil.
Era casi adorable en su miedo.
Casi.
Lo seguí en silencio, flotando entre los rincones más solitarios de su nueva vida.
Era un niño solo, aislado, ignorado…
Un banquete servido en bandeja.
Se acercó al lugar donde la historia de Derry chilla entre grietas: la biblioteca.
Ahí.
Ahí se guarda mi pequeño tesoro de cadáveres pasados y risas rotas.
Lo envolví con sutilidad.
Lo dejé observar.
Lo dejé sentir que algo lo observaba de vuelta.
Su miedo comenzó a hervir.
Lento.
Hermoso.
Y justo cuando el momento estaba maduro…
¡Chispazo!
Un empujón que no vino del niño.
Algo externo.
Algo lejano.
Algo que se atrevió a interponerse entre él y mi boca.
Ben huyó rodando torpemente por las escaleras, respirando como si le faltara aire.
Un buffet con patas escapando de mi mesa por tercera vez.
Aumentó mi irritación.
No al grado de querer destruir todo Derry —todavía—, pero sí al grado de retorcer mi esencia en un gruñido.
No debería pasar.
Nada debería detenerme.
Nada.
Y sin embargo… algo lo hace.
Algo constantemente.
Porque no solo pasó con esos tres.
Pasó con Eddie, cuando quise saborearlo con la enfermedad que siempre teme.
Pasó con Richie, cuando su risa se quebró en terror puro.
Pasó con Beverly, cuando el baño entero se convirtió en un altar para mí.
Pasó incluso con Bill, el más decidido, el más tenso de todos.
Cada uno de ellos tenía ese brillo oculto bajo la piel.
Ese maldito empujón invisible que me hacía retroceder.
Solo por un segundo —casi imperceptible— pero suficiente.
Es como si una voluntad ajena hubiera dejado una chispa dentro de ellos.
No los protege del todo.
No los salva del miedo.
No los hace fuertes.
Solo me molesta.
Solo me irrita.
Solo me interrumpe.
Y odio ser interrumpido.
Pero hoy…
Hoy fue peor.
Hoy probé algo que no debería existir.
Estaba en el mural arremolinándome entre los huecos del arte muerto, jugando con las formas y esperando el momento justo para saltar sobre mi presa favorita del día.
Ben otra vez.
Volvió con los otros.
Pequeños idiotas ruidosos que creen que la amistad da valor.
Ridículo.
Ahí estaban, curándolo.
Tapando su herida con vendas robadas.
Tensos como presas que intentan cuidarse entre sí.
Yo los observaba desde mi rincón perfecto.
Y entonces…
Él apareció.
Ese hombre.
Esa cosa.
Ese intruso que no pertenece a este mundo ni al Todash ni a nada que yo pueda clasificar.
Salió del callejón como si hubiera nacido de la sombra misma.
Y caminó hacia mí.
No hacia ellos.
A mí.
Y eso… eso me enfurece.
Extendí mi influencia en el mural, listo para devorarlo por atreverse a entrometerse en la cacería.
Pero él no dudó.
Su brazo se cubrió de negro.
Oscuro como el vacío entre universos.
Oscuro como el metal sin nombre del Todash.
Oscuro como yo.
Golpeó el mural.
Y sentí el impacto en mi verdadera carne.
No mi disfraz de payaso.
No mi avatar en este plano.
Me golpeó a mí.
El golpe no solo dañó mi forma aquí.
Me desgarró allá.
En mi cuerpo verdadero.
Ese golpe… no era miedo.
Era lo opuesto.
Y dolió.
No debería dolerme nada en un mundo físico.
Mi verdadera forma vive en el Todash, no aquí.
Pero ese impulso… ese choque de voluntad…
me lastimó.
Sentí cómo algo se partía dentro de mí, algo que jamás debió romperse.
Mi esencia entera se agitó.
Mi hambre se volvió punzante.
Mi fuerza se contrajo como si hubiera recibido un rayo directo en el interior de mi ser.
No pude sostenerme.
Tuve que abandonar la pintura.
Tuve que retirarme.
Tuve que ceder.
Tuve que retroceder.
Yo.
Retroceder.
La humillación fue insoportable.
El rugido que soltó mi esencia no fue voluntario.
Me arrancó un gruñido de auténtico dolor.
Luz amarga atravesó mis fibras.
La rabia me recorrió como un vidrio molido.
Él no dijo nada.
No celebró.
No sonrió.
Solo estiró su mano y derramó luz dorada sobre el niño herido.
Curó a Ben.
Mi Ben.
Mi presa suave y perfecta.
Y después, como si el cielo lo reclamara, saltó…
Y voló.
Simplemente voló.
Perdiéndose en la inmensidad sin dejar rastro.
Y los niños…
Los niños se quedaron viéndolo con un brillo nuevo en los ojos.
Ese brillo.
Ese que no conozco.
Ese que me molesta.
Ese que me está cambiando el menú.
Una semilla.
Una pequeña semilla de valor.
Yo me alimento del miedo.
Pero el valor…
El valor podrido, inocente, mal dirigido…
Ese valor puede arruinar una comida entera si crece demasiado.
Y yo no pienso permitirlo.
No permitiré que este intruso me robe la cacería.
No permitiré que esas chispas sigan deteniéndome.
No permitiré que los niños empiecen a creer que pueden correr más rápido que mis dientes.
Mi cuerpo reclama su miedo.
Lo exige.
Lo demanda.
Estoy hambriento.
Más hambriento que en siglos.
Y cuando un depredador como yo tiene hambre…
El mundo debería temblar.
No puedo permitirme dormir sin haberlos devorado primero
La próxima vez no habrá chispazo que me detenga.
No habrá intruso que golpee mi esencia.
No habrá niño que escape.
Ese hombre no podrá protegerlos para siempre.
Ese chispazo no será suficiente cuando los tenga contra la pared.
Porque yo soy Eso.
Yo soy la sombra que muerde bajo todas las cosas.
Y esos niños…
esos niños son míos.
Los voy a saborear.
A todos.
Y cuando termine…
Derry volverá a dormir conmigo.
Como siempre ha sido.
Como siempre será.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com